lunanuevamcr S.T. Moon (LunaNuevamcr)

El exnovio de Alana la postula para que ella sea quien organice la acostumbrada fiesta de San Valentín de la empresa en la que trabajan juntos, porque goza amargándole la vida. Ella, quien odia San Valentín precisamente por ese exnovio, se compromete a organizar la fiesta de su vida en pro de callarle la boca a ese asqueroso gusano y para ello cuenta con la ayuda de Erick, su mejor amigo. Sin embargo, una serie de eventos esa noche desencadenan que las vidas de Alana y Erick, sobre todo la de ella, se pongan patas arriba.


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Capítulo Único

—El cielo está inundado de corazones —le digo a Erick molesta por esta fecha. San Valentín no ha sido de mis fechas favoritas, desde que cierta ave migratoria me abandonó en medio de la habitación de un hotel. Por suerte aún estaba vestida.

—Corazones… unicornios… y arcoíris. Muy apropiado para la fecha. En realidad, no sé qué esperabas Alana, detestas San Valentín, pero… ¿Te ofreces a organizar una fiesta sorpresa? —apunta él con aire sarcástico dando vueltas a mi alrededor mientras continúa—: el cielo inundado de corazones fue idea tuya. —Suspiro frustrada. Tiene razón. Al menos en parte, porque sí, los corazones fueron idea mía, pero yo no me ofrecí a dar la fiesta sorpresa, fue el idiota de mi ex el que me postuló. Sí, ese maldito ex, la cierta ave migratoria que ahora es el novio de mi jefa.

Que les puedo decir. Esta es mi vida, el karma me persigue y yo soy incapaz de dejarlo ir. Llevo trabajando en esta oficina desde los dieciocho, es decir exactamente once años. Soy lo que llaman un activo fijo, hago parte del inventario junto a los computadores y las sillas. Durante esos mismos once años he visto pasar a muchas personas por los puestos de trabajo, he visto romances y matrimonios, he sido testigo —presencial y no— de infidelidades, líos de una noche y por supuesto divorcios. Si no estuviera segura de que esta es una empresa de desarrollo de software, podría decir que parecemos más bien una agencia de citas. Debería inventarme mi propia App para la compañía y seguro que me haría rica.

Pero en ese mismo tiempo, mi perturbada vida amorosa también ha pasado por muchas de esas etapas, menos por supuesto, la del matrimonio y su consecuente divorcio —gracias al universo—, lo que me hizo apta, según mi ex, para organizar la mejor fiesta de todos los tiempos. ¡Yo, la mujer más despechada y sola del mundo! ¡Por favor!, si ni el perro de la esquina de mi casa me sigue. Mi único consuelo es mi amigo Erick, mi confidente, mejor amigo y paño de lágrimas, que me apoya y me da moral y a quien ya me he resignado con decirle amigo porque estoy segura de que yo no le inspiro ni un solo mal pensamiento, aunque él me los inspire todos a mí y de qué manera.

Erick y yo hemos sido amigos desde la universidad y por cosas de la vida, o más bien porque yo lo enchufé, terminamos trabajando juntos luego de que él regresara de Alemania hace seis años. ¡Válgame el destino!, aún recuerdo lo que sentí cuando lo vi en el aeropuerto, pero eso es otra historia y no la voy a contar porque comienza a hacer calor y eso es contraproducente en mi estado veraniego. El caso es que él nunca, jamás, me ha puesto cuidado. Yo ya tengo aceptado que soy su hermanita boba y aclaro por si acaso que solo me gusta, no estoy enamorada de él o bueno, no del todo. Más bien puedo decir que lo amo en momentos como este, cuando soy una idiota desvalida a la que le toca salir de algún aprieto, como esta fiesta.

—Te concedo el punto —le digo señalándolo—, pero en mi defensa he de decir que en mi mente el parque se veía bonito con todos esos globos en forma de corazón, llenos de helio y sostenidos por cuerdas y mira, en la realidad se ve mucho mejor. Ellos no tienen la culpa de que yo no me esté muriendo de amor.

—Tienes razón en eso. Te concedo ese punto a ti —dice mientras pone su mano en mi cintura y me insta a que caminemos hacia la mesa donde hemos dispuesto los bocadillos.

Estamos en el parque privado del edificio donde está nuestra oficina, que constituye una manzana a la redonda, tapizada de césped. En toda la mitad de este tenemos una cancha de baloncesto y al fondo hay una de squash. De lado a lado está atravesado de banquitas solitarias, y un camino de tierra cercado con flores de colores. Todo lo completan las mesas salpicadas por todo el lugar, donde podemos pasar nuestras horas de almuerzo. Es un sitio diferente, verde, donde se respira aire puro y lo mejor de todo es que cada una de las cuatro empresas con sede en el edificio tiene un horario de uso del parque diferente, por lo cual, nunca está repleto porque las plantillas de trabajadores no son muy grandes.

Llegamos a la mesa que dejamos en el centro de la cancha. Tenemos de todo, sin embargo, las bebidas son sin alcohol, fue algo que me recomendaron especialmente por aquello de nuestra política de cero licores. Así que hay emparedados, paletas de dulce, chocolates, palomitas de maíz de colores, ensalada para los más light, refrescos, agua y he logrado traficar con la cerveza sin alcohol, aunque no sea especialmente buena. Para coronar y producir mejor efecto, hice alcanzar el presupuesto para contratar un grupo de música crossover y que de esta manera podamos bailar como locos.

—¡Deja de comer! —regaño a mi amigo mientras veo que nuestros compañeros comienzan a llegar al parque, puntuales. Son las seis de la tarde y solo tenemos permiso de usarlo en el horario de Cenicienta, por lo que tenemos que aprovecharlo. Erick me ignora y sigue comiendo chocolates. Yo decido dejarlo empachar y me dirijo al vocalista del grupo para decirle que puede comenzar a amenizar la fiesta. Así que el espacio se llena con las notas de Hasta el techo de ChocQuibTown y oficialmente la fiesta comienza.

