ignarodriguez Ignacia Rodríguez

La historia de los Deiran continúa 7 años después de los acontecimientos de Limbo. Nuevos secretos aparecen mientras algunas verdades se revelan; una vez más nada es lo que parece y esta vez el desafío llevará a Anna y compañía a las mismísimas puertas del infierno.


Fantasy Urban Fantasy Not for children under 13.

#paranormal #fantasia #drama #scifi #muerte #lgbt #cienciaficcion #fantasiaurbana #limbo #ciencia-ficcion #371 #fantasiaoscura #infierno
3
1.4k VIEWS
In progress - New chapter Every 30 days
reading time
AA Share

Lena

No le agradaba comenzar el día con mentiras, sin embargo, llevaba un par de semanas mintiendo por los menos unas dos veces antes del desayuno, todo para no darle más preocupaciones a su hermana. Cada vez que le preguntaban si había dormido bien respondía de forma afirmativa, sin importar que no hubiera pegado un ojo la noche anterior a causa de alguna pesadilla. Decidió que era lo mejor al ver que Anna solía exagerar cuando le comentaba que había pasado mala noche; su hermana se rehusaba a entender que todo el mundo tenía pesadillas de vez en cuando y que no siempre estaban relacionadas con su «herencia».

—¿Segura que dormiste bien? —insistió Anna—. Te ves algo cansada.

—Sí, solo me quedé hasta tarde estudiando algunos kanjis. No entiendo la mitad de los libros de texto. —Eso no era una mentira, solo era una verdad a medias. No era fácil ser una estudiante extranjera en Japón.

Después de dejar tranquila a su hermana con esa breve explicación, le agradeció a Robin por el desayuno y se concentró en la comida sin prestar atención a la conversación matutina que su cuñada había iniciado con Anna.

—Lena. ¿Qué es esto?

Volteó a mirar. Su hermana sostenía el manga que una compañera había dejado tirado en medio del patio el día anterior. La chica no le agradaba, pero el libro se quedó allí olvidado porque una estudiante de otra clase la empujó, le quitó el bolso, volteó todo el contenido en el piso y luego se lo arrojó de vuelta para salir corriendo todo risas con una de sus amigas. Cuando Lena se acercó a ayudar, Misaki nada más tomó sus cosas apresuradamente y se marchó sin escucharla cuando le indicó que olvidaba algo. Se sintió mal por ella, de manera que optó por llevar el volumen a casa y entregárselo al día siguiente. Lo había dejado sobre la mesa de centro de la sala de estar para no olvidarlo.

—Ayer se le cayó a una compañera de clases —respondió sin darle mayor importancia y volvió a su desayuno.

—Y... ¿Qué tan amiga eres de esa compañera?

—No es mi amiga, es odiosa. Me ha dado por lo menos dos pelotazos en la cabeza en cada clase de gimnasia, a propósito. Para peor nos toca hacer el aseo del salón juntas.

Había notado el tono inquisitivo de su hermana y luego la mirada curiosa de Robin, pero lo ignoró y se enfocó en sus tostadas. Su cuñada dejó la isla de la cocina, con la taza de café en la mano, recorrió el par de metros que separaban la cocina de la sala y se sentó en el sofá junto a Anna.

—¡¿Y eso es anatómicamente posible?! —exclamó Robin en shock.

Lena miró atrás por el rabillo del ojo, sin embargo, no le prestó verdadera atención pese a su confusión. ¿Qué tenían que ver la anatomía y los imposibles con los pelotazos y con hacer el aseo del salón de clases?

—Peque... Sabes que puedes hablar con nosotras de lo que sea, ¿verdad?

—Sí, ya sé. ¿A qué viene eso ahora? —preguntó arrugando el entrecejo. No le hacía sentido que su hermana se lo recordara de la nada, tampoco ese tono tan particular que siempre usaba cuando hablaba de un asunto delicado.

—Mira... Si tienes preguntas, aunque sea mera curiosidad, creo que podemos entregarte fuentes más... Bueno, digamos, apropiadas —añadió Robin.

El énfasis en la palabra «apropiadas» fue su signo de alarma. Volteó otra vez, en esta ocasión prestó atención a la cara de su hermana y supo que había algo en ese, en apariencia, inocente libro que estaban mirando. Se levantó y lo tomó de manos de su cuñada, apenas vio el contenido lo cerró de golpe.

