samsam Samantha Hirszenberg

Porque Jung Kook está convencido de que en el mundo se escriben millones de canciones de amor, todas bellas... Pero ninguna para él. ੈ Categoría: Romance | Fluff ፧ ੈ Extensión: OneShot ፧ ੈ Pareja: YoonKook ⚘YoonGi Top! ⚘JungKook Bttm! ፧ ੈ Edición: 02052021 ፧ ੈ Publicación: 03052021 ፧ ੈ Gráficos: Io 💕 Nota: No pude poner poner mi banner bonito esta vez, corregiré luego :)


Fanfiction Celebrities All public.

#drama #Romance #OneShot #Bts # #YoonKook
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Único


UN VIGILANTE Y UN DURMIENTE SOÑANDO DESPIERTOS


«Están escribiendo canciones de amor... Pero no para mí».


¿Qué eran aquellos tonos de un gris azulado que se colaron entre los tenues rayos de una pajiza tarde estival? Jung Kook es una hoja dorada que, a la más mínima amenaza de viento, se deja arrastrar entre los cándidos arreboles tras el horizonte. Puede sentir a la tierra vibrar bajo sus pies descalzos; y el aire que a tropezones se pasea entre sus pulmones, no podría ser ni más puro, ni más necesario que el aleteo de las pocas mariposas a su alrededor.

Pero es la quietud la que alarma, la que le hace sospechar, despertar y en el proceso, morir.

Porque no está en ningún bosque, ni en ninguna ladera que se le parezca. Son los ruidos de la inevitable polución la que embargan sus tímpanos al punto de sentirse mareado, al punto de saberse tan apelmazado como la miel que vierte una camarera sobre su premeditado desayuno de viernes. Un ligero pitido, perpetuo, molesto. Es peor que el silencio, peor que el ruido. Sostiene una taza de café en las manos y un periódico del día, mientras mantiene los orbes apagados. Observa una linda tarjeta, y suspira al corroborar las letritas doradas a su reverso. Y estaba a punto de quejarse por sexta vez en el día cuando, de improviso, las quejas ajenas le seducen en la lejanía, como una lejana gaita que llora, que se queja y se retuerce en busca de justicia.

—¡No! Toca otra de nuevo, preciosa, no te vayas, por favor —escucha a alguien vitorear al otro lado de la calle. Una saxofonista con muy mala cara que guarda su instrumento. Un hombre joven de chillones cabellos dorados que se encorva, puesto que su altura bien le lleva unos treinta centímetros a la enojada instrumentista. Y aunque no se siente orgulloso, Jung Kook no puede mantener lejos la mirada de tal par. Por lo que les observa, mientras se llena los labios de la masita que aprisionan sus tenedores, entre mermeladas de frambuesa y mieles de abeja.

—¡No! De nuevo me mentiste. —chilla la muchacha, furiosa. En los letreros del edificio que resguarda sus cabellos, se lee un gran anuncio, en donde dicta, que el gran y afamado compositor daría una presentación esa misma noche. Ante los gritos de la muchachita, quien no parece pasar siquiera de los quince años, los orbes expectantes de todas las personas que forman una gran fila para conocer al compositor, se posan inquietantes sobre el disturbio entre ambos—. ¡Kim Tae Hyung ni siquiera sabía quién eras! —profirió—, ¡Farsante!, eso es lo que eres, Min, un farsante. Ahora me dirás que eres íntimo amigo de Ella, ¿no? —Le grita entonces. Jung Kook, quien se había mantenido al tanto, por motivos meramente informativos, deja escapar un “ouh...” cuando el chico de enfrente parece sobarse la cabeza, en la parte en donde fue a dar el tacón de la saxofonista furiosa. Y mientras la chica aún no puede aguantar lo rojizo de sus mejillas o la furia que parece sostener sobre la espalda, avanza con la barbilla orgullosamente erguida, toma su calzado y dedica una última mirada de muerte hacia el muchacho de los rizos y las níveas pieles, justo antes de tomar el estuche de su sax y perderse entre el gentío.

—Hye... Mi amor...

