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Entre un martes y un jueves Follow story

Olaf Marin Olaf Marin

Las cafeterías son lugares tranquilos. Mara creía eso también, y tenía una particular predilección por un lugar del centro... ya se dará que cuenta de que el problema no son los sitios, sino las personas que los frecuentan.


Drama For over 18 only.

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I

Había un suave olor a canela en el aire, poderoso y gentil abrazaba el interior de la cafetería. Bailaba sin prisa, avanzaba precavido entre las personas dando a todo el lugar un sentido hogareño.

Una camarera yacía junto a la puerta de cristal. Un letrero neón de color verde iluminaba su nuca desnuda y daba la bienvenida a cualquier transeúnte que quisiera fijarse.
La pequeña mano bronceada se movía velozmente sobre un bloc de notas con forro violeta: una, dos, tres líneas y después el número de mesa.
-Eso es todo, gracias.
El joven moreno le regaló una sonrisa amena e indecorosa, Sandra respondió ruborizándose, por el abdomen le corrieron cosquilleos inciertos; si alguien hubiese puesto suficiente atención habría visto un sutil temblor en la tela color vino.

El rebotar de sus zapatillas marcaba el compás de una sinfonía atemporal, pronto toda la cafetería parecía haberse unido al concierto: había un suave crujir de pan tostado, un ligero tintineo metálico y un coro de voces tan bajas que casi eran murmullos. Era un lugar tranquilo en el cual a uno le habría gustado pasar la tarde de un sábado lluvioso.

Mara lo sabía, por eso aparecía cada miércoles después de las cuatro. No era coincidencia, por cierto, que eligiera ese día para presentarse. Iba en miércoles porque era cuando menos gente recibían (aunque no es como si tuvieran casa llena el resto de la semana) y eso significaba que podía entretener bastante a Sandra cada vez que ordenaba.

Ella le gustaba, pero no sólo en el sentido en el que le gustaba Marta, la camarera suplente, Sandra de verdad le gustaba. Hablar con ella la hacía sentir feliz y tomar su mano al pagar la cuenta le producía un cosquilleo extraño en la garganta.

-¡Sandi, chiquilla! ¡Espera! -Mara agitaba suavemente su cigarrillo sobre la cabeza.

La menuda muchacha morena interrumpió su marcha hacia la cocina y con una mueca alegre, casi imperceptible, avanzó hacia el fondo del local.

-Soy más alta que tú, Mar -respondió con coquetería reflejada en los pequeños ojos verdes.

-Eso no importa, ya te lo he dicho. Te llevo cinco años, así que se buena y tráeme un trozo de pastel de chocolate.

Sandra la miró con severidad, repasó el contorno de su mentón y se detuvo un momento en el mechón rosado que le colgaba junto al ojo izquierdo. Mara sabía qué pasaba, ella quería que pasara, hizo una mueca de puchero con labios carnosos mientras inclinaba la cara. Sandra seguía decidida, no movió un músculo mientras miraba directamente en los ojos negros de aquella chica.

-Bien, bien –cedió Mara, echando la cabeza para atrás un momento-, por favor.

-Así me gusta -una hilera de rectos dientes blancos asomó en el rostro apiñonado.

Se giró mientras Mara daba una bocanada a su cigarro y luego un sorbo a su taza de café, no levantó la vista del trasero de Sandra hasta que esta se perdió tras las puertecillas de la cocina.

La espera era terrible y maravillosa, remarcaba el ardor del humo en su garganta, intensificaba el sabor del café. Terminó el cigarrillo con un sorbo largo y saboreó la amargura de la colilla, extinguió el remanente en un cenicero de cristal que tenía junto a la taza. Comenzó a rebuscar en su bolso, apartó el estuche de rubor y tomo una pequeña caja color negro de bordes metálicos ligeramente desgastados; el forro era imitación de piel y se pegaba a los dedos con facilidad. Lo abrió sobre la mesa con un ligero tintineo, como segunda voz se le unieron los tacones de Sandra con un rebotar agudo.

La delgada camarera se movía con gracia, las caderas no muy pronunciadas se mecían entre el vapor del café, el olor a maple y las esporádicas corrientes de tabaco. Mara la encontró rápidamente entre el bullicio del lugar olvidando al instante el cigarro nuevo que tenía entre sus dedos, lo dejó caer de nuevo en la caja, la cerró y la apartó a un lado.

Se puso de pie rápidamente y se inclinó apenas la joven llegaba a su mesa. Estiró ambas manos con las palmas mirando al techo y las recorrió bajo el plato de porcelana acariciando a Sandra hasta las muñecas en el proceso, y las detuvo allí. Sonreía ampliamente, juguetona y dispuesta, su esperada compañera se petrificó en fiebre, fiebre veloz y flagrante que le acarició la nuca y le besó las mejillas.

