soyfdr Frederick Velasco

Esta es una historia interconectada a mi novela "El niño de las uñas extrañas", aquí se relata una de las historias ocultas del teniente Báez.


Short Story All public.

#entrenamientoinkspired #inkspiredambassador #cuento
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I


—¡Otto, Otto!— grito el pequeño Leo.


El niño desde la entrada percibió un olor más fuerte que el tabaco, pero no supo identificarlo, su tío Rafael preparaba la cena en ese momento y enseguida fue a recibirlo.


—¿Cómo has estado perdido?— saludó Otto mientras abría la puerta.


A Leo le hizo gracia el comentario de su tío y contestó:


— Al menos no me perdí 6 años como tú.


El niño estrechó las manos con su tío y entró a la casa preguntando de inmediato:


—¿Qué tanto hizo en este tiempo?—


Leo contestó nuevamente haciendo referencia al pasado de su tío —Yo le digo si usted primero me dice lo que hizo durante todos los años que estuvo por fuera.


—Bien jugado, pero está bien te voy a contar, solo si prometes que no revelarás mis secretos— Otto se veía reflejado en su sobrino, sentía como Leo era una versión pequeña de él, así que esa noche su gran misterio sería revelado. Rafael o mejor conocido como Otto, comenzó a contarle a su sobrino con sus propias palabras los siguientes hechos:


Aquella mañana en la que Rafael se fue de su casa, sintió que debía demostrarle a su padre de que estaba hecho, tenía sed de triunfo, así que aquel día fue hasta San Lorenzo para continuar trabajando como repartidor de drogas, durante dos meses Rafael se quedó en una habitación económica en la ciudad, ahorró lo más que pudo y no consumió marihuana durante ese período, la razón de su buen comportamiento era porque quería alistarse en el ejército nacional, sentía que esta era la única institución en la que podía regenerarse para llenar de orgullo a su padre. Después de ese tiempo se inscribió en la Academia Militar “General Eustoquio López” de la provincia de Potosí, afortunadamente cumplió con todos los requisitos necesarios y su solicitud fue aprobada, durante casi 4 años Rafael se formó en aquel lugar, teniendo calificaciones intachables y buen desempeño en todas las prácticas, la única particularidad que tuvo este joven en su estadía en ese lugar era que nunca tomaba sus permisos de salida, siempre se quedaba desempeñando alguna tarea en el recinto militar, incluso el día en que se graduó como Profesional en Ciencias Militares no fue ningún familiar a verlo. Al concluir sus estudios obtuvo el grado de Teniente, Rafael quiso ir hasta su casa y mostrarles a sus padres en lo que se había convertido, pero en su interior sentía que no era suficiente, debía obtener algo más.


Gracias a sus buenas calificaciones y con algunas recomendaciones de sus superiores, se alistó y fue aceptado en “La 42ª Brigada de Infantería” del ejército nacional en la provincia de Amazonas, allí siguió su formación, este grupo militar se encargaba de realizar las operaciones especiales en lo más profundo de la selva amazónica, con el fin de desarticular bandas criminales que se dedicaban a la minería ilegal, contrabando de hidrocarburos y el narcotráfico. Luego de casi un año de preparación Rafael dejó las prácticas, y pasó a formar parte del escuadrón “Anaconda” integrados por 12 hombres dirigidos por el Mayor Ramírez. Para la fecha en el que el Papa Juan Pablo II murió, el teniente Báez salió en su primera misión de expedición al amazonas, la escuadra fue llevada en helicóptero desde el puesto de comando hasta lo más profundo de la selva, su tarea era el reconocimiento del área para identificar las rutas que usaban los bandidos para cometer sus delitos, aquella expedición tenía fecha de inicio más no se sabía cuándo podía terminar, aquel grupo de hombres caminó durante 2 días soportando la humedad, el calor sofocante y la lluvia por las noches mientras dormían, sumado a esto, el equipo militar que tenían encima. Cuando llegaron a los límites binacionales, los hombres comenzaron revisar las rutas.


