A
Adriana Vigo


La agente libre Nadia Ovechkina, alias Scheherezade, recibe una interesante propuesta de trabajo para obtener el prototipo de un nuevo experimento de última generación. Aunque no estará sola, tendrá que trabajar con otro agente libre, un experto en artes marciales al que llaman el Shinobi. En una profesión donde nada es lo que parece y la confianza es un bien escaso, no siempre es fácil discernir quién es tu aliado y quién tu enemigo.


Action Not for children under 13.

#romance #intriga #acción #espías
Short tale
1
689 VIEWS
Completed
reading time
AA Share

Scheherezade VS Shinobi

La llamaban Scheherezade y era una de las mejores agentes libres de Europa del Este. Bueno, probablemente la mejor, pero a Nadia no le gustaba alardear de sus múltiples talentos y habilidades. No más de lo que su ego precisaba, al menos.

Algunos decían que tenía ascendencia árabe y que de ahí provenía el sobrenombre, aunque bien sabía ella que no era por eso que la llamaban así. Por supuesto no iba a revelar el origen de tan exótico alias, le gustaba que los rumores circularan por ahí. La mayoría concordaba en que había sido adiestrada por la inteligencia rusa para ser enviada a Oriente Medio, dadas aquellas supuestas raíces árabes; otra cosa que ella no iba a admitir o negar, naturalmente, aunque era verdad que había trabajado mucho en aquella región del globo. Al fin y al cabo, la ambigüedad étnica de Nadia era muy útil pues con su tez clara, cabello y ojos de un oscuro tono castaño, podía ser oriunda de casi cualquier parte de Europa a juzgar por sus rasgos faciales; en aquel rostro ovalado destacaban unos ojos grandes y abiertos, con la delicada nariz estrecha de punta algo redondeada, labios gruesos y carnosos, mandíbula angular y pómulos definidos. También pasaba por latina o norteamericana, y hablaba árabe, turco y hebreo con extensa fluidez. Había usado pasaportes de tantas nacionalidades que no podría enumerarlas todas.

Su actual identidad era rusa; Nadia Ovechkina, nacida en Volgogrado el doce de septiembre de treinta y cuatro años atrás. Había volado de Marrakech a las Vegas con intención de reunirse esa noche con un posible cliente en un lujoso casino de la ciudad. Diamond Paradise, así se llamaba aquel sitio. Le encantaban los diamantes, esa fue una de sus motivaciones para empezar a trabajar por su cuenta; se ganaba mucho más siendo agente libre, especialmente cuando te habías labrado una reputación que atraía a adinerados clientes de todas partes del mundo. El mercado negro de información, armamento y biotecnología estaba muy necesitado de gente con talento que supiera ser eficaz, discreto y rápido. Tres de las infinitas y variadas cualidades de Nadia.

Aunque mientras se paseaba por el interior del ostentoso casino, encantadoramente embutida en un sugerente y ajustado mini-vestido color magenta que se anudaba a su cuello con una cadena de oro y diamantes dejando la espalda desnuda para quien quisiera echarle un vistazo, también reflexionaba sobre las otras muchas actividades con las que se ganaba la vida cuando no tenía un cliente; en casinos como aquel había un sinfín de peces gordos a los que estafar al póker, Nadia incluso conocía un método infalible para contar cartas y no pasarse en el blackjack, aunque debía ser muy precavida a la hora de emplearlo para evitar que el crupier se diera cuenta. También había engañado a la ruleta en alguna ocasión, aunque este era el medio más arriesgado porque además de manos ágiles, y las suyas lo eran, requería de un ángulo adecuado para que ni las cámaras ni el crupier se percataran de tan discreto cambiazo en las fichas; también era conveniente trucar la ruleta y reemplazar la bolita habitual por una magnética primero, pero esto era demasiado tedioso y complicado para que a ella le apeteciera hacerlo a menudo. No, era mejor el póker y el blackjack. O las máquinas tragaperras digitalizadas, de fácil manipulación para una hacker tan talentosa.

Aunque lo cierto era que no andaba escasa de capital. Incluso sin trabajo como agente libre, era perfectamente capaz de sostener su descomunal tren de vida con la fortuna que había heredado de su difunto marido, el científico ruso Malyen Ovechkin de la compañía farmacéutica Biorussbin. Había fallecido repentinamente hace seis meses, dejando tantos ceros en la cuenta bancaria de Nadia que ella bien podría jubilarse si lo deseara. No era el caso, disfrutaba mucho con la adrenalina que se disparaba en su flujo sanguíneo durante la acción como para renunciar cuando aún le quedaban tantos años de profesión por delante.

Se detuvo ante un gran espejo colgado en una de las paredes de granito pulido, echando un vistazo a su maquillaje y recolocando un par de mechones de su larga y ondulada melena castaña, sonriendo ligeramente a su reflejo antes de girarse para continuar su camino hasta las puertas que conducían a una de las salas de juego. Al otro lado había un sinfín de mesas de blackjack alrededor de las cuales se aglomeraban multitud de hombres y mujeres vestidos tan elegantemente como ella, más gente yendo y viniendo mientras conversaban unos con otros o bebían, camareros con el uniforme rojo y dorado del casino en constante movimiento para servir champán y canapés a sus clientes. Nadia sonrió a todo con el que se cruzó y cogió una copa de champán de la bandeja de un camarero que pasó por su lado, mirando sin aparente interés a su alrededor mientras le daba un sorbo. Pronto le ofrecieron más champán, un par de señores trajeados utilizaron tal excusa para entablar conversación con ella, más interesados en sus kilométricas piernas terminadas en altos tacones de aguja negros que valían más de dos mil dólares americanos, y su esculpida anatomía fácilmente apreciable a través del ceñido vestido. Les siguió un poco el juego a todos y procuró deshacerse de la mayoría, siempre sonriendo con el sensual y sugerente encanto que la caracterizaba. Aquellos tipos eran meras sabandijas ricachonas, perfectas para estafar aunque dudaba poder sacar gran cosa de ellos, y debía elegir a su víctima meticulosamente antes de dar un solo paso.

Aunque primero se reuniría con su posible cliente, el cual parecía estar retrasándose un poco; Nadia ya llevaba diez minutos más de lo acordado esperando y aún no había hecho contacto. Estaba pensando en ''probar suerte'' en el blackjack, y si no aparecía en los próximos diez minutos, se marcharía sin posibilidad de un segundo encuentro por mucho dinero que estuviera dispuesto a pagarle. No era barato contratar a Scheherezade, tampoco lo era su tiempo.





Sentado en una discreta mesa, cerca de una ruleta, Shiro Karahashi mantenía controlado su entorno a través de las gafas oscuras que velaban sus ojos, esperando. El señor Lemoine había llegado hacía una hora con sus guardaespaldas pero prefirió enviarlo a él primero para asegurar la situación. El magnate francés no se fiaba de nadie, tenía demasiados enemigos y mucho que perder si algo salía mal, lo cual no significaba que confiase en Karahashi; lo demostró investigándolo nada más lo contrató, aunque él sabía que no había encontrado nada que no debiera. Un buen Shinobi era como un fantasma, no dejaba huellas.

No podía decir lo mismo de Parker. Aquel yanqui, suponiendo que de verdad fuera estadounidense pues en aquella profesión era difícil asegurar nada de nadie, no dejaba de causarle problemas; ahí a donde iba hacía más ruido del que debiera, incapaz de borrar sus propias huellas sin ayuda, de modo que Karahashi acababa por tener que limpiar después el desastre. Por suerte no estaba en Las Vegas, Lemoine lo había enviado a Reino Unido para ocuparse de la obtención de unas determinadas tarjetas que poseían información crucial sobre su objetivo. Aunque aún no había conseguido resultados complacientes y la cosa parecía ir para largo; es más, Karahashi estaba convencido de que era cuestión de tiempo que lo descubrieran y entonces tendrían que empezar de cero. Probablemente Lemoine lo enviaría a él a acabar el trabajo de aquel inútil, no sería la primera vez en todo un año al servicio del magnate francés que tenía que ocuparse de los desastres de Parker.

Sus ojos, ocultos por unas gafas de sol de negros cristales, se desviaron hasta una mesa de blackjack cercana, donde un pequeño grupo masculino rodeaba a una mujer de unos treinta años ataviada con un vestido corto rosa magenta. Ella sonreía coquetamente, sacudiendo sobre un hombro su larga melena peinada en suaves bucles, apostando a las cartas entre la gran expectación creada; había acumulado casi quinientos dólares desde que empezó a jugar, asombrando a más de uno por la gran suerte exhibida a la hora de no pasarse de número. Después de observar un rato, Karahashi no estaba muy convencido de que fuera solo una cuestión de suerte.

Dejó de mirar cuando un único pitido llamó su atención, proveniente del reloj en torno a su muñeca izquierda. Lo miró brevemente y se puso en pie, silencioso como una sombra escabulléndose de la sala de juego sin apenas ser reparado por nadie.





Nadia estaba en racha, aunque esto era de esperar; su método nunca fallaba.

—¿Otra más? —Preguntó uno de los caballeros trajeados que no dejaban de pulular a su alrededor.

Fingió pensarlo, mordiéndose el labio inferior y tarareando para sí.

—Creo que sí… Hay que aprovechar la buena suerte, ¿Verdad? —Y se rió.

Sin embargo la carta que sacó el crupier entonces era más alta de lo deseable; había perdido. Ella ya lo sabía, por eso su apuesta había sido mucho menor que en anteriores ocasiones, perdiendo intencionadamente para no levantar sospechas. Con un mohín triste, se retiró de la mesa de juego escoltada por un par de babeantes ejecutivos y cuatrocientos ochenta y nueve dólares en fichas. Al menos de algo le estaba valiendo la noche, porque su cliente seguía sin aparecer y ella ya se había hartado de esperar.

Agobiada con tanto idiota junto, se deshizo de sus ''admiradores'' con una excusa muy sencilla:

—Señores, voy al baño un momento a retocarme el pintalabios —les guiñó un ojo, siempre sonriendo encantadoramente—. Vuelvo enseguida.

En realidad se iba del casino ya, pero eso no era asunto de ninguno de ellos. Cambiaría las fichas por un cheque contante y sonante y volvería a su hotel. Nada mejor que un buen sueño reparador después del largo vuelo desde Marrakech.

Iba por un pasillo, camino a uno de los ascensores que la dejaría en la planta baja, la moqueta roja amortiguando ligeramente el repiqueteo de sus tacones de aguja, cuando una voz captó su atención.

—¿Es usted la señorita Ovechkina?

Dejó de andar, casi con cierta pereza, dando media vuelta. En el pasillo que había dejado atrás vio a un hombre vestido con un traje chaqueta negro y camisa blanca con el cuello abierto. ((¿Quién lleva gafas de sol en un lugar cerrado y en plena noche?)). Sin embargo aquel hombre lo hacía, unas gafas de cristales tan oscuros como el cabello corto que caía sobre su frente y en capas enmarcando un rostro de afilados pómulos y fuerte mandíbula. Nadia enarcó una ceja, de inmediato dibujándose una ligera sonrisa en sus labios.

—¿Quién lo pregunta? —Quiso saber juguetonamente, entre los dedos enrollando una de las puntas del pañuelo rosa que sobresalía por una esquina de su cartera negra de mano.

Impertérrito, aunque esto era de esperar con aquellas gafas de sol velando cualquier tipo de expresión en su rostro, lo cual molestaba a Nadia porque no podía leer en él, el misterioso hombre vestido de negro y blanco alargó un brazo hacia un lado señalando otro pasillo que allí se encontraba.

—El señor Lemoine la está esperando —Fue lo único que dijo.

—A buenas horas —amonestó aunque su tono era jovial, mientras continuaba enroscando la punta del pañuelo de modo casi reflexivo entre los dedos—. Su jefe es muy desconsiderado, tan impuntual. Debería irme ahora por hacerme esperar tanto tiempo.

—Usted misma, suponiendo que pueda —Señaló él simplemente, encogiendo los hombros con suavidad.

Sus dedos dejaron de enrollar aquel pedazo de pañuelo, mirando atentamente al hombre de las gafas de sol.

—¿Es eso una amenaza, acaso?

—No me pagan por amenazar, señorita Ovechkina, pero lo dejo a su imaginación —volvió a señalar el pasillo a su derecha—. Cuarta puerta a la izquierda.

Y con eso se dio la vuelta, traspasando unas puertas que conducían a un atrio. Nadia se quedó ahí por un momento, aún con sus ojos castaños fijos en el último lugar dónde lo había visto. Un tipo peculiar, parecía.

Aunque estaba molesta por el retraso tenía curiosidad por ver qué quería su posible cliente y cuánto pensaba pagarle por ello, de modo que siguió las indicaciones del misterioso hombre de las gafas de sol. Una vez llegó a la cuarta puerta del lado izquierdo, tocó dos veces y esperó. No pasó mucho hasta que un tipo corpulento y de elevada estatura le abrió; Nadia no era especialmente alta, un metro setenta y cuatro si le sumabas los once centímetros de sus tacones de aguja, pero aquel tipo casi le sacaba una cabeza. Y sus brazos eran enormes, con grandes bíceps de culturista apretujados bajo una barata chaqueta negra que no parecía de su talla.

—¿Quién es usted? —Exigió saber de malos modos, haciéndola preferir al otro tipo de las gafas de sol.

Respiró hondo, armándose de paciencia.

—Nadia Ovechkina. Quizás le suene de algo —Denotó irónicamente, pues dudaba que aquel saco de músculos tuviera cerebro. No, tenía pinta de ser el clásico matón bueno con los puños pero incapaz de pensar sin ayuda.

Frunció el ceño, lo más probable era que su cerebro de mosquito no captara la indirecta, pero no tardó en apartarse para dejarla pasar. Dentro, Nadia encontró una pequeña salita con dos sofás de cuero negro frente a frente y una mesita de té en medio, un surtido mini-bar junto a una de las paredes y un gran acuario. Había un hombre de en torno a cincuenta años sentado en uno de los sillones, cerca del cual se hallaban varios hombres vestidos igual que aquel que le abriera a ella la puerta; guardaespaldas, un total de cuatro.

—Así que usted es la famosa Scheherezade —dijo el que estaba sentado, su inglés cargado con un moderado aunque muy fácil de reconocer acento francés—. Su reputación la precede. Le pido disculpas por el retraso; se podría decir que soy algo maniático con la seguridad, especialmente tras los dos intentos de asesinato del último mes —e hizo un elocuente ademán hacia los hombres allí presentes, sus guardaespaldas, antes de señalar el sillón frente a él—. Por favor, no se quede de pié, tome asiento —sugirió, cortés—. Hay mucho de lo que hablar.

Lo hizo, ocupando una de las plazas laterales del sillón negro que le indicó, dejando la cartera de fiesta a su lado. Con un suspiro de lo que parecía resignación, Nadia cruzó elegantemente las piernas y se miró las uñas pintadas al estilo francés.

—Bueno, le escucho.





Traspasó una puerta que lo condujo a un pequeño almacén, desde donde había notado bastante actividad. Allí se encontró con dos hombres ataviados con el uniforme del casino. Uno de ellos, el más cercano, fue el primero en percatarse de la entrada de Karahashi.

—Señor, aquí no puede estar sin autorización —Le dijo, acercándose.

Lo miró tranquilamente a través de sus gafas oscuras, echando un vistazo a la placa de identificación en la solapa de su chaqueta. Había memorizado los nombres de la plantilla que estaría trabajando esa noche en el casino, y aquel que vio escrito no figuraba en ella.

—Ustedes tampoco, ¿Verdad? —Inquirió no sin cierta ironía, enarcando una ceja.

Como respuesta, el falso empleado sacó una pistola del interior de su chaqueta roja del casino; aún no había logrado apuntar a Karahashi cuando él agarró su muñeca y apretó con un dedo en un punto específico que lo forzó a soltar el arma de fuego con una mueca de dolor.

Rápidamente el segundo hombre desenfundó su pistola y disparó dos veces, pero Karahashi utilizó como escudo a su compañero de modo que los dos proyectiles impactaron en la espalda del falso empleado del casino, sin hacer ruido gracias al silenciador que eliminaba el característico estruendo. Hubiera disparado una tercera vez, pero una bala impactó en su frente antes de que tuviera ocasión de presionar el gatillo nuevamente; Karahashi había tomado la pistola del hombre que le sirviera de escudo, disparando desde un lateral de la cabeza del ahora cadáver.

Dejando caer el cuerpo, ya inútil para él, registró a ambos y revisó el pequeño almacén; encontró explosivos colocados discretamente entre unas cajas, y algunas cosas más. Suficiente.

Tras desactivarlos, salió del almacén.





—Conque quiere que entre en unas instalaciones de Biorussbin y adquiera toda la información sobre ''Omega'' su nuevo proyecto —resumió Nadia en pocas palabras la petición que Lemoine le había hecho—. Nada que otro no pueda hacer —Desdeñó, esperando algo más interesante.

—Biorussbin posee uno de los mejores sistemas de seguridad del mundo, señorita Ovechkina. Nada entra ni sale de sus complejos sin que ellos lo sepan.

—No existe un solo sistema de seguridad que no se pueda vulnerar —Replicó ella, como experta hacker.

—Este proyecto en concreto es algo con lo que son especialmente celosos —incidió Lemoine—. Nada ha trascendido al respecto, y eso es inusual. Es evidente que preparan algo grande y no quieren que nadie se entere. Probablemente relacionado con las armas nucleares, quizás. Por eso están más alertas que nunca, lo cual dificulta el trabajo a los míos. Tal vez usted tenga más suerte —Añadió.

Nadia lo meditó. Cierto era que Biorussbin tenía unos protocolos bastante particulares en cuanto a su seguridad, además de un profundo hermetismo respecto a sus investigaciones. A saber lo que estarían haciendo, y cuánto podrían sacar otros por ello.

—Supongamos que acepto, ¿Cómo pretende que me infiltre en la base?

—Todavía quedan algunos cabos que atar antes de llegar a eso. Lo importante es que el pago será muy bueno; tanto como para que pueda pasarse un año entero en un crucero de lujo por las islas griegas, si le place tal cosa.

Interesante, aunque no le bastaba. Solo un loco haría ese trabajo sin saber bien a qué se atenía. Por desgracia no tuvo ocasión de preguntar más porque en ese momento la puerta se abrió, uno de los guardaespaldas de Lemoine entrando repentinamente.

—¡Señor, hay que irse! ¡El casino no es seguro!

Todo el sala se movilizó, un nervioso Lemoine poniéndose en pie y caminando frenéticamente de un lado a otro mientras no paraba de llamar por teléfono a alguien que al parecer no contestaba. Tirando el móvil sobre el sofá con un pintoresco improperio en francés, se volvió hacia el tipo con pinta de matón descerebrado que antes le había abierto la puerta a Nadia.

—¿Dónde demonios se ha metido Karahashi? ¡Le pago una fortuna para que esté aquí en este tipo de situaciones!

Agrandando sus ojos castaños con un suspiro, Nadia cogió su cartera y se puso en pie.

—Bueno, veo que tiene ''asuntos'' que atender… mejor me voy yendo —No tenía la menor intención de verse involucrada en nada de aquello.

Pero apenas había hecho la mitad del recorrido hasta la puerta cuando el grandullón atiborrado de esteroides le cortó el paso.

—Tú no te mueves de aquí hasta que el señor Lemoine haya abandonado el casino sano y salvo —Espetó.

—Maldonado —Intervino el magnate francés, conciliador.

Miró a su jefe con cierta reticencia.

—Podría estar trabajando con los de Biorussbin o con cualquier otro. Nunca se sabe con los agentes libres —Denotó con clara desconfianza.

Nadia esbozó una media sonrisa.

—Oh, entonces puedes pensar —Sonaba muy asombrada por ello, sin disimular en lo más mínimo. Esto, como cabía esperar, no le sentó nada bien al tal Maldonado.

Uno de los hombres de Lemoine apareció por la puerta, un revolver de gran calibre en su mano derecha.

—El pasillo está despejado —Informó.

Con gran cortesía Lemoine posó una mano en el antebrazo de Nadia.

—Si tiene la amabilidad de acompañarme, señorita Ovechkina… —Comenzó, aunque ella no le dejó continuar.

—No pienso ir a ningún sitio sin que me pague por ello —Repuso, en todo momento sonriéndole mientras retiraba aquella mano de su brazo.

Maldonado sacó entonces una pistola, presionándola contra la sien izquierda de Nadia.

—Haga caso al jefe —Le sugirió con tosquedad.

Suspiró, alzando lentamente las manos en gesto inofensivo.

—Si insten —Dijo casi divertida, además de muy tranquila, procediendo a seguirlos obedientemente fuera de la sala con el grandullón a sus espaldas aún encañonándola.

Se movieron por varios pasillos completamente vacíos, hasta que por uno vieron a un hombre caminando hacia ellos; vestido de negro y blanco, aún no se había quitado las gafas de sol que Nadia le viera antes.

—¡Por fin apareces! ¿Dónde estabas? —Quiso saber el magnate francés, algo más tranquilo ahora.

—Haciendo mi trabajo —fue la relajada respuesta del hombre de las gafas de sol—. Encontré algunos explosivos pero me he ocupado de ellos, y de los responsables; probablemente trabajaban para Biorussbin, aunque aún no lo he confirmado. También hay noticias de Parker, pero eso será mejor que lo hablemos en otro lugar —Añadió, girando el cuello para echar un breve vistazo a Nadia aún encañonada por Maldonado.

—Sí, larguemos de aquí —Estuvo de acuerdo Lemoine.

—¿Cómo sabemos que no queda nadie en el casino? —interrogó Maldonado, receloso frunciendo el ceño al hombre vestido de negro y blanco—. A lo mejor se te ha escapado alguno.

—Con esas gafas de sol, no me extrañaría —Añadió Nadia en sorna, soltando una breve risotada entre dientes.

El susodicho no parecía haberlos oído, aunque ella pudo advertir la ligera curvatura de una fugaz y fantasmal sonrisa antes de que le diera la espalda.

—Tengo un coche seguro esperando fuera. Por aquí —Indicó a Lemoine, dirigiéndolos.

Apenas habían avanzado algo más de dos metros cuando Nadia decidió que era el momento de actuar; golpeando lateralmente la mano con la que Maldonado mantenía la pistola contra su coronilla, dio media vuelta y le propinó una patada baja a su rodilla izquierda desestabilizándolo, antes de rodearlo y salir corriendo en dirección opuesta con la pistola del grandullón ahora en su poder. Giró lo suficiente la cabeza para mirar hacia atrás y disparar a otro de los guardaespaldas de Lemoine antes de que lograra dispararle a ella, sin dejar de correr hasta que torció el pasillo a la derecha. Oyó pasos; la seguían.

De pronto notó un pequeño impacto en el tacón izquierdo, su pie perdiendo apoyo de modo que Nadia tropezó y cayó al suelo. Cuando fue a incorporarse se dio cuenta de lo que había pasado; el fino tacón de aguja negro se había partido completamente por la mitad. Alzó la mirada, advirtiendo al hombre con gafas de sol avanzando por el pasillo seguido por dos guardaespaldas.

—Genial, ahora tendré que tirarlos —resopló descalzándose fastidiada, antes de recoger entre sus dedos el pequeño objeto de metal insertado en el suelo que había sido responsable de los sucedido a su tacón; circular, tenía forma de estrella de seis puntas—. Vaya, vaya, lo que tenemos aquí… un shuriken, ¿No es así como se llaman? Solo he oído hablar de una persona que use estos juguetitos —volvió a enfocar al hombre de las gafas de sol; había otro shuriken en su mano derecha pero lo guardó en el interior de su chaqueta negra, una pistola en la izquierda con la que le estaba apuntando en ese momento. Ella sonrió—. Así que usted es el Shinobi. Enhorabuena, me debe unos zapatos de dos mil dólares.

