El hombre al que la luna maldijo Follow story

phoebewilkes Phoebe Wilkes

Durante el verano de 1846, el marqués de Orellana se desplaza hasta el reino de Galicia con el objetivo de sumar nuevos terrenos a su cuantiosa lista de posesiones. Una vez instalado en Rebordechao, decide quedarse allí para disfrutar de un breve periodo de vacaciones. Por las noches, en todo caso, el lugar no resulta tan prometedor como en las horas de sol. Rodeado por oscuros bosques, Rebordechao parece convertirse en la boca del lobo y los vecinos en sus propias víctimas. ¿Pero qué sucedería si el peligro no residiera simplemente ahí? Federico de Orellana no tardará en descubrir que entre los árboles se oculta un secreto impregnado en sangre.


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Introducción

Se trataba de una imponente fortaleza de gruesos muros situada a orillas del Mediterráneo. Un palacio sobre el que un sol protector jamás se ponía, ni siquiera cuando tras los rincones más inhóspitos de la construcción se guarecían las sombras de los condenados. Porque eso eran las criaturas que allí habitaban, nada más que unas víctimas no tan inocentes que ahora purgaban sus pecados lejos de sus pueblos natales, fuera de la península y del mundo civilizado. 

El castillo era un mundo aparte, y pese a que estaba situado en las inmediaciones de la ciudad de Ceuta, pocos eran los que se atrevían a cruzar su umbral. ¿Quién querría visitar el hogar de un puñado de escoria? Nadie. Nadie en absoluto. Los únicos que se dejaban caer por allí eran los propios celadores, letrados en cuyos casos todavía podían hallar la esperanza de ser ganados y algún que otro familiar que acudía por caridad a visitar a sus allegados.

Por supuesto debía de haber excepciones: siempre existía algún individuo que cruzaba el puente en dirección a la prisión con una sonrisa turbia en el rostro, portando en mano la autorización que le dejaría escurrirse en el recinto. No se trataría de un juez, de médico alguno. La salud de los prisioneros podía ser frágil debido a las insalubres condiciones de las mazmorras, ¿pero quién se preocuparía? La mayoría de quienes se encontraban en tan tétrico lugar habían sido condenados a muerte, repudiados por la sociedad que una vez les acogió sin tener la más leve sospecha de que algún día traicionarían a su raza. ¿Qué importaba si morían?

Se trataría, pues, de un caballero de traje oscuro y sombrero de ala ancha. Con una gabardina cuyo cuello estaría tan rígido como un cadáver y los botones abrochados hasta arriba. Sus manos permanecerían enguantadas y, pese a que ésta resultara una indumentaria totalmente inusual dado el clima desértico que caracterizaba a esta zona, a ningún ente con el que se cruzara le parecería extraño.

Lo que sucedía entre las paredes de la fortaleza era, de por sí, extraño. Tanto, que quienes se hallaban condenados a habitarla día tras día habían perdido la perspectiva de lo ordinario y lo insólito. La locura era plato habitual y a ningún ente se le podría acusar de hablar sandeces sin tener una buena excusa para ello. Atrapados en un frío laberinto, en las profundidades de la tierra y con un mar de libertad tan cerca, ¿quién podría conservar su templanza?

El misterioso visitante de aquella mañana de primavera conocía bien la debilidad de esa persona a la que con su presencia deleitaría. Sabía que él se encontraba aislado, que era alguien peligroso a quien los gendarmes ni siquiera se atrevían a soltar en el claustro con los demás reclusos. No durante el día. Jamás en las noches de luna llena. La superstición precedía a los hombres de uniforme, que aunque nunca habían visto nada violento o sobrenatural en aquel ser esmirriado que siempre parecía tener una palabra educada para todos, no confiaban en sus afirmaciones.

Los criminales no cambiaban. Aunque, quizá un astro podía hacerles mutar de forma. Sólo quizá.

—Don Genaro, ¿es usted?

La voz había sonado como un llanto en la oscuridad y el desconocido pudo ampliar su sonrisa al escuchar el que debía ser su nombre.

—¡T-tiene que sacarme! —tartamudeaba con desesperación el desdichado desde el otro lado de los barrotes—. La apelación no ha tenido efecto, la reina… Ella cree en mi inocencia, pero la sentencia ha variado. Mi abogado no hace nada, dice que no se puede pedir otro recurso, ¡me pudriré aquí si por ellos es! Y no, n-no es justo.

