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Lucas como


Así contemplaba la luna. Tan suave. Tan dulce. Siempre un pie delante del otro. Siempre entre las luces


Drama Not for children under 13. © L.C dueño de imagen de portada e historia.

#sad #shortstory ##Luces
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Entre las luces

Ahí estaba Anna, esperando su vestido en la tintorería. Ella siempre estaba esperando cosas. A veces esperaba autobuses; a veces esperaba en los bares; a veces esperaba vestidos en la tintorería. Incluso a veces, aunque estuviera con alguien, parecía como si esperase algo más. Anna siempre esperaba.

El dueño del local tomó su ticket y buscó entre las prendas que había detrás del mostrador. Sacó un vestido de un rojo ocre envuelto en una bolsa que lo cubría del polvo y se lo entregó a Anna. Ella siempre tenía el cambio justo. Apenas recibió el vestido salió de la tienda y tomó un taxi para que la lleve de nuevo a su apartamento. Anna vivía cerca del centro, en un pasaje tranquilo. Llevaba dos años viviendo ahí en realidad, ella antes vivía en Cerrillos, un pueblo alejado de la ciudad. Cuando no esperaba a nadie…

Bajó del taxi y buscó las llaves en su bolso. Ya adentro, puso el vestido en su armario y se dirigió al living. Sin pensarlo mucho se tumbó boca abajo sobre el sillón. Pasaron varios minutos hasta que alzó la mirada. Sus ojos se acomodaron lentamente en la sala y ahí estaba. Era su vieja cámara réflex. Anna quería mucho esa cámara. Se la había regalado su padre en los últimos años que supo de él. A ella le fascinaba la fotografía, pero nunca se dedicó realmente a eso. No tenía tiempo para esas cosas. Hace dos años que había dejado el colegio para conseguir trabajo y ahora no podía detenerse a pensar en viejas cámaras o en padres. Nunca había tiempo para esas cosas la verdad.

Se sentó sobre el sillón y miró el reloj. Eran las siete de la tarde. Se encendió un cigarro y se puso a mirar por la ventana. Anna siempre estaba mirando. Giró la cabeza lentamente por toda la habitación y miró un portarretrato que tenía la imagen de la torre Eiffel. Desde que era pequeña había querido ir a París. Algo había en esa ciudad que la llamaba. Como si fuese una especie de amante que le imploraba fugarse con él. Ella sabía algo de francés, leía cada vez que podía. A veces se imaginaba caminando por las calles parisinas, saludando a la gente con un “Bonjour”, tan feliz, tan lejos de acá. Anna siempre estaba huyendo.

Cuánto más pensaba en Paris más quería comprar el pasaje y largarse. Pero no tenía tanto dinero como para esas cosas. Apagó su cigarro y fue a la cocina a prepararse un té. El silencio era de miedo. Anna estaba acostumbrada a ese silencio. Aunque no siempre estaba sola de todas formas. En algunas ocasiones algún pretendiente se hacía presente en su casa. Ninguno supo quedarse, no lo suficiente. Pero era una chica muy guapa, la verdad. Sintonizó algo de jazz en la radio y se sentó a esperar.

Sus manos temblaban. Su piel se había puesto pálida. Se levantó lo más rápido que pudo de donde estaba, pero no hubo forma. Anna vomitó en el cesto de basura. No lo vio venir. Se quedó arrodillada en la misma posición durante una hora con los ojos cerrados, perdidos. Ella sabía que no era la comida. Ella sabía que no era la ansiedad. Se sentó en el suelo junto al cesto. Puso una mano sobre su vientre e inclinó su cabeza mirando a sus pies. Anna podía escuchar su respiración agitada. Anna podía escuchar al silencio hacerse cada vez más grande. Sentía como su cuerpo se desvanecía. Pero la primera lágrima la trajo de vuelta. La hizo real otra vez. Anna siempre tenía miedo.

Secó sus ojos y recogió su pelo. Más tarde se lavó los dientes y se recostó. Estaba cansada. Su mente estaba abandonada, pero aun así pensó en su vida. Pensó que algún día las cosas podrían dejar de ser. Podría dejar de esperar. Podría dejar de huir. Podría dejar de tener miedo. Sintió a su dolor besando su frente, y así cerró los ojos, durante un par de horas.

A las diez recibió una llamada de una colega del trabajo. Era normal que recibiese esas llamadas para que se haga presente en su labor. Entraba a las once y tenía que preparar sus cosas. Sacó su vestido ocre del armario; lo puso sobre la cama y llevó una toalla hacia al baño. Luego de ducharse se sentó frente al espejo y secó su pelo. Suavemente lo peinó hasta dejarlo liso y perfumado. Delineó sus ojos, arqueó sus pestañas, trazó sus cejas y pintó sus labios. Se miraba al espejo fijamente, y sin embargo no estaba viendo a nadie realmente. Recogió su vestido y se lo puso en frente del espejo. Vistió sus tacones negros y tomó un bolso del mismo color en el que guardó cigarrillos, un encendedor, dinero para el taxi, maquillaje y perfume. Antes de salir hizo una llamada y guardó el celular dentro de su bolso. Salió de casa y cerró con llave. La noche era tranquila.

Anna caminaba entre las luces, sobre calles plateadas, recordando su antiguo hogar, antes de que su madre falleciera y su padre la abandonase. Pensaba en cámaras. Pensaba en París. Así pasaba las noches, deambulando por alguna calle. No le gustaba vender su tiempo a otros, pero era lo que había. Los autos iban y venían. Alguno se la iba a llevar. Ahí estaba Anna, esperando clientes. Anna siempre esperaba

Feb. 11, 2018, 8:34 p.m. 0 Report Embed 0
The End

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