Benito Cereno Follow story

N
Nico Dunn


En 1799, el capitán Amasa Delano ancló en la bahía de una isla desierta del litoral chileno. A la mañana siguiente apareció en el lugar un misterioso navío, el Santo Domingo. Las maniobras de éste hicieron sopechar que se trataba de un barco en apuros, con lo que ordenó que se preparara un bote y acudió a la misteriosa nave para prestar su ayuda. El espectáculo que encontró fue sorprendente. Aquél era un barco de esclavos al que la tempestad y una epidemia habían diezmado. Ahora los marineros blancos convivían entre los negros en una situación adversa por la falta de provisiones y de oficiales y el extraño comportamiento del capitán del barco Don Benito.


Science Fiction All public.

#hermanmelville
1
3856 VIEWS
In progress - New chapter Every Wednesday
reading time
AA Share

Primera parte

Corría el año 1799, cuando el capitán Amasa Delano, de Duxbury (Massachusetts), al mando de un gran velero mercante, ancló con un valioso cargamento en la ensenada de Santa María, una isla pequeña, desierta y deshabitada, situada hacia el extremo sur de la larga costa de Chile. Había atracado allí para abastecerse de agua. Al segundo día, poco después del amanecer, cuando aún se encontraba acostado en su camarote, su primer oficial bajó a informarle que una extraña vela estaba entrando en la bahía. Por aquel entonces, en esas aguas las embarcaciones no abundaban como ahora. Se levantó, se vistió y subió a cubierta. El amanecer era característico de esa costa. Todo estaba mudo y encalmado; todo era gris. El mar, aunque cruzado por las largas ondas del oleaje, parecía fijo, con la superficie bruñida como plomo ondulado que se hubiera enfriado y solidificado en el molde de un fundidor. El cielo aparecía totalmente gris. Bandadas de aves de color gris turbio estrechamente entremezcladas con jirones de vapores de un gris igualmente turbio pasaban a rachas en vuelo rasante sobre las aguas, como golondrinas sobre un prado antes de una tormenta. Sombras presentes que anunciaban la llegada de sombras más profundas. Para sorpresa del capitán Delano, el desconocido, visto a través del catalejo, no mostraba colores a pesar de que mostrarlos al entrar en un puerto, por más deshabitadas que estuvieran sus orillas, donde pudiera encontrarse un solo barco, era costumbre entre marineros pacíficos de todas las naciones. Considerando la soledad y el desamparo del lugar, y la clase de historias que en aquellos días se asociaban a esos mares, la sorpresa del capitán Delano se hubiera trocado en intranquilidad de no haber sido éste una persona de naturaleza singularmente confiada, que no tendía, excepto a causa de extraordinarios y reiterados motivos, y aún así difícilmente, a permitirse sentimientos de alarma que implicaran de alguna manera la imputación de perversa maldad en el prójimo. A la vista de todo lo que es capaz el género humano, mejor será dejar en manos de los entendidos determinar si tal característica supone, junto a un corazón benevolente, algo más que la normal rapidez y precisión en la percepción intelectual. Pero, cualesquiera que fueran los temores que hubiera suscitado la presencia del desconocido en la mente de cualquier 3 marinero, se habrían casi desvanecido al observar que la nave, al entrar navegando en la ensenada, se aproximaba demasiado a tierra para evitar un escollo sumergido que se divisaba cerca de su proa. Ello parecía probar que era realmente un extraño, no tan sólo para el velero, sino también respecto a la isla; por lo tanto, no podía tratarse de ningún filibustero habitual de esas aguas. Sin perder interés, el capitán Delano siguió observándolo, tarea que en nada facilitaban los vapores que cubrían el casco, a través de los cuales la lejana luz matinal del camarote fluía con considerable ambigüedad; al igual que el sol, que empezaba a mostrar su truncada esfera sobre la línea del horizonte aparentando acompañar al desconocido que entraba en la ensenada, y que, velado por esas mismas nubes bajas y errantes, aparecía de forma no muy distinta al siniestro único ojo de una intrigante de Lima acechando la plaza desde la rendija india de su oscura saya y manta. Podía haber sido tan sólo un engaño de la niebla, pero cuanto más tiempo se le observaba, tanto más singulares parecían las maniobras de aquel velero. Poco después resultaba difícil conjeturar si se proponía entrar o no, qué quería o qué pretendía hacer. El viento, que había arreciado un poco durante la noche, era ahora extremadamente suave y variable, lo cual aumentaba la aparente inseguridad de sus movimientos. Suponiendo finalmente que podía tratarse de un barco en apuros, el capitán Delano ordenó que lanzaran al agua su barca ballenera, y, a pesar de la cautelosa oposición de su primer oficial, se preparó para abordarlo y, por lo menos, dirigirlo a puerto. La noche anterior, una partida de marineros había ido de pesca a bastante distancia, a unas rocas algo alejadas, fuera de la vista del velero, y, una o dos horas antes del amanecer, habían vuelto, con un botín mayor de lo esperado. Presumiendo que el navío desconocido podía haber pasado mucho tiempo en aguas más profundas, el bueno del capitán puso en la barca unos cuantos cestos de pescado, para ofrecérselos como obsequio y partió. Viendo que proseguía demasiado cerca del escollo hundido y considerándolo en peligro, mandó a sus hombres que se apresuraran para poder advertir a los de a bordo de su situación. Pero, poco antes de que la barca se acercara, el viento, aunque suave, habiendo cambiado de dirección, había 4 alejado la nave, además de haber disipado en parte las brumas que la rodeaban. Al obtener una vista menos remota, cuando la nave se hizo destacadamente visible sobre la cresta de un oleaje plomizo, con jirones de niebla aquí y allá cubriéndola como harapos, apareció como un monasterio de blancas paredes, tras una terrible tormenta, asomando sobre un peñasco pardo en el corazón de los Pirineos. Pero no era una semejanza puramente imaginaria lo que entonces, por un momento, llevó al capitán Delano casi a pensar que un barco repleto de monjes se hallaba ante sus ojos. Mirando por encima de los macarrones, se encontraba lo que realmente semejaba un tropel de capuchas oscuras, al tiempo que, saliendo a tongadas a través de las portillas abiertas, se divisaban tenuemente otras oscuras figuras móviles, como frailes negros deambulando por los claustros. Al ir acercándose, esta apariencia se fue modificando y se hizo patente la