K
Katherine Andrade Flores


Las criaturas mágicas viven entre nosotros. Coral no lo cree hasta que conoce a Dominik; un CEO dominante que aparenta ser un veinteañero, pero que en realidad es un vampiro centenario. Él la muerde para alimentarse de ella, pero en un giro inesperado, Coral resulta ser una criatura híbrida capaz de embrujarlo con su sangre. Después de esa mordida, tendrán que estar juntos aunque no quieran hasta conseguir la forma de romper el hechizo.


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#amor #227
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La mordida

Coral le dio un puntapié al extraño que yacía tendido en el piso, entre la cama y el sofá, esperó unos segundos para ver si reaccionara, pero el cuerpo parecía sin vida. Se frotó la cara con las palmas de las manos y resopló. El hombre estaba en posición fetal, tapándose el rostro con los antebrazos. Ella se agachó a su lado, respiró profundo y lo estremeció con ambas manos. Un zarandeo suave. Tímido. Casi inexistente. Él no reaccionó.

Acababa de romper alguna especie de récord; encontrarse a un hombre muerto en su primer día de trabajo ―o mejor dicho, en su primera noche― era cruzar un nuevo horizonte de mala suerte. Era demasiado; incluso para ella. Empezó a caminar de un lado a otro de la habitación. ¿cuál era el procedimiento en esos casos? No tenía idea.

Le importaba poco qué le había pasado a aquel desconocido que le arruinaba la vida con el mero hecho de haberse muerto ahí, si perdía el trabajo, todas las cuentas que había hecho en el transcurso del día, podían irse muy a la mierda. No le alcanzaría para pagar el arriendo ni el tratamiento médico de su padre, mucho menos las pensiones escolares.

Decidió estremecerlo una segunda vez; con más fuerza, a lo que el sujeto respondió con un gemido. Coral sintió que su corazón daba un brinquillo de felicidad ante aquella señal vida.

―¿Está usted bien? ―preguntó con la voz temblorosa, lo trataba de “usted”, aunque era un hombre joven que no debía tener más de treinta. Él se sentó con un movimiento brusco dejando ver un rostro pálido. Anémico. Casi cadavérico. Esto tomó a Coral por sorpresa, haciéndola coger aire de un jalón ―¿Puedo ayudarle? ―preguntó con un hilo de voz ― el extraño la escrutó con la mirada, de arriba abajo y de abajo a arriba.

Coral, Coral, Coral, qué iba a estar imaginando la pobre chica, lo que estaba por pasarle. Su vida estaba por dar un giro de ciento ochenta grados y ella no se daba por enterada.

―Sí, puedes ayudarme ―respondió el extraño, con una voz ronca y temblorosa.

Antes de que Coral pudiera preguntarle cómo, él se le abalanzó encima, ella quedó tendida en el suelo con el chico misterioso sentado a horcajadas sobre su cintura. Él le sujetó las muñecas y se inclinó posando los labios sobre su cuello.

Coral estaba segura de que ese hombre la violaría. Tenía que haberle hecho caso a su padre, una chica pequeña como ella no tenía nada que hacer fuera de casa a esas horas de la noche, sabía que su padre tenía razón, sabía a lo que se exponía, no era ninguna tonta. Pero necesitaba el dinero, el maldito dinero.

Sintió un terrible dolor en el cuello, una punzada, como...una mordida. Se preguntó por qué la mordía. Claro que por su mente no pasó la idea de algún fetiche, Coral no sabía de esas cosas, era más pura que una monja.

El tipo, que debía ser un pervertido de mierda, se alejó de pronto quejándose y retorciéndose como si tuviera arcadas. Como si el sabor de Coral fuese desagradable al punto de provocarle el vómito. Volvió a la posición fetal y se quejó como si le doliera algo.

Coral se levantó, por supuesto que aprovecharía para escapar. Corrió hacia la puerta sin pensarlo dos veces, antes de que ella la abriera, alguien más lo hizo desde afuera.

―¡Señor Leblanc! ―gritó un joven que entró como un rayo en la habitación sin reparar en la presencia de Coral ―Señor presidente ¿está usted bien?

