mavi-govoy Mavi Govoy

Poder viajar en el tiempo haría felices a los traficantes de obras de arte y joyas perdidas, pero Delia está dispuesta a tomar medidas tan drásticas como sean necesarias para impedir que su logro caiga en ciertas manos. Y si además se venga de una traición, mejor.


Science Fiction Time-travel Not for children under 13.

#elviajerodeltiempo
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Por una carta...

Todo empezó con una carta, no una cualquiera, sino una muy concreta, la que Delia acababa de escribir y firmar, la que ella había recibido hacía siete años.

Al rememorar esos siete años se preguntó una vez más si merecía la pena enviarla, si serviría de algo… Y también una vez más se respondió que sí, que ella era quien era y estaba dónde estaba por esa carta. O quizá pese a su contenido, pese a lo que supo al leerla.

Delia se recostó en su ergonómica y carísima silla de despacho, regalo de Justo, y cerró los ojos. Siete años antes ella era una recién licenciada en ciencias físicas abrumada por la repercusión internacional de su primera publicación en una revista. Entonces todavía no se había operado los ojos y era la típica chica tímida, poquita cosa y gafotas en la que los jóvenes de su edad no reparaban más que para pedirle los apuntes; no estaba preparada para la repentina notoriedad que le reportó la publicación de su enfoque sobre los viajes en el tiempo.

Y aún estaba menos preparada para la carta que encontró en el suelo del recibidor de su apartamento, como si hubiese sido echada por debajo de la puerta. Esa carta, escrita con su letra y firmada con su nombre, le reveló sin adornos ni circunloquios, sino con un desapasionamiento práctico y casi cruel lo que sería su vida en los siguientes años; sobre todo, le previno sobre Justo Sotomonte, le descubrió que la notaría familiar era una tapadera y que el verdadero negocio de los Sotomonte era el contrabando de joyas, antigüedades, obras de arte y cuanto un coleccionista millonario y falto de escrúpulos estuviese dispuesto a pagar por poseer.

Por el escrito supo que Justo nunca la amaría, que no le sería fiel y que se acercó a ella por imposición de su padre, el gran capo, el ambicioso contrabandista que, obsesionado por robar piezas míticas perdidas siglos atrás, compraría un laboratorio espectacular para que Delia completase la investigación sobre viajes espaciotemporales.

Algunos párrafos narraban hechos que solo ella conocía y estaban escritos en su alfabeto secreto, el que Delia había inventado para sus notas privadas, y pese a ello, siete años atrás, aquella carta le pareció a una broma de mal gusto. Justo, atractivo, simpático y sociable, la tenía en el bote y pronto su incipiente amistad se transformó en noviazgo. En aquel entonces él era quien la animaba cuando Delia se atascaba en algún problema de apariencia irresoluble que daba al traste con la formulación de los viajes temporales, quien estaba a su lado cuando los experimentos fracasaban y quien le adelantaba los ingentes fondos necesarios para la investigación…

Después, conforme el trabajo se encauzaba, se cerraban las fisuras en la teoría y llegaban los logros experimentales, Justo dedicó cada vez más horas a la notaría… y a las auxiliares, todas ellas jóvenes despampanantes. Le gustaban las mujeres rubias de piernas largas, lo que era irónico, porque Delia no era alta y tenía el pelo tan oscuro que pasaba por negro.

La traición dolió, pero lo que encendió su rencor fue el engaño, la simulación, el que la tomase por tonta, y lo peor era la duda de si habría llegado a sospechar algo de no ser por la carta que perdió pero que nunca pudo olvidar. Delia se tragó la humillación y fingió no enterarse de nada por estar absorta en el trajín del laboratorio. Pese a su juventud, asumió el liderazgo del equipo de físicos y técnicos, ella dirigía los diseños, coordinaba los desarrollos y visaba el trabajo de los demás a la misma vez que extrapolaba conclusiones y resultados a partir de los avances.

Fue la primera en postular que el principio de incertidumbre aplicaba a la dimensión temporal, lo que se traducía en que para poder ajustar con precisión de segundos el instante de tiempo al que enviar una masa M, se producía una desviación de decenas de metros en el lugar de llegada. Y viceversa, podía ajustarse al centímetro el lugar de llegada, pero entonces se producía una imprecisión de decenas de minutos en el momento de esa llegada.

En otras palabras, podía enviar a alguien a 1990 y hacer que se materializase en el museo Isabella Stewart Gardner delante del cuadro «The Concert» de Johannes Vermeer, antes de que la obra fuese robada por falsos policías, pero no podía ajustar que ese alguien apareciese en mitad de la noche, con el museo vacío y a oscuras. O bien podía dar prioridad al momento de la llegada para asegurar que fuese por la noche, pero entonces quizá lo enviase a los alrededores del museo, no dentro del mismo ni a la sala adecuada.