auténtica índole de la nave: se trataba de un buque mercante español de primera clase, que, entre otras valiosas mercancías, transportaba un cargamento de esclavos negros de un puerto colonial a otro. Un voluminoso y, en su momento, excelente navío de los que aún se podían encontrar en aquellos días, de vez en cuando, por esos mares. Naves anticuadas cargadas de tesoros de Acapulco o fragatas retiradas de la armada real española, que, como arruinados palacios italianos, a pesar de la decadencia de sus propietarios, conservaban todavía vestigios de su apariencia original. Al acercarse más y más con la barca ballenera, la causa del singular aspecto blanqueado que presentaba el extraño se hacía patente en el descuidado abandono que lo invadía. Los palos, cuerdas y gran parte de los macarrones parecían recubiertos de lana a causa de la larga ausencia de contacto con la rasqueta, la brea y el escobón. La quilla parecía desarmada, las cuadernas rejuntadas, y la propia nave botada desde el «Valle de los Huesos Secos» de Ezequiel. Pese a la misión para la que actualmente estaba siendo utilizado, el modelo y aparejo del navío en general no parecían haber sufrido ninguna modificación del diseño bélico y Froissart original. Sin embargo, no se veían armas. Las cofas eran grandes y estaban cercadas por lo que había sido una red octagonal, todo ahora en triste desorden. Dichas 5 cofas colgaban allá arriba cual tres pajareras ruinosas, en una de las cuales se veía, colgando de un flechaste, un Anous stolidus blanco, ave extraña así denominada por su carácter aletargado y sonámbulo, siendo frecuentemente atrapada a mano en el mar. Maltrecho y enmohecido, el almenado castillo de proa parecía un antiguo torreón, tomado por asalto en el pasado y más tarde abandonado. Hacia la popa, dos galerías laterales elevadas, las balaustradas cubiertas aquí y allá de musgo marino seco como yesca, abriéndose desde la desocupada cabina de mando, cuyas claraboyas, a causa del clima templado se hallaban herméticamente cerradas y calafateadas; estos balcones sin inquilino colgaban por encima del mar como si fuera el Gran Canal de Venecia. Pero la principal reliquia de su grandeza venida a menos era el amplio óvalo de la pieza de popa, intrincadamente tallado con los escudos de Castilla y León, enmarcados por grupos de emblemas de tema mitológico o simbólico, y en cuya parte central superior aparecía un oscuro sá- tiro enmascarado pisando la doblada cerviz de una contorsionada figura, también enmascarada. No estaba del todo claro si el barco tenía un mascarón de proa, o tan sólo el simple espolón, a causa de las velas que envolvían esa parte, bien para protegerla en el proceso de restauración, bien para esconder decentemente su deterioro. Rudimentariamente pintada o escrita con tiza, como por un capricho de marinero, a lo largo de la parte delantera de una especie de pedestal bajo las velas, se hallaba la frase «Seguid a vuestro jefe»; mientras que sobre la deslucida empavesada del beque aparecía en majestuosas mayúsculas, que en tiempos habían sido doradas, el nombre del barco San Dominick, con cada letra corroída por los finos regueros de orín que bajaban desde los clavos de cobre; al mismo tiempo, como algas de luto, oscuros adornos de hierbas marinas barrían viscosamente el nombre de aquí para allá con cada fúnebre balanceo del casco. Cuando, finalmente, la barca fue amarrada por babor al portalón central del barco, la quilla, todavía separada unas pulgadas del casco, rozó ásperamente como sobre un arrecife de coral sumergido. Resultó ser un enorme ramo de percebes adherido como un quiste al costado del barco por debajo del agua, testimonio de vientos variables y calmas prolongadas transcurridas en alguna parte de esos mares. 6 Habiendo subido por el costado, el visitante fue inmediatamente rodeado por una clamorosa multitud de blancos y negros, los últimos en mayor número que los primeros, bastante más de lo que podía esperarse en un barco de transporte de negros, como este desconocido de la bahía. Sin embargo, unos y otros en una misma lengua y con voz unánime, empezaron a referir un mismo relato de los sufrimientos padecidos, en lo que las negras, de las que había no pocas, superaban a los demás en su dolorosa vehemencia. El escorbuto, junto con las fiebres, habían barrido gran número de ellos, más especialmente de españoles. Saliendo del cabo de Hornos, habían escapado por poco del naufragio; luego, sin viento, habían quedado inmovilizados durante días enteros; iban cortos de provisiones y casi desprovistos de agua; sus labios, en aquel momento, estaban acartonados. Mientras el capitán Delano se convertía de esta manera en el blanco de todas aquellas lenguas impacientes, sólo un mirada, la suya, también impaciente, observaba todas las caras y los objetos que las rodeaban. Siempre que se aborda por primera vez un barco grande y populoso en medio del mar, especialmente si es extranjero, con una tripulación desconocida como los lascars o los hombres de Manila, se siente una impresión peculiar, distinta de la que se produce al entrar por primera vez en una casa extraña, con extraños habitantes, en una tierra extraña. Ambos, la casa y el barco, una con sus muros y postigos, el otro con sus macarrones, altos como murallas, ocultan a la vista su interior hasta el último instante, pero en el caso de este barco había algo más: el vivo espectáculo que contenía, al revelarse súbita y totalmente, producía, en contraste con el vacío océano que lo rodeaba, un efecto parecido al de un encantamiento. El barco parecía irreal: aquellas extrañas costumbres, gestos y rostros, como un fantasmagórico retablo viviente apenas emergido de las profundidades, que habrán de recobrar sin tardanza lo que nos han ofrecido. Posiblemente fue un influjo parecido al que se ha intentado describir más arriba lo que, en la mente del capitán Delano, le hizo pasar por alto aquello que, observado sensatamente, podía haber parecido poco normal, especialmente las notables figuras de cuatro viejos negros de pelo cano, con cabezas como 7 copas de sauces negros y temblorosos, quienes, en venerable contraste con el tumulto que se encontraba más abajo, se hallaban acomodados, cual esfinges, uno sobre la serviola de estribor, el otro a babor, y los otros dos cara a cara en los macarrones de enfrente, por encima de las cadenas principales. Cada uno de ellos tenía en las manos algunos pedazos destrenzados de cuerdas viejas y, con una especie de estoica satisfacción, iban