leonkudell Leónidas G.

Mete las manos en la sangre y ahora repite: Juro que mientras viva Seré un enemigo de Roma. Actividad #EntrenamientoInkspired #InkspiredAmbassador #InkspiredAmbassadors #Inkspired Embajadores: Howling y Marina.


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El fin del General

Mete las manos en la sangre y ahora repite: Juro que mientras viva, seré un enemigo de Roma.


¿Es posible que, mediante un sueño o tal vez una obsesión ya previamente fundada, podamos cambiar el rumbo de la historia?


Con apenas nueve años, mi padre, Amílcar Barca, me hizo jurar ceremonioso ante el altar de Baal Shamin que nunca sería amigo de los romanos. Desde que tengo uso de razón, acompañé a mi progenitor en sus campañas y, tras la muerte de éste, seguí luchando, pero esta vez al lado de Asdrúbal, el Bello, mi tío, que le había sucedido en el mando del ejército cartaginés en España. Luego de su muerte, fui elegido por los soldados cartagineses como general, ya que veían en mi la misma sangre vengativa que había jurado acabar con Roma. Eso sí, bajo el rechazo y la poca creencia por parte de ciertos individuos del Senado, que pensaba que, a mis apenas veinticinco, no sería una buena opción. Para ellos, no poseía la experiencia necesaria para comandar, y más estaba decir tener a mi mando nuestras tropas. Sin embargo, para el 221 a.C sería irrevocable.


Me había convertido en el General y estratega del ejército cartaginés, por lo que iba a demostrar que el sueño de mi padre no estaba acabado.


Agrego, por lo demás, que contraje nupcias con Marina, una princesa española, que me daría mi único hijo, Aspar.


Nuestra familia, pese a pertenecer a la nobleza, descendía de la reina Dido, fundadora de Cartago, y estaba apoyada en el Senado por el partido popular y era acérrima defensora de la guerra contra Roma. Por tal razón, nuestro padre nos educaría de la misma manera.


Me seguían Asdrúbal y Magón, mis hermanos, en los mismos sentimientos, en los peligros de la guerra y el aborrecimiento hacia los romanos.


Me crié en España para fortalecerme y llenarme de todo conocimiento, además del oficio de estratega, y como bien he dicho, jurando con ese odio perpetuo a Roma. En tierras hispánicas viví primera juventud, confeccioné mis primeras armas y recibí una amplia educación helenística.


Dentro de mis primeras invasiones fue en contra de Sagunto, en el año 219 a.C, un aliado de mis enemigos, los romanos, provocando el inicio de la Segunda Guerra Púnica. Animado por la ilusión de unirme con los pueblos que encontrara a nuestro paso, decidí dirigir mi ejército a través de una ruta terrestre.


Enfrente de nuestros mercenarios ibéricos y norteafricanos —lo cuales pertenecían a doce naciones y hablaban nueve lenguas diferentes—, cruzamos los Pirineos, en donde nos unimos a los mensajeros galos quienes nos guiarían por las montañas alpinas. En treinta y seis días cruzamos los Alpes, convirtiéndose en una de las marchas militares más célebres de todos los tiempos.


Lo que sí, ya en la península itálica, en mi marcha por las pantanosas llanuras del centro, con un ejército diezmado y descorazonado, tuve el infortunio de perder un ojo. Aun así, logré rehacer mis tropas y, tras vencer a los romanos en Trebia y Trasimeno, en el 216 derrotamos copiosamente en Cannas, pese a la inferioridad numérica de mi ejército. Pero esto no sería de ayuda, pues el Senado, como siempre, se me negaba la ayuda requerida, lo que decidí no atacar a Roma y retirarme a Capua. Lo doloroso de todo esto, además del fracaso, sería la derrota de Asdrúbal, mi hermano, quien sí osó socorrerme junto a sus más de cincuenta mil hombres, mas este siendo abatido por nuestros contrarios.


No obstante, no todo estaría perdido.

En el momento más culminante del enfrentamiento, mis tropas cartaginesas del centro de la formación se retiraron ante el avance de los romanos y, al avanzar estos, se encontraron sin darse cuenta dentro de un largo arco de enemigos que les rodeaban. Fue un momento glorioso, algo que mi padre hubiera deseado presenciar, pero ahí estaba yo, para cumplir sus deseos y los de mi pueblo. Los romanos, agredidos, de extremo a extremo y sin vía de escape, fueron destruidos. Más de setenta mil vidas cobramos, entre ellos, senadores, incluso uno de sus cónsules más importantes: Lucio Emilio Paulo.


Ya no había oposición. Habíamos derrotado a los romanos, en consecuencia, que intensificaríamos de manera diplomática, tratando de convencer a quienes eran aliados de Roma de que nos secundaran y abrazaran la causa cartaginesa. Tuvimos la bendición de algunos de los pueblos, no obstante, la mayoría no se atrevía a desafiar a los romanos, siendo que, de igual manera, estarían expectantes ante los próximos acontecimientos.


