carmengo28 Carmen GaOr

Alguien alguna vez escribió: "Al final, solo nos arrepentimos de las oportunidades que no tomamos." Marian conoce a Eric desde los 15 años. Una tarde, ella lo observa patinar desde la ventana de un autobús. Es ahí donde la historia de ambos comienza... ¿O acaba? -------------------------------------------------------- Creada para el desafío mensual Song Teen. Inspirada en la canción "Hush Hush" de Avril Lavinge. Ganadora general en el Concurso de Historias del perfil de Wattpad Safira_the_hedgehog; y ganadora en su categoría "Historias Cortas" el 01/06/2021. 🏆 Obra registrada en Safe Creative. Código identificador: 2105137813801


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Nadie en la Tierra

Primer año de preparatoria.

Suspiré con alivio cuando salí por las puertas de la escuela, caminé hasta la esquina de la calle y de inmediato se detuvo el camión que me llevaría directo a casa. Ese, era de los pocos días que podía irme de la escuela temprano —sin ensayos de danza o del equipo de porristas—. Lo que se traducía a poder comer algo decente hecho en casa y dormir un par de horas por la tarde, esperando el regreso de mi madre de su trabajo. Subí y pagué mi pasaje; no iba tan lleno, así que pude sentarme de inmediato, en un lugar junto a la ventana.

«El mundo me sonríe.»

Aunque la terapia estaba funcionando, la depresión aun me hacía sentir que la vida todavía era un tanto sombría y pesaba como una losa sobre mis hombros. Me seguía costando sonreír de forma espontánea y disfrutar de mis momentos presentes. Así que vi todo aquello, que para muchos podría ser burdo, como un mensaje del Universo que me decía: «este día no voy a tratarme tan mal».

«Shh.»

Algo me hizo mirar por la ventana. No sé lo que fue ¿Un auto? ¿Los árboles? ¿La imaginación? ¿El destino? No lo sé. Miré a través de ella; y al mirar por el cristal, lo vi.

Supe de inmediato que era Eric. De cuerpo delgado, cabello rizado y rubio inconfundible, aun debajo de ese gorro de tela azul y dorado que siempre usaba; su característica particular. Iba montado en su patineta anaranjada y azul eléctrico, con la mochila en la espalda. El perfil de su rostro se apreciaba con claridad, remarcado por sus lentes de armazón cuadrado.

No era la primera vez que lo veía, por supuesto. Lo había conocido un año atrás; cuando tuve que cambiarme de escuela. Me llegó aquel vago recuerdo: Me sentaron apenas unas bancas delante de él. Eric nunca paraba de hacer chistes. Y todos me hacían reír. Quería que él supiera que era gracioso —mucho más que varios que juraban serlo—, pero en cuanto giraba para poder integrarme y hacerle notar que me divertía, él componía su gesto y dejaba de reírse de forma extrañamente abrupta.

«—¿No le agrado? —le pregunté a Alexis, la cuarta, o quizá quinta vez, que ocurrió eso.

Alexis apenas lo miró de reojo y se encogió de hombros.

—A veces hace eso —contestó simplemente.»

En ese momento, asumí que yo no le agradaba a Eric por mi personalidad conflictiva de aquella época oscura, que además era entintada por mi casi inexistente autoestima —la cual no me ayudó en absoluto en seguir intentando—. Y sin contar mi falta de interés por hacer lo que fuera que implicara esfuerzo emocional.

Así que, como el plan de integrarme en su círculo falló, comencé a buscar en otras personas, hasta que logré hacerme de un espacio y un fiel grupo de amigas.

Entonces, mi mente saltó a un recuerdo de la semana pasada. Nos habíamos cruzado en uno de los pasillos. Él acompañaba a un chico nuevo, Esteban, que parecía estar interesado en mi amiga Arianna. Esteban, que ya me conocía, vio en mi amistad con Arianna una buena oportunidad para acercarse y sacarle conversación. Cómo yo no quería interponerme, me giré hacia Eric y lo saludé.

