zegabii Zegabii

George Shepperd, detective privado: Uno de los trabajos mas aburridos en el Chicago de 1933 . Eso es hasta que se tope con una extraña mujer, su marido desaparecido y un cientifico loco . Un Paraiso Defectuoso: una antisecuela de LoneSome George.


Science Fiction All public.

#381 #dieselpunk
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I


— ¡Vamos hombre, apúrate!

Ambos entraron al desordenado despacho de Mike. Un cuarto pequeño y mal iluminado con libros, frascos de químicos regados por todos los muebles polvorientos de la sala. George Shepperd no podía creer que alguien viviera ahí, ni siquiera alguien tan caótico como su nuevo amigo.

—Tranquilo, compadre—Mike se acercó al escritorio por sus herramientas—Si las cosas no se hacen con cuidado puedes terminar en la vida equivocada.

—Lo sé, lo sé... pero necesito arreglar lo de Gladys y además, apesto a rata muerta.

— ¡Ah, aquí está!—Exclamó Mike después de hurgar entre la basura de su escritorio. Cuando se giró, lo que tenía en las manos era una Luger.

— ¿Qué estás haciendo?—dijo George alarmado al ver la pistola— ¿estás con ellos?

—Relájate... Este es tu boleto de salida de este mundo.

— ¿Cómo? ¿Tengo que morir?

— ¡Por supuesto que sí!—exclamó Mike como si la idea fuera lo más normal del mundo— ¿De qué otra forma si no?

—Ya veo, ¿al menos no puede ser algo menos sangriento, como veneno o barbitúricos?

—Con los venenos, mueres de poco a poco. Eso le da tiempo al Sistema para rastrearte y redireccionar tu alma —Explicó Mike— Con una muerte instantánea no y eso nos da un par de horas de ventaja.

—Ya veo...

—La otra opción es cortarte la cabeza con un hacha o un machete, pero estoy seguro que no es lo que prefieres.

— ¡La bala por favor!

— ¡Esa es la actitud!—Mike amartilló la Luger— Vamos a la bañera...

— ¿Por qué…?

—Mis muebles—Explicó Mike—No los quiero manchados de sangre.

—Tus muebles son una mierda. Mi sangre no los va a empeorar.

—Lo que digas, Georgi—Mike le mostró el pasillo con el cañon de la Luger—Por aquí.

George entró a la bañera de porcelana blanca y se puso de rodillas, por consejo de Mike. Por el vertedero corría una gran marca de herrumbre, signo de que el lugar no había sido el escondite de Mike desde hace mucho. Esa bañera, de hecho, no se había usado en años.

Algo duro lo golpeó ligeramente en la nuca y lo regresó a su presente situación. George ya sabía que era.

— ¿Listo?

George oyó un ligero chasquido metálico: eran los mecanismos internos de la pistola que se preparaban para destrozarle la cabeza.

— ¿Duele mucho?—Preguntó.

—Perdón, ¿Qué?

— Una maldita bala en el cerebro, Mike ¿duele mucho?

Desde su posición no podía ver la cara de Mike, pero George oyó la incertidumbre en su voz, la primera vez que lo oía inseguro desde que lo conoció tras la muerte de Dumbar.

—Bien, a mí nunca me han disparado—Comenzó Mike con Cautela— pero la verdad, Morir siempre ha tenido una mala fama.

—Eso no ayuda...

—Bien... Probemos con esto—Ahora la voz de Mike estaba en modo científico loco—La velocidad de un impulso doloroso es de más o menos 98 pies por segundo mientras que una bala promedio 9mm va a 1335.

—Eso significa que...

—Que en teoría, la bala destrozará tu córtex cerebral mucho antes de que el impulso doloroso llegue.

A George le dio un leve dolor de cabeza tan solo al imaginar esto, luego trató de ya no pensar más: dirigió la mirada a la cerámica herrumbrosa de la bañera, luego a los azulejos de la pared, también moteados con oxido. Se concentró en el motivo floral de la pared, un punto muy específico: una flor blanca marcada con herrumbre, quiso concentrarse en eso en sus últimos momentos.

—Acabemos con esto—dijo—jala el gatillo.

—Perfecto, acabaremos en menos de lo que p...