Coral se quedó de pie en el umbral, observando como ese chico preocupado levantaba al hombre que acababa de atacarla, estaba petrificada del susto. Impactada. No podía creer lo que acababa de oír: “Señor Leblanc” ¿Realmente era su atacante ese señor Leblanc? ¿era posible que el mismísimo dueño del Hotel Leblanc, presidente y CEO de Leblanc Corporation, la acabara de... morder? Nadie le creería tal cosa. Salió corriendo en cuanto su cerebro y su cuerpo volvieron a funcionar coordinadamente.

Bajó las escaleras con dificultad, pasó corriendo por el mostrador, no pensó en buscar sus cosas o en devolver el uniforme, solo quería salir de ahí y no regresar jamás.

Cruzó y se sentó en la parada de autobús, el llanto se precipitó de sus ojos como si el mar se desbordara desde dentro de estos. Era casi media noche, pero la calle estaba bastante transcurrida, el tráfico era normal para un viernes. Unos chicos fumaban muy cerca de Coral, ella tosió cuando aspiró el humo.

Una tenue luz amarillenta le iluminaba el rostro, era el gran letrero de en frente en el que se leía “HOTEL LEBLANC” una avenida ancha de dos carriles era lo único entre ella y el lugar del que acababa de escapar; todavía estaba muy cerca, pero no se atrevía a caminar sola y tampoco tenía dinero para un taxi, no tenía otra opción más que esperar el transporte público.

Después de unos minutos de calma, la adrenalina abandonó su cuerpo y el dolor de la mordida se hizo presente, se tocó el cuello con las yemas de los dedos y sintió que estos se humedecían. Al ver su mano manchada de sangre, el estómago se le revolvió.

Echó una mirada hacia el hotel, y para su horror, vio salir a dos hombres de ahí, su atacante y el joven que había ido a rescatarlo.

Coral se puso de pie. Los dos hombres cruzaban la calle caminando directo hacia ella, miró a ambos lados, no sabía qué hacer. Los dos tipos, que iban bien vestidos con trajes elegantes, llegaron a la isleta que separaba los dos carriles, se detuvieron a esperar que los coches pasaran, el bus se interpuso entre ellos y Coral y ella lo abordó sin saber si era el que pasaba por su casa. No le había dado tiempo de ver el número o el color, solo había subido, y había cogido con las dos manos el tubo amarillo que iba en vertical desde el techo hasta el piso; se aferró con todas sus fuerzas. Firmemente asida. Como si alguien intentara arrancarla.

Llegó a casa, si es que a ese hueco de cuatro por tres podía llamársele casa, su padre y su hermanita dormían en la litera, ella se dejó caer sobre el sofá (su cama) y lloró hasta quedarse dormida.

El ataque que había sufrido, había sido, por mucho, lo más extraño y perturbador que había vivido, no podría sacarse esa experiencia de la mente jamás, pero el motivo de sus lágrimas era otro; lloraba porque estaba segura de que había perdido el trabajo, ese que prometía ser la solución, o al menos un paliativo, a sus problemas financieros, problemas financieros que una chica de diecisiete no debería asumir sola. Pero en la vida, poco importa lo que debería ser o no ser, importa lo que es.

Despertó con el tropel de unos fuertes golpes contra la puerta, Estrella lloraba a su lado y su papá, echado en cama sin poder levantarse, se cubría el rostro avergonzado, con la palma de la mano.

Coral corrió hacia la puerta y se asomó por la mirilla, era el casero.

―¡Sé que están ahí! ―gritó el hombre desagradable que vestía shorts, camiseta sin mangas y sandalias.

―Por favor ¿podría dejar de hacer tanto escándalo? Mi padre está enfermo ―dijo Coral después de abrir la puerta.

―Tienen hasta mañana al medio día para desalojar ―dijo el hombre tajante.

―Señor Brown, conseguiré el dinero hoy, se lo...

―No conseguirás el pago de dos meses hoy, niña ―le interrumpió ―Ya busquen un puente debajo del cual vivir ―las palabras crueles de ese hombre rompieron algo dentro de ella. Tendría que irse a la calle con su padre y su hermanita.

Coral se quedó mirando cómo el casero se alejaba por el corredor de paredes amarillentas y piso de madera desvaído. Dos hombres se cruzaron con él y Coral entornó la mirada como si buscase algo en el aire, reconoció los dos rostros que se acercaban: el mismísimo Dominik Leblanc y su secuaz. El corazón empezó a latirle desbocado.

March 15, 2022, 8:22 p.m. 0 Report Embed Follow story
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