Eva Follow story

javier-nadal-escritor Javier Nadal Escritor

Coge ese puto dinero. A la mierda las princesas tímidas y encantadoras. Despierta, chica. Vamos a llegar a las montañas, al cielo, a la mismísima luna.



Erotica For over 18 only.

#amor #eva #libertad #drogas #sexo #parafilias
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Eva Parte 1

Estoy tumbada en la cama vestida sólo con las bragas. Tengo los dedos pegajosos de comer embutido con las manos. Mis labios húmedos y carnosos están recubiertos de una fina capa de grasa animal. El olor a alcohol de mi aliento penetra en mis fosas nasales. Me siento en paz.
Estoy con él, un tío que conocí esta misma noche y con el que de alguna manera ha surgido un cariño y una confianza espontáneos. Estamos los dos desparramados sobre la cama. Intercambiamos el relato de nuestra vida y nuestra cosmovisión. Filosofamos, debatimos y juzgamos y todas las palabras, salgan de mi boca o no, captan mi atención completamente. Semidesnudos, alineados por la casualidad, ebrios y satisfechos sexualmente, las frases surgen de una manera fluida y natural y la charla, calmada y sabia, se alarga y se alarga. Él tiene una barba fina e incipiente y unos ojos negros llenos de maldad, de furia, de arrepentimiento, de contradicciones. Su pelo es una llama congelada, su cuerpo limpio y delgado de músculos marcados y marcado por cicatrices que la inquietud y las uñas afiladas han compuesto a base de arrancar costras y de recibir golpes, como una especie de tortura y suicidio en miniatura. Ese cuerpo lleno de inteligencia me habla con reminiscencias de un ideal perdido en algún lugar de la historia pasada, cuando belleza física y espiritual se aunaban para colmar a seres perfectos y enorgullecer a unos dioses inspirados. Lo observo hablar y me resulta hipnótico, y me hace recordar y narrar. Le empiezo a contar y mis labios empiezan a moverse, a escenificar la secuencia física de mi historia:
-Yo antes era una persona triste, una persona tan triste… No puedes ni imaginártelo. Si me hubieras visto en aquella época habrías flipado. Era como contemplar a una emperatriz, una vez desposeída de su dominio, rebuscar entre la basura y las heces un poco de comida podrida. Era como ver a una bruja y hechicera que ejercía su sabiduría a niveles de consciencia suprahumanos babear frente al televisor, agotada por la presión de un trabajo mecánico e intensivo. Como una amazona sometida con correa y obligada a caminar a cuatro patas el resto de su vida. Eso era yo.
Trabajaba en un bareto de mala muerte donde los hombres me decían asquerosidades y me manoseaban el culo cuando iba a retirar sus copas vacías. No tenía otro remedio. Odiaba a mis padres y vivía alquilada con el novio que tenía por aquella época, un ser humano disminuido y sombrío con el que compartía una especie de depresión conjunta. Ser guapa, pese a todo, era mi mayor adversidad. No disfrutaba de mi belleza. Mis atributos eran los que hacían que todos aquellos hombres se fijaran en mí. Todas aquellas cucarachas con colmillos, todas aquellas sonrisas lúgubres que al verme afilaban sus dentaduras y cuyo crepitar me mantenía abrazada a la almohada y analizando mi destino, con los ojos creando fantasmas o toda una vida por entonces inexistente para el resto de mi cuerpo, que suplicaba libertad de una manera que mi mente no comprendería hasta mucho después.
Mi belleza fue el motivo de que me cruzara con él y posara su vista, plagada de dientes, sobre mí. Debe ser la belleza la que hace que las presas sean el centro de atención de sus depredadores. Se trataba de mi jefe en aquel bar de mala muerte. Un hombre rechoncho, peludo y apestoso empeñado en embutirse en trajes y sumergirse en perfumes para intentar camuflar su vomitiva presencia, para tratar de convencerse de que la grasa que sudaba a mares por los poros de su piel no era la misma que en la que está envuelto el embutido al extraerlo de su envoltorio. Su aspecto era el de un inmenso trozo de panceta aceitoso con camisa y pantalón de vestir.
Primero me declaró su amor. Le rechacé amablemente, hasta con cariño y compasión, pero él lo tomó como un insulto. Interpretó mi negativa como una humillación. Después de eso, tras enjuagarse las lágrimas en el agua salada del baño, debió ver por primera vez, claro y límpido, al enorme tocino sudado que era en el espejo de aquella pocilga que regentaba. Te juro que intenté ser amable, pero ninguna mujer podría enamorarse de un hombre así. Fanfarrón, materialista, uno de esos hombres que creen que todo puede obtenerse y construirse con dinero.
