ladyazulina Lady Azulina

El amor es la mayor fuente de inspiración que existe, ¡siempre que no me quieras! Tomando como base las emociones que siento cuando mi cabeza empieza a enloquecer por alguien, decidí darles forma, nombres y un significado. Uno se siente más libre cuando expresa lo que lleva por dentro, así que fluyamos como el viento~. De igual modo, te lo advierto: no me quieras. Portada en proceso de edición. © Todos los derechos reservados en SafeCreative, bajo el registro no.2101236681921.


Romance Young Adult Romance All public.

#rpg #aventura #romance #amor
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Gloss

La atracción existía, pero si no era demostrada el mundo seguiría su curso como si no. ¿De qué otra manera iba uno a enterarse? Un gesto, un guiño, una palabra, un acercamiento... Cualquier forma sería suficiente, pero...


¿Una flecha?


Sólo para aclarar, no era la de Cupido.


La punta de acero se clavó en la pared a escasos centímetros de mi rostro. Estuvo tan cerca de lastimarme que el viento se sintió cortante contra mi piel y una de las puntas me rozó la mejilla al punto de arder.


No dudaba de su puntería, incluso si tuviera los ojos vendados me ofrecería como blanco para sus demostraciones, pero esa flecha no salió de su arco.


Sus pálidos dedos estaban fuertemente cerrados alrededor del astil y su fuerza fue la única que ocasionó que la punta atravesara el concreto de la pared a mi espalda. No se veía facialmente enojado, tal vez confundido, o contrariado. Era difícil estar segura aún cuando siempre fue muy expresivo. Y que sus ojos verdes, tan profundos, tan claros y transparentes por momentos, tan oscuros e insondables en otros, tan indescriptiblemente sumidos en los míos me observaran con tanta fijación empezaba a ponerme nerviosa. No estaba acostumbrada a su atención, o a su imperiosa cercanía. Nuestros rostros se hallaban a milímetros de distancia. Su mano libre se había impactado contra la pared al mismo tiempo que la flecha, pero del otro lado de mi cabeza. Por lo que me descubrí acorralada. Y casi podía sentir que se encontraba tan confundido como yo.


Ninguno de los dos habló, ocupados observándonos como si fuera la única manera de sobrevivir en el mundo. Pero no podíamos quedarnos así para siempre.


—¿Te hiciste daño? —le pregunté.


Por si no entendía de qué le estaba hablando, miré y llevé ambas manos alrededor de la suya vacía. En consecuencia, tal vez automáticamente, él la giró, apoyando el dorso contra la pared, y me ofreció su mano, juntando nuestros dedos.


Un extraño ardor me invadió la cara.


—No —susurró, y lo sentí inclinarse más cerca—. Estoy perfecto.


Me tomó mucho esfuerzo, más del que me gustaría admitir, no regresar mis ojos a los suyos. Estaban ahí, esperándome, observando mis mejillas que más le valían no haberse sonrojado. Porque no entendía qué estaba pasando, no me decía qué le estaba sucediendo.


Llevé un dedo por la línea de la vida, que le atravesaba casi toda la palma, sin siquiera pensarlo.


—¿Estás seguro?


Escuché cómo aguantó la respiración por mi toque y no pude evitar mirarlo.


Se inclinó todavía más y la parte posterior de mi cabeza tocó con la pared en mi intento de mantener algún espacio. Soltó lentamente el aire que había mantenido y su suspiro chocó cálido contra mis labios.


—¿Por qué me es tan difícil dejar de pensar en ti? —preguntó en un susurro.

—... ¿Qué? —murmuré.

—Siempre estoy detrás de ti. No te sobresaltas ni un poquito. Sonríes todo el tiempo. Eres tan dulce. Te quejas, pero te esfuerzas de todas maneras. Y todas tus sonrisas se reproducen a cada momento en mi cabeza —en ese instante sus ojos se deslizaron de los míos a mis labios, disminuyendo el tono de voz al mismo tiempo que se relamía los suyos—. Me pregunto si son tan dulces como todo lo que dices.


No pude evitar sobresaltarme. Mis manos viajaron en mi defensa a sus hombros en un intento por retenerlo, mis mejillas tan ardientes que no podría convencerme que no se trataba de rubor.


—E-Espera...


Ni siquiera era capaz de pensar algo coherente, una nube ocupando mi mente y ocultando las palabras. Sólo podía percibir su cercanía, escuchar su respiración, mirar sus labios.


"¿Qué se sentiría probarlos?", pensé.


—¿Cuánto más tengo que esperar? —susurró.


Su tono bajo, arrullador, casi me provocó cerrar los ojos. No tenía fuerzas para mantenerlo alejado cuando todo de mí, sin ser capaz de comprender de dónde, quería tenerlo cerca.


—¿Cuánto has esperado? —quise saber, siendo consciente de que me quedaba sin espacio.

—Toda la vida.


Sus labios acariciaron los míos y ya no tuve más barreras, las olvidé todas. Mis manos subieron a su cenizo cabello mientras las suyas me tomaban de la cintura para pegarme a su cuerpo.


¿Cómo la vida iba a decirme que existía el interés si no me lo demostrabas?

Jan. 23, 2021, 2:57 p.m. 0 Report Embed Follow story
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