—¡De mi amor nada! —farfulla entonces, desde la lejanía y la seguridad que le otorga aquella masa de gente—. ¡Ya no quiero verte por mi departamento!, ¡Y también quiero que saques a tu estúpido perro! Y si no vas por el piano en esta semana, ¡lo hago pedazos!

Un auch interno dejó pensando durante mucho tiempo a Jung Kook, en lo que estaba viendo, en lo que quiere pensar. Entonces, en un acto reflejo, clavó la mirada en el chico, como si esperara con ansias el ceño fruncido que en efecto, apareció en su rostro. Un asiático joven. De mirada vivaracha, pero de grandes ojeras bajo los irises oscuros. Sus miradas conectaron. Una milésima de segundo. Jung Kook bajó la mirada con demasiada vergüenza arremolinada entre las pecas. Y vio de nuevo los titulares del periódico, descubriendo que un saxofonista famoso daría una inédita presentación en... No importa el texto del periódico, sólo finge leerlo con atención.

—¿Necesita algo más, señor? —exclama la dulce camarera hacia Jeon.

Necesita un momento, solo un momento para concentrarse y responder...

—Estoy bien. Muchas gracias —susurra con una sonrisa apenada en el rostro. Sus ojos se han despegado del edificio de enfrente casi por obligación.

Cuando volvió la mirada hacia el otro lado de la calle, el muchacho ultrajado con la zapatilla de brillantes, ya no está. No puede negar que se siente en extremo decepcionado. Recuerda que odia mucho estar en esta realidad, en esta en la que la que el ruido nunca lo deja tranquilo, en donde el aire no le deja respirar, y en donde la responsabilidad de un asunto que se va a pique con cada segundo, consume cada momento de su vida. Esa misma vida que desearía desperdiciar con los pies remojados en un silencioso riachuelo en el fondo de algún bosque desconocido e inexistente. O en su defecto, en algún departamento barato en donde no dé ni el sol.

Jung Kook aplastó el papelito que aún resguardaba en su mano izquierda, y casi se atraganta con la pura miel del panqueque, cuando ve a ese mismo músico tomar asiento a tan solo una mesa de distancia de donde él lucha por mantener su vida. Y quiere mantener la calma, relajarse así le cueste lo que le cueste. Pero es imposible. Un sonoro carraspeo llama la atención, no solo del chico en la mesa de enfrente, sino en varios de los clientes que, entre miraditas curiosas y fortuitas, dudan en si se trata de hecho, de una situación de vida o muerte.

La sensación es terrible.

Hasta que unos golpecitos en su espalda, que aunque poco a poco, logran hacerlo sentir mejor, lo sacuden con firmeza para dejarle respirar. Y con ligeras lágrimas entre los ojos, clava la mirada en la mesa de enfrente; con terror corrobora que está vacía.

Pronto el calor en su espalda disminuye.

Las aves en la calle parecen parar su vuelo solo para observarle hacer el ridículo. Solo para mofarse de su desgracia.

Porque el chico de la guitarra está frente a sí, con un deje a genuina preocupación entre ceja y ceja. Se permite entonces observarlo. Tiene un poco rotos los labios, y en efecto, parece que no ha conciliado el sueño en semanas... Pero es lindo y, por sobre todo, amable.

Y a partir de ese momento, el amable muchacho, solo asiente a todo cuánto le diga, exceptuando la ocasión en la que le dijo que estaba bien, que no necesitaba que tomara una silla en su propia mesa, ni que mucho menos tenía que quedarse cerca por si otro incidente como aquel ocurría.

Se siente avergonzado. Y con premura se tapa la cara con las manos, dejando ver una serie de tatuajes curiosos en el dorso de su mano derecha. Tatuajes que en medio de una adultez temprana, se hizo con la esperanza de vivir su vida de una manera más o menos rebelde. Pero no engañó a nadie, ni a sus tutores, ni a sí mismo. Porque por dentro era el mismo chico inocente que haría cualquier cosa que le pudieran como agradecimiento… y odia tanto serlo. Odia tanto ser él mismo.