«—Te has crecido mucho —le dije, sin pensar. Medía alrededor de un metro setenta y cinco cuando lo conocí, yo mido un metro cincuenta y seis desde los doce, claro que él en menos de un año había llegado, o quizá pasado, el metro ochenta.

Eric pasó la vista hacia mí y se ruborizó. Apenas me tartamudeo un saludo y logró decirme cuanto medía.

En ese momento, saqué dos conclusiones: o en verdad me aborrecía, o padecía de una timidez extrema para con las personas que no conocía, o que conocía muy poco —como obviamente era mi caso, por haber sido nueva en la escuela cuando intenté acercarme.»

Me mordí los labios para evitar soltar una risa en pleno autobús. Lo seguí observando. Iba totalmente concentrado en el camino, pero con el rostro calmo. Tenía los ojos pardos, entre verdes y cafés, levemente cerrados por el poco viento que lograba colarse por sus lentes. Su cabello se movía de forma ligera, al igual que su ropa. Me quedé abstraída en la manera en que tomaba impulso con una de sus piernas, para luego dejar que la patineta avanzara sola, mientras inclinaba todo su cuerpo de manera casi imperceptible, para moverla y mantenerse estable sobre ella.

Y justo en ese instante, algo cambió. Algo en mí… se activó. Fue, como una especie de punzada, que inició en el centro de mi plexo solar y se extendió por mis costillas, llegando hasta mi garganta, implosionando hasta el centro de mi alma. Algo cálido y… ¿emocionante? Sí. Sentí una clase de apremio, de… ternura. Eric me produjo aquel sentir que por tanto tiempo había desaparecido, y que anhelaba poder sentir de nuevo; esa paz interna, esa especie de satisfacción. Sentir aquello fue bello, hermoso. Arrasador. Me cautivó por completo y me arrancó una sonrisa tan real, que duró incluso después de que el autobús lo rebasó y yo lo perdí de vista.

«Shh.»

Sí, en definitiva, no era la primera vez que lo observaba, pero si fue la primera vez que realmente lo noté.

«Shh.»

Y entendí, en esa fracción de instante, que no importaría si pasaban cinco, diez o incluso veinte años, jamás olvidaría ese momento. Ni esa sensación.

Un mes después.

—Al fin —soltó Esteban—. Comenzaba a pensar que tendría que revender tu boleto.

Arianna y yo miramos a nuestra espalda. Eric se detuvo justo a un lado de Jana y Mily.

—¿Vas a entrar con nosotros? —solté como saludo, porque siempre he tenido la mala costumbre de primero tirar mis comentarios y luego ser cortés. Obviamente se ruborizó.

—No creo que sea tan amable como para solo venir a hacernos compañía en lo que entramos —ironizó Jana, mirándome.

¿El tímido Eric en un concierto de Ska? Me costaba trabajo creer siquiera que fuera una persona de conciertos en general. Mucho menos cabía en mi cabeza que fuera a lugares donde la gente se golpea una a otra con el cuerpo, por mero amor a la música.

—La verdadera sorpresa es que tú estés aquí —me contestó Eric con la voz un poco temblorosa—. ¿Esto no cuenta como traición?

Yo bufé, mientras el resto se reía. El rock alternativo, metal, hard rock… eso era lo mío. Mi banda favorita se movía dentro de esos géneros. Me gustaban tanto que en una materia hice una exposición sobre su integración y su discografía. Ni siquiera había visto las láminas; recité todo de memoria. Y eso, como no pudo ser de otra forma, derivó ciertos prejuicios.

—No te preocupes, nadie va a lincharme.

Él sonrió y se puso a conversar con Esteban.

