querubinne Tamine Rasse Cartes

Relato interestelar de terror y romance, dos cosas que no deberían ir de la mano, pero que resultan exquisitas cuando lo hacen. Dentro de la estación espacial internacional, un lamenta su soledad cuando una misteriosa mujer aparece tras la ventanilla. Su belleza y la nostalgia que emana no lo dejan en paz, y a pesar de que su entrenamiento (y el sentido común) le advierten que se quede quieto, él está convencido de que el corazón no conoce límites ni especie, y está dispuesto a todo con tal de conseguir a la mujer de sus sueños.


Science Fiction Space opera All public.

#extraterrestres #horror #terror #aliens #relato #cuento #381 #universo #espacio
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Iris

Bip-bip-bip. Bi-bu-bi-bu. Bip. Bip.

Me encontraba sentado en el suelo del único salón de la estación espacial que tenía acceso a una ventana en el ala de vivienda. Cabeceaba, ya ni siquiera notaba el pitido de la maquinaria o la soga en mi cintura que me anclaba al suelo. Parecía que hoy no vendría, ¿por qué habría de hacerlo? Hace ya tres noches que no veía sus acuosos ojos celestes y su iridiscente cabello blanco.

Cuando ya estaba por darme por vencido e ir por fin a atarme a mi unidad de sueño para dormir las únicas tres horas que le quedaban a la noche, la sentí. Dentro del diminuto salón, el aire se tornó helado, el vello de mi cuello se erizó levemente y me bastó darme la vuelta para encontrarla ahí, pálida, delgada e indefensa. Nuestras miradas se cruzaron a través del grueso vidrio de la estación; intensa la de ella, hipnotizada la mía. Así nos quedamos, mirándonos sin descanso como habíamos hecho noches atrás, hasta que el ruido que hacían mis compañeros al despertar indicaba que había llegado la mañana, y con ello, hacían que mi visión se evaporara.

A menudo me preguntaba si habría enloquecido, ¿sería el encierro de semanas al que me había visto sometido? ¿Estaba mi cerebro resintiendo la falta de oxígeno contaminado de la superficie terrestre? Durante la jornada laboral, mientras me sentaba a trabajar tras un panel de brillantes botones, intentaba descubrir que era eso que me hacía dejar de lado todas mis horas de sueño de lado para pasarlas en cambio de pie a una ventana observando los ojos descoloridos de una criatura tan hermosa y fascinante que no cabía en la realidad de un hombre con tan poco espíritu como yo.

Pero pasados los días masticando su existencia, pasadas las noches entrelazando miradas enternecidas, Eva dejó de volverse un «¿por qué?» y comenzó a volverse un «¿cuándo?».

Eva, Eva, la primera mujer en mi corazón no solo era preciosa más allá de lo imaginable, con su piel nívea y sus largos cabellos que asemejaban a una aurora boreal en el más inhóspito de los sitios nórdicos. Eva, con sus ojos deslavados, esas cuatro redondas pupilas que me miraban anhelantes y que me recordaban al océano que había dejado atrás allá en la tierra. Mi Eva, mi universo hecho damisela, atrás había quedado la noche en la que creí que había perdido la cabeza, cuando sentí tu mirada clavada en mi pecho, atravesando mi piel con el doble de intensidad de lo que cualquier humana sería capaz, gracias a sus cuatro irises que no hacían más que acentuar tu peculiar elegancia. Mientras corría en la caminadora, mientras hidrataba mi comida, la pregunta no era ya «¿por qué me está pasando esto?», sino «¿cuándo podremos hacerlo realidad?». Las noches se sucedían la una a la otra sin novedad, hasta que me decidí a hacer el primer movimiento y apoyé mi mano en la ventana, justo al lado contrario de donde ella apoyaba la suya desde afuera de la estación. Un frío gélido recorrió mi cuerpo, obligándome a apartarme de inmediato. Frente a mí, una imperceptible grieta brillaba donde se habían tocado nuestras manos.