Todos se acercan a la mesa y poco a poco saquean el botín. Doy gracias a Dios que se me ocurrió pedir un catering para las 9 p. m. o si no terminarán por lincharme. ¡Manada de Glotones! La música poco a poco empieza a subir la temperatura y pronto veo que las parejas bailan y cantan. Yo estoy feliz. Hasta que, a mi ex, le da por venir a saludar:

—Te dije que eras la indicada —me dice con una sonrisa guasona—. Quedó maravilloso.

—¡Ajá! La indicada —señalo con tono aburrido mientras comienzo a andar por el camino hacia la cancha de squash, tratando de buscar a Erick que se escabulló hace media hora. Para mi mala suerte, Nick me sigue y pongo mala cara cuando se acerca demasiado y me susurra:

—Pensé que decorarías como lo hiciste con la habitación hace dos años, pero veo que te superaste. —Me paro en seco, lo que lo hace trastabillar y cuando logra estabilizarse se vuelve hacia mí. La furia comienza a subirme, en forma de calor y mi cara se pone roja. A los dos minutos, ya no soy capaz de aguantarle la mirada burlona y comienzo a gritarle.

—¡Maldito! ¿Por qué carajos no dejas el tema de una buena vez? ¿No te bastó con haberme humillado esa noche? —Se acerca un poco más a mí, al darse cuenta de que todo el mundo nos está mirando y me amenaza:

—Baja la voz… ¿O quieres que formemos un escándalo?

—¡Ni bajo la voz, ni nada! Estoy harta de ti. ¡Carajo! —grito subiendo todavía más decibeles a mi voz.

—¡Entonces supérame de una buena vez, bonita! Deja de mirarme con cara de anhelo por los rincones y consíguete un puto novio. ¡Deja de dar lástima! —grita sin miramientos, aún más alto que yo.

Mi ánimo cae al piso. «¿Cómo se ha atrevido a decirme eso? ¡Miradas de anhelo! ¿Cuándo?»

—¿A qué te refieres? ¡Las miradas de cordero degollado son las tuyas, no las mías! Y si no busco un novio es porque no me da la gana.

—¿Por qué no te da la gana? Ese cuento nadie te lo cree. Más bien es porque sigues enamorada de mí y no soportas que yo ande con Silvia. —«No lo puedo creer, ¿cómo llegamos a esto?»

—¿Qué diablos te…? —dejo la pregunta en el aire, porque siento que alguien me hala y lo siguiente de lo que soy consciente es de que ese alguien me tiene abrazada y me está besando. Abro los ojos sorprendida y lo empujo un poco. Erick me mira furibundo y me advierte que si no le sigo el juego me va a matar, luego vuelve a halarme, me toma de la cintura y me da otro beso. Me toma medio segundo salir de la bruma de la sorpresa, para que mi mente calenturienta me grite que Erick me está besando, que si no pienso hacer nada. Así que me dejo llevar y le correspondo el beso, que no es para nada tierno. Es fuerte, exigente y me enciende de pies a cabeza. Subo mis manos, que las tenía sobre sus brazos, a su pelo y lo acerco más a mí. Lo escucho jadear y me olvido del mundo. ¡Al diablo con los demás!

Sus manos se anclan en mis caderas, mientras yo me aprieto más contra él, buscando más contacto con su cuerpo, como si eso fuera posible. Sus dientes me muerden el labio inferior y yo termino gimiendo sin pizca de vergüenza, hasta que siento que nos están tirando palomitas y comienzan a gritar que nos busquemos una cama. En ese momento volvemos a la realidad. Nos separamos despacio y nos miramos a los ojos. No sé descifrar lo que veo en su mirada y miles de preguntas se agolpan en mi garganta. Cuando me decido a musitar palabra, toma mi mano y me da la vuelta para que quede encarando a Nick, quien nos mira asombrado, ya con Silvia a su lado.

—Te agradecería que te disculparas con mi novia y no vuelvas a hacer esos comentarios nunca más —le dice en un tono que no acepta réplica y que lo hace escuchar peligroso. ¡Peligroso! Si es la persona más jovial del universo. Nick lo duda, pero finalmente me dice:

—Lo siento, Alana. No sabía que estabas saliendo con Erick. —«Pues ni yo misma lo sabía», pienso, pero finalmente digo:

—Deberías mantener tu boquita ocupada en otra cosa, espero que te quede claro que yo por ti no siento nada y Silvia —giro mi cara, para hablarle directamente a ella—, disculpa el espectáculo, pero creo que deberías ayudarle a tu novio con sus impulsos humilladores —dicho esto me doy media vuelta y comienzo a andar seguida de Erick, necesito hablar con él. Pero somos interceptados el resto de la velada, por un montón de nuestros compañeros quienes nos felicitan y dicen que nos lo teníamos muy guardado. Todos menos Juliana, el eterno amor prohibido de mi mejor amigo. Finalmente terminamos bailando y divirtiéndonos juntos, mientras fingimos que no ha pasado nada el resto de la noche, hasta que la doceava campanada nos avisa que es hora de recoger.

Todos se van y nosotros nos quedamos en silencio. Ya no queda mucho más por hacer aparte de bajar los corazones del cielo, cuando lo escucho decir:

—Sé que fue exagerado, pero no podía permitir que el maldito te siguiera insultando.

—No te disculpes, soy yo la que debería agradecerte —le digo dándome la vuelta, ya que lo tengo detrás de mí. Busco sus ojos y su mirada a medio camino entre el arrepentimiento y el desconcierto, me dejan hecha polvo. Me he divertido y con eso he logrado distraerme para no pensar en cómo me hace sentir lo que pasó, pero ahora la realidad se cierne sobre mí de manera implacable. No sé si me siento bien o mal y menos con lo que veo en sus ojos—. Se que va a ser difícil para ti ahora, ya que Juliana nos vio.

