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matchmoon Match Moon

Sofía es una abuela contemporánea que, detrás de su simpatía y sentido del humor, esconde el recuerdo de un amor que nunca pudo dejar atrás.


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Los secretos de Clara

Mi madre siempre decía que, cuando las nubes se teñían de aquél anaranjado intenso, la mañana siguiente traería sorpresas. Eso le dije a mis nietos, Camila y Gastón. Seguí barriendo la entrada de casa con la vista perdida en el horizonte. Cada tanto, cuando estaba segura de que nadie me veía, me detenía para abrir y cerrar el puño. Me dolían las articulaciones pero, afortunadamente, nadie se había dado cuenta todavía. Esto de envejecer no me sentaba nada bien. Era como si mi cuerpo entero se hubiera complotado para frustrar el plan de mi alma de permanecer enérgica por siempre, de tener una risa escondida en los labios cada día y un sueño que considerar cada noche. Las pocas veces que accedí a ir al médico me encontré a tanto anciano pensando en la muerte que decidí no regresar. Uno vive más cuando piensa menos.

De cualquier forma, supe entonces que la mañana traería sorpresas y así se lo dije a los pequeños. Camila tenía cuatro años pero entendía las cosas con una facilidad que me asustaba. Siempre tenía la pregunta justa, la respuesta acertada. Me miraba con tristeza cuando se me escapaba alguna anécdota repetida y nunca, jamás, me lo hacía notar. Escuchaba en silencio, asintiendo como una adulta resignada. Su hermano, en cambio, se quejaba y me pedía un cuento distinto cada vez. Tenía seis años, separaba las lentejas del arroz y escondía el celular bajo la almohada cuando iba a taparlo en las noches. Era terco como su padre.

Luego de asegurarme que los dos estaban abrigados, me dispuse a leer sentada en el alféizar de mi ventana. A mis hijos no les gustaba que hiciera aquello pero desobedecerlos era uno de mis más grandes placeres, ahora que, en lugar de practicar mis deportes favoritos, tenía que contentarme con verlos del otro lado de la pantalla. 

Elegí una novela polvorienta del fondo de la repisa. Una que siquiera recordaba que tenía aun. Fruncí el ceño, examiné las letras escritas sobre el cuero: Los secretos de Clara. Sentí una puñalada en el medio del pecho, como si una daga me atravesara el corazón. Solté una amarga carcajada y asentí despacio. Por supuesto, el tiempo pasa pero el dolor perdura. Aquella novela no era mía. Era de Clara, mi mejor amiga. La había comprado solo por el nombre y, como se aburrió antes de terminar los primeros capítulos, me la regaló el verano en el que nos graduamos. Estábamos sentadas en la hamaca del patio de su casa, ella tenía un vestido corto estampado y el pelo dorado recogido en una cola de caballo.

— Es terrible, no sé cómo hice para llegar al segundo capítulo.

— Que sirva de lección para que controles tus impulsos la próxima vez.

— Sofi, sabes bien que nunca fui buena controlando mis impulsos.

Soltó una de aquellas carcajadas contagiosas que, de tan melodiosas, no resultaban extravagantes en un mal sentido. Llamaban la atención pero como lo hacía una rosa en un jardín de flores silvestres. Y, como una rosa, las espinas de Clara eran desgarradoras.

— Mati me cae bien—, se encogió de hombros, como para dejar en claro que solo decía aquello porque tenía que hacerlo. De inmediato, su dedo índice busco mi puño que acababa de aferrarse con fuerza al borde de la hamaca. Jugueteó con mis nudillos, dio un par de vueltas alrededor de ellos, hasta que su palma finalmente se decidiera a posarse por completo sobre mi piel con la delicadeza de una mariposa.

— Tu novio también me cae muy bien—. Gruñí, sin siquiera intentar que sonara convincente.

Ella levantó su mano libre esta vez y sus dedos aterrizaron sobre mis labios. Los dejó allí por un segundo que se me hizo eterno, para silenciar mis angustias. Para aliviar mi veneno. Y luego se inclinó para besarme con delicadeza, con la misma promesa de permanecer a mi lado, aunque fuera a la sombra. Acarició mi mejilla con su pulgar. Una, dos veces. Hasta que el agarre firme de mis puños sobre la hamaca se aflojó. Entonces, sonrió con sus labios todavía acechando los míos, esperando para atacar de nuevo. Cerré los ojos, intenté memorizar su fragancia de miel, la calidez de su aliento. Algo me decía que algún día iba a perderla, era una certeza rebelde que asomaba cada vez que intentaba enterrarla en la oscuridad de mis entrañas. Esta felicidad, que solo sentía cuando estaba con ella, no podía durar. Hubiera enloquecido de alegría, hubiera cambiado el mundo entero con mi humilde fuerza de voluntad. Pero, ni el mundo estaba preparado para que lo cambiaran, ni yo para ser tan feliz.

