EL ÚLTIMO SUEÑO Follow story

jdyl789 José Centurión

Luego de levantarse de una terrible pesadilla, se da cuenta que nada es lo que solía ser y que dentro de esa pesadilla se encontraba mejor. Hasta que el final revele el comienzo.


Post-apocalyptic Not for children under 13. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

#terror psicológico #montaña #lago #huida #cuerpos #creepy #Muerte #lake #suspense #thriller
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SUEÑO

Me he levantado de golpe luego de tener una pesadilla donde era asesinado. Del sueño no me acuerdo mucho, sólo me acuerdo de haber sido asesinado. Una bala, ¿Habrá sido aquel el objeto que causó mi muerte en tan disparatado sueño? No estoy del todo seguro de ello, pero fuere lo que fuere, una pistola fue lo primero que se me vino a la mente. Tenía la sensación de haber sido movido mientras dormía, como si unas manos me hubiesen empujado para ayudarme a despertar. Unas manos extremadamente grandes que me empujaron con una fuerza que me dejó marca.

Seguía postrado en la cama viendo hacia el techo. No sabría si lo mejor que pude haber hecho era levantarme y empezar este día, aunque fuese temprano en la madrugada, o en su defecto tratar de reposar nuevamente y esperar a que el despertador sonase a la hora en que debería de haber sonado.

Volteé la cabeza para ver la hora en el reloj despertador. Quizá de esta manera pudiera haber vuelto a dormir a gusto sabiendo si me quedaban varias horas por delante. No vi nada. La obscuridad inunda la habitación, inclusive más de lo que podría esperar. No pude ver claramente las manecillas del reloj, y para ser sinceros éstas parecen inmóviles.

Extendí una mano tratando de alcanzar aquel objeto de metal que a determinada hora de la mañana suena como un demonio para levantar a otro. Sentí como un calambre pasaba desde el hombro hasta la punta de mis dedos. Empezaba justo donde se encontraba una de las marcas de manos y se extendía. Fue uno de los dolores más fuertes que pude haber experimentado nunca. Sentí como si alguien hubiese forzado mi brazo y lo estuviese tratando de arrancar de su lugar. Apenas hubo pasado el dolor, cogí aquel reloj y lo acerqué lo más posible a mi rostro, a una distancia perfecta para ver qué horas decía en él. Las manecillas estaban quietas. No se movía. Nada se movía. Quedó en ellas las tres cuarenta y cinco de la mañana. “Las pilas se han de haber agotado- Dije- debo de cambiarlas apenas salga el sol”

A mi memoria vino una imagen, una imagen tan fría pero tan perfecta como si hubiese sido capturada por una cámara GoPro. En ella pude apreciar un lugar del que nada o poco reconozco. Unos árboles miraban a una orilla de lo que parecía ser un río o lago. Había viento, de eso estoy seguro por la ondulación de las hojas en los diversos árboles. Pareciere ser un lugar montañoso ya que al otro lado del cuerpo de agua se podían observar unos cuerpos rocosos similares a los de montañas. Se me vino a la mente el monte Fuji en Japón, pero estos parecían ser diferentes de aquel que sólo había podido apreciar en postales que mi primo me mandaba de dicho lugar. Él se mudó hacia el Japón hace unos cinco o seis años, su vida aquí le parecía desgastante y por ello decidió moverse al modernismo de una ciudad capitalista.

De regreso a aquella imagen en mi mente, pude notar que había una vasta obscuridad. Noche. La luna parecía ser el halo que el monte o montaña alardeaba de tener. Junto al cuerpo de agua había otro. Un cuerpo que fluía como el agua, pero de color diferente. Rojo. Se tocaban, pero no se mezclaban, como si uno no fuese digno del otro.

La imagen se fue como vino, efímeramente.

Me levanté por fin de la cama sin saber exactamente la hora, pero no podía esperar a que la luz del sol tocase las cortinas de mi habitación. Pareciese que eso demoraría su tiempo y el sueño se me ha quitado por completo. Noté apenas un olor fétido a pudrición, como si algo hubiese muerto en mi habitación y se hubiese quedado ahí por años.