recogiendo los restos de cuerda en un montoncillo de estopa que tenían a su lado. Acompañaban su tarea con un continuo, grave y monótono canto, murmurando y moviéndose como tantos canosos gaiteros al interpretar una marcha fúnebre. El alcázar sobresalía por encima de una amplia y elevada popa sobre cuyo borde delantero; a unos ocho pies por encima de la multitud general; como los recogedores de estopa, sentados con las piernas cruzadas; alineados a intervalos regulares, se encontraban otros seis negros, cada uno con un hacha oxidada en la mano, que, con un pedazo de piedra y un trapo, se atareaban en fregar como marmitones, al tiempo que entre cada dos de ellos se hallaba un montoncillo de hachas, con los filos oxidados vueltos hacia arriba esperando una operación similar. Si bien, ocasionalmente, los cuatro recogedores de estopa se dirigían brevemente a alguna persona, o a varias, de las que se congregaban abajo, los seis pulidores de hachas ni hablaban con otros ni intercambiaban un solo susurro entre ellos sino que se hallaban entregados a su tarea, salvo en contadas ocasiones, en las que, de dos en dos, con el típico amor de los negros por aunar trabajo y pasatiempo, hacían chocar sus hachas, que sonaban como címbalos, con bárbaro estrépito. Aquellos seis, al contrario del resto, conservaban su tosco aspecto africano. Pero aquella mirada general, que comprendía esas diez figuras, con resultados menos notables, se demoró tan sólo un instante sobre todos ellos, ya que, impaciente a causa de la barahúnda de voces, el visitante se puso en búsqueda de quien fuera que estuviese al mando de la nave. Pero como si estuviera dispuesto a dejar que la naturaleza siguiera su propio curso entre la sufrida carga, o quizá desesperado por contenerla momentáneamente, el capitán español, un hombre de noble apariencia, reservado, y bastante joven a los 8 ojos de un extraño, vestido con singular riqueza, pero mostrando claras secuelas de una reciente falta de sueño a causa de inquietudes y sobresaltos, esperaba pasivamente, apoyado en el palo mayor, lanzando en un momento dado una triste, desencantada mirada sobre su enervada gente, para volverla luego, melancólicamente, hacia su visitante. Se hallaba a su lado un negro de baja estatura, en cuyo rudo rostro, que ocasionalmente levantaba en silencio, como lo hace el perro de un pastor, para mirar al español, se mezclaban por igual la pena y el afecto. Abriéndose paso entre la multitud, el norteamericano avanzó hacia el español dándole muestras de su solidaridad y ofreciéndole toda la ayuda que estuviera a su alcance, a lo que el espa- ñol respondía tan sólo con graves y formales muestras de agradecimiento, empañada su ceremoniosidad hispánica por un taciturno estado de ánimo mezclado con un precario estado de salud. Pero, sin perder tiempo en meros cumplidos, el capitán Delano, volviendo al portalón, mandó subir el cesto de pescado, y como el viento seguía siendo suave, por lo que deberían pasar por lo menos algunas horas antes de que pudieran llevar el barco al fondeadero, ordenó a sus hombres que volvieran al velero y trajeran tanta agua como pudiera transportar la barca ballenera, junto a todo el pan tierno que tuviera el mayordomo, todas las calabazas que quedaran a bordo, una caja de azúcar y una docena de sus botellas de sidra personales. Pocos minutos después de que partiera el bote, para colmo de contrariedades, el viento amainó completamente, y, con la marea, el barco empezó a moverse sin remedio mar adentro. Mas, convencido de que la situación no se prolongaría demasiado, el capitán Delano procuró, con palabras esperanzadoras, levantar el ánimo de los extraños, sintiéndose muy satisfecho porque, gracias a sus frecuentes viajes a lo largo de los mares de España, podía conversar con cierta soltura en su lengua nativa con personas en tan difícil situación. Estando a solas con ellos, no le llevó mucho tiempo observar algunos detalles que tendían a confirmar sus primeras impresiones; pero su sorpresa se trocó en lástima, tanto hacia los españoles como hacia los negros, al encontrar ambos contingentes evidentemente reducidos a causa de la falta de agua y 9 provisiones, del mismo modo que el sufrimiento largo y sostenido parecía haber hecho aflorar las cualidades menos benévolas de los negros, al tiempo que deterioraba la autoridad de los españoles sobre ellos. Sólo que, precisamente en estas condiciones, debía haberse previsto que las cosas llegarían a tal estado. En lo que respecta a ejércitos, armadas, ciudades o familias, incluso en la misma naturaleza, nada relaja tanto las buenas costumbres como la miseria. Sin embargo el capitán Delano tenía la idea de que si Benito Cereno hubiera sido un hombre más enérgico, el desorden no habría llegado a tal extremo. Pero la debilidad del capitán español, ya fuera constitucional o provocada por las dificultades físicas y mentales, era demasiado obvia para ser pasada por alto. Presa de un abatimiento permanente, como si -habiendo sido burlado largo tiempo por la esperanza no pudiera admitirla ahora que la burla había cesado- la perspectiva de fondear aquel mismo día o aquella noche a mucho tardar, disponiendo de abundante agua para su gente y con un fraternal capitán para aconsejarle y ofrecerle su amistad, no le animara de manera perceptible. Su mente parecía trastornada o quizás aun más seriamente afectada. Encerrado entre aquellas paredes de roble, encadenado a un aburrido círculo de mando cuya incondicionalidad le hartaba; cual hipocondríaco abad se paseaba lentamente, parando a veces súbitamente, volviendo a caminar, con la mirada fija, mordiéndose el labio, mordiéndose las uñas, ruborizándose, empalideciendo, pellizcándose la barba, y con otros síntomas de tener la mente ausente o abatida. Ese espíritu enfermizo se alojaba, como ya antes se ha esbozado, en una estructura igual de enfermiza. Era bastante alto, pero no parecía haber sido nunca robusto y ahora, con los nervios destrozados, se había quedado esquelético. Parecía habérsele confirmado recientemente cierta tendencia a las complicaciones pulmonares. Su voz era como la de alguien a quien le falta la mitad de los pulmones, áspera y contenida, como un ronco susurro. No era de extrañar, en tal estado, que se tambaleara, ni que su criado personal lo siguiera sin perderlo nunca de vista. De vez en cuando el negro ofrecía el brazo a su amo, o sacaba un pañuelo del bolsillo para dárselo, cumpliendo estas y similares funciones con ese celo