daviddegiustti David De Giustti

Rafael es un pequeño niño que tiene un amigo invisible que lo protege desde sus cuatro años. Pero no es cualquier amigo, es un ser tenebroso sediento de sangre y, que luego de la muerte de su madre y sus hermanos, se presenta como el espectro más peligroso que sembrará muerte en el pequeño pueblo de Sinestry. Jonas, padre de Rafael, intentará destruir al demonio para salvar a su hijo de las garras del infierno batallando contra su adicción al alcohol y a sus miedos más profundos. ¿Podrá salvar a Rafael?


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#paranormal #terror #muerte #pueblofantasma #asesinoserial- #miedopsicologico
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Invisible

El pueblo de Sinestry parecía el lugar perfecto para que Jonas y el pequeño Rafael pudieran empezar con su vida desde cero. Escapar no siempre es la mejor opción, pero luego de la muerte de su esposa y dos de sus hijos; Jonas no observó mejor panorama que huir. El pueblo era un poco desolado: solo había una gasolinera, algún que otro mercado, una pequeña plaza y el colegio. El lugar ideal donde nadie los conocería y podría un padre viudo criar a su único hijo vivo.

La decisión de huir, de comenzar de cero le llegó en un sueño luego de que los tres ataúdes se hundieran en las fosas profundas del cementerio. Armó las maletas y manejó sin rumbo hasta llegar a Sinestry. Lo recibió un hombre obeso, con su camisa manchada de comida y solo le entregó la llave de su pequeño y acogedor nuevo hogar.

En las afueras llovía torrencialmente mientras Jonas vaciaba las cajas con las pocas pertenencias que él poseía y los escasos juguetes que Rafael usaba para entretenerse en los días que no quería hablar con nadie. Algunos truenos hacían temblar las ventanas y el pequeños fox terrier, llamado Dog, ladraba enfurecido.

—No quería venir a este lugar —reclamó Rafael—, tenía a un amigo y quería seguir jugando con él.

—Ya lo hemos hablado Hijo —indicó Jonas con una sonrisa que no demostraba alegría—. Va a ser lo mejor para nosotros, dejamos el pasado atrás y comenzaremos de nuevo. Conocerás a nuevos amigos.

—¡No quiero otros amigos! ¡Lo quiero a él! —exclamó llorando y huyó corriendo a su habitación.

Jonas sabía que fue la mejor decisión dejar todo atrás. Se había cansado de sonreírles a los vecinos que venían a darle sus condolencias; cansado de que cada recuerdo lo invadiera en todas las noches de soledad luego de que el aroma de su mujer lo atacara como el peor enemigo de todos. Ir a la habitación de sus hijos, tampoco ayudaba, hacía que Jonas se arrojara al piso a llorar de manera desconsolada. A golpear las paredes hasta que sus puños sangraran, hasta que se durmiera en el suelo de la cocina abrazado a una botella de Wisky. Pero ya todo quedó atrás, enterrado por toneladas de una negación absoluta.

El cuadro con la fotografía de su mujer, Susan, y él fue lo último que sacó de las cajas. En esa imagen se los veía sonreír, ser ellos. Una pareja que quería llevarse el mundo por delante, quería acabar con la desidia que arrastraban de sus familias. Se casaron a un año de ser novios, Jonas se lo propuso con un video que mostraba lo felices que fueron y los felices que serían si sus caminos se unían en una rutina interminable. Susan no lo dudó, por supuesto que no lo haría, hacia dos días que sabía que se lo iba a proponer; Jonas no supo cómo ocultar sus secretos. Y en Susan estaba creciendo el fruto de su amor. A siete meses de la propuesta nació Arthur, un bello niño de tres kilogramos. Luego siguió, dos años después, Ethan y por último, Rafael, al año siguiente. No eran la familia perfecta, por supuesto que no, no buscaban eso, buscaban ser una familia.

Pero ya no lo eran, ahora solo había un padre sin alma y un pequeño niño que no comprendía en plenitud lo que sucedía a su alrededor.

Un fuerte viento destruyó el vidrio de la puerta trasera de la pequeña casa. Jonas insultó y descendió por la escalera con su rostro fruncido y con muchas ganas de gritar. Sus pasos resonaron como los de un monstruo sediento de carne humana y buscando asustar a su presa.

Llegó a la parte trasera donde la puerta golpeaba de manera tenebrosa contra el marco. Los fuertes vientos la llevaban hacia delante hasta que impactaba contra una de las sillas de pino y la traía de nuevo contra el marco. Jonas solo miró entre asustado y enojado, imaginando lo que le diría Susan si lo oyera insultar de esa manera, ojala no la hubiera conocido.

¡Oh por Dios! Como la odiaba por haberlo abandonado.

Detrás de la puerta de la cocina estaba la escoba y la agarró con furia hasta que sus palmas se pusieron blancas como el rostro de un cadáver. Comenzó de mala manera a barrer; el sonido de los cristales lo remontaban a un pasado que no deseaba recordar y mientras la escoba seguía danzando en el piso, él negaba con su cabeza al mismo tiempo que sus ojos se humedecían.

