EL LIENZO DEL TRIUNFO Follow story

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RICARDO GONZALEZ


Marcos y Carmen habían puesto en marcha una tienda de moda, de la cual se encargaría Carmen mientras Marcos seguía trabajando como mecánico. Al cabo del tiempo se dan cuenta de que el negocio nunca fue rentable, y las deudas que fueron acumulando hacen que el banco les comunique que procederán a embargar el poco patrimonio que le queda, con la gravedad que eso supone para ellos y su familia. En un principio la desesperación les puede, pero suceden una serie de acontecimientos que hacen que Marcos no quiera rendirse por lo que convence a Noa, una amiga y compañera que trabaja en la oficina del taller para que les ayude. Los tres jóvenes, Marcos, Carmen y Noa emprenden una emocionante aventura con el objetivo de salvar su negocio quebrado.


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CAPITULO I

― ¡Ponlo en marcha…!

  Unos segundos después de iniciarse el rugido del motor suena el chasquido que indica que los frenos se han desbloqueado.

― ¡Por fin…! Toda la mañana desmontando circuitos para descubrir que una minúscula partícula inferior al tamaño de un mosquito había obstruido una válvula del sistema de frenado deteniendo este monstruo de más de 25 toneladas sobre el asfalto. Curiosidades como éstas me ayudan a ponerme en la piel de nuestros antepasados cuando discutían de cómo era posible que unos simples gérmenes fuesen capaces de acabar con la vida de una persona. ― ¿Cómo unos cuerpos tan pequeños podría doblegar a otro que lo superaba millones de veces en tamaño y peso?

  Quince minutos más tarde. Después de haber recogido las herramientas, y de que el chófer me hubiese firmado el parte de trabajo, inicio mi viaje de regreso al taller. Mientras conduzco voy recordando cómo disfrutaba esta mañana de esos veinte maravillosos minutos que transcurren desde que se pone en marcha el radio-despertador poniéndome al día con las noticias, hasta que finalmente decido incorporarme de la cama. Pensaba que hoy iba a ser un día tranquilo en el taller ya que no me quedaba ningún trabajo pendiente del día anterior, seguramente me encargarían pasar la revisión a algún camión, cambiar aceites, filtros, etc. Es decir, un trabajo rutinario. Pero solo llegar, Alex ―el encargado de taller― ya me estaba esperando en el portal de la nave:

― ¡Uff...! Buenos días Marcos. Menos mal que ya estás aquí ―parecía un poco nervioso. Mi experiencia me decía que eso ya sonaba a problema―. Me acaba de llamar Santos. Su camión se quedó totalmente bloqueado en medio de una pista de montaña a unos 80 kilómetros de aquí, no queda espacio para que puedan circular el resto de vehículos y la Guarda Civil mantiene la carretera cortada. Tú eres el que mejor conoce el funcionamiento de los circuitos de frenado y ese debe ser el problema en este caso. La dirección y el número de móvil del chofer ya están en la furgoneta. ¡Coge tus herramientas y sal pitando!

Para esperar un día tranquilo éste no parecía el mejor comienzo. Pero afortunadamente ya estoy de regreso y las veinticinco toneladas circulando.

Mientras conduzco, aprovechando la llamada al taller para informar a Alex de la causa de la avería, y de que nuestro cliente ya está en ruta, le comento que debido a la hora que es, y que mi casa coincide en el camino de regreso primero pasaría por ella, así llegaría a tiempo para comer con Carmen y los niños y a la tarde volvería al taller.

―Sin problema Marcos. Buen trabajo―concluye Alex.

Una hora después la furgoneta de CECLER S.A ya se encuentra situada delante del portal de nuestro pequeño hogar.

― ¡Papi…! ¡Papi…!.

― ¡Mama, mama… papi ya está en casa…! ―Un maravilloso sonido detrás del cual aparecen dos pequeños ángeles, de siete y tres años, corriendo hacia el portal: Miguel y Loli.

― ¿Qué tal en el cole?―Es la misma pregunta que les hago todos los días mientras los dos ya están colgados sobre mi cuello.

― ¿Y tu coche papi…?―responde Miguel sin contestar a mi pregunta, le suena tan retórica que ni se molesta.

―Mi coche está en el taller. Tuve que salir a la carretera y se quedó allí.

―Vuelvo a insistir― ¿Qué tal en el cole…?

―Bien. Como siempre―Responde el peque de la casa. Su respuesta también es la misma.

