Capitán de un mar roto: Veneno de Escorpión Follow story

enrique-martinez Enrique Martinez

Los hombres son crueles y las olas despiadadas en estas historias situadas en un tiempo perdido. Capitán de un mar roto: Veneno de escorpión, narra la vida de Renzo a través de mares feroces. Enfrentando los fantasmas de su pasado y las consecuencias de sus actos presentes.


Adventure Not for children under 13. © LUIS ENRIQUE MARTINEZ BERRONES

#Muerte #Traición #Batallas #Barcos #Mares #Piratas
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Prologo

—El gran rey rodeado por tierra me ha pedido contratar a los mejores caza recompensas de nuestro continente para traer en un saco la cabeza de su capitán—dijo Julio Cervantes consejero del rey terrario en el momento de que dos hombres fornidos obstruían la puerta.

—No es nuestro Capitán si el intermediario a la lealtad es un buen precio —Exclamó Sebastian Camarón.

—Veo que no estaba equivocado al suponer que un ataque interno era más eficaz ¿Qué me dice tu compañero? —dijo desviando sus ojos hacia Víctor Delmiro, el compañero de Sebastian.

—Él sabe lo que le conviene igual que a nuestra tripulación que estoy seguro que no les disgustará la idea después de lo que hizo nuestro querido Capitán.

—Parece que tenemos un trato—dijo el consejero real al momento que se levantaba.

—Nadie está hablando de cerrar un trato, mi amigo— intervino Sebastian mientras se frotaba su dedo indicie y pulgar.

—Eres muy audaz, sabiendo que estás en desventaja en este momento ¿no? —replicó Julio arrastrando la silla para volver a sentarse.

—Sé lo que pretendes, tratas de hacer tu trabajo de la forma más barata, un caza recompensas en las ciudades de tierra no es barato. Quieres sacar ganancia del dinero de tu rey—se quitó los guantes y continuó— Lo haremos sencillo, dos mil monedas de platino.

—Creo tu amigo está ciego Víctor, adelante Trantino y Cal— Ordenó a los hombres corpulentos.

Los sonidos de armas polvorientas se escucharon siendo cargadas, al mismo tiempo que Sebastian volteaba y acababa con la vida de los hombres con dos simples cuchillos. La mesa que dividía al consejero y a los marineros fue echada abajo por Delmiro para adelantarse y poner una daga larga en el cuello de Cervantes.

—Tratar con piratas del lado de la sociedad de islas ¡JA! es muy obvio que no habías conocido el mar.

—¿Qué hacemos con el primerizo? — exclamó Víctor.

—Cumpliremos su trato, nunca fui muy allegado a Braulio.

Víctor quito el filo del cuello de Julio, este acomodó la gabardina de cuero que portaba y el chaleco en su interior para posteriormente extender la mano temblorosa.

—Ahórratelo, quiero ver mi dinero primero.

Las monedas dentro de las bolsas sonaron mientras eran sacudidas.

—¿Las vas a contar? —preguntó Julio.

—Estamos en confianza, mi amigo. Sabré si nos quieres engañar—indicó Camarón.

Una noche embargaba lo que sucedía dentro del cuartillo de ese bar, dos hombres habían muerto sin que nadie hiciera algo por ellos, sólo dos figuras salían de ahí con paso firme, sin mostrar algún gesto en su rostro y azotando la puerta que dirigía a un callejón de la Isla Guaco.

—Bolsear a ese idiota fue muy sencillo.

—¿Cómo convencerás a la tripulación de seguirte sin que se entere Braulio? — preguntó Víctor

—No lo haré, lo que pasó en ese mugroso pueblo es suficiente. El capitán quiere deshacer la tripulación para irse con su puta campesina.

Al siguiente día el sol se dejaba ver muy temprano aquella mañana en la Isla Guaco, isla capital en la sociedad de islas, conocida por tener la más larga extensión e islotes más habitados a lo largo del mar este.

—Un gusto verlos tan temprano—dijo sobre la popa del Gran Pintontle Braulio Barro, el capitán.

Los marineros subían uno a uno por la tabla que conectaba al muelle con el barco, veintitrés hombres que conformaban el equipo, la mayoría marineros, otros pocos marinos, un piloto, dos cocineros y un grumete, Francisco Barro el hijo del capitán. Llegó a la tripulación apenas falleció su madre, cerca de los doce años, ahora con diecisiete. A diferencia de su padre, él era muy delgado, ágil, con poca fuerza, pero nadie dudada que, si tenía algo de su padre era el carácter.

—¿Qué tal su noche capitán? — preguntó con una cara pervertida Sebastian mientras reía un poco.

—No se ha levantado del dolor—sonreía y abrochaba bien su gran cinturón. —¿Qué me dices tú? Hay rumores de las mujeres de Guaco

—Ninguno que no haya comprobado—contestó Sebastian

Braulio lo tomo del hombro, riéndose de lo que acababa de decir y le dijo con su voz gruesa —Te voy a extrañar.