afectuoso que convierte en algo filial o fraterno aquellos actos que en sí mismos no son más qué una muestra de servilismo y que les ha 10 valido a los negros la reputación de ser los ayudas de cámara más satisfactorios del mundo, y con los que su amo no se ve obligado a mostrarse frío y superior, sino que puede tratarlos con amistosa confianza, más que como a un sirviente, como a un fiel compañero. Al tiempo que observaba la ruidosa indisciplina de los negros en general, así como lo que parecía una taciturna incompetencia de los blancos, no sin cierta humanitaria complacencia, el capitán Delano fue testigo de la correcta y firme conducta de Babo. Aunque la buena conducta de Babo parecía despertar de su nebulosa languidez al medio lunático don Benito más efectivamente que el mal comportamiento de algunos otros, no era ésta precisamente la impresión que había causado el español en la mente de su visitante que, en aquel momento, consideró la agitación del español tan sólo como una característica propia de la aflicción general que reinaba en el barco. Sin embargo, el capitán Delano se sentía no poco preocupado por lo que, por el momento, no podía evitar considerar una poco amistosa actitud de don Benito hacia su persona. La actitud del español, además, daba la impresión de un amargo y triste desdén, que no parecía esforzarse en disimular. Pero el norteamericano lo atribuyó caritativamente a los molestos efectos de la enfermedad, ya que, en otras ocasiones, se había dado cuenta de que existen determinados temperamentos, en los que el sufrimiento prolongado parece anular todo instinto social de afabilidad como si, por el hecho de estar ellos forzados a vivir de pan negro, consideraran equitativo que toda persona que se les acercase estuviera indirectamente obligada a compartir su suerte mediante algún desprecio o afrenta. Pero poco después se convencía de que, si bien al principio había sido indulgente al juzgar al español, quizá, después de todo, no había sido lo bastante caritativo. En el fondo, era la reserva de don Benito lo que le disgustaba, pero lo cierto era que mostraba la misma reserva para con su fiel asistente personal. Incluso los informes oficiales que según es costumbre en el mar le eran regularmente transmitidos por algún insignificante subordinado, ya fuera blanco, mulato o negro, a duras penas tenía la paciencia de escucharlos, sin dar muestras de despectiva aversión. Su actitud en tales ocasiones era, 11 salvando las distancias, un tanto parecida a la que se suponía debía ser la de su real compatriota Carlos V, justo antes de dejar el trono para partir a su anacorético retiro. Esa melancólica falta de interés por su cargo se evidenciaba en casi todas las funciones propias de éste. Tan orgulloso como atribulado, no se rebajaba a dar órdenes personalmente. Si era necesario dar alguna orden especial, lo hacía a través de su sirviente, quien la transfería a su destino final por medio de correos, espabilados muchachos españoles o jóvenes esclavos, que, como pajes o peces piloto, estaban siempre a punto, moviéndose continuamente en torno a don Benito. Tanto era así que, de haber contemplado a este impávido inválido que flotaba, inapetente y silencioso, ningún hombre de tierra adentro hubiera podido imaginar que dentro de sí albergaba una dictadura fuera de la cual, mientras estuviera en el mar, no existía ningún apetito terrenal. Así pues, el español, a la vista de su reserva, parecía ser víctima involuntaria de algún trastorno mental. Aunque, de hecho, esa reserva podía haber sido, hasta cierto punto, intencionada. De ser así, se pondría de manifiesto el patológico punto culminante de esa gélida pero concienzuda norma que, en mayor o menor grado, adoptan todos los comandantes de grandes naví- os, la cual, excepto en notables emergencias, elimina por igual toda demostración de superioridad así como cualquier muestra de sociabilidad, transformando al hombre en una especie de monolito, o más bien en un cañón cargado, que no tiene nada que decir hasta que aparece una amenaza. Mirándolo desde este punto de vista, parecía tan sólo una secuela del obstinado hábito provocado por una larga trayectoria de autorrepresión, por la que, a pesar de las condiciones actuales del barco, el español persistía aún en una conducta que aunque inofensiva e incluso apropiada en un buque tan bien equipado como debió de haberlo sido el San Dominick al empezar su viaje, era, en el momento presente, cualquier cosa menos juiciosa. Pero, posiblemente, el español pensaba que con los capitanes sucedía como con los dioses: la reserva debía seguir siendo su guía en cualquier caso. Aunque probablemente esta apariencia de inactivo autocontrol podía ser un intento de disfrazar una estulticia de la que era consciente (no unos principios profundos sino una estratagema superficial). Mas, sea lo 12 que fuere, tanto si la actitud de don Benito era intencionada como si no, cuanto más notaba el capitán Delano que se empecinaba en su reserva, tanto menos incómodo se sentía ante cualquier demostración concreta de esa reserva hacia su persona. De todas maneras sus pensamientos no estaban relacionados tan sólo con el capitán. Acostumbrado al tranquilo orden que reinaba en la confortable familia que formaba la tripulación del velero, la ruidosa confusión de los sufridos tripulantes del San Dominick provocaba repetidamente su atención, pudiendo observar algunas infracciones relevantes, ya no tan sólo de la disciplina sino incluso de la decencia. El capitán Delano sólo pudo atribuirlas, principalmente, a la ausencia de esos oficiales subordinados de cubierta a los cuales, entre otras funciones, se les confía lo que vendría a ser como el departamento de policía de un barco muy populoso. En realidad, los recogedores de estopa aparecían alguna vez para ejercer el papel de guardia y guía de sus compatriotas, los negros, pero aunque ocasionalmente conseguían apaciguar insignificantes enfrentamientos que se producían de vez en cuando entre los hombres, poco o nada podían hacer para establecer la tranquilidad general. Las condiciones en las que se hallaba el San Dominick eran las de un transatlántico de emigrantes, entre cuya multitud de carga viviente se encontraban, indudablemente, algunos individuos que causaban tan pocos problemas como las cajas y fardos, pero los amistosos reproches de éstos hacia sus compañeros más rudos no eran tan efectivos como el poco amistoso brazo del primer oficial. Lo que necesitaba el San Dominick era