El hombre que vendió el Mundo Follow story

Valentino Valentino -

(No, no es la versión de Nirvana, pero se parece) ¨Fabio amicum, vendit: interdum et lumen deficere tendit, semper luceat.¨ Ernesto Dosamantes había escuchado cuando era niño esta frase: «Que los nacidos y los que están por nacer sepan que hemos venido para vencer y no para ser vencidos». Alentadora frasecita, se dijo estando adolescente y azotado por las hormonas y el sarcasmo, ¿quién habrá sido el imbécil que la compondría? ¿Otro perdedor acaso?


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El hombre que vendió el Mundo




(No, no es la versión de Nirvana, pero se parece)


¨Fabio amicum, vendit: interdum et lumen deficere tendit, semper luceat.¨


Ernesto Dosamantes había escuchado cuando era niño esta frase: «Que los nacidos y los que están por nacer sepan que hemos venido para vencer y no para ser vencidos». Alentadora frasecita, se dijo estando adolescente y azotado por las hormonas y el sarcasmo, ¿quién habrá sido el imbécil que la compondría? ¿Otro perdedor acaso?

Con lástima más que amargura, ya hombre, había cogido sus tenis rotos y embutido su lánguido cuerpo en unos jeans tronchados junto a una playera negra. Iba a correr por la vereda. Se veía y sentía patético en ese entonces.

No era para menos: hacía apenas unas cuantas semanas había salido vivo de un gran fracaso y ya estaba ahogado, hasta las narices, en otro. Por donde se fuera sólo escuchaba reprimendas, objeciones y negaciones; la habitación que le servía de casa misma parecía conspirar en su contra, contra su ánimo, contra su voluntad. Toda ella respiraba decrepitud, asquerosidad, así como todo aquello que lo rodeara, se le cruzara a la vista, lo alentara o viera, para él, con suspicacia.

«Mundo cruel», se decía. «No me comprende, no sabe quién soy yo». Luego, en un ataque que consideró de dignidad, se le había rebelado, pelado los dientes, gritado y por último, para sí mismo, desafiado.

«Que el Mundo sepa que he venido para vencer y no para ser vencido», volvió a decirse la máxima con profunda convicción pero esta vez, pasados los años, como si fuera suya propia, como si él la hubiera inventado.

Sufría en su mundo de números y cuentas dobles, lo odiaba, detestaba, y hubiera hecho cualquier cosa por borrarlo de su vida, destruirlo, partirlo a pedazos, comérselo y después defecarlo para hacerlo añicos con sus pies torpes, estacionarios, sus manos blancas y suaves de secretaria, en una orgía de liberación psíquica redentora.

Pero «el mundo era cruel» y siempre había estado allí para contenerlo, para obstaculizarle su pase a la felicidad. «Ni siquiera una mísera oportunidad», se quejaba, «ni siquiera una».

La Vida, como siempre ocurre cuando uno se lamenta, se la daría. Primero fue la llegada de un par de hombres vestidos de campesino a su oficina. Se habían perdido dentro del negocio y de casualidad llegaron a su cubículo.

–Venimos a pedirle trabajo –le dijeron–. Nos ganamos la vida vendiendo artículos de casa en casa.

Aunque Ernesto había escuchado estas palabras casi con repulsión, soltó en el acto una de sus válidas locuciones:

–No puedo ayudarlos.

–¿Por qué? –le preguntaron desanimados.

–Porque soy un simple empleado de este negocio. Me encargo de hacer las cuentas.

–Y si le traemos clientes para que vendan más, ¿nos podrían dar alguna comisión por la venta?

–Miren –les dijo dándose casi por ofendido–, lo que les puedo aconsejar es que se vayan y busquen la manera de instalar una empresa comercial –acabó.

La hediondez provocada por el sudor lo tenía mareado. Le urgía zafarse de ellos.

–¿Una comercial? –le preguntaron.

–Ya que se dedican a vender en la calle, pues sólo les hace falta conseguir un poco de capital de inversión para organizarla. Ganarían el triple si consiguen vender su mercadería al crédito.

–Cierto –dijo el otro con asombro.

–¿Y puede usted prestarnos ese capital?

–No; cómo cree. Pero qué hay de ustedes, ¿acaso no han ahorrado durante este tiempo?

–Apenas nos alcanza para la comida.

–Algún amigo… –

Ninguno.

Ernesto se rascó la cabeza, cogió unos papeles del escritorio, hizo como si estuviera interesado en los datos, firmó unos documentos con su estilográfica y los despachó alejándose de la oficina. Los hombres lo veían salir. Uno de ellos había quedado prendado por el brillo de la pluma metálica que, para ser sincero, era de las comunes y el único regalo que había recibido de una amiga hace diez años.

