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Espejismo

Lágrimas ahogadas,
sentimientos encontrados
Te he encontrado
o te estoy buscando
en un lugar inexistente,
en lo profundo de mi subconsciente,
con tu sonrisa
y tu mirada tan bobalicona
¿Quizá?
Te reías,
y como cada vez que te veía
—o estabas cerca—
tu risa se oía a kilómetros de distancia.
Te busqué, pero como siempre,
no te encontré;
aún cuando escuchaba tu voz,
eras invisible o estabas escondido.
No podía encontrarte,
o no querías ser encontrado
Todo era abstracto
extraño y ambiguo
Hasta que de una puerta saliste
y me sonreíste.
Me sonreíste con esa sonrisa
que sólo vos podías dar,
con tus dientes perfectos
blancos y delicados.
Una sonrisa cálida que me abrazó el alma
de una manera inefable.
Te abracé como jamás
he abrazado a nadie
como jamás te he abrazado,
y por dentro
me repetía cuánto te amaba
y cuánto te necesitaba,
aún cuando podía ser ficticio,
aún cuando quizá nada era real;
pero no me importaba,
yo disfrutaba y
te abrazaba con timidez,
pero con el amor
más grande del mundo.
El mayor amor
que podía darle a alguien.
Me preguntaste como estaba
y yo te sonreí tranquilamente
dándote a entender
que todo marchaba bien,
aunque no fuera así,
aunque estuviera rota por dentro
aunque estuviera hecha mil pedazos,
aunque me hundiera
en un mar de lágrimas ácidas,
pero no quería decirlo,
al menos no ahora
porque arruinar ese perfecto momento
era el pecado más grande
que cualquier persona podía cometer.
Te hablé de quienes me acompañaban
y te burlaste
como siempre te burlabas
Y yo me reí
aunque no debí hacerlo
porque estaba mal
pero no importaba
me reí y te sonreí
y cuando quise marcharme
—porque sabía que era hora de irme—
me seguiste el paso preguntando
“¿Cómo está tu vida?”
Y yo sé que en el fondo
vos sabías que no andaba bien
porque me conoces
como la palma de tu mano
nada ni nadie
me conoce mejor
porque vos más que nadie sabe
que uno solo se abre ante el mundo
cuando realmente entra (quizá)
en algún grado de confianza infinita
y yo lo hice
o intenté hacerlo.
Me seguiste el paso
subimos unas escaleras interminables
y aparecimos bajo
una noche estrellada
—como la de Van Gogh—
Nos sentamos en una pequeña pared
y te conté todo.
Te conté como nunca —todo, claro—
le conté a nadie
me abrí y lloré
y me consolaste
me consolaste como solo vos sabías
Conocías como hablarme
y como abrazarme
—aunque rara vez lo hicieras
porque siempre querías guardar
esa postura de persona fría
aunque bien supiéramos que no lo eras—
que palabras decirme
y qué sonrisa dar
y yo te amaba a cada instante
te amaba a cada segundo y minuto.
Te reías
con esa risa risa que me encantaba
porque tu risa era perfecta, claro
y yo te miraba tiernamente
deseando por dentro poder decirte
lo mucho que te había extrañado
el ángel que eras para mí
aunque yo no creyera en ángeles
no importa, eras uno
Y si, eras un rayo de luz
en este momento tan oscuro
en dónde me encuentro perdida
con el camino marcado (quizá)
pero sin saber cómo seguir
sin tener fuerzas para hacerlo
pero parecía...
¡Parecía que tú sonrisa
me dió las fuerzas que buscaba!
y ahí seguí
te observaba atentamente
aunque no te escuchara
porque el ruido de la fuente
que había en quien sabe dónde
no me dejaba hacerlo
era tan potente que me estorbaba
y me fastidiaba
pero con calma me pediste
Que nos levantamos y nos fuéramos
y yo te obedecí
porque sí.
No por sumisión,
sino porque quería oírte mejor
y apreciar cada palabra
que salía de tu boca.
Seguiste hablando
pero no recuerdo de qué
quizá estaba muy sumergida
en lo profundo de tus ojos.
Se que algo malo y triste dije
pero con calma me respondiste
señalando al cielo estrellado
la estrella más resplandeciente
y dijiste que esa era yo.
Una solitaria
pero con brillo especial
con fortaleza
con poder
con autoridad
¿Y si yo realmente era así?
Quizá siempre me lo dijiste
y jamás lo escuché
pero no importa
eso me llenó el alma
de una alegría inefable
cómo un puro de espíritu
que se sumerge en la meditación.
Y llegó el final...
¡Otra vez la despedida
que tanto me costó darte!
Era hora de irme,
me buscaban y yo tenía miedo
aunque realmente no supiera de qué
o quizá sí.
Esos monstruos que me atormentan
desde el día que me conociste
aún estaban ahí
pero yo te sonreí
y volví a abrazarte.
Me dijiste que hablaríamos por celular
aunque odiaras los mensajes
y las llamadas internables,
me lo dijiste con seguridad.
Y esperé
Y esperé.
Pero jamás llegó nada.
Parecía que de golpe
habían pasado los años
eras más viejo
y yo más madura
aunque siempre me dijiste
que lo había sido
yo sé que ahora lo era más.
Después de la espera
me llegó el esperado recado.
Me hablabas de lo mal
que te sentías
y no entendía porqué.
¿Los angeles también sufren?
¿Los ángeles
cuya existencia se encuentra plagada
de perfección y gloria
también conocen el dolor?
Que triste te sentía,
porque nadie estaba a salvó de él
Y ahí me acordé
de cada momento duro de tu vida
y me puse en tu lugar
cómo cuándo vos me consolabas
y te di palabras de aliento
sonrisas cariñosas
aunque no las vieras
pero sabía que te las transmitía
Y ahí me desperté.
Me despierto sudando
con angustia en el pecho
y un dolor agudo abstracto
no quería despertar
quería quedarme allí
para siempre
no volver a la realidad
no volver a la vida
y tener a mi lado siempre
al sujeto omnipotente.
Aunque no estés
no me importa.
Quería vivir
en aquel cuento
que mi inconsciente
había generado
para darme
una satisfacción momentánea.

Jan. 14, 2018, 11:06 p.m. 0 Report Embed 0
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