algo que normalmente tiene un barco de emigrantes: unos severos oficiales superiores. Mas en aquellas cubiertas no se columbraba a nadie que pasara de cuarto oficial. La curiosidad del visitante aguzaba el deseo de conocer los pormenores de los acontecimientos que habían provocado tal ausencia y sus consecuencias ya que, aunque de las lamentaciones que al llegar había recibido como salutación podía entresacar una vaga impresión sobre el viaje, no conseguía hacerse una clara idea de los detalles. El mejor relato de lo acaecido podría ofrecerlo, sin lugar a dudas, el capitán. Aunque, en principio, el visitante se hallaba poco predispuesto a preguntarle, por miedo a provocar un distante desaire. Pero, armándose de 13 coraje, se acercó finalmente a don Benito, renovando las demostraciones de su bienintencionado interés y añadiendo que si él (el capitán Delano) pudiera conocer los pormenores de los infortunios sufridos por el barco, tal vez podría ser capaz de aliviarlos. Es decir, si don Benito le confiaba toda la historia. Don Benito titubeó, luego, como un sonámbulo al que hubieran despertado repentinamente, miró con desconcierto a su visitante y acabó mirando hacia abajo, hacia la cubierta. Tanto rato se mantuvo en esta actitud que el capitán Delano, casi tan desconcertado como él e, involuntariamente, casi tan descortés, se giró súbitamente dejando de mirarle y caminando hacia adelante para acercarse a uno de los marineros españoles a fin de recabar la deseada información. Mas, antes de que hubiera dado cinco pasos, don Benito, con extraña urgencia, le invitó a volver, lamentando su momentánea distracción y manifestando que estaba dispuesto a complacerle. Mientras se iba desarrollando la mayor parte del relato, los dos capitanes permanecieron de pie en la parte de popa de la cubierta principal, un lugar privilegiado, sin otra compañía que el sirviente. -Hace ahora ciento noventa días -empezó el español en un ronco susurro- que este barco, bien equipado de oficialidad y marinería, con algunos pasajeros de camarote, unos cincuenta españoles en total, zarpó de Buenos Aires hacia Lima con el cargamento habitual: ferretería, té de Paraguay y cosas por el estilo -señaló hacia la proa-, y esa partida de negros, que ahora no son más de ciento cincuenta, como puede ver, pero que entonces eran más de trescientas almas. Enfrente del cabo de Hornos encontramos fuertes vendavales. »En un momento dado, por la noche, tres de mis mejores oficiales, con quince marineros, desaparecieron bajo las aguas junto con la verga principal, golpeando la percha bajo ellos, en las eslingas, mientras intentaban, a empujones, esquivar la vela helada. Para aligerar el casco, los sacos de mate más pesados fueron arrojados al agua, así como la mayor parte de barriles de agua que en aquel momento se hallaban amarrados en cubierta. Y fue esta última necesidad, combinada con las prolongadas detenciones que sufrimos después, lo que, a la larga, acarreó las causas principales de nuestra desgracia. Cuando… » 14 Le sobrevino aquí un repentino ataque de tos que lo hizo desmayarse, a causa, sin duda, de su estado de agotamiento mental. Su criado lo sostuvo y, sacando una medicina de uno de sus bolsillos se la puso en los labios. Volvió algo en sí. Pero no queriendo todavía dejarlo sin sostén ya que aún no estaba perfectamente restablecido, el negro seguía rodeando a su amo con un brazo, al tiempo que mantenía la mirada fija en su rostro, como buscando el primer signo de recuperación, o de recaída, según se diera el caso. El español continuó, pero de manera oscura y fragmentada, como entre sueños. -¡Oh, Dios mío! Antes que pasar por lo que he pasado, habría acogido con júbilo los más terribles vendavales; pero… Su tos reapareció aún con mayor violencia; cuando ésta se calmó, con los labios enrojecidos y los ojos cerrados se desplomó en brazos de su criado. -Su mente desvaría. Pensaba en la peste que se abatió sobre nosotros tras los vendavales -susurró quejumbrosamente el sirviente-. ¡Mi pobre, pobre amo! -retorciendo una mano y secándose la boca con la otra-. Pero tenga paciencia, señor -volviéndose otra vez hacia el capitán Delano-, estos ataques no le duran mucho; el amo se recobrará enseguida. Don Benito, volviendo en sí, prosiguió; mas como esta parte del relato fue narrada de forma muy fragmentada, tan sólo se hará constar la esencia. Al parecer, después de que las tormentas empujaran la nave lejos del Cabo durante muchos días, hizo su aparición el escorbuto, llevándose la vida de gran número tanto de blancos como de negros. Cuando, finalmente, consiguieron adentrarse en el Pacífico, los mástiles y las velas estaban tan dañados y tan inadecuadamente manejados por los marineros supervivientes, muchos de los cuales habían quedado inválidos, que, incapaz de mantener su rumbo hacia el norte, a causa del fuerte viento, la inmaniobrable nave fue empujada en dirección noroeste, donde la brisa la abandonó repentinamente, en aguas desconocidas, a merced de una calma sofocante. La ausencia de barriles de agua se reveló tan fatal para la supervivencia como antes había amenazado serlo su presencia. Provocada, o por lo menos agravada, por la más que escasa provisión de agua, una fiebre maligna sucedió al escorbuto, que junto al excesivo calor 15 de la interminable calma, consiguió barrer en poco tiempo y como a oleadas, familias enteras de africanos y un número aún mayor, proporcionalmente, de españoles, incluyendo, por infortunada fatalidad, todos los oficiales que quedaban a bordo. Así pues, con los repentinos vientos del Oeste que, finalmente, siguieron a la calma, las velas ya rasgadas, al tener que dejarlas simplemente caer por no poderlas replegar, habían quedado reducidas a los harapos que eran ahora. Con la intención de encontrar quien reemplazara a los marineros que había perdido, además de provisiones de agua y velas, el capitán, en cuanto le fue posible, puso rumbo a Valdivia, el puerto civilizado más meridional de Chile y de toda América, pero al acercarse, la bruma no le permitió ni tan siquiera avistar dicho puerto. A partir de entonces, casi sin tripulación, casi sin velas y casi sin agua, y, de tiempo en tiempo, librando al mar el creciente número de muertos, el San Dominick había sido zarandeado por vientos contrarios, arrastrado por corrientes y recubierto de algas durante los períodos de calma. Como un hombre perdido en un bosque, más de una vez había avanzado en círculos. -Pero durante todas estas calamidades -continuó