Se detuvo estrepitosamente; sus ojos se abrieron de par en par y la escoba cayó hasta que la madera impactó en el suelo produciendo un eco profundo en el hogar silencioso. Había en las afueras, debajo de la gran cortina de agua, lo que parecía una persona. Jonas no podía asegurar que fuera un hombre o una mujer, solo era una sombra, nada más que una sombra que lo observaba y que llevaba algo en sus manos. Todo era difuminado para suponer de qué podía tratarse.

—¿Quién eres? —preguntó Jonas asustado.

«¿Cómo pudo llegar con semejante diluvio? Se preguntó Jonas con sus manos temblorosas.»

—¿Quién demonios eres? —volvió a preguntar, la sombra no contestó.

Jonas dio dos pasos hacia atrás mientras pensaba dónde era que había dejado la escopeta.

—¡No me volverás a alejar de Rafael! —espetó la sombra. Su voz era tenebrosa y susurrante.

—¿Quién demonios eres? —interrogó furioso Jonas mientras se alejaba.

—¡No me volverás a alejar de Rafael! —Amenazó la sombra de nuevo, pero esta vez más furiosa.

—No sé quién eres tú —señaló Jonas nervioso.

—¡No me volverás a alejar de Rafael!

Jonas corrió hacia la escalera para ir a su habitación, cayó tropezándose con sus pies y escuchó como unos pasos lo seguían. Pum, Pum, sonaban, como si los pies de la sombra fueran proyectiles furiosos de un cañón. Jonas se arrastró en el piso, sus uñas se enterraban en las maderas desteñidas. Algo le indicó que tenía que huir, algo le dijo dentro de su cuerpo que esa sombra no era lo que parecía.

—¡No me volverás a alejar de Rafael!

Jonas se levantó, llegó hasta la escalera, y miró a la sombra. No quería hacerlo, pero debía, no quería parecer un maldito cobarde. La sombra era él mismo, con sus ojos rojizos, de los lagrimales caía sangre en forma de cascada que le empapaba la camisa a cuadros. Sus dientes estaban ennegrecidos como si hubiese comido toneladas de carbón y sus manos manchadas, de sangre seca. La sombra, él mismo, se observaba moviendo la cabeza de un lado hacia el otro, como la de un perro al que le muestran la pelota con la que jugará. Jonas quería reír a carcajadas del miedo que lo invadió.

—¡No me volverás a alejar de Rafael! —dijo su clon sin mostrar ninguna emoción.

Jonas comenzó a subir, sus pies se resbalaban en los peldaños. No quería ser atrapado por un clon, por supuesto que no quería morir de esa manera.

—¡No me volverás a alejar de Rafael!

El clon lo agarró de las piernas y lo hizo bajar de manera agresiva golpeando con su mentón tres escalones. Su boca sangró, estaba aturdido de dolor, había perdido un diente. Se aferró con fuerza a la baranda, no quería que su clon lo asesinara.

—¡Suéltame! —suplicó Jonas sabiendo que era en vano.

—¡No me volverás a alejar de Rafael!

—¡Bastaaaaaa! —gritó Jonas y golpeó con sus piernas el torso de su clon.

Logró soltarse y subir a gatas hasta llegar a la cima. Se colocó de pie y buscó a su hijo.

—¡Rafael! —Lo llamó con un alarido—. ¡Maldición, hijo, contesta!

Su hijo no respondió y se desesperó al pensar que tal vez había caído en las garras de este espectro.

Jonas llegó a la pequeña habitación, donde un colchón descasaba en el suelo sucio. Cerró la puerta con fuerza y se apoyó de espaldas llorando, gritando furioso. No recordaba dónde había dejado la escopeta y creyó asumir que tal vez nunca la tuvo. Ya nada le parecía real.

—¡No me volverás a alejar de Rafael! —dijo la sombra golpeando la puerta.

—¡DÉJANOS EN PAZ! —recriminó Jonas.

Nada funcionaba, el clon no dejaba de golpear la puerta y esta se ondulaba de una manera espantosa.

—¿Por qué nos haces esto? —preguntó Jonas secándose la transpiración de la frente.

—¡No me volverás a alejar de Rafael!

—¡Está bien, no lo haré! —Respondió Jonas con un alarido— ¡está bien maldito, haz ganado!

De repente, silencio. Desolación. Jonas creyó haber ganado, ¿pero qué ganó? O ¿a quién? No lo sabía y no quería saberlo.

Se colocó de pie temeroso de lo que podría encontrar del otro lado de la puerta. Tal vez Rafael ya no existía, tal vez Dog estaría colgado de algún árbol con su cuerpo abierto de par en par y sin sus viseras.

La puerta chilló hasta que se abrió por completo. Por la frente de Jonas corría una gran gota de sudor y sus manos estaban frías como la nieve en un crudo invierno.