Pedí nuevos refuerzos a Cartago, pero el Senado se escudó en que sería complejo, pues, entre más ejercito tuviese, más desprotegida quedaría la ciudad. Así, como en la misma Roma.


Mucho más relajado por Italia, me dediqué a deambular por el lugar, sin pensar que la estrategia romana comenzaría a dar frutos, pues había desplazado a sus mejores soldados hacia Hispania. Roma supo cómo jugar sus mejores cartas, sin perder el tiempo, entregando el mando al todavía inexperto y jovencísimo Howling Escipión, hijo y sobrino de dos brillantes generales y perteneciente a una de las principales familias patricias. El mancebo ya tenía cierta trayectoria gracias a su padre. Había combatido en Tesino y en Cannas. Con tan solo veinticuatro años había logrado lo que cualquier aspirante a soldado hubiera deseado, pues el muchacho jamás se había desempañado en ninguna clase de magistraturas que tuvieran que ver directamente con el mando militar, sin embargo, su linaje y precisión marcaron un antes y después, ya que los ánimos y las fortalezas perdidas gracias a nuestro triunfo se verían nuevamente infladas, logrando derrotar a nuestro ejército comandado en conjunto a mis hermanos Asdrúbal y Magón siendo expulsados de Hispania.


En cambio, las tropas romanas no se atrevían a enfrentarme, pues habían aprendido la lección. Me temían, pero, aun así, tenían el desenfado de hostigar a mis hombres a distancia, haciendo que mi ejército no pudiera contenerse. Pero el problema sería más grave para mí, pues siendo un General sin batallas perdidas, quedaría atrapado en Italia, sin aliados ni provisiones y con apenas un puñado de hombres, lo que no nos quedaría más que regresar por mar a Cartago, luego de dieciséis largos años en Italia.


El sentimiento y el dolor era la muerte en vida.

Y el resto...

Es historia...



La derrota de Cartago convirtió a Roma en la dueña absoluta del Mediterráneo occidental.


Tras su victoria, Howling Escipión obtuvo el sobrenombre de "el africano", mientras yo, Leonid Barca, abandonado por mis propios compatriotas, me vi obligado a refugiarme.


Mi error no fue llegar, mas existían razones para ello.

Mi jefe de caballería que, exasperado, porque no me decidía a conquistar Roma cuando la tenía en su mano, me dijo: Cierto es que los dioses no conceden todos sus dones a la misma persona. Tú sabes vencer, Leonid, pero no sabes aprovechar la victoria.


Roma era una ciudad perfectamente amurallada y no disponía de recursos para construir armas de asedio ni mantener un largo asedio con las tropas que me quedaban.


Esperaba que los aliados de Roma se rebelaran y se unieran a mi causa, dejando a Roma huérfana de apoyo exterior. Pero no, no había sido así.


La concepción de colonización romana era muy diferente a los de Cartago. Nosotros, los púnicos nos limitábamos a explotar los recursos de los territorios conquistados. Roma lo hacía también, pero, además, asentaba allí a sus veteranos de guerra, construía calzadas, puentes y acueductos, dotaba de leyes a esas comunidades, y les ofrecía todas las ventajas de su civilización.


La segunda Guerra Púnica decidió la historia de Occidente, construido sobre el Imperio Romano. Jamás sabré qué hubiera pasado si Escipión Howling el africano no hubiera ganado en Zama, o si yo hubiera destruido Roma, como todos esperaban que hiciera.


Cartago se vio obligada a firmar una paz humillante, que puso fin a mi sueño cartaginés de crear un gran imperio en el Mediterráneo occidental.


El peso sobre mis hombros era más grande que nuestros batallones unidos.


Lo que quedó de mí...


En el ocaso de mi vida me vi obligado a exiliarme de mi natural Cartago y refugiarme en el Imperio Seleúcita. Mas no me rendiría. De alguna manera, intenté reconstruir el poder militar cartaginés, empero, perseguido siempre por los romanos y acosado por mis adversarios en el Senado de Cartago, tuve que huir y refugiarme en la corte de Antíoco III de Siria. Fue la primera de las muchas etapas de mi letárgico destierro, donde yo, el más poderoso enemigo de Roma fui venerado por diferentes reyes asiáticos que se empeñaban a aumentar las asistencias militares de sus huestes.


Aun así, tuve la oportunidad de encontrarme una vez más con mi gran enemigo, Howling Escipión «El Africano», en un ambiente lejos de los campos de batalla.


Aunque esta vez nos veríamos en un ambiente totalmente neutral y fuera de toda y despreocupada discusión. Fue en Éfeso, discutiendo como dos viejos amigos sobre quién había sido el mejor general de la historia.


Mi respuesta fue tajante: «Alejandro Magno».

«También lo creo», contestó Howling.


La charla se daba ligera, lo que me hizo volver a preguntarle a quién secundaría. Me dijo que, a Pirro, porque como un buen soldado y como primera virtud era poseer la audacia.


Y así seguimos con las preguntas, como si el hombre insistiera en recorrer una lista para ver su nombre plasmado en ella, pero yo no iba a desistir.