Esa noche fue de las mejores que tuve en años. Poco a poco, estaba logrando mejorar. Disfruté esa salida como un real atisbo de calma emocional. Esa noche, bailé hasta que mis pies ardieron, y canté tanto y tan fuerte que la voz se me acabó. Me descubrí disfrutando ese presente.

Me aparté del camino de dos chicos que se empujaban entre ellos. En el traspié, le di un empujón a alguien por la espalda.

—Uy…

El chico giró. Tuve que alzar mucho mi rostro para poder ver el suyo. Era de piel apiñonada, el sudor caía por su rostro y su cuello y se perdía dentro de su playera, su cabello lacio y castaño estaba totalmente despeinado.

—Hola —dijo en un grito, para que pudiera oírlo, dándome después una sonrisa reluciente—. ¿Te lastimé?

—No. —La voz se me quebró. «Mañana estaré afónica.» Negué con la cabeza, para que me entendiera sin que yo tuviera que arruinar más mi garganta, alcé el pulgar y le regresé la sonrisa.

Alguien me rodeó con su brazo. Su aliento entrecortado chocó con mi oído.

—Si te quedas quieta, alguien va a atropellarte.

Alcé la mirada, apartándome el cabello del rostro. Eric se había quitado sus lentes. Como todos en el lugar, estaba rojo y sudoroso. Desvió la mirada de mí para observar al otro chico, que también lo observaba a él. Si miraron otro par de segundos, hasta que el chico de piel apiñonada nos sonrió y se perdió en el tumulto de gente.

Eric permaneció quieto otro rato.

—No eres tan tímido como pretendes, eh —le dije al oído.

—Y tú no eres tan ruda como pareces —me respondió él.

Lo miré con sorpresa —creo que incluso mi boca formó una pequeña “o”—. Confiado, Eric enarcó una ceja con picardía, sus ojos brillaron, al tiempo que las comisuras de sus labios se estiraban, mostrando parte de sus dientes. Fue la primera vez que lo vi reír con total soltura.

—Eres muy divertida, Marian.

Me soltó de su abrazo, pero de inmediato tomó mi mano y me hizo saltar de un lado a otro, con él aun riendo. Su entusiasmo me contagio por completo. Pasamos el resto del concierto juntos. Con una persona que, a simple vista, parecía totalmente opuesta a mí. Alguien a quien pensaba no serle agradable. Alguien con quien definitivamente jamás imaginé tener cosas en común.

«Shh.»

—¿Cincuenta por una bolsa con cinco frituras dentro? Ya pagué por mi boleto. Esto es un robo.

Lo decía muy en serio; aun así, Jana y Arianna se rieron. Aun no retomaba el aliento, y mi espalda y pecho aun estaban perlados por el sudor. Ya era media noche, tenía hambre y sed, pero el precio de esa comida era groseramente alto. Mis amigas se alejaron unos pasos. Yo me quedé parada frente al lugar de comida un rato más, considerando seriamente si valía la pena gastar mi dinero en eso. Alguien bufó a mi lado.

—¿Setenta y cinco por un refresco? Apenas tengo para las frituras.

—Te lo digo: Un maldito robo —espeté, haciendo un ademán con las manos. Miré a Eric por el rabillo del ojo. Él sonrió, pero no dijo nada más.

Se acababa el concierto y él Eric extrovertido volvía a esconderse.

¿Sí? Pues yo no iba a permitir eso.

—¿Quieres compartir? —Eric giró la cabeza y bajó la mirada para poder verme «Condenado alto». Se ruborizó.

—No tengo para…

—Mira, tengo demasiada sed. Estoy dispuesta a comprarlo y darte la mitad si tú compras las cinco frituras en bolsa ¿Te gusta la idea?

El rojo en sus mejillas que volvió más intenso. No contestó de inmediato. Estuve a punto de tomarlo como una negativa, hasta que dio un paso al frente y pidió las cosas.

—¿Me pasas el dinero?