—Suelte el arma y ponga las manos donde pueda verlas. No empeore las cosas —Le recomendó él, mientras los otros dos guardaespaldas lo flanqueaban también apuntando a Nadia con sus pistolas. También Lemoine y Maldonado torcieron entonces por el pasillo, junto con los otros dos guardaespaldas del magnate francés.

Con un amplio encogimiento de hombros, y sabedora de qué le convenía, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade tiró la pistola a los pies de aquel al que llamaban el Shinobi. Mientras él recogía el arma de fuego, uno de los guardaespaldas se acercó a Nadia y la agarró de un brazo, tirando con cierta tosquedad para que se pusiera en pie; ella aprovechó ese momento para cortarle la garganta con el shuriken aún en su poder.

El segundo guardaespaldas disparó contra Nadia, la orden de Lemoine para que no lo hiciera llegando demasiado tarde, pero ella ya se estaba moviendo y falló el tiro; rodando por el suelo, llegó a él a la vez que el Shinobi se interponía. ((Bueno, uno por otro)). Sin detenerse ni cambiar su maniobra, trató de atacarlo con su propio shuriken pero él torció el cuerpo hacia un lado y al final la pequeña y circular arma japonesa acabó insertada en el ojo izquierdo del guardaespaldas.

—Señor, deberíamos… —Empezó a decir Maldonado, un poco preocupado con la situación.

Pero el magnate francés negaba con la cabeza.

—No todos los días puedes ver a dos como estos en acción —Fue lo único que dijo al respecto, claramente curioso por ver cómo se desenvolvería aquello.

Girando diagonalmente sobre sí mismo, el Shinobi dirigió una patada voladora que la impulsó con fuerza hacia atrás, haciéndola caer de espaldas en el suelo. Rápidamente Nadia se puso en pie de un salto y cargó contra él pero no llegó a rozarle pues el Shinobi había dado una pirueta en el aire, colocándose detrás de ella y dirigiendo un codazo entre sus omóplatos que la ex-espía rusa logró esquivar al inclinarse hacia delante a la vez que estiraba su pierna derecha hacia atrás logrando esta vez hacer contacto; su patada le giró la cara y lo obligó a retroceder, haciendo también que las gafas de sol salieran volando por los aires hasta aterrizar en el suelo a cierta distancia, dejando así al descubierto los rasgados ojos negros hasta entonces ocultos por los cristales tintados. Ahora quedaba en claro por qué usaba gafas de sol en un lugar tan poco acorde para tal cosa; sin duda llamaría la atención con sus rasgos asiáticos, etnia minoritaria en aquella región del planeta.

—No cabe duda de que es usted un ninja —Dijo Nadia en tono jocoso, medio riendo.

Enarcó una ceja ante el comentario.

—Sin embargo, yo aún no termino de comprender de dónde viene lo de Scheherezade.

—Tal vez se me dé bien la danza de los siete velos. O contar historias.

Dirigió un gancho a su cabeza, que él esquivó felinamente antes de deslizar una pierna entre las de Nadia para enrollar su pie con el de ella, desestabilizándola, y hacerla caer de espaldas con una llave. Una vez en el suelo, y viendo que el Shinobi descendía sobre ella, la ex-espía rusa dirigió una patada recta que le dio de pleno en el pecho impulsándolo hacia atrás, a la vez que se incorporaba y cargaba en una postura baja para atrapar su piernas con las suyas y tirarlo al suelo; lo consiguió, aunque pronto esto se convirtió en una desventaja cuando él intentó inmovilizarla con una técnica de judo, obligándola a apartarse para impedirlo.

—Por favor, parad, ya es suficiente —intervino entonces Lemoine, quien se había mantenido en un segundo plano observando con sus restantes guardaespaldas, a quienes les indicara que tampoco hiciesen nada—. Señorita Ovechkina, es usted mejor luchadora de lo que me habían contado; jamás había visto a nadie tirar al suelo a Karahashi —elogió, y Nadia pudo ver cómo el Shinobi esbozaba una mueca mientras se ajustaba correctamente la chaqueta de su traje de vestir color negro—. Le ruego que disculpe la tosquedad con la que ha sido tratada, ciertamente es imperdonable, pero como le he dicho tengo muchos enemigos y mi vida está en constante amenaza recientemente. Si tuviera la amabilidad de acompañarnos a nuestro vehículo, la llevaré a dónde usted quiera y por el camino le contaré todos los detalles del trabajo que quiero encomendarle; entonces usted podrá decidir si lo acepta o no. Espero que sí, después de este magnífico despliegue de habilidad estoy dispuesto a pagarle lo que haga falta para convencerla.

No contestó inmediatamente, sus ojos castaños iban de un guardaespaldas a otro, advirtiendo la tensión en todos ellos, alertas por si aquella a la que llamaban Scheherezade intentaba algo contra su jefe. Aunque a quien ella realmente prestaba atención era al Shinobi —Karahashi, lo había llamado Lemoine, aunque Nadia tenía muchas dudas respecto a que ese fuera verdaderamente su apellido— pues intuía que él era el único rival a tener en cuenta en ese pasillo. No se sorprendió al ver cómo Karahashi también la estaba observando a ella, su postura en apariencia relajada aunque esto probablemente era solo fingido. Sacudiendo su cabello hacia atrás con las dos manos, Nadia tiró de la falda de su ceñido vestido magenta, que durante el combate se había subido un poco más de la cuenta, y le dedicó una deslumbrante sonrisa al magnate francés.

—Bueno, si me lo pide así… Aunque ya le advierto que no soy nada barata —Mucho menos con lo que acababa de ocurrir allí. No, pensaba cobrarle un buen plus por las molestias.

Una lujosa limusina negra aguardaba en el aparcamiento del casino. Maldonado estaba abriendo una de las puertas, para que su jefe entrara, cuando un potente estruendo llenó el aire y el suelo se estremeció con tanta fuerza que todos se tambalearon; parte del casino había explotado, gritos escuchándose junto con el ruido de cristales, algunas llamas visibles.

—Parece que había más explosivos ocultos en algún rincón del casino —Dijo Karahashi entonces, a lo que Nadia esbozó una mueca sardónica.

No tardaron en subir todos a la limusina, alejándose de allí inmediatamente. Dentro Lemoine le explicó el resto, contestando a las preguntas planteadas por Nadia respecto a la ejecución y planificación de la misión. Finalmente ella aceptó el trabajo; no le había gustado lo que sucedió en el casino pero prometía ser divertido, por no mencionar la cuantiosa suma que cobraría por ello, cuyo adelanto del quince por ciento ya estaba siendo ingresado en una cuenta que le facilitó al magnate francés.

—Listo; cien mil dólares ya han sido trasferidos, como hemos acordado —le dijo Lemoine, a lo que ella sonrió con gran satisfacción—. Desde ahora su contacto será Karahashi; él la mantendrá informada de todo y la avisará cuando haya llegado el momento de actuar.

—Mañana a mediodía saldrá en un avión a Londres; le haré llegar su billete y un pasaporte falso a su hotel por la mañana —añadió el Shinobi, antes de arrojarle una PDA que Nadia agarró al vuelo—. Contactaré con usted cuando haya aterrizado.

—¿Y cómo me pondré yo en contacto con usted? —Se interesó ella, una ligera media sonrisa asomándose en sus labios.

Karahashi enarcó una ceja.

—No lo hará, señorita Ovechkina.

—Qué pena… —Y suspiró largamente, componiendo una teatral expresión de afligida resignación en su semblante que apenas duró medio segundo, guardando la PDA en su cartera de fiesta.

Justo en ese momento la limusina se detuvo; habían llegado al hotel donde Nadia se hospedaba. Ella se apeó.

—Que pase una buena noche, señorita Ovechkina —dijo Lemoine cordialmente—. Le deseo un buen y seguro vuelo mañana.

Merci beaucoup, monsier —Le respondió en francés, guiñándole un ojo coquetamente.

Esperó a perder de vista la limusina para entrar dentro del hotel. Una vez en su habitación, se cambió de ropa y retiró el maquillaje de su rostro antes de acostarse en la cama y coger el teléfono. Rápidamente encontró en la lista el número que buscaba, aunque pronto le saltó el buzón de voz. Hablando en ruso, se dispuso a dejar su mensaje;

—Hola, Sveta. Veo que tienes el móvil apagado, aunque no me sorprende. Soy yo, tu querida hermana, esa a la que nunca te acuerdas de devolverle las llamadas —y se rió, pues no se lo tomaba a mal, dándose prisa en hablar pues sabía que su tiempo para dejarle el mensaje era limitado—. Ya he terminado mis asuntos en Las Vegas, ¡Tengo un nuevo trabajo! Te llamaré más tarde, aunque seguramente tampoco me lo cogerás, ¡Bueno, te lo cuento en el buzón de voz! Besos para mi preciosa sobrina, y no te olvides de cambiar el filtro del acuario. Por cierto, dejé un abrigo en la tintorería que aquella chica de la dulcería te recomendó; uno azul marino con botones de cristal de Swarovski, aquel que te presté hace dos o tres meses, ¿Te acuerdas? Ve a recogerlo por mí, ¿Vale? Te quiero mucho.

Justo entonces pudo escuchar el pitido que le indicaba que se había quedado sin tiempo, aunque no necesitaba más. Ya llamaría en otro momento, por la mañana antes de coger ese vuelo a Londres.





En el piso franco de su jefe en Las Vegas, Karahashi trabajaba con su ordenador portátil mientras Maldonado informaba a Lemoine de la última novedad:

—Ha llamado a alguien justo después de dejarla en el hotel, le puso un mensaje en el buzón de voz pero no he entendido ni una palabra; creo que hablaba en ruso —Explicaba el grandullón.

La PDA que le habían dado a Nadia Ovechkina contenía un programa que les permitiría espiarla. Aunque no por mucho tiempo; Scheherezade era una experta hacker, y una profesional, no tardaría en darse cuenta.

Intrigado con aquel dato, Lemoine se volvió hacia la butaca ocupada por el Shinobi.

—¿Tú hablas ruso, Karahashi?

—No, pero Parker sí; le haré llegar la grabación —resolvió—. Aunque dudo que sea importante. Sigo pensando que todo esto es una pérdida de tiempo.

—Los agentes libres no son de fiar —espetó Maldonado, y Karahashi se contuvo de poner los ojos en blanco; había oído tantas veces aquella frase de su boca, una acusación hacia su persona incluso cuando llevaba ya un año al servicio de Lemoine, que ya cansaba—. Hay que vigilarlos bien de cerca para no llevarse sorpresas desagradables.

—Si la señorita Ovechkina fuese tan estúpida como para llamar a alguien de Biorussbin y dejarle un mensaje de voz comprometedor, hace mucho que estaría fuera de este negocio; en el fondo de alguna zanja abandonada del tercer mundo, más probablemente —Razonó el Shinobi, en ningún momento dejando de teclear ni apartando la vista de la pantalla de su ordenador, su tono condescendiente irritando al guardaespaldas.

—¿Y qué sugieres? —Preguntó el magnate francés, sirviéndose un whisky.

Ahora dejó de teclear, pensativo.

—Parker ya está en Londres; propongo enviarlo con ella y que la vigile. Juntos lo harán bien allí.

—Esperaba que tú te ocupases de lo de Londres —mencionó dubitativamente Lemoine, dándole un sorbo a su bebida—. Un whisky exquisito, deberías probarlo —Denotó complacido, llenando otro vaso que ofreció a Karahashi.

El Shinobi le echó un vistazo a la copa de whisky.

—Gracias, aunque dudo poder apreciar su calidad porque nunca bebo alcohol —rechazó la bebida educadamente, a lo que el francés se encogió de hombros y le dio la copa a Maldonado quien sí la aceptó con gusto—. Y esa es la línea de trabajo de Parker, no la mía. Además, dudo que la señorita Ovechkina se fíe de mí; con él hará buenas migas —Auguró, no sin cierto sarcasmo.

Lemoine soltó una risotada, mirando a Maldonado quien esbozaba una media sonrisa.

—Cierto, nuestro Parker seguro que se lo pasará muy bien en Londres —concordó el magnate francés—. Quizás demasiado bien —añadió, antes de posar una mano en el hombro del asiático—. Por eso quiero que estés atento y me informes de todo lo que pase allí. Nos jugamos mucho en esto, no puede haber ningún error.

Karahashi asintió con la cabeza, entendiendo.

—No se preocupe, señor Lemoine; la principal virtud de un buen Shinobi es la meticulosidad en su proceder, así como la discreción con la que lo hace. Le garantizo que todo irá como la seda en Londres.

Eso era justo lo que Lemoine quería oír, quedándose más tranquilo. Porque puede que no terminara de fiarse de Karahashi, pero no dudaba de su eficacia; el Shinobi jamás cometía errores.





Dos viajes transoceánicos en apenas dos días eran una experiencia demoledora para el organismo de cualquier persona, Nadia estaba agotada cuando por fin llegó al hotel en el que le habían reservado habitación con su nuevo pasaporte; ahora se llamaba Rebecca Swank y era estadounidense, llegada a Londres por motivos laborales. Bueno, en cierto modo se podría decir que lo último no era del todo mentira.

Le había llegado un muy parco y escueto mensaje a la PDA mientras estaba en el taxi que la recogió fuera del aeropuerto, de Karahashi supuso; le indicaba que mañana se reuniría con un tal Parker, con quien llevaría a cabo la operación por la cual había sido enviada a Londres: iba a colarse en la fiesta que se celebraría tras un congreso del Consorcio Farmacéutico, para robar tres tarjetas SD con información privilegiada pertenecientes a importantes miembros de Biorussbin que habían sido invitados. Nada demasiado difícil para Scheherezade.

Pero eso sería mañana, hoy tenía el día libre para descansar y hacer lo que le apeteciera. Y eso era justo lo que Nadia estaba haciendo.

En una de las avenidas más caras de Londres, estuvo de compras hasta que se aburrió, comprando multitud de vestidos, blusas, zapatos, bolsos, minifaldas, y joyas con la tarjeta de su difunto marido. Aquel idiota había babeado por ella hasta tal punto que ni se lo pensó cuando le propuso casarse, apenas tres meses después de que se conocieran, dispuesto a poner todo a su nombre y colmarla de regalos carísimos; fue tan fácil que Nadia casi sintió pena cuando una aguja de acupuntura acabó ''accidentalmente'' con su vida durante una escapada romántica a un spa en Bali.

De vuelta a la suite de su hotel, dejó las cuantiosas bolsas encima de la cama de matrimonio y se metió en el baño. El jacuzzi tenía unos chorros exquisitos que se moría por probar, procediendo a llenarlo de espuma y sales aromáticas primero.

Estuvo al menos una hora en remojo, relajada, saliendo cuando empezó a quedarse dormida. Con una toalla blanca enrollada alrededor de su cuerpo, se secaba el pelo con otra mientras abandonaba el cuarto de baño; se quedó muy quieta cuando vio que ya no era la única en la suite.

—Señor Karahashi, qué sorpresa —tanto que no lo había oído entrar, pero por supuesto no lo dejó entrever; se mantuvo alegre y muy tranquila, sonriendo incluso. Él estaba junto al escritorio, sobre el cual ahora había un maletín negro que antes no estuviera—. Por curiosidad ¿Por dónde ha entrado? Por la puerta no creo; he codificado el lector de tarjetas para que solo funcione con la mía —viendo que no le daba una respuesta, cruzó la habitación acercándose a las puertas de cristal que daban a la amplia terraza; una de ellas estaba ligeramente abierta, y Nadia recordaba haberlas cerrado. Soltó una risita—. ¿No me diga que ha entrado por aquí? Vaya, y eso que estamos en una sexta planta —se volvió para mirarlo, ladeando ligeramente la cabeza como una gacela—. ¿Quería algo o solo viene a espiarme? Le advierto que he inutilizado ese programita que venía incorporado en la PDA que me dio —Lo había descubierto nada más llegó a su hotel de Las Vegas, y poco le costó deshacerse de él.

La expresión facial del Shinobi era neutral, esperándose que ella lo descubriera. Y esto no la sorprendió.

—Señorita Ovechkina, si la estuviera espiando usted no se daría ni cuenta —remarcó con una ligera sonrisa, aunque Nadia no estaba tan segura de ello—. Le traigo el equipo para mañana —señaló el maletín negro, y ella se acercó para abrirlo y echar un vistazo a su contenido; dentro había varios aparatos de última tecnología disfrazados en objetos simples como un espejo de mano, un abanico, o un llavero, además de un montón de seda blanca que tras desdoblarla descubrió se trataba de un vestido largo de estilo sari indio—. La temática de la fiesta es ''El Lejano Oriente'' —añadió, al verla enarcar una ceja cuando vio el vestido—. Si necesita algo más, hágamelo saber.

—Un poco difícil si no tengo su número —mencionó Nadia, esbozando una media sonrisa antes de mirarlo con picardía—. ¿Me ayuda con la cremallera? Tendremos que asegurarnos de que es de mi talla, por el bien de la operación de mañana —Argumentó con fingida seriedad, acercándose un par de pasos y batiendo las pestañas con encanto.

Con un suspiro de lo que casi parecía aburrimiento, Karahashi dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la puerta, sin ninguna intención de seguirle el juego.

—No hará falta, es de su talla —Afirmó.

Ella frunció los labios, fastidiada.

—¿Y usted como está tan seguro?

Con una mano en el pomo de la puerta, el Shinobi se dio la vuelta para mirarla, sus ojos rasgados repasándola brevemente de pies a cabeza sin mucho interés.

—Intuición —Y salió de la suite, dejándola sola.

Un par de segundos después de que la puerta se cerrara tras él, Nadia soltó una pequeña risotada.

—''Intuición'', dice —repitió en mofa para sí, divertida—. Aguafiestas.

Se miró en un espejo de cuerpo entero, colocando el exótico vestido frente a ella. Por lo menos tenía buen gusto.

Y sí que era de su talla, le quedaba como un guante. Al día siguiente, ya vestida con él y con su cabello recogido en un elegante moño bajo afianzado con laca, se maquillaba a la vez que con su tablet se infiltraba en la lista de invitados a la fiesta organizada para los asistentes de aquel congreso del Consorcio Farmacéutico; tendría que retocarla un poco, añadirse como acompañante de alguien. Fue coser y cantar.

Curiosa, echó un vistazo más profundo a la lista y se fijó en algunos nombres que claramente eran asiáticos, examinándolos, también la plantilla de empleados; no se sorprendió cuando encontró a un camarero chino de treinta y tres años llamado ''Haoran Wei'' con una foto del Shinobi puesta en su ficha. De modo que Karahashi también iba, no solo ella y el tal Parker al que aún no conocía.

—Según esto solo tiene un año menos que yo —Comentó para sí, esbozando una torva media sonrisa. Con los asiáticos era difícil calcular la edad, todos parecían muy jóvenes con esa magnífica piel tan envidiable que los caracterizaba por genética, sin una sola arruga ya sea que tuvieran veinte años o cincuenta.

Una vez lista, se puso un largo y peludo abrigo blanco muy grueso y salió de su suite. Justo cuando iban a cerrarse las puertas del ascensor que la llevaría al garaje del hotel para coger su coche de alquiler, un hombre alto de cabello rubio ceniza se metió dentro justo a tiempo.

—Es usted Nadia Ovechkina, ¿Cierto? —Le preguntó, aunque por su tono bien parecía conocer ya la respuesta. Ella asintió, poco confiada mientras apretaba su cartera dorada de fiesta contra el estómago. El desconocido sonrió agradablemente, tendiéndole una mano—. Mi nombre es Jonathan Parker, imagino que el señor Ji le ha hablado de mí.

Nadia, reconociendo el nombre que Karahashi le diera, estrechó su mano con gran cordialidad.

—Oh, entonces es usted Parker… ¿Quién es el señor Ji? —No le sonaba de nada, aunque tenía la vaga impresión de que sí que lo iba a conocer pero con otro nombre.

Frunció las cejas.

—¿Seung-dae Ji? ¿Shiro Karahashi? —viendo en ella el reconocimiento cuando pronunció el segundo nombre, sonrió—. En este trabajo son necesarias tantas identidades que a veces es complicado acertar con una. Y en el caso del Shinobi, bastante difíciles de pronunciar como para recordarlas todas —añadió con una risotada que Nadia correspondió. Las puertas del ascensor se abrieron entonces y ambos salieron, Parker colocando una mano sobre el antebrazo de ella—. Acompáñeme a un lugar más apropiado para hablar de trabajo —Sugirió, discretamente señalando con un cabeceo hacia una de las cámaras de seguridad ubicadas por todo el garaje.

Asintió, de acuerdo con él. Parker la condujo a un vehículo aparcado cerca, un sedán negro, abriéndole la puerta del copiloto con gran galantería. Nadia le sonrió, encantada con el gesto.

—Gracias.

No tardaron en abandonar el garaje del hotel, internándose en una concurrida carretera del centro de Londres.

—¿Karahashi le entregó todo lo necesario o hay algo que eche en falta? ¿Tiene un arma, señorita Ovechkina?

—Oh, llámame Nadia —le dijo con una coqueta sonrisa en los labios pintados de rojo—. Y no te preocupes, tengo todo lo que necesito —aseguró con total despreocupación al respecto, mirándolo de soslayo—. Espero que Lemoine te pague bien —comentó, interesada en saberlo—. ¿Qué tal se trabaja para él, por cierto? ¿Es buen jefe, se preocupa por sus empleados?

—No mucho, la verdad —fue la respuesta de Parker, esbozando una mueca—. La culpa es de ese ninja presuntuoso; desde que Lemoine lo contrató hace un año se ha convertido en su mano derecha, prefiere delegar en él antes que en Maldonado o en mí que llevábamos mucho más tiempo a su lado y somos leales. Pero he de decir en su favor que me alegro de que haya sugerido a Lemoine enviarme a mí a ocuparme de este asunto, en lugar de hacerlo él —añadió con una larga pausa, mirándola con apreciación mientras la examinaba con sus ojos azules muy interesados en lo que veía—. A diferencia de Karahashi, yo sí sé apreciar la compañía femenina como se debe.

Halagada, Nadia estiró la cabeza hacia atrás con una sonrisa llena de complacencia.

—No me cabe la menor duda.

Veinte minutos de trayecto después, en los que Parker le explicó los pormenores del plan previsto de entrada y salida de la fiesta y todo lo que necesitaba saber sobre sus tres objetivos, llegaron al ostentoso local del restaurante donde se celebraba la gran fiesta del Consorcio Farmacéutico. Aparcaron cerca, en un lugar discreto.

Parker sacó una tablet de la guantera y se introdujo en la red de seguridad, accediendo a las cámaras de vigilancia que les mostraron el restaurante ocupado por multitud de personas tan pintorescamente vestidos como Nadia.

—Tú puedes entrar ya, yo me quedaré controlando todo desde aquí —sugirió él—. Avísame cuando hagas contacto con el primer objetivo.

Ella asintió, saliendo del vehículo y despojándose del grueso y peludo abrigo blanco que la protegía del frío nocturno, dejando al descubierto el magnífico vestido blanco de estilo sari que se cogía en un hombro, la tela enrollándose exóticamente alrededor de su escultural anatomía. Escuchó un silbido a sus espaldas, de Parker sentado en el asiento del conductor.

