Cómo aguantar a dos idiotas en San Valentín, por Yuri Plisetsky Follow story

N
Nicole Aracena


Porque ese día que a Plisetsky se le ocurrió recibir a cierto patinador en su casa, no pudo imaginar que una semana más tarde, iba a terminar con un odio injustificado hacia los chocolates, con deseos de repartir patadas a diestra y siniestra y, como si eso no fuera poco, con un Viktor pasando las penas en su sofá, vestido, además, con una ropa que quemaría las retinas de quien lo viera. Y todo por culpa de un japonés que había decidido, muy convenientemente, olvidar la fecha. Two-shot Ni la serie ni los personajes me pertenecen. Todo es propiedad intelectual de sus respectivos creadores, al igual que las imágenes utilizadas en la creación de la portada. Publicado también en Fanfiction.net, Ao3 y Wattpad.


Fanfiction All public.

#humor #romance #BL #YOI #YuriKatsuki #VictorNIkiforov #YuriOnIce #Viktuuri #YuriPlisetsky #SanValentín #Chocolates
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Capítulo I


Si había que decir una cosa que Yuri Plisetsky no tenía, eso era paciencia. De hecho, estaba seguro que, al momento de la repartición, le habían dado su dosis a alguien más (al cerdo probablemente) y a él lo habían dejado con exceso de mal genio. También había que decir que no aguantaba la estupidez y de eso también había tenido que soportar bastante.

Así que, en ese momento, había una cosa que no podía entender por más que lo intentara (y vaya que se jactaba de tener una mente privilegiada).

Miró a la persona que tenía frente a él, con su cuerpo en clara postura de derrota.

Si tenía esas dos cosas claras respecto a sí mismo, ¿cómo era posible que la persona más estúpida del universo (según él) estuviera ahí, lloriqueando como un bebé, colmando una paciencia que estaba lejos de tener? Y lo peor de todo: ¿por qué demonios no lo había sacado a patadas? Ah, bueno, eso era porque tal vez le importaba ese idiota un poquito. Y tal vez sentía un poco de curiosidad de por qué Viktor Nikiforov, la leyenda viviente del patinaje, se presentaba un martes por la mañana en su tranquilo hogar, con unas ropas que no combinaban y con una cara de funeral que casi había logrado deprimirlo.

Casi.

Por un momento, el pánico lo había embargado. Yuri sabía que una de las pocas cosas que podían poner al hombre así estaban relacionadas con el cerdo; así que su primer pensamiento fue que algo había pasado con Yuuri Katsuki, pero eso se fue a la basura cuando el hombre de pelo plateado murmuró un “Yuuri idiota”.

No había alcanzado ni a sentir alivio cuando la idea de lo que eso significaba se abrió paso en su mente.

«Oh no, otra vez no».

Por favor, eso sí que no. No creía tener fuerzas en esos momentos para soportar problemas ajenos, sobre todo si estos eran de pareja, en especial de esa en particular. Ya había tenido suficiente drama durante el Grand Prix Final para toda una vida y también había tenido suficiente de Viktor durante la semana anterior.

Demonios.

Ni siquiera tenía pareja y terminaba con un estrés emocional peor que si la tuviera.

En un momento quiso cerrarle la puerta en la cara y mandarle el problema a Yakov o a algún otro, pero la cara de Viktor había tocado en él ese no deseado interruptor de preocupación, aquel que se activaba cada vez que veía al cerdo o al viejo en problemas.

Así que ahí estaba ahora Viktor, sentado frente a él y con su ánimo por los suelos.

Los primeros diez minutos luego de su llegado Yuri había estado ahí, esperando que el anciano comenzara a contar el problema; pero no, el hombre se había quedado mirando al vacío, mientras a veces hacía un puchero y repetía como mantra “Yuuri idiota.” Así que como no tenía paciencia (y para no golpearle), lo había dejado ahí y se había encargado de adecentar un poco su casa para las visitas que tendría ese día.