A partir de ahí empezó mi pesadilla. Se dedicó a hacerme la vida imposible. Me bajó el sueldo y me culpaba a gritos continuamente y de manera exagerada por supuestos errores que ni siquiera había cometido. Una vez me hizo entrar en uno de los cuartos privados a expensas del público y allí me abroncó hasta hacerme llorar y llorar mares. Decía que los clientes y mis compañeros se quejaban de mi, que no era lo bastante servicial y que iba demasiado a lo mío, que allí se trabajaba en grupo y que había que tener siempre una sonrisa en la cara como acompañante de lo que demandasen los clientes. Por aquel entonces ya estaba bien sumida en mi propio infierno, acababa de cortar con mi novio porque no me sentía con fuerzas de pensar en algo más que en mis propios fantasmas. Estaba viviendo sola y no me quedaba ninguna amiga con la que pasar mis ratos libres en compañía; con todas había perdido el contacto o estaban estudiando o trabajando fuera.
Mi jefe también tenía una parafilia sádica relacionada con la mierda. Le encantaba que yo fregara los retretes. La primera vez que tuve que limpiar los restos de mierda de decenas de clientes incrustados por todo el váter, los meados derramados por todo el suelo que llegaban hasta la puerta, impregnándome por completo de ese olor a borracho patético que no sabe ni sujetar su diminuta minga ni apuntar con ella correctamente al lugar habilitado, me eché a llorar otra vez. Con guantes de látex, una escobilla adornada con fragmentos de heces como joyas engarzadas de un olor nauseabundo, mezcla de alcohol y tripas enfermas, con el hedor a orina entrando por mis fosas sin dejarme respirar, me dije a mí misma: “Esto es lo que eres. Meado pestilente, mierda, un montón de mierda nauseabunda”. Y las lágrimas no paraban de brotar y mezclarse con todos aquellos líquidos y vapores.
Por suerte no acepté las invitaciones de ninguno de los vomitivos clientes del bar. No me fui con ellos, no bebí de su dinero, no entré a sus casas, no me dejé penetrar por aquellos penes marchitos apuntalados y alzados a base de fantasías de humillación y sometimiento. En esos asquerosos todo se centra en los genitales. No besan, no acarician, no pronuncian palabras agradables, todo gira en torno a que salga su chorrito de semen turbio de sus testículos flácidos.
Para sumarse a todo aquel panorama, mi jefe empezó a tocarme cuando me cambiaba. Entraba al cuarto de los empleados y se manoseaba el paquete y me miraba fijamente mientras yo me desvestía y vestía para volver a dormirme en aquella pesadilla. Y si me pillaba desprevenida y al margen de la mirada de clientes y compañeros me manoseaba, me daba cachetes en el culo al pasar, intentaba besarme o sencillamente intimidarme con el relato de lo que me haría cuando al fin estuviese en la cama conmigo. Me ofreció dinero a cambio de chupársela en los servicios varias veces, y todo lo que te estoy contando era una constante todo los días de aquel infierno tan particular. Volvía a casa deshecha tras cada una de esos jornadas, no podía dormir porque no podía parar de llorar, y no era un llanto normal, sollozado, silencioso. Era el aullido de una loba directo al núcleo mismo de la luna. Vomitaba de los nervios. Empecé a adelgazar. Sentía que se hallaba dentro de mi toda la carga de la humanidad, toda la tristeza de la superficie de la tierra. Las plantas arrancadas, los animales apaleados, colgados boca abajo y desangrándose lentamente, los cuerpos maltratados y mutilados. Todos los lamentos se hacían conscientes en mí mientras el planeta luchaba por eludirlo. Sentí que me ahogaba allí adentro. No podía salir a la calle ni relacionarme con nadie, ni siquiera mirar a mis semejantes a la cara. Sus pupilas estallaban en mi pecho provocando convulsiones demasiado evidentes. Mis gritos y llantos desgarradores intentaban liberarme del mal que sentía , del inmenso cúmulo de basura que yo avistaba con sólo detenerme ahí dentro, en el centro de mi autopercepción y del universo mismo. Estas expresiones emocionales y convulsivas no las había visto jamás en ningún otro ser humano. Mi terror, por tanto, se reproducía a la vez que mi enfermedad. Caía por un abismo que no me aniquilaba, sólo me alejaba de los demás. Comprobé verdades que me aterroriza narrar. Comprendí que estábamos perdidos, que todos sin excepción estábamos condenados, que no había esperanza para la humanidad. Viví mi martirio a escondidas, sabiendo que nadie podría comprenderlo, pues empezaba a desvincularse de mis propias circunstancias vitales. Los ojos, la boca, las arrugas faciales producto de la expresión se disociaban tomando su propio camino independiente. Las caras de las personas ya no significaban nada para mí, ya no irradiaban ninguna cercanía ni lejana similitud. Las extremidades se disociaban del tronco y los cuerpos se convertían en piezas sueltas de carnicería y perdían todo su atractivo sexual. Me mareaba y vomitaba por no poder empatizar y participar de lo que me rodeaba. Algún día yo habría sido una niña, algún día no fui una enferma, algún día estuve en paz y tranquila sin tener que llorar todo el tiempo para sentirme humana y digna, una persona con esperanza. Antes me habría bastado tan solo con caminar y mirar mi reflejo. Ahora en él sólo veo esquinas.
