Enterrados (La ciudad subterránea)(TERMINADA) Follow story

Lapeca Laura Pérez

Escucha, algún día, los enterrados se sublevarán y gobernarán sobre los privilegiados del exterior. Mientras, lee la historia de un cataclismo, el que consiguió enterrar en una ciudad a la población mundial superviviente. ¿Qué sería lo que más desearías si vivieras encerrado en una ciudad enterrada sin sol, sin viento, vigilado, humillado, explotado? Los pocos que viven en el exterior lo tienen, son cápsulas de espacio abierto que te permitan al menos vivir de forma virtual esas sensaciones, a cambio te quieren a ti... Personajes que amarás y odiarás a partes iguales. Léela, comienza el cataclismo.


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#romance #ciencia ficción
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INTRODUCCIÓN

Cuando el ejército, por fin, terminó de recolocarnos, todos pensamos que el Gobierno había hecho lo mejor para nosotros: su pueblo. Luego, poco a poco, nos fuimos dando cuenta de cuán equivocados estábamos, hasta que, un día, abrimos los ojos y contemplamos la oscuridad eterna a la que nos habían condenado.



El cataclismo

El cataclismo ya había ocurrido tiempo atrás, cuando la tierra se quedó sin luz, envuelta en polvo, y murió la mayor parte de la humanidad.

Fue entonces cuando se creó el Gobierno, un gobierno real, global, dispuesto a dirigir a los supervivientes.

Había gente de muchos países, pero los países habían quedado destrozados, ya no existían.

Las zonas inhabitables se fueron abandonando y los líderes que surgieron tras la tragedia agruparon a las gentes, destrozadas por las pérdidas emocionales y materiales, y se erigieron en salvadores.

De entre los escombros, se rescató toda clase de vida, humana o animal, y se trasladó a todos a un pedazo de tierra que, en otros tiempos, había sido la cuarta parte de un vasto país y que, ahora, era el único espacio apto para vivir en todo el planeta.

Los supervivientes, destrozados en cuerpo y alma, ayudaron en la construcción de un nuevo país. Todos colaboraban, dirigidos por los grandes líderes que les llevaban de la mano y, a los cuales, el pueblo adoraba.

Poco a poco, el sistema se fue estabilizando, las familias se reestructuraron, la economía fue creciendo y las nuevas tecnologías volvieron a tomar el control del pueblo desde el Gobierno. Se agrupó a los grandes científicos y expertos informáticos e ingenieros, la recuperación y mejora de la civilización primaba por encima de todo.

Vivían en paz, el Gobierno se asentó en el poder y nadie volvió a hablar de elecciones. Se formaron de nuevo barrios, ciudades y, otra vez, las jerarquías sociales aparecieron, diferenciándose a la clase rica de los obreros más humildes.

Aun así, no había quejas.

El Gobierno era autosuficiente y nadie pasaba necesidades. Éstas estaban cubiertas y, la sanidad, la educación y la ayuda a los que no podían valerse por sí mismos, funcionaban como nunca antes lo habían hecho.

A pesar de que eran el único país en el planeta, el Gobierno comenzó a formar un ejército, pues nunca se estaba a salvo de una posible sublevación. Para ello, instó a los jóvenes a formar parte de él a cambio de ciertos privilegios para ellos y sus familias.

Se crearon ciudades enteras formadas exclusivamente por soldados y familiares de éstos, con urbanizaciones que incluían piscinas, gimnasios, energía gratuita ilimitada, colegios y hospitales privados, todo creado para asegurar la máxima lealtad al Gobierno.

La energía que los soldados disfrutaban de forma gratuita se extraía de enormes centrales nucleares que se fueron construyendo a lo largo de todo el territorio.

De esta forma, los miembros del ejército y el resto de la población apenas tenían contacto entre ellos, y llegó un momento en que parecían hablar un lenguaje diferente. El orden público se mantenía a través de este ejército, pero siempre respetando la idea de que estaban ahí para defender al pueblo, no para hostigarlo.

Así iban pasando los años. La población se iba recuperando y el trauma del cataclismo iba quedando cada vez más atrás.

El presidente murió y, su hijo, que había sido educado para continuar la labor del padre, se instauró en el poder y mantuvo la misma línea. El pueblo era feliz y vivía en paz, pero entonces…

Un día, temprano por la mañana, el cielo se oscureció y comenzaron a llover rocas. Rocas enormes que chocaban contra los edificios, los coches, la gente… Caían en los parques, los colegios y guarderías; los gritos de los niños traspasaban los oídos aterrados de los adultos, que aún recordaban el anterior cataclismo. La gente corría, trataba de refugiarse, abrazaba a sus seres queridos y pedía ayuda a un ejército que no aparecía por ningún lado.