—Pues… eso no me afecta demasiado —dice ahora sumando la disculpa a su tono. Eso hace que se alumbre algo en el fondo de mi mente.

—¿No lo hiciste desinteresadamente?

—Digamos que no era algo que tuviera planeado, pero al fin y al cabo me beneficia. Lo siento.

—¿Para saber si le dan celos? ¿Qué carajos sacas con eso? Igual está casada.

—No precisamente para eso.

—¿Entonces?... —Abro los ojos sorprendida por centésima vez en la noche—. ¿Te acostaste con ella? —Baja su cara y se pasa la mano por el cuello, gesto que hace cuando se siente descubierto. «¡Oh por Dios!».

—De hecho, fueron varias veces —me dice aun con su mirada hacia el piso—, y pues… Alana… Estoy cansado de que me use cuando las cosas le van mal en su matrimonio. Haberte besado en parte le puso punto final a mi problema. ¡Ya está! ¡Te lo dije! —sentencia comenzando a caminar de un lado para otro, nervioso.

—No fueron varias veces ¿verdad? Fueron muchas veces y por mucho tiempo. No puedo creer que no me hayas dicho nada, Erick. Si querías quitártela de encima solo tenías que pedirlo. ¿Ahora qué piensas que vamos a hacer? No quiero fingir salir contigo, sabes que no se me da bien mentir.

—No creo que tengamos que hacerlo. Podemos seguir como si nada. Igual están acostumbrados a vernos como ahora. ¿Qué tendría que cambiar?

Y ahí está el problema, que ni siquiera nosotros lo sabemos.

Terminamos de bajar los corazones del cielo. Yo ya estoy un poco más tranquila por lo que me ha dicho. Fingir con él no es una opción viable para mí, aunque sea una completa idiota por no aprovecharme de la situación. Pero ante todo él es mi amigo; esa es una barrera infranqueable para mí y más porque él siempre ha creído que yo soy inmune a sus encantos. Que equivocado está, pero eso es algo de lo que no tiene por qué enterarse.

Salimos unas dos horas después, cuando el reloj bordea las 3:00 a. m. y nos despedimos en el parqueadero, para que cada uno tome su auto. Yo sigo con mi actitud de no pensar y logro hacerlo todo el fin de semana… y la semana siguiente… y la siguiente, hasta que…

—¿No se te hace raro? —Escucho la pregunta cruzar el aire desde los tocadores. Estoy en el baño, escondida chateando. Es algo que hago cuando estoy agobiada de tantas malditas llamadas telefónicas. No es que me disguste mi trabajo, pero estar sentada dando soporte por ocho horas y aguantar a la gente, especialmente un día como hoy, que parece que a todos se les hubiera volado el cerebro y el sentido común, no es sencillo. Y he perfeccionado mi técnica porque Camille y Rose parece que no se han percatado ni de que no estoy en mi puesto, ni de que estoy agazapada en el baño.

—¿A qué te refieres, Cami?

—A que han pasado quince días desde que la última parejita salió del armario, pero ambos siguen como si todavía se estuvieran escondiendo.

—¿Te refieres al buenón de Erick y la tonta de Alana? —«Tonta, tu abuela», digo entre dientes.

—Sí. ¿A quiénes más?

—Bueno, pues no sé qué esperabas. Es obvio que Erick hizo eso solo por compasión. ¿Tú crees que alguien como él saldría con ella? ¡Por Dios! Todos sabemos que la ve como su hermana. No sé ni cómo le hizo para besarla delante de toda la plantilla. Aunque no te niego que lograron convencernos inicialmente.

—¿Inicialmente?

—Sí. ¿Tú que crees que pasó luego de que no se volvieron a besar en toda la noche?

—¿Qué pasó? Cuéntame.

—Ya sabes que en esta oficina los líos amorosos son lo único que nos saca de la rutina, más en área de desarrollo. Así que entre todos hicimos una apuesta. La mayoría de nosotras apostamos porque había sido solo un acto de compasión de Erick y la mayoría de ellos, ya sabes cómo son, convinieron en que Alana estaba lo suficientemente buena como para que fuera la chica de los desahogos de él, claro, mientras este no pueda meterse entre las piernas de Juliana. Solo Freddy y Mandy apostaron porque los dos decían la verdad. —«Malditos hijos de su madre. ¿Cómo se atreven a hacer una apuesta sobre mi vida amorosa? ¿Qué no tienen más donde meter las narices?».

Intento que mi furia no interrumpa la conversación que estoy escuchando porque necesito enterarme de todo, para luego ir a escupirle a Erick mi veneno. No es justo. Por cualquier lado desde donde se mire, él sale como el beneficiado y yo como la estúpida. Retorcidos machistas de miércoles. ¡Pero esto no se va a quedar así!

—¿Cuánto tiempo pusieron en juego para que se sepa la verdad?

—Pues el límite es un mes. Todos sabemos que Erick no la va a dejar en ridículo. Pero ya no es necesario tanto tiempo, creo que se dejaron en evidencia ellos solos al no hacer nada.

Las voces comienzan a alejarse y sé que han salido del baño. Suelto un sonoro suspiro ahora que estoy sola y trato de organizar mis ideas. Si apostaron en el grupo de desarrollo, eso quiere decir que el idiota de Nick está al tanto. No debería importarme lo que piense, pero me importa. No quiero dejarle campo para que vaya por ahí diciendo que aun ando rogando a Dios por él y buscando hacerle brujería por los rincones para que vuelva conmigo. Ni loca que estuviera.

Miro mi celular y los doscientos cincuenta mensajes del grupo de chismes del barrio al que estoy unida me hartan. Ahora ya no me importan los líos de faldas del abuelo George. Tengo que ocuparme de mi vida privada primero, para que deje de ser de la comidilla de la oficina.