«Pues no me queda más que nombrarme, pues he conquistado Hispania y he atravesado los Alpes junto a mi ejército desde los tiempos de Heracles. Traspasé Italia, y temblaron por el terror de ser invadidos, llegando a abandonar sus propias tierras en antaño. Basta con mi palabra para que ustedes se sientan amedrentados».


El general romano vio que mi discurso no tendría fin, algo que lo exasperó, eso sí, sin dejar de lado esa clásica prepotencia tan característica de su pueblo:


«¿En qué posición te colocarías, Leonid, si no hubieras sido derrotado por mí».


«En ese caso me habría colocado por delante de Alejandro», manifesté con tranquilidad.


Hallaré un camino o lo abriré...


Al momento de firmar el tratado de la paz con Roma en 201 a.C., me decidí pasar a formar parte de la vida política de Cartago uniéndome al partido democrático, resuelto a perpetuar la expansión por África a costa de los númidas.


Fui elegido como sufete, como una especie de senador, en el año 196 a.C. ayudando a restaurar el poder y la autoridad del Estado, lo que me llevó a enemistarme con los oligarcas que me acusaban de traición por no haber atacado a Roma, pudiendo hacerlo.


Nadie lograría comprender mis explicaciones.

Exigí lo que correspondía, una indemnización a Roma, pero estos acudieron a los mismos romanos, exigiendo a los políticos que querían mi cabeza. Yo no iba a acceder.


Roma, aún con su prosperidad y colonización, seguía temiéndonos debido al progreso de Cartago.


Estando bajo la protección del Rey de Bitinia (un antiguo reino localizado al noroeste de Asia Menor), tomé la resolución de cometer suicidio C. empleando un veneno que llevé conmigo durante mucho tiempo en un anillo. Lo hice al sospechar que agentes romanos estaban cerca de capturarme en el invierno del 183 a.


La vida puede ser irónica, pues mi fallecimiento fue curiosamente el mismo año que Howling Escipión «El Africano».


Mi historia es la de un hombre que dio su vida entera por los intereses de su pueblo, fui dotado de una inteligencia envidiable y de una capacidad táctica inigualable, siendo respetado y estudiado hasta por mis enemigos. Mis maniobras militares perdurarán, pero, más allá de ello, deseo que en la batalla se conserve el espíritu propio de un guerrero, que el temor no tenga sostén ni convicción, que se conlleve ese amor por la tierra, por lo que es propio. Que prevalezca el orgullo y la deferencia por parte de nuestros adversarios.


Mi pueblo ha desaparecido.

Sepultado por otra gran civilización, sin embargo, esas rocas, esas edificaciones seguirán sosteniendo lo que ahora es recordado.


No arrasé Roma por una simple valoración táctica, ya que no quise perder el tiempo en un asedio prolongado cuando parecía más asequible confinar este orbe del resto de toda Italia. Otros decían que era un hombre sabio y culto que nunca pretendió la destrucción de Roma.


Eso, es algo que me llevaré a donde descansan los libertadores.

Jan. 16, 2021, 1:47 a.m. 10 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

Leónidas G. «La memoria es un trozo infinito. A veces se hace invisible y grita, pero también se encierra en su silencio». ~Leónidas G. Escritor polifacético, amante del café. Diseñador, ilustrador de sueños y traductor. Un alma cromática, libre de edificaciones utópicas. ➤Todos mis escritos están registrados en SafeCreative. No acepto adaptaciones ni copias de mis libros bajo ninguna circunstancia.

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Isabella Sambuceti Isabella Sambuceti
¡Excelente cuento! Debo admitir que hace mucho que no leía histórico, pero me encantó. Tuviste una facilidad para transportar al lector con todos los detalles, un gran cuento.
January 20, 2021, 15:38

  • Leónidas G. Leónidas G.
    Owwwws muchísimas gracias por brindarme de tu tiempo en leerme. Me alegra saber que has disfrutado de esta historia (: January 20, 2021, 15:43
Mari Reyes Mari Reyes
Genial!!! Cómo todo lo que escribes, haces que se viva desde dentro. 👏👏
January 19, 2021, 12:44

  • Leónidas G. Leónidas G.
    ¡Oh, muchísimas gracias! 😊 January 20, 2021, 01:17
Jancev Jancev
¡Qué cantidad de detalle! Tienes una ortografía y gramática excelentes y tu narración es fluida y adecuada al tema. ¡Me ha gustado mucho!
January 17, 2021, 20:53

  • Leónidas G. Leónidas G.
    Ohhhh Jancev, ¡muchísimas gracias! Valoro mucho lo que me dices (: gracias, gracias, gracias!!! January 17, 2021, 20:56
Marina Andrea Marina Andrea
Muy bueno! Me encanta el detalle y el conflicto en el marco histórico, hace al lector poder formar un escenario y ser parte de la narración.
January 17, 2021, 14:12

Angie  Perez Angie Perez
Excelente 👏👏👏👏👏.
January 17, 2021, 05:34

~