   A Loli con sus tres años, supongo que la pregunta todavía le resulta bastante novedosa, porque mientras entramos en casa no para de hablar sobre todo lo que hizo durante la mañana. Es su primer año de colegio.

―Hola Marcos―me saluda Carmen en cuanto entro en casa. Parece que no suena tan bien como la mayoría de las veces. Su carácter suele ser alegre y cariñoso. Siempre que se dirige a mí lo suele hacer con palabras dulces, como cariño, y con una sonrisa en sus labios. Puede que suene un poco cursi, pero me resulta más gratificante escuchar esas palabras que mi propio nombre. Seguramente porque es un tipo de lenguaje que me está indicando “lugar tranquilo” o “espacio libre de problemas”.

―Hola Carmen...―Yo también uso pocas veces su nombre, pero esta vez lo hice de forma consciente, quería transmitirle que en cierto modo había entendido el mensaje que me había lanzado.

― ¿Ocurre algo?―Pregunto.

―No cariño. No te preocupes ― ¡Uff…! Ya suena mejor. Estoy seguro de que algo pasa, pero al menos el enfado no es conmigo. Ya estaba empezando a sentirme culpable y no sabía por qué.

   No quiero insistir en que me lo cuente mientras comemos, principalmente por si es algo que pudiese preocupar a los pequeños, por lo que me dedico a contarles mi experiencia de la mañana. A continuación  insisto un poco más para que Miguel me cuente su jornada  matutina―lo hago por curiosidad de padre, pero también para ayudarle a entrenar su cerebro en organizar las ideas de forma rápida―. Normalmente en lugar de contestarme Miguel lo hace Loli de forma impaciente y deseosa de contarnos sus aventurillas académicas. Y así durante los aproximadamente treinta minutos que estamos todos juntos a la mesa. Después de esa mini reunión familiar dejamos a los niños que miren la tele unos minutos en el salón. Carmen dice que esa es la forma de que descansen un poco la comida, de lo contrario ya estarían jugando y corriendo por toda la casa. Mientras tanto nosotros tenemos la sana costumbre de tomarnos un té en la sobremesa. Es un buen hábito por dos motivos: Por un lado el biológico; una infusión después de comer ayuda a la digestión y hace que nuestro cuerpo se sienta mejor, y por otro el mental: nos permite tener esos minutos de tranquilidad para comentar nuestras cosas sin la interrupción de los niños.

―Parece que hay algo que te preocupa ―le digo sin más rodeos en cuanto nos sentamos frente a nuestra taza de té―. Esta noche ya me pareció que no descansabas bien, y tu expresión actual te delata.

― ¡La tienda no funciona Marcos…!―me espeta directamente―. Llevamos casi dos años aguantando con la esperanza de que el mes siguiente pueda ser mejor. Nos estamos quedando sin los pocos ahorros que teníamos, y eso sin contar que desde entonces yo ni siquiera puedo cobrarme un sueldo. Pero eso no es lo peor, esta mañana me llegó esta carta del banco― la sacó de su bolsillo y la puso encima de la mesa como si quisiese confirmar documentalmente lo que me estaba diciendo. Yo no hago el más mínimo movimiento para cogerla, sigo mirándola a los ojos―. Nos comunican que al vencimiento de la póliza de crédito debemos cancelarla. No la van a renovar, y eso es dentro de 3 meses. ¡Tenemos que tener treinta mil euros para ese día! Eso es del todo imposible Marcos. Nuestros ahorros no llegan ni a los tres mil.―A medida que avanzaban sus palabras sus ojos se van llenando de lágrimas.

   La agradable sensación que traía esta mañana de haber realizado un buen trabajo al solucionar el problema en la carretera se desvaneció en pocos segundos. Y resulta que lo que a primera hora en el taller me parecía un marrón, era un juego comparado con lo que estoy escuchando ahora.

―No te preocupes Princesa ―así es como acostumbro a llamarla―. Encontraremos alguna solución. Son palabras de aliento, pero realmente están vacías. No tengo ni la más remota idea de cómo puedo solucionar algo así. En el taller me consideran un buen mecánico, y creo que hago bien mi trabajo, pero yo solo entiendo de motores.

