Black Battlefield Follow story

karenstraight Karen Straight

Inoportuna visita, una agonía atormenta en el tiempo, en la vida de Miss Juliette,


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#surreal #space #fights
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Black Battlefield

Los candelabros eran oscuros, como el color del techo formado por fina madera de formas triangulares. Un vitral sólido era la imagen más acertada al interior de la bóveda superior. Las paredes sugerían el fluir del viento suave entre las cortinas de un salón iluminado por el sol, más allá de las ventanas de cristal. Cuadros lucían implacables en las paredes. Al centro, una mesa rectangular estaba cubierta con un delicado mantel largo. Doce copas en la vajilla sobre la mesa, y sólo una silla, ocupada, por una sola alma dispuesta ante el manjar. Diario, en silencio, del lado sur de la mesa. Todo el tiempo.

Una joven a su servicio se acercó a ella para llevarle la bandeja de plata.

―Gracias, Charlotte―dijo ella, sin una sonrisa. Permanecía estable, inerte ante las emociones.  La joven de cabello azul solía preferir permanecer fija en sus pensamientos incomprensibles.

―Estoy a su servicio, Miss Juliette―y al decir estas palabras, se retiró por la única entrada al salón, del palacio heredado.

En aquel castillo, el ambiente se mantenía sin novedad. Juliette, en la mesa del reloj sobre sus manecillas, contemplaba el día transcurrir. Todo el mundo fuera del palacio era un misterio para ella, quien nunca solía visitar el mundo exterior. Justo antes de abandonar el comedor, la joven le habló.

―Charlotte, ¿Cómo son las otras habitaciones?

Charlotte se detuvo, asombrada por escucharla hablar. Se olvidó de su impacto para responder a Miss Juliette con la naturalidad.

―Son amplias―contestó.

―Tú, quien recorrió los pasillos del palacio, ¿Me puedes dar más detalles?

―Miss Juliette, aunque he permanecido aquí mucho tiempo, aún no termino de recorrerlo. Podría contarle como caminar sobre los mosaicos de este laberinto, pero, no podría ser justa con usted o con la verdad.

Juliette reflexionó. Tomó el cubierto de plata fina. El reflejo cantaba una melodía de súplica. Su tez blanca como la nieve también era testigo del metal a través de un fondo borroso. En ese espacio, un colosal caldero de fuego hervía con cosas, fragmentos de ruedas flotantes, y se mezclaban con distorsionados colores de todas las cosas conocidas. El amplio salón esperaba su permanencia en sus decorados mensajes emotivos. La paz en los mueblas, la vida en las alfombras.

Juliette se soltó del asiento y caminó con ayuda de sus manos. El entorno se volvía confuso y pincelado por las cosas extrañas; quizás el techo caía desgarrado por una fuerza más inestable que su propia respiración. Sus pies temblaron mientras se levantaba. Tuvo la impresión de burlones mosaicos. Sus pies se movían en el aire.

Miró hacia abajo. El suelo se volvió fragmentos en formas circulares, flotando sobre un líquido de curvaturas inusuales, fuego vivo. Asustada, Juliette corrió, navegando. No perdía de vista a Charlotte, en la entrada del salón.

― ¿Por qué pasa esto?―preguntó a Charlotte. Parecía conocer a qué se enfrentaba Miss Juliette―. Charlotte ¿No ves mi ira, estoy hundiéndome en el piso?

Charlotte no escuchaba sus palabras. Juliette deseaba alcanzar a salir del salón, donde tranquila, Charlotte permanecía inalterable. Miss Juliette cruzó, en contra de los pronósticos, contra el océano amenazante.

Cuando alcanzó la orilla, Charlotte la recibió. Y aunque estaba exhausta, el océano destructivo no existía más; el salón permanecía igual. Juliette cerró la puerta.

Juliette caminó junto a Charlotte, por uno de los pasillos. Las luces incidían sobre el silencio. Miss Juliette buscó otra puerta.

― ¿Qué contiene esa habitación?―preguntó Juliette a Charlotte, antes de abrirla.

―No he estado ahí. Puede entrar si así lo desea.

―Eso haré―dijo Juliette.

Miss Juliette sacó su llave, y con ella, entró. Al momento de abrir la puerta, Charlotte decidió no entrar. Miss Juliette siguió.

No sería fácil para ella entrar en el sitio congelado, resplandeciente, nieve blanca caía y se acumulaba desde los escalones hasta las ramas desnudas de árboles grises. En el infinito y en el vacío, nieve.

― ¡Esto es… me deja sin palabras!―exclamó corriendo, adentrándose al frío volátil. Exploró una de las estaciones a bajas temperaturas. Pronto el clima afectó su salud.

―Debo salir de aquí―se dijo.

Justo antes de salir, un sonido detrás de ella llamó su atención;

―Juliette, ¿no deseabas quedarte?―le preguntó.

― ¿Quién eres?―preguntó al descubrir su apariencia.

―Soy Miss Springle Mourt, Juliette. Mejor conocida como Miss Springle.―reveló ella.

―Eso no me dice ¿Qué haces aquí? Eres una intrusa, éste es mi hogar.

―No lo creo―sonrió la mujer, de cabello verde.

―Márchate, ahora, de mi mansión―ordenó Juliette.

―Me rehuso a obedecer tus comunes caprichos―dijo Miss Springle, segura de sus palabras.

―No son caprichos. Son mis deseos.

―Me retiro, por ahora―dijo, esquivando a Charlotte para dirigirse a la puerta.