«¡Pervertida de mierda!», pensó mirando la portada del manga erótico yuri que no lo parecía desde fuera. Miró a su hermana y a su cuñada, levantó su dedo índice antes de que alguna de ellas pudiera decir algo más y el malentendido pasara a mayores.

—No soy lesbiana ni bisexual ni tengo curiosidad. No es mío. Lo recogí para devolverlo.

—Oye... Está bien, no tienes que inventar nada. Sabes que no te vamos a juzg...

—¡Es que no hay nada que juzgar porque te digo que no es mío! —interrumpió irritada. Robin le susurró algo al oído a Anna y esta asintió. Lena se las quedó mirando incrédula—. ¡¿De verdad no me van a creer?!

—Sí, te creemos. Pero, ya sabes... en caso de que quieras hablar de algo, estamos aquí.

Miró al techo conteniendo el grito de exasperación que luchaba por dejar su garganta. Lo más odioso eran sus miradas comprensivas y maternales, porque seguro pensaban que estaba en una especie de etapa de exploración o negación. Tomó su bolso, guardó el jodido manga y se fue a la escuela sin decir palabra.

Esperó en su asiento hasta que la odiosa Bakasaki apareció en el salón de clases. Apenas cruzó el umbral de la puerta, la chica se apresuró acongojada hasta ella y Lena la saludó dándole con el objeto de la discordia en la cabeza. Luego la arrastró fuera de la sala, hasta un rincón apartado en donde nadie escuchara.

—¡¿Por qué diablos traes estas cosas a la escuela?! ¡Ni siquiera sabía el tipo de manga que era y ahora mi hermana y su esposa están en plan de «te comprendo y acepto tu confusión» conmigo!

—Perdona... ¿Dijiste esposa?

—Sí, y según ella tu estúpido libro muestra posiciones anatómicamente imposibles.

—¿Me estás tomando el pelo?

—Llevan casi 7 años juntas, supongo que a estas alturas habrán probado... —Sacudió la cabeza—. ¡¿Y por qué demonios estoy hablando de eso?! Mira, me da igual si ensucias tu mente de 16 años con pornografía poco realista o no, pero ya deberías saber que muchos no son tan abiertos de mente. Ten cuidado. —Dicho esto se encaminó de vuelta al salón y su compañera la siguió.

—Entonces... ¿De verdad no tienes problemas con eso?

—No, mi hermana y cuñada siempre han estado conmigo. La verdad no entiendo por qué los humanos le dan tanta importancia a una cuestión de gustos.

—Lo dices como si tú no fueras humana —dijo riendo con ligereza.

Lena se mordió la lengua, de tanto estudiar con Dante ya se le había pegado algo de su forma de hablar. Aunque el comentario de Misaki no distaba mucho de la realidad, la verdad era que no se sentía del todo humana. Según lo que sabía, los únicos Homo Sapiens Sapiens de su familia habían sido su abuela materna y su padre.

—Oye... Perdona por ser tan pesada antes, es que... Bueno, Tanaka siempre anda detrás de ti y por tu actitud pensé que eras igual a las...

—Misaki. Solo no seas imbécil conmigo y estamos bien —interrumpió Lena. Le sonrió y entró al salón. Por lo menos ahora sabía que Misaki estaba siendo insoportable con ella por culpa de la tal Tanaka Sakura; la chica le había echado el ojo desde su primer día de clases y Lena había sido en extremo cortante con ella, porque Tanaka no quería rendirse a pesar de sus constantes negativas.

Su jornada escolar transcurrió sin mayor novedad. Nadie en su clase tenía pensamientos interesantes, así que ella no tenía ánimos de tratar de congeniar con ninguno de sus aburridos compañeros; la única que le provocaba algo de curiosidad era Misaki Reiko, no por el incidente del manga, sino por el hecho de que era imposible entrar en su mente, por mucho que lo intentara.

«Aunque, considerando lo que lee, quizás debería estar agradecida por eso», pensó con una sonrisa de incomodidad dibujada en el rostro. No se acercó a ella a pesar de lo mucho que le intrigaba saber el origen de su barrera mental, la verdad era que le complicaba relacionarse con otras personas de su edad y todo empeoraba cuando se enteraban de sus logros en el patinaje. Estaba agradecida por esa temporada en Japón, en donde nadie la conocía aún.

