mavi-govoy Mavi Govoy

El cañón del Nigromante es tierra de nadie, una inhóspita región desértica y montañosa que sirve de escondite a bandas de forajidos y desheredados de la fortuna. Allí se cruzan los destinos de un príncipe hechizado que se convierte en bestia las noches de luna llena, una cazadora de mutantes que detesta su trabajo, un historiador que, por accidente, ha vuelto invisible un bello palacio, una dríade del bosque criada fuera de su entorno natural, una semi–elfa de carácter irritante y un vampiro atrapado por sorpresa, entre otros. Juntos forman un pintoresco equipo cuya misión es dar caza al Nigromante.


Fantasy Epic All public.

#magia #hechizos #elfos #licántropos #vampiros
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Desapariciones

Algo iba mal.

En la oscuridad nocturna, las luces sobre la loma destacaban como faros.

Tanta iluminación y tal despliegue de vigilancia ante un edificio que debería estar vacío no podía ser bueno.

La sombra avanzó sigilosa al amparo de los setos que flanqueaban el paseo. La noche era desapacible, la luna blanca, Danualla, era una estrecha franja en un cielo encapotado que tapaba las estrellas; y su compañera enana, la azulada Aqualla, resultaba invisible; el viento mecía las hojas de los árboles en un incesante susurro que ocultaba sus pasos sobre el suelo de guijarros. Tenía que descubrir qué motivaba que tanta gente deambulase ante el cerrado museo a aquellas horas. Tenía que averiguar si había vuelto a llegar tarde o si todavía tenía una oportunidad.

Un ruido distante hizo que se ocultase. Poco después, un carruaje de dos caballos desembocaba en el paseo arbolado en dirección al museo. La sombra aguardó encogida y, cuando el carruaje pasó por delante, con una velocidad indescriptible, saltó al camino justo tras el voluminoso carro y se escurrió a ras del suelo para agarrarse a los bajos de este. En los últimos días había llovido con regularidad y los bajos estaban embarrados, pero se pegó a la estructura de madera como una lapa. Su maniobra fue tan suave y silenciosa que los ocupantes del vehículo no advirtieron más que una leve sacudida que achacaron a un bache del camino.

Ante la verja del museo, alguien dio el alto al carruaje. Desde su interior, se abrió la portezuela, y la sombra aspiró larga y profundamente. Atrapado entre la madera embarrada del carromato y el empedrado del suelo, no podía ver, pero su olfato percibía caballos, algunos más de los dos que arrastraban el carruaje, y unos cuantos individuos, tal vez cinco o seis.

–Soy Zrof Alanegra –se presentó el hombre del carruaje.

De inmediato, uno de los individuos que rodeaban el carro se acercó para atrapar su mano y saludarlo.

–¡Zrof! ¡Qué bien que hayas podido venir! Pensaba que no regresabas hasta dentro de un par de días.

–Tu misiva me llegó hace unas horas, gracias al ama de llaves, que la reencaminó, por eso hemos adelantado el regreso –le explicó el llamado Zrof.

–Es el señor Alanegra. Abrid la verja –ordenó el que lo había saludado.

–Va acompañado –dijo otra voz. Alguien más joven.

–Me acompaña mi esposa, Dívrid de Palmira –presentó Zrof.

La sombra dejó escapar una sonrisa. La voz de Zrof Alanegra tenía el tono propio de un bajo de orquesta y el timbre vibrante de un hombre seducido y subyugado por una mujer.

–Dama Dívrid siempre es un placer volver a verte –saludó la primera voz, la del hombre mayor que daba órdenes.

–Yo también me alegro, señor Centenario. Buenas noches a todos –repuso una voz musical–. Espero que mi presencia no resulte inconveniente.

De alguna forma, sus palabras transmitían cordialidad, interés, afán de colaborar y un toque de picardía. La mujer se sentía segura de sí misma, segura de su poder para lograr que aquellos hombres accediesen a hacer lo que ella quisiera. Para saludar, Dívrid se había inclinado hacia la puerta del carruaje y el aire adquirió el tenue aroma de un perfume exquisito. El intruso se relamió los labios y al darse cuenta de ello frunció el ceño. Tendría que cazar algo en cuanto saliese de allí. No podía permitirse estar hambriento en plena ciudad, porque cuando tenía hambre los olores lo desquiciaban.

–Por supuesto que no, desde luego que no –se apresuró a responder la primera voz–. Tu presencia nunca es inconveniente, dama Dívrid. Abrid la verja, rápido –insistió hacia otros interlocutores antes de retomar su coloquio–. Pensarás que soy un desconsiderado por recurrir a tu esposo durante vuestro viaje de bodas, dama Dívrid. Espero que puedas perdonarme, no actuaría así si el asunto no fuese tan sorprendente y, me temo, alarmante.

