Pozo de los deseos Follow story

drunklycanthrope Alibel Rodriguez

El pozo de los deseos. Cuento corto realizado para un reto de escritura, que consistía en escuchar una canción en aleatorio de todas las que tuviera en mi dispositivo y escribir un relato en base al título de la canción; la canción que salió fue Wishing Well, de blink-182.


Paranormal All public.

#adolescente #deseos #pozo
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Alexandro

En un cuarto desordenado, pequeño, lleno de ropa, papeles rotos con bocetos, poemas, rimas, el closet más desordenado que se pueda imaginar, sin distinción de qué está sucio y qué no, con las persianas hacia abajo y debajo de varias sábanas... estaba Alexandro.
Era un enclenque de 13 años, flaco, aunque el más alto del salón. Era el típico niño con muy pocos amigos (dos en todo su colegio) y aunque tenía un rostro particularmente buenmozo con muy pocos granitos, era tan raro, aislado y distinto del promedio que ninguna niña se le acercaba. Escuchaba música que a él le gustaba llamar oscura, aunque casi que le asustaba oír metal.

Le gustaba la única niña desarrollada de su salón, como a todos los demás. La pobre además de comenzar a tener cuerpo de mujer, era muy amable y buena persona y tenía que lidiar con miradas como la suya todos los días, desde que ponía un pie fuera de su casa. ¡Y ni siquiera! su hermanito llevaba a sus amigos a casa para que la vieran más de cerca. Pero si Alexandro hubiera sabido eso tampoco le hubiera importado, es el típico adolescente que piensa que la gente bonita es mala, popular y bruta por elección propia.

Ese viernes le dio flojera irse a clases, así que se levantó justo cuando su despertador sonó, en vez de morsear 30 minutos en su capullo de sábanas. Se bañó, se puso una camisa blanca, el suéter del colegio y unos converses rojos tan sucios y feos que daban algo de asco. Desayunó rápido y salió de su casa sin decirle a nadie. Fue a una plaza a la que sabe que sus padres nunca van porque todos los negocios que están cerca venden todo más caro.
Estaba sentado en un banquito pensando si comprar un cigarro al señor del kiosko. Miró en esa dirección, y vio la niña más bonita que había visto en su vida. Era más o menos de su edad, su cabello era rubio ceniza, su vestido negro mostraba algunas pecas en sus hombros, su rostro era ovalado e irrealmente proporcionado. Y lo que más le gustó, es que parecía también fugada de clases, tenía zapatos de colegio y un bolso con parches abultado, delatando el uniforme arrugado dentro.
Le dio un impulso de valentía. Se levantó, y caminó hacia ella cuando se dio cuenta de algo. ¿Qué le iba a decir? Nunca había tenido novia, ni había pensado en eso nunca, no le atraía ese compromiso. Pero seguramente ella valdría la pena. Ya estaba muy cerca y podría escucharlo ¿Algún cumplido? Claro que no, seguramente ella estaba cansada de cumplidos de estúpidos como él todo el tiempo. Ya podía ver claramente el color de sus ojos -color bronce, como su medalla de campeón de béisbol de primaria-, estaba distraída eligiendo qué dulce comprar. Mierda ¿qué le iba a decir?
-Disculpa
-Ah ¿sí?

Qué voz más bonita tenía. ¿Disculpa qué? Incluso sonó nervioso, estaba totalmente inseguro, y ella tan tranquila.

-Ah... no, no, es que... me parecías familiar ¿no estudias en...?-No recordaba el nombre del maldito colegio de monjas que quedaba cerca, así que hizo una seña hacia la dirección del mismo.
-Sí -se sonrojó un poco- aunque hoy no.
-Ah -se rió un poco, sintiéndose menos tenso- sí, yo tampoco. No me gusta ver historia a las siete de la mañana. -Ella sonrió.
-¡A mí tampoco!
Estuvieron toda la mañana haciéndose amigos. Alexandro la miraba, pero no golosamente, contemplaba su recién aflorada belleza de adolescente.

Se sentía realmente distinto, como si pudiera hacer cosas que nunca se había planteado hacer. Cuando se hicieron las diez salió un mar de niños de otro colegio cercano, Alexander reconoció los uniformes grises del colegio privado. Hasta ahora ninguno le había caído bien. Menos Clara, que fue el nombre que la chica le dio. Se les acercó a ellos un rubio de ojos verdes, de contextura gruesa, con un rostro no muy contento. Alexandro se asustó, no era el primer problema que tenía con los niños de otros colegios, pero esta vez no había hecho absolutamente nada. Clara se volteó y se levantó, saludando al chico, Alexandro estaba tan nervioso que ni siquiera le prestó atención a su nombre.

