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Es un día lluvioso y aquel humano camina por los surcos llenos de barro. Él no va solo: su sombrero, su abrigo, sus guantes y su maleta de ruedas lo acompañan. ¿A dónde irá? ¿Por qué no detiene su andar? ¿Por qué se esconde en el campo de trigo?


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#347 #CampoDeTrigo #kiwi
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Un vasto llano se creaba a sus ojos, que soltaban lágrimas sin saberlo. Se sentía totalmente en otro mundo, a pesar de que vivía allí desde hacía años; años que corrieron como agua limpia, qué buenos momentos había experimentado. Sin embargo, el mismo paisaje que alguna vez le había causado felicidad y paz le provocaba una extraña sensación de estar dentro de una caja ridículamente pequeña. Ella tenía muchas puertas, miles de ellas, pero este individuo no las veía. Al contrario, él sentía que las paredes iban hacia su dirección, que era el centro de su mundo. El encierro era su mundo y las puertas, sus salidas invisibles.


Un auto pasó a toda velocidad por la autopista. Los cultivos de trigo se movieron hacia la dirección del rastro perdido, intentando dejar el horrible sentimiento de estar atrás y no poder salir de dónde estaban. De pronto, las nubes soltaron gotas de agua helada, que aterrizaron sobre el elegante sombrero de la persona llorosa y perdida. Esta caminó lentamente hacia los largos surcos de tierra y permitió que el líquido del cielo fundiese sus lágrimas en su piel. Hacía mucho frío, pero ella no sentía nada, llevaba puesto un costoso abrigo y una botas de puro campesino; rotas, feas y desgastadas hasta no más. Además, arrastraba una maleta blanca y brillante que se fue ensuciando con el barro de la extensa ruta del laberinto de la vida. Un trueno rugió y el firmamento infinito se iluminó. El individuo no saltó ni se asustó, tan solo siguió su recorrido con la frente en alto y con el espíritu más abajo de los pies.


En el gris océano flotante, unos pájaros negros volaban en grupo. Formaban una formidable y casi indestructible figura que se asemejaba a un triángulo isósceles. Ellos también iban hacia el norte, como la persona de gran elegancia exterior; aunque ellos se fueron primero para dejar atrás la tormenta. Un rayo se cruzó en el camino del individuo, a él no le importó y siguió marchando hacia su muerte. Luego de unos largos minutos bajo la lluvia de gotas gordas, una exquisita danza de luces se presentó en el cielo. Aparecía una y otra luz, después desaparecían y el remplazo de ellas llegaba con el mismo carisma y con la misma sensualidad. El trigo del campo ya estaba mareado de tanto moverse de un lado para otro a causa del fuerte viento que hizo volar de repente el sombrero de ser andrógino. Este miró cómo su último buen recuerdo se escapaba de su miseria interna y, como acto de rabia momentánea, se quitó los hermosos guantes blancos que cubrían sus amargas y secas manos. Los tiró al barro con gran potencia y continuó caminando.

Las botas de la dama o del caballero comenzaron a hacer un extraño ruido. Sus pasos eran rápidos, pero inseguros; más de una vez sus pies se resbalaron y, por consecuencia, su tobillo se dobló. Su andar no era el de un majestuoso caballo, sino el de un humano y empeoró cuando los vientos iban en su contra. La mujer se dirigía hacia el norte; la naturaleza, hacia el sur. Sin embargo, el hombre continuó el camino que se estrechaba cada vez más: el pasar era mucho más difícil, además que los cultivos se fueron haciendo más y más grandes. El cielo y sus bailes habían desaparecido, por lo que la luz era una desconocida para el ser que se abría ruta por el barro. Al final, soltó la maleta, que contenía miles de fotografías de paisajes, de animales y de otras personas; ni una de ellas tenía impresa el irreconocible rostro del individuo.


Luego, el abrigo se volvió pesado y húmedo: en vez de abrigar, estorbaba y provocaba más frío. A pesar de que la luz estaba ausente, los sollozos del mundo caían sobre el caballero, que se encontró una inmensa roca roja de frente. La escaló, pero su prenda no cesaba de jalarlo hacia abajo. Después de una dolorosa reflexión, se la quitó. "Adiós, madre y padre", pensó. Llegó a la cima de la gigantesca piedra y observó a las hormigas, que tenían el mismo tamaño que él. La dama no se sorprendió, en realidad se lo esperaba con toda la esperanza del universo. Aunque, sí se asombró cuando notó que su increíble y limpia apariencia se había contaminado de su asqueroso interior: el barro cubría su misterioso rostro y su extrovertido torso, que estaba envuelto en un suéter gris hecho de poliéster. La mastodóntica lluvia caía con más fuerza y furia, aunque no logró detener el recorrido de la hormiga-humana que interrumpió por menos de un segundo la desordenada y caótica fila de los insectos.


Caminó un poco más y una gotita aplastó al humano. Este no volvió a levantarse, por lo que el barro poco a poco lo comió y lo enterró, al igual que sus rastros. Las paredes de la caja por fin se habían encontrado y fusionado, dando paso a la muerte total de su dueño encerrado.

Jan. 8, 2021, 11:53 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

Meet the author

KIWI Me he perdido y no sé dónde. Me dicen Kiwi; siempre por mi verdadero nombre. Escribo sobre todo cuentos, porque la cabeza no me da para más. El perfeccionismo me describe y la contradicción me desvalora. Bienvenidos a este conticinio. Disfruten el silencio del exterior y el ruido de sus cabezas.

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