Mariposa nocturna Follow story

beatricelebrun Beatrice Lebrun

Esta es la historia de una polilla enamorada de la luz de una bombilla. De una muñeca desesperada. De un amor no correspondido.


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Mariposa nocturna


El piano trio acabó de tocar Corcovado y los clientes aplaudieron. Como siempre, al acercarse medianoche, la interpretación se había vuelto más distendida, más íntima. El pianista, entre una melodía y otra, bebía de una copa de vino tinto, y el contrabajo se encendía un cigarrillo de vez en cuando. Aldara danzaba describiendo melodías invisibles con sus manos, su gracilidad arrancaba de cuajo las miradas de muchos de los presentes, pero sus propios ojos se encontraban ajenos a esa realidad.

Su cabello aleteaba ferozmente alrededor de su rostro de porcelana, provocando cada vez más sonrisas de frustración entre el resto de las damas que intentaban en vano imitar sus movimientos. Los hilos invisibles que la controlaban tan bien coronaban el espectáculo describiendo una fila estela desde cada una de sus articulaciones. Un espectáculo privado solo para quienes podíamos verlos, solamente para los dos.

Cuando por fin las campanas chirriaron exactamente doce veces, mis movimientos cesaron, quedando entonces la bella Aldara a merced de la brisa como si de una hoja se tratase. Luego de dos eternos segundos retomé mi trabajo y continué regalándole mis gestos, y ella siguió revoloteando alrededor de las lámparas de luz perlada mientras la salida se acercaba hacia nosotros. Porque sí, éramos uno.

Cada noche se dedicaba a bailar entre las farolas, siendo yo su único espectador. Mis manos se movían solas mientras mis labios seguían a la maravillosa estrella fugaz que se desplazaba por las calles con el silencio de una mantis religiosa. Tan delicada, tan suave, tan única.

¡Qué hermosa era Aldara!

Al llegar a la puerta de su pequeño paraíso la atravesaba como si fuera neblina y el entorno se volvía de ensueño. Sin ella, el lugar no era más que una caja de zapatos, pero justo cuando la punta de los dedos de sus pies rozaban el suelo se convertía en un mundo casi tan fantástico como ella misma.

A veces navegaba por mares repletos de polillas encantadas, otras paseaba horas por vertiginosos pasillos de algodón de azúcar. Yo siempre adoraba cuando se le ocurría meterse en cualquier escondrijo que tuviera algún espejo, su réplica lucía casi tan perfecta como la auténtica, con los mismos ojos de atardecer de la original. Entonces me quedaba extasiado admirando su divinidad mientras mis dedos hacían su trabajo, guiándola paso a paso hasta el más profundo de sus anhelos.

La contemplaba hasta que caía desvanecida en los brazos de mi archienemigo, el titiritero invisible que la controlaba en sueños. Veía con angustia cómo sus pupilas se agitaban de un lado a otro por debajo de sus párpados transparentes. En esos momentos respiraba profundamente y acercaba la yema de mi dedo meñique a su rostro, ligeramente más pequeño que el mismo.

Aunque no podía jamás sentir el tacto de su piel, en mi mente existía imaginación suficiente como para imaginármelo. Cada noche lo hacía, cada noche bastaba.

Sus pestañas sacudieron el polvo de estrellas que se había acumulado en ellas la noche anterior, se desperezó con cautela mientras sus ojos se acostumbraban a la tenue luz del lugar. En su pequeña caja de zapatos había lugar para una sola vela, colocada con cuidado sobre una caja de música que habría pertenecido a alguna gran señora en otro tiempo.

Palpó la textura del suelo con cuidado, con la planta de sus pies, intentando adivinar si ese día sería una alfombra de terciopelo o mármol duro y liso. Todos sus movimientos se veían acompasados por la melodía constante que solo existía dentro de su cabeza, esa que ni siquiera yo podía ver. Se vistió de nube con toques de esmeralda y poco a poco abrió el agujero que le permitía salir a conocer el mundo, repleto de aventuras y sueños.