Lo que el escuadrón Anaconda no sabía era que desde hacía ya unas horas atrás los vigías de los grupos paramilitares se habían percatado de su presencia, estos los estaban siguiendo con mucha cautela, mientras mantenían informados a sus superiores sobre el avance de la tropa. El escuadrón militar vio desde la distancia escondido entre la maleza y los árboles un campamento cerca del río fronterizo, el Mayor Ramírez en lenguaje de señas les indicó a sus hombres que sigilosamente se acercarían al lugar agachados entre la maleza. Entre tanto los vigías informaron a Felipe Londoño, el jefe guerrillero, sobre la presencia del escuadrón a las afueras del campamento, este tomó un megáfono y advirtió:


— Sabemos que están ahí escondidos en el monte, debo decirles que tenemos morteros para acabarlos de una vez, pero hoy estoy de buenas, hablemos para solucionar esto pacíficamente— Felipe sabía que si los mataba y estos no se reportaban por la radio, al cabo de unas horas tendría a medio ejército en la zona.


El Mayor sin más opción ordenó a sus hombres que levantaran teniendo una formación de ataque para abrir fuego en cualquier momento, ellos poco a poco se fueron acercando a aquel lugar cercado con una valla de alambre de púas en el que habían tiendas construidas con láminas de zinc. Los hombres con sus uniformes verdes y las caras camufladas, entraron al campamento empuñando sus fusiles de asalto AK-103, mientras los paramilitares los observaban sin apuntarlos. Felipe al verlos dijo:


— Dejen de apuntar que aquí nadie va a disparar.


Ramírez hizo una seña a sus hombres para que bajaran las armas, pero estos seguían muy atentos ante cualquier movimiento, Felipe de inmediato llamó en privado al Mayor para charlar con él y le empezó comentar:


—Nosotros no queremos ningún enfrentamiento con ustedes, es más, me podrían ayudar a ayudarlos.

—¿Qué me está queriendo decir?— contestó el Mayor.


—Mire, yo hace mucho tiempo trabajé con un coronel que vigilaba esta zona, él me ofrecía protección para no tener ningún problema con el ejército y yo a cambio les daba una plática a él y sus hombres, en ocasiones les regalaba unos cuantos kilitos de coca para que se los llevara como pruebas, pero el trato duró hasta que lo cambiaron a otro destacamento.


Ramírez era una persona de una ética intachable, no dudó en responder:


—Primero muerto antes que aceptar ese trato.


Los hombres intercambiaron unas cuantas palabras, mientras que el Mayor, regresaba junto a su tropa, este les hizo una seña sus soldados para que volvieran a tomar la formación de ataque. Felipe les hizo la misma indicación a sus hombres, mientras dijo fuertemente a los miembros del escuadrón, citando una célebre frase:


—Le ofrecí a su mayor plata o plomo, pero al parecer eligió la segunda, si alguno tiene los huevos bien puestos mátenlo y renegociamos.


Los paramilitares superaban en número al escuadrón Anaconda, Rafael temeroso porque esa era su primera misión vio que todos sus compañeros tenían la misma cara de susto que él, y le dijo a Ramírez:


—Mi mayor, nos van a matar.


—Moriremos con honor— contestó el superior.


—¿Acaso esto es honor? Morir arrinconados cómo ratas— replicó Rafael.


Ramírez no le prestó atención a su subalterno, en el momento que iba hacer la seña para ordenar el fuego a discreción, fue asesinado por un disparo de bala que le entró por detrás de la cabeza y salió por su ojo derecho, el tirador era nada más y nada menos que Rafael, mientras el cuerpo del Mayor caía al suelo, todos los hombres del escuadrón se apuntaron entre sí, el teniente Báez exclamo:


—¡No disparen! ¿Quieren morir en medio de la selva o salir con vida de aquí?.


Un soldado respondió —Yo no hago tratos con esta gen...