Cuatro torpes y hermosos segundos pasaron hasta que la maldita conciencia se presentó bajo los parpados de Sandra, recordándole donde estaba y con quién. Con extrema premura retiró los brazos, el pedazo de pastel cubierto de crema de chocolate se deslizó sobre el plato, amenazando con saltar, Mara reaccionó a tiempo y lo sostuvo con firmeza. La tierna camarera bajó la mirada envuelta en pena blanca.

Tardó más de lo que uno creería en notar que al huir de los ojos de su amiga había posado la vista en su escote. En cuanto la realización de este hecho se hizo palpable Sandra dio un respingo y comenzó a girar suavemente la cabeza en todas direcciones, buscando algún punto en el cual refugiarse, hasta que mirando de reojo notó el agrado en las pupilas de Mara, y decidió que quizá, no era tan mala idea refugiarse allí; en esa cara morena, casi blanca pero chocolatosa, esa que se le comenzaba a figurar agradable y atractiva. Las pestañas eran largas, las orejas pequeñas y los labios carnosos que de pronto se imaginó besando.
Repasó la quijada pequeña y ovalada, bajo por el cuello pequeño, ligeramente arrugado, y luego… dudó. Dudó y levantó la vista de nuevo. El mechón rosado jugueteaba colorido junto al ojo izquierdo de Mara, tocaba con las puntas la oscura sombra de maquillaje que rodeaba ambos ojos. Su sonrisa seguía siendo tentadora, rebosaba dentro de labios violáceos que se humedecieron un par de segundos bajo el peso de su lengua.
Esta visión le imprimió valor en las entrañas.
Deslizó de nuevo la vista, acarició con ella el rostro, el cuello, las clavículas… finalmente la recargó con suavidad en el escote, sólo que esta vez siguió adelante: repasó la comisura entre los pechos, curveó el mirar y percibió la leve marca de los pezones bajo la blusa gris. Mara no llevaba sostén.
Una corriente líquida, helada y densa se deslizó por su espina y se detuvo en su vientre, donde reventó. Hormigueos suaves estampaban velozmente su paso por los muslos, haciéndose más penetrantes mientras avanzaban hacia el interior de sus piernas.
Los sentimientos familiares de humedad encontraron en su camino el impedimento de la vergüenza.

-¿No estarás considerando detenerte, cierto? –La tranquila voz de Mara incrementó su pena- Me obligarías a denunciarte por publicidad engañosa, y créeme, la cárcel no es bonita.

Sandra se sintió de pronto desnuda, invadida. Aferró los dedos a su uniforme para asegurarse de que estaba ahí mientras clavaba los ojos en las pequeñas zapatillas de charol, la piel la tenía cubierta por un súbito sentimiento de temor que era como un presagio de calamidad.
La mano izquierda de Mara se posó en su muñeca y tiró amablemente de ella. Dirigiéndola, la sentó a su lado y apretó alrededor de sus dedos con ambas palmas. El brilló rosado del esmalte de uñas aligeró su miedo.

-Mírame, Sandi.
No hubo respuesta. La voz adoptó un tono suplicante.

-Mírame, vamos…

A Sandra el cabello la había traicionado, no cubría su cara, estaba obligada a llevarlo amarrado. Encontrándose a si misma indefensa decidió ceder, clavó los ojos de esmeralda en la profunda oscuridad. Una lágrima afloró bajo el párpado derecho, incapaz de soportar aquello que emanaba del mirar de Mara.

-Tranquilízate, mira a tu alrededor. –giró la cabeza hacia la derecha y Sandra le siguió a su vez. Las personas continuaba alegremente con la peculiar melodía, comían reían y fantaseaban- Ya no es como era antes, Sandi. La gente ya no espera atenta con antorchas, no debes temer ningún juicio más que el tuyo ¿Por qué habría de hacerte sentir mal ser quién eres?

-Mira –continuó mientras señalaba a Cristian, quien estaba de pie en el umbral de la cocina regañando a un cocinero, sin nunca dejar de sonreír- ni siquiera tu jefe a notado que te sentaste. Así que eso debería quitarte también el miedo a ser despedida, aunque me siento algo mal por el pobre infeliz que acapara su atención.

Dentro de Sandra una tormenta se debatía, algo sugería que el problema podía no radicar en el “qué”, sino en el “con quién”. Decidió que haría lo que mejor la hiciera sentir.

-A mí no me importa –dijo al fin- es Ricardo, siempre se come mi almuerzo.

La estruendosa risa de Mara inundó el local, y nunca, en los seis segundos que duró, se sintió fuera de tono en aquella estancia iluminada.

March 15, 2018, 3:53 a.m. 0 Report Embed 1
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