Al terminar la jornada se quedó a cumplir con su deber de asear el salón de clases. Misaki y ella no tuvieron mayor interacción que la necesaria para terminar con la limpieza de forma eficiente. Otras dos compañeras, que también eran parte del grupo, la invitaron a ir a un café cuando acabaron, pero inventó una excusa y rechazó la oferta porque eran de las que solo hablaban de chicos, moda y maquillaje, es decir, todo lo que le aburría.

—A veces es bueno darles una oportunidad de hablar. —Escuchó junto a ella cuando puso un pie fuera del edificio.

Tuvo un sobresalto, pero el repentino susto dio paso a la alegría en un instante cuando vio esos brillantes ojos verdes y esa radiante sonrisa. No dudó en saltar a los brazos de su madre para recibir su abrazo y una efusiva lluvia de besos.

—¿Cuándo llegaste? —preguntó Lena sonriente y aún colgada al cuello de Astrid.

—Hace un par de horas, pero Anna insistió en que no te interrumpiera hasta que salieras de la escuela.

—¿Y Dante?

—Se quedó en casa. Consiguió un par de libros antiguos y no se aguantaba las ganas de sentarse a leer tranquilo. ¿Te llevo?

Miró alrededor y asintió al ver que no había nadie. Se amarró más fuerte al cuello de su madre, esta la sujetó con sus brazos firmes, entonces unas enormes alas negras aparecieron en la espalda de la mujer y emprendieron el vuelo a casa. Lena se largó a reír, no era necesario volar, pero su madre siempre lo hacía solo para entretenerla. Sus ausencias nunca eran muy prolongadas ni muy frecuentes, y de igual manera la consentía como nunca cada vez que regresaba, suponía que nada más era la forma de compensarla por todas las ausencias durante su niñez.

—¿Segura que no las vio nadie? —preguntó Anna con reproche cuando aterrizaron en el patio.

—¡Dante! —exclamó Lena y le saltó a los brazos apenas lo vio salir de la casa. Él giró sobre su eje con ella, abrazándola con afecto y con un: «También te extrañé, pequeña».

—¿Astrid? ¿Segura que nadie las vio? —insistió Anna.

—Ay, tranqui. Si la escuela estaba vacía, solo escuché pensamientos en la sala de profesores que está del otro lado —respondió la aludida con su ligereza habitual.

—Sí, tran... —Lena se interrumpió a sí misma cuando recordó que había una persona que quizás no había salido.

—¿Qué pasa?

—¿Mamá? ¿Y si existiera una persona a quien no le puedes leer la mente?

—Pues... Eso sería raro, hasta donde sé no se pueden ocultar pensamientos a menos que te hayas entrenado en ello. Ahora, si lo dices por la chica que te interesa, salió mientras me abrazabas.

—Ah, bien. —Suspiró aliviada y luego miró a su madre, quien le dedicaba una sonrisa maliciosa—. ¡No empieces a inventar cosas!

—Yo no estoy inventando nada. Te llama la atención, ¿verdad?

—Entonces sí había alguien —murmuró Anna.

—¿Qué clase de alguien? —preguntó Dante, mirándola algo alarmado.

—¡No me interesa en ese sentido! —exclamó irritada. Astrid se largó a reír y la abrazó con afecto. Anna nada más le sonrió y le dio un toque en la nariz antes de entrar en la casa seguida de ellos.

—En todo caso, no te preocupes. Si alguien como ella vio algo, no va a decir nada porque también debe tener algún secreto —dijo Astrid comenzando a preparar café.

Lena no insistió en el asunto, no quería que su preocupación por mantener su vida dentro de los parámetros de los simples mortales se confundiera con interés por Misaki. Nadie hizo más preguntas al respecto y la conversación se centró en cómo había salido el trabajo de su madre. Desde que las habían incluido en el Círculo de Protección de Olivia y Nirelle, había comenzado a trabajar con ellos y a recibir encargos que eran algo parecido a misiones suicidas para muchos miembros, pero que para Astrid eran un juego de niños comparado con todo lo que había pasado en la vida.

Siempre volvía con historias interesantes que los hacían quedarse en vela hasta bien entrada la noche. Esas cenas eternas al regreso de su madre se habían convertido en una especie de tradición, una tradición que lejos era una de sus favoritas. La otra que estaba entre sus favoritas era dormir con ella, como era su costumbre desde pequeña cada vez que su madre volvía de alguno de sus viajes. Por esa época nunca sabía si volvería, ahora estaba agradecida de tener la certeza de que lo haría, aun así, no dejaba de extrañarla y quería aprovechar cada segundo que tuvieran para estar juntas.