Se cubrió el rostro con el velo de seda que utilizaba para esconderse del sol y comenzó a zigzaguear de sombra en sombra hasta que encontró una locación que le pareció pertinente visitar. Un nuevo destino la esperaba cada día, la conexión que teníamos no me permitía saber qué pensaba con exactitud, pero sus emociones me llegaban como corrientazos y me ayudaban a saber qué quería hacer ella a continuación.

Yo la consentía y le concedía cada uno de sus caprichos, era el único medio que tenía para cumplir sus anhelos. La lástima me embargaba cuando recordaba que Aldara ignoraba mi existencia, la del único que la acompañó desde que no era más que un tierno capullo, la del titiritero que manejaba los hilos de su vida, la de ese que se encargaba de que sus añoranzas dejaran de ser tal.

Entró retirando la fina telaraña que cubría sus ojos, ya no la necesitaba, el peligro había pasado. Estaba encerrada en un cubo de terciopelo con asientos de cachemira, a su alrededor decenas de muñecas que intentaban asemejarla. Ninguna jamás habría podido estar cerca de recrear su majestuosidad.

Al frente de todas un enorme escenario de cristal con un único individuo de pie en medio de él. Escuché con paciencia junto a ella sus palabras y sentí como su estómago fue enredándose en un nudo de miles de hilos. Poco a poco la calmé, soplándole al oído aire tibio, y ella terminó por tomar asiento para contemplar silenciosa el espectáculo que apenas iniciaba.

La presión en sus sienes fue aumentando a medida que contemplaba cada una de las presentes intentando danzar con más gracilidad que la anterior. Chispas de indecisión comenzaron a atorársele en la garganta y sintió la punta de sus dedos hirviéndole, palpitando como si cada uno tuviera corazón propio. Tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para mantenerla allí, tan tensa. Ella no comprendía qué fuera sobrenatural estaba obligándola a permanecer sentada en el mismo lugar en que había estado durante horas.

En una milésima de segundo, sus pupilas se ensancharon. En ese instante yo estaba demasiado ocupado llenándome de valor para no apoyarla en salir huyendo despavorida, por lo que no le di tanta importancia a ese hecho. El interior de su boca comenzó a llenarse como si alguien hubiera dejado abierta una manguera, y su corazón se estrellaba contra las paredes de su caja torácica. Debí haberlo notado, pero pensé que podrían ser efectos del nerviosismo que cargaba encima. Y es que ¡jamás se había puesto así!

Cuando escuchó su nombre caminó como si el suelo se estuviera resquebrajando bajo sus pies, sentía aire caliente dentro del cerebro y una nube de humo escapándose de su nariz. Su visión se tornó borrosa y sonrió para que aquel hombre no notara lo mal que se encontraba en ese momento.

Pero justo cuando rozó el suelo de cristal, el pánico desapareció. Volvió a ser la misma princesa encantada de siempre.

De sus manos brotaron estelas de luz plateada que se enredaban con sus cabellos. Describía curvas en el suelo y valsaba despidiendo un suave perfume de amapolas. Aldara me confió su alma en ese momento, mientras yo con esmero la guiaba galopando sobre el viento que se acumulaba para verla danzar.

Su mundo se volvió de ensueño, de nuevo no existía nadie más. La preciosísima Aldara extendió sus alas y comenzó a surcar las corrientes de aire que despedía la brisa matutina sin pensar en más nada. En el fondo yo sentía que aquel despliego de magnificiencia era para mí, esa mano invisible que la acompañaba.

Siguió maravillando a los presentes con sus dotes innatos y yo no podía hacer más que hincharme de orgullo mientras con cuidado manejaba sus pasos. Me cercioraba de que no se doblara el tobillo ni cayera contra la luna transparente que tenía bajo sus pies. Me preocupaba por su bienestar físico e interno, y como ella se sentía feliz, yo también lo hacía.