— Buenas noches, Señora López. Disculpe la hora.

— No hay problema, estaba despierta. Leyendo. ¿Quién habla? ¿En qué lo puedo ayudar?

— Soy Marcos. Marcos Silva. ¿Me recuerda?

Por supuesto que lo recordaba. Incluso aunque lo había visto una única vez en la vida, cuando nació. Lo acuné con los ojos perlados en lágrimas. Deseando que fuera hijo mío pero sabiendo perfectamente que no lo era. Que mi felicidad se había ido para no regresar jamás. Había jurado odiarlo, a él y a su madre, en cuanto Clara lo mencionó por primera vez. Sin embargo, al tenerlo en mis brazos, descubrí que no podía ofrecerle a ninguno de los dos otra cosa que no fuera amor incondicional. Amaba a ese niño tanto como amaba a su madre. Incluso desde aquella noche lluviosa en la que la eché de casa a los gritos.

— ¡Mis padres me largaron a la calle! ¡Sofi, por favor!

— ¡No, no quiero volver a verte! ¡Sos una maldita mentirosa, eso es lo que sos!

— ¡Pero nunca te mentí! Sofi...

Le había dicho que no quería que volviera a dirigirme la palabra pero a los quince minutos la tenía de nuevo en mis brazos, temblando bajo la manta de mi habitación que había traído para arroparla. Las manos, con las que tironeaba la tela de mi remera, le temblaban. Así como sus labios que otras veces no habían hecho más que trazar figuras abstractas sobre mi cuello con sus besos, constelaciones de caricias sobre mi piel.

— ¿Tu novio te dejó en cuanto se enteró?

No tenía que responderme, ya sabía la respuesta.

— Y el tuyo te va a dejar si se entera que vas a darme un espacio para que me quede aquí contigo—. La voz también le temblaba. Escondió el rostro en mi pecho y la abracé con fuerza hasta sentir cómo su cuerpo se relajaba contra el mío. Apoyé mi cabeza sobre la suya y le aconsejé que subiera a darse un baño caliente, ya nos ocuparíamos de aquellos detalles más tarde. Lo cierto es que Matías la odiaba.

— Internaron a mi madre anoche. La habían operado hacía un par de semanas. Algo sencillo, en realidad. Pero los doctores nos advirtieron que la anestesia podía ocasionar daños. A su edad era normal, además ella sufría del corazón— La voz del muchacho se quebró.

Mi mundo entero se paralizó. Los verbos conjugados en pasado no me gustaban. Las charlas sobre médicos tampoco. Podía escuchar el latido desenfrenado de mi corazón. Las palabras del chico, sin embargo, sonaban lejanas.

— Ella siempre me hablaba de usted, ¿sabe? Me decía que era su mejor amiga. Que se conocieron en la escuela, en un campamento. Mi madre era desastrosa en los deportes, le iba muy mal. Pero decía que verla a usted correr era maravilloso, hacía que uno quisiera esforzarse un poco más, al menos para no quedar en ridículo—. Se limpió las lágrimas y soltó la risa. Dios, era su misma risa—. Criarme debió haber sido complicado. Ella nunca se quejó pero sé lo que dicen de las madres solteras, sé que no fue fácil y que probablemente tuvo que hacer algunos sacrificios.

— ¡¿Podrías decirme de una vez por todas si esta muerta o no?!

Levantarle la voz no era mi intención pero estaba herida. Destrozada. Deseaba poder cortar y estrellar el teléfono contra la pared. Ansiaba poder gritar, pisar las partes hasta que se hicieran polvo. No podía quedarme allí sentada, con el libro de Clara en la mano, sabiendo que Clara ya no era más que eso. Un recuerdo sin testigos, un rastro de besos invisibles que nunca ocurrieron, vestigios de un amor inventado. Estaba enojada, los puños tan apretados que ya no me importaba en lo más mínimo el cosquilleo de mis articulaciones adormecidas.