—No te preocupes, de todas formas, no pensaba irme pronto —exclama el hombre con despreocupación—. Oh, ¿o será que esperas a alguien? Qué tonto yo, tan confianzudo. Lo siento, mis hermanas me dicen todavía que debo tratar ese asunto —dice con seriedad, su boca chiquita a penas se ha abierto, y aunque sus palabras salen con dulzura, su rostro se mantiene casi impasible, como si fuera un muñeco de porcelana—. En fin, te dejo, ten cuidado con el resto de los panqueques.

—¡No! No se vaya —farfulla Jeon con timidez— Me acaba de salvar la vida. Lo último que me permitiría hacer sería echarle.

Y se recuerda las veces que ha cambiado sus planes para devolver un favor. Y lo odia, y es molesto. Pero no siempre tiene la oportunidad de huir a una realidad alterna en donde su espíritu sí encuentre paz. No quiere cambiar de nuevo. Odia el cambio, el que se da en los demás, y el que, corrobora con terror, ocurre en él mismo al pasearse por la vida.

—No te preocupes, no trato de estafarte —le dice el chico, sacándose del bolsillo un par de billetes, que aunque en fajo escueto, parecen suficientes para pagar lo que sea que pida para sí mismo—. Traigo mi propio dinero para pagar, ¿bien?


—¡Bien, fue mi error!, ¡No sabía ni quién era! Pero, seamos honestos, ¿quién realmente sabe quién es a los veinte años?

Conversan con efusividad. No han pasado ni tres horas, pero se siente como una vida hablando sobre sus peripecias. Y es agradable. Y no está mal. Y ojalá dure el resto de la vida. Pero es tan solo un primer encuentro… un primer encuentro que se siente como único e interminable.

—Yo tenía una idea... Una vaga idea de lo que era. Pero, no se trata de lo que somos, como si el ser fuera un asunto de estaticidad —Min Yoon Gi, como se habría presentado hacía unas horas, había resultado ser un chico bastante sabio. Eso, o al menos tenía la capacidad de clamar tonterías con la mayor seguridad en el mundo—. Nunca somos la misma persona. No soy el Yoon Gi que se levantó de la cama ayer por la mañana. Tampoco soy el que despertó hoy sabiendo que tenía un lugar al cual llegar, vamos, mi media hermana me acaba de botar a media calle hace rato, pero... ¿y eso qué? Yo no soy el hombre que los demás piensan que soy. Soy el Yoon Gi que cambia a cada segundo del día, el que se va transformando en pequeñas versiones avanzadas, con apenas pequeñas variantes entre uno y otro, pero que de igual manera, no puede ser ignorado, ni obviado... Lo mismo contigo —aseguró—. Dijiste que sí ayer, ¿y? Hoy has cambiado, y no tendrías por qué rendirle cuentas a cuanto idiota te reclame por no ser el mismo puto río de siempre.

Había tomado confianza con rapidez, como era su costumbre. Sin embargo, Jung Kook aún se veía tímido ante la abrumadora existencia del otro tipo.

—No es tan sencillo... Tu pareces un chico tan maduro, tan... Sabio —admitió—, yo no tengo idea de lo que he estado haciendo con mi vida, y temo, me acabo de meter en problemas peores —dijo, sosteniendo el papelito entre sus dedos— Pero... Incluso si tomo un empleo que no deseo, incluso si abandono esto también... Dioses, no puedo hacer eso, no me quedaría nada.

—¿Nada?, no pretendo ofenderte, Jeon, pero… ¿no estás siendo fatalista con todo esto? —La pregunta le sabe a sentencia de muerte, Jung Kook no puede hacer más que clavar la mirada en una servilleta y apretar los labios con mayor vergüenza—. ¿Por qué no vienes un día conmigo a una presentación? —ofrece Min de pronto. Parece haber notado un incómodo cambio en el chico, y se siente culpable y avergonzado, pero no pretende negar que la conversación comienza a molestarle, como si su misma mente le reprochara, que aunque lo niegue, se ahoga en un vaso de agua, se deja tirar al piso a la menor señal de adversidad, pero… ¿serán las cosas tan sencillas como decir “Querida hermana mayor, ya no quiero ser partícipe de lo que nuestros padres nos dejaron. Estás sola”? No, no tiene el valor, no es un hombre valiente… y quizá nunca lo ha sido—. No será nada aparatoso, unos músicos tocarán por allá, me dieron boletos porque les conseguí el contrato.