Sus pasos sonaban como los de un padre que necesitaba encontrar a su hijo durmiendo plácidamente en su cama y no secuestrado por un ente que había tomado su forma. Llegó nervioso a la habitación de Rafael; él estaba parado al lado de su cama con su cabello revuelto y con su pijama de unicornio. Jonas corrió a abrazarlo y Rafael ni siquiera se movió, no se inmutó, hasta que lo empujó con sus brazos.

—¡Qué alivio que estés bien, hijo! —expresó Jonas dejando salir un gran suspiro.

—¿Ya lo conociste, no? —preguntó Rafael con su voz apagada y su mirada dispersa.

—¿A quién Rafael? —Jonas se alejó mirando estupefacto a su pequeño que seguía en la misma postura erguida.

—A Lucius —respondió el niño.

—No conozco a ningún Lucius —dijo Jonas tragando saliva.

—Claro que sí padre—afirmó con una sonrisa macabra, y por unos segundos sus pupilas se tornaron de un leve color anaranjado—.

—Hijo, no sé de qué hablas —negó asustado.

—Sí, sabes de lo que hablo. Mamá tampoco me quiso creer.

—¿Qué demonios dices Rafael? —preguntó Jonas con un grito ahogado.

—La razón por la cual quedamos solos es que a Lucius no le gusta que me alejen de él y mamá lo quiso hacer.

—¡Rafael! —gritó Jonas—, ¡deja de decir esas boberías!

El viento golpeó las ventanas, hasta abrirlas con furia, generando un torbellino que esparció por toda la habitación los dibujos que había en un pequeño escritorio mientras Jonas miraba petrificado los oscuros ojos de su hijo. Toda la inocencia de Rafael se había borrado de un cachetazo y Jonas no entendía por qué.

—Lucius me quiere a su lado —dijo por fin luego de un minuto—; Lucius te advirtió qué sucedería si me vuelven a alejar de él. Lo enojaste y cuando eso sucede, ocurren cosas malas, como lo que le sucedió al señor Peter, o al niño que me molestaba, o al director que quiso tocarme, o a mamá…

—Rafael —intentó calmarse Jonas—, ¿quién es Lucius?

—Mi mejor amigo —respondió con una pequeña sonrisa.

—¿Y qué quiere?

—Que nunca deje de jugar con él y que nadie me lastime.

Las ventanas se cerraron con un fuerte golpe y Jonas dio un pequeño salto asustado. Las luces titilaron y varios focos, alejados de donde estaban, explotaron.

—Él quiere que juguemos por siempre, nadie me alejará de él. Mamá no pudo, tú no podrás, nadie podrá.

—Hijo... —Jonas se silenció.

—Lucius me ama, tú no.

—Te amo, Rafael.

—No lo haces, me quieres alejar de él y lo pagarás con tu vida —dijo mientras se acostó en su cama y las sábanas se elevaron hasta cubrirlo. No fue Rafael, fue alguien… fue Lucius.

—¡No me alejarás de Rafael! —susurró Lucius de manera amenazante y siniestra.

—¡Tú…!

Una fuerza lo arrastró fuera de la habitación, golpeó contra la pared y cayó al suelo sin aire y la puerta se cerró con violencia.

—¡NO ME VOLVERÁS A ALEJAR DE RAFAEL! —gritó Lucius y la casa comenzó a temblar mientras Jonas arrastrándose buscaba escapar.

Llegó hasta las escaleras, pero estas ya no existían, en su lugar había una oscuridad total, un remolino penumbroso giraba sin detenerse. Quiso volverse, giró su cuerpo adolorido, y ya nada existía. Ni la casa, ni su hijo, ni Dog.

—¡NO ME VOLVERÁS A ALEJAR DE RAFAEL!

Jonas cayó al remolino, intentó liberarse pero miles de manos negras querían llevarlo a las profundidades.

—¡SUÉLTENME! —Exigió furioso.

Una mano le cubrió el rostro y el hedor a muerte le invadió la nariz. Quiso escapar, pero se rindió, ya nada tenía sentido. La oscuridad, la muerte y el frío lo envolvieron. Cayó hasta que...

… se despertó en la cocina con su torso mojado del wisky barato y rodeado de vómito.

Rafael lo miraba desde la oscuridad sonriente.

March 26, 2021, 7:28 p.m. 2 Report Embed Follow story
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Leónidas G. Leónidas G.
¡Excelente comienzo! Desde el principio logras ambientar el escenario de manera tétrica, expectante, sin querer dejar de leer. ¿Quién es realmente Lucius? Sin duda, no dejaré de leer esta obra. Felicidades, totalmente recomendable.
April 03, 2021, 20:37

  • David De Giustti David De Giustti
    ¡Muchas gracias por tus palabras! Intento mejorar día a día. Y con comentarios alentadores como los tuyos me ayudan a seguir. Pronto subiré el capítulo dos. Espero tenerte hasta el final de la historia. April 03, 2021, 21:16
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