―No, no es posible tal agravio. Esa mujer ha profanado mi casa con su presencia, es una inquilina indeseable. Tiene una copia de la llave. Llamaré a Charlotte para que la lleven fuera de aquí―dijo mientras salía.

Charlotte esperaba a Juliette en la entrada.

―Charlotte ¿No viste a esa mujer?

―No, Miss Juliette, a ninguna por aquí.

―A Miss Springle Mourt. Es una desconocida para mí. ¿Tú la conoces?

―No, yo no la conozco―dijo Charlotte.

―Pero ¿No estabas aquí, en la entrada?

―Sí, pero nadie salió de ella―contó Charlotte.

―Absurdo. Estabas distraída―regañó Mis Juliette―. No la quiero ver aquí, en mi casa. Llama a los demás, es vital deshacernos de ella; no tiene derecho de entrar a mi casa sin mi permiso.

―A sus órdenes, Miss Juliette―sonrió la servicial joven. Salió al instante para avisar a los demás sobre Miss Springle.

Juliette se cubrió con una bufanda. Tomó la llave y abrió otra cerradura de lujo. En la siguiente puerta, algunos de sus sirvientes la maquillaron y vistieron para la fiesta de gala de aquella noche.

Como era de esperarse, Miss Juliette, recibió regalos de los invitados. En las mesas, los banquetes lucían en el cálido ambiente. Las doce marcó el reloj. Volvió a dormir, en su habitación. Más tarde, se levantó, descalza. Caminó por el pasillo de lámparas de oro.

Al despertar, Miss Juliette se encontraba en un espacio desconocido, en un campo nocturno. Las flores se secaban al caer las tinieblas sobre ellas. Al amanecer, sus cálidos pétalos llovían del cielo. La vida renacía, jugando con la brisa. Sin caminos. El sol brillaba. Un soplo fugaz del tiempo.

La Luna volvió a aparecer en el cielo. Oscureció de nuevo.

― ¿Cómo llegué hasta éste lugar?―se preguntó.

La Luna se volvió un enorme reloj celestial. Sus manecillas eran un haz de luz vibrando en las estrellas, como el farol de las costas.

― ¡Alto!―pidió Juliette al reloj. El reloj se detuvo. El suelo comenzó a romperse. El cielo se fracturó, y fragmentos cayeron sobre el campo cayendo, a su vez, en conjunto con Juliette hacía el vacío etéreo. Las flores desquiciantes fueron esparcidas alrededor de ella cuando cayó a un nuevo campo.

Después salió. Abrió otra puerta. En el interior, Juliette recogió pequeñas piedras de la costa de la playa, y las guardó en una botella transparente. Juliette se maravilló por llevar consigo una parte de su hogar, donde el tiempo carecía de forma. El color del mar se reflejaba en su mirada limpia y serena.

―Ahora―ordenó Miss Juliette―, morirá…

Y dejó caer la botella al mar. Las piedras se quebraron y salieron, al mar, convertidas, en peces.

Juliette siguió caminando. Los árboles de la montaña aledaña perdían sus hojas al pasar, una mirada conocida para Juliette: Miss Springle. Juliette la miró a los ojos, irritada. Springle tomó la palabra:

― ¿Sorprendida?―insinuó.

―Vete de mi casa―ordenó―, no te quiero ver dentro de mi casa.

―No haré eso. Yo llegué para quedarme.

―Apareces en los sitios más imprevistos, hasta en los lugares a donde deseo ir―contó Juliette.

―Estoy a un paso delante de ti, Julie.

Julie era un apodo odiado por Juliette. En el tono de Springle, Juliette encontraba los matices de odiosa poesía. Detestaba la forma de ser de ella. No quería comenzar una batalla contra Mourt, pues, poco conocía de sus habilidades. Sin decir más, Juliette decidió ignorar a Springle.

―Hasta su nombre me causa dolor de cabeza―se dijo, mientras bajaba por la ladera.

Juliette eligió otras puertas al azar. Tuvo suerte en ellas. Pero en una de ellas la recibía Springle Mourt.

― ¡DÉJAME!―gritó Juliette, furiosa, en el umbral.

Springle sonrió.

―Eso no sucederá.

― ¿Qué quieres?―se atrevió Juliette.

―Quedarme.

―Como quieras, puedes pasearte por la casa sin encontrarnos de nuevo. Yo, en cuanto a ti, no me importas―y diciendo eso, Juliette alcanzó a empujarla al vacío. Ella estaba tranquila.

―Springle me declaró la guerra con su primer paso, fuera de mi camino. Yo no la conocí. Ella no debió aparecer en mi casa― se dijo, mientras bebía una copa de vino―. A menudo, los ocasos son pálidos como las memorias de antiguas canciones. Hay silencio, siempre, al final, cuando inicia el crepúsculo de un día de otoño.◊

Feb. 7, 2018, 8:51 p.m. 2 Report Embed 3
The End

Meet the author

Karen Straight Creadora de mundos desde el 2004 gracias a las películas, libros y series a mi alcance. Cazadora de inspiración en la vida despierta y en el universo onírico; la inspiración está en todas partes. Me fascinan los libros digitales e impresos, aunque si un buen artículo se me atraviesa, me entretiene tanto como un videojuego o una canción. Me gusta dar lo mejor de mí en todo lo que hago; siempre agradezco todos los consejos que me brindan para crecer como autora y dibujante.

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TB Thador Baltic
Me encanto, literalmente me transporto dentro de la mansión.
Feb. 17, 2018, 2:08 p.m.

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