Una vez en pie me puse el pantalón color caqui que se encontraba en la silla de madera que dejo a propósito a lado de la cama. Esa silla o mueble que todos tenemos en nuestras habitaciones para aventar toda aquella prenda tanto sucia como limpia, no sólo era guardiana de mis pantalones color caqui que hace poco me había puesto, sino que en ella igual estaba mi camisa. Debajo de ella, otra del mismo color y de la misma forma, pero manchada de algo oscuro que me costaba distinguir. Parecía haber sido un líquido, pero ahora estaba más que seco. Al igual que en partes de la habitación, la camisa manchada desprendía un olor fétido, pero a menor cantidad. Me puse los zapatos y me dirigí a la puerta. Las primeras pisadas tenían un sonido peculiar, como si estuviese pisando lodo. Al darme la vuelta vi que mis pasos estaban dejando marcas, las huellas de los mismos zapatos. Eran marcas obscuras, pero no podía distinguir la verdadera coloración de los mismos por la obscuridad que seguía en el cuarto.

“1, 2, 3, 4…” Había una secuencia de números de manera progresiva desde el uno hasta el setenta y cuatro en la parte de la puerta que tenía justo frente a mí. A un lado, colgando cerca de la cerradura, un cúter desgastado y con unos trozos de madera que parecían ser de la puerta. Cogí el cúter y marqué en la puerta el siguiente número: setenta y cinco. Me pareció que hacerlo era algo que tenía que hacer, o al menos algo me dictaba a tener que hacerlo. Pasado la puerta, en el pasillo que conectaba mi habitación, la de mi compañero, el baño y las escaleras para la planta baja, escuché el sonido de agua cayendo. Habría de ser mi compañero que se había metido a la bañera. Descuidado como siempre dejaba la llave abierta hasta que llegaba al ras de la bañera y luego se metía.

Llegué a la cocina donde otro reloj parado me esperaba. Este a diferencia del anterior marcaba las cuatro veintisiete de la mañana. De algo estoy seguro ahora, ninguna hora que vea en los relojes es la hora indicada.

Aunque todo estuviese sucumbido bajo el gran poder de la obscuridad, me fue posible poder ver la gran cantidad de suciedad que había por doquier. Un montón de trastes de plásticos, propios de una casa hogareña, estaban esparcidos por todo el suelo. Platos desechables acomodados perfectamente de una forma aleatoria por todas partes. Restos de lo que parecían ser perros muy chicos o ratas muy grandes.

Entraba una brisa demasiado helada para ser verano. Cuando volteé a la ventana vi que esta estaba partida, destrozada. Desde que me levanté todo ha sido extraño. Raro. La temperatura debería de oscilar entre los quince y dieciocho grados, en cambio se siente de unos cinco o seis.

No planeaba limpiar aquel desorden de la cocina, y la parte de la sala era aun peor. Decidí, en cambio, salir a la calle para poder entender qué estaba pasando. Lo que vi cruzando la puerta principal me dejó estremecido, desde antes de haber salido ya estaba más que preocupado. Unos letreros decían en grande “CUIDADO”, “NO SALGAS”, “HUYE”, y en algunas partes habían unos códigos, unos números. La señal que más me perturbó fue una que decía que nada era real y que, a la misma vez, todo lo era. “¿Qué mierda ha pasado? – Susurré”

Una vez salido de la casa, la cocina y la sala parecían ser los únicos lugares que guardaban una estética asombrosamente bella a comparación con todo lo que observaba en ese momento. Las casas contiguas a la mía estaban demolidas y todo estaba en escombros. El pasto no existía, en vez de ello había un área llena de tierra y piedras que parecía competir con una imagen de un desierto. El cielo estaba cubierto por nubes que no parecían fuesen a ceder su lugar, como si hubiesen competido por estar allí. Podrían haber sido las dos de la tarde y aún así daría la sensación de ser las once de la noche. No había ruido alguno, no parecía haber vida alguna tampoco. Los coches estaban destrozados, oxidados y completamente irreconocibles. No parecía haber alma alguna excepto la mía.

La ciudad parecía como de ciencia ficción. Parecía haber sido el escenario de la Primera o Segunda Guerra Mundial. Todo parecía olvidado y devastado. Parecía que la pesadilla que había tenido hace un tiempo fuese lo más bello comparado con lo que veía.

