scarlet_g S. Guevara L. | §carlet_G

Siente una pizca del abrumador dolor y traumática experiencia de esta chica, cómo se rompe su corazón mientras el tuyo empatiza y odia a los responsables porque nadie entiende cómo es hasta que lo vive y nadie en esta vida o en la siguiente, se merece vivir algo como eso. Lejos está de ser simple ficción sino una cruda realidad en la que a base de toda clase de abusos, se somete a los ángeles encarnados en las damas de este mundo en decadencia exponencial y miseria moral. ⚠️ Este OS puede ser perturbador. Contiene menciones de abusos y violencia (aunque no explícitos). No pretende premiar ni sexualizar ninguna actividad que se describa en esta narración.


Drama For over 18 only.

#drama #miedo #oneshot #suspenso #realidad #reflexiones #no-ficción #abusos #OneSongContest
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El terror de una y mil mujeres

Pum, pum, pum, escuchó Dalila al otro lado de la pared sobre su cabecera detrás de ella. Golpes continuos retumbaban en la habitación de su vecina Alice, al parecer su atractiva vecina cazaría otra conquista esta noche, sin duda no perdía el tiempo. Las paredes eran lo suficientemente huecas para intensificar el retumbo en un eco a la vez que amortiguaban los pequeños grititos y jadeos de la chica a sólo unos metros de ella del otro lado.


Tuvo que interrumpir el proceso de su nota periodística, comenzando a desesperarse por no ser capaz de fluir con sus propios pensamientos. Por un buen rato, tuvo que obligarse a seguir escribiendo con ruidos extraños y pudorosos de fondo. Cuando tenían pequeñas pausas de silencio, corría a tratar de recordar en qué iba hasta que otro golpe le interrumpía.


Pum... pum... pum...


Otro trío de golpes secos. Dejó la computadora sobre la almohada a su lado y levantó las mantas para descubrir su cuerpo, se puso de rodillas sobre la cama, se giró hacia su cabecera que muy probablemente daba a la de Alice al otro lado y con manos firmes sobre su pared, comenzó a aporrearla a puño cerrado cómicamente enojada y con mejor intensidad para hacerles competencia que al parecer los disuadío.


De inmediato, un profundo silencio sumió la atmósfera de su habitación. Después de soltar un respiro por el previo fastidio, por fin pudo escuchar sus propios pensamientos pero su corazón saltó sorprendido cuando un repentino apagón la dejó completamente a oscuras. Miró a todos lados para orientarse y adaptar la vista a la falta de luz.


Bajó de la cama a abrir las rayadas persianas para dejar pasar grandes franjas de luz plateada. Una luna blanca en su punto más alto y brillante llenó su habitación. En aquel vecindario era más que común tener que pasar noches a oscuras por recurrentes apagones, aún así no pudo evitar sentir un pequeño escalofrío por el cambio de ambiente, pero no tenía tiempo para esperar a que la luz regresara.


Volvió a sentarse en la orilla de la cama, esta vez con los pies en el suelo y tomó su computadora para aprovechar el momentáneo silencio. Sus compañeros de pared se redujeron a mínimos ruidos y de vez en cuando, escuchaba pequeños movimientos por el cuarto. Se sintió culpable de alegrarse porque se les arruinó la noche esbozando una sonrisa divertida.


Dejando a su vecina de lado, pudo continuar con su trabajo. En penumbra, con su computadora deslumbrando los finos rasgos de su cara, tecleó con dedos ágiles tal como lo hace al tocar el piano de su amplia sala de estar, las cifras de las que ella misma había sido testigo: El cuerpo desmembrado de dieciocho mujeres, apilados en el canal de un río a las afueras de la ciudad. Los cinco hombres miembros de una mafia traficante de cuerpos humanos y prostitución, encerrados para no volver a ver la luz del día además de las decenas de huérfanos así como viudos que aquel crimen había dejado atrás.