con voz ronca don Benito, girándose a duras penas mientras su criado lo mantenía medio abrazado-, debo agradecer a estos negros que ve, quienes, aunque a sus ojos sin experiencia parezcan ingobernables o revoltosos, se han comportado, ciertamente, con menor turbulencia de la que su propio dueño hubiera creído posible en tales circunstancias. En este punto volvió a perder el conocimiento. Su mente volvió a desvariar. Pero se rehízo y prosiguió con más claridad. -Sí, su dueño llevaba razón al asegurarme que con estos negros los grilletes no serían necesarios; tanto es así que no sólo han permanecido siempre en cubierta, sin ser echados a la bodega como a los hombres de Guinea, como es habitual en este tipo de transporte, sino que se les ha permitido moverse libremente, con ciertas limitaciones, como a su aire. Una vez más, se desmayó, su mente divagó, pero, recuperándose, terminó diciendo: -Pero es a Babo, aquí presente, a quien debo no tan sólo mi propia preservación sino que también es a él más que a nadie a 16 quien debo el mérito de poder tranquilizar a sus hermanos más ignorantes, cuando, a veces, se sentían tentados a quejarse. -¡Ay, amo! -suspiró el negro, bajando la cara-. No hable de mí, Babo no es nada, lo que ha hecho Babo era sólo su deber. -¡Qué fiel compañero! -exclamó el capitán Delano-. Don Benito, lo envidio por tener tan buen amigo, pues no puedo llamarle esclavo. Teniendo ante sí al hombre y a su amo, el negro sosteniendo al blanco, el capitán Delano no pudo sino percatarse de la belleza de una relación que ofrecía tal espectáculo de fidelidad por una parte y de confianza por la otra. Realzaba la escena el contraste de sus vestiduras que ponía de manifiesto sus relativas posiciones. El español llevaba una amplia chaqueta chilena de terciopelo oscuro; calzones cortos blancos y medias, con hebillas de plata en la rodilla y en el empeine; un sombrero de alta copa, realizado en fino lino de China; una delgada espada, montada en plata, colgando del nudo de su faja, la última a modo accesorio, más por su utilidad que como ornamento, casi indispensable, en la indumentaria de un caballero sudamericano de la época. Excepto cuando sus ocasionales contorsiones nerviosas provocaban algún desorden, había en su vestimenta una segura precisión que contrastaba curiosamente con el impresentable desorden del entorno, especialmente en el descuidado sector, por delante del palo mayor, ocupado enteramente por los negros. El criado llevaba tan sólo unos pantalones anchos, que, por ser toscos y estar llenos de remiendos, parecían hechos de gavia vieja; no obstante, estaban limpios y se los ataba a la cintura con un pedazo de cuerda destrenzada, y, junto a su aire de compostura y a veces de lamentación, le conferían un cierto parecido con un fraile mendicante de la Orden de San Francisco. Aunque inapropiado para el lugar y el momento, al menos al franco parecer del norteamericano y sobreviviendo extrañamente a través de todas sus aflicciones, el acicalamiento de don Benito, en lo que respecta a la moda, no podía ser más del estilo del momento entre los sudamericanos de su clase. Aunque en el presente viaje había zarpado de Buenos Aires, se había declarado nativo y residente de Chile, cuyos habitantes no habían aceptado, por lo general, el vulgar abrigo y los 17 pantalones en otro tiempo plebeyos, sino que, con las convenientes modificaciones habían conservado su típica vestimenta, pintoresca como ninguna otra en el mundo. De todos modos, a tenor de la pálida historia de su viaje y de la misma palidez de su propio rostro, parecía haber algo tan incongruente en el atavío del español que casi sugería la imagen de un cortesano enfermo tambaleándose por las calles de Londres en tiempos de la peste. La parte del relato que posiblemente despertaba mayor interés, además de sorpresa, considerando las latitudes en cuestión, era la de las largas calmas de las que había hablado, y más en particular, el largo tiempo que el barco había permanecido a la deriva. Sin comunicar su opinión, por supuesto, el norteamericano no pudo menos que imputar, por lo menos, parte de los períodos de inmovilidad tanto a una impericia marinera como a una defectuosa navegación. Observando las menudas y pálidas manos de don Benito, cayó fácilmente en la cuenta de que el joven capitán no había llegado a comandante a través del agujero del ancla sino desde la ventana del camarote; y, si ello era así ¿cómo extrañarse de su incompetencia, siendo joven, enfermo y aristócrata al mismo tiempo? Pero, ahogando su crítica en compasión, tras renovar otra vez su simpatía, el capitán Delano, habiendo oído su historia, no sólo se propuso, como al principio, ver a don Benito y a su gente atendidos en sus más inmediatas necesidades físicas, sino que, además de todo ello le prometió ayudarlo a procurarse un buen abastecimiento duradero de agua, al igual que velas y aparejo, y aunque a él le iba a provocar una situación embarazosa, le prestaría a tres de sus mejores marinos para que, provisionalmente, le sirvieran como oficiales de cubierta y que así, sin más dilación, el barco pudiera continuar hasta Concepción, donde podría ser reparado completamente y después llegar a Lima, su puerto de destino. Tal generosidad tuvo su efecto, incluso sobre el enfermo. Su rostro se iluminó; impaciente y febril, buscó la honesta mirada de su visitante. Parecía vencido por la gratitud. -Esta excitación es mala para el amo -susurró el criado cogiéndolo del brazo y llevándolo poco a poco aparte con palabras tranquilizadoras. 