Tardó más de un año en dar con el procedimiento para controlar el principio de incertidumbre y lo consiguió a costa de chocar con otro principio, el de acción y reacción. En cuanto lo entendió se dijo que tendría que haberlo visto antes, porque era lógico: para eliminar la incertidumbre en el envío de una masa M1 a las coordenadas X, Y, Z y T era necesario desplazar simultáneamente otra masa M2 en sentido contrario, es decir, hacia las coordenadas -X, -Y, -Z y -T. Así de simple.

Delia dobló y ensobró las cuartillas que acababa de escribirse a sí misma, se levantó del cómodo sillón y puso en marcha el pequeño prototipo de máquina espaciotemporal que tenía en su despacho. En el laboratorio nadie sabía que el prototipo funcionaba, les había dicho que era una carcasa vacía. La convivencia con Justo le había enseñado a mentir.

La máquina parecía una balanza, aunque los dos platillos estaban formados por piezas que rotaban para abrirse y dejar un hueco central, el resto del mecanismo permanecía oculto dentro de una carcasa metálica no más grande que una caja de galletas. Delia colocó la carta en uno de los platillos y un sobre con cuartillas en blanco en el otro. Acción y reacción, las hojas blancas viajaría siete años al futuro. Introdujo las coordenadas de destino en su portátil y presionó la tecla de ejecución.

Las piezas móviles de la máquina rotaron para dejar escapar sendas columnas de luz blanca. Por unos instantes los sobres aletearon, se curvaron y se deformaron antes de desaparecer.

Sonrió. Sabía que la carta había llegado su destino, porque la recibió siete años antes.

Se había hecho de noche y el despacho estaba frío. Apagó la máquina y el portátil y guardó ambos en su maleta antes de pasar al aseo a maquillarse; Justo estaba al llegar, él había insistido en salir a celebrar el cumpleaños de Delia. Esos detalles era parte de su encanto, y esa noche planeaba sorprenderla, ignoraba que a él le esperaba una sorpresa mayor.

Lo más complicado había sido fabricar el explosivo, la química no era su fuerte y no había podido hacer pruebas, pero confiaba en que el laboratorio saltara por los aires, lo demás estaba meticulosamente preparado. Al descubrir la traición de Justo planeó que si conseguía viajar en el tiempo experimentaría con él, y desde ese momento indagó en las hemerotecas hasta localizar la pista: Treinta y un años antes, alguien que decía ser Justo Sotomonte Aguirre apareció en una playa africana y causó revuelo por su pretensión de ser un viajero del tiempo.

A partir de ese dato, Delia calculó que el destino espacial elegido para sí misma era el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en Nuevo México, dentro de treinta y un años.

Eso le quitó el sueño durante un tiempo. La fecha la entendía: enviaba a Justo antes de su nacimiento, porque era imposible que coexistieran a la vez dos versiones de uno mismo, pero habría sido más seguro reservar para sí el viaje al pasado, para no cometer el error de llevarse al interior de una montaña o a una guerra; ir al futuro era tentador, pero implicaba fiarse de que el laboratorio de Los Álamos conservase las mismas zonas despejadas que en la actualidad, o de lo contrario su aventura acabaría mal.

Entonces, una mañana encontró varias nota sobre el sillón de su despacho. Una, fechada en 2054, solo decía «Ha funcionado. Volveré a escribirme tan pronto pueda». La de 2055 comentaba que había obtenido la nacionalidad estadounidense y que se había enamorado. La última, un recorte de prensa de 2061, anunciaba la concesión del Nóbel de Física a la doctora Delia Muñoz de Smith.

Desde ese momento trabajó a escondidas hasta hacer funcionar el prototipo y envió informes al pasado para que Justo hallase la amistosa bienvenida del personal de un manicomio al aparecer en ese tiempo, y también al futuro, al laboratorio de Los Álamos, anunciando su llegada y su interés por trabajar allí.

Esa noche se despediría de Justo y sus infidelidades para siempre, haría funcionar la máquina grande por primera y única vez, ambos viajarían en el tiempo… y cinco minutos después la explosión borraría su rastro.

El futuro la esperaba.

May 14, 2023, 5:30 p.m. 2 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Mavi Govoy Estudiante universitaria (el TFG no podrá conmigo), defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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Darling More Darling More
Holaa
June 25, 2023, 18:30

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