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Andrea Enamorado


Tras la muerte de su única amiga bajo sus ojos, Alicia Blair, otra obrera invisible de la Londres industrial, decidió que no iba a correr esa misma suerte, huyendo y finalmente instalándose junto a un conocido grupo de truhanes del Soho. Pero la belleza humilde que la niña poseía acabó eclipsando a un aristócrata viudo y rico, acogiéndola en su casa y mimándola como si fuera la hija que jamás podría tener. Aún así, su condición de mujer parecía estar al frente de todas sus cualidades y talentos. Esta historia está completa, se está subiendo con correcciones.


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Prólogo

Era una gélida mañana de febrero de 1831. Una mujer, cubierta de suciedad, tirada en un viejo y húmedo colchón y con las piernas abiertas emitía sus últimos chillidos.

Iba a ser madre, pero ella no iba a ser consciente de ello. La comadrona intentaba calmarla mientras el señor Berrycloth observaba apoyado en su bastón para no rozar su caro abrigo con el marco de la puerta. La mujer que callaba el silencio, de veintidós años, sufría de tuberculosis y acababa de salir de la fábrica de Berrycloth, donde ella trabajaba, solo para dar a luz.

Ahora bien, si sobrevivía, volvería a su trabajo en ese lugar húmedo y oscuro en cuestión de horas y si no, bueno, el niño se criaría en el hospicio de Ingreste Pl hasta que tuviera la suficiente edad para substituir a su madre en la fábrica textil.

Eso era lo que iba a pasar.

La joven, blanca y desnuda, comenzó a toser involuntariamente, sacando gotas de sangre. Tosía como una posesa, removiéndose en el colchón violentamente e intentando coger aire cuando y como pudiera, entre ataques de tos. La comadrona se echó a atrás con el recién nacido, a sabiendas de que era imposible ayudar a la madre.

El silencio reinó tras una gran inspiración que solo sirvió para terminar de ahogar a la pobre mujer. Entonces, y solo entonces, el señor Berrycloth dio un primer paso hacia la comadrona, haciendo chirriar el suelo de madera gastada.

—¿Usted se encargará del bebé? —preguntó la comadrona, algo cohibida por la escena de muerte que acababa de presenciar.

—Si —afirmó—. Tengo contactos.

La comadrona sonrió con suficiencia y miró al recién nacido, tranquilo, y tras acabar de limpiarle las piernas miró su cuerpecito para asegurarse que todo estaba en orden. Entonces fue cuando dejó de sonreír, al ver que no solo se había quedado sin el amor de una madre, sino que el futuro le caería como una roca.

—Es una niña.

Haber nacido mujer era tristemente injusto: aparte de pobre, analfabeta e ignorante, en la vida solo iba a servir para complacer a su marido, parir, y trabajar hasta que muriera como su madre minutos atrás.

Pero al señor Berrycloth no le iba tan mal que hubiera nacido una muchachita: tenía los dedos más finos, perfecto para el manejo de máquinas.

—¿No es un poco canija?

—Dudo que el embarazo de la señora fuera muy lujoso —explicó la joven—. Si no puede alimentarse a ella misma, no creo que haya procurado tener al bebé saciado durante estos meses.

El señor, frío por naturaleza, observó a la madre muerta y tirada en la cama desnuda y encogida. Luego, se giró hacia la comadrona y cogió a la niña para que ella se ocupara de acomodar a la difunta.

—¿Como se apellidaba? —le preguntó a la comadrona.

—No lo sé, la verdad —confesó, tapándola con la sábana tintada de rojo—. Apenas podía hablar, no me ha dado su nombre.

—Una niña sin nombre —dijo para él mismo—. ¿Cómo te llamas?

—¿Quién, yo?

—Pues claro —afirmó, un poco irritado—. ¿A caso hay alguien más en esta habitación que pueda contestarme?

La comadrona le dio su nombre. Se llamaba Alyssa Bleake. El señor Berrycloth se puso creativo, como cada vez que la madre de la criatura moría, y decidió llamarla Alicia Blair. Se rio cuando dijo ese nombre en voz alta, tal vez imaginando la desastrosa vida que iba a tener, o por el ingenio de haberse inventado un nombre para la niña basado en otro nombre. Después, volviendo a hacer chirriar el suelo, se marchó con el bebé en brazos y sin despedirse de ninguna de las mujeres que estaban en la habitación.

Presentó a la criatura en el orfanato de Ingestre Pl, aclarando que la madre trabajaba para él y que, al haber muerto, la niña crecería aquí hasta que pudiera ganarse por ella misma el pan trabajando en su fábrica de tejidos. El tribunal del lugar no hizo ninguna pregunta más, y tras escribir en un papel el nombre de la niña y el de su patrón se dio por acabada la reunión.

Cuando Alicia Blair cumplió seis años, se vio sorprendentemente obligada a empezar a trabajar para el señor Berrycloth, a quien ella no conocía. Él, sin embargo, des del primer momento en que la vio se limitó a darle ordenes sin siquiera recordar el triste día de su nacimiento, pero sí recordando aquella fría mañana de febrero en la que perdió a una trabajadora, al mismo tiempo que ganaba otra a la cual pagaría menos y trataría peor.

A veces, cuando su patrón se asomaba al balconcito metálico de su despacho para mirar el panorama que ofrecían sus trabajadores, Alicia lo miraba recelosa, pensando cómo era posible que un hombre que lo tenía todo pudiera quitarle tanto a tanta gente.

Las condiciones de las fábricas textiles del siglo XIX eran insalubres. Horarios de hasta dieciséis horas, oscuridad, humedad, substancias tóxicas... su salario se basaba en comida y vivienda que su patrón le ofrecía por su trabajo. No le permitían ni hablar ni descansar, aunque la simple idea de abrir la boca le daban náuseas. Una proporción muy alta de sus compañeros tenían los dientes podridos, además de que respirar por la boca era algo tremendamente peligroso: era muy habitual morir por asfixia a causa del fósforo o del propio algodón.

La hora que tenían para comer, tampoco podían hablar, aunque a veces no podían evitar conversar con el de al lado en voz baja.

—Tengo más hambre —decía una compañera suya llamada Ingrid, la única que consideraba como una amiga. Hablaba hasta por los codos y le había causado algún que otro problema cuando estaban juntas—. Cada día llenan menos el bol de sopa.

Esta niña, dos años mayor que Alicia ni tan siquiera llevaba zapatillas, iba descalza durante todo el año, y cuando dejaba de sentir los pies por la congelación usaba el bajo de sus faldas para vendarse los pies, hasta que la tela se rompiera.

Y lo que decía era cierto. Cada vez repartían menos comida entre los trabajadores, pero ¿quién iba a tener el valor de quejarse? Y menos aún los niños.

—A demás, el pan cada vez está más hueco —seguía quejándose, aunque tenía toda la razón del mundo—. Alicia, ¿estás escuchándome?

La pobre Alicia, aunque estaba siendo zarandeada por Ingrid, estaba tan hambrienta que devoraba el pan y la sopa como si su vida se basara en ello. Comiendo con ansias, asintió con la cabeza, bañando el pan en la sopa que quedaba en las paredes del bol.

—Guarda silencio —le susurró, suavemente. Ni siquiera parecía una orden—, o nos buscarás problemas.

Esos no iban a ser ni los primeros ni los últimos problemas de Alicia Blair.

Jan. 20, 2021, 9:10 a.m. 0 Report Embed Follow story
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