Nunca podrá olvidar la visión de la sangre chorreando fuera del fétido canal del puente por el que se asomó esa mañana. Había ignorado a su propio novio cuando le insistió que no fueran por esa carretera en moto. Cuándo se imaginarían lo mala decisión que había sido el tomar esa ruta.


Se le puso la piel de gallina de sólo observar la imagen, la que ella misma había tomado y la que se imprimiría en primera plana mañana. Se le revolvió el estómago reptando por ella unas ganas de vomitar al recordar lo oculto detrás de la censura de su toma, piel podrida y miembros esparcidos por donde quiera que mirara.


Su cerebro fue capaz de replicar el hedor y traerlo de nuevo debajo de sus fosas nasales para provocarle arcadas, esta vez sí que le envolvió un severo escalofrío que le hizo estremecer inquieta. Su mente estaba siendo tan perturbada y martillada por el infortunio de haber sido ella quién encontró los cuerpos que no se vio capaz de continuar escribiendo. Necesitaba espabilarse de inmediato o se vería en el apuro de llamar a su pareja, Alan, si le daba más vueltas al hecho de que estaba sola. Ya terminaría cuando estuviese más calmada.


Rebuscó a tientas la ropa que se pondría después de su ducha, miró el reloj en el salvapantallas de su computadora y redondeó quince minutos para la una de la madrugada, debía apresurarse o mañana el maquillaje no podría ocultar sus ojeras. Tomó su celular que llevándolo al baño lo usó como una fuente de mínima luz. Dejó su cambio sobre el lavamanos y empezó a deshacerse de sus prendas. Ya completamente desnuda bajo la placa de lluvia artificial, todo su cuerpo se relajó en segundos.


De un momento a otro, ya se encontraba envuelta por una fina capa de vapor junto con el espejo y las impecables vidrieras. Su aliento se reguló y sus músculos se destensaron al instante junto con sus fuertes emociones. Sus pensamientos mal colocados parecían irse por el resumidero y fluir junto con el agua hasta perderse que incluso se dio el gusto de cantar con ojos cerrados una tranquila melodía como sólo sus entrenadas cuerdas vocales sabían hacer pero después de un rato, tuvo que dejar de cantar al instante. Creyó haber oído mal pero el mismo retumbo se abría paso entre sus oídos y maldijo a las delgadas paredes entre dientes. Para su sorpresa, lo siguiente no fueron golpes en la pared sino el sonido de una reja corrediza siendo fuertemente deslizada.


Todos y cada uno de sus vecinos contaban con su propia reja protectora en sus cocheras que cada vez que las escuchaban, ya se sabía que alguien había llegado a casa o estaba apunto de irse. Sonaba siempre tan nítido que varias veces llegó a confundirlo con la propia pero esta vez se conformó en pensar que simplemente se trataba de Alice pasando a la parte a la que le da la patada y gracias al galán por sus servicios sacándolo de su casa. Ya hasta la luz había vuelto en segundos, por eso ignoró de nuevo, terminó su aseo y salió de la bañera enfundándose de inmediato en la toalla.


Sin una gota de agua en su cuerpo, pudo empezar a vestirse, sin ropa interior como acostumbra por comodidad, después del short se puso una blusa holgada encima. Tomó el secador de pelo para revolotearlo con él y todo el cuarto de baño se llenó del característico ruido del rápido motor de la secadora hasta que de un minuto a otro volvió a escuchar estruendos de nuevo.


En récord, sólo treinta segundos después, impasibles sonidos de objetos siendo abruptamente volcados le hicieron entrar en alerta. Esta vez sí que apagó el secador y prestó atención agudizando su oído en espera de oírlo de nuevo. No pudo evitar empezar a preocuparse, ya se había tornado extraño y entre más corría el segundero, más estaba segura de que esta vez su vecina no tenía nada que ver.