Un día que me manoseó el culo delante de todo el mundo, rompiendo ya la última de las barreras y su único miedo, convirtiendo la humillación en un acto público, le solté una bofetada. Empezó a reírse. Renuncié al trabajo aquel mismo día, le dije que iba a denunciarle. Él no paraba de reír. “En unas semanas te tengo de vuelta aquí. Llama cuando te veas sin pasta suficiente, recuerda que solo aquí se te quiere, cariño”. Sólo tenía razón en una cosa: en que estaba bien jodida. En aquel sitio me pagaban muy bien y cobraba muchas propinas por convertir mi cuerpo en un urinario público. Mi cuerpo y mi belleza sólo servían para eso, para tener trabajo donde la asquerosidad del hombre reinaba en su altar, sin turbantes ni cadenas, donde te invitaban a salir y te manoseaban y violaban con la mirada o te dedicaban palabras que sus mismas madres al escucharlas habrían abortado al instante.
No sabía qué cojones iba a hacer. No quería volver a trabajar de nada que anteriormente hubiese ocupado mi tiempo. Al cabo de unos días que pasé bebiendo cerveza en la cama, maldiciendo mi suerte, paseando lágrimas y gastando un rollo de papel higiénico diario para secarlas, sonó mi teléfono. Era Eva, una chica que había entrado al trabajo semanas antes de que yo renunciara y que conocía mi historia. Me dijo que tenía todo su apoyo y que podía quedarme en su casa si no tenía dinero para pagar un alquiler. A las dos semanas, con el comienzo de mes y mi cuenta bajo mínimos, me mudé allí. Vivía en un ático sólo para ella, con una terraza enorme con plantas de todos los colores y formas y enredaderas que trepaban por las paredes y cubrían la estancia del sol y el calor excesivo, y permitían la entrada sólo a estímulos agradables para el oído y la piel humana. Había una fuente de piedra de la que manaba agua todo el tiempo de la boca de un pez de grandes dimensiones abrazado y capturado por un querubín alado. Me sentaba a leer y a reflexionar escuchando aquel rumor incesante del curso del pequeño manantial y me permitía relajarme un poco. Hasta había días que no necesitaba el llanto para aliviar mis nervios.
Eva me cuidaba. Me decía que me quedara allí cuanto quisiera. En aquella terraza me daba masajes en la espalda que me dejaban semidormida en sus brazos. “Yo- me contaba- vendo cocaína y hachís. Al principio se trataba de un sobresueldo, actualmente es mi principal fuente de ingresos. Puedes vender tú también. Estoy en el bar por tener un dinero extra. Quiero comprarme un terreno en la montaña y construir una casa yo misma en él, lo más alejado posible, donde sólo escuche el juego de los pájaros y el rugido de los bosques, y donde pueda llevarme dos o tres personas conmigo con las que compartir un estilo de vida distinto. ¿Has estado sola de noche en un bosque alguna vez? La oscuridad no asusta y la luz de la luna se filtra entre los árboles, y te sientes alumbrada por el mismo Dios y cada paso que das está lleno de misterio y acompaña a los latidos de tu corazón”.
A las dos semanas estaba vendiendo yo también. Siempre imaginé la vida del camello como peligrosa y relacionada con personas horribles y siniestras de rostro demacrado y silencioso, pero en realidad era bastante aburrido. Ella me cedió algunos clientes para que pudiera comenzar. Venían a casa o quedabas con ellos en un punto, tenías un rato de charla cordial, os dabais la mano y cada uno tenía lo que quería. “Sólo tienes que entrar en esos círculos. Sólo tienes que relacionarte con gente que consume, ser amable, estar siempre disponible. Su carácter compulsivo y vicioso hará lo demás. Tu número irá girando. Pronto tendrás decenas aporreando tu teléfono, hablando lenguajes cifrados, poniendo en funcionamiento la economía”.