Apago la pantalla del celular y me levanto. Con cautela salgo del baño y me dirijo a mi puesto a seguir con la tortura de las llamadas. Una hora después, cuando es menos sospechoso que vaya a buscar a Erick, me levanto de mi mesa, aprovechando el receso del almuerzo. Ya están acostumbrados a que vaya a buscarlo, siempre comemos juntos, por eso levantaría menos suspicacias entre Camille y Rose si esperaba, a que si salía pitada del baño a buscarlo.

Cruzo el amplio e impoluto espacio de la oficina de soporte, un piso lleno de cubículos con doble pantalla, teclados, ratones y adornados con miles de cables; para terminar, subiendo las escaleras. Nuestra oficina está ubicada en un dúplex. En la planta principal están las áreas de soporte, comercial y administración y en el altillo se encuentran los consentidos desarrolladores. Las dos secciones de la empresa contrastan terriblemente y es algo que me golpea a diario cuando pongo los pies en la entrada del búnker de desarrollo. Donde nuestra oficina tiene paredes blancas y baldosas brillantes, la de ellos tiene paredes y piso en madera. Parece una buhardilla de casa familiar, con muchos escritorios y libertad de visión. Mientras nosotros parecemos caballos con una división que impide nuestra vista a lado y lado, ellos tienen el panorama abierto al resto de sus compañeros, una gran ventana que da al parque, además de una máquina de vending y cafetera privada.

Sí, sé que es mi culpa no estar sentada en este sitio privilegiado, pero en mis épocas como desarrolladora estábamos en otra oficina y nuestro espacio no era más que un hueco de pocas luces, salvo por las de las pantallas y las de las diminutas ventanas que había de la parte superior de las paredes. ¿Quién me culparía por querer salir de allí?

Hago el camino desde la puerta hasta la mitad de la estancia y me paro enfrente del escritorio de Erick, quien solo levanta los ojos para verme por encima de uno de sus monitores, el que está en todo el centro de su puesto.

—Necesito hablar contigo —le digo en un susurro—. Es urgente.

—Hoy no puedo comer contigo. Estoy en medio de algo —me dice bajando su mirada de nuevo, hacia lo que sea que está haciendo.

—¡Me importa un verdadero comino en medio de qué estés! —Rodeo la mesa y arranco su mano del ratón para asirla con la mía. Lo halo mirándolo con los ojos entrecerrados. Abre los ojos asombrado y se incorpora.

—Está bien. Dame un minuto, por favor. —Guarda su trabajo, luego minimiza todas las ventanas que tiene abiertas en las tres pantallas —sí, ellos tienen una más que nosotros—, y pone el equipo en modo de suspensión. Se levanta para seguirme. Tomo su mano de nuevo y lo arrastro conmigo hasta el único lugar en el que podremos hablar con tranquilidad a esta hora. El baño. Tengo que regresar al maldito baño, no hay nada que pueda hacer.

Cuando mi amigo ve a donde lo he llevado, se resiste, dice unas cuantas groserías, pero yo logro empujarlo y que atraviese la puerta. La cierro y miro a mi alrededor. El dichoso habitáculo está dispuesto en forma de ele. Una vez cruzas la puerta principal, encuentras un gran mesón con siete lavamanos, dispuestos uno tras del otro, pero bastante separados; lo suficiente para que quepa un trasero bien sentado, en medio de cada uno de ellos. Frente a estos se levanta un enorme espejo que cubre hasta el techo y todo lo ancho del mesón. La ele la completa el pasillo del fondo, donde están ubicados siete cubículos sanitarios. Es un sitio bastante grande y apropiado para esconderse, así que como una desquiciada, reviso por debajo de todas las puertas de los cubículos para luego hacerlo por encima. Nadie, ni siquiera los que se acurruquen en los tanques se salvarán de que los encuentre. Una vez estoy segura de que no hay nadie, me acerco a la puerta principal a echar el pestillo. En ese momento, alguien comienza a forcejear con la chapa, tratando de entrar y escucho decir:

—¡Pero qué carajos! —«Maldita sea mi suerte, es Camille».

—¡Déjalos tranquilos! —Oigo a Simón gritando a lo lejos. Pego mi oreja a la puerta, porque no logro entender bien lo que responde la tonta esa y es entonces cuando escucho la voz de Simón más cerca, contestándole a lo que fuera que ella le dijo—: Alana y Erick están adentro. No los molestes.

—Sí quería contarle sus penas, se hubieran ido a otro lado. ¡Estoy que me hago! —responde la susodicha con voz lastimera.

—¿Y quién te dice que no están haciendo otras cosas? —La risa de Camille resuena en la estancia y yo aprieto los dientes.

—No me hagas reír que luego tendrás que ayudarme a limpiar. Esa estampa de hombre no es capaz de tocarla. —Y sin terminar de aclarar la idea que se está formando en mi mente, pues mi boca decide que no lo necesito, comienzo a emitir gemidos, como si estuviera en medio de una sesión maratónica de sexo, de ese que no tengo hace dos años. No, peor, chillo como si fuera una actriz mala de porno. Pero no me importa.

En algún momento en medio de mi bruma de ira y gemidos, siento que Erick me está sacudiendo, de manera que mi cuerpo alcanza a hacer vibrar la puerta. Está diciéndome algo, pero yo estoy ida en mi éxtasis imaginario, más interesada en lo que puedan creer los de afuera, que en el espectáculo que le estoy dando al hombre que está encerrado conmigo. Me meto tanto en mi papel que incluso tengo mi espalda arqueada y los ojos cerrados, hasta que mi boca decide que no sería creíble que siga emitiendo chillidos más tiempo y cierro el número con un profundo suspiro satisfecho.

Abro mis ojos, uno primero que el otro, porque siento la oscura capa de la vergüenza comenzar a cubrirme. Erick está mirándome con la cara desencajada, asombrado y ligeramente sonrojado.

—¿Estás sufriendo de PSAS*? —me pregunta frunciendo el ceño. «¿Qué?»