Dos horas después, Yuri prácticamente estaba escalando por las paredes. Había ordenado toda la casa, había preparado el almuerzo, ¡hasta había adelantado materias de la escuela!, y el viejo seguía sin decir ni pío. Ya no sabía qué más hacer en su casa y de verdad, de verdad que no quería golpear al viejo…

―Yuuri idio…

―¡YA CUENTA DE UNA MALDITA VEZ QUÉ MIERDA PASÓ, ANCIANO DEL DEMONIO!

―…ta.

Y ahí estaba.

Habían hecho que explotara.

Y Viktor no se había salvado de la patada voladora ―no, señor―, es más, ahora estaba tirado fuera del sofá, mirando al adolescente como si por fin cayera en cuenta de dónde estaba metido y de la bestia que había logrado desatar, pues Yurio se había puesto como un basilisco.

Yuri chasqueó la lengua ante su mirada sorprendida e intentó relajarse. Había que pensar positivamente, reflexionó, pues mientras más rápido despachara al viejo a su propia casa, más rápido él quedaría libre.

Invocó la cantidad de paciencia que solía tener reservada para un año entero y se dispuso a escuchar.

―¿Y bien? ¿Qué sucedió ahora?

Viktor, que se estaba sobando la zona afectada, suspiró y se dispuso a volver a su asiento, antes de que Yurio decidiera que darle otra patada no era mala idea.

―¿Recuerdas qué día es hoy?

¿Y a qué venía esa pregunta? En la ceja del rubio había aparecido un pequeño tic nervioso, pero de todos modos contestó.

―Martes. ―No entendió por qué de pronto Viktor lo miraba con cara de pocos amigos―. ¿El día es algo relevante en el asunto?

―Hoy es catorce de febrero.

Aah, entonces por ahí iba la cosa, aunque seguía sin entender esa cara de malas pulgas, no de alguien que se la pasaba sonriendo como idiota.

―No me digas que el cerdo quedó hospitalizado por intoxicación. ―Risa por parte Yuri. Silencio por parte de Viktor―. Oye, viejo, no me digas que lo mataste.

Viktor lo miró con una cara de «¡por supuesto que no!»

―Pero… ¿tan mal resultó todo?

Yurio debía admitir que la fecha era irrelevante para él, pero de cierta forma se sentía comprometido en el asunto. No por nada se había tenido que aguantar a Viktor en su casa durante toda la semana anterior, cuando el patinador había decidido que iba a ocupar su cocina como laboratorio experimental secreto. Así que, el hecho de que todo hubiera resultado tan mal era como una afrenta directa contra él, que había terminado enseñándole.

Una semana atrás, el viejo se había presentado en su casa, con una bolsa con mercadería, una revista de repostería y su típica sonrisa, sonrisa que él había querido borrar de un puñetazo por despertarlo a las ocho de la mañana en su día libre (de verdad que Viktor iba a tener que abandonar esa mala costumbre).

Cuando le preguntó a qué se debía todo aquello, Viktor había respondido.

―¡San Valentin!

―¿Huh?

―Le regalaré a Yuuri chocolates para San Valentín y le pediré que sea mi pareja. Y tú me ayudarás.

Yurio había contenido el impulso de sacarlo a patadas de su casa. Pero es que, ¿en serio? ¿Tenía cara de buena persona acaso? ¿No había otro ser más idóneo para ayudarle? La respuesta había sido dada por el mismo Viktor, que le dijo que él era en quien más confiaba, aparte de Yakov… y Yakov probablemente lo mandaría a la mierda (algo que él ya estaba a punto de hacer).

―Pensé que ya lo eran; pareja, me refiero.

Viktor había abandonado la sonrisa y adoptado una expresión más seria.

―No lo somos, al menos no oficialmente. Al inicio no me molestaba. Me bastaba con que nosotros estuviéramos en eso, juntos, sin importar las etiquetas; no es como si necesitáramos una relación para saber lo que sentíamos el uno por el otro.

«¿Y entonces?».

No había sido necesario decir esos pensamientos en voz alta, pues su mirada había sido bastante elocuente al parecer.

―Quiero decirle al mundo que estoy con él. Quiero que cuando la prensa le pregunte sobre nosotros diga que somos pareja, en vez de solo buenos amigos.