Unos escombros se empezaron a mover por cuenta propia. El miedo de ver ello luego de haber visto todo lo que ya había visto me estremeció, me comía por dentro y corrí directo a mi casa, a pocos metros de donde me encontraba. Puse el seguro y me recliné en una pared a lado de la puerta esperando que fuese lo que fuese que hacía que los escombros se moviesen no me hubiese visto y seguido. De pronto, un horroroso sonido similares a los de un cerdo cuando era intentado de matar sonó al otro lado de la puerta, como intentando de entrar. El sonido se intercalaba con golpes que la puerta sufría. Más y más sonidos parecidos al primero se acercaban y pronto pude sentir como la pared empezaba a temblar a un ritmo que era inimaginable.

Hice caso a una de las señales que estaban pegadas a la puerta: Huye. Tome un pequeño filo que se encontraba en la mesa de centro toda destruida y tallé rápidamente, evitando de hacer mucho ruido, el número setenta y cinco, como si ese hubiese sido el número que me identificaba. Por el constante golpeteo en la puerta, el número parecía estar mezclado junto con los otros. Hacía como si fuese parte del mismo código.

Rápidamente me fui a la cocina, saltando los cadáveres de aquellos animales ya irreconocibles, que ni un ratón, cucaracha u hormiga parecía estar apetecida en comer. No me dio tiempo de tomar algo de valor más que algo para defenderme de lo que fuese que hubiese en el exterior. Un cuchillo filoso con el que solía cortar pollo o cerdo cuando era cena familiar.

Me acerqué a la ventada destrozada y me subí en un banquillo que se encontraba justo debajo de ella. Parecía haber aguardado mi llegada o, mejor dicho, mi salida. Escuché otro chapuzón de agua proveniente de la tina. “!Joey¡”, grité esperando una rápida respuesta. En su lugar, hubo un enorme e incómodo silencio. De pronto escuché como el picaporte de la puerta del baño se movía haciendo un chirrido espantoso. “Ni mierda eres Joey”, pensé, y sin dudarlo nuevamente me impulsé hacia la ventana.

Salí por la parte trasera de mi casa, la parte que colinda con la casa del vecino, o lo que debería ser la casa del vecino. Pasé a través de un hueco del cercado y me fui corriendo de la casa, esperando a que nada de lo que estuviese golpeando la puerta delantera, o saliendo del baño, me siguiese.

Pasado una hora o dos me detuve por cansancio. No había agua, comida o siquiera luz. No había nada. Las nubes no parecían haberse movido de lugar. La obscuridad, en cambio, parecía haber cubierto más terreno. Por todo mi trayecto seguía observando casas destrozadas, escombros, coches, ropa destrozada y pedazos de animales, o de lo que esperaba fuesen animales.

La sed no me dejaría poder correr más de dos o tres minutos seguidos. Tenía que encontrar un lugar donde pudiese beber algo, o por el contrario moriría de deshidratación. A mi suerte, existe un lago que pasa por mi ciudad, se encuentra a sólo media hora de donde estoy ahorita, si donde estoy es el lugar en el que creo estar. Las ruinas de la ciudad no me dejan saber claramente si en donde me encuentro es en verdad el lugar en el que estoy pensando que estoy. Treinta minutos son pocos si fuese un día normal, hoy parecía ser el fin del mundo y lo que haya dentro de esos treinta minutos podría dictar mi vida o muerte.

No puedo utilizar algún vehículo porque no parece que alguno fuese a servir, y de hacerlo, no creo que dure demasiado. Ir a pie era desde un comienzo mi mejor opción. Empezó a haber niebla por mi camino, una niebla densa indicio de estar próximo a mi actual destino.