Con una sonrisa, me acerqué y le di el dinero; Eric tomó las cosas y nos fuimos a sentar con el resto. Nos sentamos juntos y compartimos. Frente a nosotros, Esteban y Jana nos miraban con expresiones que pasaban de la curiosidad a la sorpresa. Abrí la boca para preguntarle a Jana, pero el celular de Eric sonó. Me dejó el vaso de refresco y se levantó para tomar la llamada.

No quise verme abusiva, así que esperé a que regresara para volver a tomar del refresco.

Cuando regresó le ofrecí las cosas.

—Me tengo que ir —anunció. Se giró hacia mí y negó con la cabeza—. Termínatelo tú. —Volvió a mirar al resto—. Nos vemos el lunes.

Se despidió de Esteban y de nosotras con un leve movimiento de cabeza. Lo vi irse. Cuando lo perdí de vista, me tomé el refresco con más lentitud.

—Que interesante —Arianna se sentó junto a mí y tomó una fritura.

—¿Qué? —dije, distraída.

—¿Cómo que qué? —dijo Jana—. Estuviste hablando con Eric.

«¿Eh?»

Fruncí el ceño, confundida. Las miré.

—Hemos ido a muchos conciertos con él —contestó, mirando el refresco. Se lo ofrecí. Tomó un sorbo y me lo devolvió—. Nadie, ha logrado sacarle conversación, salvo Esteban… y ahora, tú. Es demasiado tímido.

—Le ofrecí comida y bebida ¿Quién dice que no a eso?

—¡Salieron!

Las tres miramos en dirección de los gritos. Los integrantes del grupo habían salido para tomarse fotos con los fanáticos. Arianna y Jana se levantaron de un salto y corrieron hacia ellos. Yo no iba a tirar mis setenta y cinco de refresco, así que fui con más calma.

Mientras me acercaba y me tomaba lo que faltaba de la bebida, me sentí un tanto rara. Cómo si la ligera frescura que experimenté a lo largo del concierto volviera a escaparse de mi cuerpo.

«Shh.»

Cuando el rostro de Eric llegó a mi mente, el pecho me punzó.

Entré a la clase de Biología el miércoles siguiente, y de inmediato me desubiqué.

En nuestra preparatoria se asignaban los lugares a inicio de curso, por lo que sabía perfectamente donde debía sentarme, sin embargo, alguien ya estaba sentado ahí. Y cómo una especie de acuerdo nunca hablado, aquello me decía que esa persona necesitaba mi asiento para sus asuntos particulares, y yo debía sentarme donde pudiera, sin levantar mucha sospecha.

Vi un lugar vacío y me senté. Dos segundos después alguien se sentó a mi lado.

—Yo me siento a la izquierda —dijo.

—Soy zurda así que me quedo de este lado —Alcé la mirada, con firmeza para mostrar mi determinación. Los ojos pardos de Eric me observaban con cautela—. Oh, yo… perdón.

—Ya llegó la profesora, quédate ahí. —Eric sacó su cuaderno—. Ella es muy consciente de que estoy por tomar el examen de segunda vuelta, si hablamos mucho, o te giras a hablar con Adia, se dará cuenta de que no es tu sitio.

Parpadeé un par de veces y luego me giré hacia el frente.

Mi mente reaccionó diez minutos después.

—¿Vas a presentar segunda vuelta? —le susurré, asombrada—. ¿En Biología?

Eric me dio una mirada rápida.

—No todos somos diestros en la materia como tú, Marian.

Me quedé mirando a Eric. En mi defensa, no era una prodigio, pero debía aceptar que sí era la única materia en la que destacaba sobre Fer y Adia —que eran por mucho las más inteligentes de la generación. Estaba muy orgullosa de mis amigas—. Aun así, me sorprendió que Eric, un buen elemento en las Matemáticas y la Física tuviera problemas con Biología.

—¿Y no quieres ayuda? —Eché un vistazo a la profesora—. Quizá aun puedes salvar la materia.