Al día siguiente dejó la habitación cuidando de no despertarla, salió con Robin para cumplir con su rutina de entrenamiento matutina y, por primera vez en semanas, no tuvo que mentirle cuando preguntó cómo había dormido. Al volver se vistió para la escuela con un poco menos de desgano que siempre, tenía más ánimo porque era viernes y ya habían planeado un escape improvisado de fin de semana la noche anterior. Lo único que la fastidió fue que nadie en esa casa omitió el comentario «puedes invitar a una amiga si quieres». En momentos así extrañaba la sobreprotección de Taichi y esperaba que Anna terminara pronto con los asuntos en Japón, para regresar a Canadá de una vez por todas. Salió de allí pensando en que se buscaría un novio para disipar las dudas que se habían levantado gracias a ese estúpido libro. Llegó a la entrada de la escuela sin poder deshacerse del enfado.

—Lange.

—Misaki.

Miró a la chica con un humor de perros. Ella era la culpable de su desgracia. Bueno, no del todo. En realidad, entendía un poco la confusión porque ella en su vida había manifestado esa clase de interés en alguien —era Anna la que se perseguía cuando algún chico se acercaba, hasta que se daba cuenta de que no pasaba nada— así que nadie en la familia sabía por dónde iba y, la verdad, ni ella misma lo sabía, pero nunca lo había dicho en voz alta. A veces pensaba que quizás era solo el miedo de terminar como su hermana, es decir, condenada a ver envejecer y morir al amor de su vida mientras el tiempo no pasaba para ella. Aunque con Robin todo era incierto, no iban a saber si envejecía más lento o no hasta que pasaran algunos años más.

—Tu cara me dice que aún tienes ese malentendido en tu casa —dijo Reiko nerviosa.

—Sí. Bueno, no es del todo tu culpa.

—Igual... perdona. Esto... Oye... La mujer de ayer...

—Es mi mamá.

—¡¿Esa MILF es tu mamá?! —exclamó sorprendida. Lena la miró con la boca abierta. No sabía si el comentario le resultaba divertido o perturbador.

—¡Más te vale que mi madre no sea objeto de tus fantasías!

—¿Qué? ¿Yo? No, cómo crees —dijo mirando a otro lado y con un ligero rubor en su pálido rostro—. En realidad... tiene cierto parecido con un familiar.

—¿Un familiar?

Vio la duda en los ojos azules de la chica. Ahora que la miraba con atención, sus facciones le resultaban vagamente familiares, también era evidente que lo más japonés en ella era su cabello liso color negro. Probablemente también era extranjera y solo su padre debía ser originario de esas tierras.

—Pues... Las vi cuando te llevó ayer... —respondió, bajando la voz y provocando un micro infarto en Lena—. Y... mi papá también puede hacer esas cosas.

Su corazón volvió a latir, ahora a un ritmo desenfrenado. Si el padre de Misaki podía hacerlo eso significaba que de alguna manera tenían la misma sangre. Miró alrededor, había algunos estudiantes que también llegaban temprano y no parecían prestarles atención, pero no iba a arriesgarse a que alguien escuchara esa conversación. La tomó de la muñeca y la llevó hasta un lugar un poco más apartado, cerca de las canchas de tenis. A esa hora nadie practicaba y era seguro.

—¿Cómo que tu papá puede hacerlo?

—Lo he visto... —Le mostró su palma y creó una esfera de energía oscura—. También me enseñó a hacer cosas como esta.

Una mezcla de emociones atacó a Lena cuando la vio hacerlo. Miedo, porque su abuelo podría estar alrededor. Sorpresa, al toparse con alguien de esa familia de una forma tan casual. Felicidad, de saber que había alguien más como ella y de su edad. Y, por último, confusión. ¿Cómo es que su madre no sabía de ella?

—¿Cómo... cómo se llama tu papá?

—Aitor.

Lena arrugó el entrecejo. Hasta dónde ella sabía, su abuelo solo había tenido un único hijo varón, un hijo que terminó muerto a causa de sus métodos porque no quiso intervenir cuando el chico atacó a su madre.

«¿Tuvo otro hijo fuera del matrimonio?».

—Mi abuelo también se llama Aitor —dijo después de un momento de silencio. Entonces Reiko la miró arrugando el entrecejo.

—¿Cómo es que tienen el mismo nombre?

—A veces les ponen el nombre de los padres a los niños, ¿no?