Dos minutos sin interrupción la llenaron de impaciencia, a los tres ya se estaba riendo de sí misma por ser tan paranoica. Sin más, terminó su aseo en aquel baño y a cuatro pasos con la ropa sucia en mano abrió la puerta.


—Te encontré —. Su macabro y desconocido rostro hizo a su corazón suicidarse en su pecho por el horror. Su sangre había abandonado toda vena para calentar sus pies y dejarla pálida como un cadáver a merced del hombre que irrumpió en su casa. Sus extremidades no respondían más que para temblar y le era imposible detenerse. La ropa terminó en el suelo cuando sus músculos se tensaron por completo. ¿Quién es? ¿Cómo había entrado? ¿Qué quiere?


Aquel hombre le miraba con una asquerosa sonrisa de la que casi escurría saliva, como un pantera a punto de despedazar a su presa. En un ágil movimiento, se abalanzó hacia ella para tomarla del brazo. Cuando lo consiguió, enseguida Dalila reaccionó para lanzarle manotazos y comenzar a gritar. Logró zafarse de su agarre pero terminó en el suelo. Se arrastró por el, tratando de alejarse lo más posible de aquel monstruo pero el espacio no le dio más que para terminar con la espalda pegada a los gabinetes del lavamanos.


Con el corazón ya fuera de su cuerpo, desvanecido, lo sentía tan estrujado por el miedo y enjaulado por el terror. El pavor emanaba de sus brillantes ojos verdes junto con la respiración y los jadeos de su boca, estaba acorralada. Su cerebro era atrofiado por el horror en el que se hundía poco a poco. El temblor de sus extremidades le imposibilitó levantarse a defenderse que sólo pudo encogerse sobre sí misma y cerrar sus ojos en un intento por hacerse chiquita o desaparecer cuando el hombre comenzó a acercarse amenazador. Este se inclinó un poco y terminó de rodillas frente a ella, forzándola a extender sus piernas y encararlo.


En cuánto sus verdes ojos chocaron con su oscura mirada de ojos dilatados por el odio y algo más, soltó un jadeo de miedo. Recorrió cada centímetro de su cuerpo, desnudándola sólo con la vista. Con una mano huesuda y caliente comenzó a acariciar sus muslos en una lasciva presión subiendo por su abdomen, deteniéndose en sus pechos cubiertos nada más que por la delgada tela de su blusa.


—¿Te preparaste para mi, pequeña zorra? —preguntó en su oído con sorna y altanería comenzando su sucio juego.


Su subconsciente no respondía junto con su fuerza de voluntad para defenderse, estaba petrificada por el miedo. Lágrimas comenzaron a aguarse en los cristales de sus ojos al escuchar esa palabra. Se sintió sucia manipulada e indefensa por no atinar a defenderse de una mínima manera.


No era su culpa, el mundo sabía que no era su culpa pero sus emociones eran un cosmos de arrepentimiento y dolor por encontrase en aquella posición. Un acto que se quedaría cincelado en la corteza más recóndita de su cerebro para salir a la luz cada vez que su subconsciente quisiera atormentarla. Un trauma que le impediría continuar ilesa y arrojaría gusanos a su alma una y otra vez para carcomerla por dentro.


Le dijeron “levántate, lucha ¿qué tan complicado puede ser”. “Levanta la cabeza que pronto pasará” pero ¿qué van a saber ellos? Nadie conoce la impotencia e inutilidad que la jala hacia un abismo donde cualquier pataleo, manotazo y grito es en vano. Nadie sabe lo difícil que es tratar de erguirse segura cuando tu suelo es desmoralizadoramente inestable, pero aún sin fuerzas, no se rindió. Jamás se rendiría, ni en ese momento ni nunca, pero eso no significa que haya podido pisar el freno a tiempo.


