Demonios De Marte: La Gran Mentira Follow story

HJPilgrim H.J. Pilgrim

No estamos solos. Nunca lo estuvimos. Fuimos controlados por una presencia invisible que esperaba el momento ideal para volver a por nosotros. Es el primer día del año 2060 y tras las celebraciones vienen los gritos, la sangre y la muerte. Cielo regresa a su casa con el temor de que sea el peor cumpleaños de su vida y no se equivoca. Por otro lado, Hayder lucha por regresar a Quilmes después de recibir una llamada de su novia Sabrina muy asustada. Algo está pasando y no es bueno. Lara, una antigua conocida suya, y su grupo de mercenarios lo acompañarán. Los peligros esconden verdades, las verdades revelan mentiras ancestrales, las mentiras se pagan con la muerte. ¿Querrás conocer la verdad? Si quieres tu copia firmada de Demonios, mándame un mensaje. Por 15€ (+5 de gastos de envío en España, a consultar por otros países) lo tendrás en tu casa. También puedes comprarlo desde: https://www.megustaleer.com/libros/demonios-de-marte/MES-111538


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Feliz cumpleaños

Estaba llegando muy temprano a casa de sus tíos. Demasiado pronto para su gusto. El reloj apenas marcaba las seis de la mañana y eso se hacía notar en su solitaria calle barrial. «O están todos festejando en otro lado, o están durmiendo la mona», dijo la joven con la mente nublada.

—¡Que te follen, Año Nuevo! —gritó mientras se tropezaba con una botella de cerveza—. ¡Oh, Dios! Podrían haberla tirado en el contenedor de reciclaje.

En la Buenos Aires del 2060 todavía quedaba gente sucia. Mal día para dar de bruces con esa realidad. Ella no era una ciudadana modelo ni mucho menos, pero trataba de colaborar con el medio ambiente. «Después de todo lo que le hicimos tras la Guerra del Óleo», había lamentado Cielo en varias ocasiones.

—Ahí estás mejor —sentenció una vez introdujo la botella en el contenedor, tras el tercer intento.

Esta vez había bebido más de la cuenta. Tenía sus motivos para hacerlo. «Toda mi vida es una jodida y deprimente razón». ¡Deberían hacer una película sobre ella! Adolescente huérfana de padres asesinados, drogadicta y de relaciones muy abiertas. «¡Qué gran película podrían hacer de mí!». ¡Ah! Y, para colmo, era su cumpleaños.

—¡Feliz cumpleaños! ¿Dónde están mis putos regalos?

Dudaba que aquel día tuviera al menos uno que la alegrara lo más mínimo. Lo que sí no le faltarían serían sus elementos de diversión habitual. Porque ni los amigos —de los que carecía— ni la familia —que realmente no era su familia— la ayudaban a olvidarse por un segundo de lo miserable que era. Y aquella noche había abusado de todos sus vicios. En un momento dado, había abierto los ojos y se había descubierto tan despreciable que no pudo permanecer ni un segundo más en el albergue transitorio con su actual pareja. «Futura expareja. Me harté de Yeimi. ¿Yeimi? Su nombre es Jaime. ¿Por qué carajo lo pronuncia en inglés? Estamos en Argentina, no en USA. ¡Qué idiota! —Jaime había conseguido acabar con su paciencia. Era un niñato que solo se enorgullecía de que su miembro de adolescente se mantuviera duro durante toda la relación. Apenas se preocupaba si ella alcanzaba el orgasmo—. Típico egoísmo masculino que irá en aumento con el paso de los años».

Ella sabía que no era amada. Simplemente estaba en aquella época en la que, o los muchachos se la pasaban masturbándose, o buscaban una mujer para que lo hiciera por ellos. Cielo era una chica linda que cumplía todos los requisitos para que un creído alardeara con sus compañeros de habérsela beneficiado, aunque Cielo tampoco esperaba casarse con Yeimi. «No fue más que un entretenimiento para mí. —Un entretenimiento que iba a terminar—. ¡Joder! Ni me regaló nada por mi cumpleaños».

Muchos pensaban de ella, haciendo psicología barata, que permitía que los hombres entraran en su cama para suplir la ausencia de sus padres. «Son palabras bastante fáciles de decir. —Pudiera ser cierto. También era una búsqueda de placer. Jamás había hecho nada que no quisiera. Nadie se atrevería a forzarla. No en vano, conocía varias artes marciales—. No te regalan el cinturón negro en mis dojos».

Al mirar al firmamento, se halló con un sol que daba sus primeras señales. La oscuridad estaba convirtiéndose en un azul marino profundo. En breve tomaría un color anaranjado claro antes de adquirir el celeste color de su bandera.

