andres_oscura Andrés Oscura

La desaparición de una adolescente trastoca a toda su escuela y llena de miedo a maestros y estudiantes. Un joven recuerda aquellos macabros días, y narra su encuentro con la oscura y monstruosa entidad que se mueve en la ciudad, un secreto a voces: un pacto con consecuencias abominables... Averigua qué se oculta en... el subterráneo. | Publicada por Editorial Alas de Cuervo (2023) | Sígueme en Instagram: @risasenlaoscuridad | Consigue todos mis libros en el Link de mi perfil | © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, 2023 (No reclamo ningún derecho sobre la imagen original utilizada).


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El subterráneo



Historia publicada por Editorial Alas de Cuervo (2023).


Esta historia forma parte de mi antología Noches de Octubre: Cuentos de Horror y Locura.



Todavía recuerdo cuando Mariana desapareció. Desde entonces nadie volvió a saber de ella. Al principio decían que se había escapado, después sugirieron un secuestro y más tarde hablaron de otras cosas. Cosas en verdad macabras…

Mariana era un año mayor que yo, estaba por graduarse de la prepa. Nunca le hablé, solo la había visto por ahí entre clases, en los pasillos o cuando acompañaba a mi amigo Paco para tratar de hablar con las chavas de sexto. Ella también era bonita, aunque no mucho, quizá solo una cara más en el patio de la escuela.

O eso creí.

Cuando empecé a verla en las publicaciones de mis conocidos su rostro se quedó grabado en mi cabeza como si fuera el único. La tarde que Mariana no llegó a su casa su foto inundó las redes en cuestión de horas. Por todos lados se leía:


“Ayúdanos a encontrar a Mariana Jiménez Torreón, la última vez que la vieron fue hoy al salir de CU, vestía camisa amarilla, jeans rotos y tenis tipo converse. Si tienes datos de ella, por favor, escríbenos al…”


Nadie sabía nada. La tierra la había devorado.

No era amiga mía. De hecho, supe su nombre hasta que desapareció. Más bien, hasta que la desaparecieron. (Qué palabra más tramposa: suena como un acto de magia inocente… En realidad, se siente como si fuera magia negra, brujería satánica, un rito siniestro, una pesadilla que se vive despierto, un sacrificio para algún perverso demonio secreto, intangible, oculto en algún lugar; la bestia de mis fantasías alimentadas por películas y series de terror).

Y aunque no conocía a Mariana, su ausencia me afectó por completo. Su vacío invadió la escuela entera y los días se volvieron larguísimos. A mis amigas las carcomía el miedo, después de eso, anduvieron siempre en bola. Los hombres estuvimos más serios. El ambiente se sentía raro. El mundo nos pareció más grande a partir de entonces.

También afectó a los profes. Recuerdo una tarde, en clase de mate, la maestra anotaba unos ejercicios y entonces oí los murmullos de mis compañeras en la última fila.

Discutían sobre Mariana.

—Quien se la haya llevado es un monstruo —se quejó Brenda—. ¡Un monstruo!

—Los monstruos no existen —intervino la maestra desde su lugar, la voz exhausta. Todos volteamos a verla—. Solo estamos nosotros, linda. Las personas.

Nos quedamos callados. Hubo un silencio enorme. La maestra se disculpó, se talló los ojos, luego pidió que copiáramos el apunte y salió del aula. Volvió cinco minutos después con un café en mano. Nadie dijo ya nada.

Empezamos la clase. Miré al cielo por la ventana: el día estaba claro, pero me pareció que veía un abismo.



Pasaron dos semanas. Un viernes salí tarde de la biblioteca. Ya era noche. Bajé a la estación del metro para ir a casa. El andén estaba más solo de lo usual. Mientras esperaba, noté a una mujer con uniforme de oficina. Muy pegadito. Era linda. La vi de reojo varias veces.

El convoy anaranjado llegó y ambos subimos. Le cedí el paso, ella avanzó con recelo.

En el vagón había poca gente, solo señores cansados, algunos dormidos, y un par de viejitos por ahí, todos apilados hasta el frente o al fondo de la unidad.

La mujer, de unos veintitantos, y yo, éramos los más jóvenes a bordo.

Nos sentamos en las filas laterales. Quedamos de frente. Ella acomodó su bolsa a un lado suyo y buscó algo. Mientras, traté de ver mi teléfono, pero también me puse a verle las medias. Intenté ir más arriba para descubrir su entrepierna e imaginé que la falda se le subía como en los videos porno que me recomendaban mis amigos. Empecé a excitarme…

Miré hacia el rostro de la mujer… y vi a Mariana.

Todavía siento cómo mi estómago se contrajo y las tripas me subieron al pecho. Ahí estaba ella, delante de mí. Un espectro. Apreté los párpados con miedo y al abrirlos vi de nuevo la cara de la mujer: incómoda, asustada porque yo la miraba fijamente. Se cambió un par de asientos más adelante.