Rafael no dejó que el hombre terminara de hablar porque de inmediato le disparó poniendo el proyectil en medio de sus cejas y preguntó a los hombres:


—¿Alguno más pondrá su moral primero que su vida?


El resto del escuadrón entendió el mensaje, los paramilitares solo fueron espectadores de aquella escena, Felipe desde la distancia señaló a Rafael y dijo:


—Supongo que ahora tú estás a cargo.


El teniente Báez se acercó hasta el jefe guerrillero para conversar, este le hizo la misma oferta que había recibido Ramírez, Rafael la aceptó, pero hizo una petición:


—No puedo justificar dos muertos sin tener algún resultado, que me puedes dar a cambio para comenzar a trabajar.


Felipe sonrió ante la astucia del joven teniente y contesto —Se van a ir con unos hombres hasta un campamento de vigilancia que tenemos por aquí cerca, lo que encuentren ahí será de ustedes.


Siguiendo las indicaciones de Felipe, los diez hombres que quedaban del escuadrón Anaconda recogieron a sus dos muertos en unas camillas improvisadas con telas y palos. La tropa se fue escoltada por cinco paramilitares hasta el siguiente campamento. Pasadas dos horas llegaron al lugar en el que funcionaba un laboratorio de coca, este estaba completamente sólo. Pero Rafael sabía que debía hacer creíble su historia cuando fueran a buscarlos, le pidió prestado un fusil a uno de los guerrilleros y les dijo a sus hombres:


—Tres de nosotros tenemos que recibir heridas de balas para hacer creíble la historia, se ofrecen o ¿les disparo yo?


Rafael no tuvo que dar muchas explicaciones y tres hombres del escuadrón, un poco temerosos aceptaron el reto, se pusieron en fila uno al lado del otro como si se tratara de un fusilamiento, Rafael al primero le disparó en la clavícula, al segundo en el brazo izquierdo y al tercero en el muslo derecho, estos hombres de inmediato fueron atendidos por sus compañeros para contener las heridas. Así mismo el teniente Báez les aconsejó a sus soldados que se revolcaran en la tierra, aparte de eso que vaciaran algunos cartuchos disparando a la estructura encontrada desde algunos puntos estratégicos para simular la incursión. Esto último también se lo solicitó a los paramilitares, para que fuese más creíble el supuesto enfrentamiento que allí hubo. Pasado esto, Rafael pidió de nuevo otra arma prestada, e hizo unos cuantos disparos a la espalda del cuerpo de Ramírez. Una vez hechos los arreglos el teniente se comunicó por la radio con la central de operaciones, y fingiendo estar agitado solicitó una extracción inmediata dando las coordenadas de su ubicación, en ese momento los paramilitares que lo acompañaban se fueron del lugar y Rafael alertó a todos sus hombres:


—Si alguno se atreve hablar de esto caemos todos.


En menos de dos horas se escucharon los helicópteros, los soldados hicieron estallar unas bombas de humo en un campo despejado para revelar su posición, el par de aeronaves aterrizaron, los soldados se subieron junto con sus muertos y unos grandes paquetes con la “mercancía incautada”. Al llegar al destacamento el grupo de sobrevivientes ilesos fue entrevistado por el General de Brigada Wilmer León, los hombres por separado relataron la misma historia:


—Estábamos pasando por la zona y encontramos una cocina, al acércanos fuimos emboscados, pero los superamos en número y estos salieron huyendo.


El General era un zorro viejo del ejército, y no le convenció mucho el relato de aquellos hombres, pero no tenía ninguna prueba que demostrara la culpabilidad de estos. Los meses pasaron y el teniente Báez comenzó a dirigir al escuadrón Anaconda, su trato con Felipe Londoño tenía frutos, en cada expedición que hacía siempre incautaban algo, así mismo ellos le ofrecían protección al grupo armado y los alertaban cada vez que otro escuadrón les pisaban los talones. Esta armonía llegó a su fin cuando el General Wilmer León se dio cuenta del creciente éxito que tenía este escuadrón en especial, decidió reiniciar el caso de la muerte del Mayor Ramírez, volvió a entrevistar a todos los hombres involucrados en aquel suceso incluido Rafael, poco a poco comenzó a notar inconsistencias en sus historias, cuando entrevistó a Eladio Cortez, el hombre que fue herido en la pierna en aquel "conflicto", jugó con la psicología de este:


—Mire vamos a dejarnos formalidades, ya uno de sus compañeros me dijo que fue lo que pasó ¿Quién fue el que le metió el tiro en la pierna?.


