monocat-de-valle1592842385 Monocat De Valle

Segundo libro de la saga: La Hermandad. Después de encontrar aquella misteriosa corona, Ted Troopsad ahora tiene un cometido singular: destruirla antes de que caiga en las manos erróneas. Ted, junto a su mejor amigo y una joven enigmática llamada Gabriel, está en busca de los seres que conforman a la Hermandad. De acuerdo a los últimos hallazgos, con ayuda de los Guardianes un posible caos podría ser evitado... O eso creen ellos. Sin embargo, un misterio asecha a la susodicha Hermandad, y aquél objetivo parece guiar cada vez más hacia una leyenda: un mito que rodea a la corona y que ha trascendido el tiempo y dimensiones. Algo más arcano y profundo está por comenzar... Y Ted se verá inmerso sin poder escapar más. *Diseño de portada: @a.r.e.r.i ( @are-fg1595373466 )


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Prólogo

Prólogo

Anzuelo

Contemplé con interés los libros que estaban sobre la mesa; todos, o en su mayoría, trataban temas tales como la transmutación, elementos químicos, composiciones y fórmulas de creaciones químicas, Alquimia avanzada y otros a fin. Comprendía la escritura un poco, aunque era incapaz de hablar y articular esa lengua a la perfección. Respetaba a los grandes alquimistas, también conocidos bajo el pseudónimo de: las ‘Sombras de la Muerte’.

Ellos habían sido una de las razas afectadas por la terquedad y crueldad de mis enemigos. Su planeta de origen, Stania, había sido conquistado y su raza sometida a los placeres de los otros. Sin embargo, no tenía intención de aliarme a ellos. No; simplemente deseaba ayudarlos para completar una tarea específica: distracción.

—La composición es increíble. Incluso podría asegurar que tienen mente y alma propia.

La voz del hombre robó mi atención. Su cabello blanco y su tez pálida contrastaban con sus ojos de un tono rojizo. Era uno de los pocos sobrevivientes con los atributos de sus antepasados. A pesar de que el tiempo había hecho de las suyas en él, pues su rostro estaba marcado por arrugas y cicatrices variadas, sus facciones únicas lo delataban como un descendiente de las ‘Sombras de la Muerte’. Respetaba su poder y sabiduría; sí, él era un sujeto importante por la historia que lo precedía.

Sonreí con cautela y me acerqué al hombre que estaba parado frente al escritorio.

—Puedo asegurarte de que funcionarán en tus manos. Son armas muy poderosas y serán capaces de enfrentar a cualquiera, inclusive a los mismísimos Antiguos.

Expresé con elocuencia.

—Comprendo, Troopsad —divulgó el hombre, después dio un paso hacia otra de las armas—, sé de lo que son capaces si se les utiliza correctamente. Fueron transmutadas por entes de otra dimensión. Pero, mi duda es incansable, Troopsad; ¿dónde las conseguiste?

La mirada del hombre se clavó en mí, mostrando intriga notoria; lo pude asegurar. Yo sostuve mi postura, luego crucé los brazos y recargué una parte de mi cuerpo en el borde de la mesa. Suspiré con pesadez.

—Eso es lo que menos debería preocuparte, mi apreciado Dr. Shultz.

Analicé en silencio. Ese alquimista usaba un nombre extraño para esconder su verdadero origen: ‘Shultz’. Quizá en algo nos parecíamos.

—Las robaste, ¿no es así?

La cuestión me hizo regresar al momento. Me moví a la derecha y arribé a un estante de libros. Supuse que era obvia su duda; al fin y al cabo, yo tenía una reputación como un mentiroso y ladrón. Por supuesto que las había robado, pero no declararía algo así.

—Si no las quieres, entonces devuélvelas.

—No insinué eso —replicó el Dr. Shultz con seriedad.

Me reservé una sonrisa de satisfacción. Su respuesta me reveló lo que necesitaba escuchar; él también haría lo que fuera necesario para completar su venganza. Me intrigué; ¿qué tan parecidos aparentábamos ser? Di una media vuelta y regresé al escritorio.

Tres armas.

Una era una especie de zafiro adornado por un tallado en metal con forma de mariposa; al final, en su extremo superior, tenía un mango extenso y elegante con otro zafiro en la punta. El resto del arma estaba oculta por una cubierta; era como una espada, pero que solamente aparecía bajo ciertas condiciones proporcionadas por el guerrero. La segunda era una pistola larga y grotesca como un revolver antiguo, con dimensiones que eran superiores a las de un arma ordinaria, pues tenía un cañón potente y tal vez con un poder insano. Sus detalles eran afilados y poco estéticos; tenía un extraño esférico ovoide negro entre el mango y el cilindro, mismo que parecía un ojo antinatural marcado por una pupila alargada. La última era una esfera brillante de colores variados; flotaba, y de vez en cuando una capa eléctrica la rodeaba a unos centímetros de la misma. Ese era un imitador: un artefacto capaz de tomar la forma deseada por su portador.