—Pendejo —me regañé murmurando.

El vagón cerró sus puertas y nos pusimos en marcha.

Pensé en los volantes de Mariana que comenzaron a pegar en paredes y postes cerca de la escuela. Ya no eran solo escritos en face o insta. Ahora eran anuncios con el membrete de la fiscalía.


AYÚDANOS A ENCONTRARLA

MARIANA JIMÉNEZ TORREÓN

EDAD: 17 AÑOS

GÉNERO: FEMENINO

CABELLO: NEGRO, LARGO, LACIO

TEZ: MORENA CLARA

OJOS: CAFÉ OSCURO

ESTATURA: 1.65

COMPLEXIÓN: REGULAR

SEÑAS PARTICULARES: PERFORACIÓN EN LA NARIZ

VESTIMENTA: CAMISA AMARILLA TIPO POLO, PANTALÓN DE MEZCLILLA AZUL, TENIS

FECHA Y LUGAR DE DESAPARICIÓN…


Suspiré y bajé los ojos mientras atravesábamos las entrañas de la ciudad.

En el piso había tiradas bolsas de chatarra, latas de refresco y cientos de cabellos sueltos y pelusas. Imaginé que todos se juntaban formando una peluca y una cara fantasmal aparecía debajo como en las películas de horror japonesas.

Pasaron los minutos. Me sentí aturdido. Intenté distraerme afuera. Cuando miré por la ventana, en el vidrio sucio alcancé a ver mi reflejo: tenía el rostro deformado… Me eché para atrás y casi me caí del asiento. Llegamos a la siguiente estación y las puertas se abrieron a la noche en espera de más pasajeros.

Me tallé los ojos, miré de nuevo. Quise enfocar mi imagen cuando, a lo lejos, vi aparecer una silueta extraña de entre los recodos del largo pasillo que venía justo hacia el tren. Sin saber por qué, sentí un escalofrío espantoso, como arañas con patas de alfileres recorriéndome los brazos.

La figura caminaba extraño: avanzaba con movimientos que no acababa de entender, como si sus articulaciones se dislocaran o se doblaran de forma incorrecta. Debía medir casi dos metros, tenía brazos y piernas desproporcionadas. Creí notar que le sobraban varios pares de extremidades… Sé que sentí un miedo muy cabrón al ver esa cosa avanzando porque, cuando llegó al andén, a unos diez metros, todavía no comprendía la forma de su rostro.

El corazón me latía rápido, mi cuerpo gritaba “¡corre!”

Recé para que las puertas se cerraran, que el monstruo se quedase fuera, pero abordó tranquilamente al vagón con sus patas pesadas, haciendo retumbar el sucio piso de metal. El mecanismo de la entrada se selló y nos dejó encerrados con eso

Me aferré al asiento.

Algunas personas despertaron y voltearon a verlo, creí que todos iban a gritar, que sería como una masacre de cine gore, caras aterradas, sangre bañando el suelo… Pero ellos solo se acomodaron de nuevo y volvieron a sus teléfonos. O a dormirse.

Empecé a temblar y aquel demonio extendió unas pinzas de langosta para aferrarse al tubo pasamanos. Noté un aroma horrible como a agua estancada y humedad. Pensé que había salido del drenaje y llegado hasta el vagón buscando qué comer. Quizá eso era a quien sacrificaban tanta gente en la ciudad…

Seguí viendo sus extremidades gigantescas, su torso alargado y lleno de espinas, sus formas confusas e inquietantes, y cuando busqué su rostro, contemplé con un terror brutal su cabeza de insecto con mandíbulas arácnidas y decenas de ojos amarillentos.

Estaba mirándome.

Casi me puse a llorar. Volteé desesperado por ayuda y me encontré con la mujer oficinista: estaba nerviosa. Observaba con horror al monstruo, ¡ella también podía verlo! Éramos los únicos. Pasaron segundos eternos, el aire seguía viciado de moho y pánico. Conté los instantes para que la criatura nos despedazara con sus apéndices mutantes.

Me percaté de que solo nos vigilaba a ambos, repartiendo sus ojos vigilantes entre ella y yo. Sobre todo, ella. Creí entonces que tal vez había un pacto secreto entre los otros pasajeros y la bestia, una tregua de impunidad donde la mujer y yo no cabíamos…

En la siguiente estación, las puertas se abrieron y la muchacha descendió tan rápido como pudo. Detrás se bajó también aquella cosa. Ella volteó sobre el hombro cada tanto y avanzó nerviosa por el andén, dirigiéndose a las escaleras para regresar a la ciudad, mientras la criatura intentaba seguirla indiscretamente.

Tenía mis piernas congeladas. El demonio subió media escalera. Sentí que debía bajar también, que debía hacer algo, que debía alcanzar a la chava y… entonces las compuertas se cerraron. El vagón volvió a avanzar. Nos adentramos en un túnel y los perdí de vista.