Lanzó una pequeña risa nuevamente y siguió—Creo que estas aventuras se han acabado para mí, es momento de sentar cabeza.

—Capitán, eso dijo hace dieciocho años y ahora tenemos al pequeño Paco.

—Su madre estaba loca, no había sentido nada hasta ahora, Camarón—soltó a Sebastian, se acomodó su casca color negra con bordes dorados, dio un suspiro y comenzó a gritar.

—Hombres, pónganme atención. Cuando lleguemos a mar abierto, quiero a todos en el comedor, tengo que hacer un anuncio. — dejó de gritar e indicó a Sebastian—Quedas a cargo, dirígenos a Cangrejuela.

Los marineros habían terminado de subir los barriles de cerveza y las cajas de vivieres, quitaron el nudo del barco, elevaron anclas e izaron las velas. Carlo dirigía el destino. Sebastian se encontraba en la proa del barco. El gran Pintontle era un barco de tamaño considerable, suficiente grande para tener dos pisos, incluía cocina aparte de comedor, cuartos comunes, sala de cargamento y cámara principal arriba, donde se alojaba el capitán.

—Parecen convencidos Sebastian—dijo Víctor—La mayoría está en el comedor.

—Aquí hay gente que estima al capitán aún.

—¿Crees que hay traidores?

—Claro que sí, por eso haremos esto—rió sarcásticamente.

Risa que sonó seco en el barco, la única voz que se oía en toda la parte de arriba donde sólo se encontraban pocas personas, Jared Cortés un muchacho de piel morena, marino, encargado de observar el mar con un catalejo, él estaba sobre la cola. Tomas el piloto del barco. Francisco, no hacía nada, sólo veía las olas a lo lejos. Y por último extranjero con acento de terrario moviendo las cajas de vivieres a la bodega, le habían encargado el trabajo por su gran musculatura.

—André ¿Dónde están todos? — Le decía Francisco al extranjero

—No lo sé muchacho, es un barco no seas idiota, estoy en las mismas que tú sólo que yo sí estoy haciendo algo productivo. —Dijo al mismo tiempo que sostenía una gran caja y seguía su camino. —Pregúntale a Sebastian, tu padre de seguro está dormido.

—¡Sebastian! —gritó con la voz más grave que pudo. Sebastian había sido el segundo mentor del Joven, lo enseñó a defenderse con cualquier arma delgada y sencilla.

El astuto hombre caminó hacia él desde la proa, sus botas sonaban fuerte y causaban rechinido en el suelo viejo del barco, Víctor iba a su lado como si fuese su sombra. En el camino extendió una mano y tomó un trapeador que estaba en una tina de madera.

—¡Paco! — dijo antes de entregarle el trapeador—Toma esto, que quede bien limpio.

Paco tomó el utensilio de mala gana arrebatándoselo de las manos, generalmente la relación entre ellos no era mala, siempre se jugaban bromas uno al otro. Eso sólo era una de muchas, pero sí tenía que limpiar la mugrienta cubierta llena de las pisadas de toda la tripulación, lodo y hasta mierda de animales, siempre cuidaba no ensuciarse él con ella, tenía un olor asqueroso y difícil de quitar a sus pantalones holgados y botas de cuero. La tarde tenía un sol picoso sin señales de una nube en muchas leguas, así que se arremangó su camisa blanca holgada, se puso el pañuelo blanco que carga en la bolsa de su pantalón y se puso a trapear.

Había dejado reluciente el gran Pintontle, no había rastro de mierda o lodo y justo antes de llegar a Cangrejuela, que según sus cálculos ya debería verse a lo lejos.

—¡Jared! No veo Cangrejuela, creo que erraron la ruta.

—Puedes hacerlo tú si quieres niño— le grito Tomas.

Aguardó callado y bajo al comedor para avisarle a Sebastian, tal vez él sabía sobre el cambio de ruta, cruzó al otro lado del barco para llegar a una trampilla de dos puertas en babor, era la entrada al comedor, sólo se tenía que bajar las escaleras. Todos estaban sentados en las mesas de picnic, bebiendo cerveza y algunos gritando, no había rastro de Sebastian, Víctor, ni siquiera André. Era muy extraño, Eduardo y Carlos, los cocineros estaban ahí carcajeándose con las cosas que decían los demás. El chico avanzó por en medio del comedor entre las mesas, más allá de la barra y abrió la puerta de la cocina.

—Vaya, te estábamos esperando, mi amigo.

—Creo que debo buscar a mi padre—dijo Francisco tartamudeando.

Su padre estaba en la cama, junto a la campesina que había rescatado de aquella ciudad del continente terrario. Se encontraba despertado de su siesta, veía la puerta que estaba a la derecha, esa que conducía a su oficina de madera y toques de acero arriba, esperaba que la tocaran sin embargo parecía que aún no estaban en mar abierto. Se preguntaba lo poco que había dormido.