«Justo en la friendzone» pensó Yurio con diversión. Luego, se golpeó mentalmente por ser tan insensible.

Viktor continuó como si nada, ajeno a sus pensamientos.

―Quiero que este anillo ―mostró su mano derecha, donde brillaba la dichosa joya―, sea algo más que solo un amuleto.

Cuando Viktor hubo acabado con su discurso sensiblero, Yuri estaba cruzado de brazos y con una sonrisa en sus rostros.

―Quién te viera y quién te ve, Viktor.

―Entonces, ¿me ayudarás?

Yurio había suspirado, derrotado; era imposible negarse cuando el otro se veía tan ilusionado.

―Te ayudaré, pero quiero un regalo realmente costoso para mi cumpleaños. ―Se fastidió ante la sonrisa que mostró Viktor―. Hablo en serio, viejo. Esto te saldrá caro.

―Todo sea por el cerdito.

Ugh, un poco de insulina, por favor, que no era necesaria tanta cursilería.

―Y bien, ¿qué debo hacer?

―¡Ensenarme a preparar chocolates! ―había exclamado el mayor de los patinadores con su típica sonrisa de corazón.

―¡¿Huh?!

Y lo había ayudado, aunque no tuviera ni la más remota idea de cómo preparar chocolates. Pero Viktor había acertado cuando le dijo que probablemente iba a aprender antes que él, que en su primer intento casi había quemado la cocina de su departamento y terminado con diarrea.

―¿Y por qué no le regalas otra cosa más útil? ―había preguntado Yurio luego de dos días y mucho intentos fallidos e ingredientes desperdiciados.

―No, en Japón se acostumbra a regalar chocolates.

Yurio no había querido discutir más y siguió en su tarea, que ahora era vigilar cómo lo estaba haciendo Viktor.

Al cuarto día, Plisetsky ya había gastado la cantidad de paciencia equivalente a diez años; tener a Viktor metido en su casa luego de cada práctica durante tres horas era mentalmente agotador.

―¿Y si preparo yo el chocolate y tú solamente lo adornas y te encargas de envolverlo? ―Si Viktor no hubiera estado tan concentrado, habría visto la expresión de súplica en el ruso menor.

―No, debo hacerlo yo o no vale.

―El cerdo no lo sabrá. ―Vale, en ese momento había parecido un amigo traidor, pero ya estaba entrando en desesperación.

―Yo lo sabría, y no puedo hacerle eso.

«No jodas».

Ante las últimas palabras, Yuri quiso estrellar su frente contra la pared más cercana hasta quedar inconsciente. Esa era la última vez que intentaba ser una buena persona. El próximo año se iría a la Patagonia durante esas fechas, para que ni pensaran en molestarlo.

Lo bueno era que con eso quedaba claro que Viktor probablemente nunca sería infiel. Si se ponía así por unos chocolates, la infidelidad era el equivalente a satanás en la mente del viejo; lo cual de paso estaba muy bien, pues le ahorraba el andar golpeando traseros.

Finalmente, cuando un día antes de San Valentín, Nikiforov había ―por fin― logrado hacer unos chocolates decentes, Yurio estaba seguro que estaba listo para ser canonizado. ¡Denle la bienvenida a San Yuri!

En esos seis días habían probado tanta mierda (según Yurio) y visitado el baño para vomitar tantas veces, que hasta el viejo había probado el chocolate con un poco de desconfianza. Él por su parte, los había degustado luego de comprobar que no habían creado por accidente algún veneno mortal. Si pasaba más de media hora y Viktor aún no salía volando hacia el baño, quería decir era seguro probar.

Por lo que recordaba, cuando Viktor se había ido ―al fin― a su casa el día anterior, éste iba con una sonrisa que casi lo deja ciego, así que definitivamente no sabía qué pudo haber salido tan mal. Eso sí, estaba seguro que era culpa de Viktor; siempre lo era, de todos modos.

Miró a su acompañante, que aún con los hombros caídos, se mostraba reacio a dar una respuesta.

