cynstories Cyn Romero

Él buscaba una venganza, ella quería encontrar su destino en un camino peligroso. Nirali siente que hay algo extraño en Sarwan, su maestro en el uso de la magia elemental. Donde sea que vayan hay gente intentando asesinarlos, los encargos que reciben del rey son terribles y, además, se la pasan embaucando gente con juegos de azar. Para colmo, ella no ha aprendido nada en los meses que lleva con él. Si no estuviese enamorada del hechicero, ya se hubiera vuelto a su pueblo. Es entonces cuando Deval, antiguo competidor de su maestro, llega para complicar más las cosas. Así, en semejantes condiciones, cada uno de ellos tendrá decidir su destino, ¿qué es lo que están persiguiendo, en realidad?


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No hay conocimiento inútil

Había pasado la medianoche y el viento helado golpeaba con fuerza en el pueblo de Darshan, casi desierto. Podía ser un momento especial para buscar calor en el interior de un vaso de Taj, la bebida tradicional de las tabernas de la región. Pero, en la Calle de las Luces, donde se alineaban los bares y burdeles, ésa era la hora en la que los perdedores habían agotado sus monedas y eran echados a patadas. Ya era una rutina en aquella zona. Los vecinos estaban acostumbrados al escándalo. Por lo general, solían estar muy ocupados bebiendo y jugando como para quejarse.

En uno de esos locales, el cliente de la última mesa decidió que era su momento. Se levantó, subió por una escalera angosta hasta dar con una puerta de pésimo aspecto y golpeó, tres veces, con sus nudillos cubiertos por guantes oscuros. Desde el interior se abrió una pequeña rendija, por la cual asomó un par de ojos impacientes, antes de volver a cerrarse. De inmediato le fue cedido el paso, ya era habitual su presencia allí. Tanto como la escena que se estaba desarrollando, en el interior de la diminuta sala llena de humo y gritos.

Un par de mesas con monedas, cartas esparcidas y vasos de Taj a medio beber habían sido olvidadas por los jugadores. Todos estaban al fondo, en un esfuerzo conjunto por detener al loco que se había rebelado contra su mala suerte.

La última persona en llegar avanzó hacia el que lanzaba insultos y amenazas contra todos los presentes y lo arrastró hasta la puerta con algo de esfuerzo. La diferencia de altura y complexión era notoria. El alborotador era una mole de dos metros, brazos fuertes y espalda ancha. El que se lo llevaba era menudo y con la cabeza, cubierta en una capucha, apenas le llegaba al pecho. Era un espectáculo bastante peculiar.

Desde otra puerta, ingresó un grupo de hombres igual de altos y fuertes. Igual de mal afeitados y mal vestidos. Con ellos iba el tabernero, un sujeto entrado en años pero de expresión temible.


—¡Un momento! —exclamó con voz potente—. Sarwan, eres un muy mal perdedor, ¿lo sabías?

—¡No es cierto, estos malditos me han embaucado! Todo el tiempo lo hacen y piensan que no me doy cuenta —respondió el aludido, con sus ojos del color de la miel convertidos en dos furiosas hogueras, y el encapuchado todavía aferrado a su manga.


Los demás jugadores le respondieron, ofendidos, y el ambiente amenazó con volverse agresivo otra vez. Entonces el dueño del lugar golpeó con fuerza los tablones del suelo con su bastón. Resultado: silencio total.


—Escúchame bien lo que voy a decirte, porque no lo repetiré —comenzó el anciano, con una determinación alimentada por el fuego poderoso de los que han manejado asuntos como ése por años—. Sarwan Lal Nehru, desde hoy tu presencia no es bienvenida en este lugar.


El más alto pareció aumentar su indignación.


—¡No puede hacerme esto!

—¡Sí que puedo, este es mi negocio! —recalcó el otro—. ¡Si vuelvo a verlos por aquí, a ti o a ese muchacho enclenque, te juro que...!

—¿Cómo? Un... un momento —interrumpió el indeseable—. ¿A quién se refiere con muchacho enclenque? ¡Oh, ya entiendo! Suéltame, Nirali, por los dioses.


Su acompañante se resignó y prefirió usar sus manos en algo más realista. Una palmada en la frente, por ejemplo.

El tabernero continuó, implacable.


—Aprovechen que los estoy dejando salir por sus propios medios, Sarwan. Lárguense ahora.

—A mí puede echarme y decirme lo que quiera, pero no voy a permitir que insulten a mi discípula —gritó él y de un movimiento seco bajó la capucha de quien estaba a su lado, revelando con eso un rostro femenino enmarcado por el oscuro cabello mal recogido—. Que sea insulsa y plana como una tabla no les da el derecho de confundirla con un hombre.


La chica era realmente diminuta a su lado. Sin embargo, la furia que lucía el negro en su mirada no presagiaba nada bueno.