Entonces sus pupilas se dilataron de nuevo y el sosegado compás de su corazón se tornó en una melodía efervescente. A pesar de que mis dedos seguían provocando sus movimientos, ella había dejado de prestar atención a lo que estaba haciendo. Sus ojos, los únicos órganos que jamás había tenido permitido tocar, se abalanzaban sobre los de alguien más.

Una muñeca menuda y simplona la contemplaba desde una esquina, tiritando de ansiedad, envuelta en una capa de lana gruesa. Para mí era poca cosa, incluso algo deforme, un bicho raro y famélico. No tenía gracia y era bastante simplona, sus dientes chocaban contra sus labios y apenas tenía cabello, tal vez sería esa la razón por la que llevaba una capucha. Estaba toda vestida de amarillo chillón, los ojos ardían incluso con el mero reflejo de su sombra. No comprendía qué veía mi preciosa muñeca en ese adefesio.

Para Aldara, ese nuevo descubrimiento era una princesa perdida, una hechicera mítica de hacía cientos de años y una huérfana con poderes mágicos. Veía en ella miles de pequeñas luciérnagas danzándole entre los dedos y un farol iluminándose cada vez que abría la boca. Sentía una atracción electromagnética cuando la miraba, y no bastó pronunciar una palabra para conocer el nombre de quien le había quitado el habla.

Kamaria.

Como la luna que le hablaba cada noche antes de dormir.

Como la estrella más potente en el firmamento.

Y en ese momento el día cegador se transformó en la noche más perfecta que podría haber soñado.

Yo había comenzado a sospechar que su comportamiento no era el adecuado, pero seguí complaciéndola sin prever que lo peor estaba a punto de comenzar.

Saltó del escenario y corrió a su lado como una gacela, extendiendo su mano hacia la de ella. Apenas las puntas de sus dedos se unieron con las de ella, hubo un destello de luz tan fuerte que por un segundo el mundo desapareció. Cuando volvió a existir, ambas se encontraban sobre el suelo de cristal, mirándose a los ojos.

Empezó la danza de nuevo y yo retomé mis movimientos que hacían que ella luciera perfecta. Pero ya no cerraba los ojos y se entregaba a mí con completa confianza, como lo había hecho desde su crisálida. Ahora Aldara buscaba a Kamaria con cada centímetro de su alma, y la otra intentaba acercarse sin poder tocarla.

Miles de emociones llegaban furiosas a mi interior, chillando de la tortura al no poder acercarse más de lo que la dejaba. ¿Cómo podía permitir que mi preciada muñeca osara tocar de nuevo a alguien más? Ambas intentaban buscarse, sabiendo que quienes tenían el destino en sus manos jamás las dejarían hacerlo. Era una mariposa nocturna revoloteando desesperada alrededor de una bombilla de plasma, asustada de emitir más calor del soportado por su pobre amiga alada.

Un corrientazo de ira sirvió para darme cuenta de que esa chiquilla me había convertido en un tirano a los ojos de lo más importante que tenía en la vida, y fue así como decidí optar por el bien de ambos y huir del lugar.

Aldara salió despavorida con gotitas de rocío bañando sus mejillas. Esta vez la caja de zapatos se encontraba vacía, solo con la única llama de vela que la iluminaba, y que ahora tenía nombre.

La diminuta princesa hada jamás volvió a ser la misma.

Los cuentos de rosas guerreras y nubes de terciopelo dejaron de existir en su vida. Cada vez el mundo era más monocromático, cada vez la llama de la vela se apagaba más. Pensé que pasaba por una simple faceta, la colmé de mimos y regalos para ayudarla a soportar la pena que la consumía. Se olvidaría pronto, al menos eso esperaba yo. Después de todo, tan solo era una muchacha rebelde.

