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jdsantibanez JD Santibáñez

El Señor le dio la palabra.


Fantasy For over 21 (adults) only. © JD Santibáñez

#noir #ciencia ficción
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La Palabra


   LOS CUBÍCULOS ESTABAN por todas partes.

   A la izquierda.A la derecha. Al frente. No se veía nada más en muchos metros a la redonda. Eran unos cubos de aproximadamente tres metros, de plástico verde, herméticamente cerrados, que se perdían en el horizonte.

   El hombre caminaba con paso seguro, sin el temor que acostumbraba a embargar a todos los que pasaban por allí. No tenía por qué sentir miedo. La verdad estaba con él.

   Le daban asco. No podía comprender por qué el gobierno se empecinaba en mantenerlos con vida.

   Cada cubículo albergaba a un infectado. Los cubos herméticos eran necesarios para que los huéspedes no tuvieran contacto con el aire exterior, ya que el solo hecho de respirarlo podía significar la adquisición de gérmenes otrora inofensivos. Las pequeñas habitaciones estériles eran lo único que los mantenía vivos. El Ministerio de Salud Pública se encargaba de hacerles llegar, a través de una intrincada red de tuberías, sus alimentos insípidos y suplementos multivitamínicos.

   Álex sabía lo que tenía que hacer.

   Afortunadamente, nadie podía verlo. Y si así fuera, no sospecharían con el uniforme de policía que se había confeccionado. Podía engañar a cualquiera.

   Forzó la puerta de la cabina esquinera que hacía circular el aire artificialmente puro a todos y cada uno de los cubos plásticos.Preparó el contador de tiempo de la bomba.

   —¿Por qué haces esto?

   Álex dio un salto al escuchar la voz.

   Se viró con el corazón en la boca y la Mauser en la mano.

   Lo que vio no era posible.

   Su cara. Su manto. Tal como lo había visto miles de veces en sus plegarias.

   —¿Señor? —preguntó con voz temblorosa.

   —¿Por qué haces esto? —repitió la aparición.

   Álex bajó el arma. No podía apuntarle. No a Él.

   Se arrodilló ante su presencia.

   —Señor…

   —¿Por qué, Álex? ¿Qué te han hecho estas pobres personas?

   El hombre tragó saliva, pero al fin comprendió.Era una prueba.

   Y él la pasaría. Estaba seguro.

   —Señor —explicó—. Son unos puercos y unos depravados.

   —El que esté libre de pecado —dijo la voz suave—, que arroje la primera piedra.

   —Pero, Señor, ellos se lo buscaron con sus perversiones y sus actos impuros.

   —¿Y crees tú que ésta es la respuesta? —preguntó la presencia.

   Álex se fijó en sus ojos increíblemente azules. Eran hermosos. Incomparables.

   —Tienen que pagar por haber infectado a tanta gente, Señor… Estos maricas son seres del demonio. No son normales como nosotros. Por eso yo sé que les enviaste esa plaga.

   —Yo no he enviado nada —mantuvo la voz—. Álex. Todos ustedes son mis hijos, Y como cualquier padre, amo a todos por igual.

   —Bueno, ¿y qué quieres que haga? —se alteró el hombre. Pero en seguida bajó la cabeza y continuó hablando con la vista en el piso—.¿Que me quede tranquilo mientras nuestros recursos se desperdician en estos muertos en vida? ¿Mientras las personas sanas como yo tenemos cada vez menos qué comer?

   —Álex.

   El hombre respiró profundamente antes de contestar.

   —¿Sí, Señor?

   —Éste no es el camino.

   —¿Y cuál es?

   —Lo sabrás cuando escuches lo que te tengo que decir.

   La aparición sonrió. Era también una hermosa sonrisa, y Álex se sintió tranquilo, lleno de confianza y dispuesto a hacer lo que fuera con tal de verlo sonreír nuevamente.


*        *        *


   El ambiente de fiesta se había desatado en el laboratorio. La veintena de científicos y técnicos se reunía entre las máquinas y equipos de investigación molecular, entre cartones de Burger King, Pizza Hut y cervezas en lata.

   El doctor Suárez y su grupo tenían razón para celebrar. Después de cinco años y medio de arduos experimentos, de interminables horas de trabajo, habían encontrado la respuesta.

   —Hey, doctor —dijo uno de sus risueños ayudantes—, con esto seguro que ganará el Premio Nobel.

   —Ojalá, Carlos —respondió el alegre científico—, ojalá. Pero lo más importante es todo el bien que podremos hacer, todas las vidas que podremos salvar.