—Ya vámonos —pidió ella entre dientes.

—No, muchacha, espera —insistió el alto—. No voy a permitir que se diga que el gran Sarwan Lal Nehru recorre la soledad de los caminos de esta comarca de mierda con otro hombre. —Y se dirigió al resto para dejar bien claro su punto—. Tiene tetas, ¿entendieron? Ahora sí, me marcho.


Ella eligió no añadir nada más. No era el momento.

Satisfecho, luego de tan horrible declaración, su maestro enfiló hacia la puerta.


—Por fin. —Suspiró aliviada y trató de seguirlo hacia la planta baja, pero se chocó contra la espalda maciza del sujeto—. ¿Pero qué...?


La determinación de Sarwan había dado un vuelco, para hacerlo volverse hacia los jugadores que todavía no alcanzaban a regresar a sus mesas.


—No, ¿saben qué? —siseó—. Estoy harto, no me iré de aquí hasta que no me devuelvan mi dinero y me pidan disculpas por usar cartas marcadas.


Los demás lo miraron, incrédulos. El tabernero lanzó un suspiro de cansancio y dio la orden.



••• ♠♠♠ •••



Nirali estaba cansada, adolorida y hambrienta. Cansada, porque era noche cerrada y por culpa del dinero que su maestro había perdido en las cartas no tenían un lugar decente donde dormir. Adolorida, por el golpe que se había pegado al ser arrojada a la calle por los matones de la taberna. Y hambrienta, porque no había comido nada desde esa mañana.

Echó un vistazo a los tablones de madera, que conformaban las paredes del cobertizo donde dormían, y suspiró. No podía creer cómo soportaba vivir en esas condiciones.


—Son unos estafadores. ¡Unos mugrientos estafadores tramposos, que no saben ni jugar a las putas cartas! —rugió él, mientras iba y venía por el reducido espacio que tenían—. ¡Mira que sacarnos a patadas sin devolvernos ni un centavo de lo que me robaron esos embusteros! Pero ya me las van a pagar. Apenas junte algo de dinero, volveré y les quitaré hasta los zapatos a esos idiotas.


Nirali observó la sombra de su maestro a través del divisor de tela improvisado en la habitación. Ella ya tenía puesta una túnica ligera para dormir. Como siempre, el hecho de tenerlo tan cerca, aunque no pudiese verla, la alteró un poco. Se distrajo doblando con cuidado la ropa que se había quitado antes.


—Lo mismo dijiste en el resto de las tabernas de esta calle —respondió la chica, mientras procedía a extender en el suelo las mantas en las que dormiría—. ¿Qué vas a hacer ahora? Ese era el único lugar en donde te soportaban. Tendrás que dejar de jugar, al menos mientras sigamos en este pueblo.

—Bah, nos marcharemos mañana a primera hora —aseguró él, con confianza, mientras su sombra se desnudaba detrás de la sábana colgada entre ambos—. No te preocupes, mi suerte regresará apenas cambiemos de escenario.

—No sabes lo mucho que me alivia saberlo —ironizó ella, sin dejar de moverse y con el pretexto de cambiar la lámpara encendida de lugar.


A pesar del tiempo que llevaba con él, no podía evitar las ideas escandalosas que surgían en su cabeza todas las noches.

Su maestro era ya un hombre con sus veintitantos, al lado de los dieciocho de ella. El físico obtenido después de años de entrenamiento físico diario no hacía otra cosa más que afirmarlo. Sarwan no solo era alto y bien formado, con una piel tostada por el sol. Su rostro de pómulos altos y nariz recta era cualquier cosa menos desagradable. A pesar de la incipiente barba que solo afeitaba una vez por semana.

En secreto, Nirali creía que era el único hombre al que semejante descuido podía quedarle bien.

En secreto, también, Nirali tenía otros pensamientos que hubiese preferido evitar. Lo que más la afectaba de su mentor eran sus ojos profundos y claros. En ocasiones, irradiaban más calor que la lámpara que ella mantenía encendida entre sus manos.


«Si solo su personalidad no fuera tan desagradable...» pensó la chica, antes de que la voz de su maestro la volviese a poner nerviosa.


—Por esta noche vamos a dormir aquí —comentó él, y el ruido de ropa cayendo hacia un rincón hizo que la muchacha evitase mirar el juego de sombras sobre el divisorio de tela—. Mañana llega el mensajero con el dinero de la mensualidad, así que empezaremos de nuevo.


Entonces ella despertó de su embotamiento.


—¡No vas a jugarte las monedas que mis padres te envían, Sarwan! —exclamó, furiosa.


La risita que él soltó, ya acostado, la molestó aún más.


—Claro que no, Nirali. Yo solo juego con lo que saco de mis recompensas, esto es para el viaje y la comida de este mes. Aunque —se interrumpió—, no tengo de qué darte explicaciones. Lo que tus padres envían son mis honorarios como tu maestro, no tienes derecho a recriminar nada, ¿eh? Más respeto —dicho esto, cambió su tono a uno de complicidad—. Hablando de eso, ¿pudiste sacar lo que te pedí?