Sin importar el poder tremendo e indomable que esos armamentos tuvieran, a mí no me servían de nada; no eran mi estilo y tampoco necesitaba de una extensión como arma. Mis habilidades eran más que suficientes.

—Entonces, mi estimado doctor, ¿las quieres? Están a la venta.

Dije con desaire. Me puse frente al alquimista y lo contemplé con un rostro de seriedad.

—En venta —contestó el Dr. Shultz.

—Sí. Aunque el precio que pido por ellas es uno accesible para cualquiera, me parece que tú eres la persona indicada para adquirirlas.

—Conozco tu reputación, Troopsad. Ambos somos seres viejos y hemos visto una cantidad variada de cosas en estos siglos pasados; sé que tus acciones irregulares son bastante alarmantes y tengo la sospecha de que planeas algo mayor…algo incomprensible.

Bastante certero, mi estimado Dr. Shultz, repliqué en silencio.

Caminé hacia el otro extremo de la mesa. No podía dejar que las cosas se salieran de control. No tenía nada en contra del alquimista y su especie extinta; no, en realidad no. Pero no quería que un posible conflicto se generara; como algo inútil y desgastante. Resolví de inmediato. Planeaba entregar esas armas; empero, necesitaba deshacerme del Dr. Shultz en algún momento de la partida.

—El precio es accesible, sólo necesito un favor. ¿Lo ves? Nada difícil.

—Explícate —demandó el Dr. Shultz.

—En realidad sé que tienes información respecto a la querida y destructiva raza de los Antiguos, Shultz. Sé que has encontrado a un grupo de seguidores que comparten el mismo odio por lo que ellos le hicieron a la raza de las ‘Sombras de la Muerte’. Y no puedes mentirme. No lo niegues.

No hubo respuesta. Proseguí:

—Lo sabía —recriminó Seamus—, ¿qué es lo que planeas?

—¿Y a ti de qué te serviría saberlo?

—Simple: el precio por entregarte estas armas recae allí…en tus planes.

—Está bien —habló el Dr. Shultz con desánimo—, estoy informado sobre una corona, sobre un posible contacto con los Antiguos. Si es que deseo vengarme, necesito toda la ayuda posible. Sé que un grupo de personas que se unieron a los Guardianes la poseen.

—¿La robarás?

—Sí. Si es necesario.

—No. No lo será; tú enfócate en tu misión. Si vas a aniquilar a los Antiguos, usa estas herramientas. La única condición que debes seguir para que te las entregue, es que si los Guardianes se convierten en un estorbo, deberás asesinarlos con ellas. ¿Qué te parece? No es un precio muy alto.

El Dr. Shultz suspiró con fuerza y tocó los objetos con cautela. Quizá era que se tendía el corazón o realmente no tenía en mente matar a los Guardianes.

No es mala idea hablar de más, Seamus.

Repetí en mi mente como una resolución pronta.

—Mi preocupación recae en lo siguiente, Shultz —Seamus habló con claridad y seguridad—, los Guardianes fueron creaciones de ellos para protegerse de seres como nosotros y del pequeño grupo de resistencia de otras razas. Los Guardianes, que en realidad son simples guerreros, son instrumentos que los Antiguos usarán una vez los encuentren. Si dejamos que esto ocurra, no tendremos manera de protegernos y pasará lo mismo que en el pasado. Precisamente debemos evitar que ese cuento se repita, ¿no crees?

—Sí. Tienes razón, Troopsad.

Me sentí complacido nuevamente, pues él había mordido el anzuelo.

Nuestra conversación terminó; me despedí respetuosamente del Dr. Shultz. Le deseé la muerte en mi mente, aunque con dignidad. Visualicé su casona grande y rústica y salí del lugar sin más distracciones.


*****

En el exterior había una tormenta de nieve, así que cubrí mi rostro con la capucha de mi chaqueta café.

La distracción estaba asegurada. Shultz y sus seguidores serían la carnada para mantener ocupados a los guerreros y sacerdotes. Yo me encargaría de buscar a los otros cuatro, a los que mantenían el control absoluto de su sociedad: a los Hermanos.

Recordé el rostro del menor de ellos. Jumek había perdido la esperanza y se había sentido humillado ante mí. Contuve mi excitación, ya que debía guardar energías para enfrentar a los otros cuatro: Imber, Libra, Ningo e Ibraham.

Estaba seguro de que pronto su escondite sería abierto y no tendrían otra opción que enfrentarme. Sonreí con entusiasmo. Cada paso de mi plan me acercaba a mi vendetta.

Y espero que estén preparados, mis queridos creadores.

March 2, 2021, 6:12 p.m. 5 Report Embed Follow story
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