-¿Quién es éste? -dijo el rubio, casi con asco por sus pintas.
-¿Cómo que éste? ¿Y quién eres tú?
-Su novio. -Colocó el énfasis de la manera más obvia posible. Para Alexandro fue cruel. Pero Clara se veía ofendida.
-¿Qué coño te pasa? No le hables así.
-¿Y por qué no? ¿Se estaban... no sé, conociendo mejor?
-¿Entonces según tú no puedo hablar con nadie?
-¡No! -Alexandro supuso que era hora de intervenir, y se levantó del asiento.
-Tú no eres nadie para decirle qué puede y no puede ha... -su frase terminó el el suelo en un charco de baba y sangre. Clara pegó un grito, un policía miraba desde lejos sin hacer absolutamente nada, los chicos rodeaban lentamente el lugar para ver la pelea tan obviamente dispareja. Pero un chico de la misma contextura de Alexandro salió del círculo.
-¡Tú siempre peleas con los que no te pueden ganar! -El rubio se mostró tan iracundo que Clara no se atrevió a ayudar a Alexandro a levantarse. Aún estaba mareado por el ataque tan repentino.
-Pues ven aquí, marica, si es que crees que puedes ganarme.
-¿Y por qué no te metes con mi hermano? -Alexandro esperó que el hermano del chico que estaba defendiéndolo era mayor, o al menos, más grande.
-¿Para qué me voy a meter con tu hermano? -denotó el otro con cobardía en su voz. Alexandro se levantó al fin.
-¿Entonces te metes con flacos, y con enanos para pelear? Eres un cobarde. Más aún que me hayas golpeado a traición.
-¿A traición? ¡Me quieres quitar a mi novia!
-¡Ese es problema de ella, no tuyo! -Normalmente se hubiera sonrojado, pero tenía tanto miedo de que volviera a golpearlo, a terminar de partirle la nariz, que no se sintió avergonzado o nervioso de qué podría pensar Clara.
Dos horas más tarde, Alexandro estaba en un pozo viejo de un monte cercano donde habían árboles. Tenía la camisa llena de sangre, la mejilla hinchada, y marcas de lágrimas en su cara. Su mamá le había dejado muchos mensajes, pero no había leído ninguno.

Ese pozo era leyenda para todos los de su colegio y colegios cercanos. Decían que se había muerto alguien allí, y que te cumplía deseos. Se había puesto a desear en voz alta que el novio de Clara se muriera, no sabía qué más hacer, le gustaba mucho, y si estaba en manos de alguien como él seguramente le obligaba a hacer cosas... le daba tanta rabia de sólo pensarlo que no podía contener las lágrimas.


2 años después


Alexandro esperaba fuera del colegio de monjas a la única rubia natural que había visto por allí. Clara le sonrió cuando estaba saliendo con sus amigas, y le tomó de la mano con dulzura, había aprendido que a él no le gustaban las demostraciones de cariño en público.

Era feliz, tenía bastantes amigos, también una hermana de año y medio que aprendió a cuidar, y una novia maravillosa que le había enseñado a estudiar.

En un cuaderno viejo y bien escondido en su cuarto, estaba atesorado un artículo de periódico de un accidente terrible que ocurrió dos semanas después de haber conocido a Clara.

Un accidente de tránsito tan poco probable, trágico y horrible que conmocionó a todo el país. Los cuerpos quedaron irreconocibles y duraron días sin identidad en la morgue. Era una familia pudiente, y fallecieron todos.

Alexandro era feliz porque el pozo le cumplió su deseo.
Dec. 3, 2017, 11 p.m. 2 Report Embed 1
The End

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Alibel Rodriguez Arquitecto. Escritora e ilustradora no profesional. Me gusta crear historias, personajes y lugares. Me gustan las arañas de patas muy largas y tener las uñas cortas. No me gusta el comunismo, las vainitas ni bailar.

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María Thomas María Thomas
Este relato ya lo había leído en la plataforma naranja. Pero igual paso a dejarte mi voto de apoyo por acá. :)
Nov. 4, 2018, 3:54 p.m.

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