Eric giró el rostro para verme. Tenía los ojos abiertos de par en par, entre conmocionado y… ¿asustado? ¿alegre? ¿agradecido? No lo entendí muy bien.

—Bueno… —Se lo pensó un momento—. Sí, está bien —repuso—. Gracias.

Volví a descolocarme. No pude evitar sentir que aquello era una especie de cliché.

Al final de la clase, le pasé mi número, con la promesa de que él me hablaría esa tarde para que yo pudiera ayudarle a resolver sus dudas. Nunca tuve la intención de que aquel simple acto llegara a significar tanto. Pero así fue. Lo ayudé a intentar salvar la materia —no se logró, pero sacó un buen ocho en el examen de segunda vuelta—. Y el me ayudó con Matemáticas. Poco a poco, comenzamos a intercambiar mensajes sobre otros temas que no tenían que ver con la escuela, empezamos a compartir pequeñas bromas privadas, más música. En algún punto intercambiamos prendas, yo llegué a quedarme su famoso gorro, y él mis bufandas.

«Shh.»

Entonces la magia se apagó.

Empezó recuperando a su verdadero compañero de asiento en la clase Biología, luego, volvió a ponerse serio cada vez que me reía de algún chiste suyo. Me di cuenta de que algo no estaba bien cuando literalmente dejó de hablarme, por mensajes y en persona.

Una mañana, llegué a mi casillero; abrí y comencé a guardar mis libros. Por el rabillo del ojo, vi a Eric acercándose al suyo.

—Hola —le dije, con una sonrisa.

Eric me devolvió el gesto, abrió su casillero, tomó sus libros, cerró y se fue sin decir nada más. Me quedé mirándole desconcertada, observando cómo se alejaba.

—Eric es un alma libre, cariño —me dijo Martín. Se recargó sobre la puerta de mi casillero, y me recorrió con la mirada—. Ya se dio cuenta que eres muy densa para alguien tan liviano como él.

—Me fastidias. —Lo manoteé para que se quitara de la puertecilla—. Piérdete.

Cerré de golpe y le di la espalda. Fue un comentario insidioso, por supuesto. Martín aún tenía ese fiero deseo de hacerme daño, pero cómo alejar a la gente tóxica cuesta sudor y lágrimas, no pude evitar pensar en sus palabras durante el resto del día.

Aunque me reventara el hígado, Martín tenía un punto a favor: Eric era demasiado fluido y sereno, yo todavía era ese pajarito que apenas comenzaba a aventurarse a salir de la jaula en la que tanto tiempo estuvo encerrado. Todavía no estaba totalmente lista para adentrarme en la campaña de ligar con alguien nuevo. Pensé lo feliz que me sentí en el concierto ¿Tenía preguntas? Sí, muchas. Preguntas que no hice. Ni siquiera me tomé la molestia de intentar hacerlas, no después de aquellas obvias evasiones por parte de Eric.

Así que esa noche, dando vueltas sobre mi cama, llegué a un veredicto: Seguir adelante, y que cada uno viviera su vida. Le dije adiós.

Lo dejé ser esa alma libre, que tanto me gustaba que fuera.

«Shh.»

Siete meses después.

«Hola Marian. Voy a comprarle un regalo a mi hermana el jueves, por su cumpleaños. Sé que tienes entrenamiento, pero podemos irnos en cuanto salgas ¿Quieres acompañarme?»

Me salí de la app de mensajes y volví a entrar, por si era un error del teléfono.

No. El mensaje seguía ahí.

¿Eric me estaba proponiendo salir? Bueno, no. Me estaba proponiendo acompañarlo a comprar un regalo a su hermana. Tal vez tenía problemas con elegir el regalo y tal vez su hermana y yo compartíamos gustos, o algo.

Llegó otro mensaje.

«Yo invito la comida.»