–Le compramos ese bolígrafo –le dijeron.

Ernesto se detuvo, incomodado. Se volteó.

–Tengan –les dijo molesto dirigiéndose a ambos. Los quería fuera ya de la oficina–; es suyo.

Le devolvieron en pago cien lempiras.

–No, no –les dijo–; se los regalo.

–Es su venta –les respondieron–. Hemos pagado. Volveremos otro día.

Ernesto quedó perturbado, y una leve humillación emanada de aquel gesto, de ese canje comercial que, a pesar de su formación financiera, lo catalogaba y enviaba al lugar de los mercaderes y tenderos, es decir, a la clase de los inferiores, le revolvió los jugos gástricos.

Cerró la puerta. «Ignorantes».

Extrañamente, con el paso de las semanas, un efecto propulsor y recóndito se había apoderado de su espíritu siempre lóbrego. No sólo había vendido su estilográfica y sentido rebajado, sino que, en un placer reprimido, a escondidas de sus patrones y su ética profesional, ahora había negociado con un cliente de la compañía una radio, luego un televisor, después un juego de sala y por último otorgado prestamos. Un placer incognoscible operaba en él cuando finalizaba cada transacción.

Sus finanzas personales se incrementaban. Eso le satisfacía sobremanera.

Meses después, volvió a recibir a los dos campesinos que antaño le habían comprado el bolígrafo.

–Venimos a pedirle trabajo –volvieron a decirle.

Esta vez los estudió con atención.

–Antes les había dicho que no podía –les dijo–. Lastimosamente hoy vuelvo a decirles lo mismo.

Uno de ellos vio al otro con sorpresa.

–Tenemos algo que vender –le dijeron.

–Quisiera atenderlos, señores, pero un montón de problemas por resolver me requieren.

–Devuélvanos el favor.

–¿El favor? ¿Qué favor?

Uno sacó la estilográfica. Ernesto se sentó en la silla.

–Por supuesto.

–Le proponemos un negocio: hemos conocido a una clienta que quiere vender un gran terreno, extenso, como de 77 manzanas.

–Bueno –les dijo sobándose el cuello–, ahí está la oportunidad. Véndanlo. Saquen cuentas, 77 por… ¿cuánta vale una manzana cuadrada en ese lugar?

–194,000 lempiras.

–Multiplicado por… serían… ¡Por Dios! –exclamó–… 15 millones…

–¿Le interesa? ¿Sabe cómo venderlo?

–Yo… Algo en la cifra le bloqueó la velocidad del pensamiento. Al instante tuvo ante sí, en su mente, la imagen de un hombre barbudo y musculoso que se abría paso por entre la selva. Le vino sin saber cómo ni por qué, pero allí estaba la imagen, incitándolo.

–Sí –dijo con rotundez.

Le tendieron la mano.

–La comisión será del 7 por ciento –añadió.

–No hay problema. Y se alejaron sin devolverle la vista.

Su primer gran venta en las ligas mayores de la negociación, ¡y pensar que meses atrás se encontraba hundido en la mayor de las miserias, él, un financiero inteligente, tanto que había enriquecido a otros menos a sí mismo! Había añadido otra frase memorable a su léxico, la misma que empleó cuando vendió su pluma y luego el terreno:

«Es suyo; tómelo».

No obstante, por alguna razón, odiaba la presencia de esos dos hombres. Para deshacerse de ellos, les dio la mitad de lo que había ganado.

–Hasta nunca –exclamó a sus espaldas cuando les entregó el cheque.

Luego, con el paso del tiempo, un ring le hizo vibrar el teléfono.

–Necesito vender una nave industrial.

–¿En cuánto?

–Treinta millones.

Tras un corto convenio con un corredor inmobiliario, más tarde pronunciaría de nuevo:

«Es suya; tómela».

Trato cerrado. Un mes después.

–Se trata de un proyecto habitacional. 700 millones.

«Es suyo; tómelo».

Su marca registrada en el negocio de los real state. Convertido en hombre floreciente y magnífico, joven y opulento, la sensualidad se le desbordaba por cada adminiculo de la piel. Su nueva casa era un santuario del arte, la política, el sexo y los negocios. No tardó en casarse –en realidad lo casaron– con una jovencita que le proporcionaría una alianza llena de nuevos, inesperados y exquisitos placeres, comerciales sobre todo, entrando, sin que él lo hubiera pedido, a la política vernácula. Su habilidad de negociación se había convertido en leyenda.

