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Tu, yo y todo lo que podamos imaginar

Sophie aun era una criatura cuando su madre falleció en un accidente de coche; con sus cinco años recién cumplidos y un padre destrozado por el dolor, la perspectiva que tenía en esos momentos era difusa. Aun así, su padre se secó las lagrimas y miró los oscuros ojos azules de la niña con fuerzas renovadas:


A partir de ahora estamos los dos solos, pero todo irá bien… seremos tu, yo, y todo lo que podamos imaginar.—le dijo con una fe ciega en sus propias palabras.


Desde aquel día, esa pequeña frase se convirtió en un grito de guerra para ambos, especialmente para la pequeña.


Los años pasaron y su padre fue escalando puestos en la empresa en la que trabajaba, una referente a seguros. A la pequeña Sophie nunca le faltó de nada, al menos nada material, pues el hueco que había dejado su madre era insustituible. Su padre era incapaz de mirar a cualquier otra mujer, ni si quiera por su hija, no, eso era lo único a lo que no podía renunciar… nunca encontraría a nadie como su difunta esposa, nunca. Thomas, el padre, siempre cumplía todas las promesas que le hacia su hija, todo lo que ella deseaba, todo lo que le pedía… tarde o temprano acaba por concedérselo, pero de un modo humilde. Sí, porque ella tampoco pedía grandes castillos, ponis o una sala gigante llena de muñecas o juguetes; los “deseos” que le concedían solían estar relacionados en salidas padre-hija a los lugares más locos que se pudiera llegar a pensar. “Tu, yo y todo lo que podamos imaginar” le recordaba ella con una de sus sonrisas cálidas, y él, era incapaz de negarse. Se convirtió en una niña adorable, con unos grandes ojos azul esmeralda y un pelo oscuro y rizado que solía llevar recogido en dos coletas, siempre rodeada de una larga cola de amigos que se peleaban por jugar con ella, realmente una niña increíble.


Para cuando ella cumplía su primera década, su mejor amiga era Daphne, una chica castaña clara y de ojos verde hoja con la que llevaba desde jardín de infancia, y que además vivía a apenas seis metros de su casa. Podían pasar días y días sin separarse nada más que para las duchas y no aburrirse ni un ápice, siempre encontrando algo de qué hablar o compartiendo el silencio. No tenían demasiadas cosas en común, pero ahí residía la gracia. Ella había perdido a su padre en Afganistán hacia unos años, y en esa época era cuando más se habían juntado… para cuando ella pudo superarlo, ya eran inseparables. El deseo que pidió en su decimo cumpleaños fue que su padre y la madre de Daphne pudieran enamorarse, “Tu, yo y todo lo que podamos imaginar”, eso entraba dentro de los horizontes de lo imaginable, además, el tu podía aplicarse a Daphne y a su madre.


Pasaron dos años y las ya no tan niñas veían que su deseo no se cumplía por sí solo e intentaron “ayudarles a dar ese paso”; fue un tremendo fallo, pues ninguno de los dos podía olvidar y pensar en otra persona. Eso les enseñó una lección sobre el amor que nunca olvidarían: “El amor es como es, nada puede cambiarlo ni forzarlo”. Sophie estaba cada día más segura de su padre sacaba las frasecitas de algún libro o de las Galletas de la Suerte; y si no era así, podría escribir uno él solito. Aun así, pronto descubrió de qué hablaba: un chico al que conocía desde los siete años—y por el que Duff(manera amistosa que tenia Sophie de llamar a Daphne, por la cerveza de los Simpson) llevaba tiempo colada—se le lanzó a Sophie en la fiesta de cumpleaños de su adorada Daphne. El resultado fue un “no” rotundo por parte de Sophie, y una pelea entre las chicas. Todo lo arregló la dulce Sophie con su frase favorita: “Duff, ese idiota no se puede poner en el medio, ¿sabes? Somos tu, yo y todo lo que podamos imaginar.” Y aunque Daphne en ese momento no sabía lo importante que debía de ser alguien para que ella le diera esas palabras, no pudo hacer otra cosa que abrazarla fuertemente.