Al llegar a casa, mamá me preguntó cómo estaba; dije que "bien" y subí a mi cuarto.



Habían pasado solo tres días cuando volví a ver a la chica del subte. Me encontré una foto suya en redes sociales, en publicaciones parecidas a las de Mariana, salvo una diferencia: ella no estaba desaparecida. La habían matado.

Seguí leyendo con un nudo en la garganta, casi al borde de una crisis, pensando “¡Es mi culpa, es mi culpa!”, diciéndome que debí hacer algo, que tuve que acompañarla, protegerla para evitar que ese monstruo le hiciera daño…

Más adelante me quedé helado al enterarme de un arresto. No había sido ningún demonio, ni tampoco un psicópata extraño. Detuvieron a su pareja con claras evidencias vinculadas al asesinato. Subieron una foto: parecía un tipo cualquiera.

Junto a ese caso, se destaparon al menos otros veinte ocurridos el último mes.

Esa tarde, mamá preguntó de nuevo cómo estaba y me solté a llorar. Me abrazó para consolarme. Le conté que me sentía diminuto, que tenía miedo. Ella asintió, dijo que se sentía igual.

Hace poco mi amigo Paco y yo caminábamos en el Centro. A lo lejos, por la avenida, empezaron a sonar decenas de coches pitando. El ajetreo habitual del tráfico se convirtió de pronto en un mar de insultos, bocinas y chiflidos. Corrimos hasta el aparador de una tienda en la esquina para ver qué pasaba. Cuando llegamos, sentimos el suelo temblando bajo los pies. No era un terremoto: a cincuenta metros al frente venía una marcha de manifestantes, una fila gigantesca de gente, miles de mujeres avanzaban hacia el crucero, entre gritos y cantos de protesta que hacían vibrar el aire. Los muros en los edificios cercanos nos devolvían sus cánticos amplificados. El rugido de una fuerza imparable.

Oímos una sirena y vimos pasar una camioneta de la policía que iba cargada con varios oficiales en la batea. Cuando les vi los rostros, sentí que me iba de espaldas… Agarrados a los tubos de metal, viajaban monstruos con caras de insecto y apéndices gigantes saliendo del uniforme, gruñendo como cerdos y haciendo ruidos inquietantes. Más adelante las criaturas bajaron del vehículo para reagruparse. Unos segundos después, pasó otra unidad igual.

Sobre las aceras y dentro de algunos vehículos creí ver más de esas cosas, retorciéndose, lanzando gritos horribles…

Sentí la vista nublada por un segundo y al siguiente instante mi cuerpo se llenó de adrenalina. Pensé en Mariana, en la chava del tren, en mis compañeras, en mi madre, mientras la multitud de coros y pancartas daban vuelta por la esquina con rumbo al Zócalo.

—Pendejas —dijo Paco molesto—. Todas son unas pendejas… —continuó, dio media vuelta y me empujó con el hombro para indicarme que nos fuéramos.

Me quedé inmóvil detrás de él, pero ni siquiera se dio cuenta.

Cuando pasó frente a los vitrales del aparador, el reflejo de su silueta era oscuro y borroso, como si no fuera él mismo. Sus palabras me dieron tanto coraje que sentí la cara hirviendo. Empecé a perder el control y me invadieron unas ganas gigantescas de gritarle, de reventármelo al muy cabrón, de partirle toda la pinche cara con mis propias manos. ¡De matarlo a golpes y abrirle el cráneo hasta dejarlo hecho pedazos!

Apreté los puños. Di un paso adelante, pero algo me hizo voltear hacia el vitral: en mi rostro deforme, vi que tenía unos ojos negros de crustáceo; no hallé mi nariz ni tampoco mi boca, sino un hocico de escarabajo; del cuerpo me estaban creciendo unas patas cubiertas de vellosidades…

Todo el ruido desapareció.

Entonces comprendí.




Nov. 2, 2023, 5:46 p.m. 1 Report Embed Follow story
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The End

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Andrés Oscura ¡MEDIO MILLÓN DE LECTURAS EN INKSPIRED! ¡GRACIAS! Sígueme en IG - Autor publicado en 10 antologías y diversas revistas literarias. Soy psicólogo, escritor y fan de Poe, Lovecraft, Cortázar, Mariana Enríquez, Amparo Dávila, entre otros. (LIBROS EN EL LINK DE ABAJO).

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HwaJi Sung HwaJi Sung
Casi al final pude intuir lo que le pasaría al prota. A mi interpretación, aquel mounstro en realidad siempre fue la maldad de la persona, aunque no estoy segura si solo era de los hombres o de las personas en general que tuvieran ese instinto asesino. Muy buen relato 👍🏻
January 08, 2024, 19:32
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