Yoon Gi le mira con picardía. Y Jeon responde a esa mirada con una ceja levantada en el aire.

—Justo como cuando le dijo a su enfadada hermana que era un íntimo amigo de Kim Tae Hyung, el engreído de los periódicos —dice, moviendo el papel sobre su mesa, ese que ha estado ignorando desde que Yoon Gi había cruzado la calle y comenzado a platicar con él… (o desde un poco antes que eso)—. No Nací ayer, Yoon.

—¡Somos amigos, lo juro! —exclama Yoon Gi con entusiasmo. Una gran sonrisa ha adornado su bonito rostro, sus cabellos rubios se pegan a su frente por la humedad y eso solo provoca un revoloteo extraño en el corazón de Jeon—. Tae Hyung solo me niega porque no me perdona que no me haya unido con él a su grupo. Pero, tu escuchaste lo que hago allá... No puedo tocar en público, por más que lo intente con toda el alma —quizá era la manera tan despreocupada, la que les había dado la capacidad de hablar con tanta soltura y confianza, Jung Kook no está seguro, pero tampoco se queja, es… agradable—. Lo mío es alentar a los demás a que lo hagan.

—Yo quisiera... Quisiera escucharlo tocar algún día. Nada aparatoso —le imitó—, solo para confirmar... Que usted es un artista, como los que tanto me gustan.

—¿Me estás coqueteando, niño? —dijo Yoon Gi, sin borrar la sonrisa de su rostro. Había algo entre sus cejas pequeñas que delataban el hecho de que disfrutaba su plática con el callado muchacho. Recargó el rostro en las palmas abiertas, y sintió cómo el calor galopó entre sus propias mejillas.

Jung Kook se quedó pensativo un rato. Tomó con efusividad su barbilla, como si se acomodara una gran barba y sonó un poquito su boca sin separar sus labios, como si sopesara por fin sus acciones.

—Mhm... No estoy seguro... —exclama con inocencia—. ¿Lo hacía?

Min Yoon Gi esboza una inconfundible sonrisa, en goma rosa de alegría y al mismo tiempo, timidez. En las calles comienza un tenue chisporroteo. De inmediato el aroma del asfalto mojado se mezcla con el del café, con el de la mañana, con el de las flores en la entrada de la cafetería, y con el nerviosismo que parece crecer entre ambos.

—Pareciera que sí —Yoon Gi ladea la cabeza al responderle.

—Entonces sí, lo hago. Pero no repare mucho en ello o moriré de la vergüenza. Podría ignorarme ¿Le parece? Yo haré lo mismo.

—No sabía que eras tan descarado, niño.

—Ni yo —exclama Jeon a penas se le desinfla el pecho porque ha tenido que reunir todas sus fuerzas para ese pequeño y torpe coqueteo—. Mañana me sentiré muy avergonzado de esto.

—No quiero.

—¿El qué?

Jeon pregunta con inocencia.

—Ignorarte.

Y entonces ambos ríen a carcajadas, primero risas muy bajitas, después risas realmente ruidosas, y se miran a los ojos de nuevo... sintiéndose cómplices por primera vez.



No solo son los saxofones, no solo es el bajo, que seductor y complaciente, parece sedar al alma cansada, en la promesa de que, al despertar, tendrá las energías renovadas. No es el aire húmedo que de tanto en tanto hace helar los huesos desde el centro hasta la superficie.

Yoon Gi sí que resultó tener contactos con las personas del teatro, porque al terminar el pequeño concierto en el club, un par de jovencitos bien vestidos, los habían conducido hasta el fondo del edificio, allí en donde los camerinos posaba preciosas estrellas doradas en medio de la obscuridad de los pasillos.

Una puertecita se abrió, y Jung Kook vio con asombro al conjunto de músicos, quienes ocupados y alegres, se movían entre la salita común, todos metidos dentro del camerino de Ella.

Cuando Yoon Gi le invitó, hacía unos tres días atrás, algo en su interior le impidió creerle. Quizá había sido la manera en la que aquella hermanita había salido furiosa ante sus mentiras.

—¿En dónde está la reina? —pregunta Min, como si preguntara por una vieja amiga.