   Cuando nació Miguel, por motivos de trabajo Carmen y yo vivíamos separados unos cien kilómetros. Ella realizaba trabajos administrativos en una empresa cerca de nuestra ciudad natal y yo había conseguido el trabajo en este taller. Cuando Miguel con tres años tuvo que empezar en el colegio decidimos empezar una vida más familiar. En los años que llevaba en CECLER fueron valorando económicamente mis avances como profesional de la mecánica. En el caso de Carmen, la situación en cuanto a valoración también era muy buena, pero la empresa en la que trabajaba estaba empezando a tener problemas económicos por lo que no teníamos la seguridad de que su trabajo pudiese mantenerse a largo plazo. Así que fue ella la valiente que dejó su trabajo e hizo el esfuerzo para que yo pudiese disfrutar de la familia todos los días. Dos años antes, aprovechando una oportunidad, habíamos comprado una pequeña casa cerca de la ciudad donde yo trabajo. Por lo que en cuanto se instalaron Carmen y el niño en nuestro hogar ya éramos una familia típica: Marido, mujer, hijo e hipoteca.

   Casi un año después de vivir juntos llegó la pequeña de la familia. Decidimos que Carmen se dedicaría a ella y a Miguel a tiempo completo al menos los dos primeros años de su vida ―es algo que si se pierde no se puede recuperar nunca―. Loli no iría a la guardería hasta tener al menos dos años. Sabíamos que esta decisión iba a afectar a la economía familiar. Tendríamos que ajustarnos algunos gastos, pero aunque sin lujos, vivíamos cómodos.

   Unos meses antes de que Loli se incorporase a la guardería ya estábamos dándole vueltas a la posibilidad de montar un pequeño negocio. Conseguir trabajo estaba resultando complicado, y el autoempleo era una opción que nos ilusionaba especialmente.

   Se dice que hay dos tipos de personas, las que nacen con estrella, y las que nacen estrelladas. Yo siempre he tenido la sensación de pertenecer al grupo de los afortunados. Siempre creí que en la vida estaba recibiendo más de lo que realmente me merecía. Me iba bien profesional y personalmente. No era lo que se define como un triunfador pero no podía quejarme. La prueba final era montar un negocio. Lo normal es que esa estrella seguiría estando conmigo, así que después de barajar varias opciones nos decantamos por poner en marcha una tienda de ropa. A Carmen le gustaba el mundo de la moda, y yo siempre tuve claro que para poner en marcha un negocio tiene que ser de algo que realmente te guste. Mejor dicho, que te apasione―. Hay que disfrutar mientras nos dediquemos a él, porque va a requerir mucho más tiempo que cuando se trabaja para un jefe con un horario.

   Como supongo que pasará en la mayoría de las ocasiones que se pone un negocio en marcha la ilusión nos hacía ver solo las cosas positivas. En nuestro caso un factor importante de ese positivismo, además de la ilusión, era la ignorancia. Por un lado no conocíamos lo que significaba tener una tienda, creíamos que los gastos serían solo el alquiler y pocas cosas más. Por otro el desconocimiento del sector de la moda que tiene unas complicaciones que creíamos inexistentes.

   Recuerdo la fecha exacta en que tomamos la decisión definitiva de ir a por ello; fue un veintitrés de julio, después de cenar, mientras disfrutábamos de nuestro rato de conversación. A partir de ahí nos pusimos a trabajar. Para ser más sincero, Carmen se puso a trabajar, al fin y al cabo lo hizo todo ella, a mí solo me iba trasladando las novedades y me pedía mi humilde opinión, aunque yo de moda poco podía aportar, no tiene nada que ver con los motores: Estudió las diferentes opciones de negocio, como por ejemplo el hacerlo a través de una franquicia o como algo propio. Al final la segunda opción es la que nos pareció más interesante. Buscó diferentes mayoristas que pudiesen suministrar el material, visitó locales en alquiler, pidió los permisos necesarios, diseñó la decoración, se hicieron las reformas necesarias ―en este caso eran sencillas ya que el local escogido estaba acondicionado―, instalamos el mobiliario, compramos nuestras partidas de ropa, y un 25 de septiembre abrió sus puertas STYLO.

   STYLO es una tienda de 150 m2, con un diseño fresco. El tipo de prendas estaba orientado a una clientela joven, hombre o mujer, con diseños modernos, pero sin llegar a ser transgresores, y con unos precios que podíamos definir como medios.

   Para entonces teníamos unos pequeños ahorros que sumaban unos treinta mil euros. De ese importe quisimos tocar lo menos posible y dejarlo en todo caso para los imprevistos. Así que decidimos pedir un préstamo al banco por sesenta mil euros. Con la ayuda, y el aval de nuestros padres, el banco en el que teníamos los ahorros nos concedieron el importe necesario.