–Vendéme la idea de un Plan de Nación –lo invitó un candidato a la presidencia, al lado de una piscina y en bikini, en una fiesta.

Y lo hizo. Los dos ganaron: uno la primera ciudadanía del país y el otro millones en peculio.

–El proyecto centroamericano de integración regional significaría por lo bajo una ganancia de un billón de dólares en comercio –le dijo un alto miembro del Consejo del Parlacen mientras comían galletitas en un hotel de lujo–. Vendé la imagen.

También lo hizo. Su nombre era tinta fija en cada línea de los titulares de los diarios impresos y electrónicos no sólo de Latinoamérica sino que de la zona de lingua sajona. ¿Qué artes misteriosas habían sido invocadas para que este hombre se colocara por encima de su mundo? ¿Qué eran en comparación Slim o Trump a su lado? Aprendices, simples aprendices.

Otra llamada:

–Vender Plan de Conformación Mundial a la Comunidad Europea dirigida por England –oyó la voz norteamericana por el celular.

–Me está pidiendo, Mr. Middleton, que…

–Yes, yes, vender todo continente de América…

–¿A los ingleses?

Y cuando los tuvo enfrente, luego de escuchar un aburrido, sin sentido y largo protocolo en el desesperante y decadente estilo británico, tratando de contener un no menos prolongado bostezo con el puño en la boca, les dijo:

–Es suyo. –Aquellos hombres estirados pronto cayeron en la confusión y el temor, y por poco acaban reverenciándolo como a un santo de la Capilla de Canterbury: –Tómenlo.

Ernesto Dosamantes se encontraba en el pináculo de su carrera.

«No es por el dinero», se decía. «De ninguna manera. Es la acción misma de vender la que me somete, la que me incita, la que me hace feliz.

»Sí, es ese poder rector, el poder de ofrecer algo que el otro desea, o a la inversa, el de provocar en alguien sin interés una esperanza, una ilusión, y controlarla, manipular ese apetito, avivar su ambición, succionar, como hacen los personajes de Stoker, su espíritu, su alma… Es como si yo mismo fuera un dios, un inmortal, y me fortalezco en cada operación que efectúo…»

De hecho, se convenció de su divinidad apoyándose en este texto bíblico que nuestro Señor Jesús había pronunciado en las tierras de la Media Luna:

«¿Acaso no está escrito en el Libro Santo que el Padre ha dicho que ustedes son dioses?».

Y le ponía más sazón a sus palabras cuando decía:

«¿Y no dice en la Biblia que los apóstoles comieron la carne y bebieron la sangre de nuestro Señor en la Última Cena?».

Pensamientos de un desequilibrado, hubieran dicho de él si no fuera porque el que hablaba era el señor Dosamantes. No era un donnadie después de todo, no, era una eminencia, el hombre que, nacido del polvo, la ruina y la oscuridad, se había transformado en un ser luminiscente y todopoderoso. ¿Qué más le hacía falta por hacer? ¿No había vendido ya hasta continentes enteros, y con ellos a miles de millones de almas? ¿Qué diferencias había encontrado entre la miseria y la opulencia?

«La libertad de ser yo mismo», exclamaba juguetón y boyante. Su mujer y único hijo no compartían su juicio: «Es la capacidad de tenerlo todo y al antojo».

Ernesto no osaba contradecirlos. En cambio, se mandó a construir un rascacielos en el corazón de San Pedro; era gigantesco, enorme, de cristal reluciente, ni siquiera pensado por los constructores de la Torre de Babel. Dos cosas declaraba Ernesto con aquella megalítica obra arquitectónica, a saber: conscientemente, imponía su criterio ante sus competidores haciéndoles saber que él había alcanzado la más alta cumbre de las habilidades humanas, que no habría otro como Dosamantes y sus portentos. Inconscientemente, fijaba un canon para el hombre moderno, ya afeminado por la cultura, que él era el gran falo, el hombre con el miembro viril más grande que haya podido conocer la humanidad, un órgano fecundo pleno de fuerza, poder y vitalidad que esparcía exuberancia y progreso por doquiera que extendiera su polución y dominio, y que, para llegar a él, había que tocárselo, acariciárselo, hasta que alcanzara el éxtasis y pudieran así captar su atención y beneficencia, en fin, visto ahora con los ojos de un civilizado, que Dosamantes era el King Kong de la selva de concreto hidráulico.