Aldara comenzó a dormir cada vez más y vivir cada vez menos, sentía que en sus sueños todavía tenía la libertad que le faltaba estando despierta. Sus labios se curveaban cuando cerraba sus ojos y yo no podía hacer nada más que preguntarme si el titiritero que la controlaba en ellos era mejor que yo, más benevolente. Yo la había apartado por su bien de todo aquello que pudiera hacerle daño y nunca se había molestado por ello, yo la quería y la cuidaba.

¡Qué malcriada era Aldara!

Mientras tanto, la pobre muñeca se hastiaba de dormir, su cuerpo se desgañitaba implorándole que hiciera algo más, que al menos se moviera. Su actividad favorita pasó de pescar estrellas a encontrar motas de polvo en la oscuridad de un techo de cartón. Cerraba los ojos incluso despierta con la esperanza de que algo diferente ocurriera al abrirlos.

Las fuerzas para vivir se le habían ido, pero poco a poco comenzó a volver a hacerlo. No quería, por supuesto, pero de todos modos se ponía de pie y se vestía con las más elegantes telas, se envolvía de esperanzas aunque no las sintiera, sonreía externamente mientras por dentro solo tenía vidrios rotos.

Ella no entendía por qué su cuerpo ya no respondía sus plegarias, sus pensamientos. Cada músculo se contraía a su antojo en lugar del de ella. Aldara ignoraba lo mucho que yo la estaba cuidando, la dura decisión que había tomado. Si por capricho se le había antojado no ser feliz, solamente por haberse alejado de una llama insignificante, yo me encargaría de enderezarla.

El piano trio siguió sonando mientras el humo del cigarro danzaba entre los presentes, ella siguió volando de algún lugar a otro, con sus pestañas aleteando en el viento. Su sonrisa seguía brillando con luz propia. Pero sus ojos escondían la cruda verdad que bañaba su interior.

Buscaba entre la multitud alguna luz que le indicara de nuevo su presencia, en cada gotita de fuego que encontraba buscaba un indicio del paradero de Kamaria. Hablaba con los faroles, quería comerse las bombillas, escuchaba que susurrando le confesaban que jamás la encontraría, que Kamaria había huido lejos para nunca volver después de que una mariposa le robara el alma. Entonces y solo entonces, se dio cuenta de que estaban hablando de ella.

¿Cómo le explicaría cuando la viera que no había sido dueña de sus acciones? ¿Que una fuerza más allá de lo que ella misma podía controlar había decidido por ella? No esperaba que comprendiera mis intenciones de salvarla de un destino peor, en el fondo el corazón que necesitaba mantener en pie era el mío mas no el de ella.

¿Cómo podría haber permitido que mi muñeca se enamorara? No quería ni siquiera imaginarme qué sería de mí si me viera obligado a hacer que sus brazos rodearan los hombros de alguien más, cuando nunca podrían hacerlo con los míos. No me sentía egoísta, pues sabía que yo era su destino, solamente esperaba que pronto lo aceptara y nuestra relación volviera a la normalidad.

Tal vez fue Morfeo, ese despiadado archienemigo, quien le comentó que la segunda cosa que yo no podía controlar era el habla. Ella nunca había tenido mucho que decir y era por ello que no me generaba tanta molestia.

Fue en un segundo que logró unir mis dos debilidades para utilizarlas en mi contra. Sus emociones se secaban como flores marchitas y cada vez me era más difícil seguirle el paso. Hacía que caminara porque eso era lo que su cerebro me decía, pero poco a poco dejaba de comprender sus anhelos y deseos más profundos.

Gritaba su nombre en cada esquina y cuando la obligaba a mantener la boca cerrada, se escapaba por entre sus dientes como sanguijuelas. Le imploraba a las luciérnagas que le enviaran mensajes, pero todas se negaban, afirmándole que la chiquilla deforme quería estar sola.

