No más flores para Celia Follow story

ximapalmtreex Mireia Oliver

El mundo no es como todos imaginamos. Existen los monstruos, los fantasmas, los ángeles y los demonios. Pero ni unos son tan buenos, ni otros son tan malos como los pintan. He conocido a muchos de ellos, e incluso yo he llegado a serlo en varias ocasiones. Pero ahora todo es distinto. He vuelto a empezar. He vuelto a nacer.


Paranormal All public. © Mireia Oliver, 2017. Todos los derechos reservados.

#demonios #fantasmas #monstruos #ángeles
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Capítulo uno: Una nota con olor a lavanda

«Los ángeles no existen»

Llevaban diciéndome esa frase desde que era pequeña. Sin embargo, yo veía a personas que podían serlo. Personas con buen corazón, caritativas, que ayudaban a los demás porque les nacía. Sin embargo, cada vez que entraba en aquel maldito edificio que se hacía llamar instituto, mi percepción sobre las buenas personas cambiaba. Allí era invisible, hasta que dejaba de serlo para ser el centro de todas las burlas. No tenía amigos. Nunca había tenido ninguno de verdad. Pero no me importaba. Lo único que deseaba era acabar de una vez y salir de allí lo más pronto posible.

Caminé por el pasillo de linóleo con la cabeza agachada. Extrañamente, nadie me había dicho nada aún. Sentía una extraña presencia a mi espalda, sin embargo, cada vez que me giraba, no había nada ahí. Empecé a pensar que me estaba volviendo loca. Sacudí la cabeza y continué mi camino hasta mi taquilla. Dejé los libros del día en el pequeño armario, excepto los de la primera clase. Con los volúmenes en mano, me dirigí a paso rápido hacia la sala donde impartían la clase de matemáticas. Entré y ocupé mi sitio habitual, al final, junto a la ventana. Adoraba ese sitio, puesto que no estaba a la vista de prácticamente nadie, a menos que se giraran para mirarme especialmente, cosa que nunca ocurría.

—Señorita Gómez —Me llamó el profesor—. Atienda, por favor.

Asentí con la cabeza y, apoyando ambos codos en la mesa, me dispuse a fingir que atendía sus aburridas clases. Mi profesor de matemáticas solía hacerlo todo más aburrido de lo que era. Su voz siempre tenía la misma tonalidad grave y banal que no inspiraba más que sueño.

Las horas fueron pasando, hasta llegar a la hora del descanso. Extrañamente, a las once de la mañana, no había nadie por el edificio ni por el patio. Caminé por el suelo pavimentado hasta encontrar una pequeña sombra. La esquina del rojizo edificio era el lugar que solía ocupar la mayor parte del recreo. Saqué el libro de lectura de turno, abriéndolo por dónde lo había dejado esa mañana en el autobús, de camino al infierno. Dejé el marca páginas dentro del libro, entre la portada y la primera hoja. Y sin más, me interné en el mundo de fantasía que me esperaba.

«Sabes que tengo que matarte y no lo he hecho todavía. Ni tengo intención de hacerlo, y no te imaginas la de problemas que me puede acarrear eso. ¿Me preguntas si me importas? ¿A ti qué te parece?»

Tras leer dicha frase, sonó la sirena. Cerré el libro, posando con cuidado el marcador entre las hojas y suspiré. Era la segunda vez que leía el libro, sin embargo, seguía emocionándome cada palabra de los personajes principales. Me levanté sin prisa y fui a mi taquilla. Fruncí el ceño al sentir un leve olor a lavanda emanar del pequeño armario cerrado que tenía en frente. Le di media vuelta al cerrojo, con la llave que me colgaba de la muñeca, y me encontré un pequeño sobre violeta que no estaba ahí antes. Sin leerlo, lo guardé entre las hojas del libro de inglés y me encaminé a la clase adecuada.

A diferencia de las demás clases, en inglés me sentaba en primera fila. Pero, por supuesto, al lado de la ventana. Por mucho que me gustase la clase, nunca sabes cuando puedes necesitar un pequeño escape de la realidad en forma de cristal. No pude centrarme en absoluto. El sobre con olor a lavanda ejercía un poder de atracción en mí, inevitable. Mas no podía abrirlo aún. Sobretodo porque mi mente adivinaba que era una burla, y no pensaba satisfacer al que lo había enviado con las expresiones de mi cara y mis llantos.

Las siguientes clases transcurrieron sin ningún tipo de novedad o accidente, cosa rara en mi día a día. Nadie se había metido conmigo, ni se había burlado, ni nada de lo que solían hacer. Sin embargo, no podía cantar victoria aún. La carta seguía en mi libro de inglés.

Me senté en la parada de autobús a esperar al vehículo, para que me acercara a mi casa, a uno de los peores suburbios de la ciudad. Abrí de nuevo el libro, pero no pude leer más de dos páginas, hasta que un chico se puso delante de mí, impidiendo que la poca luz del mediodía que no tapaban las grisáceas nubes iluminase las páginas. Miré hacia arriba, pero no pude verle la cara, puesto que me daba la espalda. No le di más importancia, me deslicé por el banco, hasta apartarme de su sombra.

—Oh, lo siento. —Dijo el chico, girándose—. Lamento de verdad haber estorbado tu lectura.

—No te preocupes. —Respondí, a miles de kilómetros de allí.

Cuando oí al autobús acercarse, miré hacia arriba pero el chico había desaparecido. Pestañeé pero no le di ningún tipo de importancia. Me subí al vehículo y me coloqué apoyada a uno de los laterales, dado que estaba repleto de gente y no había asientos libres. Miré varias veces la mochila, a punto de sucumbir a la tentación de leerlo, sin embargo, esperé a estar en la pequeña seguridad de mi habitación.

—¡Ya estoy en casa! —Grité, cerrando la puerta detrás de mí.

No hubo respuesta, como de costumbre. Mis padres solían llegar una hora después, puesto que sus trabajos no les permitían estar en casa antes. Subí las escaleras de madera que llevaban a la buhardilla, donde estaba mi habitación. Era pequeñita, y llena de estanterías con libros. No tenía ni escritorio, puesto que solía estudiar en la cama. Me deshice de mis zapatos, y me dejé caer sobre el colchón. Me quedé un rato mirando el techo de madera, pensando en distintas historias que tenía en mente. Tras un rato de divagación, me decidí a sacar el sobre violeta. Dentro, había una nota, doblada en cuatro partes, junto a dos flores de lavanda secas. Saqué las flores, y las dejé encima de mi mesita de noche, disponiéndome a leer la nota:

«Dulce Celia,

No estás sola. No me está permitido explicarte el porqué. No hasta que mueras. Hasta entonces, recibirás flores todos los lunes. Da igual si ya no estamos en el instituto.

Atentamente,

Tu ángel

Releí la nota varias veces. ¿Mi ángel? Nunca se había manifestado antes, ¿por qué ahora me enviaba flores, junto a una nota? ¿Era una burla? Si lo era, estaba muy bien elaborada. Sin embargo, decía que no iba a verlo hasta que no muriera. ¿Cómo se suponía que iba a verlo, si estaba muerta? Era un sinsentido. De todas formas, deseaba saber más de ese extravagante ángel.

Oct. 19, 2017, 10:14 a.m. 0 Report Embed 0
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