Pero el señor Dosamantes envejecía, y con él no su sed de conquista sino de aliento de vida. ¿Cómo evitar enfermarse, deprimirse, pensar en lo aburrido que es hacer lo mismo todos los días? Tal como lo había revelado en su mocedad, el dinero no le importaba, no. Era el placer de comerciar su inspiración, su motor anímico, no obstante, con el correr de las décadas, hasta ésta acababa por fundirse. ¿A qué dedicarse ahora, qué cosa en la Tierra podría despertar la pasión en su corazón? Ya nada le era imposible, ni siquiera la muerte.

Justo cuando retenía estos pensamientos en su mente, parado frente a la ventana de cristal polarizado, por encima de los mortales que lo veían desde abajo, el señor Dosamantes recibió una llamada:

–Lo buscan dos señores, don Dosamantes –dijo una tierna voz por el auricular.

–¿Quiénes son? –preguntó hastiado.

–Negociantes, don Dosamantes.

El envejecido Ernesto pegó un golpe en la mesa.

«Estoy harto de esto».

Iba a gritarle a su asistenta cuando se abrió la puerta.

–¡Cómo han podido…! –dejó escapar un gritillo de ira…

La mirada de los hombres lo contuvo. Venían vestidos a la usanza de los ejecutivos de alto nivel, trajes de saco negro, camisa blanca e impecable corbata; aparte del monograma en forma de rosa cosido en la bolsa derecha de sus chaquetas, cargaban cada uno su maletín. Llegaron sonriendo. Sin esperar invitación alguna, se sentaron a sus anchas en los sillones de cuero que con tanto esmero cuidaban los empleados de la limpieza. Dosamantes babeaba de la cólera.

–Venimos a pedirle trabajo –le dijeron.

Por alguna razón, Dosamantes tembló de escuchar aquello.

–No puede ser… –tartamudeó–. Ustedes… ustedes son los campesinos con los que traté en mi juventud. ¡Mírense, no tienen una sola cana!

Volvieron a sonreír.

–¿Trabajo? –dijo Dosamantes sobrecogido–. ¿Cómo es esto posible?

Inclinaron la cabeza. Ernesto volvió a sentir por ellos un gran repudio.

–Por tercera vez en mi vida –dijo carraspeando–, tengo que decirles que no.

Uno de los hombres abrió el maletín. Sacó unas hojas de contrato, mientras el otro cogía de su bolsillo la estilográfica que Dosamantes le había vendido hace cincuenta años.

–Se trata simplemente de una operación comercial –le dijeron.

–¿De qué tipo? –preguntó Dosamantes, que empezaba a recelar verdaderamente de aquellos hombres. Todo le parecía sobrenatural.

Hasta le pareció a Dosamantes que incluso habían cambiado su forma de hablar regular por una ya desvencijada en San Pedro:

–Vos sois un “Hijo de la Viuda”.

–Qué diablos significa eso… –bramó enfurecido Dosamantes–. A qué han venido, ¿a enloquecerme? Les doy lo que quieran, pero los quiero largo de mi oficina.

–Tened calma, “Hijo de Caín” –lo importunó el otro–. Solamente sois un instrumento santo y útil para nuestra Cofradía, es decir, sois el creador, el activo, el agricultor que, de las semillas, con su trabajo y esfuerzo, obtiene el fruto. ¿Nos entendéis ahora?

–Ni una palabra, ¡largo, largo de aquí! ¡Seguridad, seguridad!

–¿No recordáis haber firmado un contrato con nosotros, hace cincuenta años?

–¡No!

–Veis esta pluma.

–¡Largo!

–Nos cedisteis vuestra alma, la que simbolizasteis con la venta de esta estilográfica. Entonces era lo único valioso que poseíais. Hoy hemos venido a ofreceros una negociación más justa.

–¿Justa? ¿Justa de qué?

–Vos, como hombre perfecto que deberíais ser, habéis fallado rotundamente; estáis lejos de poseer equilibradas las polaridades positivas del intelecto –tanto razonadora como creadoramente–, así como las del corazón, del sentimiento y del amor.

–¡Largo, largo!

– Aprended a pensar con el corazón y a amar con la cabeza.

–¡Lilibeth, Lilibeth, llamá a seguridad!

–Dele mala quae feci.

–¿Qué dicen?

–Sois lo que sois gracias a nuestro poder suprafísico. Ahora devolvéoslo.

–De qué me hablan.

–Vos nos llamasteis aquella vez cuando pedisteis al Gran Creador una oportunidad. Os fue dada. Ahora retribuidla.

–Lo he logrado todo con mi propio esfuerzo.

