aylenzunino Aylen Zunino

Un día normal, en la vida de un hombre normal, con problemas normales. No hay nada que ver, continúe bajando.


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I

Esa mañana, Horacio se levantó muy temprano. A las seis de la madrugada. Su madre siempre decía: -Al que madruga, Dios lo ayuda.

Claro que él necesitaba esa ayuda, de lo contrario habría dormido hasta tarde como lo hace normalmente.

El café estaba frío. Como siempre. Lo tiro en la bacha sin siquiera probarlo. Claro que lo hacia caliente, lo más caliente posible, pero no lo podía tomar caliente, entonces esperaba a que se enfriara un poco y se prendía un pucho. Ahora que su madre estaba muerta fumaba dentro de la maldita casa cuando se le daba la gana.

Que vieja mañosa, -pensaba cada vez que prendía un cigarro-, hincha bolas. No quería morirse, pero gracias a Dios, al fin acabó partiendo al mismísimo infierno. Pero como le costó, ¡Que señora, por favor! No en vano se dice que hierba mala nunca muere y ella bien que había matado hierbas buenas a lo largo de su vida. Muy extraño el refrán, el dicho, lo que sea... ¿De donde habían salido esos refranes? Seguramente algún viejo en el campo lo había dicho y los amigos lo volvieron popular. Los viejos en el campo si que la pasaban bien, nada que hacer más que ocuparse de la tierra, tomar mate, y comer asado. Aunque el mate mal preparado es feo y yo no sé preparar mate, seguramente la hubiera pasado mal porque tampoco se hacer asado. Si, yo hubiera sido el viejo del que todos se burlaban. Que desgracia...

Continuó divagando, incluso cuando se había terminado el pucho y así fue como se le enfrió el maldito café.

-Agh -se quejó mientras lo tiraba- ¿Por qué siempre me pasa lo mismo? Si yo hierbo el agua, Dios mío. Esto es una maldición, la puta madre.

Se oyeron aplausos fuera de la casa y Horacio se arrimó a la ventana de la cocina, pero el sol no había salido y la ventana era pequeña, así que no veía nada

-¿Quien es? -gritó- ¿Qué quiere? Si vende algo no quiero, estas no son horas de vender cosas.

-Soy yo, Horacio -dijo una voz femenina que se oía añeja y temblorosa.

-Dios mío -murmuró- esta señora nunca duerme ¿Qué quiere, doña? -gritó.

-Es que vi la luz prendida y creí que algo había pasado -gritó la señora- por lo de tu mamá, ya sabes.

Horacio rodo los ojos.

-No pasa nada, doña. Váyase a su casa.

-Bueno mijo, nos vemos más tarde.

-Si, si -respondió por encima de lo que ella decía.

Ah, que vieja rompe pelotas, por favor ¿Está todo el día mirando por la ventana para mi casa? Que desgracia vivir enfrente de semejante señora ¿No tiene nada más que hacer que mirar todo el día por la ventana?

Horacio se apartó de la ventana, asumió que la vieja se había ido ¿De donde había salido ese desprecio por las señoras metiches? No lo sabía, pero ahí estaba. Lo carcomía. Sin embargo, a penas se comparaba con el odio que le despertaban los viejos fascistas que pedían que volviera el gobierno militar.

Ay, ya se me amargó la mañana. Y va a ser muy larga.

Se puso el abrigo encima de su ropa formal. Necesitaba un trabajo y había madrugado precisamente para conseguirlo.

Cuando Alicia entró como un huracán a la casa, Horacio se encontraba en el sillón, con un pucho a medio fumar que se consumía solo. La mirada fija en algún punto perdido frente a él y no respiraba.

-Horacio -lo llamó- ¡Horacio!

-Dios mío, Alicia. Ya cállate

-¿Escuchaste lo que te dije?

-No ¿no ves que estoy fumando?

-¿Y a mi que me importa que estés fumando? ¿Conseguiste trabajo?

-Claro que no, cinco años de experiencia ¡Mínimo! ¿Entendes, Alicia? Cuarenta y cinco años tengo, Alicia. Cuarenta y cinco años desempleado, por favor ¿Qué le pasa a este país? Y yo creí que iba a estar tranquilo después de que se muriera esta vieja nazi ¡Pero no! ¡Tenía que joderme hasta después de muerta! ¿Cómo va a donar su pensión al orfanato? Ni un poco de consideración por todos los años que tuve que cambiarle los pañales, que la bañe -lo recorrió un escalofrío y puso cara de asco-, todos los mandados le hacía.