El soldado no dijo ni una sola palabra, pero su silencio le dijo mucho a Wilmer.


—Solo quiero un nombre, y te prometo que nadie lo sabrá— sentenció el General.


El hombre sin poder confirmar esa versión dijo entre dientes con algo de nerviosismo — Fue Báez, señor.


Wilmer estaba contento porque su sexto sentido no falló, dejó que Eladio se fuera y de inmediato citó al teniente al Báez a la sala de interrogatorios. Rafael en la brevedad llegó al cuarto sin saber el motivo por el cual lo habían llamado, en esa habitación solo había una pequeña mesa de madera y dos sillas de plástico blancas, puestas en los extremos de la mesa, Rafael se sentó frente al general y este pregunto:


—¿Lo disfrutaste?


—No entiendo ¿Qué disfruté? Mi General— contestó Rafael.


—Cuando mataste al Mayor Ramírez— preguntó de nuevo Wilmer.


—No sé sobre qué está hablando.


El general no se pudo contener más y lo golpeó en la cara con su brazo izquierdo, este dijo:


— Me vas a matar a mí también, ten la valentía de confesarlo— mientras lo volvía golpear.

Rafael recibió todos y cada uno de los golpes que le dio el general sin decir ni una sola palabra, no podía devolver los golpes porque le iría mucho peor.


Wilmer León le dio una paliza, después de un rato al verlo tan mal herido en el suelo lo amenazó —Si al menos sientes que tu vida vale algo, dime donde está el campamento guerrillero.


El teniente Báez aceptó la propuesta, se levantó como pudo, se sentó en la mesa, y con un papel y lápiz anotó unas coordenadas para entregárselas al General. Wilmer salió de enseguida a reunir un equipo para atacar aquel campamento. Mientras tanto sus compañeros de escuadrón en un acto de agradecimiento por haberles salvado la vida tiempo atrás y por el dinero que recibieron en cada una de sus operaciones, organizaron un escape mientras el general iba tras la pista del campamento. Los hombres sobornaron al soldado que cuidaba la puerta, allí le cambiaron la ropa a su compañero herido y curaron un poco sus heridas, sacaron a Rafael a escondidas casi que arrastrado, lo subieron en la parte trasera de un camión militar que iba diario al pueblo más cercano en búsqueda de provisiones. Eladio intentó limpiar su consciencia y fue quien condujo el camión, lo dejó en el terminal y le dio algo de dinero para que se fuera en el primer bus que encontrara. Rafael fue de pueblo en pueblo, pero en cada lugar que llegaba descansaba durante unos días en las calles como el propio mendigo, se alimentaba de lo que conseguía en la basura, luego de un par de meses fue que llegó a Loreto aquella mañana en la que su madre lo recibió.


Leonardo quedó maravillado al escuchar esta historia en las palabras de su tío, tanto así que olvidó contar cómo había llegado ese día a Loreto, luego de salir de su estado de asombro comenzó a preguntar:


— Tío ¿Qué se siente matar? ¿Cómo supiste lo que tenías que hacer?


Rafael no quiso contestar a las preguntas, además duró un poco más de una hora contando la historia y ya era muy tarde, él solo le dijo:


— Otro día seguimos la charla, ya es hora de dormir.


Leo se despidió de su tío y ya cuando se iba, Otto le recordó —Ya sabe, no le diga a nadie.

Jan. 22, 2021, 5:09 a.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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Frederick Velasco Bienvenido a mi Trinchera del Pensamiento, aquí encontraras entradas aleatorias con mis opiniones.

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