—¡Mala suerte la tuya, MinMin! —dice alguien al fondo, con travesura entre los labios. Es el sax barítono de la banda, lleva un bonito traje y una sonrisa bobalicona enmarcada en piel canela—. La reina no quiere saber nada de ti, a menos que te unas a nosotros. Y la verdad, yo tampoco quiero… —Entonces el músico parece notar que hay visita. Y de nuevo dirige sus ojos directo a los de Yoon Gi, con los ojos interesados por ese reciente descubrimiento en Min… ¿Desde cuándo está ese guitarrista tan alegre?

Y eso lo notan todos los músicos de la banda. Ji Min, el clarinetista; Seok Jin, el pianista; Nam Joon, el bajista…

—¿Pero qué cosa tan linda tenemos por aquí? —pregunta Ji Min, girando sobre sus talones con bufonería, solo para avergonzar a Yoon Gi con su nueva cita—. Me llamo Ji Min, sí algún día te aburres de este tonto, llámame por favor.

Jung Kook enrojece de la vergüenza, porque Ji Min le ha tomado de la mano y besó su dorso con soltura.

—No le hagas caso —dice Yoon Gi con suavidad—, le gusta jugar con todo el mundo.

—Sí, me gusta. Pero, ¿te digo un secreto? —susurra el pequeño rubio al oído de Jeon—, a Yoon Gi le gustas muuuuuuucho más. Espero que sea mutuo, o será una molestia limpiar sus lágrimas durante semanas.

—¡Ji Min! —reprende Nam Joon al fondo. Quien también atraído por la curiosa escena, se ha avanzado entre sus compañeros para saludar al invitado—. No le hagas caso. Es el menor de nosotros. Todavía le faltan modales.

—¡Como sea! —exclama Tae Hyung en lo que coloca su instrumento entre sus manos—. Basta de hablar de Ji Min, que se le sube a la cabeza y luego ya no quiere tocar.

—¡Qué melodramáticos! Me dejan mal parado en medio de la cita de MinMin.

—Él no es mi cita… somos amigos —balbucea Yoon Gi, porque aunque la idea de tener una cita con el chiquillo es maravillosa, no le gustaría que las confusiones incomodaran a Jeon. Una mirada de reojo, y casi no puede notar esa mirada de decepción que se ha figurado en el rostro del pequeño.

Jung Kook sonríe sonrojado de todas formas.

—¿Por qué no se quedan esta noche? La reina cantará en vivo hoy. Pueden tomar una mesa de las de enfrente —Nam Joon ofrece con amabilidad, justo antes de observar cómo asienten ambos y se encaminan hacia los asientos. Sin embargo, no pierde la oportunidad de atraer a YoonGi y mantenerlo cerca de sí—. Yoon Gi, no te me vayas —le susurra al oído, como si clamar a un secreto—, que esa no cita tuya parece hacerte muy feliz —la picar día en el rostro de Nam Joon se refleja de inmediato entre sonrojo y risitas apenadas—. Me alegro tanto por ti.



Los días habían pasado. No siempre eran días nublados y la cafetería al frente del teatro no siempre abría temprano. Pero lo que sí era constante, era la presencia de un par singular en la entrada de una calle u otra. A veces pedían desayunos deliciosos y se quedaban riendo durante horas, ya sea sobre los chistes tontos de Jung Kook o sobre las anécdotas en el escenario de Yoon Gi; A veces solo se sentaban en un banquito, muy cerquita del otro, disfrutando de la compañía mutua.

Entonces llegó… ese día. En uno de sus separados y auténticos viernes, Jung Kook llegó con la cara pálida al mismo sitio en la entrada de la cafetería. Ya no saludó a la camarera, sino que a tropezones se tiró a los brazos de Yoon Gi, sin dar explicaciones, ya fuese porque no tenía la capacidad de darlas, o porque no quería que esas razones salieran de sus labios.

Con suavidad Yoon Gi le había llevado fuera, con preocupación emanando de cada poro en su cuerpo. Y tras unas plantas descuidadas, Jung Kook terminó por vomitar su bilis. Temblaba tenuemente, sin poder explicar ya nada.

—Dios, Kook… ¿Qué pasó contigo?