   —Tenemos que llamar a los medios —dijo una regordeta doctora, cuyo mandil hacía esfuerzos por no estallar—, a las facultades de medicina, a la Asociación Médica Mundial, a…

   —Calma, calma —expresó Suárez— ya enviamos un e-mail al Presidente de la República. No le dimos detalles, pero mandará un helicóptero por Roxana y yo en —miró su reloj— exactamente dos horas.

   El doctor sonrió una vez más, y miró a sus ayudantes que comían y bebían.Algunos incluso lloraban de felicidad.

   —Por lo tanto, señores —continuó, levantándose de su asiento junto con una joven delgada, de piel rosada y cabello rojizo—, nos retiraremos a mi oficina para preparar los documentos necesarios para nuestro informe.

   Dicho esto, ambos caminaron rápidamente y desaparecieron detrás de una de las tantas puertas al fondo del corredor.

   Apenas estuvieron solos en la oficina, Roxana se echó a llorar. El doctor puso los brazos a su alrededor y la apretó contra su cuerpo.

   —Tranquila, Roxie, tranquila —consoló Suárez, sin poder evitar tampoco las lágrimas.

   —Cómo me hubiera gustado que Xavier estuviera vivo en estos momentos —dijo la chica entre sollozos.

   El hermano menor de Roxana había muerto el año anterior por complicaciones del sida.

   —Lo sé, mi amor.

   La mantuvo abrazada por un tiempo, sintiendo su cuerpo, su perfume, sus ganas de vivir. La mezcla de tantos sentimientos y estados de ánimo lo llevó a una feroz excitación.

   Las manos del científico empezaron a acariciar a Roxana; sus cuerpos entrelazados, sus labios y lenguas unidos apasionadamente. El doctor empezó a sacarle el mandil y a abrirle la blusa, mientras ella le ayudaba con el cinturón.

   —¿Saben que lo que están haciendo es pecado?

   Ambos sintieron que se les helaba la sangre al escuchar la voz.

   Frenéticamente arreglaron sus ropas.

   El hombre estaba junto al escritorio. Llevaba un uniforme de policía, y les apuntaba con una escopeta recortada. Había permanecido entre las sombras sin que ninguno de los dos se diera cuenta.

   —¿Quién es usted? ¿Cómo entró aquí? —exigió la mujer, sin esconder su sobresalto.

   —Eso no importa —dijo el hombre—. Lo importante es que estoy para detener a pecadores como ustedes…

   —¿De qué está hablando? —exclamó el doctor.

   —No se hagan —declaró Álex con aire de fastidio—. Sé que encontraron la manera de salvar a esos puercos sidosos.

   —¿Cómo lo supo? ¿Quién es usted, maldita sea? —reclamó Suárez. Todos sus experimentos habían sido secretos desde que empezara el proyecto.Ninguno de sus colaboradores se atrevería a divulgar nada.

   El doctor permaneció impávido mientras el policía mal encarado daba un paso hacia adelante, como única respuesta.

   La escopeta escupió una vez.

   El científico rebotó muerto contra la pared.

   La mujer gritó. Intentó huir hacia la puerta, pero un segundo fogonazo la alcanzó en la espalda y cayó de bruces.

   Álex se tocó el rostro. Varias gotas de sangre le habían salpicado e intentó limpiárselas con la manga de la camisa.

   Extrajo una de sus minúsculas bombas incendiarias y puso el contador en tres minutos. El hombre arrojó la escopeta sobre el cadáver de la chica y salió al corredor con la Mauser en la mano.

   Caminó rápidamente hacia el laboratorio. De pronto se encontró con uno de los jóvenes técnicos que parecía estar medio borracho. La Mauser tronó y un tercer ojo apareció en la frente del muchacho.

   Álex continuó su caminata.Los otros ya habían notado su presencia y empezaban a correr y a protegerse.

   —Pecadores —gritó el hombre—, ha llegado la hora de enfrentarse a la ira del Señor.

   Disparó la Mauser en semiautomático.

   Tres hombres cayeron sobre los mesones del laboratorio.

   Dos mujeres se estrellaron contra tubos de ensayo.

   La pistola siguió su rutina hasta acabar la alimentadora. Mientras Álex se detenía parsimoniosamente para colocar una nueva, algunas sustancias químicas cayeron al piso y comenzaron a inflamarse. Después de pocos minutos, el fuego se había extendido por todo el laboratorio.

   Muchos de los científicos salieron de sus escondites por temor a las llamas, pero cayeron víctimas de las balas de la Mauser.

   Todavía quedaban algunos vivos.Pero no por mucho tiempo.

   En medio de los gritos histéricos de los sobrevivientes, Álex colocó dos bombas adicionales y dispuso los contadores para tres minutos.En seguida se lanzó a correr hacia la salida del edificio.

   Era Su voluntad y había que cumplirla.