—Has confesado, ¿recuerdas? —Grave y monótona, la otra voz hizo eco en aquella cámara infernal—. La reina pudo creer en tu inocencia al principio, pero ya no. No después de las pruebas presentadas por el fiscal. ¡Por Dios! ¿Quién iba a pensar que no hiciste nada de lo que se te acusa? —don Genaro rio—. No eres sino un perturbado que pasea por los montes como un conejo inofensivo hasta que la paranoia te ataca y te conviertes en poco menos que un lobo.

—¡No se atreva a decir eso! —En un breve acto de coraje, esta exclamación sonó como un grito de guerra, haciendo que la dificultad para hablar desapareciera—. Usted estaba conmigo, lo vio todo. Participó.

—Yo no hice tal cosa, de hecho, ni siquiera estaba en los bosques mientras… hacías eso.

—¡Miente!

—No miento, ¿o acaso no me recuerdas? Fue hace mucho tiempo.

—Le recuerdo, le conocí en tierras de Castilla. Venía usted de Alicante y era tendero.

—¡Por supuesto que no! Entiendo por qué ha terminado aquí, con este grado de confusión. Supongo que a mí me hubiera pasado lo mismo de estar en su situación. Pero no debes obcecarte, debes recordar la feria de Montederramo.

—¿Qué?

—Yo solía parar mucho por allí, aunque de eso hace más de quince años. Oh, no luzcas tan sorprendido. Nos conocimos allí y entablamos una amistad que duró un par de semanas (aproximadamente el tiempo que pasé en la provincia).

—Y eso es todo.

—Es todo. No nos volvimos a ver hasta el juicio, hasta que me di cuenta de que tu subconsciente se acordaba de mí de forma un tanto desagradable.

—Estuvo ahí conmigo —insistió el preso—. En eso no me he equivocado. Le vi, no una, sino varias veces a lo largo de los años.

Don Genaro movió la cabeza en señal de negación.

—La policía no ha llegado a investigarme, pero aunque lo hagan, se darían cuenta de que tengo razón. No he salido de Valencia en los últimos ocho años, a excepción, por supuesto, de estas pequeñas escapadas que hago para cerciorarme de cómo te las vas apañando por tu cuenta.

—Sigue mintiendo —El recluso se acercó a los barrotes, escupiendo cada palabra que de sus labios salía—. No era yo el único que estaba maldito. Usted también lo estaba. ¿Y sabe una cosa? Yo era consciente de lo que había hecho cuando regresaba a mi forma humana. Lo confesé en el tribunal, me arrepentí de ello. Pero fui el único que lo hizo. Usted no sintió esas muertes, no…

Dos manos enguantadas surgieron de los bolsillos de una gabardina y fueron a parar a la garganta de un preso que, si bien forcejeó cuanto pudo, no logró rematar su frase. Unos ojos rojos brillaron en la negrura y cinco minutos después, don Genaro recorrió el estrecho pasillo que le llevaría a la salida del área de aislamiento con la satisfacción del deber cumplido.

Una criatura había perecido de forma casi tan miserable como sus propias víctimas. ¡Si tan sólo se pudiera mutilar su cuerpo inerte del mismo modo…! La venganza por los supervivientes habría sido completa.

March 3, 2018, 1:14 p.m. 4 Report Embed 15
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María Acosta María Acosta
Empieza de forma muy interesante y la narrativa es muy buena. Te felicito, estoy deseando seguir leyendo.
Feb. 1, 2019, 7:44 a.m.
Robag Pencil of Simpleness Robag Pencil of Simpleness
Debo reconocerte que el principio lo senti medio insipido. Solo me falto llegar a la parte donde descibes de forma tan maginifica al hombre de capa con cuelo rigido para que me atrapes completamente Felicidades. Tienes mi completa atencion
Jan. 26, 2019, 6:49 p.m.
Luis Rafael Luis Rafael
BRAVO!!!
Jan. 23, 2019, 3:57 p.m.
Elena Siles Bernal Elena Siles Bernal
Me has enganchado :)
July 12, 2018, 2:49 p.m.
~

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