Un día interrumpió de repente mi naufragio diario en aquella pequeña fuente. “Ven conmigo un momento, quiero enseñarte algo”. Eva me condujo hasta su habitación. Abrió un armario gigante de madera lleno de ropa. Lo que parecía la pared de fondo de este mueble con un sencillo gesto se convirtió en una puerta corrediza que ampliaba su capacidad ostensiblemente. En este espacio adicional y oculto había joyas, sobres que aparentaban contener dinero en efectivo y carpetas con fundas de plástico transparente a rebosar de papeles sellados escritos a ordenador, en los cuales no nos detuvimos ni el más escueto instante. Lo que parecía el final se convirtió en entrada de nuevo, de una forma mucho más compleja que la anterior. “Hubo que hacer estos apaños de seguridad, he tenido más de una vez a la policía abriendo puertas en esta casa”.
Tras aquella segunda pared estaban todos aquellos paquetes de cartón precintados con cinta transparente hasta el delirio. Eva se sacó una navaja del bolsillo y abrió uno de ellos. “Tienes que empezar a labrarte tu independencia económica. Empezarás con alguno de mis clientes, después ya irás progresando por ti misma, yo puedo conseguir cuantos necesite. Mi trabajo en el bar para ese asqueroso es sólo una excusa para declarar a hacienda y que me dejen tranquila, además lo tengo cogido por los cojones. Ninguna mujer solitaria, sin raíces ni nómina puede vivir del aire. Hay que construir murallas para ocultar la verdad, puntos muertos donde el poder no alcance a ver ni consiga adentrarse. El fondo marino de la delincuencia. Los lugares donde la presión en el interior del agua es tan elevada que impide a cualquier tecnología humana ni siquiera avistar lo que allí sucede deben estar poblados de seres hermosos que viven bajo el único dominio de su libertad. En estos paquetes hay casi trescientos mil euros. ¿Nunca habías visto tanto dinero junto, eh? ¿Has visto las noticias? Esta basura es muy adictiva, barata y los efectos degenerativos se manifiestan muy lentamente. Un pobre desgraciado puede darte muchísimo dinero antes de necesitar una desintoxicación por haber liquidado sus ahorros y haber vendido su anillo de compromiso. ¡Puede darte tanto dinero mucho después del divorcio y el falso libre albedrío en el vicio y la autodestrucción! Cariño, tú y yo haremos lo que queramos con esta vida. No volveremos a trabajar y escucharemos los pájaros y el murmullo ancestral del viento entre los árboles cada día, cada noche desentrañaremos un enigma”. Y esa fue la primera vez que Eva me besó. Y fue un beso cálido que no comprendí, que achaqué al cariño recién surgido entre nosotras y a la emoción por revelarme aquel secreto.
Una noche regresé a casa y la encontré ataviada con un vestido muy ajustado y unos imponentes zapatos de un grueso tacón negro que parecían poder conmocionar la médula espinal de un hombre sólo con chafar con seguridad el suelo. Estaba pintándose los labios y peinándose mientras se observaba con perspicacia y una sonrisa en el espejo. “Saca la botella de vino blanco que hay en el último estante de la nevera, sírvenos dos copas y ponte guapa- me dijo-. Hoy vamos a divertirnos”. Me di la vuelta para cumplir con todo lo que ella había dispuesto para ambas. “Escúchame, bonita, casi puedo leerte el pensamiento. Sé que toda tu vida has sido un animal indefenso a merced de los depredadores, que la huida ha sido tu única arma, pero voy a decirte una cosa. Una gacela podría propinarle una estocada letal a un león acechando y esperando su sueño en la oscuridad. Incluso podría devorar el cadáver y aprender a disfrutar de un placer que en principio debería resultarle antinatural. Ningún ser vivo fue dado a luz sobre la faz de la tierra configurado para repetirse durante el resto del árbol genealógico. Los genes son resultado de un proceso acumulativo e igual que tú eres débil, ellos también lo son. Esta noche vas a encontrar tus propios clientes. Sólo tienes que preguntar, hablar, relacionarte. Luego ellos necesitarán lo que están predestinados a recibir. Y tú y yo nos haremos ricas, ricas para comprar no la libertad, sino la posibilidad de ser libres. Es un trabajo sencillo y divertido, pero debes buscar siempre los puntos muertos, siempre los pasadizos y los fondos marinos, donde la