khbaker K.H Baker

Audrey C. Morrison vive su vida atada a los negocios ilegales de su novio. Perseguida por el engaño y los chantajes, tendrá que hacer acopio de toda su valentía cuando llegue a la ciudad un antiguo socio de Bemett con la única intención de sacarla del país. Dejando atrás una miserable vida llena de torturas y humillaciones, Audrey decide marcharse del lado del hombre que dice amarla, haciendo frente a la larga lista de peligros que la llevarán hasta el borde del precipicio cuando Bemett, un hombre sin escrúpulos, jure que el pago por su traición será peor que la muerte. Red de infortunios retrata los problemas que se desencadenan a raíz de las decisiones de Audrey, reflejando su único deseo de alejarse de su pasado y mantenerse con vida.


Thriller/Mystery All public.

#romance #ficcion #suspense
14
10.0k VIEWS
In progress - New chapter Every week
reading time
AA Share

Capítulo 1

Se había enfadado otra vez y, de nuevo, por algo que Audrey desconocía. Ella sospechaba que Bemett ya estaba de mal humor al llegar a casa y que había pagado con ella la frustración que arrastraba durante todo el día ya que, nada más traspasar el umbral de la puerta, dio un portazo ensordecedor que logró estremecerla, a pesar de que ella se encontraba en el lado opuesto de la vivienda. Los gritos que aquel hombre profería dejaban clara su postura, la estaba buscando y no precisamente para proporcionarle una muestra de afecto.

Cuando escuchó la puerta cerrarse con semejante furia ella acababa de salir de la ducha, sabía que lo que le esperaba no sería agradable, pues no era la primera vez que Bemett había tenido un mal día en el trabajo y lo había pagado con ella, y así lo reflejaban los moratones que, de forma indecorosa, se extendían a lo largo de su cuerpo. Audrey siempre intentaba cumplir con todos los deseos de su novio para no volver a saborear el desagradable sabor metálico de la sangre en sus labios, pero aquel día en concreto algo le decía que no iba a poder evitar sus golpes.

Audrey sabía que el trabajo de Bemett podía ser demasiado estresante por lo que salió a su encuentro esperando que ese gesto calmara su estado iracundo; sin embargo, un pitido la detuvo justo cuando sus miradas se cruzaron en mitad del pasillo, entonces Audrey miró hacia su despacho temiéndose lo peor: no había apagado el ordenador. Bemett la apartó de un empujón y su espalda se encontró con la pared que, con un estrépito sordo, le hizo esbozar una mueca que oscilaba entre el dolor por la presión sobre sus moratones y el miedo que sentía hacia su propio novio.

A menudo, Audrey se preguntaba por qué no le dejaba, por qué no abandonaba aquella tortura para ser libre y feliz según sus propias normas, pero la respuesta siempre era la misma: sabía de lo que Bemett era capaz y el miedo que le tenía le impedía abandonar aquella cárcel en la que llevaba viviendo tanto tiempo y a la que sabía que jamás se acostumbraría.

El sonido hueco del plástico al impactar contra el suelo le dio a Audrey los detalles suficientes para adivinar algo que ya sospechaba desde que vio a Bemett entrando en la habitación que ella solía usar como despacho. El tenue repiqueteo de las pequeñas piezas del interior del ratón saltaron en todas las direcciones posibles, algunas incluso se deslizaron por el suelo hasta que el rodapié del pasillo las detuvo. Audrey reaccionó al ver como las piezas rebotaban en la pared del pasillo antes de caer al suelo y, con miedo, se levantó del suelo y entró en la habitación justo cuando Bemett se disponía a desenchufar el teclado del ordenador.

—¡Estoy hasta los huevos de este trasto! —dijo Bemett con la voz grave, arrastrando alguna que otra sílaba, como si esperase así dar más miedo. —Trabajo con él, no puedes tirarlo sin más —respondió ella al adivinar sus intenciones. No era la primera vez que vendía alguna de las cosas de Audrey; por poco dinero que sacara, era mejor que dejar que ella se entretuviese, sin embargo, era diferente con aquel ordenador. Audrey pasaba mucho tiempo delante de la pantalla estudiando y trabajando en sus propios proyectos y Bemett, por alguna extraña razón derivada directamente de sus propias paranoias, había llegado a odiar realmente aquel aparato.