—¡Oíd, mortales, el griiiiito sagraaaado! —cantó con la lengua curiosamente trabada—. ¡Libertad, libertad! ¡Libertaaaaad!

Era inaudito que nadie se hubiera levantado para gritarle que se callara. No iba a destacar aquel día por su regreso silencioso. Ya se imaginaba la fiesta que harían los vecinos el día que se mudara. «Espero que más pronto que tarde. —Así podría quedarse más tiempo en la cama sin que nadie la reprendiera por ello. Podría fumar, emborracharse y estar con el chico o la chica que quisiera sin sentir que en cualquier momento podría ser interrumpida—. ¡Dos años! Tan solo tengo que esperar dos años», se lamentó.

Llegó a la puerta de su casa, a varias manzanas de la intensa avenida Mitre en Wilde, sin oír ninguna señal de vida excepto a ella. «Compadezco a los desgraciados que trabajen un día como hoy. —Siempre había algún pobre diablo cuyos jefes, o responsabilidades, le obligaban a olvidarse de que era una fecha de celebración—. Y descanso, claro».

Le costó varios intentos encajar la llave electrónica en la cerradura. «No entiendo cómo este hombre no puso la cerradura táctil. Rata. No es tan cara». Un minuto de férrea concentración; después, la llave se insertaba para finalmente recalar en aquella casa que no sentía como propia.

—Hogar, agrio hogar —susurró mientras se reía de su propia ocurrencia—. Mis die-dieciséis años vinieron con mucho ingenio.

Sin dilación se encaminó directamente hacia el cuarto de baño. En el camino se chocó con el recibidor, una de las sillas que circundaban la mesa del salón, el sillón, la arcada que la conducía al pasillo y la puerta de entrada al baño.

—Perdón a los que pueda estar despertando. ¡Aburridos! —expresó mientras trataba de discernir qué clase de persona amargada estaría durmiendo en un día como aquel—. Bueno, ahora yo también me voy a dormir.

Se bajó el tanga, se sentó en el inodoro e hizo pis sin preocuparse en cerrar la puerta. «Estoy borracha, ellos durmiendo. ¿Para qué cansarme? —Se limpió, se levantó y no tiró de la cisterna—. Mira, soy tan buena que hago regalos en mi cumple».

Arrastró los pies hasta llegar a su dormitorio. Empujó la puerta y se introdujo en el lugar más desordenado que había conocido en su vida. «Creo que preferiría vivir en una pocilga. —Había mudas de ropa y zapatos en el suelo, escritorio y en la cama sin hacer. Las puertas de su armario de pino estaban abiertas, una de las hojas ligeramente desvencijadas tras un día de locura del que Cielo no recordaba nada—. Creo que ese día traje a Facu. Bostero idiota».

Cerró la puerta sin hacer ruido, para su sorpresa. Se quitó la minifalda, la camiseta de tirantes y se tiró en ropa interior sobre la cama. Ni se preocupó en taparse. No había encendido el climatizador. Probablemente, si tratara de usarlo, lo pondría a cuarenta grados centígrados o al cero absoluto. «Tampoco hace hoy tanto calor. Así, en bolas, se está bien».

No hizo falta mucho esfuerzo para que se quedara totalmente dormida. Durante las última cuarenta y ocho horas apenas había dormido más de cinco. Sus fiestas de Nochevieja y cumple, Año Nuevo, habían empezado antes que las de nadie. «Y todavía queda más por festejar».

*

Un fuerte sonido la despertó, atontada. Miró su reloj y descubrió que apenas eran las siete de la mañana. «Ni una hora puedo dormir, joder», se quejó todo lo lúcida que podía estar con una resaca y tan poco descanso. Otro golpe pesado la sobresaltó. Esta vez venía de su puerta. Sin que le diera tiempo a levantarse, otro más enérgico resonó en su habitación.

—¡Deja de golpear y entra de una puta vez! —exclamó, enfadada. No sabía quién era, pero no se iban a asustar ni su tío ni su primo al verla en ropa interior.

Esta vez, el golpe fue de una violencia tal que la puerta cayó, hecha trizas, al suelo. Cielo se levantó como si tuviera un resorte en la espalda y tanteó en busca de su catana, que tendría que estar en algún sitio debajo de la cama. Aún se sentía muy atontada como para poder distinguir quién estaba en el oscuro pasillo inmóvil.

—¡¿Quién-quién es?!

No hubo ningún tipo de respuesta a su pregunta. Era alguien con una estructura corpulenta que la hizo dudar.

—¿Tío?