―Hey, anciano, si te recibí hoy en mi casa no es para que te quedes ahí callado. Mi paciencia tiene un límite, y está así ―hizo un gesto con sus dedos― de desaparecer, ¡así que responde!

Viktor lo miró con ojos perdidos, como si hubiera olvidado por un momento dónde se encontraba. En ese momento el rubio se preguntó por enésima vez si lo sucedido había sido algo muy grave o solo era Viktor sobre reaccionando. No se le podía culpar de todos modos por pensar así, pues era sabido que Viktor se ponía todo un drama king cuando pasaba algo referente al cerdo.

―Yuuri olvidó San Valentín.

Oh, vaya, el trabajo de una semana echado por la borda, diez años de paciencia perdidos por nada; Yuri no sabía cómo sentirse respecto a eso, quizás sí un poco traicionado.

Viktor volvió a suspirar. La expresión que Yurio mostraba en ese momento era un reflejo de la que él mismo había tenido aquella mañana.

Lo había preparado todo afanosamente; de hecho, tenía planificado todo el día, empezando por un desayuno llevado a la cama (que era cuando le entregaría los chocolates), hasta una cena para dos personas en uno de los restaurantes más exclusivos de San Petersburgo. Se había propuesto que todo ese día resultara perfecto. Pero la perfección terminó durante el desayuno, incluso antes; lo había hecho cuando había llegado a la habitación de Yuuri con la bandeja con el desayuno, listo para despertarlo.

Ya consciente, Yuuri se había puesto los anteojos y observado su sonrisa con extrañeza.

―¿Hoy se celebra algo?

Ante esa pregunta hecha con total indiferencia, Viktor se había sentido como un pavo real atropellado. Las cosas no estaban saliendo como él esperaba, pero como buen capricorniano que era, había hecho la desilusión a un lado y se dispuso a continuar con su plan.

―Ten ―había dicho, entregándole los chocolates en los que tanto esfuerzo había invertido―, son para ti.

Si algo debía admitir, era que se sentía orgulloso de lo que había conseguido. Viktor Nikiforov, el hombre al cual se le quemaba hasta el agua, había logrado preparar chocolates por sí mismo. Era imposible no darse unas palmaditas imaginarias en la espalda.

―Vaya, no te hubieras molestado. ―Había por lo menos una razón de por qué esa frase estaba incorrecta―. No puedo comer chocolates cerca de las competencias, pues afecta directamente mi peso, pero gracias.

El pavo real, que había comenzado a levantarse con las plumas todas desordenadas, había sido atropellado nuevamente, esta vez por un camión, y sin posibilidad cercana de levantarse.

Yuuri, por su parte, había dejado los chocolates a un lado, sin siquiera probarlos y había comenzado a tomar desayuno, como si el pavo real interno de Viktor no hubiera sido prácticamente aniquilado. Mientras, Nikiforov miraba al hombre que amaba con la boca un poco abierta, casi en estado catatónico y replanteándose si no habría imaginado todo el cariño y amor que veía en los ojos del japonés a diario.

En algún momento, Yuuri había detenido la taza a medio camino de sus labios y mirado con extrañeza al ruso.

―¿Sucede algo?

Viktor había logrado recomponerse a tiempo, recogiendo, de manera imaginaria, a un pavo real casi desahuciado.

―Yuuri, ¿sabes qué día es hoy?

― ¡Claro! ―Con esa respuesta, Viktor pensó que aún quedaban esperanzas para el pavo real―. Es martes, si no me equivoco. ―Bueno, resultaba que no.

Tal vez Yuuri debería escribir un libro titulado «Mil maneras de romper el corazón de un ruso»; estaba seguro de que lograría ser éxito de ventas.

―Hoy es catorce de febrero, Yuuri. ―Había preferido ser más directo, antes que, aparte de atropellado, su pavo real terminara siendo pisoteado.

―Ah…

Bien, había fracasado, estrepitosamente, por cierto.

―Hoy es san Valentín. ―A esas alturas, su ánimo estaba arruinado por completo y solo quería hacerse bolita, algo que hubiera sido impensable para el Viktor Nikiforov de un año atrás.