Un sonido de crujido se escuchó detrás de mí cuando estaba hincado bebiendo algo del agua del lago. Me puse a la defensiva en seguida. Sea humano o un ser misteriosamente extraño, no dejaría que se acercase lo suficiente como para hacerme daño. Ya había bebido lo suficiente de la mugrosa agua del lago y no volví a oír otro ruido extraño a mi alrededor. Sabía que si me quedaba por el lago, aunque tendría suministro de agua ilimitada, sería como izar una bandera enorme señalando que estoy listo para ser asesinado. Decidí moverme, pero no despegarme demasiado del lago. Cuando hube estado lo suficientemente lejos del punto en el que me encontraba donde bebí el agua, vi unas formas rocosas a la distancia idénticas a las de las imágenes que llegaron a mi mente. Habrían de haber sido una señal que debía de alejarme de aquel punto. El charco rojo que se ponía en contacto con el agua del lago habría sido mi sangre luego de un ataque contra una de esas cosas que había en el centro de la ciudad. Mi muerte pudo haber sido por la cosa que hizo ese crujido cerca del lago. De ser así, lo mejor que podría hacer era alejarme de dicho punto y encontrar un lugar donde quedarme.

A unos nueve kilómetros, aproximadamente, se encontraría la siguiente ciudad, donde a sus afueras hay un lago que desde años presumía ser más limpio que el que mi ciudad tenía. Sin pensarlo dos veces, decidí ir a dicha ciudad. Si muero, mínimo sería intentando sobrevivir.

Lo que creo que era la noche pegaba duro contra todo aquel que estuviese fuera y desprotegido. Me hubiese gustado no haber salido jamás de la cama donde me encontraba seguro. Ahora, me encuentro a unos tres kilómetros cerca de una ciudad, huyendo de seres que parecían haberse apoderado de donde vengo. Los seis grados de lo que creo era la mañana son como un infierno caluroso comparado con lo que siento ahorita. Hipotermia, deshidratación, ¿de qué moriré primero?

Caminando pensando en cuál sería mi fin, encontré el lago que se ubicaba a las afueras de la ciudad. Era casi tan mierdoso como el primero. Me encantaría saber si algún ciudadano de esta ciudad echaría burla de que su lago está hermoso ahora. Si no muero por deshidratación o hipotermia, es seguro que muera por contaminación, infección.

No me queda opción que ir al centro de la ciudad, a unos dos kilómetros, para ver si en esta sí hay algo con lo que surtirme. Sé de una bodega que reparte a los pueblos próximos, ha de haber comida no caducada en dicha bodega. Llegar allí no debería de ser un problema, no me topé con nada durante mi trayecto hacia aquí. Pareciese como si la plaga sólo hubiese afectado a mi ciudad. La bodega. Al fin vi la bodega y parecía haber una luz encendida en su interior. Empiezo caminar hacia ella, temblando por el frío del ambiente y, sinceramente, por un poco de miedo de lo que pudiese haber habido allí. Si es de día o de noche es lo que menos me importaría ahorita. Estar en la bodega es mi objetivo.

Unos ruidos similares a graznidos destrozaban todo oído a su paso. Se escuchaban a lo lejos, pero aún así lo suficientemente fuertes como para pensar que estaban a pocos metros de mí, centímetros quizás. Empecé a correr hacia la bodega. No debería haber lugar más seguro que esa bodega ahorita mismo. Los ruidos se intensificaban y ahora me era posible escuchar los pasos. Se oía como una estampida. Se oía cómo, lo que fuere que fueran, movían los árboles y se golpeaban contra ellos a su paso.

Entré a la bodega y era inclusive más sorprendente lo que vi. Entre quince y veinte cuerpos de personas repartidas por la planta baja de la bodega. Todos parecían haber sido descuartizados y comidos. Hubo brazos, cabezas y pies separados de cuerpos, y era difícil saber a qué cuerpo le pertenecía qué parte. Difícilmente igual se podía reconocer si eran mujeres, hombres o niños. Cerré y bloqueé la entrada lo mejor que pude. Aquellas cosas que estaban siguiéndome ahora estaban fuera, golpeando bruscamente la entrada de metal que hacía eco por todo el lugar. Deseaba que no hubiese una de esas cosas en el interior, porque de haberlo, sería mi fin.