presión es tan elevada que la ley y la moral no pueden utilizar sus sentidos”. Al cabo de unas horas y un par de botellas de vino estábamos dentro del lugar. Era una discoteca con varias barras donde seguían sirviéndonos toda clase de alcohol de alta graduación. Eva conocía a las chicas de la barra, que se bebían con nosotras las copas a las que nos invitaban de una forma interesada, ridícula y sin ingenio cualquiera de los hombres que nos veían reírnos a carcajadas en la barra mientras brindábamos, y nuestros exquisitos cuerpos vibraban por la alegría espontánea y momentánea. Recuerdo llevar bolsitas de plástico con la sustancia escondidas en el coño y el sujetador, hablar y vendérselas a un montón de tíos. Recuerdo a uno de ellos, un individuo fornido y varonil, llevaba camiseta y vaqueros, no iba nada arreglado. Nada más entrar al retrete para cerrar la transacción se mojó el pelo en uno de los grifos para tratar de domarlo con sus torpes manos bajo la luz a punto de apagarse y rodeado por el humo. Tras darle la mercancía me agarró de la cintura y me besó, primero en la boca y después empezó con las tetas. Quería devorármelas, quería adorarlas, las besaba de una forma tan delicada y asquerosa, elevándolas con las palmas de sus dos manos hacia sus labios gruesos y húmedos. Yo solté un gemido profundo de desesperación que me sorprendió a mí misma. ¡Para, dios, para! Salí de allí acalorada, corriendo a contarle a Eva lo que acababa de pasarme. “Veo que aún no sabes en qué sitio estás. Voy a presentarte a unos amigos que acabo de conocer – me contestó ella-. Esta es mi amiga, está bastante borracha, no sabe todavía salir a divertirse”. Uno de sus amigos era el hombre de los retretes que había intentado propasarse conmigo.
Al cabo de unas horas más estábamos en el salón de casa de Eva. Ambas postradas en el suelo desnudas, yo con ese mismo hombre encima y ella con otro de sus amigos. Era noche de luna llena y su radiación blanca iluminaba con precisión la estancia y los rasgos de nuestros rostros y los huecos de nuestros cuerpos con crudeza. Alumbrados por el mismo dios, ese hombre me penetraba y cuando todo su miembro se introdujo en mi vagina noté bullir un caldero de magma que luchaba por emerger por la superficie terrestre de mi piel. Observé en sus dos ojos inequívocamente las dos lunas que marcan el camino de la excitación. Nuestros ojos permanecieron unidos en todo momento. Me agarré con mis piernas a su fuerza, le envolví con mis muslos y él me mordisqueaba y me lamía el cuello y la cara, provocándome heridas y moratones. Por primera vez me sentí poderosa siendo capturada, por primera vez la presa se convirtió en el depredador. Apreté y le estrangulé con mi vagina y él empezó a eyacular. Noté como se desinflaba, como se sometía y se deshacía ante el yugo de mi placer. Lo escuché gemir enloquecido y sus gemidos se convertían en ráfagas de clavos que avivaban viejos recuerdos. Continuó follándome sin poder detenerse, presa de una espiral de carne que desdibujaba los contornos de los cuerpos y le ponían boca y grito a cada poro de la piel. Incliné la cabeza a un lado y allí estaba Eva, gozando rendida contra el suelo, con el varón enloquecido apretando sus pechos, buscando su corazón, intentando devorar el centro de su vitalidad, postrada y triunfante entre espasmos. Encontré sus ojos, que junto a los míos flotaban como vapor de incógnita, dispuestos a caer sólidos en cualquier momento sobre muelles con el cuello colgando y entre la vida y la muerte, sonriendo a un amago de iluminación y autoengaño. Besé sus labios abiertos y grandiosamente refulgentes, inflados de color y éxtasis. Lamí sus labios y su lengua como si le lamiera el coño y juntas llegamos al orgasmo, juntas hicimos llegar al éxtasis de nuevo a nuestros dos esclavos y nos levantamos, nos abrazamos y nos besamos con desesperación, como se besaría a un poco de agua, como se besaría a dios en el cielo, mientras la luna nos señalaba como el centro del infinito de las galaxias, como el ejemplo para un universo incomprensible. Los dos hombres cayeron al suelo extenuados, deshidratados, hambrientos, mareados y colmados. Nosotras nos alzamos en un amor que aún resonará tiempo y tiempo después de perdernos en el laberinto de nuestras muertes.
