katyaenriquez Katya Enríquez

Tras la casi extinción de la raza humana y una intensa repoblación, un nuevo virus apareció para someter al Nuevo Mundo (Mezone). Para detener su esparcimiento muchos deberán involucrarse, incluyendo a una de las primeras infectadas: Catherine Mitzu. La desesperación reina y hace que no importe cuánto se tenga que sacrificar, sino cuánto se puede lograr al arriesgarse por los demás.



#11 in Science Fiction #4 in Futuristic For over 18 only. © Katya Enríquez

#cienciaficción #Albertvirus #futuroambiental #reflexión #fantasía #romance #Mezone
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Catherine

Había empezado a llover cuando el río dejó de ser lo que captara mi atención.

Estaba sentada a la orilla, sintiéndome agotada.

Quería dejar de huir, sin embargo, todos en el pueblo estaban en mi contra.

Miré mis manos.

Me cubrí la cabeza con la capucha de mi sudadera.

Ensarté mis manos en los bolsillos.

Aun hallando la explicación del por qué me seguía la gente de mi ciudad, Eusa, no conseguía entender cómo ellos tenían tanto odio guardado por mí.

Mis ganas de acercarme al río se acrecentaban conforme mis pensamientos negativos.

Mis mejillas estaban pálidas al igual que mis manos y el resto de mi cuerpo.

Aceché el cielo con el rabillo del ojo.

El agua mostraba tonos grises junto con las nubes.

Me dio mucha paz.

—Solo hazlo —decía una parte de mí.

La otra le reclamaba: —Déjala en paz.

A mi lado izquierdo se encontraba un árbol torcido cuyas hojas eran de un verde sin vida.

Verlo me deprimía.

Un paso más y lo conseguía.

Me volteé y me dejé caer al agua.

Percibí el frío del agua entrando en mi ropa.

Cerré los ojos.

Dejé que la corriente me llevara.

Las miradas me aturdían, así que decidí ignorarlas.

Creo que alguien se tiró a nadar para rescatarme y ponerme en tierra firme.

No me interesaba nada de eso, tan solo necesitaba acabar con las desdichas de todo el pueblo.

—Dejadla morir —dijo un hombre con acento español.

El joven que me sacó del agua me alzó la capucha.

Él estaba preocupado.

Revisó mis signos vitales y le dirigió una mirada seca a todos los demás.

Intuí que los estaba mirando con desagrado.

Con el RCP mi cerebro volvió a mandar a mi cuerpo.

Abrí los ojos y la boca al mismo tiempo.

Con un brinco me erguí para sacar el agua de mis pulmones, los cuales se estaban pudriendo.

—Gracias —dije cansada al joven de camisa amarilla y jeans, que por cierto, se veía como el tipo de hombre con el que me gustaba salir.

Me recosté.

Vi que había parado de llover.

Con lentitud me levanté, apoyándome en los hombros del chico.

Las miradas de los vecinos y el resto de gente alteraban a mis amigos y al joven que me estaba cargando.

Pasaron cinco minutos para que mi ser dejara de moverse y mi vista flaqueara.



Con un brinco me bajé de la cama.

Ahogué un grito que fue escuchado por mi amigo.

Él era el hijo mayor del mejor amigo de mi padre.

Entró en la habitación sin hacer ruido.

Cerró la puerta.

Prendió la luz y se acercó en silencio.

Se sentó a mi lado.

Me miró con ansiedad.

Guardé mi alegría.

Me acerqué a él, observé su mirada cansada y luego su cabello pelirrojo que estaba alborotado.

Tomó mi mano.

Mirándome con los ojos entrecerrados, dijo: —Me quedaré aquí para que no repitas el sueño de nuevo, ¿está bien? No te dejaré sola.

Asentí con tal movimiento que mi cabello se encimo en mi cara y con la mano libre me lo quité de ahí.

En ese momento su teléfono vibró.

Tenía dieciocho mensajes de tres conversaciones.

Encendió su teléfono y se iluminó la pantalla.