—Pero el asunto es que mi abuelo se llamaba Albain, así que no es el caso.

Ambas se quedaron pensativas un momento. Quizás era solo que al padre de Misaki lo habían nombrado de esa forma por aprecio al abuelo de Lena o algo por el estilo, tal vez ni siquiera tenía mucha importancia, los alcances de nombre eran bastante comunes y más entre personas con algún parentesco.

—¿Esto nos hace primas o algo así? —preguntó Reiko.

—Supongo... Lo que me han dicho es que ese poder de manipular oscuridad de la nada viene de una especie de maldición familiar, solo los que descendemos de esa gente lo tenemos.

—Entonces, tenemos algún antepasado en común. ¿Cómo se llama tu mamá?

—Astrid.

—¿Qué? —Reiko la miró, con una sonrisa incrédula pintada en la cara.

—Que se llama Astrid. ¿Qué tiene que se llame así?

—No, no, no. Tú me estás tomando el pelo. Si ella se llama Astrid, es imposible que tu abuelo sea Aitor.

—¿Por qué? —Lena la miró confundida—. Mi abuelo es Aitor, mi abuela se llamaba Agatha y mi mamá es Astrid.

Reiko se sobresaltó, la miró casi sin respirar, luego palideció y negó confundida con la cabeza. Por un momento, Lena pensó que su compañera estaba a punto de desmayarse. Justo cuando iba a preguntarle si quería ir a la enfermería la chica tomó una bocanada de aire y habló otra vez.

—Lo... ¿Alguna vez lo has visto?

—¿A mi abuelo? Solo un par de veces, cuando tenía nueve. Pero mi hermana nunca me dejó acercarme.

Reiko sacó su celular y buscó entre los archivos. Le mostró una fotografía: aparecía una niña de unos diez años, que debía ser ella, una mujer con rasgos asiáticos que debía ser la madre... y el que debía ser el padre...

—Él... Se... se ve igual —dijo Lena con total desconcierto—. Se ve igual a mi abuelo.

—Papá... Él... siempre recordaba a mi hermana, la hija que tuvo antes de conocer a mamá... Me dijo que había muerto... que se llamaba Astrid.

Lena no se esperaba ese golpe. Se apoyó contra la pared y se deslizó hasta quedar sentada en el piso, su rostro perdió color, por un momento le faltó el aire, el piso comenzó a moverse y la pared a oscilar. Sacudió la cabeza, no podía ponerse así, tal vez era solo un alcance de nombre, ¿no?

—Puede ser coincidencia —comentó tratando de convencerse a sí misma.

—Su apellido es Deiran —añadió Reiko.

No hubo más comentarios ni más dudas. Era casi imposible que existiera otra Astrid, hija de Aitor Deiran y que fuera descendiente de esa tribu. Pero... ¿Siquiera era posible? ¿Cómo es que una chica de su edad era su tía? Entonces la imagen de aquel hombre se le vino a la cabeza, él no parecía un anciano en aquel entonces, cualquiera que no supiera su verdadera edad vería a un hombre que apenas llegaba a los cincuenta.

«Por supuesto que es posible... Mamá todavía se ve menor de cuarenta...», pensó. Tomó una bocanada de aire y se levantó. Vio su rostro reflejado en el de su nueva tía cuando sus miradas se cruzaron. Ambas se encontraban en un estado de consternación total. La campana sonó, pero ninguna de las dos se sentía en condiciones de ir a clases con tanta confusión.

—No puedo creer que haya tenido pensamientos incestuosos con mi hermana —dijo Reiko deslizándose por la pared hasta quedar sentada.

—¡Me dijiste que no lo habías pensado! —rugió Lena—. ¡¿Y cómo es que esa es tu primera preocupación?!

—¡No tuve ninguna fantasía con ella! Solo la miré y pensé en que... Pues nada, luego le vi la cara y se me pasó porque se parece a él. ¡Pero igual me preocupa! ¿Qué pasa si vuelvo a mirar a una tipa que esté relacionada conmigo sin saberlo?

Lena la miró con la boca abierta, absolutamente atónita. Es que esa chica en serio tenía algo mal en la cabeza si lo primero que le preocupaba era una estupidez como esa en vez del enredo que de seguro había detrás.

—¡¿Es que tú no sabes quién es tu padre o qué?!

—¡Claro que lo sé! Es un hombre de negocios que enamoró a mi madre, se casó con ella, me tuvieron y se fue a comprar cigarrillos hace cinco años —respondió desviando la mirada.