Un golpe duro y seco en la nuca: George sintió como su cuerpo desaparecía; Luego vino la oscuridad.

°°



— Y bien, ¿ya llegó?

La voz nasal de Gladys resonó en el tubo acústico.

“No ha llegado, señor Shepperd. La cita es a la 1:30”

— Solo avísame cuando llegue, ¿quieres?

George se reclinó con desgano en su asiento y miró con desamparo el Westclox que estaba en su escritorio: Apenas eran la una menos cuarto. La verdad es que su próximo cliente no prometía ningún caso especial ni emocionante, como ninguno de los casos que llegaban a su escritorio, pero el problema era que, estas han sido unas semanas demasiado tranquilas, aun en el aburrido mundo de la investigación privada.

George habló por el tubo acústico otra vez:

— ¿Gladys?

“¿Si, señor Shepperd?”

—Otra vez: ¿cuál es el nombre del cliente?

“Judith Dumbar, según los datos que dejó cuando hizo la cita”

—Mmmm. ¿Es soltera o casada?

“No lo dijo, pero debe ser casada”

—Algún día, debes decirme como lo haces, Gladys.

“Es muy simple, señor Shepperd: ´Dumbar´ realmente no va mucho con el resto del nombre”

— ¿Y eso que tiene que ver?

La risa nasal de su secretaria se filtró por el tubo:

“Los padres no eligen los nombres de sus hijos al azar, Señor Shepperd. Lo eligen para que todo el nombre siga un ´ritmo´ el ritmo con que va a tener con el resto de sus apellidos; ´Judith Dumbar´ no lo tiene”

—Gladys, Gladys… si a este negocio le fuera mejor, te metería como detective adjunta.

La risita de Gladys le llegó por el tubo acústico:

“Ya le llegará un caso de verdad, señor Shepperd, ya lo verá”

—Por ahora me conformo con que salga el salario de ambos.

George abrió el cajón de su escritorio y una Colt 1911 saltó a la vista.

—Tampoco hay acción para ti hoy, compañero—Le murmuró al arma.

Judith Dumbar, mujer casada, mujer en busca de su marido: George Shepperd no necesitaba ser Sherlock Holmes para adivinarlo; y no lo necesitaba porque eso comprendía el 60% de su trabajo desde que tuvo que salir de la policía: El marido se desaparece de forma misteriosa por días en viajes de negocios o todos los días llega tarde a casa y la esposa neurótica quiere saber qué está pasando.

Y es ahí cuando George usa todas sus impresionantes habilidades, pulidas y afiladas en una carrera de 15 años en la policía, además de sus contactos en los bajos mundos... todo para buscar maridos descarriados: identificar el nido de amor, tomarles fotos íntimas con el affaire y de ser posible, dar una descripción meticulosa de la rutina de los amantes. ¿La alternativa? el marido es totalmente inocente, lo que es más común de lo que se piensa: más de la mitad de los casos es solo un pobre hombre huyendo por unas horas de una mujer enferma de celos (imagínense cuanto, que es capaz de pagar 4 dólares la hora).

En ese caso, George no le daba mucha batalla al pobre diablo. Lo localizaba, se tomaba unos tragos a la salud del hombre, para luego mostrar pruebas de la inocencia tres días después. Pero George estaba tan hastiado de esta rutina que no sabía qué tipo de mujer quería encontrar en Judith Dumbar.

“Señor Shepperd, la señora Dumbar ya está aquí”

—Hablando del diablo...—Murmuró George—Hágala pasar.

Era la una con quince pero ya no estaba dispuesto a aguantar el hastío.

Judy Dumbar entró al despacho y por un momento a George el corazón le dio un salto, al igual que cada vez que se acercaba una mujer medianamente atractiva. Luego se fijó más en el espacio interdental en su boca, las ligeras manchas amarillas de nicotina en el peto del vestido, su mirada genuinamente preocupada y solo entonces el detective pudo relajarse y saludar de forma normal.

—Buen día. La señora Dumbar, supongo.

—Así es, Judy Dumbar—Respondió la mujer— ¿Le importa que vaya al grano?

—Claro que no. Tome asiento.