―¡Oh! ―Yuuri parecía genuinamente asombrado―. Lo siento. No suelo darle importancia a esa fecha. ―No, si ya lo había notado, y le había quedado bien claro además―. ¿Los chocolates eran por eso?

Viktor solo había asentido, absteniéndose de responder que también el desayuno y la cena, que cancelaría apenas pudiera salir de ahí.

―Viktor ―había incredulidad y sorpresa por partes iguales en esa palabra.

―Supongo que es muy tonto preguntar si tienes un regalo para mí, ¿verdad? ―Viktor ya tenía bastante claro que no iba a recibir ni siquiera un llaverito.

―Bueno ―dudó―, verás, en Japón usualmente son las mujeres las que regalan chocolates para San Valentín. ―Entonces, en palabras simples, había estado haciendo el papel de mujer en esa no-relación que tenían. Bien, Viktor, bien. Yuuri continuó, ajeno a su creciente horror―. La costumbre es que los hombres regresemos el favor el catorce de marzo, durante el howaito dee.

Nikiforov pensaba que su pavo real ya no podía recibir más daño, pero con eso último, había terminado, aparte de incinerado, listo para servirse de cena. Realmente, realmente, sentía unas ridículas ganas de llorar, pero no lo haría. Las lágrimas eran comunes en Yuuri, no en él. Y en lo personal, sentía que si lloraba lo haría como niña, y lo último que quería era eso.

―Yo… ¡Vaya! Había olvidado que hay algo urgente que debo hacer. ―Algo así como meterse en un agujero y no salir de ahí hasta el siguiente milenio―. Espero que disfrutes tu desayuno. Y prueba algún chocolate, que me quedaron bastante decentes según mi opinión. ―Tal vez lo último había sido innecesario, pero se vio en la necesidad de recalcar que había invertido días pensando en él y que ese tiempo ni siquiera había sido recompensado.

―¡¿V-viktor?! ―El japonés había sonado bastante consternado, pero Viktor ya no estaba de ánimos para responder. Había salido raudamente de la habitación y, luego de unos pocos minutos, también del departamento.

.

Yuri Plisetsky en ese momento se hallaba boquiabierto y, suponía, igual de consternado que Viktor. Y no sabía si enojarse con el cerdo o construirle un altar fuera de su casa, porque bueno, había sido… ¡memorable! Ni él hubiese podido hacerlo mejor. Yurio, en ese momento, podía recordar perfectamente por qué había decidido que admiraría a Yuuri Katsuki en secreto.

Aun así, el enojo estaba ganando la partida. Esos diez años de paciencia se fueron para no volver, y también estaba el asunto de que Viktor aún estaba como muerto en vida en su sofá. ¿Lo peor? Parecía que no se iría pronto.

Abrió la boca para decir algo, pero luego la cerró. ¿Qué demonios le diría, de todos modos? No era como si Yuri Plisetsky fuera alguien que estaba acostumbrado a consolar, y un «deja de ser tan patético» quizá sería contraproducente en esa situación. Así era, no estaba acostumbrado a dar palabras de aliento; lo suyo era intentar solucionar las cosas, y cuando su teléfono sonó, anunciando una llamada entrante del cerdo, supo que tal vez sí podría hacer algo útil.

Así que con esa idea en mente fue a la cocina para alejarse un poco de Viktor (aunque dudaba que el otro fuera a ponerle atención).

Apenas contestó, la voz afligida de Katsuki se escuchó por la otra línea.

―¡Yurio! ¿Viktor está ahí contigo? ―Bueno, al menos parecía arrepentido y preocupado; eso era una buena señal―. Lo he estado llamando decenas de veces y no me contesta.

No le sorprendía. Con lo dramático que se ponía el viejo a veces, era probable que el celular hubiera terminado en la basura. Estuvo tentado de contestarle que no sabía nada de él, para añadirle aún más drama al asunto, pero no era tan malvado.

―Sí, sí, está aquí.