–No habéis descubierto que os has ido perfeccionando al cultivar las facultades perceptivas latentes mediante el ejercicio conveniente inducido por primera vez en la venta de vuestra plumilla.

Dosamantes calló. Finalmente, desde hacía medio siglo, se veía derrotado:

–¿Qué es lo que quieren de mí?

–Que firméis la renovación de vuestro contrato.

–Si eso significa venderles mi alma, no.

–Necesitáis obtener el desarrollo último, como ser dual que sois, el de desarrollar al máximo ambas vertientes del espíritu, es decir, vuestras polaridades.

–No lo haré.

–¿Qué mas necesitáis en la vida? Todo lo tenéis, hasta el Mundo.

–Es cierto.

–Pero necesitáis perfeccionaros.

–Me niego.

–Vuestra muerte está próxima, ¿no teméis perder tu alma en el abismo? Firmad y escapareis de su horror.

–Sé que Dios me perdonará.

–Oh… –exclamó uno de los hombres.

–Sí, sí –dijo el otro. –Habéis invocado una Ley Cósmica.

–¿Qué, qué…? –tartamudeó Dosamantes.

–La Ley del Amor.

–¡Lilibeth! ¡Guardias, guardias!

–Guardad silencio, señor Dosamantes, que esto es algo serio.

»¿Sabéis lo que habéis hecho?

Dosamantes ladeó la cabeza.

–Escuchad: De la Ley del Amor deriva una ley natural menor: la Ley del Sacrificio. Pero es un sacrificio idéntico al amor, ese que os inspira el deseo de compartir, de dar, de ayudar, en una palabra, de sacrificaros por el ser amado. Es un sacrificio gozoso.

»Si la invocasteis, ¿estáis de acuerdo en asumir vuestra responsabilidad?

–De ninguna manera; no he invocado nada.

–Sin embargo –dijo el otro hombre–, existe una última cláusula…

–¿A qué está sujeta?

–Si vos sois, por decirlo así, el dueño del mundo y a la vez de vuestra alma, podéis decidiros en vendernos una de las dos cosas. ¿Por cuál os decidís? ¿Por la Obra o por el Creador? He aquí el contrato.

–Ustedes están locos… De pronto Dosamantes sintió un gran cansancio en el cuerpo y los ojos empezaron a nublársele. Cayó de ramplón sentado en la silla.

–Coged la plumilla y firmad el contrato…

–Alcáncenmelo –dijo aspirando con fuerza Dosamantes–. Póngalo a mi vista.

Le extendieron el contrato sobre el escritorio.

–Si firmáis en la izquierda, sobre esta cláusula, os decidís por conservar vuestro mundo; en cambio, si lo hacéis en la derecha, os decantáis por la preservación de vuestra alma.

Dosamantes tomó la estilográfica casi con agonía; las manos le temblaban. Echó hacia atrás la cabeza para inhalar profundamente. ¿Qué escogería?

–Apuraos –lo apremió uno de ellos–, el tiempo se os agota.

–Díganme –dijo un trémulo Dosamantes–, ¿qué pasaría si me decido por la primera?

–Os salváis, pero volveríais a la pobreza.

–¿Así de viejo?

–Os rejuveneceríamos.

–¿Y si me voy por la segunda?

–Vuestra alma se uniría a la contemplación de la Mente Universal misma.

–Es decir.

–Seríais Uno con el Todo.

Dosamantes, riendo por vez primera desde aquella visita misteriosa, abrió con exageración las quijadas igual que hacen los moribundos para respirar hasta el último repecho de aire circulante, y recordando al sujeto que corría en medio de la selva, vio a los ojos de los hombres, carcajeándose a más no poder, al tiempo que les gritaba, victorioso:

«Que los nacidos y los que están por nacer sepan que he venido para vencer y no para ser vencido. Es suyo; tómenlo.»

Al decirlo, plasmó su firma sobre el documento, en la parte izquierda, dejando para la posteridad y su ruina una lección memorable, a saber, que su arte, su habilidad humana, su ser recóndito había alcanzado la perfección de sus facultades, superando a cualquiera antes y después de él, el señor Ernesto Dosamantes, el hombre que vendió el Mundo.

Oct. 20, 2017, 8:10 p.m. 1 Report Embed 2
The End

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Valentino - Mis historias hablan sobre mí

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Litzy Martinez Litzy Martinez
Debo expresarte mi emoción al leer "Lempiras" y "San Pedro" creo que ésta es la primera historia de esta y otras plataformas en la que se menciona, que yo haya leído.
Oct. 15, 2018, 7:47 p.m.
~

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