Eva rompió a llorar. Lágrimas negras como el petróleo caían de sus ojos sin que mi amada opusiera resistencia, y le manchaban las mejillas como ríos contaminados de odio. Por primera vez, sus ojos acuosos con doble pupila me parecieron espeluznantes, tuve que obligarme a mantener la mirada para que no se sintiese sola, recordarme lo mucho que la amaba. Pero ni siquiera eso fue suficiente cuando una especie de zumbido resonó al interior de mis oídos, como si cientos de abejas se hubiesen metido dentro y estuvieran comiéndose unas a otras en un desesperado intento por salir. Antes de darme cuenta, lágrimas heladas caían también por mis mejillas sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

Cuando levanté de nuevo la vista, Eva había desaparecido.

–Por fin despiertas –me dijo uno de mis compañeros cuando me hube presentado en la sala de mandos-, estábamos preocupados por ti, ¿qué tienes en los ojos?

–Una infección –me arriesgué a decir, aunque temía que se notara la verdad–. Hoy me toca revisar los paneles exteriores, ¿no es cierto?

–¿Crees que puedas hacerlo? Ya sabes, lagrimeando así...quizás deberías ir a que te lo revisen

–Es sólo un poco de agua –bromeé secamente–, nada que no pueda superar gracias al carísimo entrenamiento de la NASA.

–Ese es mi amigo –me respondió riendo.

El lagrimeo había empeorado a lo largo del día, y había tenido que pasarme la mayor parte de la tarde pretendiendo trabajar en la sala de computadoras porque no sentía que fuera sensato trabajar con herramientas cuando apenas podía ver con un ojo. Además, desde temprano en la mañana había sentido el brazo derecho entumecido, medio reacio a responder y algo tieso. Lo ignoré como pude hasta que comenzó a ponerse helado. Bien entrada la tarde, ya no podía moverlo, y presentaba una ligera coloración azul.

Estirado en mi cama, sentía –o más bien imaginaba, sí, de seguro imaginaba–, como esquirlas de hielo picado avanzaban por mi torrente sanguíneo e iban creando pequeñas llagas en el interior de mi brazo, desgarrando arterías, músculos, y quizás hasta arañando mis huesos. Podía jurar que sentía las pequeñas astillas avanzar hacia mi pecho, y me aterraba que encontraran el camino hacia el costado izquierdo, donde alcanzarían mi corazón, ensartándolo como pequeñas garras hasta hacerlo añicos por completo.

No.

Detente.

Tenía que parar. El encierro no estaba haciéndome nada bien. Probablemente tenía fiebre, eso explicaría el frío, el sudor y los delirios. Quizás había estado padeciendo cuadros febriles hace días, ¿cómo si no podía explicar a la bella dama de cuatro pupilas?

Necesitaba aire fresco.

Desde el espacio todo parece tan pequeño y ajeno, el mundo está lejos y tú no eres parte de él. El vacío es enorme, te sientes tan diminuto e insignificante en el vasto negror del universo y comprendes que no eres importante, no eres parte de algo más grande, eres tú y solo tú, estás sólo, debes ser suficiente para ti mismo. Esos pensamientos siempre me habían reconfortado, pero en ese momento no lograba concentrarme; mis ojos seguían largando agua, el hielo de mi brazo abrazaba ahora el costado derecho de mis costillas y había aparecido un zumbido en mi cabeza que era peor que la interferencia del radio de la estación.

Con horror me di cuenta de que había olvidado anclarme a la estación, y que tan sólo mis manos me mantenían unido a la vida, alejado de caer en la nada e irme flotando para siempre en el olvido.Intenté con todas mis fuerzas aferrarme a la nave, pero sentía como mis dedos perdían fuerza y unas manos pequeñas pero fuertes tiraban de mí hacia atrás, forzándome a soltar el metal.

Fue entonces cuando los vi, los ojos acuosos con cuatro irises que se reflejaban en la parte inferior de mi casco de oxígeno.

Cuando me di la vuelta, ya no había nadie.

Intenté buscarla con la mirada, pero el lagrimeo se había vuelto insoportable: docenas de pequeñas gotas flotaban dentro de mi casco, y el zumbido dentro de mi cabeza me hacía imposible mirar más allá de mi nariz.

