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Pablo Nicolas Torres


En mitad del siglo XVI se producen varias muertes cuya procedencia se cree que fueron provocados por una enfermedad extinta.


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Nueva Era


PROLOGO


Inicie este camino hacia la literatura escrita porque durante años parte de mis

pensamientos los utilizaba en historias imaginativas. En el momento en el que

empecé a leer libros, he decidido que mis historias no deberían quedarse solo

en mi mente.


Introducción


Este relato transcurre en un pequeño pueblo francés llamado Carennac,

situado en el valle del río Dordogne, Francia, cuya apacible existencia se vio

eliminada debido a una fatídica enfermedad.


A mitad de siglo, la peste negra había asolado al poblado dejando millones de

muertos a su paso. Los que más sufrieron las consecuencias fueron los

sacerdotes que cuidaban de ellos.


Finalmente a comienzos del siglo XVII la pandemia había desaparecido

cediendo solo los restos de los fallecidos, abriendo paso a una vida normal

entre los franceses o eso parecía. El pueblo fue considerado uno de los más

bellos de Francia por sus iglesias, la simpatía, amabilidad de sus habitantes

aunque gran parte de su gente eran pobres, vivían en casas bajas, sucias y

malolientes. Sus suelos de madera crujían con el paso del tiempo,

deambulaban ratas, ratones...


Pero por lo que más era conocido ese pequeño pueblo, era por la exquisita

calidad de su vino. No había muchos hombres dedicados, ni familiarizados con

el negocio de los viñeros, pero entre los pocos con los que contaba el pueblo,

destacaba uno, el señor Alexander de la Rosa, conocido y afamado burgués

con buen ojo para los negocios, casado con Davina Freshton, mujer que

desprendía elegancia (pese a no pertenecer a la alta sociedad): tenía el cabello

rubio, los ojos verdes de mirada profunda y una carismática sonrisa que

deslumbraba a cualquiera que la viese sonreír. El pueblo estaba bajo el reinado

del rey Felipe VI de Valois, pero como mandatario de esa localidad se

encontraba Francesco Grimelli, al que habían nombrado alcalde, gracias a las

influencias y relaciones que mantenía con gente de buena posición social,

como representante de la ley se encontraba Marckley Dickens, se encargaba de

hacer cumplir las leyes y de impartir justicia local, antes de pasar los casos que

pudieran producirse a sus superiores, bajo su mando se encontraba el agente

Jean Pierre Berger.


En la zona pobre de Carennac vivía un joven cuyo nombre era Gael, un chico

de 12 años que debido a la ausencia de los padres(que trabajaban en un castillo

cercano) se le consideraba huérfano; por ello se pasaba la mayor parte del

tiempo en la calle. Era muy delgado, pequeño, su tez era muy morena, los

ojos marrones acompañados de gran expresividad. Tenía una personalidad

inquieta, reservado y muy curioso.


Al vivir solo a tan temprana edad, tuvo que ponerse a trabajar para poder

tener algo de comida que llevarse a la boca al final del día. Trabajaba como

deshollinador en las diferentes fábricas y pequeños negocios alrededor de la

zona. Cerca de la entrada vivía Lorraine, pues sus cabellos canosos rebelaban

una edad ya avanzada, mientras la vivacidad de su mirada, delataba un alma

joven, viuda, sin hijos, por lo que se pasaba los días junto a la ventana, viendo

pasar las horas. En el pueblo se hallaba Carlos Fontaine, empleado de

Alexander de la Rosa, hombre de unos treinta años, responsable pero con

carácter, sin familia, delgado, risueño, simpático, y enamoradizo. De estatura

alta, moreno, con mirada profunda y tez bronceada, por el trabajo duro. Otros

vecinos dentro de la comunidad eran: Sophie, la panadera; Juliette, criada de

burgueses, Damien, cochero; Eugéne, el barrendero del pueblo...