Su primo seguro que no era. Si bien tenía una estructura física similar, producto de su carrera semiprofesional de jugador de rugby, quien la acechaba era un poco más bajo. Igualmente, no estaba muy convencida. Su tío era barrigón, pero no tan amplio de espaldas. Extrajo el sable y aguardó a que la figura entre las sombras decidiera presentarse.

Cielo estaba asustada. ¿Qué clase de psicópata se quedaba contemplándola así? «Si está pensando hacerme algo raro, no lo va a tener fácil». Tendría que ser un maestro como Bruce Lee si pretendía herirla.

—Arl...

—¿Qué? —preguntó Cielo—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

La indecisión del desconocido se quebró. De dos largas zancadas, se presentó a pocos centímetros de Cielo, quien lo frenó con el filo de su catana a pocos centímetros del cuello.

—Un paso más y serás historia.

El aliento nauseabundo de aquella persona le chocó en la cara. Percibía una mezcolanza de aromas que conocía, pero no lograba discernir. Perfumes, comida, ¿sangre?

—Clear window —ordenó Cielo.

El cristal de la ventana fue disolviendo su tono opaco, dejando entrar la claridad de la mañana. Cielo se encontraba de espaldas, por lo que no temía ser deslumbrada. Sus ojos se abrieron de par en par cuando, de forma progresiva, el rostro de expresión desencajada y cubierto de sangre de su tío se descubría.

—¿Tío? ¿Qué-qué te pasó?

No. No podía ser su tío. Pero sus facciones estaban enmarcadas en una figura mucho más corpulenta. «¡¿Qué está pasando aquí!?». La piel, seca y agrietada, parecía haber adquirido un macilento color gris. Sus tiernos ojos castaños habían perdido su blancura en pro de un rojo violento e insalubre. La cabeza, antes cubierta de una abundante cabellera negra con vetas grises, perdía mechones, que caían sobre sus hombros desnudos.

—¿Qué te pasó? —repitió Cielo, desolada.

Su tío, o la cosa qué parecía serlo, dio un par de pasos hacia atrás. Cielo no sabía si era porque lo había asustado su catana u otra razón. Rugió tan fuerte que la hizo trastabillar, cayendo sobre la cama y golpeándose posteriormente contra la pared. Era una llamada.

Otros pasos resonaron en el pasillo, acercándose al dormitorio. Cielo se incorporó y volvió a sujetar su sable con ambas manos en kamae. Miró a su espalda. La ventana daba al jardín. Desde allí podría escapar a la casa del vecino de al lado y pedir ayuda.

—Open window —ordenó mientras las hojas se deslizaban lentamente.

Otra figura se adentró en la habitación. Esta era alta y fuerte, pero con las mismas características físicas que su compañero. No obstante, lo que heló la sangre de Cielo fue ver entrar a la criatura despedazando la carne de un brazo arrancado.

—Oh, Dios mío —gimió Cielo al reconocer el brazo y su devorador—. Pri-primo, ¿por qué?

En el anular estaba el anillo que su tía nunca se quitaba por sus bodas de plata. Era fácilmente reconocible el color rosado del oro con un pequeño diamante engarzado.
Las bestias aprovecharon la indecisión de Cielo y ambos se abalanzaron sobre ella, chocando el uno con el otro. Por pocos centímetros, su primo no agarró su pie.

—¡Alto! ¡Por favor! —rogó mientras lloraba. No podía matar a su familia. La única que le quedaba.

Aquello tenía que tener una explicación racional.

Con un nuevo impulso, su tío tuvo éxito, la agarró del pie y la hizo caer. Su primo se situó sobre ella, escupiendo saliva y sangre sobre su blanca piel. Rugió violentamente, asustando a Cielo. «No estoy preparada para esto».

Trató de volverse y escapar de allí, pero la presa de su tío no cedió. Fue ahora su primo quien la sujetó del brazo derecho, obligándola a soltar la catana. Sintió entonces algo rasposo deslizarse desde sus pies hasta la ingle, seguido de un rugido. Era la lengua de su tío. La estaba saboreando. «No puede estar pasándome esto. No puedo morir así».

Ante sus ojos, quienes habían sido sus familiares la contemplaban con facciones satisfechas. La fiesta de cumpleaños estaba preparada.

March 13, 2017, 11:54 a.m. 2 Report Embed 3
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JR Jesse Rivas
Soy nuevo en la plataforma, recién acabo de abrir mi cuenta y puedo decir que me he topado con historias muy buenas, la tuya es una de ellas. Me la anoto para leer.
March 13, 2019, 7:44 a.m.

  • H.J. Pilgrim H.J. Pilgrim
    Gracias Jesse. Me alegra recibir tu opinión. Tengo que actualizar los capítulos dado que va a salir una nueva versión a la venta con cambios importantes. :) March 13, 2019, 10:02 a.m.
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