El frío se había extendido hasta mi corazón, se notaba que cada latido le costaba a mi músculo más que el anterior. Las válvulas bombeaban sangre como nitrógeno líquido que iba ganando terreno a lo largo y ancho de mi cuerpo, hasta que todo lo que habitaba dentro de mí se sintió congelado y lento, las astillas de hielo me arañaban a lo largo de brazos y piernas, estómago, nariz, testículos, dedos de los pies. Me preparé para el momento en el que todas se ensartarían en mis órganos vitales al mismo tiempo y... Incluso a través del grueso traje espacial, los delicados brazos de mi Eva se percibían fríos. En un momento de delirioso alivio intenté adivinar a cuántos grados bajo cero se encontraría la temperatura de su cuerpo, pero se me escapaban los números a medida que más y más lágrimas se amontonaban al interior de mi casco, dejándome cada vez menos espacio para respirar.

«Al menos moriré en sus brazos», pensé.

Eva seguía sujetándome por detrás, en un abrazo maternal que estoy seguro buscaba hacerme sentir seguro en un momento tan horroroso. Me volteé para mirarla, y ella apoyó su pequeña cabeza en la mole de mi traje. Quise acariciar su cabello boreal, quise sentir por mi mismo el frío imposible de su piel, y esos labios blancos... quise, quise, quise. Nunca había querido algo tanto en mi vida.

Eva debió de haberlo sentido, porque comenzó a hurgar en el lugar donde mi traje y mi casco se encontraban. La dama del espacio levantó el pesado policarbonato y tan pronto como iba a tomar la primera -e instintiva- bocanada de aire, ella vino a mi rescate. Sus labios me besaron antes que la muerte, y con un sabor dulce me devolvieron el aliento y supe que no debía temer a dejar de respirar jamás. Podía vivir de sus besos. De su lengua áspera. Del oxígeno que parecía provenir de su interior. Podía vivir de nosotros.

Por fin pude observar sus ojos tan peculiares de cerca, apreciar su cabello y la luminiscencia de su piel sin que nada se interpusiera entre nosotros. Sus colores eran un millón de veces más potentes, era más bella que cualquier estrella, más deslumbrante que cualquier galaxia. Jamás había visto algo parecido, y por un momento, el temor inundó mi corazón.

–Bésame –pedí, cuando volvía a llenarme de nada. «Bésame y llévate el miedo contigo».

En vez de eso Eva se quedó observándome, sus cuatro pupilas fijas en mí, como si no me comprendiera, como si no entendiera que necesitaba su aliento para seguir allí.

Instintivamente, tomé varias bocanadas de aire, intentando de forma patética encontrar algo que me sirviera en el gran vacío del universo, pero mientras mi piel se volvía azul, el azul de sus ojos se volvía negro. Más negro que el negro abandonado del cielo, más negro que el negro del vacío del universo, era un negro que era muerte, un negro que era condena.

Estaba a punto de desmayarme por la falta de aire cuando sentí sus labios otra vez sobre los míos, pero un dolor desgarrador a ambos lados de mi rostro llegó mucho antes que el alivio que tanto anhelaba. Medio moribundo, pude ver su rostro desencajado teñido de rojo, cientos de dientes afilados como agujas con trozos de carne aferrados a ellos, e incluso creí ver mientras me desangraba lentamente, un trozo de piel con un lunar exactamente igual al que solía tener en la barbilla. Sus ojos se habían agrandado hasta llenar la mitad de su rostro, y cientos de irises, unos más extraños que los otros, habían aparecido en ellos.

Cuando se preparó para dar el segundo mordisco, su hocico se dilató de tal forma que supe que iba a tragarme completo. Desde dentro de su garganta, escuchaba los gritos de otros hombres y los llantos indescriptibles de otras criaturas como un eco de pesadilla que me acompañaría por el resto de la eternidad.

En ese momento supe que cuando terminara conmigo, también yo sería parte de sus ojos azules.

Dec. 30, 2020, 2:50 a.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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Tamine Rasse Cartes Ella / él / elle. Lesbiana no binarie. 25 años. Vegan, parent of two bunnies, art enthusiast. Escribo fantasía y terror, gotta give you guys the thrills.

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