El control de la situación escapaba de sus manos, una bruma a su alrededor tapaba sus oídos y le exiliaba de la posibilidad de lograr algo con sus pobres intentos por pelear. Lloró y gritó desde lo más hondo de su garganta desgarrada. Dejaría en claro que ella no era lo que dijo, que le repudiaba y jamás podría verse en la posición de “disfrutar” semejante aberración a la moral.


Cinco minutos, cinco horas, qué más daba si le pareció una eternidad donde el tiempo se detuvo en las peores partes pero por fin comenzaba a soltarla tras haber consumado el acto. Plenamente recostada sobre el suelo, hecha un pequeño bulto gimiente y lastimero, se atrevió a alzar su mirada entre las gruesas gotas de sus saladas lágrimas, hacia el hombre que se abrochaba el pantalón, de pie frente a ella y lo que vio no fue a un ser humano.


Es desgarrador saber que ni siquiera un animal habría sido capaz de hacer algo como eso pero él sí. No, ella vio a un ser sin alma alguna, sin corazón en su pecho ni conciencia en su cúspide. Un vil cuerpo de los instintos más bajos y deplorables que puede desarrollar la especie más inteligente del planeta.


El hombre se volvió hacia ella inmutable, insensible, sin alma mientras ella yacía arrumbada desconsoladoramente en el suelo. Muerta, sin vida, o hubiera dado lo que fuera por estarlo en ese instante. Sin una pizca de encanto por la vida y lo que incluye, la esperanza se había borrado de sus ojos para empañarlos con una densa capa blanca que le impediría ver más allá de las atrocidades que invaden este mundo. Creyó que este no podía partirse en más partes hasta que le escuchó.


Las notas de un suave piano comenzaron a flotar pomposas entre ella y aquel hombre en ese baño. Una melodía tenebrosamente conocida para ella era sonoramente tocada desde el hermoso piano que exhibía su sala sólo un piso más abajo. Una canción de su autoría, producto de sus más profundos sentimientos y más notables talentos musicales. Sólo había una persona en ese planeta a la que se la había confiado. Sólo él y ella sabían darle vida a esa canción, por eso cuando llegó hasta sus oídos supo de inmediato de quién se trataba.


—¡August, ya te divertiste un rato! —escuchó su voz gritar desde las escaleras y sus lágrimas se derramaron a cántaros una vez más por reconocerle —Tráela de una vez ¡Debemos irnos!


Su engaño y traición se instalaron en su mente apuñalando su corazón de la forma más sangrienta y dolorosa posible en aquel baño. El hombre se aludió el reprendimiento y se puso en marcha una vez se había incorporado lo suficiente. Dalila no pudo esquivar el aturdidor golpe seco en su cabeza que la sumió en una densa oscuridad para dejarla inconsciente y manipulable como una muñeca de trapo.


En no más de dos horas de las que no tuvo consciencia, una pequeña luz comenzaba a abrirse paso entre sus párpados. Abriendo lentamente los ojos, un punzante e intenso dolor por todo su cuerpo, le hizo encogerse. Trató de incorporarse pero sus manos estaban firmemente atadas, se encontraba sentada, completamente inmovilizada y todavía aturdida en la amplia alfombra de un vehículo en movimiento. Todo estaba mayormente oscuro, giró su cabeza y vio la espalda de los dos conductores en sus asientos al frente del vehículo.


—Mira quién despertó —escuchó la voz del hombre culpable por lo ocurrido en su propia casa, girando su cabeza hacia ella hacia la parte trasera.


—Tranquila nena —una segunda voz se burló triunfante. Las lágrimas ya se habían secado en sus mejillas pero sintió las ganas de llenarlas con nuevas cuando recordó a quién había reconocido. Alan, su propia pareja, conduciendo la camioneta y mayor responsable de su más grande miseria. —Estoy seguro de que las tratarán como se merecen o al menos a nosotros nos pagarán muy bien.