—Si me permites el comentario, no te va a costar nada conseguir las tarjetas con un vestido como ese.

Claro que se lo permitía, ese y todos los cumplidos que quisiera. Le guiñó un ojo, jugueteando con el brillante pañuelo blanco y dorado envuelto en un lateral de la cadena de eslabones de oro que conformaban el asa de su cartera de mano.

—Esa es la idea.

A las puertas del restaurante fue detenida por los dos hombres encargados de la seguridad del local.

—Identificación, señorita —Exigió uno de ellos.

Nadia sonrió, desplegando todo su encanto.

—Rebecca Swank, estoy en la lista —muy bien se había asegurado ella de que así fuera—. Vengo de parte de Henry Fox, de la farmacéutica Biorussbin.

Su identidad falsa figuraba correctamente en la base de datos electrónica que manejaban los encargados de la seguridad del lugar, dejándola pasar. Ella les sonrió cordialmente, entrando en el restaurante.

Escuchaba con atención las instrucciones que Parker le daba por el comunicador oculto en su oído, examinando el exóticamente decorado restaurante que bien podría haber salido de una película de Las Mil Y Una Noches o de la corte de alguna antigua dinastía china o persa, gran multitud de mesas a rebosar de un bufet libre lleno de las delicias más exquisitas y caras que se podían pagar, una amplia multitud de hombres y mujeres pululando por doquier. Buscaba a Luciano Cabulli, su primer objetivo, a quien solo conocía por la foto que Karahashi había puesto en el maletín que dejó en su hotel el día anterior; pero daba la gran casualidad de que Henry Fox trabajaba con el difunto marido de Nadia y le había hablado a este en varias ocasiones de él, más concretamente de su afición por las ''señoritas de compañía''. Iba a ser tan, tan fácil conseguir la tarjeta de Cabulli. Demasiado fácil, incluso.

Buscando a través del restaurante finalmente lo vio, cerca de una mesa de marisco picoteando unos canapés de caviar. Se acercó a él con su más exquisita sonrisa.

—¿El señor Cabulli? —Inquirió con un fuerte acento ruso, sabedora de que tenía predilección por las mujeres de Europa del este. Él asintió vagamente, más concentrado en mirarla de arriba abajo—. Soy Katya. Vengo de parte de su amigo, el señor Henry Fox.

—Sí, sí, algo me comentó… pero esta vez se ha superado con su elección.

Nadia rio tontamente, sintiendo náuseas con aquel repugnante y baboso hombre que no tardó en rodearle la cintura con un brazo, guiándola consigo a través del atestado bufet.

—¿Te apetece beber algo, Katiushka? —le preguntó Cabulli con una asquerosa sonrisa de oreja a oreja que ella felizmente hubiera borrado de un puñetazo—. ¿Vino, tal vez?

—Mejor un gin-tonic —Iba a necesitar algo fuerte si no quería romperle el maldito brazo, cuya mano no paraba de descender por su espalda cada vez más. Tal vez exigiría un ''plus de peligrosidad'' por aquel trabajo; las capacidades de Scheherezade eran muy valiosas y difíciles de hallar en el mercado, no le apetecía desgastarse con idiotas como aquel que tenía al lado.

Por suerte algunos tipos trajeados atrajeron su atención, dejando de manosearla tan abiertamente para mantener una conversación con ellos que no duró más de cinco minutos. Y aunque Nadia tenía en mente una compañía mucho más agradable con la que dejarse manosear, tenía un trabajo que hacer y era ante todo una profesional; se pegó más a Cabulli y le rodeó el cuello con los brazos, juguetona.

—Este sitio es muy aburrido —lamentó con un mohín—. ¿Qué tal si nos vamos a otra parte? —Le propuso con una media sonrisa tentadora.

Parecía estar pensándoselo, no respondiendo de inmediato. Debía tener asuntos importantes que atender en la fiesta si no aceptaba automáticamente, pero tras un poco de insistencia por parte de Nadia acabó haciéndolo.

—Toma —le dio una tarjeta-llave de hotel, con el número 210 grabado en la placa de la que colgaba—. Hotel Antarctic, mi chófer te llevará. En media hora estoy allí.

Ella esbozó una sonrisa un tanto agrietada. Debía obtener otras dos tarjetas SD, no podía perder el tiempo esperando en una habitación de hotel a que aquel idiota apareciera.

Cabulli empezaba a darse la vuelta para alejarse pero Nadia se lo impidió sujetándole por el cuello de su chaqueta de seda turquesa con exóticos patrones orientales en plateado.

—Odio esperar —ronroneó junto a su oído—. Además los hoteles son tan aburridos… ¿No habrá por aquí algún rincón solitario donde podamos tener un poco de privacidad? —evocó tentadoramente, dejando que su imaginación volara—. Te aseguro que esta será la mejor noche de tu vida.

Por supuesto Cabulli no se resistió, ¿Quién lo haría en esas circunstancias?

Enseguida abandonaron el bufet y se internaron por la parte trasera del local, hasta un ascensor que llevaba al segundo piso del local ocupado por una discoteca.

Nadia sabía que Parker los estaría siguiendo a través de las cámaras de seguridad, cuyas imágenes solo él vería a tiempo real permitiéndole así evadir la seguridad del complejo, incluida la que ella avistó dentro del ascensor del que aún no se habían cerrado las puertas cuando se pegó más a Cabulli, besándolo apasionadamente para distraerlo en lo que hurgaba dentro de sus bolsillos sin que él se percatara. No tardó en encontrar la cartera pero justo en ese momento el ascensor llegó a su destino y las puertas se abrieron de nuevo.

Casi tenía lo que quería, por lo que rodeó el cuello de Cabulli con los brazos desde detrás de él, en un principio coqueta, pero repentinamente apretó con fuerza en un punto específico de la tráquea impidiendo que el oxígeno llegara a su cerebro y dejándolo inconsciente en cuestión de segundos; el cuerpo del ejecutivo de Biorussbin cayó pesadamente sobre el suelo del ascensor, Nadia terminando de coger su cartera donde halló la tarjeta SD que tanto deseaba.

—Jonathan, cielo, ya tengo una —Le comunicó a Parker a través del comunicador en su oído, sus ojos castaños en la cámara del ascensor.

—Recibido —le llegó su respuesta a través del discreto pinganillo, tras unos segundos agregando—. ¿Siempre eres tan directa?

Sonrió un poco, guiñándole un ojo a la cámara.

—Te lo contaré luego —No, definitivamente no era eso lo que haría después con él, se le ocurrían otras cosas más interesantes.

Volviendo a bajar, sacó al inconsciente Cabulli del ascensor, pasando uno de los brazos del hombre sobre sus hombros y deshaciendo el camino hecho hasta que se toparon con un camarero.

—Ha bebido demasiado —Explicó con pasmosa naturalidad, sonriendo ampliamente, de modo que el empleado no sospechó en absoluto.

Una mano se posó abruptamente en uno de los hombros de Nadia, casi sobresaltándola pues no oyó a su dueño acercarse.

—Permítame ayudarla.

Reconoció la voz que pronunció aquellas dos palabras, a pesar del marcado acento chino envolviéndolas. Acento que no recordaba haber oído en Las Vegas, tampoco cuando se coló en su habitación de hotel el día anterior.

—Claro —se dio la vuelta, desembarazándose del inconsciente Cabulli, ahora a cargo de Karahashi; vestido con un traje chaqueta azul marino, camisa blanca con cuello mao debajo, la chaqueta poseía un patrón de dragón cosido en relieve sobre el terciopelo con el que estaba fabricada; el uniforme de los camareros atendiendo el bufet libre, siguiendo la temática oriental de la fiesta allí celebrada—. Bonita chaqueta, aunque muy discreta en comparación con lo que lleva la mayoría —Comentó, lanzando una breve mirada a la estridente chaqueta azul turquesa con bordados plateados que el propio Cabulli vestía.

La miró con una ceja enarcada.

—Creo que estará de acuerdo conmigo en que mis facciones son suficientemente exóticas para la temática de la fiesta —fue lo único que dijo al respecto—. ¿Tiene la tarjeta? —ella sonrió, dándole unos toquecitos con los dedos a su cartera de mano dorada—. Bien, entonces quedan dos.

Con un cabeceo hacia las puertas que la llevarían de vuelta al restaurante, una silenciosa indicación de que volviera a la fiesta, el Shinobi empezó a alejarse en dirección contraria con el inconsciente Cabulli.

—Un momento —lo retuvo Nadia, haciendo que girara ligeramente el cuello para mirarla por encima de un hombro. Ella sonrió más—. ¿No tiene nada que decirme? —Dejó caer, haciendo una pose para que se apreciara mejor su vestido.

Siguió mirándola un par de segundos, su semblante indiferente, antes de hacerlo:

—Por supuesto, señorita Ovechkina —y tras una breve pausa, prosiguió—. Como le aseguré ayer, el vestido es de su talla.

Y con eso siguió su camino. Nadia se echó a reír, caminando hacia las puertas que la dejarían otra vez en el restaurante.

—¿Has oído lo que me ha dicho, Jonathan? —Le preguntó a Parker, incrédula.

—Lo he oído —Aseguró él, su diversión perceptible a través del pinganillo.

—Mi autoestima está por los suelos —lamentó teatralmente, con un suspiro trágico—. Necesito con urgencia sentirme deseada.

—Tal vez yo pueda solucionar eso luego —Sugirió, lo que la hizo sonreír.

Se detuvo ante las puertas un segundo, mordiéndose el relleno labio inferior pintado de rojo, con expresión pensativa.

—Mmm… sí, tal vez —Fue enigmática, aunque cada vez tenía mejor pinta aquello.

De regreso al restaurante, se mezcló nuevamente con la multitud ataviada en brillantes colores y sedas de exótico corte, buscando entre el gentío a su siguiente objetivo; un tal Uwe Schmidt, director de la sede central de Biorussbin en Alemania. Con la fotografía facilitada por Karahashi en su cabeza, pronto lo localizó y pudo acercarse a él con su más encantadora sonrisa.

—Los empresarios son tan aburridos, no saben cómo tratar a una mujer en condiciones —Comentó de manera casual buscando entablar conversación, el acento ruso que empleó con Cabulli ahora desaparecido por completo.

Y lo logró.

—Bueno, no todos, espero —le dijo con una sonrisa cordial—. Yo desde luego sería incapaz con una mujer tan hermosa, si no es indiscreción mi comentario.

Le devolvió la sonrisa, halagada. Su autoestima volvía a estar en su máximo apogeo.

—Oh, para nada… aunque tendrá que demostrar eso, ¿Me invita a una copa y lo comprobamos? —Propuso.

El tal Schmidt era sin duda mucho más caballeroso que Cabulli, entablando conversación con Nadia sin constantemente babear sobre su copa de champán, lo cual era de agradecer. Lástima que tuviese un poco de prisa, no le hubiese disgustado pasar un buen rato con él.

Tras colar un discreto somnífero en su copa, que rápidamente hizo efecto, condujo a un muy borracho en apariencia Schmidt hasta los baños; lo dejó sentado sobre la taza del váter, dónde prácticamente se había dejado caer dormido, y en cuanto ella obtuvo la tarjeta SD se encaminó por segunda vez al restaurante.

—Nadia, tenemos un problema —le comunicó Parker de repente, a través del comunicador.

Pasando junto al pasillo que daba a las cocinas, ella dejó de caminar por un momento.

—¿Qué ocurre?

—Volkov, el tercero, se marcha. Tienes que darte prisa o lo perderemos.

Le fue dando indicaciones para que Nadia pudiera dar con él y acabó saliendo del hotel, al aparcamiento exterior. Allí vio a Nikita Volkov, el tercer alto ejecutivo de Biorussbin propietario de la última tarjeta SD que debían robar, junto a un coche blanco y acompañado por dos hombres más, al parecer poco faltando para que se subiera al vehículo. Tenía que actuar de inmediato.

—¡Señor Volkov! —Llamó, apresurándose en recortar la amplia distancia que los separaba.

Volkov, que ya se disponía a entrar en el vehículo, se volvió en su dirección. Bien, aún no se iría.

—No me conoce pero yo a usted sí —le dijo Nadia, nada más lo alcanzó—. Estuvo trabajando con mi marido, Malyen Ovechkin, hace unos años.

Lo vio abrir la boca con expresión de ligera sorpresa y asentir, recordándolo.

—Sí, es cierto. Un gran profesional, lamenté mucho su fallecimiento; era tan joven aún, tenía tanto por delante. Mi más sentido pésame —ella asintió en agradecimiento, componiendo una expresión melancólica que pegara bien con su papel de viuda—. Me tendrá que disculpar pero este no es un buen momento…

—¿Qué sabe de Omega? —Lo interrumpió abruptamente, ganando tiempo.

Volkov se la quedó mirando con sus ojos verdes abiertos como platos, petrificado, a buen seguro no esperando oír aquello salir de sus labios. No era el único, Parker también, a través del comunicador no dejaba de preguntarle a Nadia qué diablos estaba haciendo.

—Señores, ¿Podrían dejarnos solos un momento? —pidió Volkov a los hombres que lo acompañaban, quienes accedieron y se retiraron de vuelta al local donde continuaba celebrándose la fiesta. Ahora estaban solos, tal y como Nadia quería—. ¿Cómo se ha enterado de eso? —quiso saber el ejecutivo de Biorussbin, intrigado—. ¿Se lo contó su marido?

Ella sonrió, acercándose más, tirando de uno de los extremos del pañuelo blanco y dorado enrollado alrededor de la cadena de su cartera de mano.

—Mi querido Malyen, que en paz descanse, fue uno de los científicos a cargo del proyecto en su etapa más experimental —dijo, suspirando con un aire melancólico que era del todo fingido, dando algunos pasos más cerca; estaba a medio metro de Volkov—. Siempre decía que era el trabajo de su vida, que sería un gran éxito. Es una lástima que no pueda verlo… y que haya tanta gente interesada en hacerse con el fruto de su trabajo para sacar tajada en el mercado negro, ¿Verdad que sí?

La miraba cada vez más turbado y receloso, abriendo la boca para decir algo. Nadia no le dejó hacerlo; con un hábil movimiento de la mano, hizo bailar la cadena de su cartera y rodeó el cuello de Volkov con ella, estrangulándolo con mucha facilidad sin que el hombre tuviera tiempo de reaccionar para impedirlo o pedir ayuda. Mejor, no quería llamar la atención.

Metió su cadáver dentro del coche, registrándolo hasta dar con la tercera y última tarjeta SD que necesitaba. Había terminado el trabajo.

Se alejaba del vehículo cuando se topó con los dos hombres que acompañaban a Volkov.

—¿Dónde está el señor Volkov? —Preguntó uno de ellos, al verla sola, el coche más allá de Nadia completamente solitario en apariencia.

Ella señaló el local.

—Fue a por algo que se le había olvidado —contestó, mintiendo descaradamente con perturbadora naturalidad; estaba tan acostumbrada a actuar que a veces se preguntaba cómo era ser sincera, decir la verdad y ser ella misma en lugar de fingir ser otra persona. Ciertamente podía contar con los dedos de una mano la cantidad de situaciones en las que se podía permitir tal privilegio. Y de personas con las que podía hacerlo—. Quizás deberían probar dentro.

La creyeron, pues rápidamente optaron por seguir su sugerencia. Nadia se alejó de allí, camino a dónde el coche de Parker debía estar esperándola.

Enseguida alcanzó el vehículo, entrando dentro y sonriendo al rubio de ojos azules mientras extendía una mano con tres tarjetas SD.

—Has hecho un buen trabajo, Nadia, ¿Pero qué ha pasado con Volkov? —Interrogó, un poco agitado.

—Lo he matado —respondió ella con mucha calma—. Y no te preocupes, tenía tantos enemigos ahí dentro que dudo mucho que alguien sospeche de mí —Agregó, por si preguntaba.

No parecía del todo convencido, frunciendo el ceño con cierto descontento.

—No sé, no sé… Mejor aviso a Karahashi —Dijo, alargando una mano para coger un teléfono sobre el salpicadero del coche.

Nadia se lo impidió sujetándole del brazo, estirándose hacia él con una sonrisa felina.

—Oh, venga, ¿Crees que soy nueva en esto? Lo tengo todo controlado, cielo —aseguró coquetamente, acercándose más; sus rostros casi se tocaban—. ¿Qué tal si nos vamos ya? Quedarnos sí que podría ser un problema. Y ya no tenemos nada más que hacer aquí… sin embargo, sí que tenemos cosas que hacer en otra parte —Mencionó, enigmática.

Lo vio sonreír quedamente, más relajado.

—¿Y dónde sería eso? —Inquirió él, siguiéndole el juego.

—Mi hotel está a cuatro manzanas de aquí —Sugirió en tono casi inocente y casual.

Su mano subió por la cadera de Nadia, pensativo.

—Suena bien.

—Y mejor que te sonará —Le aseguró ella, recolocándose en su asiento mientras Parker arrancaba y el coche se internaba en la carretera.

Sin embargo nunca llegaron al hotel, tampoco fueron muy lejos; mientras estaban parados ante un semáforo en rojo no pudieron aguantar más la excitación del momento, besándose con ansiosa avidez hasta el punto de que olvidaron cuando se puso en verde nuevamente, aunque como no había ningún otro coche en la carretera poco importó. La atracción había sido evidente desde el principio, y aunque a Nadia no le gustaba mucho mezclar trabajo con placer, generalmente nunca acababa bien, aquello no iba a durar más de una noche, ¿Para qué reprimirse? La vida era corta en ese trabajo, muy corta, había que disfrutarla al máximo.

Cuando por fin Parker vio que el semáforo estaba en verde, condujo hasta un aparcamiento libre a pocos metros. Cuatro manzanas eran una distancia insalvable, lo harían allí mismo.

Sentada a horcajadas sobre él, Nadia le desabrochaba los botones de la camisa mientras Parker se deleitaba recorriendo su impresionante anatomía con las manos hasta dar con la cremallera del vestido. Ella tiró de su cabello rubio con coqueta rudeza, mordisqueándole el cuello, momento en que el intermitente pitido de un teléfono atrajo la atención de ambos. Se separaron un poco, mirándose el uno al otro con cierta sorpresa, antes de que la ex-espía rusa alargara una mano para coger su olvidada cartera de mano dorada y sacase la PDA de su interior. Al mirar la pantalla descubrió que se trataba de una llamada entrante, de número desconocido.

—¿Sí? —Contestó en tono cordial y alegre, tirando de la única asa del vestido estilo sari, que se había escurrido por su hombro debido a las ''afectuosas atenciones'' de Parker.

—¿Tiene las tarjetas? —Preguntó el Shinobi desde el otro lado de la línea.

—Oh, señor Karahashi, qué sorpresa —enfatizó teatralmente pues no estaba en lo más mínimo sorprendida, nadie más iba a llamarla a la PDA, viendo cómo Parker esbozaba una mueca de fastidio al saber con quién estaba hablando, a lo que ella sonrió—. Pues sí, las tengo aquí mismo. Iba a dárselas, pero se mueve usted tan sigilosamente por el local que no le he vuelto a ver desde que se llevó a Cabulli —y eso que había estado pendiente—. ¿Llamaba para felicitarme por mi buen hacer, o quería algo más? —Inquirió, inclinándose sobre Parker para besarlo en la mandíbula, sus manos subiendo y bajando por el pecho desnudo de él a través de la camisa abierta, importándole muy poco que Karahashi estuviera al otro lado del teléfono. Aunque su acompañante no parecía tan cómodo como ella.

—Solo recordarle a usted y a Parker que no estamos en Londres de vacaciones —y por cómo lo decía, bien parecía saber exactamente lo que estaban haciendo en el coche en ese momento. O lo que estarían haciendo, de no haberlos interrumpido—. Dígale a Parker que antes de llevarla a su hotel la traiga al punto de encuentro acordado. Me reuniré con ustedes allí.

Unos pitidos le comunicaron a Nadia en ese momento que había colgado; al parecer el Shinobi no tenía nada más que decir, mucho menos iba a escuchar cualquier cosa que ella tuviese intensión de responder.

—Este hombre es todo un personaje —Dijo a nadie en particular, medio riéndose, negando para sí mientras se quitaba de encima de Parker y volvía a su asiento.

Posponiendo su excitante encuentro para más tarde, no queriendo más interrupciones, condujeron al lugar citado por Karahashi y que Parker conocía de antemano; una nave industrial abandonada en mitad de un polígono donde no había ni un alma a tan altas horas de la noche. Aparcaron cerca y se apearon, entrando dentro.

El lugar estaba limpio y prácticamente vacío, no había maquinaria ni tampoco se almacenaba gran cosa, apenas un puñado de cajas aquí y allá, sin embargo Nadia tuvo la sensación de que la nave no estaba abandonada.

Junto a una mesa de acero ocupada por un ordenador de sobremesa y un par de mochilas grandes, además de un rifle de asalto AK-47, se encontraba el Shinobi hablando por teléfono en un idioma indudablemente asiático. Había reemplazado la chaqueta azul marino de terciopelo con exóticos bordados en relieve, perteneciente al uniforme de los camareros de la fiesta, por una negra de vestir mucho más simple y discreta.

—¿Está hablando coreano o chino? —Inquirió Nadia en voz baja, mirando a Parker curiosa por saber si él lo entendía.

El rubio se encogió de hombros.

—Chino, creo. Yo sé un poco de coreano y no se le parece en nada.

La llamada concluyó entonces, Karahashi volviéndose hacia ellos.

—Mi contacto en Shanghái tiene nuevos datos sobre Bolivia; parece que nuestro jefe va a obtener lo que quiere bastante antes de lo que teníamos previsto —le dijo a Parker, quien asintió—. ¿Las tarjetas?

Como respuesta, Parker metió la mano en uno de los bolsillos internos de su chaqueta y sacó las tres tarjetas SD, entregándoselas al Shinobi antes de coger su propio teléfono y alejarse unos metros para llamar a Lemoine e informarlo del éxito de la operación.

Con las tarjetas en su poder, Karahashi rápidamente regresó junto a la mesa y se puso a trabajar en el ordenador, introduciendo una de ellas en una ranura SD para acceder a su contenido. Viéndose completamente ignorada, Nadia se acercó y tomó asiento en un borde de la mesa de acero, justo a su lado, apoyando su cartera dorada de fiesta contra la parte trasera de la pantalla del ordenador.

—¿Mi pago?

—Se estará tramitando la transferencia acordada mientras Parker informa al señor Lemoine de todo —Fue lo único que respondió el Shinobi, pendiente del ordenador, retirando la tarjeta SD para introducir otra.

Cruzándose de piernas, lo que hizo que el vestido se abriera dejando su muslo izquierdo generosamente al descubierto, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade ladeó la cabeza con una mirada de curiosidad fija en las indiferentes facciones de Karahashi.

—¿Qué hace un ninja cuando no está espiando? —Interrogó, expectante.

Ningún cambio en sus exóticas facciones orientales.

—Entrenar —Dijo, retirando de la ranura SD del ordenador la segunda tarjeta e introduciendo la tercera y última que quedaba por analizar.

—¿Y cuando no está entrando? —Volvió a intentarlo ella.

—Dormir.

Conteniendo un suspiro de incredulidad, alzó por un momento la vista al techo de la nave industrial con una ligera mueca; había una cámara de seguridad en una esquina, se percató. Volvió a mirarlo componiendo una agradable sonrisa.

—¿Y cuando no entrena ni duerme? —Insistió, esperando conseguir esta vez la respuesta que buscaba.

Tras concluir con la última tarjeta, por fin dejó de mirar la pantalla y enfocó sus rasgados ojos negros en Nadia con mucha templanza.

—Seguir espiando —Contestó en aquella ocasión, y se podía captar cierta sorna en su tono de voz, rápidamente volviendo a prestar toda su atención al ordenador, ignorándola.

Era casi irritante, pero a Nadia le gustaban los retos. Se bajó de la mesa, colocándose en el pequeño espacio entre la mesa y el Shinobi, interponiéndose entre él y el ordenador que tanto interés le generaba, de modo que sus cuerpos se rozaban.

—Pensaba que la vida de un ninja era más emocionante —observó en tono casual, alargando las manos para juguetear con los botones de su chaqueta, acercándose más, sus rostros a escasos centímetros de distancia ahora—. ¿Nunca se aburre?

Alzando las cejas, Karahashi estiró el cuello hacia atrás con una mueca y un suspiro.

—Señorita Ovechkina, es mejor para usted que pare —Sugirió pacientemente, mirando al techo.

—¿Parar el qué? —Inquirió Scheherezade con un ronroneo, sonriendo como si no supiera de lo que estaba hablando.

—Con esto; conozco su forma de trabajar, es una experta en la manipulación y seducción del objetivo para obtener resultados. Deje de intentarlo, no voy a acostarme con usted —Declaró.

Ella ladeó la cabeza.

—¿Está seguro de que no lo hará? —inquirió juguetonamente, sus manos vagando por el interior de la chaqueta negra de vestir, hasta los definidos músculos como acero que era apreciables al tacto a través de la camisa blanca con cuello mao—. Porque yo creo que sí —Como todos tarde o temprano.

—Bastante seguro —afirmó con sarcasmo, antes de añadir con una ligera sonrisa—. Soy gay, señorita Ovechkina.

Eso sí que no se lo esperaba, quedándose muy quieta tan solo mirándole a la cara, a lo que la sonrisa del Shinobi se acentuó.

—Oh —Fue lo único que logró articular Nadia, procurando mantener una expresión facial neutral mientras se apartaba y recuperaba su cartera de fiesta de la parte trasera del ordenador portátil.

Afortunadamente Parker concluyó su llamada a Lemoine en ese momento, acercándose a ellos.

—Dice que quiere ver las tarjetas en persona —Informó a Karahashi.

El Shinobi asintió, tendiéndoselas.

—Ya tengo los pasaportes preparados; en diez horas volamos de vuelta a Las Vegas. Y ahora lleva a la señorita Ovechkina a su hotel; me imagino que querrá descansar —Aunque por cómo acentuó aquella palabra, no parecía que tal cosa fuera lo que pensaba que ella haría. Y no iba mal encaminado.

Con una mueca, Nadia siguió a Parker en dirección a la salida de la nave industrial, solo girándose cuando estaban junto a la entrada.

—Señor Karahashi —llamó, y él se dio la vuelta para mirarla con expresión inquisitiva—. Si cambia de idea siempre puede enviarme un mensaje a la PDA —Y le guiñó un ojo, recuperada del shock inicial, antes de seguir caminando en pos de Parker.

A sus espaldas, no tardó en recibir la respuesta del Shinobi:

—Lo tendré en cuenta.

En cuanto llegaron a la suite de Nadia, ella y Parker no se anduvieron con rodeos, directos a la muy confortable cama de hotel esperándolos. Y fue divertido, aunque la ex-espía rusa había disfrutado de encuentros mejores anteriormente. Tampoco es que importara mucho.

Con Parker completamente dormido, bien se había asegurado ella colándole en la copa de champán el mismo somnífero que empleara con Schmidt en la fiesta, Nadia se metió en el cuarto de baño con su ordenador portátil y algo más; las tres tarjetas SD. Se las había birlado a aquel idiota mientras dormía, no sin primero reemplazarlas por otras falsas; las que actualmente tenía guardadas en los bolsillos de los pantalones tirados en algún rincón cercano a la cama.

Y no solo eso. Dentro de su cartera de mano llevaba un dispositivo que simulaba ser un bolígrafo pero que en realidad era algo más; al colocar dicha cartera contra la parte de atrás del ordenador de Karahashi, y mientras trataba de ''seducirlo'' sin el éxito cosechado con Parker, había copiado todos los datos del disco duro en el interior del falso bolígrafo y dejado una pequeña sorpresita instalada en el sistema, algo que el Shinobi pronto descubriría y que ella sabía que no le iba a gustar nada a su jefe.

Tras revisar el contenido de las tres tarjetas SD, buscando la información que necesitaba, encontró lo que quería; coordenadas, de alguna parte de la selva amazónica boliviana. La ex-espía rusa conocida como Scheherezade agarró su teléfono móvil.

—Sveta, hermanita —habló al contestador automático, pues tampoco aquella vez le cogió la llamada—. Sé que es muy tarde por Volgogrado, estarás durmiendo o de guardia en el hospital. Verás, corazón, voy a estar varios días incomunicada; me voy de excursión a un lugar muy aislado. Algo así como un retiro espiritual en el Himalaya, se podría decir. Te llamaré en cuanto termine y vuelva a tener cobertura, así que espera a entonces, ¿Vale? Muchos besos para los tres. Sabes que siempre pienso en ti, espero que también tú te acuerdes en algún momento de tu siempre atareada hermana. Te quiero.

Como de costumbre, acabó de dejar su mensaje de voz justo cuando sonaron los pitidos que señalaban la finalización del tiempo para ello. Con una sonrisa de complacencia, pues la noche había ido tal y como esperaba, Nadia se dio prisa en vestirse y recoger sus cosas sin hacer el más mínimo ruido, abandonando la suite y el hotel sin que un dormido Parker se percatara de ello.





En una habitación de hotel a apenas una manzana del de la agente libre conocida como Scheherezade, Karahashi recibió una llamada de la mano derecha de Lemoine, Maldonado, pidiendo que le enviara una información que guardaba en su ordenador. Cuál sería su sorpresa cuando halló los datos completamente corruptos. Y no solo eso; el disco duro del portátil estaba infectado por un virus que había destruido por completo el sistema, por más que lo intentó no lograba recuperar la información. Y probablemente tampoco pudiera evitar que otros la obtuviesen, no si la persona que intuía responsable era quien estaba detrás de todo aquello.

Con un resoplido, marcó el número de Parker. Por qué será que no se sorprendió al ver que no le cogía el teléfono.

—Estoy rodeado de inútiles… —Murmuró para sí.

No tardó en dirigirse al hotel donde se hospedaba Nadia Ovechkina, tocando insistentemente en la puerta de su suite hasta que por fin le abrieron. Vio a Parker al otro lado del umbral, otra cosa que tampoco lo sorprendía.

—¿Y la señorita Ovechkina? —Preguntó el Shinobi a la vez que entraba, en sus manos una semiautomática con silenciador apuntando hacia delante.

El rubio parecía muy desconcertado, siguiéndolo hasta el fondo de la habitación de hotel donde Karahashi pudo avistar una botella de champán medio vacía con dos copas usadas sobre una mesita de noche, y la cama de sábanas revueltas en la que a buen seguro había estado durmiendo Parker hasta que él lo despertó llamando a la puerta.

—Pues ahora que lo dices… No lo sé —Fue la respuesta que obtuvo.

El Shinobi lo miró con expresión mezcla de hastío y perplejidad, antes de volver su atención a la habitación y bajar la pistola.

—Idiota —Murmuró para sí, empezando a registrar el lugar meticulosamente y sin reparo alguno a la hora de ponerlo todo patas arriba.

Por supuesto no encontró ni rastro de Scheherezade, y aunque aún le quedaba por comprobar el baño lo cierto era que no esperaba hallar nada; a diferencia de Parker, ella era lista y sabía bien lo que hacía. Karahashi se frotó la frente con un suspiro de exasperación, de un bolsillo de su chaqueta de cuero negro sacando una mini tablet.

—Dame las tarjetas SD —Indicó al rubio con un gesto para que lo hiciera deprisa. No había tiempo que perder.

Pero nada más introducir la primera se dio cuenta de que era una falsificación y no la original, no siendo necesario comprobar las otras dos. El Shinobi apretó la mandíbula con rabia, cerrando los ojos y respirando hondo por un instante mientras Parker lo observaba en vilo.

—No me digas que Nadia…

Nunca finalizó la frase; el agente libre asiático se había acercado con paso acelerado a la puerta del baño cerrada con llave, derribándola de una patada y entrando en su interior. Obviamente ella tampoco estaba allí, pero encontró otra cosa; en el gran espejo había algo escrito con lo que parecía pintalabios rojo.

—¿Eso son coordenadas? —Aventuró Parker, inseguro. Había muchos números.

Karahashi no tardó en comprobar a dónde conducían; un lugar en Bolivia. También había un mensaje, en cirílico ruso.

—¿Qué pone? —Interrogó al rubio, sabedor de que hablaba ruso.

Parker esbozó una mueca, algo turbado.

—Pues, eh… pone: ''Jonathan, cielo, lo pasamos bien esta noche pero me temo que lo nuestro no tiene futuro. Dile al señor Karahashi que nos vemos allí. Espero que la selva tropical sea del gusto de un ninja, a pesar del calor y los mosquitos. En Japón hay mucha humedad, le resultará familiar; suponiendo que de verdad sea japonés, que lo dudo. Postdata: buena suerte recuperando la información perdida de Lemoine'' —tradujo, trabándose con las palabras en determinados momentos, avergonzado—. Eso es todo —Concluyó.

Una de las comisuras de los labios de Karahashi tiró hacia arriba ligeramente, antes de dar media vuelta y salir del cuarto de baño. Parker lo siguió.

—¿Y ahora qué hacemos? —no obtuvo respuesta, el Shinobi prosiguiendo con su camino en dirección a la puerta de la habitación de hotel, ignorándolo por completo. Alargó una mano con intención de retenerlo—. Karahashi, dime qué… ¡Agh!

Se interrumpió a sí mismo con un quejido, cuando el asiático movió casi de manera casual una mano para con tres dedos sujetar la muñeca de la suya en su antebrazo; había presionado con medida fuerza en unos puntos específicos de la articulación, de modo que Parker sintió un dolor atroz atenazando su muñeca y apenas podía mover la mano.

—¿Te crees que eres el único aquí al que intentó enredar? ¿Qué de verdad le gustabas y que esta es la primera vez que hace algo así? —inquirió muy tranquilo, un matiz mordaz en sus palabras, sin dejar de sostener la muñeca de un adolorido Parker—. Por eso le dije a Lemoine que te enviara con ella a la fiesta, aunque esperaba que la entretuvieras un poco y de paso averiguases algo útil, además de que fueras lo suficiente sensato para no caer de cabeza en su trampa. Pero nuevamente parece que yo soy el único aquí que piensa con la cabeza y no con los pantalones —le soltó, de modo que el rubio pudo respirar con alivio aunque seguía teniendo la mano agarrotada—. Anda, termina de vestirte. Tienes diez minutos —indicó—. Los planes han cambiado, ya no vamos a Las Vegas.





El trayecto de Londres a La Paz y luego a Rurrenabaque fue más corto de lo esperado, lo cual era bueno; generalmente los vuelos solían retrasarse, resultaba poco común llegar antes de lo previsto. Mejor, porque Nadia tenía muchas cosas que hacer en Bolivia.

Había reservado una habitación en un discreto hotel de Rurrenabaque, a nombre de una empresa kazaja de telecomunicaciones que en realidad no existía, donde le llevó casi una hora prepararse. Iba a entrar en las instalaciones secretas de Biorussbin mañana, como suplente de una trabajadora del servicio de limpieza que se había dado de baja recientemente por maternidad, y para ello Nadia usaría una peluca rubia y lentillas verdes. Era necesario cambiar su aspecto, por precaución pues sabía que Lemoine y sus hombres la estarían buscando tras el descarado robo de información que había realizado con gran éxito en la capital británica.

Tras una noche tranquila, por la mañana temprano se dirigió en un 4x4 azul a las instalaciones de Biorussbin en mitad de la selva amazónica boliviana. El calor la estaba matando con aquella peluca rubia, menos mal que el enrollado pañuelo verde que cruzaba su cabeza a modo de diadema la ayudaba un poco a soportarlo, aunque el flequillo recto sobre sus ojos empezaba a humedecerse por el sudor. Gajes del oficio, no era la primera vez que le tocaba usar peluca con treinta siete grados de temperatura ambiental.

Una vez en las instalaciones tuvo que pasar por los controles rutinarios de seguridad establecidos por Biorussbin para acceder al complejo tanto en el caso de trabajadores como de visitantes, lo cual Nadia ya tenía previsto; su tarjeta de identificación era perfecta, no hubo ningún problema.

Un empleado del equipo de limpieza muy amable fue el encargado de entregarle su uniforme y todo lo que necesitaba para hacer su supuesto trabajo, además de mostrarle las instalaciones. Ella fingió escucharle atentamente mientras analizaba todo lo que veía y buscaba la mejor manera de completar el verdadero propósito por el que estaba allí, sudando bajo la odiosa peluca y a duras penas resistiendo las ganas de rascarse el cuero cabelludo debajo. Al menos el aire acondicionado ayudaba, porque fuera la humedad era una tortura.

Tirando de un carrito donde portaba un cubo de agua, fregona, mopa, recogedor, varios trapos y bayetas, botellas llenas de diversos productos de limpieza y desinfección, además de un gran cubo con varios apartados dependiendo del tipo de basura a desechar, Nadia se movió con toda naturalidad por el complejo mientras fingía limpiar. Durante varias horas estuvo transitando de pasillo en pasillo y de sala en sala a través de los diversos laboratorios y despachos en los que le permitieron entrar, que no fueron todos pues a la mayoría se accedía mediante un lector de tarjetas que no reconocía la suya de empleada de la limpieza, hasta que un ascensor la condujo a una planta inferior de las instalaciones donde el volumen de trabajadores era mucho más bajo que en el resto del complejo donde estuviera limpiando. Allí halló el despacho del director de las instalaciones, el Doctor Manuel Solís, que era uno de los encargados de Omega junto con Nikita Volkov, al que Nadia había asesinado en Londres.

Tras asegurarse de que estaba sola, fue directa al escritorio y se dispuso a acceder a su ordenador. Tenía contraseña y un sistema anti-hackeo bastante decente, pero nada que una experta en la materia como Scheherezade no pudiera superar.

De pronto la puerta se abrió y un hombre de unos cincuenta años con bata blanca entró, descubriéndola Se trataba del propio Solís. Ella rápidamente disimuló, fingiendo estar pasando la bayeta por el escritorio, levantando varias carpetas y un vaso con bolígrafos de su superficie para limpiar.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Quiso saber el recién llegado, hablando español, con el ceño fruncido sobre sus gafas de pasta.

Por supuesto ya tenía una respuesta a punto, derrochando encanto mientras dejaba de limpiar para mirarlo con una radiante sonrisa.

—Oh, ¿Usted qué cree, doctor? —Inquirió, también hablando español, zarandeando elocuentemente la bayeta en su mano con una suave risita.

Pero la expresión facial del científico era seria.

—Esta área del complejo está restringida al equipo de limpieza —dijo—. Además, nunca la había visto aquí —Añadió y se le podía notar cierto recelo.

—Soy nueva —explicó Nadia con toda naturalidad, en ningún momento poniéndose nerviosa al ver la duda en los ojos claros del científico, empequeñecidos por las lentes de sus gafas de pasta—. Me llamo Rosalía —Señaló la placa de identificación que colgaba de su cuello por una correa negra, Rosalía Domínguez el nombre falso con el que entró como suplente de la asistenta de la limpieza dada de baja por maternidad.

Solís continuaba tenso y suspicaz, aunque parecía un poco menos que cuando la vio allí nada más entrar, tal vez creyéndola dado que no había nada en Nadia que lo hiciera desconfiar de una manera más tangible. Ella iba a seguir hablando, propiciando el descenso de aquel recelo en el científico, cuando de repente todas las luces y el ordenador se apagaron quedando la estancia completamente a oscuras.

Esto la hizo fruncir el ceño, sobresaltada, escuchando una maldición murmurada por parte de Solís a quien oyó moverse y tantear en la negrura inescrutable en la que se habían sumido. Por suerte el apagón apenas duró unos breves segundos, las luces regresando y el ordenador volviendo a estar operativo de inmediato.

—¿Qué ha sido eso? —Preguntó Nadia, y no le hizo falta fingir el desconcierto en su voz, observando a Solís comprobar el equipo tecnológico probablemente para asegurarse de que todo estuviera bien.

—Pareció una caída de energía. Quizás se haya estropeado algún generador —Aventuró él, dejando su ordenador para examinar un grupo de monitores que mostraban imágenes difundidas por las cámaras de seguridad.

Una de las cámaras mostró una imagen bastante interesante; una docena de hombres ataviados con el uniforme del cuerpo de seguridad de Biorussbin se movía por uno de los pasillos del complejo, fuertemente armados con fusiles y ametralladoras, insuflados de alerta cautela. ¿A qué se debería?

—Venga conmigo —Indicó el alterado científico, raudo dirigiéndose a la puerta.

Ella lo siguió. Se movieron por varios pasillos pintados de blanco, todos visualmente idénticos aunque Nadia se afanó en memorizarlos, bajando por unas escaleras que los dejó en un amplio corredor custodiado por un grupo de guardias de seguridad armados hasta los dientes.

—¿Ya habéis controlado la situación? —Interrogó Solís a uno de los miembros del cuerpo de seguridad, el que parecía estar al mando.

—Negativo, doctor, pero estamos en ello —fue la respuesta que obtuvo—. Mientras tanto, es recomendable que abandone el complejo —añadió, señalando una gran puerta de acero con el logotipo de Biorussbin y un lector de tarjetas a un lado—. Ya hemos evacuado a casi todo el equipo científico, solo queda…

No terminó la frase; un objeto metálico con forma de estrella de seis puntas lo había silenciado al clavarse profundamente en su garganta. Un shuriken, reconoció Nadia no sin una ligera sonrisa apenas insinuándose en sus labios.

Todos los soldados apuntaron con sus metralletas en múltiples direcciones, alertas y en tensión mientras buscaban al responsable. Pero no había nadie más allí además de ellos.

Más shurikens cruzaron el aire, seguido de disparos de lo que parecía algún tipo de arma larga automática a juzgar por el sonido, acertando a cada miembro del equipo de seguridad sin que ellos tuvieran la menor idea del origen de estos. O al menos no hasta que uno alzó la vista y proclamó a voz de grito:

—¡Está en el techo!

No pudo agregar mucho más; una bala le había perforado la frente, matándolo en el acto. Mientras, junto a Nadia, Solís luchaba con el fuerte temblor en sus manos para coger una tarjeta del bolsillo frontal de su bata de laboratorio y pasarla por la ranura del lector junto a la puerta.

Los tres guardias que aún no estaban muertos, cerca de la puerta y cubriendo tanto a Solís como a la supuesta empleada de la limpieza acompañándolo, alzaron sus metralletas para disparar al techo a ciegas pues no veían a nadie, siguiendo la indicación de su compañero muerto. Se llevaron una pequeña sorpresa cuando algo borroso bajó desde lo alto, justo detrás de ellos, sin hacer apenas ruido y menos aún en medio del estruendo provocado por los disparos, un instante antes de que fuera visible la figura de un hombre vestido de cabeza a los pies de gris perla, su rostro oculto por una capucha con apenas una franja a través de la cual se veían sus ojos rasgados; empuñaba un subfusil en una mano, en la otra una espada corta de estilo oriental con la que rápidamente y con la gracia de una serpiente apuñaló a los soldados demasiado desprevenidos para hacer poco más que darse la vuelta con intención de disparar, cosa que nunca tuvieron tiempo de hacer.

Un angustiado Solís empezó a jadear con claro pánico al ver a todos los guardias de seguridad muertos en el suelo, y la tarjeta se resbaló de sus sudorosos dedos, cayendo al suelo. Nadia bajó la vista de sus ojos ahora verdes debido a las lentillas hasta el lugar donde cayó, con la mente maquinando a mil por hora cuál sería la mejor manera de hacerse con ella.

Pero aunque el científico estaba aterrado, sacó una pistola de algún lugar del interior de su bata blanca y disparó al hombre de gris; falló, pues este se agachó y apartó a un lado antes incluso de que llegara a apretar el gatillo, cortando el cañón del arma de corto alcance con la hoja de su espada ninja y atravesándole el pecho limpiamente a la altura del corazón.

Mientras, Nadia se había agachado y sus dedos rozaban el plástico de la tarjeta, justo cuando sintió la fría presión de la hoja de aquella misma espada corta contra su garganta.

—Señorita Ovechkina, de rubia casi no la reconozco —comentó el dueño de dicha espada con cierta ironía, su voz de sobras familiar para ella bajo la capucha grisácea; naturalmente se trataba de Shiro Karahashi, ya lo había sabido nada más ver los shurikens; sin duda eran toda una característica en el Shinobi, Nadia dudaba que alguien más los utilizara habiendo tan sofisticadas armas de fuego en el mercado—. Si no desea la misma suerte que el doctor, le recomiendo que deje esa tarjeta justo donde está —le sugirió, de perfil a su lado sin mirarla en ningún momento—. Levántese.

Lo hizo, olvidando la tarjeta pues ya no era su prioridad. Sin apartar en ningún momento el filo de su cuello ni un solo milímetro, él se agachó para recoger dicha tarjeta y a continuación la deslizó por la ranura del lector de tarjetas que Solís no tuvo ocasión de usar, la puerta de acero con el logo de Biorussbin deslizándose a un lado para permitir el paso.

—Usted primero —Indicó el Shinobi, señalando la puerta abierta con un gesto de cabeza, aún sin alejar la espada corta del cuello de la ex-espía rusa conocida como Scheherezade.

Nadia enarcó una ceja.

—Me parece que no, señor Karahashi —Repuso, tan tranquila como en un picnic. Desde luego no era fácil de intimidar.

—Veo que me ha reconocido —Una ironía, claramente.

—No hay muchos ninjas hoy en día —recalcó con diversión, su mirada repasando el arma blanca con la que seguía amenazando con cortarle el cuello, echando un ojo a las ropas que llevaba; ahora más que nunca era el claro prototipo de un Shinobi, vestido tal y como era la tradición en el Japón de siglos atrás—. Aunque ese traje de camuflaje de última tecnología es algo con lo que sus antiguos antecesores no podían contar, claro está —Añadió, pues a pesar del diseño tan fidedigno, se trataba de un modelo muy caro e innovador capaz de mimetizar con el entorno a quien lo llevara puesto, de tal modo que sería absolutamente invisible. Por eso nadie lo vio, ¿Y cómo se había movido por el techo, si no había nada allí donde agarrarse? Probablemente sus botas poseían suelas adherentes.

Guardando el subfusil en la funda a su cadera, Karahashi retiró la capucha cubriendo su cabeza y rostro, de modo que ahora había algo más a la vista que sus oscuros ojos rasgados. La tomó por un brazo, empujándola hacia la puerta abierta, traspasando el umbral.

Al otro lado estaba todo a oscuras pero fue solo durante un breve instante, lo que tardaron los sensores de movimiento en detectarlos y activar las luces del lugar. Se trataba de una sala médica, con una mesa llena de tubos de ensayo y documentos, además de multitud de ordenadores y aparatos de la más alta tecnología del mercado.

Tras instarla a sentarse en una silla, y por fin retirando la hoja de su espada corta del cuello de Nadia, el Shinobi empezó a examinar los folios esparcidos por la mesa, pronto dejándolos atrás para centrarse en uno de los ordenadores.

—¿Necesita ayuda? —Ofreció ella con clara sorna, observándolo adentrase en la base de datos en busca de algo. En la pantalla pudo ver un mapa, del complejo.

—Me las arreglaré, pero gracias —Contestó, recalcando con cierta ironía la última palabra.

Encogiéndose de hombros con indiferencia y una ligera media sonrisa dibujada en los labios, Nadia apoyó un codo en el reposabrazos de la silla donde fue obligada a sentarse y descansó la barbilla en la palma de la mano.

—No encontrará nada ahí, ¿Sabe?

—¿Qué le hace pensar eso, señorita Ovechkina?

—Tal vez un ''pequeño fallo informático'' haya borrado todos los datos sobre Omega —dejó caer como quien no quiere la cosa, viendo cómo sus palabras surtían el efecto esperado. Karahashi se dio la vuelta para mirarla con atención, olvidando la computadora. Ella le sonrió—. Pero por suerte para usted, no todo está perdido; tengo una copia en mi poder —reveló, poniéndose en pie y acercándose—. Si se porta bien conmigo tal vez la comparta —Añadió con aire de estar pensándoselo.

El Shinobi la observaba completamente impertérrito, sin mover un solo músculo.

—Es un farol —Aventuró al fin, con seguridad.

Nadia se encogió de hombros, despreocupada.

—No puede saberlo a ciencia cierta —denotó—. El engaño es mi especialidad. Bueno, una de ellas; tengo muchas —Se corrigió con un ronroneo, enrollando un mechón de su peluca rubia entre los dedos y guiñándole un ojo.

—¿Otra vez intentando coquetear conmigo? —Inquirió, sin dar crédito.

—Imagino que Lemoine le paga mucho dinero por hacer bien su trabajo; tengo curiosidad por ver hasta dónde está dispuesto a llegar para ganarse el sueldo —Reconoció Nadia, más cerca, tocando su hombro; ambos con calzado de similar suela gruesa, el Shinobi se alzaba unos quince centímetros por encima de la ex-espía rusa. Estatura media si fuera caucásico, bastante alto para un asiático. Ella tendría que ponerse de puntillas para quedar a su misma altura, si quisiera besarlo.

Lo vio sonreír torvamente en respuesta.

—Señorita Ovechkina, le aseguro que Lemoine no tiene dinero suficiente para pagarme por acostarme con usted —contra todo pronóstico Nadia sonrió alegremente, como si encontrara divertida aquella afirmación—. Pero digamos que está diciendo la verdad y tiene una copia con los datos de Omega, ¿Dónde la guarda? —Quiso saber en un tono agradable, justo antes de que algo frío y puntiagudo se posara a un lado del cuello de la ex-espía rusa conocida como Scheherezade; uno de las seis puntas de un shuriken.

Con un suspiro ella puso sus ojos, verdes y no castaños debido a las lentillas, en blanco. Ese hombre sí que sabía cómo seducir a alguien, qué ambiente más sugerente con aquella cosa amenazando con cortarle la yugular.

—En mi riñonera —Dijo, dando un par de toquecitos a su propia cadera, alrededor de la cual llevaba ajustada la correa de la mencionada riñonera.

Karahashi bajó sus ojos rasgados hasta allí. Sin mayor preámbulo la agarró de un brazo, tirando de ella para que se diera la vuelta, de inmediatos sus manos disponiéndose a desabrochar la correa. La ex-espía rusa conocida como Scheherezade se echó a reír, en ningún momento haciendo nada por impedirlo.

—Veo que usted no se anda con rodeos —Fue sardónica, viendo lo rápido que le había retirado la riñonera de la cintura.

La puerta automatizada de acero escogió aquel preciso momento para abrirse, dando paso a cuatro guardias de seguridad que rápidamente les apuntaron con sus metralletas.

El Shinobi ya se estaba moviendo, arrojando el shuriken que aún sostenía en una mano contra uno de los recién llegados, agarrando el subfusil a su cadera mientras se resguardaba tras una enorme supercomputadora de la ráfaga de disparos que lo tenía por objetivo. A su vez, Nadia levantó las manos temblorosamente y empezó a gimotear, en un pestañeo interpretando con gran realismo su papel de pobre e inofensiva empleada del complejo.

—¡Por favor, no me disparen! ¡Trabajo aquí! ¡Os lo suplico, ayudadme! —Lloriqueó dramáticamente.

De inmediato los cuatro guardias la rodearon protectoramente, uno de ellos comprobando su placa de identificación mientras le aseguraba que todo iría bien, los otros tres rodeando la gran supercomputadora de última generación con sus armas listas para disparar.

Pero no había ni rastro del Shinobi. O ellos no lo veían, al menos. Varios disparos llenaron el aire y dos guardias cayeron muertos, el tercero girando hacia el lugar del que parecían provenir; una patada alta le arrancó la metralleta de las manos, cuando el traje de camuflaje de Karahashi lo dejó nuevamente al descubierto, el ninja asiático apuñalándolo con su espada corta.

El soldado restante, que había empujado a Nadia tras de sí con intención de resguardarla del peligro, hizo ademán de disparar al Shinobi pero se llevó una sorpresa cuando la supuesta empleada de la limpieza le rodeó el cuello por detrás y con un giro brusco se lo dislocó. Rápidamente, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade agarró la metralleta de manos del guardia ahora muerto y salió corriendo hacia la puerta por la que ella y Karahashi habían entrado allí. El Shinobi la persiguió pero no pudo alcanzarla porque la puerta automatizada se cerró en sus narices justo cuando estaba a punto de cruzar; Nadia había presionado el botón del panel junto a la puerta, de modo que esta se cerrara de inmediato, encerrándolo dentro.

—Oh, lo siento mucho, señor Karahashi —se volvió ligeramente para mirar por encima del hombro con una media sonrisa insinuándose en sus labios carnosos, llevándose una mano al escote de la camiseta color lavanda del uniforme de la limpieza para sacar una barra de labios del interior de su sujetador—. Qué torpeza por mi parte —Se burló, pasando brevemente la barra de color rosado por sus labios, retocando el maquillaje, antes de volver a guardarla bien en su sujetador y alejarse de allí con prisas.

Tenía que volver al despacho donde se había dejado el carrito de la limpieza, con todo su equipo táctico oculto en el fondo del cubo de basura; ahora que había visto un plano de las instalaciones, gracias al Shinobi, sabía exactamente a dónde tenía que ir para completar la misión con éxito.

Lo cierto era que Nadia no le había mentido, sí que había guardado en un pendrive los datos de Omega. Pero aquel pendrive no estaba precisamente en la riñonera que Karahashi se había apropiado con tanta diligencia; no, porque se hallaba dentro de la barra de labios que ella guardaba en su sujetador. Un lugar mucho más seguro y discreto, el Shinobi no parecía muy interesado en querer registrarla a fondo para asegurarse de que no lo llevaba encima.

Una vez de vuelta al despacho de Solís, y tras encontrarse con un par de guardias de seguridad de Biorussbin de los que se ocupó con gran facilidad gracias a la metralleta que había obtenido antes de dar esquinazo a Karahashi en aquel laboratorio, se dispuso a prepararse para la segunda parte de la misión; pillar los viales con el prototipo de Omega, guardados en una cámara especial con un muy sofisticado sistema de seguridad que solo daba acceso a una persona; Volkov, el tipo al que había matado en Londres. Pero Nadia no estaba preocupada por eso, venía preparada. Ahora solo faltaba llegar allí y obtener su premio antes de que el Shinobi se diera cuenta del pequeño engaño y apareciese por allí para arrebatarle la gloria.

Del fondo del cubo de desechos sacó una bandolera, dentro de la cual llevaba una tablet, además de una navaja oculta en el interior de una gruesa lima de uñas, explosivos que pronto tendrían un hogar que hacer volar por los aires, y un dispositivo de rastreo. Le había puesto una discreta pegatina a Karahashi sin que este se diera cuenta, la cual emitía una señal que le permitiría saber dónde estaba en todo momento para evitar inconvenientes poco deseables. Tras comprobar que no faltaba nada en la bandolera, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade se puso en marcha. Colocaría los explosivos en los lugares más convenientes e iría a por los viales.





Le había timado; aquella riñonera solo contenía un set de maquillaje, una cartera, un teléfono móvil y un juego de llaves. Karahashi revisó todo a conciencia, buscando compartimentos secretos en su interior o algún tipo de dispositivo de almacenamiento oculto en las llaves, el teléfono o el espejito del set de maquillaje, para pronto comprender que no había nada.

Tiró la riñonera al suelo, para él inútil. Los guardias de Biorussbin habían irrumpido antes de que el Shinobi tuviese tiempo de asegurarse de que ella decía la verdad, de lo contrario aquella treta no le hubiese funcionado. Y no iba a permitir que se repitiera, la próxima vez que tuviera delante a Nadia Ovechkina conseguiría los datos. Porque los tenía, cada vez estaba más convencido de ello.

No estuvo atrapado mucho tiempo, había otra salida por la que Karahashi logró escabullirse; a través de un conducto de ventilación, al que accedió gracias a una rejilla ubicada en el techo. Sobra decir cómo un ninja como él logró subir y meterse dentro.

Una de las primeras cosas que había preparado antes de entrar en el complejo fue un mapa del sistema de ventilación y todos sus conductos, era el modo más discreto y rápido de moverse por el lugar sin ser detectado. Como un mortífero fantasma, invisible gracias a su traje táctico de última tecnología. La mente maestra tras su diseño había hecho un trabajo excepcional, lástima que Karahashi no había tenido ocasión de agradecérselo debidamente y en persona, pero pensaba hacerlo cuando terminara lo que había venido a hacer allí. El Shinobi siempre era agradecido.

Tras deslizar a un lado otra rejilla que encontró, comprobando que había un guardia de Biorussbin justo debajo, activó el sistema de camuflaje en su traje, el cual se manipulaba cómodamente con el guante de su mano izquierda, y se dejó caer en silencio sobre el desprevenido soldado; lo apuñaló en el cuello en un visto y no visto, rápidamente comprobando que era el único en el pasillo. Bien.

Tomó el walkie-talkie guardado en uno de los muchos compartimentos de su cinturón táctico.

—Shinobi a equipo Alfa, ¿Me recibe? Cambio.

No tardó en recibir señal.

—Aquí equipo Alfa. Hemos alcanzado el nivel inferior —informó Parker, quien estaba al frente del equipo que lo acompañaba—. Todos los datos de Omega han sido eliminados, por más que lo hemos intentado no hay nada que recuperar, ¿Cómo debemos proceder ahora?

Entonces Nadia Ovechkina no le había mentido en eso. Quizás llevara encima los datos, tendría que registrarla. Desde luego no perdía nada por comprobarlo.

El Shinobi no contestó inmediatamente, echándole un vistazo a la pantalla de una PDA, donde un puntito rojo se movía sobre un mapa de las instalaciones. Había tenido ocasión de colocarle a Scheherezade un pequeño rastreador, cuando se acercó a él en aquel laboratorio donde lo dejó plantado, justo antes de que los guardias de Biorussbin interrumpieran su tan ''fascinante'' conversación; aquel puntito era su posición actual, parecía estar dirigiéndose en dirección oeste. Así se lo trasladó a Parker, cortando la comunicación antes de proseguir su camino. A ver qué tal le iba a la ex-espía rusa cuando se topara con ellos, especialmente dado cómo había dejado en ridículo a Parker. Imaginaba que el estadounidense querría vengarse.





Torcía por un pasillo cuando estuvo a punto de chocar con un hombre, un miembro del equipo de seguridad que a punto estuvo de dispararle. No lo hizo porque Nadia reaccionó un poco antes, golpeándolo con la culata de su metralleta en una sien y luego en la nuca, dejándolo inconsciente. Al menos para algo le había servido el arma, porque ya había gastado su munición, abandonándola junto al hombre en el suelo.

Ya tenía dispuestos los explosivos en los lugares convenientes, ahora solo faltaba llegar a la cámara donde los viales de Omega eran almacenados. Estaban programados para que se pusieran en marcha dentro de sesenta minutos, otorgándole otros diez de margen antes de estallar. Por supuesto había un control remoto, en caso de problemas, pero Nadia esperaba no necesitarlo. Igualmente, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade se dio prisa en alcanzar la cámara.

Estaba cerca cuando llegó a sus oídos el estruendo de una ráfaga rápida de disparos. A punto estuvo de quedar en medio de la línea de fuego cuando el pasillo que recorría acabó, hallando a un montón de guardias de Biorussbin disparándole a otro grupo de hombres armados con trajes tácticos que claramente no pertenecían al complejo. Camaradas del Shinobi, supuso ella.

Uno de los miembros de Biorussbin pareció percatarse de la mujer rubia vestida con el uniforme lavanda del equipo de limpieza, pues le hizo señas para que se acercara deprisa. Nadia lo hizo, fingiendo estar profundamente aterrorizada.

—¡Oh, gracias a Dios que estáis aquí! ¡Pensé que me mataban! —y soltó algunas lágrimas, reforzando su interpretación. En ese momento, un pitido proveniente del dispositivo de rastreo que seguía al Shinobi la alertó, aferrando el chaleco antibalas del guardia—. Por favor, ayúdeme, necesito salir de aquí —Suplicó, sin salirse de su papel en ningún momento.

Pareció apiadarse de ella, porque le indicó una mampara de seguridad de cristal reforzado a sus espaldas y le dio una llave, en el momento exacto en que una rejilla de ventilación colocada justo sobre ellos caía sobre la cabeza del guardia seguida de la atlética figura del Shinobi girando en el aire en una doble pirueta digna del más grácil de los acróbatas mientras cortaba con su espada japonesa la garganta del desafortunado guardia.

Nadia ya estaba corriendo hacia la mampara, recortando los aproximadamente diez metros de distancia en lo que Karahashi disparaba con su subfusil a los guardias que intentaron atacarlo y la seguía.

Vio un panel con una hendidura donde ella supuso que entraba la llave, y al introducirla encajó sin problemas. La giró con prisas, la mampara deslizándose a un lado para abrirse.

La ex-espía rusa conocida como Scheherezade giró el cuello para mirar sobre su hombro, advirtiendo a Karahashi cada vez más cerca mientras otro guardia se interponía en su camino y era fácilmente derribado gracias a una colorida patada voladora. Ni esperó a que terminara de abrirse, Nadia optando por coger rápidamente la llave y cruzar para de inmediato introducirla en la hendidura del panel al otro lado para que la mampara se cerrase lo antes posible y evitar que él se colara.

El Shinobi casi estaba allí cuando la mampara quedó nuevamente precintada, impidiéndole el paso. Lo vio golpear el cristal con un puño, a lo que Nadia sonrió complacida por haberse salido con la suya una vez más. Incapaz de contenerse, se despidió de él con un gesto de la mano, lanzándole un beso antes de dar media vuelta y alejarse de allí. La cámara con los viales de Omega la estaba esperando muy cerca de allí, una cita que no postergaría más tiempo.





El Shinobi no reprimió una pequeña risotada seca. Era la segunda vez que Nadia Ovechkina le ''cerraba la puerta en las narices'' en un solo día, y no tenía la menor intención de que hubiera una tercera.

Dando la espalda a la mampara de seguridad que no podía franquear, no sin una llave que le permitiera abrirla, observó su entorno; todos los guardias de Biorussbin estaban muertos, su unidad se había ocupado de ellos con facilidad gracias a su ayuda.

Parker se acercó a él entonces, mostrándole algo en la pantalla de una tablet.

—La cámara se encuentra a menos de ochenta metros de distancia, esta mampara lleva directamente hacia allí —informó, aunque Karahashi ya lo sabía—. Deja que yo me ocupe. Te prometo que conseguiré los viales y haré pagar a esa furcia por todos los problemas que nos ha causado —Juró, y era evidente que estaba enfadado por lo ocurrido en Londres.

El Shinobi negó con la cabeza.

—Generalmente veo el trabajo como eso; trabajo y nada más. Pero lo de la señorita Ovechkina ya es algo personal, quiero ser yo quien se encargue de finiquitar este asunto —y le dio una palmadita en el hombro, un gesto que no era consolador precisamente, antes de caminar hasta quedar debajo del hueco en el techo dejado por la ausencia de la rejilla del conducto de ventilación—. Volad esa mampara y abriros paso hasta la cámara. Os estaré esperando allí con los viales.

Y con un salto logró agarrarse al borde, izándose con gracia felina e introduciéndose en el conducto. Sabía que no podría entrar en la cámara mediante el sistema de conductos de ventilación, hubiera sido demasiado fácil y la gente de Biorussbin muy estúpida, pero lo dejaría muy cerca y con eso le bastaba.

Le llegó la voz de Parker a través del conducto, quejándose:

—Ninja presuntuoso… Se quiere llevar la gloria pero como lo fastidie todo estamos acabados.

En la intimidad del conducto, Karahashi sonrió. Sin duda era un ninja, aunque no creía ser presuntuoso; si lo fuera ya estaría muerto, la arrogancia no era buena compañera de trabajo en una profesión como la suya. Y no iba a fastidiar nada, al menos no según su plan, porque no podría decir lo mismo del plan de Parker y compañía. Tampoco le importaba la opinión de aquel descerebrado al que Scheherezade había burlado con la facilidad con la que se le robaba un caramelo a un niño. Especialmente cuando todo iba tal y como estaba previsto.





La peluca rubia era un incordio y Nadia decidió prescindir de ella, tirándola al suelo mientras corría por un pasillo, soltándose el pelo del interior de la media color piel que lo mantenía sujeto. La humedad se lo había rizado, el encrespamiento horrible, pero por suerte no tenía un espejo donde mirarse así que procuró no pensar en ello, utilizando el pañuelo verde que empleara de diadema para atarlo a la altura de la nuca como si fuera una coleta.

Llegó a la sala donde se encontraba la cámara con los viales de Omega. Poseía una puerta circular de dos metros de alto por cuatro de ancho, de una aleación de titanio ultrarresistente de cuarenta centímetros que era prácticamente impenetrable. La consola táctil en su centro contenía un escáner ocular, al que Nadia se acercó sin titubear; el escáner examinó sus ojos, una luz verde iluminando el panel táctil cuando terminó.

—Identificación confirmada, acceso permitido —se oyó decir a una voz informatizada—. Bienvenido, señor Volkov.

Ella sonrió para sí. El sistema analizaba el iris, confundiéndola con Volkov gracias a las lentillas que llevaba puestas; Nadia había escaneado sus ojos en Londres, en el coche tras matarlo, lo que le permitió fabricarlas de modo que pudiera pasar el análisis del escáner ocular con éxito. Y había funcionado muy bien.

La puerta de la cámara se abrió hacia fuera con un sonido de descomprensión. Dentro encontró un único maletín grande de color negro y a prueba de balas, el cual no se abría como cualquier otro; requería una contraseña por voz. Afortunadamente Nadia la conocía, formaba parte de la información adquirida en las tarjetas robadas en Londres.

Adin, chitirie, adin —Habló alto y claro junto al pequeño micrófono incorporado en la cerradura de última tecnología que poseía el maletín. Significaba ''uno, cuatro, uno'' en ruso. Esa era la contraseña.

Con un pitido la cerradura se desactivó y Nadia abrió el maletín, hallando dentro los viales con el material líquido de color rojo vino de Omega. Les echó una breve ojeada, asegurándose de que estaba todo en orden, cerrándolo de nuevo y disponiéndose a salir de la cámara. Ya tenía lo que había venido a buscar a Bolivia, era hora de dejar las instalaciones científicas de Biorussbin y abandonar el país.

Estaba toqueteando el panel de control de la puerta, con intención de volver a cerrar la cámara ahora vacía, cuando oyó a sus espaldas el significativo click de una pistola al quitarle el seguro, notando el cañón del arma de fuego apretarse contra su nuca. Esbozó una ligera sonrisa.

—Usted es el único capaz de acercarse tanto sin hacer un solo ruido que lo delate —Dijo divertida, pues efectivamente no lo había oído y no era la primera vez que le pasaba, sabiendo quien era sin necesidad de darse la vuelta para comprobarlo.

—El maletín, señorita Ovechkina —Solicitó el Shinobi con gran templanza desde detrás de ella, encañonándola con una semiautomática.

—Veo que le gusta dar órdenes, ¿Lo encuentra excitante, tal vez?

—Usted todo lo encuentra excitante. Déjelo en el suelo, de inmediato —poniendo los ojos en blanco ante su insistencia Nadia acabó por hacerlo, con movimientos lentos y suaves—. Ahora dese la vuelta muy despacio y con las manos donde pueda verlas. Le sugiero no intentar nada o me veré obligado a volar su bonita cabecita de un disparo —Advirtió.

Con las manos en alto, giró con lentitud de modo que estuvieran cara a cara. Karahashi aún mantenía la pistola preparada para pegarle un tiro si fuera necesario, su rostro oculto por la capucha del traje de camuflaje de modo que solo los ojos eran visibles. Ella sonrió con picardía.

—¿No va a cogerlo? —Inquirió la ex-espía rusa, al ver que no se movía con tal intención.

—Los datos, ¿Dónde los guarda?

—En mi riñonera, se lo dije antes —Su fingido tono inocente era intencionadamente poco creíble.

—Por supuesto que no estaban allí —repuso él, retirándose la capucha, su expresión facial ahora visible denotando una seria calma—. Los lleva encima, en algún dispositivo de almacenamiento fácil de esconder; es lo que yo haría en su lugar. Así que voy a proponerle algo que sé que le va a gustar —anunció con una sonrisa sardónica empezando a torcer sus labios—. Quítese la ropa.

Nadia enarcó las cejas, batiendo sus pestañas con coquetería mientras soltaba una pequeña risotada.

—Oh, así que el gran Shinobi ha sucumbido a mis encantos —se burló—. Es normal, a todos les pasa tarde o temprano.

—Más quisiera usted, señorita Ovechkina —dio un paso más cerca de ella, presionando el cañón de la semiautomática contra la frente de aquella a la que llamaban Scheherezade—. Venga, empiece que no tengo todo el día.

Curvó los labios en un mohín teatral.

—Qué poco romántico es usted, señor Karahashi.

—Si quiere contrato a un violinista y pongo velas, pero aquí en mitad de la selva es un poco difícil —replicó, gesticulando hacia la ropa que vestía—. Dese prisa.

Pero Nadia quería ganar tiempo, y de paso divertirse un poco.

—¿Quiere que me quite la camisa primero? —preguntó solícita, toqueteando coquetamente el escote en pico de la parte alta color lavanda de su uniforme de limpiadora, antes de bajar las manos al elástico de sus pantalones a juego—. ¿O prefiere que empiece por abajo?

Era evidente que buscaba impacientarlo, o sacarlo de quicio directamente. Más de uno la hubiera golpeado en la cabeza con aquella pistola que mantenía apretada contra su frente, desde luego. Pero el Shinobi solo suspiró, una torva sonrisa tirando de sus labios.

—Lo dejo a su elección; mientras se desvista para que pueda registrarla y conseguir lo que busco, a mí me vale. Aunque siempre puede darme los datos directamente, así se ahorraría este desagradable trance —Añadió en mordaz ironía, imaginando que aquella mujer no era de las que se dejaban llevar por el pudor precisamente.

Ella se rio entre dientes, muy lentamente empezando a desanudar el pañuelo verde que mantenía sujeto su cabello en una cola de caballo, de modo que sus rizos encrespados se desparramaron como una cascada por sus hombros, enrollando el pañuelo alrededor de la muñeca izquierda con una media sonrisa, antes de disponerse a desabrochar el botón superior de la camisa lavanda casi con exagerada parsimonia y pereza, mientras Karahashi continuaba encañonándola sin mover un solo músculo ni inmutarse en lo más mínimo ante tan intencionada lentitud.

Acababa de desabotonar el segundo botón, disponiéndose a hacer lo mismo con el tercero, cuando siete guardias de Biorussbin irrumpieron en la sala ametralladora en mano y dispararon sin el menor preámbulo. Al unísono, sincronizados de tal modo que bien parecería ensayado de antemano, Nadia y el Shinobi se movieron parapetándose contra el lado interno de la gran y redondeada puerta aún abierta de la cámara de seguridad donde estuviera guardado el maletín con los viales de Omega, escapando así de las balas que impactaron contra el grueso e impenetrable titanio.

La estridente ráfaga de disparos cesó en breves segundos, quedando la sala otra vez en calma. Ambos, lado a lado con la espalda apoyada en la puerta que les sirviera de escudo, intercambiaron una mirada.

—Nos rendimos —habló Nadia en voz alta con un fingido anillo de temor enrollado en torno a sus palabras—. Saldremos pero, por favor, no disparen.

—Salid despacio y con las manos en alto, pero primero soltad las armas —Demandó uno de los guardias de Biorussbin.

La ex-espía rusa conocida como Scheherezade gesticuló elocuentemente hacia la semiautomática en manos de Karahashi, la misma con la que estuviera amenazándola a ella momentos atrás. Con un encogimiento de hombros, el Shinobi tiró la pistola lejos, el arma deslizándose por el suelo hasta donde los guardias estaban esperando a que salieran.

Con las manos en alto, los dos agentes libres dejaron el resguardo de la amplia puerta de la cámara de seguridad, de inmediato siendo rodeados por los siete miembros del cuerpo de seguridad de las instalaciones científicas quienes se dispusieron a inmovilizarles los brazos con intención de registrarlos. Apenas habían bajado los brazos de Nadia hasta la parte inferior de su espalda cuando ella miró de soslayo al Shinobi; él también la miraba, se percató.

Antes de que tuvieran tiempo de esposarla, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade se inclinó hacia atrás con brusquedad para golpear con la coronilla rudamente la cara del guardia a sus espaldas, impidiendo que le pusiera las esposas y girando rápidamente para enganchar su brazo con el suyo en una atrape que concluyó con la dolorosa dislocación de la extremidad del hombre que nada podía hacer por soltarse, luego golpeándolo en la cabeza con el canto de la mano y tirándolo al suelo con una resuelta llave, momento en que ella se apresuró en lanzarse a por la pistola que Karahashi había tirado al suelo antes; disparó a otro soldado que había tomado su ametralladora y amenazaba con dispararle a ella primero, dos balas atravesándole el cuello y una mejilla certeramente.

Mientras Nadia se ponía manos a la obra, el Shinobi ya tenía a tres de los cinco guardias restantes en el suelo y se estaba encargando del cuarto; giró en el aire con la gracia de un acróbata profesional, con los pies atrapando el cuello del desafortunado empleado de Biorussbin y torciéndoselo en una pintoresca pirueta, cayendo agazapado cuan felino mientras apuñaba en un muslo al único guardia que quedaba en pié e intentó enfrentarse a él. La ex-espía rusa lo remató con un balazo en la sien izquierda.

—Veo que alguien le ha enseñado luxaciones de qin-na —Observó el Shinobi apreciativamente, reconociendo la técnica de kung fu con la que ella se desembarazó del guardia que tuviera intención de esposarla.

Sonrió, encantada porque se hubiera dado cuenta.

—Mi acupuntor personal es de algún lugar de Asia; tanto te enseña kung fu como te equilibra los chakras con sus agujas —dijo, a lo que Karahashi enarcó una ceja—. Si le interesa puedo darle su número. Da unos masajes extraordinarios, también.

—Suena prometedor.

Y de repente, sin previo aviso en mitad de la aparentemente pacífica conversación banal, Nadia levantó la pistola con intención de dispararle; no tuvo éxito porque él se movió a su vez, apartándose de la trayectoria de la bala a la vez que lograba sujetar la muñeca de aquella a la que llamaban Scheherezade y le retorcía el brazo forzándola a soltar el arma. Por supuesto Nadia ni se planteó el resistirse, solo se dislocaría algo tal y como le sucedió al guardia con el que ella empleara una técnica de luxación similar, pero tampoco había sido esa su intención inicial; el pañuelo verde enrollado en torno a su muñeca libre se soltó, aferrando una esquina con los dedos y moviendo la mano en un arco brusco hacia arriba. De pronto Karahashi la soltó y retrocedió, llevándose una mano al marcado pómulo izquierdo: una fina brecha roja había florecido inesperadamente allí, la yema de los dedos de sus guantes grises manchados con gotas de sangre tras tocarse la herida que se había abierto sin que nada aparentemente le hubiera cortado. Él la miró, más concretamente al pañuelo verde que enrollaba entre sus manos de una forma que no era deliberada en absoluto.

—Creo que empiezo a entender por qué la llaman ''Scheherezade'' —Dijo.

Nadia sonrió como un tiburón, tirando de uno de los extremos del pañuelo, que de pronto era el doble de grande que antes, zarandeándolo con un ágil y sinuoso movimiento de la mano. El Shinobi se cubrió con un brazo y la manga de su traje de camuflaje obtuvo un corte, llegando incluso a arañar piel debajo, retrocediendo mientras ella avanzaba y probaba un nuevo azote de su peligroso pañuelo que en esta ocasión Karahashi logró evadir por poco al apartarse felinamente de su trayectoria.

No era magia, había truco; una cadena de acero punzante con afilados filamentos que se hallaba oculta dentro del pañuelo, lo que lo equiparaba a un látigo. Aunque no sería muy útil si no sabías cómo manejarlo, pues el pañuelo en sí no era fácil de dirigir si no tenías experiencia y te familiarizabas con su tamaño y forma, cómo hacer que el aire no cambiara su trayectoria, además de la fuerza necesaria para conseguir que cortara donde querías. Pero Nadia llevaba practicando desde los quince años, para ella era casi como una extensión de su brazo.

Agachándose para esquivar una vez más el pañuelo de aquella conocida como Scheherezade, Karahashi movió una mano empuñando una de sus espadas cortas japonesas, de modo que Nadia tuvo que retroceder bruscamente; la hoja cortó verticalmente a través de la parte delantera de su camisa color lavanda, abriéndosela dejando visible la camiseta de tirantes negra que llevaba debajo. Ella silbó, habiéndose librado de que cortara carne por los pelos.

—No sabía que tenía tanta urgencia porque me desnudara —Le dijo con una media sonrisa, guiñándole un ojo mientras movía los hombros para deshacerse con la mano libre de la camisa del uniforme de la limpieza.

Dejando caer la prenda al suelo, arremetió nuevamente con el pañuelo, que Karahashi desvió con el filo de su espada cortando un poco en el tejido, momento en que el asiático movió la mano libre para tirar algo que rodó por el suelo a pocos metros de donde Nadia se erguía frente a él; una gran cantidad de humo llenó la sala casi de inmediato, forzándola a toser mientras reculaba defensivamente, alerta.

Con el humo ya no podía ver al Shinobi, aunque tuvo ocasión de vislumbrar segundos atrás de que llenara su campo de visión cómo él se colocaba la capucha; intuía que había optado por activar su traje de camuflaje, de modo que tampoco podría verlo si la sala estuviera despejada.

—Oh, mira que recurrir a una bomba de humo. No sabía que era usted un tramposo, señor Karahashi.

Por supuesto no obtuvo respuesta, habría sido un monumental error de principiante que le facilitaría a ella localizarlo siguiendo el sonido de su voz. A ciegas, y aún tosiendo un poco, Nadia Ovechkina barrió el aire a su alrededor con el letal pañuelo verde y empezó a girar con lentitud, apuntando al frente con la pistola también a pesar de no ver nada, atenta, haciendo lo posible por no dejar ninguna apertura fácil por dónde él pudiera atacarla con el sigilo característico de los ninjas.

De pronto escuchó que algo caía al suelo con un tintineo metálico a su derecha, algo pequeño como una moneda o un tornillo, girando hacia allí a la vez que movía su pañuelo. Entonces supo que aquel ''algo'' había sido una artimaña para engañarla; repentinamente fue sujeta por detrás por alguien a quien no podía ver, siendo levantada del suelo y lanzada bocabajo en un abrir y cerrar de ojos, soltando la pistola e intentando contraatacar con el pañuelo desde su desventajosa posición en el suelo, sin éxito porque tenía el brazo inmovilizado contra la espalda.

—Te tengo —Oyó decir a Karahashi desde algún lugar por encima de ella, aún invisible gracias a la tecnología de su traje.

No había mucho que pudiera hacer en aquella situación, no sin dislocarse el brazo o algo peor, pero Nadia se revolvió para complicarle más la tarea de inmovilizarla e intentó alcanzar con su mano libre la pistola que se hallaba en el suelo a menos de un metro de distancia.

Fue en ese momento de forcejeo en mitad del humo a medio camino de extinguirse cuando las puertas correderas que llevaban a la sala se abrieron una vez más, entrando un hombre con el uniforme de Biorussbin. El guardia de seguridad portaba un fusil, que de inmediato disparó; se oyó una amortiguada exclamación de dolor y la presión ejercida en el brazo inmovilizado de Nadia cesó abruptamente, una mancha de sangre apareciendo en mitad del aire. Al parecer el Shinobi había recibido el disparo.

Rauda y sin perder tiempo, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade se estiró para coger la pistola por fin y disparó al miembro del equipo de seguridad de las instalaciones científicas, una bala atravesándole la muñeca derecha para impedirle volver a disparar, otra más en la cabeza. El guardia cayó muerto en el acto.

Agazapada y con la respiración entrecortada por el frenesí del momento, los ojos verdes por las lentillas de Nadia Ovechkina fueron hasta la mancha flotante de sangre a pocos metros de donde ella estaba, su ceño fruncido. Segundos después hubo una ''ondulación'' en el aire, al ser desactivado el mecanismo de invisibilidad que lo mantenía oculto, y pudo verlo; la mancha estaba en la parte alta del antebrazo derecho del Shinobi, quien mantenía una mano enguantada sobre la sangrante herida.

—¿Pensando en rematarme? —Inquirió él con voz jadeante, donde se podía atisbar sutilmente el dolor que debía estar atenazando su brazo herido. Su cara continuaba cubierta por la capucha de su traje, de modo que aquel era el único indicio visible de su sufrimiento en esos momentos.

A pesar del disparo no había perdido el toque sarcástico. Nadia esbozó un amago de sonrisa, haciendo una inspiración profunda mientras se ponía en pie.

—Señor Karahashi, además de un ninja es usted vidente —contestó, sopesándolo con la mirada; la manga gris se estaba tiñendo de rojo pero no parecía una hemorragia excesiva. Ladeó el cuello como una gacela, reflexiva—. ¿Va a desangrarse hasta la muerte ahí mismo o tengo que pegarle un tiro? No quisiera desperdiciar balas.

El Shinobi soltó una breve risotada seca, retirándose la capucha gris de su traje y examinando la herida que tenía. Nadia, desde su posición, también le echó un vistazo; por el ángulo del orificio no parecía grave, aunque necesitaría atención médica lo antes posible para evitar desangrarse. También le afectaría a su puntería, y en un combate cuerpo a cuerpo, pues no podría usar ese brazo óptimamente.

—Sobreviviré —Fue lo único que dijo él.

Intercambiaron una mirada. La ex-espía rusa conocida como Scheherezade se encogió de hombros despreocupadamente, caminando hasta el olvidado maletín con los viales de Omega guardados, recogiéndolo y empezando a andar hacia la salida. Cuando pasaba frente a Karahashi, sentado en el suelo ocupándose del balazo que había recibido, Nadia se detuvo y sacó algo pequeño del interior del escote que arrojó a sus pies; era una barra de labios. El Shinobi enarcó una ceja, alzando la mirada de sus rasgados ojos orientales hacia ella.

—Dentro está el pendrive con los datos de Omega —explicó Nadia—. Pero no se haga ilusiones, señor Karahashi; no es un regalo, pienso recuperarla cuando usted venga a quitarme esto —Y agitó ligeramente el maletín en su otra mano, una burlona media sonrisa adornando sus labios, antes de reanudar el paso y salir de la sala dejándolo allí.

Caminaba resueltamente por el pasillo, casi como una modelo de alta costura en un desfile de moda, el pañuelo enrollado en su muñeca izquierda tan aparentemente inofensivo que nadie se fijaría en él, el fusil del guardia colgando de un hombro, cuando dos guardias del equipo de seguridad del complejo le vinieron al paso. Nadia únicamente levantó la pistola en su mano derecha y disparó, certeramente dando en la frente de uno y el entrecejo de otro, prosiguiendo su camino con toda la tranquilidad del mundo. Darle el pendrive con la base de datos del complejo a Karahashi no entraba en su plan original, pero prometía ser divertido el reencuentro. Porque no le cabía la menor duda de que él iría en pos de los viales, esa era su misión y el Shinobi un profesional muy eficiente; un balazo en un punto no letal no le impediría hacer su trabajo, desde luego.

En su camino a la salida de aquel lugar, llegó a una cafetería. Menudo desastre se había formado allí; vio mesas y sillas volcadas por todas partes, las paredes agujereadas con lo que sin duda eran balas, cuerpos sin vida de diversos hombres ataviados con el uniforme del cuerpo de seguridad del complejo, también otros que sin duda pertenecían al grupo que acompañaba a Karahashi, máquinas expendedoras de snacks, bebidas, y café destrozadas por el tiroteo que debió matarlos a todos.

Ante aquella visión, Nadia únicamente silbó.

—Bueno, al menos no estaba yo en medio —Se alegró, pues así sería más fácil acabar con su misión.

Caminó por entre los cadáveres, hallando en sus bolsillos munición para la pistola semiautomática y el fusil que se había agenciado de uno de los tipos que la habían atacado a ella y al Shinobi en la cámara que custodiaba Omega, deteniéndose frente a una de las máquinas expendedoras; le habían volado el cristal de un disparo, o tal vez más de uno, su contenido accesible para cualquiera con solo alargar una mano. Mientras desechaba las lentillas en una papelera con agujeros de bala a su lado, sus ojos resecos volviendo a ser marrones en vez de verdes, se fijó en los variados productos comestibles que albergaba, concretamente uno de ellos.

—Anda, estas barritas de chocolate y caramelo son las favoritas de Sveta —se dijo, un poco sorprendida por encontrarlas dado que desconocía si se comercializaban en Bolivia—. Y también tienen de frutos rojos —Esas en particular eran sus favoritas.

Agarró una de las que estaban rellenas de caramelo, metiéndola dentro de un bolsillo de los pantalones lavanda del uniforme de limpiadora, disponiéndose a cruzar la cafetería y proseguir su camino.

Pero apenas había dado unos pocos pasos cuando una cara conocida se adentró en la cafetería.

—Jonathan, cielo —lo saludó alegremente, como quien se encuentra con un buen amigo en un lugar inesperado—. Qué sorpresa verte aquí.

Parker le apuntaba con una pistola, su expresión una que dejaba bastante claro su enojo. Tras lo que pasó en Londres, era de esperar. No podía importarle menos a Nadia.

—Maldita arpía… te voy a volar los sesos —Siseó en sigilosa rabia.

Ella puso los ojos en blanco.

—Oh, vamos, no te pongas así por una tontería.

Con una mueca de furia, Parker disparó al techo.

—¡Tontería! —repitió con profusa indignación por cómo intentó restarle importancia al asunto, fuera de sí—. ¡Me dejaste en ridículo delante de Karahashi! ¡Ante Lemoine!

—Cálmate —lo conminó, su mente buscando la manera de acercarse para quitarle la pistola; o dónde ponerse en caso de que el siguiente disparo la tuviera a ella como diana. Por el momento ganaría tiempo, y hablar era la mejor manera de conseguir eso—. De acuerdo, te dejé en ridículo. Tienes todo el derecho del mundo a odiarme por ello, no lo niego. Pero si lo piensas un poco, no todo fue culpa mía —agregó, y despacio empezó a dar algunos pasos, recortando así la distancia demasiado amplia para poder actuar todavía—. En realidad mi plan no era seducirte a ti para colarme en la base de datos de Lemoine y quedarme con las tarjetas que obtuvimos en Londres; Karahashi era mi objetivo, tú me gustabas de verdad —mintió descaradamente, con gran naturalidad y soltura. Aunque molesto, Parker la escuchaba con atención; tal y como Nadia quería, ganando confianza al ver que su parloteo estaba surtiendo el efecto deseado. Siguió avanzando inocentemente hacia él, con las manos en alto de manera inofensiva para no alertarlo—. Pero el Shinobi no se dejó conquistar, según él porque no le gustan las mujeres aunque me da a mí que en realidad se olió lo que yo tramaba, así que no me quedó más remedio que improvisar y tuve que utilizarte a ti. Lo lamento muchísimo —otra mentira descomunal, por supuesto—. Pero puedo darte los datos de Lemoine en compensación.

Esto último despertó su interés, bajando la pistola con una expresión reflexiva puesta en su cara.

—¿Quién te contrató para robarle a Lemoine?

—No puedo darte esa información aquí —contestó Nadia, sus ojos mirando algo en lo alto; concretamente a una rejilla de ventilación colocada en el techo, la cual parecía estar moviéndose de sitio muy lentamente por sí sola, cosa que no debería ser posible—. Nunca se sabe cuando alguien podría estar escuchando. Pero estoy dispuesta a contártelo todo en un lugar seguro —resolvió con una pequeña sonrisa coqueta—. También puedes quedarte con Omega —añadió, levantando la mano izquierda portando el maletín con los viales en su interior—. Karahashi intentó hacerse con él pero yo me impuse —y la satisfacción en su voz era real y no fingida en esta ocasión—. Seguro que el señor Lemoine estará encantado contigo cuando se lo lleves tú mismo, en lugar de ese ninja tan aburrido, ¿No crees?

Desde luego se lo estaba pensando, era su oportunidad de corregir sus errores en Londres y quedar bien con Lemoine. Le hizo un gesto a Nadia para que le acercara el maletín, cosa que ella hizo solícitamente.

—Tiene una cerradura que se desactiva con una contraseña por voz —observó Parker—. ¿Sabes cuál es?

—Uno, cuatro, uno —no dudó en dársela—. En ruso, idioma que tengo entendido manejas muy bien.

Kaniechna —corroboró—. ¿Lo has hecho tú? —Inquirió, con un gesto señalando a los cadáveres de guardias del equipo de seguridad del complejo y del grupo que lo acompañaba a él y al Shinobi.

—Tal vez —Contestó ella con una sonrisa enigmática, encogiéndose de hombros, ambigua.

Parker se inclinó más cerca del micrófono en el maletín con el fin de desactivar su sistema de seguridad mediante la contraseña de voz, pero antes de que abriera la boca Nadia aprovechó para hacerse con su pistola y golpearlo en la nuca con la culata del arma de fuego, tumbándolo en el suelo aturdido.

—No se puede ser más idiota… —Comentó por lo bajo, negando con la cabeza para sí misma. Demasiado fácil.

—Concuerdo.

Esa era la voz de Karahashi, justo por encima de la ex-espía rusa conocida como Scheherezade. Nadia apenas tuvo ocasión de alzar la cabeza para mirar, sin éxito pues no vio nada, cuando ''algo'' cayó justo detrás de ella desde el techo. O alguien, más bien.

Notó cómo un brazo le rodeaba el cuello, Nadia forcejeando mientras se esforzaba por respirar, tarea imposible pues él estaba presionando en un punto clave de su tráquea para impedírselo. Iba a dejarla inconsciente, algo que no podía consentir bajo ningún concepto. Y el agarre de Karahashi era perfecto, no podría soltarse, de modo que aquella a la que llamaban Scheherezade hizo lo que correspondía en este caso; fingir que la había noqueado. Cesando de luchar, cerró los ojos y dejó todo su cuerpo flácido, de modo que el Shinobi detuvo la presión en su garganta y aflojó el agarre que ejercía sobre ella. Bien, no le rompería el cuello.

Depositando a la supuestamente inconsciente Nadia en el suelo, Karahashi desactivó el sistema de camuflaje en su traje y miró a Parker quien se estaba poniendo en pie apoyándose en la mesa donde había puesto el maletín.

—Esta es la segunda vez que Nadia Ovechkina te engaña como a un tonto —Comentó el Shinobi con un leve y sutil desdén implícito, desanudando el pañuelo verde enrollado alrededor de la muñeca de la ex-espía rusa conocida como Scheherezade, guardándolo en un bolsillo. A ella no le supuso ninguna sorpresa que tomara aquella precaución, era de esperar.

El rubio, recuperándose del golpe, estaba fuera de sí. Recuperó su pistola del suelo en un gesto brusco que dejaba en claro su ira, avanzando a zancadas hasta ellos apuntando a la cabeza de Nadia.

—No —intervino Karahashi, sujetando su muñeca haciéndole mover la pistola en otra dirección—. Lemoine la quiere viva.

Afortunadamente para Nadia, quien no hubiera podido seguir fingiendo estar inconsciente en caso de tener que evitar que le disparasen. Y quería mantener ese papel, seguir escuchando lo que aquellos dos hablaban.

La indignación de Parker iba en aumento, mirando al asiático sin dar crédito.

—¿Y para qué? ¡Es evidente que nos la volverá a jugar otra vez! —se quejó, claramente deseoso de pegarle un tiro aquí y ahora a la ex-espía rusa conocida como Scheherezade—. De todas maneras, a mí Lemoine no me dijo nada de eso —Agregó momentos después, templando un poco su frustración interna, sonando desconcertado ante algo para él nuevo.

Retirándose la capucha de su traje de camuflaje, el Shinobi lo miró con una ceja enarcada.

—Con lo bien que lo hiciste en Londres, no sé de qué te sorprendes —otra muestra de desprecio. Nadia hubiera reído de no ser porque debía permanecer muy quieta y silenciosa. Parker entrecerró los ojos con cierta irritación por la actitud mordaz del ninja asiático, aunque no dijo nada; era evidente que no podía objetar tras el ridículo hecho en Londres. Karahashi fue hasta la mesa donde descansaba el maletín con los viales de Omega—. ¿Has revisado su contenido?

—Iba a hacerlo cuando esa furcia me golpeó a traición por la espalda —fue su respuesta, y el resentimiento era perceptible incluso para la ex-espía rusa tumbada en el suelo fingiendo estar inconsciente—. Solo puede abrirse con una clave por voz, en ruso —le explicó, al verlo examinar el cierre del maletín—. Tú no hablas ruso, así que mejor me ocupo yo de eso.

—Sí, mejor —convino el Shinobi, tomando el maletín por sus asas—. Coge a la señorita Ovechkina. Ya no tenemos nada más que hacer aquí y nuestro equipo ha caído, hay que irse antes de que Biorussbin envíe refuerzos —Declaró, empezando a caminar resueltamente hacia la salida de la patas arriba cafetería sin tan siquiera comprobar que el otro hombre lo seguía.

Parker no tardó en protestar.

—¿Por qué tengo que cargar yo con ella? ¡Hazlo tú! —Se quejó, molesto aunque acabó haciendo lo que le había dicho.

Lo cierto es que Nadia, de poder elegir, también hubiera preferido que Karahashi se ocupara de llevarla. Sobre todo cuando el rubio la levantó bruscamente y de muy malos modos entre sus brazos, sin delicadeza alguna, ella dudando que alguien pudiera ser más bruto trasportando a una persona. La cabeza le dio vueltas pero mantuvo su fachada como la gran actriz que su trabajo exigía que fuera.

—Ya que todo esto es culpa tuya, no voy a ser yo quien cargue con tus errores —argumentó el Shinobi mordazmente—. Además, me han disparado en un brazo y la señorita Ovechkina pesa demasiado.

Nadia tenía mucho que objetar a eso último; estaba en su peso ideal, ligera como una pluma, en plena forma física. Y él no había tenido ningún reparo en trepar por las paredes como una araña invisible tras el disparo, tampoco flaqueó cuando la agarró del cuello con intención de asfixiarla hasta dejarla sin sentido, lo que daba a entender que tampoco debería costarle mucho cargar con ella. Pero como se suponía que estaba inconsciente mantuvo sus observaciones para sí misma.

Calculó que no pasarían mucho más de diez minutos andando cuando salieron del complejo científico de Biorussbin, la cálida y húmeda brisa tropical de la selva amazónica acariciando el rostro de Nadia y sus encrespados rizos castaños como clara señal de que se hallaban al aire libre.

Tras andar un par de minutos más, internándose en el terreno irregular de árboles frondosos de la selva, dieron con un pequeño grupo de varios 4X4 aparcados discretamente entre los árboles. Ella no podía verlos, obviamente mantenía los ojos cerrados mientras fingía, pero el Shinobi tomó un pequeño mando negro de un bolsillo y apretó un botón, desbloqueando el seguro de uno de los todoterreno, sonido que Nadia reconoció fácilmente.

Karahashi abrió una de las puertas traseras.

—Métela ahí —Le dijo al otro hombre, mientras abría la puerta del conductor y depositaba el maletín sobre el asiento.

Parker no lo hizo cuidadosamente, que digamos; más bien la tiró encima de los asientos traseros de cuero como si fuera una mochila. Aún así Nadia no se salió de su papel, igual de ''muerta'' que un segundo antes de que la introdujera en el vehículo tan bruscamente.

—¿Cuál es la contraseña? —Se interesó el Shinobi.

—Uno, cuatro, uno —respondió Parker, cerrando la puerta trasera y acercándose a él—. O eso dice ella, yo ya no me…

No terminó de hablar. Karahashi se había girado para mirarlo y un disparo amortiguado con un silenciador pudo ser oído en el aire, un instante antes de que Parker se desplomara con una mano en el vientre; el Shinobi le había disparado con una pistola en su mano colocada en una posición baja, el otro hombre jamás esperándolo. Tampoco Nadia, dentro del 4x4 fingiendo estar inconsciente, pero aún así ella no se movió ni un ápice ni abrió los ojos.

—Estupendo —dijo el asiático, agachándose para hablar al micrófono del sistema de seguridad del maletín—. Adin, chitirie, adin.

Se oyó el click de la desconexión, desactivada ahora la cerradura. La contraseña era correcta, tanto como el acento de Karahashi.

En el suelo, desangrándose entre jadeos de dolor pero aún vivo, Parker no daba crédito.

—Tú… —masculló, no entendiendo por qué lo había hecho. Y no era lo único que lo sorprendía—. ¿Hablas… ruso? —Su acento y pronunciación habían sido impolutos.

Dando media vuelta para mirarlo, el Shinobi disparó una segunda vez. La bala le perforó la frente, matándolo en el acto, Parker desplomándose pesadamente de espaldas sobre la hierba, ya muerto.

Indiferente, Karahashi echó una breve ojeada al contenido del maletín antes de volver a cerrarlo y se acercó a su cadáver; arrastrándolo por los pies hasta la parte trasera del 4x4, lo metió en el maletero y rodeó el vehículo hasta la puerta del conductor, metiéndose en él.

Recostada en los asientos traseros con los ojos cerrados, Nadia no podía ver nada pero se lo imaginaba. Escuchó cómo el Shinobi arrancaba el motor, la vibración bajo su cuerpo cuando el 4x4 cobró vida y empezó a moverse. Estaban abandonando los alrededores del complejo científico de Biorussbin.

Suponiendo que ya era seguro, la ex-espía rusa conocida como Scheherezade entreabrió los ojos para advertir el interior del amplio todoterreno tapizado en color crudo, Karahashi al volante. Sin moverse, barrió con la mirada todo su campo de visión en busca de algo que pudiera servirle como arma, pero naturalmente no encontró ninguna pistola o cuchillo. Aunque vio algo interesante; un lápiz, tirado en el suelo del asiento trasero que le estaba sirviendo de almohada.

Era incómodo estar ahí tumbada con los baches que cogía el 4x4 cada dos por tres, dado el irregular terreno selvático, pero Nadia permaneció en su papel y trató de aprovechar las continuas sacudidas que daba el vehículo para extender un brazo de manera casual y alcanzar el lápiz.

Tras un par de intentos pudo agarrarlo entre los dedos, incorporándose sobre un codo para rápidamente lanzarse hasta la parte trasera del asiento del conductor valiéndose del impulso otorgado por otra de las sacudidas del todoterreno. Bordeó el cabezal con ambos brazos, rodeando el cuello del Shinobi y presionando la punta del bien afilado lápiz contra su yugular de manera bastante peligrosa.

—Ni pestañee —le advirtió ella—. Pare el coche ahora mismo.

Lo vio esbozar una media sonrisa a través del espejo retrovisor.

—Si insiste…

Pisó de lleno el freno, tanto que el todoterreno se detuvo casi en seco, con tal brusquedad que la postura de Nadia se vio desestabilizada. Karahashi aprovechó su descuido para aferrar su muñeca derecha forzándola a soltar el lápiz con una mueca de dolor. Ella consiguió soltarse a tiempo de que pudiera rompérsela, retrocediendo hasta los asientos traseros donde se agazapó de cuclillas con la muñeca pulsante y agarrotada.

—Genial… —Masculló para sí al echarle una fugaz mirada a su mano ya enrojeciéndose ahí donde él presionó, con una mueca de dolor.

Vio que el Shinobi se giraba en su dirección, y en cuanto intentó moverse hacia los asientos traseros Nadia le propinó una patada en el pecho que se lo impidió al impulsarlo contra el salpicadero. Rápidamente probó a abrir la puerta a su izquierda con la mano buena, pero estaba bloqueada. No podría salir. Resopló, y un encrespado rizo castaño se balanceó en el aire ante su rostro.

—¿Me devuelve mi pañuelo? —Solicitó.

—Cuando usted me devuelva mi shuriken —Replicó él.

La ex-espía rusa conocida como Scheherezade soltó una risotada, revelando el shuriken que había ocultado en la cintura de sus pantalones color lavanda; se lo había birlado justo antes del frenazo, tan discretamente que era sorprendente que Karahashi lo hubiera notado. O tal vez no tanto.

Tras observarse el uno a otro atentamente y sin pestañear durante largos segundos silenciosos, agazapados sin moverse pero listos para lanzarse el uno a por el otro en cualquier momento, Nadia rompió ese silencio diciendo algo en ruso:

I dlya piknika slishkom pozna, ¿Da?

''Es demasiado tarde para hacer un picnic, ¿Verdad?'' Eso era lo que ella había dicho. El Shinobi no tardó en contestar, a pesar de que supuestamente no sabía ruso:

Naprotiv, eto idealnyy mamient —su respuesta significaba ''Al contrario, este es el momento ideal'' y tanto la seguridad con la que pronunció las palabras, así como su acento y articulación, eran dignas de cualquier nativo ruso—. Nurasyl Orynbasar.

—Songül Korkmaz.

Dos nombres muy diferentes, y auténticos. Porque ni él se llamaba Shiro Karahashi ni ella Nadia Ovechkina, aunque esto era algo que los dos ya sabían bien.

Una vez dicha la ''clave'' que habían acordado, Songül le devolvió el shuriken a Nurasyl y él le entregó el pañuelo verde guardado en uno de los bolsillos de su traje de camuflaje. Ella se trasladó al asiento del copiloto mientras acunaba su muñeca derecha entumecida. Continuaron su conversación en ruso:

—Cielos, por tu culpa no voy a poder escribir en condiciones hasta la semana que viene, por lo menos —Lamentaba Songül con cierta teatralidad, pues tampoco era para tanto y sabía que se le pasaría sin necesidad de esperar tanto tiempo.

Nurasyl volvía a sentarse al volante, arrancando el 4x4 y alejándose de allí de inmediato. Esbozó una mueca sardónica.

—Al menos a ti no te han disparado —repuso—. Y la culpa no fue mía; estabas demasiado tensa cuando hice presión, tenías que haber relajado la articulación para no hacerte daño. Así lo ensayamos.

—Y tú tenías que haberte movido antes de que mi pañuelo te cortara la mejilla. Eso también lo teníamos ensayado —y todos los combates en los que se habían enzarzado en los últimos días, en realidad; de lo contrario se hubieran hecho mucho pero que mucho daño, como mínimo. En respuesta, el Shinobi se tocó el superficial corte que le cruzaba el afilado pómulo izquierdo, una media sonrisa asomando por sus labios aunque no dijo nada—. También tenías que moverte antes de que aquel tonto de Biorussbin te disparara —añadió ella, antes de reírse por lo bajo—. Mira que es difícil acertarte cuando no eres un fantasma… ¡Aquel tipo te dio sin saber que estabas allí ni a dónde apuntó! Eso sí que es potra. Lástima que le volé los sesos —aunque no parecía lamentarlo demasiado, precisamente. Lo miró de soslayo, a él y a su hombro—. ¿Te duele mucho, por cierto? —en respuesta, Nurasyl encogió el hombro bueno despreocupadamente, sus ojos rasgados en el selvático entorno por el que conducía, sin darle importancia—. ¿Dónde tienes un botiquín? Le echaré un vistazo a la chapuza de sutura que te habrás improvisado.

El Shinobi bufó.

—Ya me gustaría verte a ti encajonada en un conducto de ventilación, cosiendo medio a ciegas una herida en tu hombro derecho con la mano izquierda, siendo diestra —dijo—. Y no hace falta, los puntos aguantarán bien. Luego si quieres te pongo unas agujas de acupuntura en la muñeca, eso seguro te alivia —Ofreció.

Songül compuso un mohín de repelús, negando sendas veces con la cabeza, sus rizos castaños moviéndose con ella.

—¿Las mismas agujitas con las que te cargaste a mi marido en aquel spa? Ah, no, ni hablar. A mí no te me acercas con eso.

Aquello le hizo sonreír, mirándola con una ceja enarcada.

—La acupuntura es un arte milenario de grandes beneficios para la salud —Declaró, no sin evidente sarcasmo.

La expresión en los ojos castaños de ella era de sobras elocuente.

—En manos de un ninja no.

—No solo conozco los puntos mortales.

—Pero son los que más usas, un día podrías confundirte y colocar la aguja donde no debes — y se estremeció, aunque en el fondo no creía posible tal cosa—. Por cierto, no he vuelto a verte desde lo del spa en Bali. Los últimos seis meses se me han hecho eternos.

—Pues imagínate como ha sido para mí el último año, contigo casándose con Ovechkin mientras yo tenía que acercarme a Lemoine y hacer mi parte de este trabajo a miles de kilómetros de Moldavia.

Encogiéndose de hombros, Songül utilizó el espejo retrovisor para intentar arreglarse el encrespado cabello. Cómo deseaba una ducha, a ser posible en un spa como aquel de Bali, con todos los lujos a mano.

—Cada uno tiene su papel, así funciona esto —le restó importancia, antes de suspirar con frustración al ver que su aspecto no tenía arreglo—. Y ahora estoy hecha un auténtico desastre. El clima tropical nunca le sienta bien a mi pelo, y encima me reseca la piel.

—Mira debajo de los asientos traseros —le sugirió él, y Songül no tardó en moverse hacia allí y levantar los asientos; descubrió un compartimento secreto con dos maletas pequeñas—. Y si de algo sirve mi opinión, estás igual de preciosa que de costumbre.

Aquella que era conocida como Scheherezade sonrió, una sonrisa radiante.

—Nurasyl, tú siempre me ves preciosa, no me sirves de referencia —le dijo, a lo que el Shinobi puso los ojos en blanco—. Oh, veo que te has acordado de todo.

En las maletas había ropa nueva, también champú en seco y una plancha para el pelo, además de armas y munición, pasaportes falsos y otras cosas que les harían falta de aquí en adelante para terminar bien aquel trabajo; formaba parte de una lista que ella le había hecho, y no faltaba nada. Songül cogió una goma negra para el pelo, haciéndose un moño improvisado que la ayudaría a combatir el horrible calor que ni el aire acondicionado del vehículo lograba disipar por completo, hidratándose la piel con el protector solar que había encontrado junto al champú en seco. Nurasyl la miraba a través del espejo retrovisor.

—Puedes cambiarte de ropa mientras conduzco, hay confianza.

Ella giró el cuello para mirarlo por encima del hombro, enarcando una ceja.

Confianza —remarcó en tono sardónico—. Tú mira a la carretera, no vayamos a estrellarnos contra un árbol.

—Si pude conducir por Bombay mientras huíamos de aquellos tipos de la mafia siciliana disparándonos y no nos estampamos contra ningún coche, ni acabamos saliéndonos de la carretera, dudo que ahora vaya a chocar con estos árboles —Aseguró él.

—Uff, faltó poco para que acabáramos colisionando contra algo, sí. En la India se conduce fatal —rememoró Songül, con una mueca—. Debes de haberte aburrido mucho interpretando el papel de ninja estoico que solo piensa en trabajo y nunca en mujeres; casi logras cogerme desprevenida cuando en aquel almacén de Londres me dijiste que eras gay, reconozco que eso no me lo esperaba —Comentó divertida.

El Shinobi se rió por lo bajo, rememorándolo.

—Me apetecía improvisar un poco. Y la cara que pusiste… Oh, eso no tiene precio —le había costado mucho no reírse en aquel momento—. Y sí, Shiro Karahashi es un tipo muy aburrido —estuvo de acuerdo con ella—. Pero así es el estereotipo ninja y lo que todos esperan de mí. Aunque lo que peor llevaba era tener que vivir a base de té verde. Echo de menos el vodka.

—Y el whisky kazajo —Añadió ella, sonriendo.

Nurasyl suspiró al pensarlo.

—El mejor whisky del mundo —Declaró.

Volviendo al asiento de copiloto tras haberse secado un poco el sudor con una toalla, abrió una botella pequeña de agua que encontró dentro de una de las maletas y le dio un sorbo antes de ofrecérsela a él.

—Pues yo estoy harta de tener que fingir beber en casinos y fiestas; en cuanto acabemos con esto pienso disfrutar de un delicioso té negro al estilo turco. Hace mucho que no tomo uno en condiciones, y ya sabes que me trae recuerdos de mi infancia.

El Shinobi bebió un poco de agua y le devolvió la botellita, que ella dejó en un soporte para bebidas anclado al salpicadero del 4x4.

—Bueno, no muchos recuerdos, ¿Cuántos años fueron los que viviste en Estambul? ¿Hasta los once? ¿No fue a los doce cuando te captó el gobierno ruso para uno de sus programas? Y teniendo en cuenta cómo es el adiestramiento de los espías de la Madre Patria, no deja de sorprenderme que aún recuerdes ser turca.

—Tenía trece años —corrigió ella—. Y no eres el más indicado para decir nada; a ti te sacaron de aquel circo a los once, cambiando tu prometedora carrera de acróbata por la de ninja, y todavía te acuerdas de cuáles son tus orígenes y quién era tu familia. Pero claro, a diferencia de mí y para asombro del que te mire a los ojos, tú sí eres ruso.

—Soy kazajo, no ruso —Rectificó Nurasyl, enfatizándolo con un gesto de la mano.

Songül lo miró con una sonrisa divertida.

—No hay mucha diferencia; un kazajo es un ruso chino de origen turco.

Frunció el ceño con claro disgusto, clavando en ella por un momento sus rasgados ojos negros.

—Esa afirmación es tan incorrecta como ofensiva —Repuso, para nada de acuerdo.

—Tranquilo, ni se me pasaría por la cabeza ofender a alguien que conoce mil maneras de matar a una persona solo con las manos —Declaró jocosamente, medio riéndose, sabedora de lo mucho que le fastidiaba aquel tema.

En respuesta, el Shinobi bufó, un amago de sonrisa torciéndole la boca.

El 4x4 comenzó a desacelerar en ese momento, hasta detenerse por completo en medio de la espesa selva rodeándolos. Tras apearse, Nurasyl sacó el cuerpo de Parker del maletero y lo depositó sobre una lona de plástico azul que previamente había colocado sobre el irregular terreno selvático. Miró a Songül, que también se había bajado del vehículo, ella sosteniendo el maletín.

—¿Seguro que sabes cómo hacerlo sin matarnos en el proceso? —Inquirió el Shinobi, mientras la veía abrir el maletín y sacar uno de los viales de su interior.

Frunció el ceño, casi con expresión de indignación.

—Así como tú eres un experto en artes marciales capaz de infiltrarse en cualquier sitio sin ser visto, yo soy una experta en informática, explosivos y química. Claro que sé cómo hacerlo —Repuso.

Con las manos protegidas con unos guantes especiales y una mascarilla cubriéndole la cara, extrajo con una jeringuilla incluida en el maletín una cantidad específica de su rojizo contenido. Tras inyectárselo al cadáver de Parker en el cuello, pudo oírse una especie de siseo y de inmediato el cuerpo empezó a deshacerse a un ritmo increíblemente rápido, espumeando como una pastilla de jabón en una sartén. En cuestión de segundos no quedó nada sobre la lona azul.

—Impresionante —Comentó él, observando con curiosidad los resultados de Omega mientras grababa la ''demostración'' de su capacidad con una cámara de vídeo. Necesitaban una prueba de imagen, se lo había solicitado su verdadero cliente.

—Y no deja ningún rastro de material genético, tampoco de la sustancia corrosiva —Añadió Songül tras comprobarlo con un pequeño microscopio de bolsillo.

Recogieron y volvieron al 4x4. Nurasyl sacó una consola de la guantera, tocando su pantalla táctil varias veces; visualizaba un contador, al que le quedaban catorce minutos.

—Vaya, hasta nos ha sobrado tiempo —comentó, antes de mirarla—. ¿Lista?

La ex-espía rusa conocida como Scheherezade asintió.

—Cuando quieras.

Apretó un círculo rojo ubicado bajo la cuenta atrás. Instantes después pudieron notar como el coche se estremecía suavemente y todo retumbaba, casi como si estuviera teniendo lugar un pequeño temblor, también un lejano sonido de algo que había saltado por los aires. El Shinobi acababa de volar los explosivos que Songül había colocado previamente en las instalaciones científicas que acababan de dejar atrás.

—Ahora solo queda que aceptes mi propuesta —Le dijo él, guardando nuevamente en la guantera la consola que servía para controlar la detonación de los explosivos.

Ella sabía a qué propuesta se refería. Se miró las uñas distraídamente.

—No veo por qué tendría que hacerlo. Acordamos que aceptaría si lograbas desactivar todos los explosivos que puse en el casino de Las Vegas como señuelo, para que Lemoine pensase que alguien le había seguido hasta allí y aceptase contratarme con mayor disposición. Sin embargo te dejaste unos cuantos —Le recordó con cierta arrogancia. Porque había ganado aquella apuesta y siempre disfrutaba ganándole.

De nuevo en marcha a través de la selva, Nurasyl la miró con una mueca al recordarlo.

—Es verdad —admitió—. Pero luego acordamos otra apuesta; si te robaba los datos de Omega que te encargarías de obtener de las instalaciones, aceptarías por fin. Y tú misma me diste el pendrive, lo que me da a entender que en el fondo quieres aceptar y que solo te estás haciendo de rogar para no admitirlo —Añadió, retándola con la mirada a negarlo.

Songül puso los ojos en blanco ante su pulla.

—Te di el pendrive porque te dispararon y me diste pena, nada más —Afirmó, pues de ninguna manera iba a ceder.

—Por supuesto —Ironizó el Shinobi, poco convencido.

Lo miró.

—¿Sabes cuántas veces he tenido que casarme por este trabajo? Ni yo me acuerdo. Acostarse con el objetivo no es tu línea de trabajo, tú entras y sales sin ser visto y robas o asesinas a quien corresponda. La mayoría de hombres no hacéis este tipo de trabajo, somos nosotras las que nos casamos y metemos en la cama con unos y con otros para obtener aquello por lo que nos pagan. Por lo tanto no, no pienso casarme contigo, Nurasyl. Bastante tengo ya con nuestro trabajo. Además, eres más útil como amante que como marido.

—¿No se supone que un marido es también un amante? —Observó él.

Songül esbozó una mueca que daba a entender que no lo veía así para nada.

—Un marido nunca es un amante, no; los maridos solo sirven para dar liquidez, son como un banco pero en lugar de pagar intereses te acuestas con ellos y finges que los escuchas y que sus conversaciones son fascinantes —explicó—. Mientras que un amante es alguien que te hace pasar un buen rato, además de compartir aficiones y todo lo que de verdad importa. Eso con un marido no existe, ellos solo se ocupan de hacer regalos caros.

—Bueno, definitivamente tú y yo lo pasamos muy bien, además de compartir intereses y aficiones. Incluso tenemos la misma profesión —denotó con cierta ironía, antes de añadir—. Y aunque repartido por diversos paraísos fiscales y a nombre de una multitud de identidades diferentes, probablemente tengo tanto dinero como Ovechkin; también puedo hacerte regalos caros.

—Me casé con él para acercarme a Biorussbin, ni siquiera fue por su dinero.

—Tengo un seguro de vida en las Maldivas por más de un millón de dólares americanos. Acércate a mí también —Propuso.

Lo miró con una ceja enarcada

—Mmm, está bien saberlo…

—No te hagas ilusiones; tú no eres la beneficiaria, es para Moldavia.

—Ya me lo imaginaba —y se frotó la barbilla pensativamente, sus ojos castaños alzándose hacia el techo del vehículo—. Aunque si me caso contigo, como viuda supongo que algo me caería, gracias a Moldavia —Razonó.

—Te lo estás pensando, ¿Eh?

Ella se encogió de hombros como quien no quiere la cosa, indiferente. Nurasyl sonrió.

Turnándose al volante, les llevó un día entero dejar atrás la selva amazónica boliviana para llegar a La Paz. Sin salir del todoterreno, Songül cambió su uniforme de la limpieza por un veraniego vestido blanco de tirantes que no cubrían algunos moratones que le habían salido en los brazos; por suerte para eso estaba el maquillaje, el mismo que utilizaban los actores de cine, capaz de taparlos sin dejar el menor rastro. Adecentó su cabello con el champú seco, aunque lo mantuvo recogido para mayor sensación de ''vacaciones veraniegas'' y se calzó las pantuflas de cuña alta atadas a los tobillos.

—¿Charlotte y Kalani Hekekia? —Inquirió con una mueca, tras echar un vistazo a sus nuevos pasaportes falsos, mirando a Nurasyl ahora vestido con pantalones de color blanco y una camiseta colorida de media manga abierta sobre otra blanca que llevaba debajo.

El Shinobi sonrió superficialmente.

—Somos un matrimonio hawaiano de recién casados, miembros de una asociación benéfica que ayuda a los niños pobres bolivianos; de luna de miel y altruistas —le explicó, a lo que la ex-espía rusa conocida como Scheherezade bufó—. Lemoine jamás tendrá la ocurrencia de buscarnos juntos, dará por hecho que vamos por separado pues no sabe que nos conocemos. Y desde luego no nos buscará aquí.

—Ya te he dicho que no voy a casarme contigo —Recalcó ella, pillando la indirecta en cómo había orquestado sus nuevas identidades falsas.