Los cuerpos de los heridos y los muertos comenzaron a acumularse en las calles mientras las rocas seguían llegando del cielo, golpeando sin compasión lo que se interpusiese en su camino.

El suelo comenzó a temblar y los pocos edificios que continuaban en pie comenzaron a derrumbarse. No había nada que hacer, no había lugares en los que refugiarse, lugares a los que escapar.

El cielo siguió castigándoles durante más de quince minutos en los que los temblores de tierra se repitieron hasta seis veces cada vez con mayor virulencia y, luego, todo terminó. Al estruendo de las rocas y los edificios que se derrumbaban le sustituyó el llanto de los supervivientes y el silencio de los muertos.

Así sucedió todo, un día en que el cielo se oscureció temprano por la mañana.



EL RESCATE

Y entonces, como si de repente el ejército hubiese despertado de un profundo sueño, las calles se llenaron de jóvenes uniformados que trataban de ayudar a los heridos y rescatar a los supervivientes atrapados entre los escombros. Resultaba extraño verles allí, dispersándose por las calles derruidas, llenas de pánico y escombros y ellos con sus uniformes impecables

“¿De dónde salen?” preguntó una voz ronca. Anónima.

Sonaban sirenas que taparon la voz, y la gente llamaba a los soldados a gritos y ellos iban recogiendo heridos y los trasladaban en sus jeeps a lugares que la población desconocía, porque los hospitales se habían derrumbado.

En medio del caos, un megáfono trataba de controlar la situación y pedía, a la población que pudiera valerse por sí misma, que se dirigiera a los jeeps con banderas rojas para ser realojados. No debían preocuparse por sus familias o amigos, el ejército se haría cargo y todo resultaría más fácil.

Las calles se llenaron de ladridos de perros amaestrados buscando supervivientes entre los escombros, y los soldados usaban cámaras endoscópicas para saber si había o no víctimas enterradas bajo las ruinas.

Los soldados rastreaban y trataban de calmar a la población que, aterrorizada, les increpaba continuamente. Algunos de ellos acompañaban a la gente hacia los jeeps con banderas rojas al encontrarlos vagando desorientados.

La mayoría de las víctimas no quería abandonar a los suyos, por mucho que aquellos muchachos uniformados les aseguraran que ellos se ocuparían y que volverían a reunirse con sus familiares, que necesitaban calma para trabajar mejor.

Y entre el caos, el megáfono sonó de nuevo comunicando a la población que debía darse prisa, que en menos de veinticuatro horas una nube tóxica originada por el destrozo de las centrales nucleares, cubriría el territorio y provocaría la muerte de todo aquel que no se hallase en el refugio que el Gobierno había habilitado ante caso de emergencia. Cualquier forma de vida quedaría destruida. El gas era extremadamente letal. Había que actuar con rapidez y la población debía confiar y dejar trabajar al ejército.

Al drama de la catástrofe se unió el de tener que abandonar a los seres queridos. La población, desesperada y superada por la situación, caminaba en rebaño hacia los jeeps de las banderas rojas.

En la fila humana, un hombre, con la mirada extraviada y los pies descalzos, mientras caminaba murmuraba para sí “pero ¿de dónde salieron?”


LA EVACUACIÓN

Les subían en los jeeps y les conducían fuera de la ciudad, a la gran zona desierta que aún no había sido construida. Allí, se colocaban en largas filas frente a unas mesas muy simples tras las cuales un par de soldados, con enormes listados, les tomaban el nombre y les recogían las huellas dactilares.

Luego , tras las mesas, se podía ver un centenar de tiendas de acampada militares, colocadas en hilera, como si formaran un muro de separación, y los civiles que ya habían sido fichados eran dirigidos al otro lado, donde se veían siete enormes puertas escavadas en la tierra. Plantadas sobre la superficie, enormes placas solares se extendían a lo largo y ancho del desierto territorio hasta donde la vista podía alcanzar. Allí, otro soldado les recogía los papeles que les habían entregado en las mesas y les indicaban la puerta a la que debían dirigirse.

