Powerful (Powerful #1) Follow story

ximapalmtreex Mireia Oliver

Primer libro de la saga Powerful. Ainara se ve obligada a volver a España tras la muerte de su padre. Allí dónde vivía era perseguida por los sorcerers, un grupo de magos que van en contra de los de su estirpe. Se ve obligada a ocultarse de cualquier ser humano ajeno a sus dones, por miedo a que alguno de ellos esté cerca de ella. Con la muerte de su padre reciente, sus resurgidos dones y una pérdida de memoria parcial, Ainara empieza de nuevo en el país que la vio nacer. ¿Será capaz de sobrevivir a las sombras que la acechan? ¿podrá distinguir el bien del mal?


Paranormal All public. © Mireia Oliver, 2017. Todos los derechos reservados.

#suspense #misterio #fantastico #sombras
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Prefacio

Chalk River, Ontario, Canadá, 1952.


Marie Rose Chesfire caminó hasta la puerta de su casa, cargada de bolsas de plástico a punto de romperse del peso que soportaban. La mujer se observó las manos, marcadas por el plástico. Sacó las llaves de su delantal y abrió la puerta. La casa estaba totalmente vacía. No había ni un alma. Sin embargo, la mujer se acercó al almacén, repleto de víveres. Caminó hasta el calendario y tachó el día en el que vivía. Cada vez faltaba menos para aquel que estaba marcado en rojo con un círculo. El sonido de la llave entrar a la cerradura hizo que la mujer apartara la mirada del calendario y esperase a su marido en el pasillo.

—¿Cómo te ha ido en el trabajo, querida? —Preguntó el hombre, tras besarla en los labios.

—No sabría que decirte, la verdad. —Miró de reojo el calendario.

Su marido la observó durante unos instantes, para después suspirar largamente. Se quitó la sucia chaqueta y la colgó de una silla vieja, en la esquina del único dormitorio habitable. Rose se acercó a él y le cogió de las manos.

—Albert. ¿Saldrás a tiempo de la central?

El hombre le sonrió de lado. Asintió levemente con la cabeza, dibujando una sonrisa. Trató de tranquilizarla, pero nada surgió efecto en ella. Sabía a la perfección que ella estaba preocupada por su seguridad. Sin embargo, le parecía excesivo el acumulo de víveres que la mujer estaba armando en su hogar. No dijo nada, puesto que las tiendas del pueblo estaban cerrando, y lo más probable es que los necesitasen en un futuro. Pero la cosa no acababa ahí. Estaba aislando la casa entera, poco a poco, creyéndose que Albert no se daba cuenta de nada.

En una semana, las gran central nuclear de las afueras de Chalk River iba a llevar a cabo una de las mayores extracciones de energía jamás vistas. Ni Estados Unidos ni Rusia lo habían intentado aún. Iban a ser los pioneros, y Albert estaba orgulloso de ello, a la par que entristecido, pues veía a su mujer demasiado preocupada. Con todo el movimiento, se fijó que su mujer estaba más ancha de lo normal, y que el delantal le oprimía las caderas, sin embargo, ella comía muy poco. No solía atiborrarse nunca, y prefería quedarse con hambre que pasar el día con el estómago pesado. Albert procedió a acomodarse silenciosamente en la cocina mientras observaba la eterna belleza que mantenía.

No era muy mayor. Apenas tenía veinticinco años de edad. Pero el paso del tiempo no le estaba favoreciendo. De complexión delgada, con el pelo castaño cayéndole por la espalda. Procedió a su rutina, aquella que seguía cada vez que entraba a casa; se recogió el pelo, con habilidad, en un apretado y sólido moño. Albert la observaba anonadado.

—No, no, no. —Dijo el hombre, al verla ir a los fogones—. Hoy me toca a mí. Además, pareces cansada. Siéntate un rato.

Ella obedeció, suspirando. Observó a su marido con detenimiento, y soltó aquello que llevaba rumiando desde que se habían casado:

—Albert, ¿por qué haces esto? Ningún hombre ayuda a su mujer.

Él se giró hacia ella, con una sonrisa.

—Porque me gusta hacerlo. Y no te estoy ayudando. Yo también vivo aquí. No puedo dejártelo todo a ti.

La conversación fue zanjada ahí. Albert continuó preparando la cena, y ella lo continuó observando. Los días pasaban, y el círculo rojo cada vez estaba más cerca. Cosa que a Rose le estaba afectando de sobremanera, quién se centraba, o al menos lo intentaba, en el círculo verde que había debajo. El que indicaba que volvían a Inglaterra, cinco años después de su marcha.

Los días transcurrían de forma monótona.. Albert no la dejaba cocinar, y se preguntaba qué podría pasarle a su mujer, la cual estaba cada vez más sensible y cansada. Sin embargo, la alegría la embargaba de forma intermitente. Empezó a sospechar que comía algo en mal estado, o que el estrés la hacía comportarse de esa manera. Sin embargo, no podía preocuparse mucho por ello. Al día siguiente observó el calendario, dándose cuenta que tan solo restaban unas horas. Su mirada barrió la sala hasta llegar al reloj que colgaba encima del marco de la puerta. Era bastante tarde, así que acompañó a Rose a la cama, la tapó y procedió a cambiarse para tumbarse a su lado. Se acercó a la ventana, para bajar la persiana, y se quedó mirando la silueta de la central nuclear, recortada en el horizonte, bajo la luz de la luna.

—Mañana es el día. —Dijo Rose, asomada entre las mantas.

—Sí, pero deja de preocuparte y descansa. Todo saldrá bien. —Dijo Albert.

Empezó a tirar del cordel que mantenía arriba la persiana de tablones de madera, cuando vió un destello verde salir de la central, el cual se extendió hasta inundar los cuatro rincones del pueblo, como si se tratase de una masa de humo verdoso. Parecía casi mágico. Imposible. Poco a poco, fue capturando a toda la población, hasta desvanecerse.

June 6, 2017, 8:03 a.m. 0 Report Embed 1
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