Hablaba consigo misma, preguntándose si estaría perdiendo la cordura. Cuando corría cuando estaba cansada y bailaba cuando decidía acostarse en la cama, reía cuando tenía ganas de llorar y se adornaba con las más hermosas reliquias cuando no tenía ni ganas de verse al espejo.

Tan solo veía la llama casi extinta de la vela que la seguía acompañando cada noche en su pequeña caja de zapatos, solo en ese instante de sus pupilas salían chispas. Muy dentro de sí existía todavía la esperanza de volver a verla.

Un día se despertó electrificada, miles de pequeños haces de luz recorrían sus nervios. Una súbita explosión de emociones llegó a parar a mi pecho y yo salté de la emoción, trayendo conmigo los hilos que la movían y haciendo que saliera expulsada de la cama.

Había vuelto a sentir, había vuelto a vivir. Todo lo malo había pasado en un suspiro, en apariencia volvía a ser la misma pequeña plagada de vida que había conocido durante toda mi vida.

Saltaba de un lugar a otro, esta vez ansiando recorrer de nuevo el mundo. Llenó la tina con trocitos de cristal molido y se bañó en una galaxia. Sus ojos danzaban de un lugar a otro sin poder fijarse en un punto, inquietos, buscando algo que yo ignoraba. Se envolvió de perlas y coronó su cabeza con risas de azucena. Entonces salió a la calle en pleno mediodía, cuando el sol estaba en pleno apogeo. Tardé en percatarme de que no había escogido esa vez su adorado velo para cubrirla de los daños de la luz, pero ¿qué importaba cuando volvía a estar feliz?

No se escurría a las sombras sino que chapoteaba entre los rayos de luz, alzaba sus manos hacia arriba, ansiosa por atrapar cada una de las partículas luminosas a su alrededor. Tanto sufrimiento no había sido más que la crisálida que le permitió avanzar en su camino. Todas mis preocupaciones desaparecieron en la brisa de aquel día.

La vida volvía a ser hermosa, yo sentía cómo la conexión mística que nos unía se hacía más fuerte que nunca. Ignoraba que cada vez sus ojos se abrían un poco más, sus pestañas revoloteaban con más rapidez o que su sonrisa se iba ensanchando gradualmente.

Pequeñísimos sismos inundaban su cuerpo cada cierto tiempo, sus dedos temblaban y se movían con la rapidez de las alas de un colibrí. Yo volví a seguir sus órdenes casi a ciegas, maravillado ante tanto derroche de felicidad. Ignoraba que dentro de su pequeño cerebro sus neuronas estaban fundiéndose lentamente.

El primer signo de que algo ocurría fue una noche de invierno, cuando escaló una farola en busca de la bolita de luz que escondía en su cenit. Toda la noche saltó de aquí para allá recolectando cada diminuta fuente de luz que encontraba, yo no sabía si debía detenerla, no quería cometer el mismo error que me había costado casi perderla.

Si antes pensaba que había estado enloqueciendo, en ese instante Aldara era el vivo ejemplo de la poca sanidad que le quedaba, el dolor la había convertido en algo más, algo que no estaba del todo dentro de sus cabales.

La caja de zapatos comenzó a llenarse de bombillas y velas, encerraba sus preciadas luciérnagas en bolas de cristal y guardaba incluso las chispas que producían las fogatas al apagarse. Sus risas suaves y melodiosas se transformaron pronto en un torrente de carcajadas lunáticas.

Uno a uno sus preciados cabellos se aferraban a su almohada, su piel traslúcida se contraía buscando pegarse a sus huesos, las cuencas de sus ojos se hundían cada vez más y sus globos salían desorbitados como bolas de billar. Los pequeños sismos que adornaban su cuerpo de convirtieron pronto en terremotos que arrasaban con todo a su paso.