Cuando Audrey todavía estaba estudiando la carrera de informática se buscó un empleo como ayudante de un tatuador, no quería que sus padres asumiesen todo el pago de la universidad y pensó que lo correcto para ayudarles era hacerse cargo de las cuotas de sus propios estudios, al fin y al cabo, era ella la que estaba asistiendo a las clases. Con lo que le sobró de su primer sueldo después de pagar la cuota de la universidad se compró aquel ordenador que ya podía considerarse antiguo, y aquella era la razón por la que le tenía tanto cariño.

Había dos cosas que Audrey amaba por encima de todo: una era la tecnología; fantaseaba con poder tener algún día un equipo informático que fuese más moderno y potente que el que ya tenía para poder realizar búsquedas más rápidas en bases de datos ajenas. El otro amor de Audrey era el arte: amaba los cuadros, las pinturas, los dibujos de cualquier clase pero, por encima de todo, amaba la sensación de poder plasmar sus creativas ideas sobre un lienzo humano. Aquel fue el empujón necesario que le hizo falta para coger el empleo cuando vio un cartel colgado que precisaba de un ayudante sin experiencia obligatoria en la cristalera de un salón de tatuajes, el mismo por el que pasaba cada mañana al dirigirse hacia la universidad. Por aquel entonces, ella todavía no llevaba ni un solo tatuaje.

A medida que el tiempo avanzaba, el trabajo se convirtió en su pasión. Pasó del trabajo ocasional a encerrarse durante horas en su despacho creando sus propios bocetos. El arte ocupaba la mayor parte de sus noches, a veces incluso decidía quedarse estudiando en casa en lugar de ir a la universidad al día siguiente a causa de la falta de sueño.

Con el tiempo se compró su propio equipo de tatuadora: sus propias agujas, separadas perfectamente en su gran maletín, tintas de todos los colores posibles, cables y pedales; sin embargo, cuando se mudó a vivir con Bemett y él comenzó a ver en qué gastaba su tiempo y su dinero en lugar de dedicarlo a sus propias satisfacciones y caprichos, todo cambió, y comenzó a vender todo lo que encontraba, fuese de valor o no, por lo que Audrey tuvo que esconder alguna de sus cosas para que no sufriesen el mismo destino.

—¿Tienes algo que decir? —preguntó Bemett, mirándola con los ojos entrecerrados, entonces, ella suspiró y negó con la cabeza.

—No —respondió Audrey. Era mejor agachar la cabeza que discutir con él, porque sabía que, después de los insultos, las humillaciones y la agresión verbal, Bemett acabaría golpeándola como culminación de su demostración de hombría y poder.

Audrey se agachó para, una a una, recoger las piezas del ratón que habían salido despedidas. Encontrar un ratón similar al que ella tenía no iba a ser ni difícil ni caro, aun así, sintió como si una parte de ella se quebrara por dentro. Bemett tomó aquello como un desafío, pues su acto había sido un intento de que ella comenzase a prestarle más atención pero, al contrario de lo que intentaba, ella prefirió seguir brindándole sus cuidados a la máquina y eso le enfureció todavía más.

Aprovechando que Audrey se encontraba de rodillas rescatando las piezas que, sin cuidado alguno, habían encontrado un fatídico destino, él la miró y le pisó la mano. Un quejido agudo resonó desde lo más profundo de la garganta de Audrey, sin embargo, intentó reprimirlo con todas sus fuerzas, pues sabía que no debía gritar si no quería que Bemett descargara toda su furia contra ella.

—¡Vamos! —exclamó Bemett antes de enredar su mano en el cabello azul, todavía húmedo, de Audrey y arrastrarla en dirección a la cocina. Ella movió sus piernas intentando encontrar un punto de apoyo mientras que, con sus manos, agarraba los dedos del hombre en un intento inútil de que la soltara.

La luz blanca de la cocina parpadeó varias veces antes de que su intensidad se quedara fija consiguiendo nublar la vista de Audrey, quien intentaba controlar sus emociones para que no se le saltaran las lágrimas. Cuando sus pies consiguieron posarse sobre el suelo resbaladizo, Bemett la soltó con brusquedad contra los baldosines y su cabeza encontró consuelo al aterrizar sobre el frío gres blanco que, poco a poco, adquirió una ligera tonalidad carmesí a causa de la brecha que se abría paso en una de sus cejas. Una parte de ella deseaba levantarse del suelo, coger lo primero que encontrase y darle un golpe en la cabeza a Bemett pero, por otro lado, tal vez la parte más profunda de ella, sabía que cualquier intento de defensa sería completamente inútil.

La parte inferior del albornoz se abrió, dejando a la vista sus muslos teñidos parcialmente por marcas amoratadas, algunas más recientes que otras. Bemett dejó escapar un grito cargado de rabia y golpeó la encimera de mármol con uno de sus puños.