Solté una carcajada.

«Buen chantaje. Innecesario, pero muy bueno. Claro que sí. Vamos.»

«¡Perfecto! Te espero el jueves, fuera del gimnasio.»

No pude responderle. No supe que decir.

—No puedo creerlo —soltó Eric, mientras cruzábamos una calle—. Haces tres horas diarias de ejercicio, cinco días a la semana, ¿y te estas quejando de caminar unas cuantas cuadras?

—En mi defensa —rebatí—, acabo precisamente de pasar tres horas dando saltos y haciendo acrobacias. Las piernas me están matando y las calles del centro son muy largas.

Apenas salí de mi entrenamiento, Eric ya me esperaba afuera del gimnasio con una botella nueva de agua fría. Tomamos el autobús y después el metro. Dioses, fue como si nunca hubiéramos dejado de hablarnos.

—Lo que digas —se burló—. De todas maneras, que bueno que aceptaste.

—¿Tu hermana es muy complicada con los regalos?

—No en realidad. Sé muy bien que quiero regalarle. En realidad, estoy más interesado por conocerte en otro ambiente que no sea la escuela.

Atisbé a ver el rubor en sus mejillas antes de que girara la cara. Yo no supe como tomarme el comentario.

«Shh.»

Llegamos a la tienda y, justo como había dicho, Eric supo de inmediato la prenda que quería, y la talla. Cuando se la dieron, él la observó por un momento, para luego mirarme a mí. Me puse nerviosa ante su escrutinio.

—No estoy seguro ¿Puedes probártela?

«¿¡Qué!? ¿¡Por!?»

—No creo…

—Póntela encima —Como no respondí, Eric intentó de nuevo—. En serio, necesito estar seguro.

Puse los ojos en blanco, en un gesto irónico. Tomé la prenda y me la probé. Cómo estaba bajo el ojo crítico de Eric, comencé a dar vueltas sobre mí misma, fingiendo modelar la playera. Eric captó mi broma y comenzó a reírse.

—No sé para qué necesitas que yo me la pruebe —dije sacándome la prenda y devolviéndosela.

—Mi hermana es unos diez centímetros más alta que tú; también es bailarina, así que tienen complexiones similares.

Los nervios se me aplacaron apenas una fracción.

Con la compra hecha, fuimos por la comida prometida —No quise dejarlo invitar todo, pero sacó a tema el robo de refresco a setenta y cinco pesos, diciendo que quería compensarme por el gasto. No tenía ganas de discutir, así que terminé accediendo. Tenía muchas preguntas, pero seguí sin preguntar.

Caía la tarde, y yo ya estaba más que cansada, así que nos detuvimos bajo una estatua en forma de caballo, para que pudiera darme un buen respiro. Me quedé observándolo, por el rabillo del ojo, esperando que Eric dijera algo.

—Entonces —me dijo—. ¿Qué ha sido de ti?

—He estado bien. —Apenas sonreí—. Tranquila.

Silencio.

—¿Te acuerdas del chico del concierto? ¿Con él que choqué? —Sonreí sin darme cuenta—. He estado saliendo con él.

Su nombre era Jordan. Había resultado ser primo del novio en turno de Adia. Lo volví a ver un mes después del concierto, nos reconocimos y nos llevamos bien de inmediato. Sabía de sobra que Jordan estaba interesado en mí desde esa noche, pero había sido hasta hace poco que yo accedí a salir un par de veces con él.

Miré a Eric. Su semblante había cambiado. Me dio la impresión de que él no sabía ese dato. De todas formas, su reacción me confundió.

—¿Y esa cara? —solté.

—Yo… bueno… No esperaba escuchar eso.

«Ah.»

—Bueno, no es nada serio. —«¿Por qué le decía eso? No era de su incumbencia.» —. Me agrada, pero creo que no es mi tipo —Me detuve—. No pensé fuera raro, para ti.