«Al menos su cuerpo» pensó, mientras echaba una rápida ojeada al living, donde Nikiforov seguía en la misma posición. Volvió a ponerle atención al cerdo cuando este soltó un suspiro bastante aliviado, seguido de un «gracias, kami-sama».

―De todos modos, ¿dónde más iba a estar?

Un silencio se dejó escuchar, uno que lo llenó de inquietud.

―¿Katsudon?

Más silencio, hasta que un sonido se dejó escuchar. Yurio ya había escuchado ese sonido antes de parte del japonés y aquello hizo que se alarmara. Yuuri estaba sollozando, y aunque Katsuki fuera bastante llorón, este nunca lo hacía sin un motivo.

―Y-yo… ―la voz del japonés sonaba bastante rota, y eso hizo que su preocupación aumentara.

―¡Maldita sea, cerdo! Dime qué pasa ―habló en voz baja para no alarmar a Viktor.

―Yo… ―al otro lado de la línea, parecía ser que el japonés se armaba de confianza― creo que Viktor se está viendo con otra persona, Yurio.

Silencio. Yuri Plisetsky guardó silencio, porque de otra forma estaba seguro que explotaría. Era oficial, el próximo año se iría a la Patagonia.

―¿Yurio?

―…

―¿Por qué te quedas callado tan de repente?

―…

―¡Oh, por dios! Es cierto, ¿verdad? ―Ahora Yuuri sonaba como si estuviera a punto de sufrir un ataque de pánico.

―¡CLARO QUE NO ES CIERTO, CERDO DEMENTE! ―¿Recuerdan que Yuri no tenía mucha tolerancia para la estupidez? Bueno, su límite había sido sobrepasado por completo con eso último.

―¿Yurio? ―Vaya, quizás se le había pasado la mano con el grito―. ¿Con quién estás hablando? ―La voz de Nikiforov sonó preocupada desde el living. A buena hora se le ocurría al otro reaccionar, pensó molesto.

―¡Con nadie! ¡Es que me pegué en el dedo chico del pie! ―Era una excusa idiota, pero al menos Viktor no había insistido.

Y Yuuri pensaba que ese idiota era infiel. Qué estupidez.

―Ah, era verdad entonces que estaba contigo. ―Yuuri había dejado de sollozar y ahora se oía mucho más tranquilo, pero Yuri no pudo evitar que un pequeño tic nervioso apareciera en su ceja.

―Tú y yo vamos a tener una larga conversación, Katsudon. Nos vemos en el parque que está cerca del departamento del viejo. ―Y sin más colgó, confiando en que, si el japonés tenía instinto de supervivencia, asistiría a la reunión.

Minutos después, Yuri Plisetsky estaba vestido con ropas más abrigadoras, ajustando su bufanda, con el rostro demostrando irritación.

―Voy a salir.

Viktor, que seguía sentado en el sofá, se levantó al verlo.

―Tal vez yo también deba marchar…

―¡NO!, tú te quedas acá.

«No quiero darle más razones al cerdo para que desconfíe».

―Pero…

―No hagas ninguna estupidez en lo que tardo en volver. Hablo en serio. Escondí todos los cuchillos de esta casa, incluso los que son para la mantequilla.

Recibió una mirada ofendida por parte de Nikiforov.

―Yurio, puedo estar deprimido, pero no soy estúpido.

Por toda respuesta, Yuri lo miró con burla, para luego abandonar la casa que compartía con Yakov y Lilia.

Al quedarse solo, Viktor suspiró, mientras se ponía a hacer zapping. Buscaría una película para distraerse y dejar su mente en blanco.

―Yuuri idiota.

Aunque eso era algo imposible.

.

Eran pasadas las cuatro de la tarde cuando Viktor sintió la puerta de la entrada abrirse de golpe, y segundos después vio aparecer al adolescente con una cara de completo hastío. Incluso podía decir, sin temor a equivocarse, que su ojo izquierdo tenía un tenue tic y una pequeña vena hinchada adornaba su sien.