Ante la pregunta, solo pudo comenzar a llorar. Un llanto que se ahoga y se tropieza, que se entorpece con el quiebre de los corazones ajenos, que se cristaliza con el pasar de los minutos, minutos que dolorosos e inevitables, le saben a desolación. Jung Kook se limpia la boca con asco. Odia vomitar, odia llorar en público, odia la realidad, odia su vida. Y a la menor oportunidad, no sabe si se ha tirado a sus brazos o si, por el contrario, es Yoon Gi quien le ha acunado, pero no se siente con las fuerzas para soltarle y aprisiona los bordes de su chaqueta con los dedos temblorosos. No tiene ahora las fuerzas para soltarle… pero, ¿cuándo ha tenido fuerza ante el mundo que le lastima?


—No podría... Hay demasiadas cosas que aún me duelen aquí abajo. Porque tengo miedo, porque estoy aterrado, porque usted me aterra. Porque he escuchado miles de canciones de amor, miles de historias perfectas, y me temo que cada vez que lo intento, me confirmo con dolor... Que el amor es una cosa maravillosa, para los hombres que yacen sobre el mundo... Pero no para mí.

—No... No me digas eso, Jung Kook... Pensaré que solo buscas palabras en tu amplio repertorio solo para rechazarme con gracia. Y lo siento, pero en tus palabras no hay ni tacto ni gracia. Duelen de igual manera.

—¡No es lo que quiero decir!; Yo a usted lo quiero muchísimo.

—¿Entonces?, ¿cuál es el problema?

—No puedo, simplemente no puedo... La idea de despertar siendo otra persona. No la soporto —en su tono quebradizo aún baila de decepción. Porque esa hermana a la que no pudo hacerle cara, ahora estaba muerta. Y aunque no debería, atribuye esa muerte a un amor fallido. De esos que vacían, de esos que se llaman amores pero que no están ni de cerca de serlo—. ¿Qué tal si un día nos levantamos y nos damos cuenta de que no queremos estar juntos?

Quizá es el luto el que no le deja pensar claro. Quizá es la manera en la que la vida le sucede, agria, implacable, lastimera. Pero no sé cree capaz de querer a alguien, no ahora. Quizá no hoy, quizá nunca.

—El cambio es inevitable, Kook... —dijo Yoon Gi con suavidad, con comprensión, con la gentileza con la que se le habla a un inocente—, pero el carácter de inevitable no lo hace... malo. ¿Un retoño se vuelve desagradable al convertirse en flor?, ¿un instrumento pierde su valor mientras más se le toca? Pienso que, al contrario, es el tiempo, el inexorable paso de las estaciones bajo nuestras uñas y bajo nuestras pieles, el que le otorga un sabor más dulce a la vida. Este es un muy mal momento… Pero estoy convencido de que no es una mala vida.

—¿Cómo puede estar tan seguro?

—Te me has presentado como una bendición, Jung Kook.

—¿Dirá lo mismo para cuando seamos ancianos? —dice el muchacho, con el abrigo negro y el halo apelmazada brillando entre las lágrimas de sus mejillas. Porque teme que el amor le haga despreciar la vida… y teme todavía más llegar a ese punto del no retorno. En donde el juego termina, y las cenizas arden para siempre entre los recuerdos de los que se quedan.

—Con seguridad, Jung Kookie.

Esa es la respuesta que recibe, esa es la única solución que Yoon Gi puede otorgarle. Y no importa cuantos años pasen, no importa cuantos aniversarios se arremolinen entre sus pestañas, ni cuantas marquitas se posen con ternura en su rostro... La respuesta en el chico de los cabellos dorados es siempre la misma. Y, sin poder siquiera evitarlo... Jung Kook cambia. Todos los días. Esperando en que, en cada cambio, sea un poquito mejor que el día anterior, porque aún si nunca pensó que el amor fuera para él, aún si había pensado que nunca se recuperaría de aquellos dolores incalculables que causaban las pérdidas, ahora podía decir con alegría... Que se había equivocado.







03052021

Love, Sam 🌷


May 3, 2021, 11 p.m. 0 Report Embed Follow story
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To be continued... New chapter Every Monday.

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