—¿Hombre de negocios? —preguntó sin creerlo. ¿Es que esa chica no sabía nada?—. Espera... ¿Hace cinco años que no lo ves?

—No, un día se fue y no hemos vuelto a saber de él... —respondió dolida. Luego levantó la vista y miró a Lena sorprendida—. ¡¿Eres mi sobrina?!

—¡¿Hasta ahora caes?! —exclamó irritada. Se tomó el puente de la nariz y trató de pensar con la cabeza fría, podía decir que las neuronas de Misaki no parecían conectar de forma eficiente, así que lo que hicieran con esa información dependía de ella.

Según su nueva tía, el abuelo estaba desaparecido desde hacía unos cinco años por lo que, suponía, era relativamente seguro estar cerca de ella. Tampoco parecía tener más información respecto al origen de su habilidad y él le había mentido al referirse a su otra familia. Quizás no era bueno comentarlo en casa, al menos no todavía, no hasta que pudiera determinar con certeza qué era lo que Misaki sabía y cuál era su verdadera relación con el tal Aitor. Además, aunque ese hombre apareciera, tenía el respaldo del Contrato de su hermana.

—¡Eh! ¡Ustedes! —exclamó una de las profesoras de gimnasia llegando hasta ellas—. ¿Qué hacen aquí? Las clases ya empezaron.

Lena miró a Reiko, aún lucía un poco más pálida de lo normal y seguía sentada en el piso, apoyada contra la pared. Se acercó a la profesora con su mejor cara de preocupación.

—Llegamos temprano y estábamos hablando, pero entonces Misaki empezó a sentirse mal y no quería que la llevara a la enfermería.

La maestra se acercó a mirarla de cerca y estuvo de acuerdo en que tenía mal aspecto.

—Vale, llévala a la enfermería y luego te vas a clases. No te quiero ver dando vueltas por ahí.

Obedecieron al instante. Los nervios de Lena le jugaron una mala pasada y a cada paso se sentía más enferma, más insegura y más preocupada. Al final, Reiko terminó llevándola a ella. Cuando la encargada de la enfermería les vio la cara hizo que ambas se quedaran. Al poco rato salió y ellas se quedaron en las camillas, mirando al techo.

—Tu hermana... ¿Se llama Anna?

—Sí... ¿Él te lo dijo?

—Él decía que se iba por negocios, pero de alguna manera mamá y yo sabíamos que era mentira. Ninguna de nosotras lo decía, era uno de esos secretos a voces. Papá siempre desaparecía mucho tiempo, pasaba meses sin vernos, a veces volvía con heridas y con la ropa manchada en sangre. Nunca nos faltó nada y siempre fue atento con nosotras, así que no hacíamos preguntas.

»Hasta que una mañana, hace unos siete años, llegó a casa serio como nunca. Me llevó a las montañas y me dijo que tenía que enfrentarlo, demostrarle que los entrenamientos habían servido de algo. «Necesito comprobar algunas cosas», fue todo lo que dijo cuando pregunté por qué. Apenas tuve tiempo de reaccionar para esquivar el rayo que me lanzó... Bueno, resumiendo, hice lo que pude y al final me pidió que llamara una sombra y tratara de matarlo.

—¿A ti también te lo pidió? —preguntó Lena sorprendida. ¿Qué obsesión era esa de pedirle a sus descendientes que lo mataran?

—Sí, me dijo que una tal Anna le había ganado de una forma extraña y quería comprobar los alcances de su victoria o algo así. Y nada, él es muy fuerte y yo sabía que no iba a matarlo aunque quisiera, así que obedecí. Él se largó a reír y me felicitó cuando se vio cubierto en sangre. Esa noche lo escuché reír de nuevo, con una copa en la mano, mientras le agradecía a esa mujer en voz alta.

—¿Por qué le agradeció? —preguntó Lena, ahora confundida y asustada.

—Cuando le pregunté, me mostró su torso: las heridas profundas que le hice parecían simples arañazos y se seguían cerrando.

Lena se sintió palidecer. Los miedos de su hermana habían resultado ser reales. Sabía que los alcances de su Contrato hacían imposible un ataque por parte de su abuelo o que él tratara de experimentar con ellas de nuevo, pero Misaki Reiko no era parte de ese pacto.