   La bombas explotaron una tras otra, cuando apenas alcanzaba la puerta principal. La onda expansiva lo hizo volar varios metros y cayó de bruces contra el jardín frontal, sus ropas humeantes y hechas jirones, cortadas y raspones por todo el cuerpo.

   Sacudió la cabeza y enfocó nuevamente. Lo primero que vio fue las zapatillas bajo el manto.

   —Señor…

   —Lograste tu cometido, hijo mío —dijo la presencia, observando cómo el fuego consumía el laboratorio.

   —Sí, Señor, hice lo que me pediste —dijo el hombre, incorporándose y tratando de verse lo más presentable posible en aquellas circunstancias—. Fui el instrumento de tu Palabra.

   La imagen pareció sopesar lo que Álex había dicho.

   —¿Crees en mi palabra?

   —Por supuesto, Señor.

   —O sea que creerías todo lo que te dijera.

   —Sin duda alguna.

   La aparición tomó del brazo a Álex y lo llevó lentamente hacia el bosque, lejos del incendio. Parecían flotar sobre el suelo, Álex no sentía sus piernas moverse.Miró hacia abajo y se dio cuenta de que en verdad flotaba.Se sentía en la gloria.

   —Entonces te diré algo, hijo mío —continuó la presencia, apretando cálidamente el hombro de Álex—. ¿Recuerdas la sangre que te salpicó cuando vaciaste la escopeta sobre la pobre Roxana?

   —Sí…

   —Pues verás —dijo la aparición, desplegando una sonrisa—, Roxana estaba infectada.

   El hombre pasó el dorso de la mano instintivamente por su mejilla. Ninguna otra noticia lo habría sacudido de esa forma. Sintió que sus rodillas se volvían de gelatina.

   —No…

   —Sí —contradijo el ser—. Nadie lo sabía. Solamente su amante, el doctor Suárez, quien también estaba infectado…

   Los ojos de Álex parecían querer salirse de sus órbitas. Iban de un lado a otro, como tratando de encontrar una respuesta en el bosque.

   —¿Por qué crees que estaban tan felices de haber encontrado una cura? Ellos iban a ser los primeros en probarla, aunque fuera en secreto. Pero, gracias a ti, ya no lo harán, Álex. Los mataste.

   —Tú me ordenaste que lo hiciera, Señor.

   La presencia rodeó los hombros de Álex con su brazo.

   —Álex, Álex —continuó risueño. Pero su sonrisa ya no era la misma—. Oíste lo que querías oír.

   —Pero… —empezó a preocuparse y a decirse a sí mismo que esto era también una prueba.

   —Volvamos a la sangre. Esas pequeñas gotas que tocaron tu piel ahora han entrado en tus quemaduras y han envenenado tu sangre.

   Cuando el hombre no supo qué decir, la aparición continuó:

   —Sí, Álex. Tú tienes el virus.De ahora en adelante tendrás que vivir en constante temor, alienado de la sociedad. La gente te verá como un le-proso. Nadie querrá tocarte siquiera.Y tendrás que habitar en los cubículos que tú mismo quisiste destruir. Fue buena cosa que no te permitiera hacerlo, ¿verdad?

   —Señor, ¿por qué me haces esto? —rogó Álex.

   —Porque lo único que te ha importado siempre ha sido tú mismo —su voz había cambiado. Se había vuelto carrasposa, gutural, repulsiva—. Así mismo fue con tu esposa y tus hijos. Les hiciste la vida imposible. Los jodiste hasta que te abandonaron y te dejaron solo. No tienes amigos. No tienes a nadie. Sólo tu odio.Por todos y por todo.

   —Creí que te tenía a ti, Señor —reclamó vencido el hombre, su cabeza baja, sus hombros pesados.

   La aparición lo miró directamente a los ojos. Pero ya no eran hermosos como los recordaba. Ahora poseían la frialdad y la malicia de un ser completamente distinto.

   —Me tienes, Álex, me tienes. Porque tú, querido amigo, eres de los míos.Y gracias a ti, el mundo seguirá su curso para acercarse cada vez más a mi dominio.

   La aparición se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la carretera.

   Álex estaba perplejo. No sabía si llorar o maldecir. No estaba seguro si debía correr hacia él y apretarle el cuello hasta matarlo.

   Pero en seguida se dio cuenta de que hubiera sido inútil. La túnica de la presencia cayó en medio del pasto, y Álex pudo ver la monstruosa realidad.

   Álex tomó la Mauser de entre lo que quedaba de su vestimenta.

   En el horizonte aún podía distinguir las luces que iluminaban la serie infinita de cubos plásticos.

   Contempló la pistola.

   Como siempre, sabía lo que tenía que hacer.

March 22, 2017, 2:55 a.m. 0 Comments Report Embed 0
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