mavi-govoy Mavi Govoy

Un rayo serpenteante descargó sobre el mar y provocó un surtidor de agua. El trueno fue horrísono como un alarido. Una sombra se materializó en medio de las olas: un extraño ser de cuyo lomo brotaba un afilado cuerno vertical reccorrido por una membrana rosada. El unicornio marino era presa del furor del mar y de la rabia del viento, pero estaba vivo y luchaba contra el viento y contra el mar que lo empujaba hacia las rocas el acantilado. Con una mueca de resignación, Yerco se arrastró fuera de la gruta, desplegó sus grandes alas blancas y saltó al vacío. El viento se echó sobre él, aulló en sus oídos, lo cegó y arañó con la arena que arremolinaba y lo empujó de vuelta a la gruta, pero estaba preparado, batió con fuerza las alas, remontó y encaminó su ruta. Volaba medio a ciegas, la arena escocía en sus ojos, entraba por sus hollares y raspaba su boca. Aun así, pronto estuvo lo bastante cerca del unicornio marino para percatarse de su error. No era un ser vivo, por lo menos no lo era el armazón del que surgía el cuerno que llevaba amarrada una membrana para atrapar el viento, pero al pie de aquel cuerno, manejando la membrana, había algo vivo que miró a Yerco con la misma incredulidad con que él lo contemplaba. Porque lo que veía era un ser de pesadilla, una criatura extinguida con cuya mención se asustaba a los potrillos traviesos, un ser que no tenía derecho a existir. Era un humano.


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La sombra del rayo

Contó hasta ocho desde el repentino resplandor que atravesó el inquieto manto de nubes oscuras hasta que se escuchó, opacado en parte por el aullido del viento y el rugido del mar, el ronco fragor del trueno.

Poco antes la cuenta había sido de once. La tormenta todavía estaba lejos, pero se encaminaba decidida hacia la costa. Era la primera tormenta de la primavera. En verano eran más usuales, pero a veces se adelantaban a su estación.

Yerco estiró el cuello para asomarse sobre el precipicio y sus largas crines blancas se agitaron azotadas por el aire. Abajo, muy abajo, el mar se veía negro, tan oscuro como la piedra que daba nombre al acantilado de Medianoche, pero a diferencia de la piedra, el mar de tinta no era un gigante inmóvil, sino que se agitaba, espumeaba de rabia y embestía una y otra vez contra la tierra como un enfurecido leviatán, un titan empeñado en derrotar y apartar a empujones a la montaña que se había tumbado sobre su lecho.

Porque esa impresión daba el acantilado. Por un lado se elevaba vertical y escarpado, negro y brillante de sal, horadado con miles de grietas y agujeros; y por el otro, una pendiente cubierta de hierba y maleza descendía hasta una ensenada.

Un rato antes, el agua de la ensenada tenía un brillante tono turquesa, pero ahora el mar parecía negro y el cielo estaba cubierto de nubes oscuras como el humo de un incendio, que se perseguían y retorcían en una maraña caótica de agitación y destellos. La tarde se había oscurecido, el inquieto tapiz de nubes impedía el paso de la luz, solo los relámpagos escapaban, largas espadas de luz y fuego que atravesaban el cielo en una danza salvaje.

Con el siguiente resplandor, la cuenta se redujo a cinco.

Sin embargo, todavía no llovía sobre el acantilado.

A Yerco no le gustaba mojarse, ni siquiera le gustaba atravesar nubes algodonosas, aunque en los últimos tiempos lo había hecho infinidad de veces, para acompañar a Layí. A ella le parecía una delicia ascender a través de las nubes… No tenían demasiado en común Layí y él.

Con un suspiro de añoranza se apartó del borde y retrocedió entre las piedras resbaladizas por la humedad. Vio pasar a las últimas gaviotas y a un alcatraz despistado. Volaban con dificultad, zarandeados por la fuerza del viento. Y a continuación, desapareció toda huella de vida. El acantilado, por lo común bullicioso de ruidos y de aves, quedó como dormido. El propio Yerco se apresuró a alcanzar un refugio.

La gruta era estrecha y no muy profunda, apenas lo suficiente para darle cobijo, pero las misteriosas muescas que adornaban su acceso, parecidas a arañazos de una garra gigantesca, mantenían alejadas a las aves marinas, por lo que nadie le discutió el dudoso honor de disponer del lugar para cobijarse.

Un rayo descargó sobre el mar, el trueno sonó de inmediato. Y a continuación empezó a llover con un repiqueteo furioso y acelerado de frías espinas de agua helada que arañaban la piedra. Yerco reculó hasta chocar con el áspero fondo de la grieta para alejarse de las espinas de hielo. Un nuevo rayo, largo y serpenteante, provocó un surtidor de agua en el mar, el trueno fue horrísono como un alarido.

El resplandor dejó ver que allí donde el rayo había tocado la cresta de una ola, surgía una sombra que se materializó en un extraño ser de cuyo lomo brotaba un cuerno vertical recorrido por una membrana rosada. El ser se bamboleaba de un lado a otro, presa del furor del mar y de la rabia del viento.

Yerco desechó la idea de encogerse más contra el fondo de la grieta y asomó la cabeza, desafiando las ráfagas de viento, las espinas de agua y las espadas de fuego de las nubes. Pero como si el esfuerzo de dar a luz a aquel extraño ser hubiese agotado al cielo, los rayos cesaron y la lluvia perdió intensidad; las nubes ya no tiraban cristales de hielo, solo caía de ellas agua fría.

El unicornio marino estaba vivo y luchaba contra el viento que lo empujaba hacia el acantilado y contra el mar que lo zarandeaba y se encaminaba a trompicones a la pequeña ensenada que se abría junto al acantilado donde estaba el refugio de Yerco. Era una decisión comprensible, pero era una mala decisión, porque la apacible ensenada estaba defendida por rocas y arrecifes sumergidos a poca profundidad, como dedos ávidos y dientes agudos, listos para dañar a quienes intentasen acercarse a tierra.

Con una mueca de resignación, Yerco se arrastró fuera de la gruta, desplegó sus grandes alas blancas y saltó al vacío. El viento se echó sobre él, aulló en sus oídos, lo cegó y arañó con la arena que arremolinaba y lo empujó de vuelta a la gruta, pero él estaba preparado, batió con fuerza las alas y remontó, encaminó su ruta y piafó una advertencia al monstruoso unicornio que se acercaba imprudente a la cadena de dientes sumergidos.

Volaba medio a ciegas. La arena escocía en sus ojos, entraba por sus hollares y raspaba su boca. Aun así, prontó llegó lo bastante cerca del unicornio marino para percatarse de su error. No era un ser vivo, o por lo menos no lo era el armazón del que surgía el cuerno que llevaba amarrada una membrana para atrapar el viento, pero al pie de aquel cuerno, manejando la membrana, había algo vivo, algo con una cabeza coronada de rizos oscuros, con un cuerpo alargado y extremidades igualmente largas, algo que miró a Yerco con la misma incredulidad con que él lo contemplaba.

Porque lo que veía -Yerco estaba seguro- era un ser de pesadilla, una criatura extinguida con cuya mención se asustaba a los potrillos traviesos, un ser que no tenía derecho a existir.

Era un humano.

Dec. 11, 2020, midnight 0 Report Embed Follow story
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