—¡No!

—Puedes decírmelo, no te preocupes —me dice dulcificando su mirada y su tono—. Es mejor que esté preparado mentalmente para verte. ¡Por favor!

—¿Por qué? —suelto sin pensar, pero luego me corrijo. No puedo dejar que piense eso, primero porque no es verdad y segundo por respeto a las personas que lo padecen, debe ser horrible—. ¡No! No lo sufro. Quítate eso de la cabeza.

—¿Entonces? —me mira sin llegar a entenderlo. En ese momento me doy cuenta de que estamos agachados y recostados sobre la puerta del baño. Él tiene sus manos sobre mis brazos, así que pongo mi mano izquierda sobre la derecha suya, para pedirle sin palabras que me suelte y ambos nos levantamos. Camino hacia los lavamanos, les doy la espalda y me impulso con mis manos sobre el mesón para sentarme en este. Estos baños siempre están como un espejo, por lo cual no siento ninguna clase de animadversión al hacerlo. Erick me sigue, pero en vez de sentarse, se queda enfrente de mí.

—¿Sabías que los de tu equipo hicieron una apuesta acerca de nosotros? —comienzo la conversación para luego poder explicar mi absurdo comportamiento.

—¿Apuesta?

—Sí. Tienen tres teorías. Un lado dice que lo que se supone que confesaste en San Valentín fue solo teatro porque sientes lástima de mí. Otros que me tienes de escampadero, es decir que usas mi cuerpo como desahogo mientras consigues a alguien que te importe. Y solo el 0.2% piensa que realmente tenemos algo.

—¡Oh! No tenía ni idea. De verdad que no tienen vida propia —dice negando con la cabeza, mientras una sonrisa asoma en su rostro.

—No te atrevas a sonreír —le advierto—, esto es serio.

—¿Y qué si es así? A nadie le importa, Alana.

—A mí sí, por más que no quiera. No quiero que anden por los pasillos hablando de mi trasero fracasado. No es nada bonito escuchar que un hombre solo te miraría por lástima, Erick.

—¿Desde cuándo te importa eso? Siempre te han tenido sin cuidado las opiniones de esta horda de desocupados. Es más, disfrutas con sus cábalas.

—Desde que de eso depende que Nick siga denigrando mi dignidad. No me interesa que crea que no tengo a nadie porque me dejó demasiado afectada. No me gusta. Y ya puestos, a ti tampoco te conviene que Juliana sepa que lo nuestro es mentira. Si llega a enterarse que lo hiciste por lástima, volverá a buscarte como las abejas a la miel. Eso solo te hará más atractivo.

—¿Por eso montaste ese número? —dice señalando la puerta—. ¿Querías que todos creyeran que estábamos fornicando en el baño? ¿Para eso me encerraste aquí?

—Ese no era plan inicial. Solo quería contarte lo que estaba pasando y que decidiéramos que hacer. Lo que pasó fue solo un evento… desesperado.

—¡Ya! —dice molesto. «¿Por qué está molesto?».

—Tú no escuchaste lo que yo y si lo piensas, eso no afecta tu reputación en lo más mínimo.

—¿Estás consciente de que pueden despedirnos?

—Eso no va a pasar. Francisco no se atrevería a despedirnos. Sabes bien que todo el mundo aquí tiene rabo de paja y que yo conozco sus sucios secretos. Todos han montado números en estos baños, por eso permanecen tan limpios. Bueno, todos menos yo. Además, si lo meditas, eso solo te beneficia. Con el numerito que monté, mínimo ya corre el rumor que eres un dios del sexo y Juliana ya debe saber que te lo montaste conmigo.

—¿Y a ti en que carajos te beneficia?

—Por lo menos la idiota de Camille dejará de decir que tu no me tocarías ni con un palo —suspiro por enésima vez—, pero eso no es lo importante. ¿Qué sugieres que hagamos? No podemos seguir como si nada.

—Pues solo tenemos dos opciones. O desmentimos todo… ¡No me mires así, asustas! —dice reaccionando a la mirada de odio que le lanzo, porque eso no puede pasar—, o… fingimos hasta que los dos consigamos a alguien.

—¿Quieres decir que nos buscaremos pareja mutuamente?

—Sí, es la única forma en que saldremos del aprieto.

Las miradas de todos son un poema cuando regresamos del almuerzo. Sobra decir que no recibo ningún llamado de recursos humanos, precisamente porque en esta oficina yo soy la ficha más peligrosa. Puedo traficar con información y a nadie le convendría, menos al dueño. Después de once años, en una empresa tan pequeña, uno sabe que batallas puede ganar. Al final del día tengo la seguridad de que la balanza se ha inclinado para el lado de los que piensan que Erick se está beneficiando de mi cuerpo. No es precisamente lo ideal, pero por lo menos no doy lástima.

Los siguientes días él y yo nos dedicamos a fingir. Si bien no he vuelto a encerrarlo en el baño y tampoco nos damos besos, salimos de la mano y ambos nos permitimos tener gestos tiernos con el otro. Ya no es raro que me acaricie la cara o que yo lo abrace por la espalda. Esos momentos cariñosos mantienen las habladurías en su lugar y no despertamos suspicacias. Yo por mi parte estoy contenta de que sea así y de aprovecharme un poco de mi amigo, ya que no soy de palo. Por otra parte, estoy esforzándome para cumplir con nuestro trato. Le he conseguido algunas citas a ciegas, y estoy tratando de conseguirle a alguien a su altura, no me voy a conformar con cualquiera. Sin embargo, por alguna razón a él le está quedando más difícil. Parece que nadie está interesado en salir conmigo. Por lo menos nadie que él conozca, porque yo he hecho lo propio y he conseguido un par de citas. Es cierto que me han salido horribles, pero por lo menos las he conseguido.

De hecho, estoy dejando atrás la segunda horrible cita, mientras le escribo que todo fue un fracaso y mi teléfono comienza a sonar.