El fondo de su pantalla de bloqueo era una foto que nos tomamos hacía unos meses, estando en la playa.

Cuando se tomó la foto, él me estaba cargando de caballito y ambos sonreíamos a la cámara.

Observé un segundo su celular.

Dejé de observar.

Me zafé de su mano.

Me paré para apagar la luz.

Me dirigía a mi cama en el momento en que se escucharon sonidos proviniendo de la planta baja.

Entonces, él dejó en la cómoda su teléfono para acercarse a la puerta.

Se pegó mucho a mí.

Me alejé para no sentirme incómoda.

Los dos escuchamos con cuidado.

—¿Dónde está? —gritaba un hombre.

—Te lo he dicho muchas veces y no tengo miedo de repetirlo ­—dijo mi padre—. No tengo idea de qué me estás hablando. Por favor, retírate.

—Mira —la voz del mejor amigo de mi padre temblaba—, probablemente te has equivocado de dirección. Sé que no hay nadie con esas cualidades.

Se escuchó un cuchillo ingresar en el pecho de alguien que se encontraba defendiéndome.

Chillé.

Mi amigo me cubrió mi boca con su mano.

Se oyeron los pasos del hombre.

Él se alejó y aporreó la puerta de la casa.

El Sr. Smith cerró aseguró la casa.

Suspiró.

Mi amigo y yo corrimos a la planta baja.

Sin darnos cuenta, entrelazamos nuestras manos.

Vi a mi padre sangrar.

Fui por una venda para colocársela porque no me gustaba ver la sangre.

—Te están buscando —soltó.

­—Y ustedes no dejarán que me lleven.

Cubrí la herida.

El Sr. Smith dijo que irían al hospital subterráneo donde trabajaban quienes me deseaban el bien.

Bajaron por el sótano.

Cerré la puerta para que no los siguiera.

­—Son las 4 de la mañana ­—susurró D.

Se acercó a mí.

Me abrazó.

­—Se supone que tengo clase a las 9:00 de la mañana verde. ¡Qué horror! Tengo mínimo 2 horas y media para descansar. A menos que avise que no podré conectarme.

­—¿Te sientes bien para la clase?

Negué con la cabeza.

­—Le pediré de favor a Kolland que me diga todo lo que hicieron. Me disculparé ahora.

­—Diamond Cristal.

­—Dígame señorita. ­­

—Avisa a mis superiores que no me podré conectarme. ­

—De acuerdo... Listo.

­—Gracias. Te puedes ir.

­—Voy a soñar con Chris Evans ­—bufó consigo misma y se fue.

­—Me iré a dormir ­—avisé a mi amigo, pidiendo que me soltara.

No recuerdo mucho.

Todo estaba a oscuras, incluyendo mi cuarto.

Mi amigo estaba durmiendo cuando me levanté.

El reloj marcó las 02:00 p.m.

Él avisó que no iría al trabajo por cosas personales.

Lo desperté y lo único que recibí fue un «cállate».

Me duché, intentando no pensar en lo que había sucedido algunas horas atrás.

Me puse un vestido amarillo y el collar de mi madre.

­—Eres fuerte, leal y amorosa. Eres una Alcatraz, así que no puedes descuidar la retaguardia.

Salí, secando mi cabello.

Una persona impaciente esperaba el baño.

­—Buenos días, dulzura ­—era John, el hermano menor de Derek (mi amigo).

—Pasa —dije, con la ropa entre mis manos.

Él entró al baño.

Mi pijama la dejé donde siempre, en mi estante de ropa ubicada a la izquierda.

Derek apareció con unos pants negros, el cabello revuelto, una camisa blanca y sus típicos lentes negros.

Me impacté tanto que me sobresalté.

—No hagas eso. Por cierto, tu hermano menor sigue siendo un puerco. Haz algo al respecto.

John salió para ir a la cocina.

Estiró los brazos y los bajó.

Su hermano habló.

—Oigan, hice el desayuno. Bajen a comer.

Vacilé un momento.

Seguí a Derek.

Después de comer encendimos la televisión.

El canal Eusa comenta estaba pasando las noticias.