Braulio acariciaba el cabello oscuro de Elena y la observaba mientras dormía, tan tierna, aun con su cara de mujer adulta lucía muy joven porque no denotaba ninguna arruga. Se movía en su pecho poco a poco rosando con su alargada barba color castaño, él sintió como ella despertaba y lo veía directamente a los ojos

—¿Ya hemos llegado? —dijo con voz ronca

—No estoy seguro que hayamos entrado a mar abierto siquiera, debo revisar—se paró de la cama y comenzó a vestirse—¿No quieres venir? Has estado en cama todo el día, por lo menos vístete y sal a tomar aire. Llegaremos en unas horas.

El silencio de Elena no le importó mucho, estaba algo preocupado. Abotonó su camisa negra lo más pronto posible, se puso su casca, su pantalón y sus botas. Caminó hasta salir a cubierta, la preocupación se notaba en su rostro, se la pasaba viendo a todos lados, veía Cangrejuela más lejos de lo que debería estar.

—¡Capitán! Estamos en el comedor esperándolo—gritó Víctor

Braulio bajo el paso cabizbajo, algo no le parecía bien. Las escaleras parecían estar más abajo cada una ahora, o tal vez sólo era lo que sentía en ese momento. Él pensó que era debido a la noticia que le iba a dar a su tripulación, después de tantas batallas libradas por gusto, cada uno había dado la vida por todo el equipo, o quizá el haberse enamorado estaba suavizándolo.

—Largo tiempo ha pasado desde que navegamos estos mares, desde los desiertos islotes de Pesquera hasta la villa helada del norte del continente terrario— Paso del otro lado de la barra e hizo una pausa para servirse una cerveza—No hemos hecho cosas del todo buenas, pero vivimos bien. Siempre pagué sus sueldos y sus deudas a algunos sin embargo ahora ustedes buscarán el dinero por su cuenta, al llegar a Cangrejuela son nuevos hombres. —extendió la cerveza y para finalizar dijo—¡Por los que no han llegado con nosotros! ¡Por sus vidas hombres asquerosos!

De repente y sin previo aviso un estruendoso sonido detuvo el brindis, el barco ya estaba en tierra firme. Jared no había gritado antes de llegar, nadie se veía sorprendido, excepto el capitán que dejó la cerveza en la barra, y avanzó muy rápido a cubierta, para quedarse con un nudo en la garganta ante lo que tenía en frente

—Lo encontraron—susurró a sí mismo.

—¡Suéltenme! —gritó Elena mientras un marinero de la tripulación la sacaba apenas vestida de la cámara principal.

—Nuevos hombres ¿eh? — exclamó Sebastian en tono burlón.

Braulio no tardó en correr y darle un puñetazo, dejándole la boca sangrando. Este no respondió el golpe, sólo volteó e hizo una indicación con la cabeza a algunos hombres. Cargaban dos cuerpos, André Turbido y Francisco Barro, los dejaron sobre el suelo.

—A la isla, hagan valer las monedas de platino—les ordenó Camarón.

—Miserable, te has vendido. Mi hijo creía en ti—gritó el capitán y trataba de zafarse.

—Tu hijo fue sólo daño colateral al igual que el mastodonte de André, seguían a alguien que murió en los sembradíos. —se limpió la sangre de la boca— Sáquenlo de mi barco, acabemos con él en la playa

La isla de serpientes era una isla solitaria al norte de Cangrejuela, no poseía ningún habitante, pero sí estaba llena de serpientes y la misma tenía una forma de arco que hacía lucir como una. La arena de la playa era tan fina, casi blanca, a lo lejos se veía todo el espacio verdoso de la jungla.

Los hombres agarraban bien al que era su capitán, eran los más fuertes, lo postraron sobre el suelo y recargaron su cabeza en un tronco que se encontraba ahí.

—Aún te puedo perdonar Sebastian. Puedes encontrar algo más que mil monedas de platino en esta isla.

—Es una lástima que hayan sido dos mil. ¿Trajeron su sable? —preguntó a los demás

Humberto, un tipo huérfano de Pesquera traía el sable. La hoja era gruesa y brillaba con el reflejo del sol, estaba hecha de un acero muy ligero, se podía sentir en el mango recubierto con cuero.

—Mátame, anda, pero yo seré el único hombre que sabré de las riquezas del tesoro que se aloja en este lugar.

—No hacen faltas patadas de ahogado—susurro Sebastian a su ido—Trata de no llorar, tu novia te está viendo.

Humberto bajo la espada sobre aquella arena blanca que poco a poco se tornaba roja a lado de la cabeza de Braulio Barro capitán del Gran Pintontle.

—¿Qué hacemos con la campesina Sebastian? —dijo Víctor

—Toda suya tripulación. —replicó.

Oct. 25, 2017, 1:48 a.m. 0 Report Embed 0
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