Me desperté a la mañana siguiente con un dolor de cabeza irresistible y con Eva hurgando en las carteras de aquellos hombres. “Tú rebusca en ésta y revisa los abrigos, éstos van bien cargados. Y no te preocupes, lo que había en sus copas es suficiente para tumbar al diablo”. Abrí la cartera que Eva me había dado sin comprender nada. “Eva – le dije-, esto no está bien. Aquí habrá más de cuatrocientos euros. Dios, ¿quién es toda esta gente? No puedo hacerlo, han sido buenos con nosotras, o como mínimo inofensivos”. “Y esto- contestó ella- es lo que pagó tu hombre por ti. Escúchame, a la totalidad de personas que te rodean se la suda lo que te pase. Podrías morir mañana y no soltarían una lágrima y los comercios abrirían igual. No hay nadie inocente. Con su pasividad y su bondad convierten el mundo en lo que es: una basura. Con su sumisión y con su cobardía, con su insulsez y su crueldad civilizada son culpables presentes de cada instante de sufrimiento que padecemos las personas sensibles. Yo me río de todas las revoluciones de masas que salen a la calle a demostrar su propia impotencia, cercados por la autoridad y enarbolando la bandera del pacifismo. Yo me río del que pretende liberar a las masas, ya que es incapaz de emprender su propia liberación. Yo he visto el desinterés de mis semejantes hacia su propio destino, he vistos a los seres humanos en actitud pasiva y de resignación ante su propia tortura y destrucción particular por parte del engranaje de esa colosal maquinaria social que ya ni entendemos ni controlamos. Niego mi ayuda a todo aquel que no luche por su propia alma, que esté comprometido con su libertad hasta las últimas consecuencias, hasta límites inhumanos. Sólo amo a aquel que no comprende su rebelión y se deja guiar por fuerzas puramente instintivas que le conducen por trayectos cuyos laberintos ondulan y moldean todas sus cualidades a cada momento, y que aprovechan puntos muertos del sistema para poner en práctica su libertad. El mecanismo del dinero, lejos de ser un secreto para nosotros, está supeditado a nuestros deseos y mientras los ciudadanos, despreocupados de su suerte, recogen basuras, sirven platos de comida y conducen a gente en taxis y autobuses, siempre al servicio del otro, nosotros contamos billetes que hemos obtenido utilizando nuestro propio ingenio y dotes sobrenaturales, igual que Cristo convirtió agua en vino, igual que la transmutación en los procesos alquímicos, compramos con dinero no asalariado la creación de microclimas libres, invisibles para el sistema. Coge ese puto dinero. A la mierda las princesas tímidas y encantadoras. Despierta, chica. Vamos a llegar a las montañas, al cielo, a la mismísima luna. Él podría haberte tenido gratis, pero al no creerse capaz tras de su máscara de hombre repugnante y acomplejado, de pseudohombre encorvado y desdibujado, escogió comprarte. Tú creías ser amada y sólo eres mercancía. Yo te enseñaré lo que es el amor, aunque todavía hoy sea imposible definirlo con palabras”.
Y cogí el dinero, todo el dinero, y gané una barbaridad indecente de euros esa misma noche, mucho más de lo que cobraba trabajando un mes en aquel antro del que ya sólo me quedaba un vago recuerdo. Cuando ellos al fin despertaron nosotras estábamos ya vestidas de andar por casa y sumergidas en vaguear o en labores domésticas. Les acompañamos a la puerta. Todavía se encontraban bastante aturdidos, y Eva me aseguró que no recordarían nada de todo esto al cabo de los días. Ella se despidió con un morreo y un sobeteo de paquete. Mi hombre me besó, yo traté de corresponderle pero emergió de mí una sonrisa amarga.
Cerramos la puerta. Yo estaba aturdida. No sabía si aquello que había sentido con aquel tío había sido real o una invención mía. Él había pagado por echar un polvo. Yo había sentido pasión y hasta un poco de cariño y… no sé… amor. Era algo muy extraño. “Cielo- comenzó ella otra vez, como un trueno que te despierta de la peor de las pesadillas-, lo tenemos todo. Esto es una nueva forma de hacerlo. Follamos con quien queremos, follamos con deseo y nos corremos a mares, elegimos quién y cuándo nos penetra, y encima cobramos. Ese es el camino, cariño, y así llegaremos hasta nuestra vida en la montaña. Tú y yo y gente como nosotras que lo comprendemos todo, que jugamos con todo. Lo que me gustó de ti la primera vez que te vi, cuando te veía pasarlo mal en aquel bareto asqueroso, cuando soportabas las humillaciones y te sometías, es que aún conservabas, aunque tú no eras consciente, aquella furia en la mirada, aquel calor y aquellos movimientos espasmódicos de perra que se retuerce con su correa, que cree que el metal de su correa es carne que puede romperse con machetazos de fuerza. Hay seres humanos sumisos por naturaleza. Tú no. Tú tenías ese orgullo y esa dignidad en tu mirada, aunque te escupieran y te mearan el cuerpo todos los días. Somos tú y yo, cariño, y vamos a ser muy felices”. Eva se tomó muy en serio mi instrucción como sujeto liberado.