—¿En serio fue horrible?

—Sí, querido amigo. Fue horrible. Deberías ser tú el que me consiga algo, porque definitivamente tengo mala suerte. ¿A ti cómo te fue?

—Normal. Otra que quería meterme en el baño. Últimamente parece que ese es mi sino. ¿Cómo carajos todas quieren lo mismo? Parece que me hubieras maldecido. —Paso saliva y me sonrojo. Eso es culpa mía, de hecho, las citas que le he conseguido han sido por medio de una aplicación y en los comentarios, con un perfil falso, puse que su mejor cualidad era el sexo furtivo en el baño. ¿Será por eso por lo que tengo tantos prospectos para presentarle?

—Eso puede que sea culpa mía —le digo apenada, para finalmente contarle lo del comentario. Por suerte solo suelta una carcajada. Cuando se calma lo escucho respirar profundo, para que luego su voz resuene a través del teléfono:

—Oye… Alana…

—¿Qué?

—Con respecto a lo del baño…

—¿Qué con el baño?

—En qué pensabas cuando estabas… ya sabes…

—¿Montando el numerito?

—Sí. —Me sorprende que de pronto quiera saberlo, pero le contesto:

—Bueno, si quieres saber si estaba fingiendo, pues era obvio. Pero ¿cómo lo logré?, fue sencillo. Solo evoqué una situación de mi pasado. De esas que hace un montón de tiempo que no pasan. —El silencio se apodera de la línea—. Erick, ¿sigues ahí?

—Sí, disculpa. Estaba distraído —contesta demasiado rápido—. ¿No me dijiste que eras la única que no se lo había montado en el baño? —Su tono de reproche hace que frunza el ceño, pero decido que son imaginaciones mías. «¿Por qué tendría algo que reprocharme?».

—Y es cierto, no me lo he montado en ese baño. Eso no significa, mi querido Erick, que no me lo haya montado en ninguno —apunto pícara.

—Alana, ¿por qué eres así conmigo? —Ahora sí me convenzo de que su tono es de reproche.

—¿Así cómo?

—Siento que no te conozco.

—¿Por qué?

—Dime dónde estás, quiero hablar contigo.

Me siento en la cafetería que está a la vuelta de mi casa a esperar a Erick. Pido mi café favorito, mientras espero que llegue. Al cabo de quince minutos, lo veo sentarse frente a mí.

—¿Puedes aclararme eso de que no me conoces? Eres quizás la única persona en este mundo que sabe tanto de mí.

—Llevo dos semanas escuchando a todos en la oficina decirme lo afortunado que soy por estar con una mujer como tú. Por dios, me dicen que me envidian. Hasta tu ex me lo ha dicho —«espera ¿qué?»—. Dicen que eres tan espontánea y tan terriblemente divertida que ningún hombre en este mundo se aburriría contigo y yo me pregunto… ¿Quién es esa Alana? Porque yo nunca la he visto. Eres la persona más calmada que conozco. Chismosa y con un buen sentido del humor sí. Pero espontánea y pícara, ¿en dónde? ¿Por qué yo no conozco esa faceta de mi mejor amiga?

Es cierto. Es mi manera de protegerme de él. Es mi mejor amigo, pero no puedo permitir que se dé cuenta que me gusta, así sea solo eso. Por eso con él no soy yo y así lo fuera, él no se daría ni cuenta.

—Simplemente contigo no sale —le digo quitándole importancia—. Solo piensa que tú no eres conmigo como lo serías con una novia. Es solo eso. —Lo veo torcer el gesto, pero inmediatamente lo cambia y vuelve a sonreír. Como si me estuviera escondiendo algo. Achico mis ojos.

—¿Te puedo pedir que me dejes conocer a esa Alana?

—¿Para qué querrías eso?

—Te estoy buscando pareja. Creo que es justo que sepa que puede esperar el pobre incauto.

Estoy unos días dudándolo. Sacar a la Alana que soy con un chico que me gusta frente a Erick, solo podría traerme problemas. He tratado de mantener la distancia entre nosotros, aun fingiendo que salimos, pero soltarme con él es otra historia. Con todo, después de mucho pensarlo, me convenzo de que tal vez tendría razón en eso de que debe conocer a quien está recomendando y aparte yo puedo disfrutar viendo su cara, al descubrir todo lo que ha tenido en las narices y en lo que jamás ha recaído. ¿Qué hay de malo en eso? Así que decido darle la primera sorpresa.

El viernes es el día más relajado en la oficina. No es que normalmente todos vayamos con traje de etiqueta a trabajar, pero los estilos casuales son los que la adornan el resto de la semana. Sin embargo, los viernes son los días de libre expresión. Yo nunca los tomo, la verdad. Sigo casual hasta los sábados, que no trabajamos, ya que, para mí, el domingo es el día de libre expresión. Pero ese viernes en particular, tomo el ejemplo de mis compañeros.

Saco de mi armario uno de mis holgados buzos que parecen más un vestido, de esos que me encantan para mis días de descanso. Es gris, tiene orejitas de conejo y me llega por debajo de los muslos. No me lo he puesto nunca, lleva guardado como seis meses y lo cierto es que, aunque con este Erick no me ha visto, sí me ha visto con otros parecidos. Lo combino con mis converse blancas y una coleta alta. Además, me maquillo. Ese detalle es bastante raro en mí, pero me apetece. Así que el espejo me devuelve una mirada de ojos ahumados, que contrasta con mi mata de cabello ondulado negro sostenido con una moña del mismo color de mi buzo, mis medias tobilleras y zapatillas. Estoy lista.

Hora y media después estoy en la oficina sentada, recibiendo mis acostumbradas llamadas. Estoy nerviosa, pero trato de concentrarme en mi trabajo para no pensar y así logro llegar al descanso de media mañana. Corriendo subo al altillo, pero al llegar arrugo la nariz porque no hay nadie. Doy media vuelta y me golpeo con un duro torso, cuyo dueño me coge por los brazos, me ayuda a recuperar el equilibrio y a pararme dos pasos frente a él.