—Antes. Pero, ahora…

—De hecho, me sorprendió que me pidieras venir.

«¿Pero qué demonios me pasaba?»

—Me gusta estar contigo.

«Shh.» Traté de callarme, pero la risa irónica escapó de mis labios.

—Lo ocultaste bien estos meses.

—Tienes razón. —Se ruborizó—. Pero es que es… complicado.

«Shh. No digas ni una palabra.»

—Bueno, ya estamos aquí. —Me crucé de brazos—. Explícame.

En el fondo, no quería escucharlo. Sabía que era peligroso. Sabía lo que venía.

«Sigue adelante, vive tu vida. Sigue adelante, di adiós.»

—¿Entonces?

—No.

—¿Entonces?

—Nada. Es… delicado.

¿Que estaba haciendo? Dioses, el corazón me palpitaba en la garganta. El aire se había quedado atrapado en mis pulmones. Mi cabeza había entrado en una especie de shock y no daba ni una señal de querer responder.

Y es que yo… Oh, había esperado mucho. Intenté esconderlo, pero todavía creo —a pesar de todos los meses que pasamos lejos—, que nosotros fuimos hechos el uno para el otro. Me había guardado tantas cosas, y ahora, ahí estaba él. No diciendo nada, y al mismo tiempo, diciéndolo todo. Era muy claro, ¿no? Yo solo… tenía que tocarlo.

«Shh. No se lo digas ni a un alma.»

—No quiero que me juzgues —murmuré. No supe bien como, pero nuestros rostros se habían ido acercando a lo largo de la conversación.

—No tendría por qué hacerlo —respondió, en el mismo tono bajo.

No tenía intención de besarlo, pero cuando esas palabras salieron de su boca, algo en mí se rompió… y se volvió a unir en una bellísima fracción de momento. Uní mis labios con los suyos. No fue un beso normal. Fue calmado y fuerte. Cargado de ansiedad. De… anhelo. Pero también fue doloroso, sufrido. Algo quizá no del todo sensato. El tiempo retrocedió a esa tarde: Volvía a mirarlo por la ventana del autobús. Eric volvía a estar sobre su patineta. Libre, hermoso y perfecto.

Nos seguíamos besando y yo al fin lo entendí, que no solo no iba a olvidar ese momento, sino que, ese único momento sería para mí la representación perfecta de todas esas escenas románticas que intentan plasmar el amor a primera vista. Porque eso es lo que me pasó ese día.

Me había enamorado de Eric. De él y de su alma libre.

Yo lo sabía: Al terminar ese beso, nada volvería a ser igual. Fue por ello por lo que disfruté cada parte de el.

—Marian… —dijo, aun rozando mis labios con los suyos.

—No.

—Nunca quise hacerte daño.

«Shh.»

—No digas ni una palabra. —Me separé más de él. Lo miré con determinación—. O cualquier cosa que pensaste haber escuchado.

—Marian…

—Tú mismo lo dijiste, Eric. Es muy delicado —La voz me falló—. Yo… esto es demasiado.

Hice ademán de alejarme.

—Pero es real. Lo sentiste también, ¿no es verdad?

«Silencio. Solo guarda silencio.»

—Quizás algún día, Eric. —Me alejé por completo y me puse de pie—. Pero no esta noche.

Porque el día que aquello terminara —si es que algo empezaba—, e intentara olvidarlo, solo seguiría recordando ese día. Mi corazón me diría que había sido real, y de alguna manera… lo había perdido todo.

«Shh.»

April 26, 2021, 3:38 a.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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Carmen GaOr "Escribo para no morirme" Soy Carmen, veintipocos. Soy mis viajes, mis amigos, mi familia, mis libros leídos y mi música predilecta. Ah, y una Bióloga "al servicio de la vida" Y no recuerdo una sola etapa de mi vida en la que no tuviera una historia que contar. Amo escribir, así que, lo intento.

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