Una vez llegó hasta lo más alto de un edificio solamente para saltar y robarse las chispas de uno de los fuegos artificiales que adornaban el cielo esa noche. El torrente de emociones era tan fuerte que casi no podía controlar lo que hacían mis manos, la movían por inercia y tenía que concentrarme para poder volver a tomar el control y decidir qué haría a continuación. Esa noche estuvo a punto de saltar, solo porque una de las chispas se le había caído al vacío.

De día todo era incluso peor, su piel se marchitaba con los rayos del sol y se caía como pétalos por la deshidratación. Yo la obligaba a comer y ella lo hacía mientras corría por las plazas, buscando haces de luz que atrapar. Se acercaba a los señores que fumaban y les arrebataba los cigarros encendidos en busca de las minúsculas llamas que había en la punta de ellos.

En una de sus conversaciones consigo misma descubrí que estaba intentando recolectar toda la luz del mundo y que esa era la única manera en la que sentiría paz. Necesitaba su brillo para sobrevivir, cegarse por completo, tener cada minúscula gota de ella.

El pánico se apoderó de mí porque pronto entendí que su objetivo nunca había cambiado, dentro de sus penas la locura había emergido, enamorándola del único recuerdo que le quedaba de aquel fatídico día: la luz que emitía la figura de Kamaria.

Mi pequeña polilla tropezaba con los vidrios de las casas, con pequeñas lágrimas descendiendo hasta el suelo, suplicando que le regalaran sus bombillos y lámparas de noche. Iba dando traspiés por los callejones iluminados por la luz de la luna, extendiendo sus manos hasta ella, intentando bajarla del cielo. Poco a poco el pueblo se oscureció, las farolas dejaron de alumbrar porque ella les había robado su luz. Su caja de zapatos era la única que iluminaba la calle en la que vivía, pero el cartón se quema y el de esta no aguantó mucho tiempo más.

Esa noche durmió en la calle, con el cobijo de las estrellas. Había perdido cada chispa, cada rayo que con tanto espero había recolectado los últimos años. Yo acercaba la punta de mi dedo hacia su rostro, con el corazón consumido, sabiendo que nunca podría llegar a acariciar su mejilla y hacerle saber que todo estaría bien.

Durante el día volvió a la vida por un pequeño instante, seguía escalando edificios cada vez más altos y le imploraba a gritos al sol que la raptase para siempre, prefería ser su prisionera que seguir viviendo en un mundo en el que su luz se había apagado por segunda vez. Pero entre los astros, su favorita era la luna, la única que comprendía verdaderamente sus penas. Solía decir en voz muy alta que ella bajaba cada noche para regalarle una estrella antigua y enredarla en su cabello.

La llamaban lunática con toda razón pero ella ignoraba los comentarios, luchando por encontrar una nueva manera de recolectar la luz que tan loca la volvía. Cada noche le preguntaba a su plateada amiga qué tenía que hacer a continuación, y asentía en silencio como si en verdad le hubiera contestado. Cuando dormía, a veces bajo un puente y otras sobre un banco en el parque, sonreía con melancolía y murmuraba palabras que yo no terminaba de comprender.

Yo intentaba ayudarla de la mejor forma que podía, cada vez me costaba más ignorar sus peticiones porque sus emociones se avivaban con rapidez descomunal. Pronto, cada sensación terminaba electrocutándome, ya no podía hacer caso omiso a ellas y controlar sus movimientos como yo quisiera, eran demasiado fuertes.

Su cuerpecito no podría aguantar por más tiempo la sobrecarga, pronto no sería más que una bombilla de esas que tanto la obsesionaban, quemada por el uso incesante. Todo por esa muñeca deforme, ese bicho raro que de alguna manera logró moverle el mundo de manera tan radical.