—Alana —dice evaluándome de pies a cabeza—. Dime que tienes algo debajo de ese buzo. —Levanto mis ojos y veo el brillo en los de Nick.

—Eso a ti no te importa.

—Es la primera vez que vienes así a la oficina —entrecierra los ojos y luego, como cayendo en cuenta de algo, espeta furioso—: Así que era por eso por lo que permanecías así los domingos. Comían juntos todos los malditos domingos hace unos años. ¿Desde entonces ya te revolcabas con él?

—Creo que eso ya no viene al caso. Tú me dejaste por Silvia, ¿recuerdas? No sé porque estoy por pensar que tu numerito de San Valentín e incluso este, es porque el que se arrepiente de haberme dejado eres tú. ¡Pero mira que sorpresa!

—Deja de provocarme, Alana. ¿Es que crees que no me he dado cuenta de tu jueguito?

—¿Jueguito? ¿De qué hablas?

—Estás tratando de darme celos con el idiota de Erick Stevens y no te niego que cuando te veo así lo logras. Quizás podría estar considerando que volviéramos a salir.

—¿Qué?

—Me da lástima que lo intentes tan duro y a veces pienso que podría sacrificar un poco de mi tiempo libre con Silvia para divertirme contigo. —Le cruzo la cara con una sonora bofetada y salgo del lugar. Maldito hijo de perra.

Tengo que esperar hasta el almuerzo para ver a Erick, que estuvo encerrado en la sala de reuniones con su equipo toda la mañana. Mi humor no ha cambiado desde que dejé a Nick en la puerta del altillo, pero trato de no darle el poder de ponerme peor de lo que ya estoy.

—¿Fuiste a buscarme esta mañana? —me dice con una sonrisa, repasándome de arriba abajo—. ¿Pinta de domingo?

—Sí, pinta de domingo y ¿quién te lo dijo?

—El imbécil de Nick, mientras me advertía que no iba a durar mucho contigo.

—¡Maldito!

—Ignóralo. Solo está respirando por la herida. Creo que es él que no ha podido superarte.

Guardamos silencio mientras nos acercamos a unas de las mesas del parque. Llevo mi lonchera en una mano. Preparé comida para dos, con el fin de invitarlo a almorzar. Al llegar a la mesa, me siento a su lado y no al frente, cosa que le sorprende.

—Me tomé la libertad de cancelar tu almuerzo. He traído para los dos.

—¡Genial! —dice más contento de lo que esperaba. Comienzo a sacar las cosas y sirvo los dos platos. Sé que le gustan mucho los escalopes de pollo, así que le sirvo de más, al lado pongo la ensalada y una pequeña porción de arroz al pimentón. Todo está caliente porque mi lonchera es eléctrica y siempre la pongo a calentar en mi puesto media hora antes de salir. Le paso el plato y lo veo atacarlo con ansias. Cuando ha terminado, suspira y se coge el estómago.

—¡Estoy repleto! Parece que pasó un siglo desde que comí algo hecho por ti —sonríe con pesar. Es cierto que el último año ya no comíamos juntos los domingos y empezamos a vernos menos. Él no acostumbra a robarme el almuerzo, porque pide el suyo en el restaurante que queda en el primer piso del edificio. La empresa subvenciona la comida, pero yo soy más feliz comiendo de la mía. Por otro lado, ahora sé que nuestra lejanía se produjo por la relación clandestina que mantenía con Juliana.

—Bueno, me alegra que te haya gustado. Porque ahora te toca el postre —sonrío traviesa, mientras lo veo arquear una de sus cejas. Atrevida, le tomo la mano y la deslizo bajo su atenta mirada por una de mis piernas, hacia arriba. Su cara va cambiando a medida que se da cuenta de lo que pasa y cuando ya he avanzado lo que quiero, deshago el camino y vuelvo a dejar su mano en su lugar, un poco en contra de la voluntad de él.

—¿No llevas nada debajo de ese buzo? —me dice para mi desconcierto con la voz ronca. Sus pupilas dilatadas me hablan de que lo he afectado más de lo que yo creía que sería posible.

—No hay nada debajo —susurro, nerviosa. Demasiado, para ser precisa.

—Esto es de hoy, o ¿así ha sido siempre?

—Siempre ha sido así. Nunca llevo nada debajo de estos buzos. Llevo ropa interior de lunes a sábado, ¿por qué demonios debo llevarla los domingos?

—Soy un imbécil —exclama de un momento a otro cogiendo mi mano y obligándome a levantar. Me lleva casi corriendo de nuevo al edificio y en una exhalación me mete en el ascensor. Pulsa el número del piso y con impaciencia mira el indicador mientras subimos uno tras otro. No suelta mi mano, pero tampoco me mira. Cuando las puertas se abren nuevamente soy arrastrada, esta vez en la oficina, hasta que terminamos irónicamente en el baño. Esta vez es él el que revisa como loco debajo de las puertas, mientras yo espero paciente subida al mesón de los lavamanos. Como era de esperarse, no hay nadie, así que cierra el pestillo y por fin me mira. No sé muy bien que esperaba encontrar, pero ciertamente no es lo que creo que estoy viendo, porque los nervios me atenazan por detrás del ombligo y ya no estoy segura de que estar sin ropa interior sea buena idea.

Se acerca despacio, acechándome y se pone frente a mí. Apoya sus manos a cada lado de mi cuerpo, dejándome encerrada entre el suyo y el espejo a mi espalda. Su cara queda a centímetros de la mía.

—¿Puedes decirme por qué jamás me había percatado de que paseabas sin ropa interior cuando estaba en tu casa?

—Quizás porque era obvio que no tenías por qué saberlo.

—¿Y por qué era tan obvio? ¿Acaso es que no soy un hombre para ti?