Judy Dumbar vio el asiento con recelo por un momento, luego se sentó; era obvio que la señora Dumbar era del tipo de persona que no puede estar sentada cuando están al punto del quiebre emocional.

—Es mi marido...

— ¿Desaparecido?

—Si—La señora le largó a George una fotografía—Roy Dumbar.

George la miró e hizo todo lo posible por contener su asombro y que su clienta no sintiera la burla: Judith, Judy Dumbar no era demasiado bella, pero el marido...el maldito era Glenn Miller... claro, si Miller se hubiera tragado el resto de la orquesta.

“Bien” se dijo George a sí mismo: “La teoría del marido infiel se fue al carajo: ese bastardo no conseguiría querida ni aunque tuviera todo el dinero del mundo” Afuera de la cabeza de George, su clienta continuaba hablando:

"... mi marido ya andaba extraño desde hacía tiempo. Para ser exacto desde que perdió el empleo en la Dow Chemical"

—Perdón que la interrumpa—Preguntó George— ¿A qué se dedica el señor Dumbar?

—Roy es ingeniero químico, él hacía... cosas químicas en esa empresa.

—Muy bien, no la interrumpo más. Adelante.

"Bien. Perder el trabajo fue un golpe muy duro para él...para los dos, ¿Sabe? Por los últimos tiempos todo se veía tan bien... íbamos a comprar un Cadillac, incluso. Pero luego todo se vino abajo y como muchos perdió su empleo"

"Eso le dio duro; él siempre decía: ´Eso no me va a pasar a mí. Eso le pasa a la gente que no tiene inventiva, que nunca se esforzó para volverse indispensable en su trabajo´. Entonces le pasó a él y fue como si la vida se estuviera burlando de él. No dijo mucho más, ya no se rio de nadie; solo todas las mañanas salía con un Chicago Tribune bajo el brazo y con la cabeza gacha para regresar entrada la tarde lanzando diatribas contra el gobierno, las empresas codiciosas y todos los trabajos mediocres e indignos que le ofrecían, incluso algunas veces... me da pena decirlo frente a usted"

—Todo lo que se dice aquí es confidencial.

"Bien, a veces llegaba oliendo a... alcohol. Ron, whiskey o Dios sabe qué. Yo no le decía nada y él no me decía tampoco, pero yo como esposa sentía el conflicto en él, viéndolo con impotencia como trataba de levantarse, para luego dejarse caer más duro”

“Entonces, hace una semana, Roy llegó a casa muy contento hablando de como nuestros problemas se habían terminado y de cómo al fin, tendríamos ese Cadillac: Alguien le había hablado de una propuesta de trabajo, un trabajo de verdad en su ramo. Le pregunté por más detalles, pero Roy se mantuvo vago; solo se limitó a decirme que fue un caballero que conoció en la tintorería”

“Sé que debí haber insistido, debí darme cuenta de lo absurdo de hacer negocios en una tintorería… pero estaba tan contento y llevaba tanto tiempo deprimido que no fui capaz... Yo misma le ayudé a elegir su mejor traje y al día siguiente salió a su entrevista de trabajo. Esa fue la última vez que le vi"

George escuchó todo con atención grave, luego se levantó y le ofreció la mano a la sufrida mujer.

—No se preocupe, señora Dumbar. Lo encontraremos rápido.

George se acercó al tubo acústico:

— ¿Gladys?

“Sí, señor Shepperd”

—Acompañe a la señora Dumbar a la salida y ayúdela a rellenar el formulario.

“En seguida”

— ¿Cuánto le debo por sus honorarios?—Preguntó incómoda Judy Dumbar.

—Por el momento nada—repuso George—Mis honorarios comienzan con la investigación de campo.

Era mentira: George Shepperd cobraba muy bien y sus tarifas empiezan desde que el cliente ponía un pie en la puerta, pero ni siquiera él podía aprovecharse de una mujer desamparada y con un marido desempleado y aparte, desaparecido.

Gladys apareció y se llevó a la señora Dumbar, dejándolo solo. George se dejó caer satisfecho en su silla, abrió el cajón y nuevamente la 1911 asomó su cara ennegrecida.

—Parece que siempre si va a haber acción para ti, compañero.

March 11, 2021, 5:18 a.m. 0 Report Embed Follow story
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