El colibrí que llevaba dentro del pecho cada vez batía las alas con más rapidez, yo procuraba que sus acciones fueran pausadas como antes, pero el interior de su cuerpo tenía velocidad propia. Cada pequeño ruido hacía que saltara tres o cuatro metros del susto, luego reía con la frustración de una hiena hambrienta, intentando creer que todo estaba perfectamente bien. Como no tenía casa, se bañaba con los pájaros en las fuentes y comía con las ardillas por encima de las ramas de los abetos. Pero siempre buscaba la luz, no se había olvidado de ella.

Una noche, mientras pegaba una carrera intentando ganarle en velocidad a una hojita que se había desprendido de un árbol, un relámpago le pegó justo en la punta de la nariz y ella cayó al suelo desconcertada. La luz de una centella había bañado todo de blanco y sus ojos intentaban con premura adaptarse al repentino cambio de tonalidad de su entorno. Fue allí, sentada en el medio de la calle que el interior de su boca se inundó de nuevo.

El colibrí comenzó a chocarse contra sus pulmones, mientras un maremoto ahogaba las células de su piel. Los hilos de sus piernas se me enredaron con los de sus muñecas, y justo cuando intenté ponerla de pie cayó al suelo de nuevo.

No comprendía qué estaba sucediendo, pero pronto mi corazón también comenzó a latir con velocidad insólita. Me sujeté de la silla para que los corrientazos que sentía no me tumbaran de esta, mientras intentaba recobrar el control sobre Aldara.

Su pecho brincaba, sus cabellos danzaban con alegría. ¿Qué ocurría?

Una menuda bombilla se encontraba escondida sobre el tejado de una casa abandonada. La luz que irradiaba iluminaba hasta cuatro cuadras más arriba. Por más que se encogiera en sí misma, era imposible no mirarla. Por supuesto, mi muñeca se fijó en ella desde que sintió su resplandor.

Sus dedos apenas rozaron el suelo cuando pegó la carrera para alcanzarla, sus brazos extendidos como dos enormes alas esperaban el momento perfecto para tomarla entre sus brazos. Poco a poco esa figura amorfa comenzó a ganar forma, y mientras más se acercaba se notaba que iba transmutado hasta parecer algo más. Algo muy conocido por ambos.

Voló hasta su lado justo antes de que yo me percatara del error que había cometido siguiendo de nuevo sus órdenes. Se posó junto a ella con la delicadeza de una polilla para no asustarla con su llegada. Sonrió y quizo extender su mano para tocarla, para sentir de nuevo ese chispazo que la había hecho sentir viva. Yo me aseguré de que eso no ocurriera.

Kamaria levantó la mirada con sigilo y sus labios temblaron al ver el precioso rostro que pensó que nunca más volvería a observar. Pequeñas gotitas emanaron de sus cuencas, pero apenas y logró subir su cabeza para contemplarla mejor. Aldara también se quedó allí, inmóvil por obligación, pero sonriendo como si su vida de pronto hubiera tenido sentido.

La bombilla incandescente se puso de pie a duras penas, vista tan de cerca lucía incluso más decrépita que el día en que se habían encontrado por primera vez. Noté que sus sienes estaban hinchadas y apretaba los dientes, frunciendo el ceño. Mi mariposa nocturna intentaba también luchar contra los hilos que la ataban, pero yo me había asegurado de no permitir que se acercara ni un centímetro más. Estaban a centímetros de distancia y aún así tenían una galaxia entera entre ellas, pasarían siglos antes de que pudieran recorrerla.

Sonrieron al mismo tiempo, aunque los ojos de Aldara no soportaran la luz que irradiaba Kamaria. Ninguna de las dos se atrevió a hablar, tan solo se quedaron allí viéndose por centurias.

Lo que ocurría era insólito, allí sobre ese tejado estaba luchando por un amor que jamás podría tener porque había sido regalado a otra persona sin mi permiso. Después de miles de años logré reaccionar y tiré de los hilos con furia, para alejarla de nuevo de la terrible lámpara defectuosa. Apenas conseguí que diera un minúsculo paso hacia atrás, confundido detallé su rostro y en él pude notar el esfuerzo descomunal que estaba haciendo por quedarse allí.