La puerta empezó a chirriar, señal de que estaba por desprenderse por la fuerza que se estaba aplicando. Corrí y subí las escaleras que conducían al segundo piso. Más cuerpos y en posiciones aún peores que los primeros. Unos tenían la boca rota, los ojos sacados, los brazos partidos y hasta los sesos por fuera. Parecía haber entrado a la casa del asesino más buscado del mundo. Me escondí en una habitación y cerré con seguro, y bloqueé la puerta con varias cosas que vi en la misma. Me senté con las rodillas cerca de mi cabeza, y mis manos cubriendo las piernas, esperando a que no supiesen dónde me escondía. Escuché cómo en dos la puerta principal fue partida y, como si fuesen las olas o el flujo del mar, aquellas cosas entraban a la bodega. Escuchaba cómo se movían de lado a otro y cómo los huesos de aquellas personas muertas eran partidos en pedazos aún más pequeños. Sabían donde estaba. Todas y cada una de esas criaturas sabían dónde estaba. Empezaron a arrematar contra la puerta. Como de serie de televisión, se veía la puerta moverse bruscamente. Los golpes doblegaban la puerta de metal, en poco iba a ser partida y sin importar cuantas cosas puse para bloquear la entrada, entrarían de todos modos. El cuchillo no me iba a salvar de todas las cosas que intentaban entrar, pero en su lugar podía hacer una última acción con él.

Tendría que decidir mi muerte, a manos de esas cosas o por mis propias manos. Me di cuenta que no tenía mucho tiempo para pensar cuando empezaron a aparecer unas manos negras con dedos extremadamente largos y garras la mitad del tamaño de los dedos, eran casi del mismo tamaño que las marcas que tenía en el brazo. Varias manos entraban por la pequeña abertura que habían hecho, que pronto se convertiría en grande hasta poder alcanzar a ver ojos negros, vacíos, inyectados en sangre y furia extrema; y una lengua extremadamente larga y obscura de donde escurría un líquido más negro que la noche. Apenas hube olido aquel líquido que salía de sus fauces, me sentí en mi habitación con ese peculiar olor fétido. Era el mismo.

Sabía lo que tenía que hacer entonces. Las manos y garras ensangrentadas de aquellas cosas me decían a gritos que no acabaría bien con ellos. No buscaban a alguien para ser su camarada, sino su cena.

En último acto, volteé la posición del cuchillo. Ahora la punta de lo que habría sido un arma para defenderme se convirtió en el filo de mi final. Lo último que me queda por hacer era un simple movimiento y todo habría acabado. De pronto, nada.

Sentía cómo chorros de sangre caliente brotaban por mi pecho y bañaba mi mano que seguí sosteniendo aquella arma filosa. Los entes enloquecieron aún más luego de tal acto, como si el olor de mi sangre saliendo de mí los hubiese excitado. Lograron abrir la puerta y antes de poder cerrar los ojos eternamente, vi como uno se acercó a mí con su espantosa forma semi humana y, abriendo la mano y la boca, dejando ver cada uno de sus colmillos perfectamente afilados y dispuestos a matar, se acercó a mi cara. Cerré los ojos y la imagen se desvaneció, pero llegó un dolor insoportable que duró unos tres segundos, junto con un crujido que lo sentí por la cabeza. Luego, nada.




Me he levantado de golpe luego de tener una pesadilla donde era asesinado. Del sueño no me acuerdo mucho, sólo me acuerdo de haber sido asesinado. Una bala, ¿Habrá sido aquel el objeto que causó mi muerte en tan disparatado sueño? No estoy del todo seguro de ello, pero fuere lo que fuere, una pistola fue lo primero que se me vino a la mente. Tenía la sensación de haber sido movido mientras dormía, como si unas manos me hubiesen empujado para ayudarme a despertar. Unas manos extremadamente grandes que me empujaron con una fuerza que me dejó marca.

A mi memoria vino una imagen, una imagen tan fría pero tan perfecta como si hubiese sido capturada por una cámara GoPro. En ella pude apreciar un lugar del que nada o poco reconozco. Un cuarto metálico, contenedores, estantes, repisas. Daba por seguro de que era una bodega. 

Feb. 20, 2018, 2:25 a.m. 1 Report Embed 3
The End

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Laura P. Caballero Laura P. Caballero
Me gustan mucho los relatos cíclicos, tienen algo que me atrae.
Aug. 23, 2018, 4:36 a.m.
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