mazzaro Gabriel Mazzaro

Yo soy un cazador, y mis lanzas y mis cuchillos no son mis armas...


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Asesinato en la Calle José Ramón Vidal.

Yo soy un cazador , y mis lanzas y mis cuchillos no son mis armas.

Yo soy un cazador, y mi campo de batalla no es la tierra, ni el agua, ni el aire, ni el viento, ni el fuego.

Yo soy un cazador, y mi peor enemigo no es un monstruo de la noche.

Yo soy un cazador, y mi trofeo no son cabezas, ni orejas, ni lenguas, ni ojos.

Yo soy un cazador, y mi destino no es morir en el campo de batalla.


Mi oficio es de los más extraños que pueden conocerse, de los más rudos: soy un cazador. Así de simple, y así de complejo.

Mi territorio de acción es el nordeste argentino, principalmente Corrientes Capital. Me especializo en presas de gran tamaño, de más de trescientos quilos. No discrimino en cuanto a castas ni jerarquías, salgo al campo por cualquiera de ellas, sin importarme detalles políticos ni vedas de ninguna clase. Y más allá de los obvios inconvenientes que esta orientación rauda y testaruda me ocasionan, considero que las características de mi trabajo la justifican plenamente. De lo contrario, sería imposible explicar por qué continúo con vida luego de tantas campañas victoriosas.

A estas alturas, la sangre de mis capturas y la mía podrían considerarse iguales; y es por ello que he decidido escribir mis memorias. Necesito, de una forma u otra, escapar del inesperado hecho de que lentamente me he ido convirtiendo, en esencia al menos, en aquello que con tanto ahínco he perseguido y dado filosa muerte.

Sin mayores dilaciones, dejaré que las páginas vayan expresando por sí mismas todo lo que necesito compartir.

Soy Ismael Benítez, y esta es una parte de mi historia. La historia de uno de los últimos cazadores de licántropos.

Estas memorias no seguirán ningún tipo de orden cronológico, no tendría sentido tratar de ordenar algo que no posee inicio o final.

Toda mi vida, hasta estos últimos días, ha sido un transcurrir circular y frenético que jamás a salido de los cotos de casa. No reprocho mis acciones, tampoco las juzgo, pero considero justo que cuente mi parte de la historia.

Comenzaré sin más preámbulos la narración de algunas de mis experiencias, tullido su recuerdo -y tal vez un poco deformado- por el tiempo, pero no menos reales de lo que han sido para mí.

Esa noche de agosto, hacía frío y la luna, hinchada y egocéntrica, vomitaba su luz sobre mis manos resaltando unas venas naturalmente tumefactas. Aquellos capilares eran como ríos desbordados, latiendo con vigor e insistencia, cubiertos de una manta plástica brillante. Con qué interés, pensé, trata el cuerpo de retener la sangre que lo nutre. Y con cuánto más esfuerzo debía yo vaciar el plasma de esas bestias; abrir sus carnes, sacarlos de aquello que con tanto entusiasmo su anatomía intentaba retener. ¿Acaso era su sangre menos noble que la mía? ¿menos roja quizás?

«Hipócrita», me dije. Y apronté a preparar mi lanza, el demonio se acercaba.

Norma -mi casera- había tenido la gran gentileza, de dejarme preparado en mi cuarto una taza de café con unos bocadillos de grasa. Para esos años, alquilaba un dúplex cerca del Hospital José Ramón Vidal, en la capital de Corrientes. Llevaba ya siete años como cazador en jefe y tanto el cargo como las responsabilidades de este, habían comenzado a soldarse a mi espalda mucho tiempo atrás. El reconocimiento del máximo galardón no hizo otra cosa que poner nombre a lo que ya estaba ocurriendo conmigo: la caza y yo nos estábamos volviendo una misma cosa.

Ese turno era una encargo rutinario que no debería haber presentado inconvenientes: debía dar justa muerte a un mestizo pequeño de dudosa procedencia. De raza desconocida, se había cobrado varias vidas. Pero lo más acuciante de este caso, -el número seiscientos veintitrés- era que se trataba de un devorador de niños. Y solo había algo peor y más reprochable que un asesino de niños, y era un Ministerio de Caza que no hiciese nada al respecto.

Se verá, los licántropos, en todas sus clases, difícilmente se inclinaban por tomar a los menores como alimentó. Los últimos estudios sobre el tema -realizados por el área científica del Ministerio de Caza- habían indicado con unanimidad que, sin importar la raza, los licántropos se orientaban principalmente a la depredación de hombres jóvenes y vigorosos, en detrimento a mujeres, niños y personas que sufrieran cualquier tipo de incapacidad crónica o transitoria. Al principio se consideró un error de investigación, pero cuando la mayor parte de todos los estudios indicaron lo mismo, además claro está del análisis estadístico que se realizaba, el patrón había quedado expuesto. Ahora, era realmente algo paradigmático, en lo personal siempre consideré que los depredadores buscaban las presas más débiles para cazar. En cuanto a esto, no faltaban opiniones de todos los tipos, pero hasta ese momento sabíamos el cómo, pero no el porqué.

Esa noche tenía como Agentes de Soporte a Presentada Clemente - Franco y a Paula Italia, dos mujeres más jóvenes que yo pero con profundo conocimiento tanto de la práctica de la caza como de los fenómenos que la rodeaban. Si bien al principio trabajaba unicamente con Presentada, la complejidad de los casos y el tiempo disminuido para el cierre de cada uno, me llevaron a tener que ampliar el equipo. Considero que los tres teníamos una excelente relación profesional y personal. Sin oficiales como ellas, el trabajo de cualquier cazador, sin importar su jerarquía y nivel, sería prácticamente imposible. Después de todo, el Ministerio de Caza aprendía base de errores y no por tener la iniciativa de innovar; antes de que llegaran los Agentes de Soporte, los cazadores iniciales no sobrevivían a los primeros dos años del oficio.

—Ismael —comenzó esa jornada— Presentada Clemente - Franco en espera. A mi lado se encuentra al agente cazadora primera Paula Italia, número de registro doce treinta y cuatro. Iniciamos la grabación del caso asignado número seiscientos veintitrés.

—Copio. Estoy posicionado. Cielo despejado, tres transeúntes. Espero por la presa a unos ciento cincuenta metros. Contacto visual.

—¿Está transformado?

—Afirmativo —respondió por el comunicador—, pero se encuentra tapado de ropaje.

«¿Por qué no te quieres mostrar?» me preguntaba, «el calor te debe estar matando».

Los licántropos tenían una temperatura corporal promedio por encima de los cincuenta grados centígrados, lo que fácilmente les provocaba en algunas ocasiones quemaduras de primer grado al volver a su forma humana, una de las tantas pistas que se utilizaban para ubicarlos cuando no se encontraban convertidos.

—Situaciones óptimas de campo —me informó Paula Italia—. Luz verde. Dar caza.

—Procedo —contesté, y en poco menos de dos minutos, me encontraba de pie en el centro de la calle.

El licántropo caminaba contra el viento, además, su visión no era buena, los mestizos tenían los sentidos muy empobrecidos.


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Dec. 10, 2020, 7:50 p.m. 1 Report Embed Follow story
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Primera historia interactiva que leo. Bueno, Rayuela creo que cuenta como interactiva, pero Rayuela no tiene licántropos xd.
December 20, 2020, 00:00
~

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