-Entonces cuida ancianos, Horacio.

-Que chiste más pelotudo que hiciste, Alicia -dijo seriamente-. Comediante deberías ser vos en vez de abogada.

-Te lo digo en serio. Hay empresas que contratan personas para eso, te voy a buscar los contactos de...

-Ahora entiendo...

-...las empresas y las direcciones así llamas o te presentas...

-...tu chiste no es pelotudo, Alicia, vos sos pelotuda -afirmó y ella se quedó callada-. Sabes lo que pienso de los viejos, no los soporto. Cuidé a la vieja porque quería esa pensión, era lo que me correspondía...

Alicia le plantó un beso en la boca para que se callara, era la única manera.

-A vos no te correspondía nada, Horacio -le dijo mirándolo a los ojos-. Esa plata es de tu mamá y ella hizo lo que quiso con la plata. Dejate de hinchar, ¿ah? Dejate de romper las pelotas un poquito y hacete cargo de que fuiste un mantenido toda tu vida y lo único que sabes hacer es cuidar viejos.

Horacio sentó a Alicia en su falda y le acarició el culo redondo y perfecto mientras ella comenzaba a desprenderse la camisa.

-Esto no es justo -murmuró, mirando embobado los pechos de la mujer recubiertos por un fino corpiño de encaje que los apretaba-. No podes manipularme con sexo...

Le gustaba mucho como se vestía Alicia. Por encima era la doctora Alicia Marinetti, dueña de un despacho con un reconocimiento importante a nivel nacional y por debajo...

-Lo hago porque puedo, porque vos me lo permitís, mi amor.

Ella se puso de pie y se sacó la falda. La tanga hacía conjunto con el corpiño y el porta ligas igual. Era una mujer monumental. Horacio comenzó a sacarse la corbata, desprenderse la camisa

-No -lo detuvo ella-. Me gusta así.

Alicia se sentó encima de la mesa redonda del comedor y abrió las piernas. Horacio se abalanzó sobre ella como una bestia. Ni siquiera le quito el conjunto de ropa interior, también le gustaba mucho.

En medio del acto se volvieron a escuchar esos insoportables aplausos.

-Buscan... -susurraba Alicia ente gemidos-. Buscan...

-Si, si, ya escuché, que se vayan.

-¡Horacio te traigo comida! -gritó la anciana.

-¡Estoy... un poco ocupado... -respondió sin dejar de embestir a Alicia.

-¡Es un momento, mijito!

-Si no la atendes no se va a ir -señaló objetivamente ella.

Horacio salió refunfuñando.

-Horacio, espera...

Lo siguiente que escuchó Alicia fue el grito de la mujer y las puteadas de Horacio.

-¡Le dije que estaba ocupado, vieja de mierda! ¡No quiero comida, la puta madre, métase en su casa con olor a rancio y déjeme vivir tranquilo! ¡Por el amor de Dios!

-¡Te voy a denunciar! ¡Esto es una vergüenza!

-¡A mi que mierda me importa!

La vieja continuo gritando, pero Horacio ya se había metido en la casa y había cerrado la puerta de un portazo, aun con el amigo erecto al aire.

-Pobre señora, Horacio -dijo Alicia aguantándose la risa.

-Primero me lo miró con hambre -dijo consternado- estoy seguro.

-Ay, callate.

-Te lo juro por Dios -aseguró- ¿Por qué te estas vistiendo?

-Porque trabajo, solo pasaba para ver como te había ido.

Horacio aprovecho que estaba agachada poniéndose la falda y le cacheteo el culo.

-Quedate, ninguno de los dos ha acabado.

-No, me voy. La próxima vez guárdate el pito en los pantalones antes de salir, dejá de antojar a las vecinas.

-No seas asquerosa.

-Ah, cuando yo lo digo es asqueroso...

-Yo no lo dije en chiste, Alicia. Me preocupa. Esa señora es la hermana de mi mamá.

May 13, 2022, 5:56 p.m. 0 Report Embed Follow story
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