—Llego cansado del trabajo y lo único que pido es tener la puta cena hecha pero, ¡¿qué es lo que me encuentro?! Con ese jodido ordenador encendido porque, al parecer, es mucho más importante que yo. ¿Verdad que sí? —dijo, aumentando su tono de voz con cada palabra. Audrey sabía que aquella pregunta era una trampa, por lo que se encogió de hombros mientras se incorporaba lentamente con la mirada clavada en el suelo—. ¡Responde! —añadió Bemett, dando otro golpe sobre la encimera.

—No… no es más importante que tú… —susurró Audrey con la voz quebrada y los labios temblorosos.

—¡¿Qué no es más importante?! ¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Qué me lo estoy inventando?! Si no es más importante dime, ¡¿por qué no está la puta cena hecha ya?! —Tras el grito de Bemett, un sonido sordo cargado de ira se abrió paso antes de que las manos de Audrey se apoyaran con firmeza en el suelo para que su cabeza no llegara a tocar los baldosines de nuevo. Un dolor punzante comenzó a palpitar en su nuca y no le hizo falta verle de frente para saber que Bemett había descargado sobre ella toda la fuerza de su puño.

Un sollozo le desgarró el pecho, las primeras lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas antes de estrellarse contra las baldosas del suelo, mezclándose con la sangre. Tenía que ser rápida, no quería que él la viese llorando, así que, se limpió las lágrimas con la manga del albornoz. Por un momento, Audrey se quedó con la mirada clavada en el suelo hasta que, al escuchar el ruido de los armarios cuando Bemett comenzó a rebuscar en ellos, levantó la vista. A pesar de no comprender lo que buscaba, no se atrevió a levantarse del suelo, y mucho menos a preguntar.

Claro que había pensado muchas veces en dejarle, pero debía ser realista, no tenía a donde ir. Había cometido el error de distanciarse de su familia poco después de irse a vivir con Bemett, había cogido su parte de la herencia antes de tiempo por orden de su novio y dudaba que sus padres la quisieran de vuelta en casa después de haberles traicionado de aquel modo. Poco a poco, Audrey fue perdiéndolo todo: sus amigos, incluyendo su mejor amiga Ridley, a quién prometió que nada ni nadie las separaría jamás, su familia, sus cosas, incluso estaba comenzando a perderse a sí misma. Cada vez estaba más cerca de la conclusión de que aquel estilo de vida tampoco estaba tan mal, sus pensamientos se habían vuelto masoquistas e imprecisos, imponiendo el bienestar de Bemett al suyo propio.

Al hecho de no poder volver a casa de sus padres debía sumarle que Bemett no iba a permitir que se fuese. Llevaban mucho tiempo juntos, habían sido muchos los negocios ilegales que Audrey había presenciado y muchos más los que había realizado para él. Bemett sabía que, si obligaba a Audrey a participar en sus negocios, ella sería tan culpable como él y delatarle jamás sería una opción.

Cuando al fin encontró lo que estaba buscando, Bemett cogió la sartén más grande que encontró y la tiró de malas maneras contra las rodillas de Audrey. El metal resonó cuando golpeó sus huesos para después caer con un estrépito en el suelo. Ella se mordió los labios para no gritar y se pasó las manos por la marca enrojecida que, poco a poco, iría cambiando de color hasta adoptar un morado intenso.

—Haz algo decente antes de que salga de la ducha —le ordenó Bemett—. ¿Has comprado cervezas?

Audrey había salido del trabajo cuando las tiendas comenzaban a cerrar y los dependientes le negaban el acceso para así poder cuadrar la caja cuanto antes y volver a su casa. No obstante, ella asintió a la pregunta de Bemett y rezó para sus adentros. Si no quedaba ninguna cerveza en la nevera, tendría que prepararse en cuerpo y alma para soportar más golpes.

Cuando Bemett salió de la cocina, ella se acercó gateando a la nevera, intentando no apoyar demasiado la rodilla izquierda, que ya había comenzado a hincharse, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver que todavía quedaban tres cervezas. En cierto modo era un alivio porque Bemett no solía beber más de dos cervezas con la cena; así pues, después de llenarse el estómago, se sentaba en su sillón y echaba mano a una botella de Devil’s Springs, de la que nunca conseguía beber más de un chupito antes de quedarse dormido.


June 25, 2023, 8:14 a.m. 0 Report Embed Follow story
6
Read next chapter Capítulo 2

Comment something

Post!
No comments yet. Be the first to say something!
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 7 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!