La gente, aturdida y torpe como zombis, traspasaban las enormes y pesadas puertas de acero y recogían, como en un sueño, la bolsa de tela y el número que les entregaba otro soldado. Luego, avanzaban a lo largo de un pasillo hasta llegar a un ascensor de dimensiones enormes y comenzaban una bajada a gran velocidad. Al abrirse las puertas del ascensor les esperaban tres soldados que les separaban en grupos según el número que portaban y les llevaban hasta unos habitáculos perfectamente cuadrados, de paredes blancas, impolutas. Les indicaban que podían ir instalándose. Les explicaban que aquel era un refugio provisional y que, en breve, pondrían a su disposición la información más amplia que pudieran sobre sus familiares.

Los habitáculos eran minicasas que constaban de un lateral con camas, un par de armarios y un apartado diminuto con una letrina y un lavamanos, todo en color blanco. En la bolsa de tela que les habían entregado, los supervivientes encontraron sábanas, cómodos trajes de camiseta y pantalón amplio también en blanco, cepillo de cabello y dientes, pastilla de jabón y dos toallas de distinto tamaño.

A través del sistema del megáfono se les pedía que guardaran la calma. Se les explicaba que podrían darse una ducha y que se les daría de comer.

Una mujer escuchaba el megáfono sentada en una de las camas, su cuerpo abandonado se doblaba por la cintura. Pensaba “Esto no son más que simples celdas”. Su hija de seis años y su marido habían desaparecido. Lo que menos le importaba era darse una ducha o llenarse el estómago, ella sólo esperaba noticias de su familia.

Sin embargo, pasaron aún doce horas durante las cuales se siguieron a rajatabla las instrucciones dictadas por el megáfono, sin recibir ninguna noticia del exterior.

Luego, se anunció el fin del rescate pues la nube tóxica estaba muy cerca y nadie en el exterior podría sobrevivir a ella; las puertas se cerrarían. Pasaron otras doce horas más y, por fin, el megáfono volvió a hablar. Todos los supervivientes que ya estaban instalados en sus habitáculos podían consultar la lista de heridos hospitalizados en el refugio en una pequeña pantalla que apareció en una pared lateral de cada cubículo.

Las listas se veían en privado, el dolor o la alegría también. Unas listas en una pantalla era la información más amplia que el Gobierno les podía dar.



LA CIUDAD SUBTERRÁNEA

Entonces comenzaron los rumores.

Los soldados que sólo habían aparecido al final del seísmo. Aquel refugio subterráneo que era una ciudad en miniatura, perfectamente estructurada. En la ciudad había unos avanzadísimos tubos de ventilación dotados de filtros que reciclaban el aire para que les llegara limpio, sin rastro del gas tóxico. Enormes generadores les aseguraban la electricidad y recibían la energía necesaria de las placas solares del exterior. Tenían agua corriente. Habían rescatado y trasladado al interior animales domésticos, que pastaban en hierba generada en pastos mantenidos con fluorescentes que imitaban la luz solar, y tenían enormes invernaderos que se mantenían con el mismo sistema. Era como si todo hubiera estado planificado desde tiempo atrás, calculado hasta el último milímetro.

De las siete puertas, una correspondía a la clase poderosa e influyente, otra al ejército y sus familias y las otras cinco, que daban a las galerías más profundas bajo la tierra, eran para el resto de la población.

Cuanto más se descendía en las plantas, más se iban reduciendo las comodidades, de forma que la planta de los de arriba contaba con plazas, espacios verdes y todo tipo de comodidades. Luego estaba la zona de los soldados y sus familias que era muy parecida a la de los ricos y, finalmente, estaba la planta de la población rasa; largos y estrechos pasillos diseñados para impedir que se reunieran demasiados al mismo tiempo y crear una sensación de agobio incesante. Los únicos espacios amplios eran los invernaderos en los que trabajaban, los espacios dedicados a la enseñanza y los comedores comunes.

Les habían enterrado.

Los supervivientes comenzaron a alarmarse en un primer momento y, después, se indignaron.

Entonces comenzaron otro tipo de rumores.

Quien más quien menos, todos tenían algún familiar en el hospital habilitado bajo tierra. Cuando alguno de los supervivientes hablaba demasiado o se quejaba, alguno de sus familiares hospitalizado empeoraba y moría. Y si no tenían familiares en el hospital, ellos mismos aparecían muertos en sus habitáculos, ahorcados. El Gobierno los recogía y anunciaba un suicidio más, cosa corriente tras una tragedia como la que el pueblo había sufrido.