Aquello que me sucedió la noche anterior se repitió innumerables veces más, con multitud de variantes, con infinidad de hombres y mujeres. Me volví adicta a la noche, a las bebidas y a aquellos rituales sexuales oscuros con trasfondo puramente económico. Podría contarte tantas historias fascinantes cuya narración sólo serviría para describir el mismo estado vital. Pretendía desfigurarme el cuerpo a base de follar, quería que el sexo limpiara mi cuerpo, trastornara mi mente. Abrir mis puertas de par en par a todo aquel que creyera poder hacerme dejar de pensar y sentir todo lo que me era habitual. Los colores, las formas, la densidad del aire, la opacidad de mi piel, todo cambiaba y se trastornaba a cada polvo. Orgías multitudinarias, aberraciones, sexo entre las velas provocando los alaridos y los espasmos más desquiciantes. Heces, orina, sexo con gente deformada o al borde de la muerte.
Me acostaba con cientos de tíos cada semana. Todos los hombres que me follaba me procuraban doscientos euros como mínimo por cabeza. Éramos mejor que prostitutas de alto standing, teníamos el mundo del dinero y los varones doblegado a nuestros pies, y todo aquel dinero se acumulaba, no se gastaba. Sólo comía y bebía y me arreglaba y cambiaba de bragas para seguir recibiendo amantes. Éramos tan guapas que daba igual que no hubiese comprado un vestido nuevo desde hacía meses o que hubiese noches que ni siquiera me maquillara para buscar clientes. Entre la droga y los hombres íbamos a comprar nuestro paraíso con aquel dinero.
Una mañana, después de que Eva y yo nos hubiésemos acostado con cuatro hombres más y los hubiésemos despachado, caí gravemente enferma. Me pasé dos semanas con fiebre muy alta, delirando y sin poder moverme de la cama. Chillaba y volvía a llorar en sueños. El cuerpo me ardía y sufría convulsiones, mis tetas estaban duras y me dolían todo el tiempo, y mi coño no paraba de segregar un líquido espeso y oloroso, tenía que cambiarme de ropa interior varias veces al día. En uno de aquellos sueños turbios y tortuosos tenía que repetir toda mi vida de nuevo: volvía a pelear con mis padres, volvía a trabajar en el antro, conocía a Eva de nuevo y retornaba, uno por uno, a todos mis anteriores movimientos. Sólo que en el sueño no me causaban ninguna emoción o sobresalto. Lo vivía todo con distancia y extrañeza, como si aquello ya no me perteneciera, como si formara parte de la historia de una mujer penosa y desgraciada que nada tenía que ver conmigo. Eva durante todo ese tiempo me daba medicamentos, me arropaba, me cambiaba de ropa, me daba de comer y me colocaba paños fríos sobre la frente y me sumergía en la bañera cuando la fiebre era extrema.
Cuando ya me encontraba en un estado casi óptimo y estaba en la cama reposando, con la enfermedad dando sus últimos coletazos, Eva se sentó a mi lado y comenzó a hablarme. “Joder, bonita, menuda semana me has hecho pasar. Parecías poseída por el diablo, pensaba que te morías. ¿Cómo iba a llevarte al hospital? ¿Cómo explicaría las heridas por el cuerpo, por el coño, cómo explico todo eso que te sale por tu agujero? Seguro que descubrirían una nueva enfermedad. Nunca había visto nada así”.
Eva me dio un beso y yo le correspondí. Me dio otro beso, y otro y otro y trató de darme uno más y la detuve. “Eva, escúchame- le dije- yo no quiero esta vida. Te conozco desde hace sólo unos meses y has hecho tanto por mí… creo que podría llegar a vivir siempre así, dejándome llevar por ti… pero creo que tengo que irme, no sé por qué pero tengo que irme, no me gusta que nadie me dé dinero por acostarse conmigo y… no sé… quiero crear mi propio camino. Debo de ser estúpida o algo así, pero estoy segura de que nos encontraremos en la montaña, en esa casa en la montaña, que al final llegaremos las dos por laberintos distintos”. “Bueno- respondió ella- deja de decir estupideces. Voy a preparar la cena. Puedes ducharte si quieres, te sentirás mejor. Así te cambio las sábanas, llevas días ahí tumbada y apestas”.