Un lunes como tantos, el sol surgió como cada mañana detrás de las montañas

iluminando su casa, humilde, baja, descolorida dejando al descubierto su

vetusto armazón y su techo ennegrecido que impedía así la penetración de la

luz. Gaelse despertó como acostumbraba a hacer diariamente y como cada día

se fue a buscar algo con lo que distraerse y así olvidar la suerte con la que

contaba. Desayunó como pudo, pues no tenía muchos víveres, a su corta edad

había tenido que aprender a racionar todos aquellos alimentos que de vez en

cuando le traían sus padres desde el castillo en el que trabajaban. Y después de

tratar de adecentar un poco la casa, salió a la calle para profundizar un poco

más en sus pensamientos. Se vio caminando por las calles agrietadas del

pueblo, tropezando con sus vecinos; aquellos con los que compartía vecindad

y con los que aunque no compartiera, solía verlos por esas calles. Veía niños,

hombres, mujeres de diferentes clases sociales y edades, que como él, andaban

ignorándose mutuamente, ocultando sus pensamientos más oscuros, sus

secretos... Cada uno con actitud diferente, con una sonrisa hipócrita en unos

casos o quizás cordial en otras.


´´¿Sabrán la clase de personas que tienen como vecinos?´´.


Se preguntaba.


Anduvo sin rumbo medio día, como se esperaba, otro día estaba a punto de

terminar y seguía sin tener éxito en su búsqueda. Pero, ¿Qué buscaba

exactamente? no lo sabía, y siempre se decía que cuando lo tuviera delante,

sabría que era.


Tenía un lugar fuera del pueblo que le encantaba, pues era un sitio donde

podía reflexionar en calma y estaba alejado del bullicio. Sin darse cuenta

caminó hacia el bosque y llegó a la zona que tanto le gustaba. Allí habia una

casa en ruinas adentrada en un montículo como una pequeña hondonada, al

cual los árboles rodeaban protegiendo el centro, que era una explanada con

hierbas y flores preciosas de todos los colores. Como cada tarde, se tumbó en

las hierbas, cerró los ojos y escuchando el canto de los ruiseñores se quedó

dormido.

 

Al despertar, las estrellas ya habían bañado el cielo a la luz de la luna. En una

perfecta sintonía. Gael se quedó anonadado con el brillo que desprendían; Se

levantó, sacudió sus ropas y se preparó para volver a casa.

 

El camino de vuelta se había tornado como siempre, salvo por los burgueses

que se encontraban por la travesía. A esas horas de la noche, salían o se

dirigían a los burdeles que se encontraban a ese lado del pueblo. Se sorprendió

al ver a tantos adultos de clase alta borrachos, como solían estar más a

menudo los hombres con los que compartía vecindad.

 

De entre los burgueses que vio, le pareció ver al señor Alexander de la Rosa, al

cual el pueblo le debía el gran renombre que había alcanzado, gracias a la

importación del vino que producía. Se preguntó qué haría un señor

importante en esos lares. Pero no le dio más vueltas y siguió camino a su casa.

Cuando llegó, se encontró con un saco de víveres que le habían dejado sus

padres, junto a una nota que decía:


´´aprovéchalos bien, pues no sabemos cuándo vamos a poder bajar

nuevamente a aprovisionarte.


´´Te queremos´´.


Abrió el saco, colocó las provisiones y se dirigió a su cuarto. Una vez ahí, se

tumbó en el camastro y se quedó contemplando el cielo pensando, hasta que

el sueño se adueñó de él y volvió a quedarse dormido. En ese momento, al

otro lado de la ciudad, en la zona en la que residían los burgueses, se

encontraba, contemplando el cielo estrellado, la señora Charlotte Freshton.

Miraba apenada por la ventana, esperando la llegada de su marido, el cual

últimamente se pasaba el tiempo fuera de casa, y que volvía cuando ella ya

estaba en el lecho.