18 Cuando don Benito volvió, el norteamericano observó con tristeza que la ilusionada esperanza de aquél, al igual que el repentino fulgor en sus mejillas, había sido sólo algo febril y transitorio. Poco después, con semblante apagado, mirando hacia la popa, el anfitrión invitó a su huésped a acompañarle allí, para aprovechar la brisa que pudiera levantarse. Como, durante el relato de lo acontecido, el capitán Delano se había sobresaltado más de una vez con el ocasional sonido de platillos que producían los pulidores de hachas, se extrañó de que fueran permitidas tales interrupciones, especialmente en esa parte del navío y a oídos de un enfermo; y, además, como la visión de las hachas no resultaba muy atractiva y aún menos la de aquellos que las manipulaban, el caso fue que, a decir verdad no sin cierta temerosa reticencia, o incluso puede que con cobardía, el capitán Delano, aparentando complacencia, aceptó la invitación de su anfitrión. Y aún fue peor cuando, por un inoportuno capricho de cumplir con el protocolo, que resultaba aún más penoso por su aspecto cadavérico, don Benito, con castellanas reverencias, insistió solemnemente en que su huésped le precediera para subir la escalerilla que conducía a lo alto, donde, uno a cada lado del último peldaño, a modo de portaestandartes o centinelas, se hallaban sentados dos miembros de aquella hilera siniestra. El buen capitán pasó con cautela entre ellos y al instante de haberlos dejado atrás, como quien ha escapado a un peligro, sintió que las pantorrillas se le contraían de inquietud. Mas, cuando al girarse vio la hilera completa de centinelas que, como muchos organilleros, todavía estúpidamente absortos en su tarea, no eran conscientes de nada ajeno a ella, no pudo más que sonreírse ante su anterior inquieto pánico. En aquel momento, mientras se hallaba de pie junto a su anfitrión, mirando al frente por encima de las cubiertas inferiores, fue sorprendido por uno de esos casos de insubordinación a los que hemos aludido anteriormente. Tres muchachos negros y dos muchachos españoles estaban sentados juntos sobre las escotillas, limpiando una burda fuente de madera en la que recientemente se había cocinado una escasa cantidad de rancho. De pronto, uno de los muchachos negros, enfurecido por una palabra que había proferido uno de sus compañeros, 19 agarró una navaja y, aunque uno de los recogedores de estopa lo instara a contenerse, golpeó al joven en la cabeza infligiéndole una herida de la que fluyó la sangre. Sorprendido, el capitán Delano preguntó qué significaba aquello. A lo que el pálido don Benito murmuró con voz apagada que se trataba meramente de una diversión del muchacho. -Una diversión más bien grave, por cierto -respondió el capitán Delano-. Si algo semejante hubiera ocurrido en el Bachelor's Delight, se habría impuesto un castigo inmediato. Al oír estas palabras, el español lanzó al norteamericano una de sus repentinas, fijas y medio enloquecidas miradas, para después, volviendo a caer en su aletargamiento, contestarle: -Indudablemente, señor, indudablemente. «¿No resultará -pensó el capitán Delano-, que este desventurado es uno de esos capitanes de paja que he conocido, cuya política consiste en hacer la vista gorda ante aquello que no son capaces de reprimir con su sola autoridad? No conozco visión más triste que la de un comandante que sólo ejerce su mando nominalmente.» -Es mi parecer, don Benito -dijo ahora, mirando al recogedor de estopa que había intentado interponerse entre los muchachos-, que le sería muy ventajoso mantener atareados a todos los negros, especialmente a los más jóvenes, sin que importe lo que suceda en el barco. Porque, incluso con mi pequeño grupo, me resulta indispensable este proceder. Una vez mantuve a mi tripulación en el alcázar sacudiendo alfombrillas para mi camarote, cuando, durante tres días, había dado por perdido mi barco -hombres, alfombrillas y todo lo demás-, a causa del vendaval, por cuya violencia no podíamos hacer otra cosa que dejarnos conducir a su merced. -Indudablemente, indudablemente -murmuró don Benito. -Pero -siguió diciendo el capitán Delano, mirando de nuevo a los recogedores de estopa y luego a los cercanos pulidores de hachas-, veo que, por lo menos, tiene atareada a alguna de su gente. -Sí -fue la también vaga respuesta. -Esos viejos de ahí, lanzando sus discursos desde sus púlpitos -continuó el capitán Delano señalando a los recogedores de estopa-, parecen representar el papel de viejos maestros de escuela ante los demás, aunque por lo que se ve, sus advertencias 20 son poco atendidas. ¿Lo hacen por su propia voluntad, don Benito, o les ha mandado que hicieran de pastores de su rebaño de ovejas negras? -Los puestos que ocupan los he ordenado yo -replicó el espa- ñol en tono mordaz, como ofendido por una reflexión pretendidamente irónica. -¿Y esos otros, esos conjuradores Ashanti de ahí -continuó el capitán Delano, bastante intranquilo al mirar el acero que blandían los pulidores de hachas, a las que habían sacado brillo en algunas partes- no resulta curioso que tengan esa tarea, don Benito? -Durante las galernas que encontramos -respondió el espa- ñol- lo que de nuestro cargamento general no se tiró por la borda, resultó muy dañado por la salmuera del aire. Desde que entramos en un tiempo más tranquilo, he hecho que se subieran varias cajas de cuchillos y hachas para revisar y limpiar. -Una idea prudente, don Benito. Supongo que es, en parte, dueño del barco y del cargamento, pero no de los esclavos, ¿no es así? -Soy dueño de todo lo que ve -contestó don Benito con impaciencia-, excepto de la mayoría de los negros, los cuales pertenecían a mi difunto amigo Alejandro Aranda. La mención de este nombre provocó en él una actitud de desolación: le temblaron las rodillas y su criado tuvo que sostenerlo. Creyendo intuir la causa de tan insólita emoción, con la idea de confirmar su suposición, el capitán Delano, tras una pausa, dijo: -Y ¿puedo preguntar, don Benito, si, ya que hace un momento ha hablado de unos pasajeros de camarote, el amigo cuya pérdida tanto lo aflige, acompañaba a los negros al empezar el viaje? -Sí. -Pero ¿murió de la fiebre? -Murió de la fiebre. Oh, si yo hubiera podido… Estremeciéndose de nuevo, el español hizo una pausa. Perdóneme -dijo el capitán Delano en voz baja-, pero creo que, por haber pasado por una experiencia similar, puedo intuir, don Benito, lo que le causa mayor dolor en su aflicción. Una vez tuve la mala fortuna de perder, en el mar, a un 21 querido amigo, a mi propio hermano, que era entonces sobrecargo. Seguro del bienestar de su alma, puedo sobrellevar su partida como un hombre, pero… esa mano honesta, esa mirada honesta que tan a menudo habían encontrado las mías y ese buen corazón, todo, ¡todo!, como sobras para los perros… ¡todo lanzado a los tiburones! Fue entonces cuando me prometí no volver a llevar a un ser querido como compañero de viaje, a no ser que, sabiéndolo él, hubiera proveído todo lo indispensable para embalsamar sus restos mortales y poderlos enterrar al llegar a tierra. Si los restos de su amigo estuvieran ahora a bordo del barco, don Benito, no le afectaría tanto oír mencionar su nombre. -¿A bordo de este barco? -repitió el español. Luego, con gestos de horror, como alejando un espectro, cayó inconsciente en los atentos brazos de su asistente, el cual, con un gesto silencioso hacia al capitán Delano, pareció suplicarle que no abordara un tema tan