–No te disculpes, señor. Sé que Zrof comparte tu opinión, porque no ha dudado en acudir en cuanto recibió tu nota.

–Ya está el camino despejado –dijo alguien.

La puerta del coche se cerró.

–Nos vemos ahora mismo en el museo –se despidió la voz de Centenario, y se apartó para dejar que el carruaje avanzase.

Poco después, el coche volvía a parar y los recién casados descendían. Por el bamboleo del carruaje, la sombra dedujo que Zrof Alanegra era un hombre pesado, posiblemente grueso, pero no obeso porque se movía con agilidad; su fragante esposa era mucho más ligera.

Mientras Centenario acompañaba a la pareja al interior del edificio, el cochero se acomodó lo mejor que pudo para pasar la espera.

Sin un ruido, la sombra se escurrió hasta el suelo. El cochero liaba un cigarro sin descender de su asiento. El viento nocturno, inusualmente frío para el comienzo de la primavera, no facilitaba la tarea. El intruso echó un vistazo por todos lados y, convencido de que nadie lo veía, salió de su escondite y trepó con tanta rapidez como sigilo por la pared del museo. Alcanzó el tejado y se asomó al patio interior. Localizó tres ventanas consecutivas iluminadas en el segundo piso, casi frente a él. El patio parecía desierto, pero prefirió no arriesgarse; caminar por tejados se le daba bien y eso fue lo que hizo, encogido y raudo avanzó hacia las luces sorteando chimeneas.

Pronto estuvo sobre las ventanas y se descolgó por la pared como una lagartija para echar una cauta mirada. Descubrió una sala amplia llena de vitrinas, la mayor parte tenían el tamaño de muebles aparadores y se usaban para exponer armas, documentos y trofeos; de las paredes colgaban otras vitrinas repletas de condecoraciones y cintas; en un extremo de la sala había una gran maqueta que reproducía alguna vieja batalla, en el centro, una maqueta aún mayor reproducía el continente del Trono. Había también cuatro armaduras absolutamente dispares entre sí, de distintos lugares o distintas épocas; y los huecos que no estaban ocupados con vitrinas exhibían estandartes, pendones y banderas multicolores.

Cuatro personas ocupaban la sala, una mujer y tres hombres. La mujer era joven, hermosa y elegante, de cabello claro y ojos luminosos. El sigiloso espía tragó saliva al recordar lo bien que olía. El más joven de los hombres era grande, recio, de nariz torcida, barriga incipiente y pelo oscuro, escaso en la coronilla. Era mejor parecido de lo que había imaginado, no hacía mala pareja con su atractiva esposa. El de más edad era un hombre menudo, delgado y nervioso, llevaba lentes de media luna que se escurrían por su estrecha nariz y su cabeza estaba bastante despoblada, en contraste con las frondosas y largas patillas grises que lucía su cara. El último hombre, fuerte, moreno y armado, era uno de los guardas del museo y se había apostado junto a la puerta de la sala y allí permanecía inmóvil, atento a las andanzas de los demás, pero sin intervenir.

Como era de esperar, las ventanas estaban cerradas. El intruso pegó el oído al marco.

–Qué te hizo sospechar, Zrof. Me lo tienes que decir, me tienes que decir todo lo que sepas y cómo lo sabes –decía el patilludo señor Centenario sin dejar de moverse de un lado a otro. La excitación agudizaba su voz, que llegaba con nitidez hasta la sombra.

–Entonces, es que ha sucedido algo –repuso Zrof–. Han entrado o han intentado entrar en el museo.

Zrof mantenía la calma y hablaba en voz baja, requería más esfuerzo captar todas sus palabras.

–Han entrado, sí, lo han hecho. ¡Ah! Pensar que quisiste advertirme, ¡y yo no te creí!

–Pero ¿quién ha sido?

–No se sabe nada. No hay ni una pista, ni una huella, ni un indicio.

–Si no hay nada, ¿cómo estáis tan seguros de que alguien ha entrado en el museo? ¿Se han llevado algo? –preguntó Dívrid.

–Sí. –El señor Centenario miró a Zrof–. Justo como tú dijiste, justo lo que tú dijiste.

El rostro de Zrof se ensombreció. Corrió hacia una de las vitrinas y escudriñó su interior.

–Falta el pergamino VII –dijo.

–Justo –convino Centenario.

La sombra torció el gesto. Había llegado tarde…, una vez más.

–¿Es… muy valioso ese pergamino? –Se interesó Dívrid.

–Tu esposo estaba trabajando en él. Por los dibujos, pensamos que contiene una receta, su importancia es que la correspondencia entre los dibujos y los signos que los acompañan nos podrían permitir descifrar el alfabeto de los antiguos okoniros y entonces...

¡Una receta! La sombra echó un nuevo vistazo. