La chica de los libros Follow story

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Jesica Sabrina Canto


Ayelén es una joven de diecinueve años amante de la lectura. Su secuestro mientras transita las calles de Buenos Aires le dará a su vida un giro inesperado. https://jesicasabrinacanto.blogspot.com.ar/



Drama Not for children under 13.

#literatura #Trata de blancas
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9 de Diciembre - Día 1 (por la mañana)

   El nueve de diciembre de 2017, a las diez y cuarto de la mañana, Ayelén levantó la vista del libro de la biografía de Hemingway que tenía en la mano al escuchar el aviso “próxima estación Pueyrredón”. Guardó el libro en la cartera, junto con su agenda y libreta del C.B.C., y se puso de pie yendo hacia la puerta. Mientras entraba en el andén prendió en su teléfono el Google-maps y escribió la dirección de la Facultad de Psicología de la U.B.A.

   El barrio de Once era una mar de gente, tal como lo recordaba de cuando fue con su mamá a comprar el vestido, suvenires e invitaciones para su cumpleaños de quince. Aunque en las tres cuadras que caminó por Pueyrredón hasta la Plaza Miserere notó la gran diferencia que representaba el que ya no hubiera puestos en las veredas, iniciativa del actual gobierno con el que no concordaba del todo. A su vecina, que rendía el último final de la licenciatura ese día, la había escuchado quejarse un millar de veces. “Pierdo veinte malditos minutos para hacer tres cuadras ¡literalmente!” “No me hables, que llegué tarde al examen por el puto tiempo que me llevo atravesar Pueyrredón”. Era de esas personas que dicen groserías todo el tiempo, nadie del grupo de amigos entendía porque había elegido una carrera dentro de las ciencias sociales.

   Ayelén aferraba su cartera mientras caminaba, sin embargo, iba con la vista en el teléfono y chocó con una mujer que caminaba apurada con dos bolsas grandes y ninguna atinó a disculparse. Apuró el paso al rodear la plaza, ver a la gente con sus cartones y bolsitos durmiendo ahí la inquietaba. Esperaba que cortara el semáforo en Avenida Rivadavia y La Rioja, en la esquina de la plaza, cuando sintió como su cuerpo se quedaba petrificado al ver, junto a un árbol a su izquierda, un nene de no más de diez años con los pantalones bajos defecando. El semáforo para peatones se puso en blanco pero ella no se movió. Un “dale movete” en un tono que le pareció maternal la hizo volver la vista al frente y cruzar a las corridas la calle mientras la cuenta regresiva del semáforo iba marcando 6… 5… 4…

   Entró al negocio de basar que estaba en aquella esquina solo para despejarse la cabeza. Se movía mirando las estanterías sin prestarle demasiada atención pérdida en el impacto de una imagen que deseaba olvidar. Su teléfono sonó: “che venís no? Ya estamos acá! Dijiste que traías la harina”. La harina era su responsabilidad, mejor que encargarse de los huevos… El pensamiento de esos planes la distrajo e hizo que reanudara la marcha. “Estoy por Plaza Miserere” escribió como respuesta. Según la indicación de la aplicación tenía que caminar una cuadra por Rivadavia y doblar en General Urquiza, luego todo recto.

   Ayelén caminaba con su libro en la mano, desde pequeña se había acostumbrado a leer mientras caminaba, en los últimos diez años nunca había tropezado ni chocado con nadie mientras leía. Estaba habituada. Incluso con su brazo sostenía la cartera pegada al cuerpo protectora ante los posibles robos. Llegó a la esquina de Avenida Belgrano y guardó el libro, mientras esperaba a cruzar, para volver a consultar el teléfono. Frente a ella había una estación de servicio y en la cuadra contigua un cuartel de bomberos, sabía que pronto debía toparse con un hospital.

   El semáforo de la avenida se puso en amarillo, dio un paso para cruzar pero no llegó a pisar el asfalto. Dos brazos la sostuvieron de pronto. Una mano con un pañuelo le tapaba la boca y la nariz. Otro brazo le rodeaba la cintura. Su vista se volvió borrosa. Mareo. Sintió que se desvanecía.

Sept. 28, 2017, 1:30 p.m. 2 Comments Report Embed 1
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