— Esta muerta.

— Me lo temía.

— Pero me dijo que todavía la amaba.

Maldita desgraciada. Por supuesto que usaría sus últimos segundos de vida para hacerme largar el llanto, para variar. Me cubrí la boca con la mano y reí por lo bajo. Recordé que mis nietos dormían en la habitación de al lado y me cuidé para no despertarlos. En aquellos momentos se me hacía muy difícil recordar que habían más personas sobre las que preocuparme, otras además del recuerdo de Clara y los pedazos descompuestos de mi corazón.

— ¿Sabes que tengo en mis manos, Marquitos?

Así era como solía llamarlo ella.

— Tengo una carta que escribí para ella el día en el que te conocí. Ella no quería ser una molestia, así que se quedó en mi casa durante el embarazo y luego se mudó a la de sus abuelos en donde creciste, supongo. Nos habíamos puesto de acuerdo para olvidar lo ocurrido, porque mantener correspondencia hubiera sido demasiado doloroso. Pero en esa carta, que debí haberle entregado antes de que se fuera, le pedía que se quedara. Para siempre.

— ¿Por qué no se la diste?

— Porque tenía miedo.

Así que la guardé en aquella novela, al fondo de la estantería, y concentré todas mis fuerzas en olvidarla. Distraerme con mis propios hijos, mis mascotas, mis plantas, y todas aquellas actividades del día a día que mantenían mi mente ocupada. A veces soñaba con sus vestidos de flores, su perfume y sus chistes privados. Sus gestos cuando la ofendía, sus brazos cruzados, el hoyuelo de su mejilla. Ese movimiento gracioso que hacía con las cejas cuando quería provocarme, la forma en la que su mano siempre buscaba la mía por debajo de las mesas. Sus pucheros, sus caprichos de niña consentida. Sus mechones dorados escurriéndose entre mis dedos cuando la acariciaba mientras dormía.

— Nunca dejes que el miedo te detenga, cariño. Es todo lo que tengo para decirte.

Me limpié las lágrimas con el puño y despedí al chico con la esperanza de que escuchara mi consejo, sería mejor que me fuera a dormir antes de que mi mente me terminara de destruir con imágenes de todas aquellas cosas que podrían haber pasado si hubiera sido lo suficientemente valiente. Después de todo, lo había aprendido de la peor manera, uno vive más cuando piensa menos.

 


March 12, 2018, 11:54 p.m. 5 Report Embed 4
The End

Meet the author

Match Moon Además de escribir y leer, disfruto de actuar, cantar y componer. Creo que la lectura nos hace eternos, que se puede crecer como persona intercambiando anécdotas y pedacitos de nuestra esencia. Llegamos hasta aquí por trabajar juntos, por hacer un esfuerzo por entendernos y disfrutarnos. Me parece que esa es la clave.

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CharmRing CharmRing
me gustó la idea de que lo cuenta ya una anciana, muy original a lo que se por lo general.
Sept. 13, 2018, 8:51 p.m.
Capitán  Pensante Capitán Pensante
Esperemos que el concurso siga adelante y por supuesto, que ganes! De no celebrarse el concurso espero verte en los próximos luchando por el premio ;). P. D. ¿Qué te parecería un concurso de microrrelatos?
March 19, 2018, 3:57 a.m.

  • Match Moon Match Moon
    Me encantaria! Los concursos ayudan a organizar mejor las ideas, son una buena excusa para plasmar alguna cosa dando vueltas en nuestra mente :D Así que por supuesto me verás seguido, espero verte yo también. March 19, 2018, 1:04 p.m.
Capitán  Pensante Capitán Pensante
Esta es una historia muy bien llevada, así que te felicito. Desde el inicio de la historia se empieza a ver lo bien que tratas a los sentimientos, lo bien que los describes, y eso creo que ha sido el punto fuerte de la novela, más allá de la historia de amor que no se pudo dar. Me ha sabido a bien leer esto, me ha gustado mucho, sigue así. ¡saludos!
March 17, 2018, 5:27 p.m.

  • Match Moon Match Moon
    Muchas gracias! Me planteé el desafío de narrar desde la perspectiva de una señora mayor y temí que el personaje no se sintiera real justamente por temas de diferencia generacional. Pero me pareció una experiencia interesante y me alegra mucho que te haya gustado. Saludos :D March 18, 2018, 5:27 p.m.
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