Cesaron los rumores. Cesaron en voz alta. El Gobierno se conformó con ello. La presencia del ejército entre el pueblo ahora era constante y pensaron que eso sería suficiente para mantenerlo a raya.

Pasó una década y el Gobierno decidió que podía volver a habitarse una parte de la tierra en el exterior. Los supervivientes se revolucionaron, diez años sin sentir la caricia del aire sobre la piel, sin ver la luz del sol, la lluvia… Los viejos lloraban, los jóvenes soñaban con volver al exterior y los niños que habían nacido ya en el interior de la tierra no entendían lo que pasaba.

Sin embargo, el Gobierno decretó que se formarían grupos de trabajo para crear lo que una década después sería la ciudad de los privilegiados. Se sorteó entre los jóvenes, y los elegidos salieron con sus familias. Recibieron como un golpe la luz del sol, contemplaron las ruinas a su alrededor, se instalaron en tiendas y con la ayuda del ejército, para organizarlos y controlarlos, levantaron una ciudad. Ninguna de aquellas familias tuvo más hijos, pero nadie le dio importancia. No, entonces.

Otra década más tarde, comenzó la gran mudanza, en la que salieron a estrenar la ciudad recién construida las clases que vivían en las galerías de las puertas una y dos. Ricos y ejército tomaron posesión de los barrios, las calles, las casas construidas por un puñado de supervivientes de las puertas tres a siete. Éstos, a su vez, pasaron a ocuparse de estos nuevos ciudadanos, se convirtieron en sus criados, sus chóferes, sus niñeras…

No había sitio para más, el pedazo de tierra exterior que se había recuperado no daba para todos.

Con el transcurso de los años tomaron conciencia de su gran problema, ya sabían que debían idear algo o su modo de vida terminaría para siempre, no sirven de nada las ciudades si van a quedarse vacías y, estaba claro que, ése, era el futuro de la ciudad de los privilegiados. Los niños no llegaban. Ninguna joven se quedaba embarazada y comprobaron, horrorizados, que todos en la ciudad, hombres y mujeres, eran estériles. Puede que las radiaciones ya no les perjudicaran para vivir, pero no les permitían crear vida.

El presidente cedió el mandato a su hijo en cuanto éste tuvo edad para gobernar, sin saber lo que se avecinaba con esta decisión. El nuevo presidente, que era estéril como el resto de habitantes de la ciudad exterior, se dio cuenta de que jamás tendría herederos y, además, su mujer se moría por tener un bebé.

Debían pensar y debían hacerlo rápido y bien. Estaba claro que la única forma de conseguir bebés era sustrayendo a los de la Ciudad Subterránea, pero él no podía robar los niños de los enterrados, ellos debían dárselos por propia voluntad.

Los altos cargos y consejeros del presidente se partieron la cabeza para encontrar una solución ¿A cambio de qué, los enterrados, entregarían a sus hijos? ¿Qué era lo que más anhelaban? Vivir en el exterior. Pero no había espacio para todos. Ya estaba, crearían espacios abiertos en el interior.

Llamaron a los científicos, les amenazaron sutilmente con convertirles en enterrados y, así, nacieron las cápsulas de espacio abierto, que conectadas a un pequeño cargador y de éste a un brazo a través de una muñequera introducían al enterrado en un mundo virtual rodeado de naturaleza donde las sensaciones eran extremadamente reales.

Todo aquel que quisiera conseguir una cápsula no tenía más que entregar a cambio a uno de sus hijos recién nacidos.

De esta forma, el megáfono se lo hizo saber a la población enterrada. A muchos, les pareció una aberración y que nadie consentiría en hacer algo así. A otros, les pareció que sería la única oportunidad de que sus hijos vivieran en el exterior.

Luego, a medida que necesitaban población, el megáfono informaba sobre cómo conseguir cápsulas y, finalmente, se establecieron tres formas para conseguirlas:

La primera era entregando un hijo recién nacido.

La segunda ofreciendo a un joven para formarle como soldado.

La tercera, y última, ofreciendo a un joven como empleado de los privilegiados.

Los bebés podían entregarse en cualquier momento, siempre eran bienvenidos.
Para los otros dos puestos se podían dejar solicitudes en las oficinas creadas al efecto, una o dos veces al año, según las necesidades del exterior.

Todo esto sirvió para que la población pasase de estar dividida en privilegiados y enterrados a estar dividida en privilegiados, enterrados y vendidos, que eran aquellos que, desesperados, entregaban a sus propios hijos.


March 27, 2017, 5:13 p.m. 0 Report Embed 2
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