—¿Perdón?

—Alana, yo no soy tu hermano, ni tu primo, ni el sobrino lejano de tu madre. ¿Sabes lo que me hace sentir saber que siempre estuviste a mi alcance y que jamás me di cuenta?

—¿Qué?

—Que soy un maldito ciego —me dice subiendo las manos y poniéndolas en mis mejillas. Sus ojos marrones, me miran a través de sus pestañas, con una intensidad que jamás había visto—. Pensé que eras inalcanzable, siempre me trataste como tu maldito hermano. Por eso me centré en creer que podía sacarte de mi cabeza si buscaba otro amor imposible. Hasta que me di cuenta de que eso no me valía. ¿Por qué carajos te escondes de mí?

—Yo no…

—No me digas que no lo haces, porque no es cierto. ¿Por qué soy el único que no puede tenerte como realmente eres? ¿Qué tengo de malo?

—Nada. Ese es el problema.

—¿Cómo?

—Erick, ¿qué querías que hiciera? ¿Qué babeara detrás tuyo como un perrito desvalido? Nunca diste muestras de que te moviera un pelo. Siempre indiferente. Puede que parezca idiota, pero no lo soy, así que decidí que, tenerte como amigo era mucho mejor que nada y ya puestos no necesitabas enterarte de que me gustabas. A la muestra está que podía haber paseado desnuda frente a ti y ni te habrías dado cuenta.

—Eso no es cierto.

—¿Por qué lo dices?

—¿Es que no me escuchaste, Alana? Yo… ya no puedo estar lejos de ti. —Y sus labios vuelven a arrasarme en ese momento al tiempo que me hablan de muchas cosas que ni siquiera me puedo creer. Los dos habíamos estado fingiendo no sentir nada el uno por el otro y lo habíamos hecho por años. Creo que los dos descubrimos en ese baño, que ambos nos merecíamos un Oscar a mejores actores protagónicos. Ambos ciegos e incluso inmaduros y egoístas.

Siento sus manos bajar por mis brazos y posarse en mis piernas desnudas, para que luego su tacto me encienda al comenzar a deslizarlas hacia arriba, por debajo del buzo. Jadeo, bajito, esperando que esas sensaciones me llenen por dentro, mientras sus labios se hacen campo entre la tela y mi cuello y mis manos vuelan debajo de su camiseta. Le digo con mis caricias todo aquello que durante años he escondido, aunque no lo hago en el baño. Ambos debemos pasar por recursos humanos el próximo martes por habernos fugado del trabajo. Algo nos inventaremos de camino.

Por ahora sonrío como idiota al verlo trastear por mi cocina, mientras me hace el desayuno, enfundado en un bóxer blanco que parece que se lo hubiesen hecho a medida. Siempre iba así los domingos que iba a su casa y ahora sé que lo hacía para tratar de sacarme alguna reacción. Sí, realmente siempre fuimos un par de idiotas. Seis años, o quizás más, escondiéndonos detrás de otros, solo porque no éramos capaces de enfrentarnos y decirnos que nos gustábamos. Es increíble lo que hace el miedo. Tuve que pasar por una vergüenza pública y él por un amorío prohibido, para que una noche, mandáramos al diablo nuestras reticencias. Tuve que arrastrarlo a que me viera fingir un orgasmo en el baño de la oficina para que sus compañeros le hicieran abrir los ojos y se decidiera a pedir un poco más de mí, y yo tuve que esperar a que él me lo exigiera para ser yo misma cuando estoy en su compañía.

Sí, somos un par de estúpidos. Pero en nuestra defensa, en este momento, mientras ambos desayunamos con una sonrisa, puedo decir que, aunque no hayamos sido valientes antes, fue nuestra amistad la que nos mantuvo juntos y en nombre de esa amistad fue que empezamos a vernos diferente, luego de ese beso en San Valentín.

*PSAS: Síndrome de excitación sexual persistente

March 30, 2021, 5:32 p.m. 8 Report Embed Follow story
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The End

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S.T. Moon (LunaNuevamcr) Escribir es la mi forma de exorcizar mi alma. Mi manera de sacar de adentro todos aquellos sentimientos escondidos, replegados y que necesitan salir, es la forma en que mi corazón habla a través de las líneas y le dan sentido a todo lo que vivo a diario, es mi amor escondido, mi escondite clandestino, el descanso de mi alma, la pasión de mi mente.

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Olga Colman Olga Colman
Hermosa historia muy bien narrada me encantó!!
May 07, 2021, 13:27

  • S.T. Moon (LunaNuevamcr) S.T. Moon (LunaNuevamcr)
    Gracias por leerla y por tu comentario. Me anima a continuar escribiendo. Me alegra mucho que te haya gustado. Un abrazo 🤗 May 07, 2021, 15:12
Giles Le Coste Giles Le Coste
Pues me ha gustado mucho tu historia, de verdad, escribes realmente bien. Gracias por una historia tan bonita.
April 08, 2021, 10:29

  • S.T. Moon (LunaNuevamcr) S.T. Moon (LunaNuevamcr)
    Gracias a ti por leerla y por tu comentario. Me alegra mucho que te haya gustado. Un abrazo 😊🤗🤗 April 08, 2021, 17:56
Reychell Miller Reychell Miller
💜💜💜💜💜💜
April 03, 2021, 04:52

Marcos López Marcos López
Que maldita pasada! Me ha encantado la historia :DDD QUE GUAYY!! Me a encantado todo, osea no le veo nada malo, simplemente fascinante. Te felicito por la pedazo de historia que has hecho!! 😃😄
April 01, 2021, 23:29

  • S.T. Moon (LunaNuevamcr) S.T. Moon (LunaNuevamcr)
    ¡¡¡Hola!!! No sabes lo feliz que me hace que te hubiese gustado tanto. Mil gracias por leerla. Un abrazo grande 🤗🤗🤗 April 02, 2021, 20:56
~