—Cada día aumentan los muertos debido al virus traído por la segunda luna verde de hace tres años —dijo la reportera con miedo.

»Son más los síntomas que presentan los pacientes.

»Los doctores y científicos siguen buscando una solución para que acaben con él, sin embargo, los exhaustivos intentos hacen que el virus mute rápido.

ȃl resiste todas las medicinas y procedimientos legales para exterminar virus y bacterias.

La reportera Marcia Paz parecía estar seria.

Derek apagó la televisión al ver que estaba atónita del miedo.

—Es suficiente por hoy. John lava los platos mientras limpio la mesa y Kate recoge todo.

Cada uno terminó su tarea.

Seguía impactada por las noticias matutinas.

Una voz me dijo que debía matar a los hermanos.

No le hice caso.

Me sentí débil.

Mis manos y cuerpo se palidecieron.

Me recosté en el sofá de la sala.

Mi cabello se tornó blanco, alejando el tinte café.

Me comenzaron a salir moretones.

Mis labios se agrietaron y se ponían morados.

Perdí la vista.

John pasó por aquí y alertó a Derek.

Derek fue por mi inyección de Estial, el medicamento que me mantenía sana.

Me inyectaron.

Poco a poco recuperé la respiración.

Los efectos colaterales se esfumaron.

Tocaron la puerta del sótano.

John fue a abrirla.

Eran mi padre, el Sr. Smith y la esposa del amigo de mi padre, la señorita Lucía Kingdom West.

Derek habló rápido con ellos.

Permanecí acostada, pensando cuándo terminarían los males con los que fui castigada.

Los intentos por encontrar una cura contra esta enfermedad era imposible para los demás.

Para los que estaban de mi lado no, mi madre tenía a este virus y experimentaron con ella para hallar la cura.

Encontraron cómo controlarlo, lo cual era suficiente.

Mis padres estaban felices al saber de mí.

La enfermedad de mi madre estaba tan avanzada que, después de parirme falleció, dejándole en claro a mi padre que yo era clave para acabar con el virus.

Mi padre se consoló con la ilusión de que algún mi situación mejoraría.

Era mayor de edad, empero, no podía salir a la calle porque el virus se propagaba por el tacto y el aire.

Anhelaba saber cómo era afuera.

Mi padre y mi madrastra, Melanie, una científica que trabajaba para matar al virus, me sacaban a dar pequeños paseos bajo su tutela cuando se podía.

Ellos me llevaban a la playa o a un centro comercial, a pesar de que deseaba conocer otros sitios.

—Wilson Mitzu —era mi madrastra.

Apareció quien fue amiga de mi madre y nunca hizo nada romper el matrimonio de su amiga, pese a los fuertes sentimientos hacia su marido.

Ella era atractiva.

No tenía inmensas curvas como las modelos, su cabello es negro pintado con mechas azules y moradas, con cara simétrica, ojos son azules; sobre todo, era buena persona porque tenía el alma de un ángel.

—¿Qué ocurre?, querida —dijo mi padre.

—Necesitamos que vuelvan al laboratorio. Creemos que Paty encontró una anomalía en el patógeno. Buenos días, chicos… También, se requiere a nuestra hija.

Me levanté, acercándome a mi padre.

—Andando —evité caer.

Derek nos acompañó.

John se quedó jugando un juego de carreras de autos.



La sensación de estar bajo tierra era de esas en las que, al percibirla, te sentías como si estuvieras en un lugar húmedo y cálido a la vez.

Llegamos a la puerta del laboratorio.

Mi padre colocó su ojo para desbloquearla y un código muy fácil de recordar: 095536.

Era la fecha de mi nacimiento, día 9 de la luna morada n° 55 del año 36 d.A.H.

Entramos.

No contuve la emoción de ver lo que nos rodeaba.

Mesas y sillas con mezclas de sustancias tóxicas, tubos de ensayo, molcajetes, herramientas, entre otros.

Nos detuvimos en la sala de prueba, lugar en donde realizaban las investigaciones para hallar la cura del virus que aterraba a Mezone.

