El tren de las 4:50 Follow story

pablodv1979 Pablo Velazquez

La melancolia de una estacion de tren, el amor prometido y el impiadoso correr del tiempo.


Drama All public.

#amor #tren
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UNO

Consultó una vez más la hora. Las agujas marcaban las cuatro y diez. Observó a través de la ventana, buscándola entre el vapor de las máquinas y la gente que transitaba el andén, pero ella no estaba allí. Volvió a mirar su reloj. Estaba ansioso.

En el bar de la estación comenzó a sonar una canción de Edith Piaf. Hablaba de un amor sin lamentos, de una entrega sin mirar atrás. Le pareció divisarla al otro lado del hall principal. No, no era ella. ¿Acaso se habría arrepentido? ¿Dudaría de su amor?

Apuró el whisky y pidió otro. Lo habían planeado con cuidado. Se encontrarían en Paddington y tomarían el tren rumbo a Plymouth, al suroeste del país. Desde allí cruzarían al continente. A su nueva vida.


Miró la copa y recordó las presiones de su familia para salirse de esa relación. La insistencia de su madre y los gritos de su padre:

— ¡Eres un Cavendish por Dios santo! ¡Compórtate!

—Nunca lo entenderás padre, no espero que lo hagas.

—Soy un Lord y conservaré nuestra posición en esta familia sin dudarlo. ¡No oses ponerme a prueba!

La última vez que la vio fue una semana atrás. Acordaron separarse unos días para apaciguar las aguas. El vendría a la ciudad a preparar el viaje. Ella se quedaría en la casa de campo, sosteniendo la versión de que habían puesto fin a la relación. Se encontrarían aquí. Hoy.

El mozo le alcanzó el whisky. Edith Piaf entonaba los últimos versos de “Non je ne regrette rien” en el fonógrafo. George tomó su copa, cerró los ojos y escucho:

“¡No! nada de nada,
¡No! no lamento nada.
Porque mi vida,
Porque mis alegrías,
¡Hoy comienzan contigo!”

Contigo repitió él, y sonrió. Dándole un sorbo al trago.

En el centro del hall se escucharon las campanadas del reloj marcando las 4:30. Mientras los primeros pasajeros comenzaban a subir, el guarda del tren arrancó su recorrida anunciando la próxima partida.

George pagó su cuenta, soltó unas monedas a modo de propina y atravesó la puerta vaivén que comunicaba el bar con la estación. Una vez allí se detuvo un momento a escudriñar el andén. Paseó su mirada de un lado a otro. Nada.
Impaciente y decidido a buscarla, se dispuso a recorrer el tren, sopesando que, quizá, la encontraría allí.


Paso junto al puesto de periódicos en el momento en que el repartidor vociferaba:

— ¡Extra…extra! crimen y misterio salpican a la realeza... lleve su ejemplar ¡Extra!”

Pero George ni lo oyó ni se percató de su presencia. Su mente estaba abstraída. Inmersa en la búsqueda. — ¿Dónde estás amor? Por favor no te ocultes de mí. —Sus labios suplicaban al tiempo que dejaba atrás un nuevo vagón.

Atravesó uno, dos, tres coches. A cada paso que daba, su preocupación iba dejando lugar a la desesperanza. Sintió la frente sudorosa y miró sus manos que temblaban. Levantó la vista y se encontró frente a la locomotora. Había recorrido toda la formación sin hallarla. Eran las 4:45.

Allí, en ese lugar tuvo un precario instante de lucidez. ¿Será que…? La expresión de su cara se transformó cuando se lanzó a la carrera cruzando el andén. Agitado y estremecido, alcanzó el puesto de periódicos.

Se acercó al niño, y, titubeante, le señalo los diarios que tenía bajo el brazo. Casi sin habla le pidió un ejemplar, entregándole un puñado de billetes.

—Señor... espere, ¡Señor! ¡Solo son 5 peniques y aquí hay casi cinco libras!

Pero él ya no escuchaba. El terror se había apoderado de su rostro. Con estupor miraba fijamente las letras de molde del periódico. A lo lejos el silbato indicaba la partida del tren de las 4:50.

George se vio morir de pie. Evoco la imagen de ella sin razón y comprendió entonces su soledad. Cayó de rodillas al suelo, con un grito mudo, agarrándose la cabeza. Las hojas del diario volaron sobre el andén impulsadas por la corriente de aire que generaba el tren al ponerse en marcha.

El mozo del bar resopló al ver que otra vez tendría que juntar los papeles que el tren dejaba a su paso. Recogió colillas de cigarros, papeles y hojas sueltas de un periódico. Antes de levantarlo del suelo alcanzo a leer en su portada:

“MACABRO CASO SACUDE A SCOTLAND YARD… Hallan asesinada de cuatro puñaladas a la hija del jardinero. La muchacha fue encontrada en los jardines de la finca Cavendish.”

Afuera un hombre lloraba desconsoladamente.

March 13, 2017, 6:44 p.m. 1 Comments Report Embed 3
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