Por primera vez en el suspiro de su vida, estaba intentando mover los hilos. Tiré más fuerte, pero seguía ofreciendo resistencia. Vi cómo cerraba sus párpados y apretaba ella también sus dientes bajo la mirada confundida de la luz que había esperado por tanto tiempo y la luna que las acompañaba.

De pronto nos encontrábamos en una batalla que jamás pensé que ocurriría, ella y yo, quienes en mi mente habíamos tenido desde siempre un futuro juntos. No me importó sentirme despiadado, seguí tirando con fuerza y ella apenas y rodaba un milímetro cada vez, con las venas de su cuello hinchadas por el esfuerzo.

Mis ojos también se llenaron de lágrimas de frustración al comprender que jamás entendería los sacrificios que había tenido que cometer para estar con ella. Esa luz me cegaba también a mí, pero el resplandor no me generaba más que un odio profundo y desgarrador. Cerré mis párpados por una milésima de segundo para concentrarme en tirar con más fuerza y justo en ese instante, caí de la silla con los hilos en la mano.

Cuando intenté halarlos ya no encontré resistencia en ellos y sonreí pensando que al fin se había dado por vencida. Ahogué un grito de dolor cuando abrí los ojos de nuevo y miré las pequeñas gotitas ambarinas que brotaban por cada una de las articulaciones de mi amada.

Aldara se vio empujada hacia adelante por la fuerza que había utilizado para soltarse por fin de los hilos que la ataban. Se desplazó como un torbellino hasta Kamaria, quien la recibió con los brazos abiertos y una sonrisa confundida.

El mundo se llenó de estrellas de nuevo, la luna festejaba el reencuentro llena de gozo, brillando como nunca. Alrededor de ellas se formó una esfera de electricidad que pegaba corrientazos a ambas. Mi grito desgarrador se vio ahogado por la luz que emitió la unión de sus labios, por fin correspondidos.

Fue un momento eterno que duró lo que dura una brisa.

El peso de Aldara y la fuerza con la que se vio empujada hizo se llevaron a Kamaria consigo, mi muñeca sin hilos ahora era incapaz de moverse, no podía hacer más que quedarse como una piedra esperando lo mejor. La otra muñeca, flacuchenta como era, no pudo soportar tanta fuerza junta y dio un traspiés, cayéndose hacia atrás.

Cayendo por el borde del tejado.

Llevándose a Aldara con ella.

Las luciérnagas corrieron a socorrerlas pero era demasiado tarde, mientras caía miré desesperado cómo la piel de mi muñeca se fundía por el calor de la bombilla. El colibrí achicharrado mecía sus alas cada vez más despacio.

Ninguna gritó, ambas habían aceptado su destino con calma. Me acerqué para intentar agarrarla al menos a ella, pero el campo de fuerza que siempre nos apartó una vez más hizo de las suyas. Pude notar que estaba sonriendo, con los ojos cerrados, como si durmiera.

Justo al chocar contra el asfalto se produjo una explosión de luz que encandiló al mundo entero por unos cuantos segundos. La luna gritó aturdida por el horror que acababa de presencias, las estrellas abrazaban a las luciérnagas sin poder creer que lo peor había ocurrido.

Entonces el colibrí dejó de aletear.

Y mi corazón se detuvo junto al de ella.

March 2, 2018, 9:53 p.m. 0 Report Embed 1
The End

Meet the author

Beatrice Lebrun ¿Cómo podría describirme de manera eficiente si yo misma no se quién soy en realidad? Sólo sé que vivo entre dos mundos y quiero demostrarle a las personas como yo que no están solos. Escritora e ilustradora. Sueño con un mundo en el que todos podemos dejar marcado un pedacito de nosotros mismos. La música es muy importante para mí, por eso intento acompañar mis relatos con melodías que los complementen.

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