Plisetsky se tiró con poca elegancia a su lado en el sofá y le quitó el control remoto, para poner una película con harta sangre y tripas para tranquilizarse. Viktor le ofreció palomitas de maíz y sonrió divertido cuando el pequeño, con la misma poca elegancia, se echó un buen puñado a la boca.

Así estuvieron, en completo silencio, ensimismados en las escenas sangrientas que eran proyectadas. Ambos eran más parecidos de lo que querían admitir.

―Oye, anciano. ―Viktor miró en su dirección―. Tengo una visita que no llegará hasta la noche, así que puedes quedarte hasta como a las ocho si deseas.

Viktor asintió, agradecido. No quería regresar por el momento a su departamento y tampoco le hacía mucha gracia deambular solo por las calles de San Petersburgo, al menos no ese día.

Pasada media hora, Plisetsky volvió a abrir la boca.

―Nunca más comeré algo que cocines. Aún estoy cagando verde por culpa de tus intentos de chocolate.

Viktor sonrió.

―Yo estoy con una diarrea que ni con medicamentos se me quita. Y probé tantos chocolates esta semana que ya me harté de ellos.

―Eso no era chocolate, Viktor.

Llegada la hora, Yurio sin contemplación lo echó de su casa. Ni siquiera había tenido tiempo de molestarlo por la llegada de su visitante cuando estaba con su trasero sobre el pavimento.

Luego solo se oyó un portazo.

Sobándose el trasero adolorido, emprendió camino a su hogar. Sabía que tarde o temprano iba a tener que enfrentar a Yuuri y decirle lo mucho que su desplante de la mañana lo había lastimado. Solo esperaba que cuando volviera no lo recibiera con la misma frialdad, que ahí sí se le caería el pelo.

.

Emitiendo un largo suspiro, Yuri cerró la puerta y se apoyó en esta, como si toda la tensión anterior lo abandonara con esa acción. A su lado, un kazajo lo observaba en silencio.

―¿Qué sucedía con Nikiforov?

Plisetsky le dirigió mirada mucho más relajada que la que tenía cuando le abrió.

―Créeme, no lo quieres saber.

Otabek asintió sin cambiar mucho la expresión de su rostro. Se movió hasta ponerse frente a él, y sacó un paquete que, hasta ese momento, llevaba oculto tras su espalda.

―Toma, para ti. Feliz San Valentín, Yura.

Yuri abrió su boca por dos razones en ese momento. Estaba sorprendido, pues nunca se imaginó que Otabek le iba a regalar algo ―sea, él le había comprado algo para San Valentín, pero nunca se imaginó que recibiría algo a cambio―, pero ¿por qué debían ser chocolates? Llegados a ese punto, Yuri Plisetsky sentía una completa animadversión por esas cosas. Así que se quedó ahí, mientras miraba con ojos como platos el paquete transparente. Odiaba a Viktor por haberle provocado, en una semana, tanta repulsión hacia algo que antes le gustaba.

Otabek, al ver que el rubio no hacía nada, se impacientó.

―¿Vas a querer los chocolates, o no?

Ante eso, Yuri no tuvo de otra que recibirlos.

―G-gracias.

Bueno, tal vez si probaba esos chocolates, podría olvidar los malos ratos de la semana anterior.

―…

Esperen un momento, ¿acaso eso significaba que Otabek estaba haciendo el papel de chica?

.

Viktor se paró frente a la puerta de su casa. Eran las ocho y media de la noche. Si todo hubiera salido como lo había planeado, estaría cenando con Yuuri en el restorán más exclusivo de la ciudad, pero, por el contrario, estaba ahí, dubitativo de entrar a su propio hogar y con un dolor de trasero impresionante (Yurio sí que golpeaba fuerte).

Suspiró.

Quizás Yuuri ni siquiera estaba en el departamento y él hacía el idiota ahí fuera por nada.

Al abrir la puerta, se extrañó ante la extraña iluminación que había. Levantó su mirada y lo que vio lo dejó sorprendido, con la esperanza comenzando a nacer en su interior.

Frente a él tenía una mesa servida para dos, con un candelabro en el centro y con varias velas pequeñas puestas estratégicamente para iluminar el lugar. Todo denotaba el esmero con que había sido hecho.