Y llegaron los dieciséis, tan alocados y revolucionarios como para cualquier otra. Ambas salían con un par de hermanos, Daphne con el de su edad y Sophie con el mayor. Realmente los McCarthy eran los dos chicos más guapos que había en su barrio, pero a la vez eran tan poco interesantes que acaban hablando ellas dos con los otros mirándoles empanados mirando a la pared. Pero bueno, en esa época lo importante era poder decir “estoy con él, ¿guapo verdad?” y guapos, eran. Cada una amaba una música diferente, pero se acompañaban a los conciertos; Daphne era de letras, Sophie de ciencias, y aun así estudiaban juntas; etc. Realmente eran inseparables, al final casi dormían o en la casa de una o de la otra, pero no separadas si podía evitarse. Oh, claro que tenían más amigos, pero siempre ellas dos eran lo primero. La frase de oro se transformó en su grito de guerra para que nada pudiera pararlas, y las escapadas padre-hija se transformaron en alocadas fiestas o planes inimaginables entre ellas dos. Una buena excusa sin duda que su padre no podía refutar. Aun así, los novios les duraron unos tres meses, luego hubo otros muchos, con los que duraron aun menos tiempo.


La universidad fue la única cosa capaz de separarlas, ya con los dieciocho cumplidos, Sophie se fue a Brown, en Rhode Island (costa noreste de los EEUU) para comenzar medicina y Daphne a UCLA—Universidad de California, Los Angeles—(costa sureste de EEUU) para derecho; por lo que cada una estaba en una punta del país, y en medio, Michigan, el Estado en el que habían vivido toda su vida, aunque realmente Sophie estaba “algo” más cerca de casa que su querida Duff. Comenzó siendo difícil para ambas, pero al ver que con el tiempo y aunque hacían amigas y amigos a un ritmo de record les seguía faltando una parte importante de ellas mismas comenzaron a sospechar que allí había algo que no cuadraba. Pero no fue hasta que se vieron en fiestas de Navidad que descubrieron qué era. El muérdago las delató, ese beso que comenzó siendo una pavada entre amigos fue la chispa que les mostró la verdad: eran y siempre habían sido algo más que amigas, pero ni se les había pasado por la cabeza esa posibilidad. Igualmente, hasta ese mismo verano ninguna de las dos se atrevió a comentarle lo que sentía a la otra. Cuando por fin lo hicieron, estaban asustadas, no sabían cómo decirlo ni cómo hacer que eso fuera “normal”. Sophie sabia que decir exactamente: «Me da igual lo que piensen los demás, lo que digan o lo que hagan; somos tu y yo contra el mundo. Tu, yo, y todo lo que podamos imaginar» Y así fue el primer día del resto de sus vidas.


Ambas terminaron sus carreras, Daphne se convirtió en una gran abogada y fue a Rhode Island a trabajar hasta que Sophie acabó su especialización en Cirujana Cardiovascular y ambas se mudaron a New York. Sus padres aceptaron su relación sin demasiada sorpresa y se casaron por lo civil con veintiséis años. Ahora piensan en tener un bebé, las dos, a la vez. Porque todo lo que quieran lo pueden hacer realidad si ponen empeño, porque son ellas dos y todo lo que puedan imaginar, y lo que los demás opinen, crean o dejen de creer, a ellas no les tiene que importar… porque si hay amor, el resto de personas no tienen ni voz ni voto en la discusión. Y así es como unas simples palabras puede cambiar una vida y transformar a una cría indefensa y sola en una mujer capaz de revelarse contra la sociedad por quien ama.


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Relato ganador del certamen literario IES Cavanilles. 

Tendría trece años al escribirlo, tiene mucha tontería adolescente, pero también es muy dulce y le tengo mucho cariño.

Feb. 11, 2018, 8:37 p.m. 0 Report Embed 0
The End

Meet the author

Triznia Beatriz Jiménez Escritora, estudiando para guionista. Adicta a las series y a las historias que te tocan la patata. Shiper empedernida.

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