Su sonrisa se acentuó un poco.

—Tú considéralo un ''ensayo'' para cuando de verdad estemos de luna de miel.

Una vez preparados, se apearon con las dos maletas y prosiguieron a pie los cincuenta metros hasta el hotel que los alojaría esa noche.

—Ahora que lo pienso, ¿Cómo era el acento hawaiano? Lo he olvidado —Comentó aquella conocida como Scheherezade, buscando en su memoria. El inglés era un idioma que hablaba mucho, sobre todo la versión británica y la estadounidense, pero aquel acento en particular no lo tenía muy fresco.

—No te preocupes, yo sí lo conozco bien —le dijo Nurasyl hablando en un perfecto inglés hawaiano. Dados sus rasgos asiáticos, Hawái era uno de los pocos lugares de habla inglesa en el mundo donde encajaría como nativo, de ahí que estuviera muy versado en su acento y modismos—. Imítame a mí.

Apenas un instante antes de atravesar los terrenos del hotel de ambientación indígena, Songül sonrió de oreja a oreja mientras miraba al Shinobi a su lado con el brillo propio de la feliz recién casada que supuestamente era, enrollando un brazo con el de él mientras pasaba a hablar con gran entusiasmo sobre el hermoso y exótico lugar en el que habían decidido disfrutar de su luna de miel, en un inglés estadounidense que adquirió el acento hawaiano de Nurasyl antes de que alcanzaran la puerta del hotel. Como era de esperar, él le siguió perfectamente la corriente mientras entraban y se dirigían a la recepción del hotel para pedir las llaves de la habitación que ya había sido alquilada a nombre de sus hawaianas identidades falsas.

En el lujoso ascensor que los llevaría a su planta, el botones encargado de su equipaje los miraba con una sonrisa afable.

—¿De luna de miel? —Dedujo al verlos tan acaramelados el uno con el otro.

—¿Tanto se nos nota? —Inquirió el Shinobi con una risotada, a lo que Songül apoyó la cabeza en su hombro herido con una enorme sonrisa de enamorada.

Desde que pusieron un pie en los terrenos del hotel se había mantenido prácticamente pegada al brazo herido de Nurasyl, una manera de ahorrarle el tener que moverlo y que alguien notase el esfuerzo que esto le suponía; los calmantes empezaban a dejar de surtir efecto, de ahí que el dolor comenzase a ser un problema, y hasta dentro de una hora no podría recibir otro chute.

Una vez en la habitación, y tras dar Nurasyl una cuantiosa propina al botones, estuvieron solos e hicieron lo habitual en estos casos; asegurarse de que el lugar estaba libre de ojos y oídos, además de no albergar algún tipo de explosivo que pudiera hacerlos estallar en mil pedazos. Cosas no muy normales en un hotel turístico de cinco estrellas, precisamente, pero ellos eran Scheherezade y el Shinobi.

En cuanto terminaron el registro, la habitación limpia, cambiaron el inglés por el ruso.

—Me voy a dar una ducha —dijo Nurasyl, sacando dos teléfonos móviles de una de las maletas—. Son seguros, nadie podrá rastrearlos —levantó la mano derecha, tendiéndole uno—. Este es para llamar a nuestro cliente —y ofreciéndole el otro, en su mano izquierda, continuó—. Y este para llamar a Moldavia.

Ella asintió con la cabeza, cogiendo ambos teléfonos y sentándose en el amplio sofá chaise-longe de piel color crema que no era tan cómodo como aparentaba, observando como el Shinobi entraba en el baño y cerraba la puerta a su paso. Depositando a su lado en el sillón uno de los teléfonos, Songül marcó un número en el teclado táctil del otro. Tras dos tonos descolgaron, pero la ex-espía rusa habló primero:

—Sveta, querida hermana, ¿Qué tal estás? Yo fatal, un ninja me ha robado la ducha y ni siquiera se ha dignado a invitarme —exclamó con escandalizado dramatismo—. Qué desconsiderado de su parte, con la sequía que hay en el mundo.

A través de la línea le llegó una risa baja, y las siguientes palabras:

—Si querías ducharte conmigo, haberlo dicho.

La puerta del baño se había abierto, en el umbral el Shinobi con un teléfono junto a la oreja. Songül esbozó una sonrisa coqueta, colgando. Nunca hubo ninguna hermana llamada Sveta, siempre fue Nurasyl Orynbasar el destinatario de aquellos mensajes de voz en ruso; mensajes en clave, cifrados para darle instrucciones e información crucial para su misión, gracias a un código que ella había diseñado años atrás. También fue un mensaje cifrado lo que había escrito en el espejo del hotel de Londres con una barra de labios. Era muy útil, nadie salvo el Shinobi o ella misma entendería lo que realmente querían decir tales palabras en aquel idioma específico.

—Te han disparado, tienes que decirlo tú o quedaría como una egoísta a la que no le importa cómo te encuentras —Replicó aquella que era conocida como Scheherezade, sonando muy digna.

—Eres una egoísta a la que no le importa cómo me encuentro —declaró él en tono jocoso.

Songül se llevó una mano al pecho en sobreactuada indignación.

—Qué cosas me dices —y tras dejar el sillón para buscar algo dentro de una de las maletas descansando sobre la cama de matrimonio, sacó los pantalones lavanda del uniforme de limpiadora del complejo de Biorussbin y cogió la barrita rellena de caramelo guardaba en uno de los bolsillos—. Mira cómo siempre me acuerdo de ti, que hasta cogí una de estas antes.

Cuando el Shinobi se acercó para cogerla, bastante perplejo, volvió a reírse. Abriendo el envoltorio, le dio un mordisco, sus ojos rasgados mirando reflexivamente hacia el techo.

—¿Recuerdas cuándo nos conocimos? —Le preguntó.

Soltó un largo suspiró, apoyando una cadera contra la maleta, mientras hacía memoria.

—Afganistán, hace siete años. Misión de reconocimiento y apropiación de datos en un campamento terrorista a las afueras de Kabul. Yo era una traductora italiana en misión humanitaria y tú un turista tailandés. Secuestraron nuestro hotel porque recibieron un soplo de que tenían un espía chino en la zona —relató, acordándose bien de lo que había sucedido—. Y como es lógico pusieron el foco en todos los huéspedes y empleados de etnia asiática primero… recuerdo que estabas tú, una pareja de tailandeses, un uzbeko, y tres chinos. A los chinos se los cargaron rápido, el siguiente fue el uzbeko porque su coartada era bastante endeble aunque casi seguro no tenía nada que ver con el tema. A la pareja tailandesa y a ti os interrogaron a fondo durante días, incluso hubo tortura. No eran muy listos los afganos, porque era evidente que no ibas a hablar.

Nurasyl bufó, terminándose la barrita de chocolate rellena de caramelo.

—Claro que no iba a hablar; yo no era el espía chino que buscaban, a mí me enviaban los rusos. Jamás he tenido relación alguna con el gobierno chino, aunque muchos piensen lo contrario. Tú eras la espía china.

Ella sonrió.

—Cierto, era yo —Songül llevaba algo más de un año como agente doble por esa época; le daba información al gobierno chino sobre los rusos, como una manera de intentar salir de la larga sombra de la Madre Patria que la había entrenado desde que era una niña, y esa misión en Afganistán formaba parte de aquel cometido—. Pero mi entrenamiento en Siberia me enseñó una o dos cosas sobre esta profesión; para nosotros a veces es bastante fácil reconocer a un camarada —señaló, acercándose más a él, posando una mano en su pecho y dejando que sus dedos corretearan por los definidos músculos perfectamente apreciables al tacto bajo el tejido de su camiseta—. Tu actuación de desvalido turista tailandés era perfecta, desde luego que sí, y estoy segura de que aquellos terroristas no hubiesen tardado mucho en soltarte. O te hubieras soltado tú mismo, que en peores circunstancias te he visto. Pero precisamente por lo realista que era tu puesta en escena, por lo interiorizado que estaba… eso es lo que nos enseñaron en Siberia. Rusia no forma espías corrientes, nuestro entrenamiento es tan exhaustivo que ni siquiera la hipnosis o las técnicas más avanzadas de manipulación mental son capaces de arrancarnos del papel que estamos representando por el bien de la misión. Y aunque no encajabas en el perfil, yo ya había oído hablar de una división de agentes de etnia asiática para misiones continentales en China, Japón o Vietnam.

—Y por eso un día convenciste a los guardias para que te dejaran entrar en aquel cuartucho en el que nos tenían encerrados, supuestamente para darnos algo de comida y curar nuestras heridas —rememoró el Shinobi, acariciando la curva del cuello de Songül y uno de sus hombros, empujando hacia abajo suavemente el tirante de su vestido veraniego—. Y mientras me desinfectabas un corte en la pierna aprovechaste un momento de despiste por parte del guardia que nos vigilaba para hablarme en ruso —y negó para sí con perplejidad al pensarlo—. Era muy poco probable que estuvieras en lo cierto con esa teoría, aún así decidiste arriesgar tu tapadera y probar suerte.

—Hice bien, dado que acerté —denotó ella, guiñándole un ojo—. Y luego nos pusimos de acuerdo para orquestar una manera de salir de ahí, lo que no era fácil sin apoyo exterior. No salió mal, aunque aún me acuerdo del pestazo de aquel camión en el que pasamos casi dos semanas encerrados —e hizo una mueca de horror al pensar en ello, también Nurasyl—. No se me fue el olor a estiércol de vaca en por lo menos un mes.

—Y no te olvides de nuestra ''plácida estancia'' en Kabul —añadió el Shinobi irónicamente—. Entre los tiroteos constantes, algún que otro coche-bomba explotando cuando menos te lo esperabas, y que a mí me estaban buscando por media ciudad y tú eres mujer y no podías salir a la calle sola… al menos nos dio tiempo de conocernos en profundidad hasta que logramos salir de allí, porque no podíamos contar con los rusos. Tampoco nos interesaba; tanto tú como yo estábamos deseando dejar la Madre Patria atrás, lo que no es nada fácil y menos si pretendes seguir vivo después. En cierto modo fue como si el destino nos brindara una salida.

Porque habían cortado todos sus vínculos con el gobierno ruso desde entonces, empezado una carrera en solitario sin ninguna agencia de inteligencia nacional controlándolos como si fueran de su propiedad. Y habían prosperado en equipo, sin matarse el uno al otro ni acabar mal como era lo habitual en estos casos.

—Ya desde el primer día teníamos buena química —le dijo aquella conocida como Scheherezade, sonriendo mientras le subía la corta manga de su camiseta blanca para echar un vistazo al vendaje del tiro que había recibido en las instalaciones de Biorussbin—. ¿Te duele mucho o aún te hacen efecto los calmantes?

—Es soportable —había sido entrenado para aguantar grandes dosis de dolor y seguir siendo una máquina de matar, por lo que aquello no era nada para él, rodeando la cintura de Songül con su brazo bueno para atraerla hasta su pecho—. Aún no he podido darte las gracias por el traje —Le susurró al oído, besándola en la mandíbula y más abajo por su cuello, luego en los labios.

Porque Songül Korkmaz era la mente maestra tras el espectacular diseño del traje de camuflaje de última tecnología al que tan buen uso le había dado el Shinobi. Ella soltó una risotada contra su boca.

—Oh, no es lo único por lo que me debes dar las gracias —Le recordó, abrazándose a él y enterrando los dedos en su lacio cabello negro semi-largo.

—¿Lo dices por Volkov? De haber sabido que me reconocería en aquel bufet de Londres hubiésemos ideado otro modo de conseguir las tarjetas SD.

El tercer y último propietario de las tarjetas con valiosa información sobre Omega había formado parte de la agencia de inteligencia rusa años atrás, concretamente del departamento al que Nurasyl perteneciera. Contra todo pronóstico había sido capaz de reconocerle a pesar de los años transcurridos y los numerosos agentes asiáticos que pasaron por allí, y ante el riesgo de que lo delatara y Lemoine acabase por enterarse de su antigua relación con el gobierno ruso, Songül lo había matado en su propio coche. Nadie mejor que un muerto para guardar un secreto.

Acabaron por ducharse juntos, así ''combatirían'' la terrible sequía que amenazaba al mundo. Aunque pasaron tanto tiempo bajo el agua, seis meses sin verse era mucho tiempo que recuperar, que probablemente acabaron gastando más agua de la que hubiesen utilizado en caso de haberse duchado por separado. No podía importarles menos.

Anochecía, los dos agentes libres se preparaban para acudir a un cóctel en la zona lujosa de la ciudad, donde se reunirían con su cliente para hacer el intercambio. Bueno, Songül lo haría, el Shinobi tenía otra tarea diferente.

—Nurasyl, cielo, a ver si puedes ayudarme con este dilema tan trágico que acaba de surgirme —le dijo, mirándole con dos vestidos en cada mano—. ¿Carolina Herrera? —colocó ante su cuerpo el que colgaba de la percha en su mano derecha, un mini-vestido rosa desvaído con pronunciado escote en uve y manga larga—. ¿O Gucci? —Hizo lo mismo con el de la percha en su otra mano, más corto, negro de lentejuelas con escote corazón y sin mangas.

Él ya casi estaba listo, vestido con pantalones del mismo color blanco que la chaqueta de vestir descansando sobre la cama de matrimonio, y una camisa negra bajo cuyos puños de las mangas terminaba de colocar sus shurikens en aquel momento. Miró a aquella conocida como Scheherezade, sopesando las dos opciones planteadas con aire analítico.

—El Gucci resalta tus espectaculares curvas pero vas a tener que usar maquillaje para ocultar los cardenales. Con el Carolina Herrera no tendrás ese problema pero no se ven tanto tus piernas y eso es una pena, aunque tiene un escote muy generoso para los ojos —Fue su veredicto.

Tras pensarlo un poco, Songül se decantó por el Carolina Herrera. Prefería ahorrarse el maquillaje, siempre corría el riesgo de que se corriera si la manoseaban demasiado.

—¿No había un traje más llamativo? —inquirió ella, enarcando una ceja al ostentoso color blanco—. Pareces un idol de K-pop —Se burló.

El Shinobi se echó a reír.

—Puesto que hoy me toca llamar la atención a mí, supuse que sería apropiado —porque le tocaría representar una escena de ''accidental'' tropiezo con Songül donde ella le tiraría encima el contenido de la copa que estuviera bebiendo y él tendría que mostrarse muy airadamente indignado; durante ese tropiezo se intercambiarían un chip con datos que aquella conocida como Scheherezade habría robado del teléfono móvil de su cliente mientras este estuviese más distraído manoseándola. Agarró uno de los dos teléfonos que al llegar al hotel le había dado a ella, pasándoselo—. Anda, llama a Moldavia antes de salir.

Vestida con una corta bata de satén negro, su cabello peinado en perfectos bucles y el maquillaje listo, se sentó en el chaise-longe color crema y marcó el número indicado para hacer aquella llamada. O video-llamada, porque pronto se vio en la pantalla táctil cómo se desplegaba una ventana donde se veía a una mujer de rasgos orientales.

—Hola, Yanna, ¿Qué tal está todo por allí? —la saludó afablemente Songül, aún hablando en ruso—. ¿Alina duerme o ya se ha levantado? —Tenía que considerar la diferencia horaria, que era bastante amplia.

—Sí, ha desayunado hace un momento y está justo aquí con sus legos, ¿Quieres que te la pase?

—Sí, por favor.

Pronto la cámara se movió, cuando la mujer se movió dirigiéndose hasta una colorida alfombra en el suelo con varios juguetes y una niña de tres años a la que animó a coger el teléfono.

—Dile hola a mamá —La oyó Songül instar con dulzura.

La pequeña, de rasgos parcialmente orientales que denotaba un origen mestizo, sonrió mucho al ver en el teléfono a Songül.

—¡Mamochka! —Exclamó estridentemente, con inocente alegría propia de su edad.

Aquella que era conocida como Scheherezade sonrió con una inusitada ternura.

Priviet, maya daragoya —le habló en un tono alegre y afectuoso, propio de una madre, haciéndole señas a Nurasyl para que se acercara—. ¿Ese es el osito que te regaló papá? —inquirió, y la niña agarró un osito que se hallaba cerca de ella para mostrárselo a la pantalla del teléfono—. Vaya, qué osito más bonito. ¿Quieres saludar a papá? —la pequeña asentía con la cabeza. En ese momento el Shinobi se sentó junto a Songül quien movió el teléfono para que la cámara los enfocara a ambos—. Venga, dile hola a papá y dale las gracias por el osito.

La adorable niña de tres años, Alina, se puso loca de contenta cuando vio a Nurasyl.

—¡Spasiba, papuchka! —exclamó muy alto, y el Shinobi se rió—. ¿Qué te ha pasado en la cara? —Preguntó repentinamente, tocando su propia mejilla con un mohín.

Él no tardó en restarle importancia.

—Nada, un pequeño tropiezo con tu mamá —dijo, a lo que aquella conocida como Scheherezade enarcó una ceja en desacuerdo; ella no tenía la culpa, si se hubiera movido antes el pañuelo no le hubiera cortado, pero no dijo nada y sonrió antes de darle un beso en el pómulo herido—. Muy pronto estaremos allí contigo y te llevaremos al circo en Almaty, ¿Te gustaría eso?

—¡Mucho!

Estuvieron un rato hablando, casi parecían una familia normal y corriente. Songül podía apreciar un brillo en los ojos rasgados del Shinobi mientras entablaba conversación con la más pequeña, preguntándole por su osito y los otros juguetes a la vista; era entrañable observarlos.

—Parece mentira que un ninja tenga tanto instinto paternal —Comentó ella una vez terminaron con la video-llamada, anonadada como siempre que lo veía interactuar con la más pequeña.

Nurasyl la miró con sorna.

—Y menos mal, porque tú no tienes ninguno. Basta con ver cuál fue tu primera reacción cuando supiste que estabas embarazada.

La ex-espía rusa conocida como Scheherezade esbozó una mueca, suspirando mientras apoyaba la nuca en el sofá de piel en color crema a riesgo de chafar las ondas que la plancha había formado en su pelo.

—Uff, qué horror… Estábamos en Moldavia a punto de infiltrarnos en una base militar y había mucho dinero en juego. Me hice cuatro test de embarazo con la esperanza de que fuese un error, pero no; los cuatro tenían la maldita segunda raya marcada en rojo neón para que se viera bien claro que no había ninguna duda.

Por eso utilizaban la palabra clave ''Moldavia'' para referirse a su hija cuando estaban en un entorno no-seguro. De hecho la niña ni siquiera vivía en Moldavia o había nacido allí; Alina había nacido en una isla privada que sus padres habían comprado y actualmente residía en un pequeño pueblo a las afueras de Almaty, en Kazajistán, con una niñera que ellos habían seleccionado muy escrupulosamente para hacerse cargo de la pequeña a tiempo completo: estaba claro que Scheherezade y el Shinobi no pasaban mucho tiempo en casa, y una niña no podía quedarse sola a tan corta edad.

—Y no se te ocurrió decírmelo hasta que terminamos el trabajo y estuvimos fuera de Moldavia —Le recordó Nurasyl, y sonaba exasperado por ello a pesar del tiempo transcurrido desde entonces.

Le lanzó una mirada de lo más elocuente.

—Porque si te lo hubiera dicho habrías abortado la misión. El trabajo es lo primero.

—Imagina lo que hubiese pasado si te disparan —Songül movió una mano con desdén, encontrando muy exagerado su preocupación aunque razón no le faltaba—. Podía haber sucedido, era el tipo de operación donde afrontamos esa clase de riesgos. Y tú no llevabas chaleco antibalas porque con aquel vestido que te pusiste no había sitio.

—Pero no sucedió, no dispararon a ninguno de los dos, todo salió a pedir de boca en Moldavia —concluyó risueñamente el asunto, y la expresión de él era una de frustración—. Lo raro fue que cuando te lo conté, además de enfadarte muchísimo por eso mismo, te faltó tiempo para aceptar la responsabilidad. Ser padres no es algo para lo que nos entrenase la Madre Patria, precisamente.

Él se encogió de hombros.

—Nunca me planteé tener hijos, eso está claro. Pero, no sé por qué, me hizo ilusión cuando me lo dijiste. No como a ti, que enseguida sugeriste la idea de abortar —denotó con claro disgusto, a lo que aquella conocida como Scheherezade puso los ojos en blanco—. Aunque con una profesión como la nuestra, lo más probable es que Moldavia empiece la escuela primaria siendo huérfana de padre y madre —Añadió.

—Y si no nos mata el trabajo, lo haremos nosotros —agregó ella, mirándolo reflexivamente—. De momento nos ha ido bien juntos, pero, ¿Seguro que algo de lo que sabemos el uno del otro es verdad? ¿Te llamas tú Nurasyl Orynbasar? ¿De veras mi nombre es Songül Korkmaz? Podríamos estar trabajando para alguien más en estos momentos, robando información y secretos el uno del otro. Puede que uno de nosotros aún esté con los rusos.

El Shinobi esbozó una torva sonrisa al pensarlo, sus ojos rasgados contemplando pensativamente la exuberante lámpara de araña con motivos tropicales.

—Sí, yo también me he planteado esa posibilidad muchas veces en estos siete años —admitió—. Pero siempre llego a la misma conclusión; ganamos demasiado dinero colaborando el uno con el otro, mientras que podemos perderlo si tratamos de perjudicarnos. Y tenemos a Moldavia. No nos interesa eliminar al otro, en este trabajo es muy difícil encontrar a alguien eficaz en quien poder confiar, y resulta que tú y yo somos los mejores en nuestras respectivas especialidades.

—Cierto, no tendría sentido —Estuvo de acuerdo aquella conocida como Scheherezade.

Tenían un coche alquilado a nombre de Hideyuki Makino, otro alias del Shinobi. Esa noche concluirían el trabajo que les había llevado más de un año completar y se separarían para cada uno viajar a Almaty por su cuenta, evitando así cualquier tipo de rastreo. Desaparecerían durante una temporada, con el dineral que cobrarían por aquella operación bien podrían quedarse en las Bahamas hasta el año que viene, y aprovecharían para hacer cosas normales en familia hasta que una nueva ocasión laboral se les presentara. Tal vez incluso se casaran. La vida de un espía era corta y había que disfrutarla al máximo, y eso era justo lo que Scheherezade y el Shinobi harían.

Feb. 22, 2022, 1:05 a.m. 4 Report Embed Follow story
1
The End

Meet the author

Adriana Vigo Escritora española de fantasía, amante de la lectura y la música sobre todas las cosas.

Comment something

Post!
Luis A.  Oliva Luis A. Oliva
Excelente historia, me encantó estuvo llena de giros épicos, acción desenfrenada y me sorprendió bastante todo lo que resultó ser la trama. No entiendo porqué no tenía ningún like.
August 01, 2022, 13:06

  • A V Adriana Vigo
    Oh, muchísimas gracias por tu comentario y reseña, ¡Me ha hecho una ilusión inmensa saber que te ha gustado mi historia! La trama final es bastante sorpresiva, o al menos esa era mi intención cuando la escribí en su día, ¡Celebro ver que causó el efecto que era mi intensión causar! De nuevo darte las gracias por tomarte la molestia de escribir. ¡Un abrazo! ¡Cuídate mucho! August 01, 2022, 20:27
Luis A.  Oliva Luis A. Oliva
Excelente historia, me encantó estuvo llena de giros épicos, acción desenfrenada y me sorprendió bastante todo lo que resultó ser la trama. No entiendo porqué no tenía ningún like.
August 01, 2022, 13:05

~