Su pecho comenzó a oprimirse al pensar en que la chica estuvo dispuesta a obedecer la orden de matarlo y ni siquiera se inmutó al reconocerlo. Lena no pudo evitar ponerse en el escenario de su madre o su hermana haciéndole la misma solicitud: aun sabiendo que no podía dañarlas de gravedad, ella nunca obedecería esa orden y, de llegar a hacerlo, no podría hablar de ello como si estuviera hablando de algo tan banal como el clima.

Que su tía hablara con tanta ligereza del tema no podía ser bueno, no cuando era obvio que estaba dolida por la ausencia de ese hombre, es decir, Misaki amaba a su padre y lo atacó a matar de todas formas. Además, conociendo los antecedentes de su abuelo, de seguro que algún experimento había hecho con ella. Esta chica podía llegar a ser peligrosa, no era seguro tenerla cerca por muy amigable que se mostrara en ese momento; su verdadera naturaleza podría rebelarse en cualquier minuto y, si resultaba que tenía una buena relación con Aitor, estaba el peligro latente de que decidiera seguir los pasos de su padre por voluntad propia.

«Es una amenaza. ¡Elimínala!». Su propia voz la sobresaltó. Habían pasado años desde que su Otra Yo, como la llamaba su hermana, le había hablado. Se incorporó de golpe, sintiéndose incapaz de lidiar con el asunto sola y comprendiendo que no debía estar cerca de Misaki sin saber con certeza lo que debía hacer. «¡Lo que debes hacer es eliminarla!», respondió en sus pensamientos.

—¿Estás bien? —preguntó la chica.

Lena asintió. Se levantó de la camilla, cogió su bolso y salió caminando a paso rápido de la enfermería, bajo la mirada preocupada de su compañera. La voz en su cabeza seguía hablando, se estaba volviendo difícil de ignorar, de verdad estaba casi convencida de que debía eliminar a la amenaza en ese preciso instante, antes de que creciera y pudiera llevarla hasta una caída en picada igual que Aitor hizo con su madre y hermana. Lo mejor que podía hacer era alejarse de Misaki, porque si la tenía cerca una de las dos podría no salir viva de la escuela.

Un sudor frío empezó a recorrerla, el hielo se hizo presente en todo su cuerpo y la oscuridad comenzó a manifestarse a su alrededor sin que fuera capaz de controlarla. La opresión en su pecho era cada vez peor, respirar resultaba cada vez más difícil, y aun así corrió con todas sus fuerzas en dirección al primer piso mientras sus torpes, temblorosas y adormecidas manos trataban de manipular el celular para llamar a casa y evitar una catástrofe.

Cuando por fin pudo marcar suplicó porque alguien respondiera rápido. Escuchó la voz de su hermana desde el otro lado de la línea y se sintió un poco menos angustiada, pero el hielo no se iba, los gritos en su cabeza tampoco y su determinación para no escuchar a su Otra Yo estaba flaqueando. Le daba la razón: tenía que eliminar a la amenaza. Era lo más lógico e inteligente, lo que evitaría un montón de problemas a futuro. El peor escenario era que no existieran motivos reales para eliminarla, sin embargo, incluso ese panorama sería beneficioso porque estaría enviándole un mensaje bastante poderoso a su abuelo... Se abofeteó al notar que definitivamente estaba perdiendo la pelea.

—¿Hola? —preguntó su hermana una vez más.

—¡Anna! ¡Ayuda! ¡No puedo! —exclamó sin poder contener las lágrimas y sin dejar de correr. «Voy», fue todo lo que dijo Anna y cortó la comunicación.

—¡Lange! —llamó Reiko cuando la alcanzó en la entrada.

«¡No seas estúpida! ¡Vas a terminar como esas dos! ¡Elimínala ahora que tienes su confianza!», insistió la voz en su cabeza.

—¡NO!

—¿Qué pasa? —preguntó la chica tomándola del brazo.

—¡No te acerques! —exclamó, zafándose del agarre. Los vidrios de la puerta de entrada estallaron.

—¿Qué tienes? ¿Quieres que llame a alguien?

—¡Aléjate! —ordenó y una ráfaga negra derribó a Reiko. Lena ya no era capaz de seguir corriendo. ¡¿Por qué Anna se tardaba tanto?!

«¡Tienes que eliminarla! Si tu hermana llega la amenaza no desaparece. ¿Quieres quedarte sola otra vez? Porque eso va a pasar si resulta que esta chica es como él. ¡Vas a quedarte sola y rodeada de esa jodida oscuridad para siempre!».