Quiso escupirle a la cara, gritarle, pero la mordaza en su boca y la falta de aire, dejaron las ganas hirviendo en su pecho, que lo único que salió fue un rugido de odio. Las cuerdas alrededor de su cuerpo cortaban su circulación dejándola sin aliento cada vez que se apretaban por los jalones de la camioneta en movimiento.


Ambos soltaron una risa cómplice de la que Dalila sintió un enojo e impotencia que jamás había sentido. La verdad la golpeo de nuevo justo como ese hombre lo había hecho incesantemente minutos antes en su propia casa para someterla. La traición de su candidato a futuro compañero de vida, su comportamiento hace meses, la advertencia respecto a esa ruta. Él ya lo sabía, todo era parte de su gran farsa.


Ella misma lo había obligado a avisar a la policía de la atrocidad de su propia mafia después de haber encontrado los cuerpos esa mañana y a venganza, Alan debía conseguir nueva mercancía. Las piezas se unían en su cabeza e iban resolviendo el aberrante rompecabezas hasta que todo se detuvo. Repitió sus palabras en su mente y se dio cuenta de que el: “las, tratarán muy bien” había sido en plural.


Los faroles amarillos de la carretera destellaban cada tres segundos para iluminar el interior del vehículo y todo de lo que no se había percatado en la parte trasera. No estaba sola. Tuvo que enfocar su mirada e incorporarse con las manos detrás de su espalda.


Una ráfaga de luz, entró por la ventana, una segunda, la cuarta… y la vio. Alice, su vecina, amordazada y arrumbada al fondo como simple carga, completamente inconsciente dejándose balancear al compás del movimiento como la misma muñeca de trapo. No hizo falta ver más allá de su ropa rasgada y los cardenales en sus extremidades para saber que había corrido la misma horrible suerte que ella pero con Alan como el responsable.


Percibió un mareo de sólo recordar los fuertes golpes que había escuchado al otro lado de su pared antes de que todo esto comenzara. Todo había sido una confusión, los estruendos y pequeños gritos no fueron lo que ella pensaba; le hicieron estremecer ahora que sabía que ella había estado sufriendo el mismo abuso sólo a unos metros de distancia y que pudo haber hecho algo más que aporrear la pared. Trágico es, que ahora compartían conexión por una misma herida encontrándose en el fondo del mismo abismo.


Una sucia y gigante red de ilegalidades le daría una cálida bienvenida en unas horas. Más allá de cosas tan vanas como el cuerpo, no harían nada más y nada menos que traficar con su propia dignidad. Tirarían a la basura, pisoteando su valía como ser humano y reduciendo su amor propio a algo desechable. Temió por sí misma, su integridad física estaba echa pedazos pero su fuerza interna, aunque lastimada a moretones, permanecía intacta.


Su ultrajada alma, alzaba las manos a la luz de aquel oscuro hoyo, intentando salir a gritos y aún si le tomaba una eternidad escalar fuera, aún si caía al fondo de nuevo mil un veces, seguiría escalando. Llegaría al borde de la superficie y aunque tuviese que recostarse en la orilla para recuperar el aliento, se levantaría, ella siempre se levantaría.


Pum-pum... pum-pum... pum-pum...


Esta vez, no fue nada más que los apuñalantes latidos de su propio corazón, taladrando su destino.


[...]


¶ Este OS será proximamente editado y extendido para republicarlo.


*Basado en la canción: Till it happens to you- Lady Gaga.


S. Guevara L.

§carlet_G





Dec. 3, 2020, 2:31 p.m. 0 Report Embed Follow story
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The End

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S. Guevara L. | §carlet_G ¤ Al escribir siento lo que al leer y vivir no puedo ¤ Curiosamente aquí hay desde lo más inocente y motivacional hasta lo más erótico y dramático posible pero vete sin cuidado. Mi filósofía es: “Haz lo que amas, con amor” 💋 Puedes llamarme §carlet o simplemente G.

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