terriblemente angustioso para su amo. «Este pobre hombre es ahora -pensó el apenado norteamericano-, víctima de esa triste superstición que asocia la idea de duendes en el interior del cuerpo vacío de un hombre, como fantasmas en una casa abandonada. ¡Cuán distintos somos unos y otros! La sola mención de lo que para mí, en el mismo caso, hubiera significado una solemne satisfacción, horroriza al español hasta el punto de ponerlo en este trance. ¡Pobre Alejandro Aranda! Qué diría si pudiera ver aquí a su amigo, -quien, en pasados viajes, cuando usted se había quedado atrás durante meses, me atrevo a decir que a menudo habría deseado y deseado poder verlo siquiera unos segundos-, ahora traspuesto de terror al menor pensamiento de tenerlo, en algún modo, cerca de él.» En aquel momento, con el triste tañido de una campana de cementerio anunciando el duelo, la campana del castillo de proa del navío, golpeada por uno de los canosos recogedores de estopa, anunciaba las diez en punto a través de la densa calma, cuando llamó la atención del capitán Delano la móvil figura de un negro gigantesco que emergía de la multitud de abajo y, lentamente, avanzaba hacia la elevada popa. Alrededor del cuello llevaba una argolla de hierro de la que pendía una cadena enrollada tres veces a su cuerpo, los 22 últimos eslabones sujetos con un candado a una ancha banda de hierro que le servía de cinturón. -Atufal se mueve como un mudo -murmuró el criado. El negro subió los peldaños hacia la popa y, como un valiente prisionero que subiera a recibir sentencia, se plantó con impertérrita mudez ante don Benito, ya recuperado de su ataque. En cuanto lo vio acercarse, don Benito se estremeció, una sombra de resentimiento pasó por su rostro y, como si le asaltara repentinamente el recuerdo de un inútil arrebato de ira, sus blancos labios permanecieron pegados. «Debe de ser un terco amotinado», pensó el capitán Delano examinando, no sin una mezcla de admiración, la talla colosal del negro. -Vea, señor, espera su pregunta -dijo el criado. Así advertido, don Benito, esquivando con nerviosismo su mirada, como rehuyendo anticipadamente una respuesta rebelde, con voz desconcertada, habló de esta manera: -Atufal, ¿me pedirás perdón ahora? El negro no dijo nada. -Otra vez, amo -murmuró el criado mirando a su compatriota con rencorosa censura-. Otra vez, amo, ahora sí que se someterá al amo. -Contesta -dijo don Benito, esquivando aún su mirada-, di tan sólo la palabra perdón y haré que te quiten las cadenas. Al oír estas palabras, el negro, levantando lentamente ambos brazos, los dejó caer después sin fuerza, haciendo sonar sus cadenas, y bajó la cabeza, para luego decir: -No, estoy bien así. -¡Vete! -dijo don Benito con reprimida y desconocida emoción. Pausadamente, como había venido, el negro obedeció. -Perdón, don Benito -dijo el capitán Delano-, esta escena me sorprende, ¿podría decirme qué significa? -Significa que ese negro, él solo, de entre todo el grupo, me ha infligido una particular ofensa. Lo he hecho encadenar. Yo… Aquí hizo una pausa, llevándose la mano a la cabeza, como si algo nadara allí dentro, o una súbita perplejidad hubiera embargado su memoria, pero al encontrar la mirada de aquiescencia de su criado pareció sentirse más seguro y prosiguió: 23 -No podía mandar azotar semejante corpulencia. Pero le dije que debía pedirme perdón. Todavía no lo ha hecho. Por orden mía debe presentarse ante mí cada dos horas. -Y ¿desde cuándo dura esto? -Desde hace unos sesenta días. -¿Es obediente en todo lo demás? ¿Y respetuoso? -Sí. -Entonces, a mi parecer -exclamó el capitán Delano, impulsivamente-, el interior de ese sujeto alberga un espíritu regio. -Puede que tenga algún derecho a ello -repuso don Benito con amargura- dice que era rey en su tierra. -Si -dijo el criado tomando la palabra-, esas hendiduras que tiene Atufal en las orejas habían llevado aretes de oro; pero el pobre Babo, en su tierra natal, no era más que un pobre esclavo; Babo era esclavo de un negro como ahora lo es de un blanco. Un tanto enojado por esas familiaridades en la conversación, el capitán Delano observó con curiosidad al asistente, luego miró inquisitivamente a su amo; pero, como si ya estuviera acostumbrado a esas pequeñas informalidades, ni el hombre ni su amo parecieron entenderlo. -Dígame, por favor, don Benito, ¿cuál fue la ofensa de Atufal? -inquirió el capitán Delano-. Si no fue nada muy serio, acepte el consejo de un bobo y, en vista de su docilidad general, además de un cierto respeto natural hacia su coraje, levántele el castigo. -No, el amo no hará eso jamás -murmuró entonces para sí el criado-; el orgulloso Atufal debe pedir primero el perdón del amo. Ese esclavo lleva el candado, pero el amo posee la llave. Dirigida su atención por estas palabras, el capitán Delano advirtió por primera vez que, del cuello de don Benito, suspendida a un fino cordón de seda, colgaba una llave. De pronto, pensando en las palabras que había mascullado el criado, intuyendo la finalidad de la llave, sonrió y dijo: -De modo, don Benito, que… candado y llave… , símbolos bien significativos, realmente. Aunque el capitán Delano, hombre por cuya natural simplicidad era incapaz de cualquier sátira o ironía, había pronunciado jovialmente el comentario que aludía al señorío, singularmente evidenciado, del español sobre el negro, pareció de alguna 24 manera que el hipocondríaco lo había tomado como una reflexión maliciosa acerca de su confesada incapacidad, hasta el momento, para doblegar, al menos por requerimiento verbal, la atrincherada voluntad del esclavo. Deplorando este supuesto malentendido, al tiempo que se esforzaba en corregirlo, el capitán Delano cambió de tema, pero, encontrando a su compa- ñero más ensimismado que nunca, como si todavía estuviera digiriendo amargamente el poso de la supuesta afrenta arriba mencionada, poco a poco, el capitán Delano también fue adoptando una actitud menos locuaz, abrumado, contra su voluntad, por lo que parecía ser la secreta venganza del enfermizamente susceptible español. Pero el buen marino, por su talante más bien opuesto, se abstuvo, por su parte, no sólo de mostrarse, sino incluso de sentirse ofendido, y si se mantenía en silencio era tan sólo por contagio.

Feb. 7, 2017, 4:14 p.m. 0 Report Embed 0
Read next chapter Segunda parte

Comment something

Post!
No comments yet. Be the first to say something!
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 3 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!