   Fue a partir del momento de haber encontrado el local que iba a albergar nuestra tienda cuando empezó a ir desapareciendo el dinero del préstamo día a día. Cada pequeña modificación que queríamos hacer, cualquier pequeño mueble que nos gustaba para la tienda, absolutamente todo, costaba unas cinco veces más de lo que al menos mi percepción de valor me decía. Era obvio que yo no conocía para nada ese mundo.

   Cuando ya teníamos la tienda en condiciones, de los sesenta mil euros solo quedaban unos doce mil. Insuficiente para comprar nuestra primera partida de ropa―nuestro primer error de cálculo―. Pedro, el director de la sucursal bancaria que siempre nos trató de una forma muy cordial, y daba la sensación de tener un amigo más que un banquero nos sugirió que en estos casos lo normal era trabajar con una póliza de crédito, de esta forma podíamos disponer del importe para pagar la mercancía cuando se compraba, y a medida que se iba vendiendo el género de la temporada se iba cubriendo el saldo dispuesto. Con ese sistema nos íbamos a gastar menos en intereses que si se tratara de un préstamo. Y nos concedieron esa póliza de treinta mil Euros.

   Ya solo se trataba de esperar y vender. En cuanto a la formación parecía no hacer falta mucha. Simplemente tratar amablemente a los clientes, y para eso Carmen era la persona ideal, enseguida transmite confianza, es muy sociable y simpática. En cuanto a la mercancía los mismos proveedores ya nos iban asesorando del tipo de mercancía que deberíamos tener, que márgenes deberíamos aplicar, etc. Primando siempre nuestra decisión claro.

   Teníamos claro que debíamos mantener la tienda abierta un amplio horario, y eso sería totalmente incompatible con la educación y el cuidado de nuestros dos pequeños. Así que decidimos contratar a Pili, una chica que nos había recomendado una amiga de Carmen para que nos ayudase en la tienda. Aunque Carmen estaría casi todo el día en la tienda, le dejaba libertad para negociar con los proveedores, hacer gestiones varias y lo más importante, no desatender a los niños.

   El comienzo ya no fue el esperado, pero nos convencíamos con la idea de que un negocio necesita un tiempo de rodaje hasta hacerse conocido y empezar a generar beneficios. Mientras tanto, cada cierto tiempo echábamos mano de nuestros pequeños ahorros cuando el dinero que juntábamos de la venta no llegaba para comprar género nuevo.

   Este es el resumen del comienzo de una ilusión. Los días fueron pasando hasta llegar a este 11 de junio, que parece que marca otro comienzo; el de la desilusión.

   Afortunadamente la tarde de hoy en el taller está siendo bastante tranquila. Tampoco sería capaz de solucionar otra tarea que no fuese puramente rutinaria. Mi cabeza no hace más que darle vueltas a los comentarios de Carmen. Sabía que el negocio no nos estaba haciendo ricos, pero no creía que llegara a arruinarnos. Vivía un poco al margen de él descansando todo sobre las espaldas de ella. Ahora estoy dudando de si de verdad no lo sabía o si prefería no hacer determinadas preguntas para no saberlo. Seguramente buscaba una ignorancia que me servía de barrera de protección para poder vivir más tranquilo.

― ¡Imbécil…! Eso es lo que soy, un imbécil. Todo lo que debió tragarse mi mujer, todo el peso que tuvo que llevar ella sola durante todo este tiempo para que yo siguiese viviendo en mi nube. Ahora empiezo a sentir en mi culo el calor del infierno.

Frases como estas estuvieron rondando por mi cabeza toda la tarde hasta la hora de regresar a mi hogar.

― ¡Hola Princesa…!―Saludo al regresar a casa ― ¿Y los peques…?

― ¡Hola…! Están en el salón viendo la tele―responde con la buena actitud de siempre.       Como si durante el almuerzo no hubiese ocurrido nada. Eso me encantaba de ella. Podíamos tener una discusión hasta enfadarnos, y solo unas horas después volver a ser la misma de siempre. En eso me considero afortunado, porque a algún amigo su mujer le tiene dejado de hablar durante tres o cuatro días por el simple hecho de retrasarse al haber encontrado a alguien que hacía mucho tiempo que no veía.

   Esa noche ni en la cena, ni en nuestro momento de charla después de acostar a los pequeños, quisimos tocar el tema. Eso no significa que yo dejara de pensar en él, y segurísimo que Carmen tampoco. Pero es como si acordáramos un pacto de silencio sobre este asunto. Las pocas palabras durante la comida ya nos habían hecho sufrir bastante.








Feb. 25, 2018, 7:27 p.m. 0 Report Embed 0
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