Yo estaba hablando en serio, así que cogí la maleta y empecé a meter mis cosas mientras la escuchaba trastear en la cocina. Empecé a llorar mientras oía chisporrotear el aceite de la sartén y antes de largarme por la puerta traté de despedirme. “Oye, me voy de verdad. Nunca me olvidaré de ti”. “Cuando te canses de este numerito sube y dúchate, la cena estará hecha. Ni siquiera se te ha pasado la fiebre, no convendría que salieras a la calle, pero, en fin, supongo que estás ansiosa después de tantos días encerrada”.
Y me fui para siempre y fue la despedida más idiota de mi vida. Pero si algo había aprendido de Eva era a seguir las corrientes y marejadas de mi cuerpo, y esta vez me decían que aquella mujer no era buena para mí, que nuestra historia acabaría mal, que acabarían pillándonos. Que me la jugaría, que no era buena persona, que se quedaba parte del dinero que yo ganaba, que era incapaz de confiar en mí, que la había pillado metiéndose de esa mierda, que me mentía para engordar su capital porque tenía otros planes de futuro que no me incluían, que se tocaba mirándome mientras yo deliraba en mi enfermedad. No sé.. supongo que era cierto que aún tenía fiebre y con mi enfermedad y mi equipaje me largué, entre lágrimas por enésima vez, no hacia algún destino concreto sino lejos de todas las posibilidades experimentadas que no me saciaban. Pero, ¿quién cojones puede saciar a un ser humano? Ni todos los ríos ni lagos, ni todos los banquetes, festines y bacanales juntos, ni todas las anatomías disponibles, enmarañadas en un ovillo de placer. Volvía a estar sin nada más que la nada, aunque el dinero que tenía me daría para vivir holgadamente un tiempo.
No. No podía soportar que me fallasen otra vez, que otra vez mi realidad me traicionara y se volviera en mi contra, incluso que Eva se volviera mi enemiga. Prefería huir y no verlo nunca, soñar con que todo fueron alucinaciones mías, que todo habría salido de la hostia y ahora tendríamos nuestra montaña y nuestros cuerpos desnudos.
Me voy porque siento que nos van a pillar en cualquier momento con el tema de vender. Me voy porque lo necesito para encontrar mi camino y cruzar las puertas que tú me abriste. En el fondo así deberían de ser todas las personas, capaces de abandonar toda su existencia por una intuición.
El dinero me duró para sobrevivir más de un año sin trabajar. Estuve viviendo en unos apartamentos en las afueras, edificios de puertas pesadas y paredes gruesas donde nunca escuchabas ni te cruzabas a los vecinos. El rellano, el ascensor y las escaleras estaban siempre impolutos, con un hedor a hospital cerrado de sombras que danzan tranquilas. Nunca volví a ver a Eva y en aquel lugar estuve recuperándome. No era que no deseara el hacerlo. Yo reconocía cada día que habría podido ser feliz en sus labios, habría podido hundirme en sus orgías frenéticas, besar su cuerpo en los descansos, que permanecería limpio y brillante pese a todo y para mí, mientras todo nuestro entorno, que había adaptado su naturaleza salvaje a la pestilencia humana, nos rendía homenaje. Pero la libertad tiene caminos que no entendemos, y yo seguí el camino de mi llanto durante esos meses por no poder comprender mi decisión, por no haber sido feliz al lado de ella y su estilo de vida valiente. Podríamos haber sido libres, podríamos haber llegado de verdad al tejado de aquella casa en la montaña y desde allí haber empezado a conspirar para alcanzar las estrellas. Pero mi camino me repetía una y otra vez, con el dolor siempre presente, que estaba muy alejado de sus dominios y su presencia. Lo sentía cuando la miraba a los ojos, al verla desnuda, cada vez que me guiaba, aunque yo enloquecía a cada paso. Al mismo tiempo, prisionera de visiones ya sabía que mi intuición me conduciría a éxtasis todavía mayores. Solo había que ser paciente, pero me costaba tanto ser paciente. Yo que buscaba mi paraíso día tras día y ardía en las noches tumbada en la cama de aquel apartamento del que no recuerdo nada, porque yo no me encontraba allí. Estaba en un lugar que desconocía, soñando con los labios de los dioses, que eran parecidos a los de Eva, pero no exactamente iguales.
Dios, he llorado tanto que no me lo creo y me queda tanto que lo único que me ha quedado siempre como consuelo es fiarme de mí y de que siempre haría lo correcto para mí pese a no entender nada del funcionamiento de la maquinaria que soy, del cableado, de la programación del sistema y de las variables contempladas en sus posibilidades de funcionamiento y de interacción con el entorno.


Dec. 20, 2017, 12:11 p.m. 0 Report Embed 0
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