Entonces dejó de luchar. Tenía razón, Anna no era de eliminar amenazas y su madre tampoco; esta chica podía planear cómo matarlas a ellas y a los demás, y Lena no estaba dispuesta a volver a la soledad. Tomar la vida de Misaki era un precio muy bajo si eso significaba seguir viviendo la vida apacible y feliz que tenía con su familia. Cerró los ojos y respiró profundo, los temblores desaparecieron, las dudas se disiparon y el frío se volvió agradable.

—¿Lange? —Misaki se levantó y retrocedió algunos pasos cuando su sobrina volvió a mirarla, esta vez con aquellos hermosos y aterradores ojos color escarlata.

Lena se movió rápida como un rayo, la tomó del cuello y la aprisionó en contra de la pared enterrando las garras en la misma. Se detuvo un momento, al dejarse embriagar por el olor a miedo que desprendía la chica, ese segundo fue suficiente para que Reiko reaccionara con un disparo de oscuridad que aventó a su sobrina a algunos metros lejos de ella.

—¡¿Qué rayos te pasa?! —exclamó Reiko, sobándose la garganta y recuperando el aliento.

—¡Eres una amenaza y voy a eliminarte! —rugió Lena.

Una enorme mano oscura agarró a Reiko y la aventó contra lo que quedaba de la puerta de entrada, arrancando el marco y enviándola a volar hasta el portón de entrada. La chica bloqueó el impacto con una barrera y se levantó con rapidez, sus ojos azules ahora de color ámbar. Lena le disparó un rayo al reconocer los ojos de su abuelo. El impacto levantó una polvareda al destruir el concreto, no había manera de que alguien sobreviviera, pero aun así disparó otra vez para asegurarse. Esquivó el rayo que le llegó de vuelta por un pelo. Gruñó al reconocer una nueva barrera. Iba a ser difícil eliminarla.

El intercambio de disparos continuó mientras un ejército de criaturas oscuras con enormes garras aparecían en ambos bandos. Las de Lena tratando de cortarle la garganta a Reiko y las de esta tratando de inmovilizar a la primera. Supo que estaba tardando demasiado cuando estudiantes y profesores se aglomeraron en las ventanas; atraídos por los destellos de los rayos que las dos adolescentes se disparaban y los temblores y el estruendo que hacían al impactar contra el edificio y el pavimento de la entrada.

Lena rodeó a la chica con oscuridad, inmovilizándola por completo a vista y paciencia de todos los estudiantes y profesores que observaban la escena estupefactos, algunos chicos sacaron su celular para grabar lo que estaba pasando. Una lluvia de diminutas estacas negras cayó sobre las ventanas y muchos huyeron desesperados, otros se quedaron paralizados con el cuerpo a tierra, Lena los ignoró, no eran su objetivo. Alzó un brazo y materializó una serie de estacas sobre la cabeza de la chica. Sonrió victoriosa y cerró la mano dejando caer aquella lluvia sin piedad.

Jan. 1, 2021, 10:10 p.m. 3 Report Embed Follow story
2
Read next chapter Anna

Comment something

Post!
Lily Estrada Lily Estrada
Que gran inicio, tanto de año como de esta nueva historia. Me emocioné tanto cuando leí "su esposa", que terminé gritando en medio de una comida con mi familia jajajaja y lo mismo pasó con el encuentro de tía/sobrina (que por cierto, desanimó un poco a mi lado fangirl que ya estaba listo para shippear a esas dos), ahora todos se preocupan por mi salud mental 😂😂 Ese Aitor si que se ha empeñado en encontrar un hueco en el contrato y lo logró... Aunque su plan se ve algo incierto con ese gran final. Espero con ansias el siguiente capítulo.
January 02, 2021, 00:47

  • Ignacia Rodríguez Ignacia Rodríguez
    Jajaja me alegra que te gustara, lo siento por lo del shippeo y de levantar preocupaciones en tu familia 😂 En sí, Aitor aprovecha hasta las consecuencias negativas de sus derrotas o de sus propios errores, como veremos más adelante 👀 ¡Gracias por leer y por todo el apoyo! De verdad, si no hubiera sido por tus comentarios el 2020 habría sido menos tolerable. Y bueno, espero que los siguientes capítulos también te agraden. ¡Nos leemos! January 02, 2021, 02:34
~

Are you enjoying the reading?

Hey! There are still 6 chapters left on this story.
To continue reading, please sign up or log in. For free!