―Viktor.

Siguió con su mirada aquella voz. Encontró a Yuuri parado frente a la ventana que daba al balcón, su mano extendida en un claro gesto de invitación.

Viktor fue a su encuentro. Sin importar lo que hiciera, él siempre iría a su encuentro.

Cuando lo tuvo al frente y lo pudo distinguir bien, sintió vergüenza cuando su ropa ―que no combinaba― hizo un claro contraste con la vestimenta del japonés. Con aquellos pantalones negros, camisa azul oscuro y el cabello peinado hacia atrás, Yuuri parecía la persona más atractiva del mundo. En ese momento, Viktor no por primera vez pensó que Yuuri era aquel galán que llegaba a la ciudad enamorando a todo aquel a su paso, enamorándolo a él sin remedio.

Se miraron a los ojos. Los orbes chocolate del japonés brillaban tiernamente. Viktor pudo notar que volvían a ser cálidos cuando entraban en contacto con los suyos.

―Feliz San Valentín, Viktor.

Se sorprendió ante el saludo. Y lo hizo aún más cuando notó que Yuuri tenía las manos extendidas, esperando a que tomara la caja que ofrecía.

Pero antes de eso…

―Entonces, ¿sí sabías qué día era hoy? ―El japonés asintió, luciendo avergonzado―. ¿Por qué entonces dijiste todo aquello? ―El pavo real interno de Viktor estaba cruzado de brazos, exigiendo una explicación.

Yuuri lo miró, no sin estar un poco molesto (¡estaba arruinando todo el momento!), pero era verdad, necesitaba una explicación, o al menos parte de ella.

―Porque soy un idiota inseguro. ―Y vaya que lo era, tanto así que aún le dolía el trasero de la patada voladora que le había dado Yurio cuando se vieron―. P-por cierto, los chocolates estaban deliciosos. ―Notó como la mirada del ruso resplandeció por un momento―. Ahora, abre el regalo.

Viktor, no satisfecho, quería seguir discutiendo (su pavo real interno exigía venganza), pero al escuchar la palabra regalo, supuso que podía esperar hasta más tarde, así que acató la orden.

Dentro de la caja encontró un reloj finamente elaborado. Lo tuvo entre sus manos y lo dio vuelta, por órdenes del japonés. Ahí, perfectamente tallado, unas pocas palabras se dejaban ver, unas palabras que hicieron que sus ojos se llenaran de lágrimas, para su completo bochorno. Ya era la tercera vez que lloraba frente a ese hombre, ¡maldición!

―Viktor ―el aludido dejó de mirar el reloj para posar sus ojos en el menor―, ¿quieres pasar una vida junto a mí?

No era una propuesta de matrimonio, ni siquiera le pedía que fueran novios, pero en realidad, ¿importaba? Con esas palabras Yuuri le estaba diciendo que quería estar toda su vida junto a él. Le estaba diciendo que no era el único que quería dar un paso más allá.

―¡Yuuri!

Katsuki suspiró, relajado y feliz, entre los brazos del ruso. Venía esperando por ese abrazo todo el día, mejor dicho, desde la semana pasada.

El abrazó pasó a ser beso solo segundos después, iniciado por un japonés que se sentía mucho más seguro que en otras ocasiones, enredando su lengua con un ruso que se sentía en el séptimo cielo en ese momento. De a poco, las caricias comenzaron a subir de tono. La ropa comenzó a ser estorbosa y en algún punto de todo aquello, ambos comenzaron a emprender camino a alguna habitación, dejando una cena olvidada sobre la mesa y un reloj sobre el sofá, en cuyo reverso estaban escritas unas palabras en un idioma neutral.

With all my love.

Yuuri.



Jan. 27, 2018, 6:51 a.m. 1 Report Embed 1
To be continued... New chapter Every Saturday.

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Post!
Yukiko Chan Yukiko Chan
Esto... ¡Esto es bellísimo! ¡Que le den el nobel de literatura! :'U
Nov. 29, 2018, 7:07 p.m.
~