—Sí —resopló, avergonzada, al recordarlo—. ¿Cuándo he dejado una tarea sin cumplir?

—Pásamelo, o no podré descansar tranquilo por culpa de lo que sucedió con esos malditos esta noche.


Acto seguido, Nirali fue hacia el atado donde había colocado sus pertenencias y sacó una pequeña bolsa de paño oscuro. La entregó, por debajo de la tela que los separaba, y la mano masculina se la sacó con rapidez. El roce de los dedos la dejó mareada y oyó, a lo lejos, el conteo de las monedas que había adentro, mientras se dejaba caer en los trapos que oficiaban de cama.


—Como si hubiera aprendido en estos meses algo más que entrar en peleas de bar, hacer trampa en las cartas o robar —enumeró, desganada—. No me has enseñado ni una simple poción. Y tú hablas de estafadores, no lo puedo creer.


La sombra de Sarwan volvió a meter en la bolsa las monedas robadas a los jugadores en la taberna durante la confusión. Luego arrojó el paquete al aire, para atraparlo con una mano. Su buen humor había vuelto.


—Esto me corresponde, niña, bastante me han robado esos malditos. —Y guardó el botín entre sus cosas—. En fin, vamos a dormir. Mañana, apenas tengamos el dinero mensual y haya entregado tu carta al mensajero, saldremos en dirección al sur.


Ella asintió, no muy convencida. Él volvió a hablar, en un tono más serio.


—¿Estás segura de que no quieres ver al mensajero, darle algún mensaje extra para tu familia...?

—¡Muy segura! —respondió ella, con el rostro cubierto por sus manos—. Déjame en paz.

—Bien, olvida que he dicho algo.


Él quedó en silencio y ella surgió entre las mantas hasta quedar sentada, como activada por un resorte.


—¿Dijiste que vamos al sur? —preguntó—. ¿Para qué?


Él también se sentó, del otro lado.


—Ya tengo una nueva presa —adelantó, y sacó del lío de cosas en el suelo un papel enrollado para arrojárselo, por debajo del divisorio—. Mira esto. La recompensa que ofrecen por encontrar la entrada a esa supuesta ciudad escondida es impresionante. O han enloquecido, o estamos detrás de algo grande, después de tanta sequía.


Ella se tragó la recriminación por la falta de delicadeza, sabiendo que no serviría de nada, y abrió el rollo. Se encontró con un aviso oficial emitido por el jefe de la Guardia Real, desde la capital del imperio, y suspiró aliviada. Por fin, una verdadera misión. Después de meses de vagar como delincuentes, cuando en realidad sí tenían un oficio. Ella no era la discípula de un ladrón, sino de un hechicero cazarrecompensas.

Los dos se dedicaban a perseguir seres sobrenaturales y a entregarlos en la capital a cambio de dinero, en nombre del proyecto «por un nuevo mundo sin monstruos» que Su Majestad el Rey de Daranis estaba dispuesto a hacer realidad.

Ellos no eran los únicos en el negocio, por supuesto. La cantidad de cazadores era mayor a cada temporada y las cacerías cada vez más raras, ya que las presas estaban disminuyendo. Estaban logrando la extinción total de todo ser mágico, o al menos su escape de la zona, lo cual convertía a los mismos cazadores en seres miserables y desesperados por un par de monedas. Como ellos, en ese momento.


—Refulgens, ¿eh? —contestó entusiasmada, recitando el nombre de la ciudad escondida que figuraba en el aviso—. ¿Existirá, al menos?


El brazo de su maestro cruzó la barrera y le quitó el papel, para volver a ubicarlo entre el lío de ropa de su lado.


—No lo sé —agregó él—, pero es seguro que habrá muchos más en la búsqueda, así que no podemos quedarnos atrás. A dormir.


Nirali se recostó y levantó un poco la tela para verlo dar la vuelta entre las mantas, hasta quedar de espaldas a ella. La pequeña luz de la lámpara encendida que ella había dejado detrás de ambos no era tan molesta, incluso les daba cierta sensación de seguridad, pero él igual evitaba tenerla de frente durante el sueño.

Ella no tenía inconveniente con eso. En realidad, la presencia masculina a poca distancia de su cama era mucho más perturbadora que un poco de luz.


—Hasta mañana —susurró.

April 15, 2021, 5:08 p.m. 0 Report Embed Follow story
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Los espíritus del fuego
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Universo literario creado para la serie de historias de los espíritus del fuego. Incluye la existencia de magia elemental, hechicería oscura y la historia de seres sobrenaturales que fueron desplazados por la raza humana de sus tierras y perseguidos durante siglos. Read more about Los espíritus del fuego.