Había una silla que estaba conectada a un montón de cables que conectaban en una computadora de lectura cerebral. Así mismo había un casco era plateado y fino.

La silla se veía cómoda.

Me sentí amenazada al ver a Mirs sentado.

Él rondaba mi edad.

Siempre que me veía parecía que desea mi muerte.

A veces pensaba que él estaba enamorado de alguien y por eso ayudaba mucho a las investigaciones.

Observé que mostraba una cara molesta o de celos a Derek, a mí me miraba con ternura.

Fue así que supe que sentía celos hacia él, pero no entendía por qué.

—Catherine —me llamó Billy.

Él era el científico que ayudaba de más a mi padre.

—Sí, dígame.

—Necesitamos que te sientes ahí —señaló la silla.

Me senté en ella y me coloqué el casco.

Me relajé.

Traté de no pensar en nada.

Sentí agonía.

Quería llorar.

Resistí antes mis emociones.

Oí un es todo y corriendo hacia Derek me aferré a él.

Escaneé la pantalla.

Decía: Análisis completo.

Resultados: El sujeto demuestra que la enfermedad le causa desequilibrio emocional que se puede curar con salidas de su casa para evitar que se agobie.

Las voces internas insisten en que mate a los hermanos John y Derek Smith.

Otro resultado es que sigue teniendo la misma pesadilla, por lo que alguien debe dormir junto a ella.

No debe de ver sangre ajena porque puede causarle más problemas.

Por último, el medicamento está dejando de surtir efecto y es importante atender esta necesidad.

Anomalía: Mientras duerme el virus se hace más débil al igual que cuando pasa tiempo con la persona de la que se enamoró. En situaciones de riesgo o estrés el patógeno la controla por completo.

—Persona de la que se enamoró —repitió mi padre.

—¡Qué suerte tengo! —pronunció Mirs.

—No creo que se trate de ti —habló Lucía—. Creo que siente eso por Derek.

Mis mejillas enrojecieron.

­—De quien se trate —dijo Melanie—. Debe estar con ella. Si no se sabe, debemos de ponerle un dispositivo para medir su movimiento neuronal y saber quién es. Pásame tu brazo.

Le di mi brazo.

Me inyectó el dispositivo.

Silencio.

Regresé a la casa, en compañía de Derek.

Él no decía nada, tal vez porque sentía nervios de la situación o no sé.

Algo lo tenía inquieto.

Una vez en casa, dejamos la puerta del sótano sin seguro y fui a mi habitación.

Derek me siguió.

Cerró la puerta para que nadie nos oyese.

—¿Es normal que sienta que es un delito amarla?

—¿De qué hablas?

—Estoy enamorado de una chica menor que yo.

—¿Diferencia de cuántos años?

—8.

—Hmm... ¿Qué piensas hacer?

—Decirle la verdad. Tengo miedo de perderla.

—No la vas a perder. Si te sinceras, se quedará.

—Entonces. ¿No te voy a perder?

Me quedé callada.

No lo sabía.

—No, tú siempre serás mi amigo.

—Siempre he entendido por qué mi hermano y Mirs me tratan mal sin ti, saben que te amo.

—Ahora entiendo por qué Mirs te mira feo, Derek. De John lo sabía y… de ti me medio sorprende.

July 30, 2021, 10:41 p.m. 6 Report Embed Follow story
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Post!
Elly Castro Elly Castro
!Increíble historia! Muy bien narrada.
May 11, 2022, 14:40
HR Horacio Rios
Linda la historia me encanta nos seguimos y te sigo
October 14, 2021, 15:59

HR Horacio Rios
Linda la historia me encanta nos seguimos y te sigo
October 14, 2021, 15:58
~

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Mezone
Mezone

En un universo diferente, el Planeta Tierra ha cambiado por mucho. Las guerras, la corrupción, el calentamiento global y muchas otras actividades humanas la llevaron a su destrucción paulatina. Ahora, no solo las plantas, el clima y el suelo evolucionaron, sino también las personas. Read more about Mezone.