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Libertad o cinismo preceptivo 

Ni tan siquiera la dejé fuera de mi alcance. Estaba sola en ese rincón, hablándome a mi conciencia. Abrir los ojos viéndola era la única razón para levantarme cada día. La noche pasada ya me dejó su amarga visión.

Sentado en la cama y oyendo el despertador, cogí el vaso y le pregunté, sin ningún rencor ni aprecio por la vida, si podía dejarla aun más vacía.

—Claro que puedes, hijo—pensé y dije: Gracias por acompañarme en este despertar anónimo.

Me bebí de un trago ese vaso sucio del día anterior y me levanté con la preocupación de llegar al trabajo y enseñar a esos jóvenes la verdad de la vida. No la mía, sino la que tienen que entender en mis horas de filosofía.


Salí de casa después de lavarme lo necesario para no oler a whisky. Cogí el coche y me dispuse a llegar a la universidad.

Hacía días que el sentimiento político y social estaba bastante alterado, y solo con ver esas banderas ondear en edificios gubernamentales ya me sentía un poco fuera de lugar. En clase habíamos hablado poco del tema, que era noticia en ciertas cadenas de televisión y periódicos.

Por ser el último día de la semana hacia bastante sol, y se podía apreciar como la gente disfrutaba en manga corta de las buenas temperaturas.

Finalmente llegué y estacioné delante de la universidad. Como siempre, el portero me saludó cordialmente. En su brazo llevaba el signo de la esvástica. Que raro, pensé, esto está llegando demasiado lejos…


Solo entrar en la clase faltaba la mitad del alumnado. Dejé mi maletín en la mesa y cerré la puerta para comenzar la sesión.

—Buenos días, señores. Cojan la página número 33, capítulo 2.

En ese instante, vi que nadie abría los libros y, girándome, observé que de los treinta alumnos ninguno tenía el libro encima sus mesas.

—¿Qué les pasa, señores?

En ese instante se levantó uno de los chicos y me dijo:

—Profesor Huns, queremos hablar de lo que está sucediendo fuera de esta universidad.

—¿Y de qué quieren hablar?

—Lo que quiero decir es que usted no es el profesor correcto para decidir lo que tenemos que hacer.

En ese instante, pensé en mi botella de whisky. Solo se me ocurrió pensar que sabían lo de mi doble vida con el alcohol, pero no fue así. Me senté y le di la palabra a ese chaval.

—Explíquese, por favor.

—Usted no lleva ningún signo que le represente y, la verdad, pensamos que tiene que irse y dejar que otro profesor le sustituya.

—No lo acabo de ver…—dije—. ¿Y usted no cree que la gente que lleva ese signo está ocultando la verdad de lo que realmente significa? ¿O es que acaso usted y los demás no se ocultan detrás de esa ideología prehistórica?

—No creo…

En ese momento vi contestar a una persona mucho mayor, y viendo que llevaba un uniforme de color negro con el signo de la esvástica en uno de sus brazos, le dije:

—¿Quién es usted?

—Soy el nuevo profesor de filosofía.

—Pero, ¿quién le ha dicho eso?

—El director—dijo y levantándose continuó—. Creo que tiene que irse y, por favor, perdone a este joven, pero ha sido el único valiente que le ha dicho lo que yo he explicado antes de que usted entrara en clase.

Abrieron la puerta del aula y entraron dos señores uniformados, y detrás de ellos el director de la universidad.

—Señor Huns, retírese.

Nunca hubiera pensado que toda esta gente estuviera con un velo en su cabeza, ocultando la verdad de las cosas. Cogí el maletín y me acompañaron hasta el despacho del director donde me hicieron sentar.

—Señor, Huns. Usted es polaco, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Y de que religión es?

—Judía, ya que me considero cristiano ortodoxo.

—Es extraña la vida… Todo el mundo tiene ciertas cosas escondidas…

—Pero, ¿qué está pasando, señor director…?

—Queda expulsado de la universidad.

—Pero…


Viendo mi sorpresa, uno de los uniformados me dijo con pocos modales que me largara del lugar y, sin oponer resistencia, salí del despacho con la intención de irme a casa y beber lo que quedaba de la botella del día anterior.

Cogí el coche y observé que todo el capó estaba sucio de pintura, y saliendo del distrito llegué a mi casa.


Me encerré en mi habitación y, sin más, en menos de veinte minutos me había bebido la botella.

Pensé en lo ocurrido.

En pocos segundos llamaron al teléfono.

—¿Dígame?

—Señor Huns, haga las maletas y váyase lo más lejos posible del país.

—¿Quién es usted?

—Una persona a la que no le gustará conocer en pocos minutos…

Colgué la llamada, me fui a la habitación y saqué un arma, que cargué, y sin pensármelo mucho salí de casa.

Todo parecía tranquilo, pero en pocos segundos llegaron unos coches. Sin sacar el arma del bolsillo, esperé durante unos minutos muy tensos.

—¿Este es el cerdo?

Preguntó uno de ellos, mirándome.

—Sí—dijeron.

—No se ponga nervioso—dijo el más pequeño mientras se iban acercando.


En poco más de nada, saqué la automática e hice correr a varios de ellos, y rápidamente me subí al coche y me largué del lugar a todo gas.

Pero qué está pasando, me pregunté.


Salí de la ciudad y en veinte minutos llegué a la frontera. Me hicieron bajar la ventanilla y un hombre que iba uniformado como muchos de los que había visto ese mismo día, me dijo riendose de mi:

—¿Es usted de ideas contrarias a nuestra ideología?

—No me gustan las esvásticas.

—Pues lárguese de una vez.

Pasé la frontera y, solo llegar al otro lado, vi como llegaban más automóviles con gente que había tenido problemas delante de mi casa. Supe que me había librado de una buena.

El policía me dijo:

—¿Es usted alemán?

—No, soy polaco.

—Bienvenido a Suiza.

March 31, 2021, 11:19 a.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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