Ella entendía que la vida de un burgués con tanto renombre exigía mucho

esfuerzo, pero ella estaba embarazada y quería un poco de atención de su

marido. Y así, contemplando el cielo, su mente empezó a recordar cómo eran

los dos en su juventud, cómo fue el momento en el que se conocieron, y cómo

había cambiado su vida desde entonces. Empezó recordando cómo de niña iba

a la floristería familiar a ayudar a su madre, cómo la miraba con admiración al

verla ejercer su oficio con tanto amor y dedicación. Ella siempre soñaba con

siendo adulta, ser como su madre, hacerse cargo de la floristería y hacerlo

honrando la forma de trabajo con el que lo hacía su madre. De repente la

imagen cambió y se vio sola, desesperada y muy desconsolada, pues a la edad

de veinte años, su madre falleció debido a una gran pandemia que asoló a todo

el país y que ella tuvo la mala fortuna de vivir en sus carnes. La gente llamaba

a la enfermedad peste y una vez avanzado su estado, los médicos se

cercioraron que ya no se podía hacer nada. Se mandaba a los enfermos a una

especie de fosa alejados del resto de la población y ahí morían solos (en cuanto

a familia) y con gran agonía.


Como había soñado desde niña, tuvo que hacerse cargo del negocio, que se

había visto decaído por el descuido que sufrió al estar la madre enferma, y ella

no disponía del tiempo necesario para atender el negocio como era debido.

Entonces, pocos días o quizás semanas desde la muerte de la madre, cuando

aún seguía en duelo, un señor de gran elegancia y de una elocuencia exquisita,

iluminó con su aparición su vida. El señor era un joven burgués, hijo único de

una importante familia que contaba con grandes tierras y varios viñedos.


Alexander pasó por la floristería pues se dirigía a un funeral de un familiar y no

disponía de flores que presentar frente al féretro del difunto padre de la Rosa,

recordando la deslumbrante sonrisa de su madre al recibir a los clientes e hizo

acopio de toda su buena fe y sonrió al recién llegado con la sonrisa más bonita

y cándida que pudo sacar en ese momento. El chico, de edad poco mayor que

ella, le pidió que le ofreciera las flores más bonitas que pudiera tener en la

tienda, a lo que ella se dirigió al lugar donde se encontraban las dalias y le

preguntó al chico cuántas quería, él le dijo que le diera un ramo entero. La

joven encargada le entregó el ramo bien preparado como solía hacer la madre

y le despidió también con una amplia sonrisa. Alexander se marchó de la

floristería con una sensación muy agradable que ni él mismo entendía, ya que

a pesar de estar apenado por la muerte de su familiar, en su rostro se dibujaba

una sonrisa de felicidad. Por ello decidió que aquella jovencita que le había

producido esa sensación tan agradable, tenía que ser suya; y así pasó a

cortejarla diariamente. A partir de ese momento, el joven Alexander pasaba

por la floristería regularmente, llevándose uno o dos ejemplares de cada

existencia que había en la tienda. Y así transcurrieron tres meses de cortejo

indirecto hasta que un día esperando a que ella cerrase la tienda, le propuso

acompañarla hasta su hogar y de ese modo, aprovechar el camino para

charlar… y así lo hizo.


De camino a la casa, Charlotte le comentó que se había quedado sola, pues

siendo niña, su padre murió y hacía poco su madre también, una de las cosas

que le comentó fue que lo que amaba era poder cuidar del negocio que había

heredado de su madre, pero que al estar tanto tiempo ahí no podía dejar de

verla en todas partes, pues ese lugar estaba lleno de su esencia. A Alexander le

conmovió mucho la historia de la joven, y el amor que había empezado a

experimentar por ella, creció considerablemente. Le gustaba la dedicación y la

adoración con la que aquella muchacha hablaba de su madre. Pero no solo

eso, también le gustaba su entereza, ya que tras escuchar la suerte con la que

había contado, le sorprendía gratamente la fuerza de voluntad con la que

contaba y su gran espíritu. Ambos con el decoro que les caracterizaban a cada

uno, entablaron una buena amistad, que poco a poco fue dando paso a un

noviazgo, lo que había sido el objetivo principal de Alexander. La imagen

cambió nuevamente; ahora estaba visualizando el día de la boda, el que era

para ella el segundo mejor día de su vida. El primero fue cuando Alexander se

le declaró.

Feb. 18, 2019, 12:57 p.m. 0 Report Embed 0
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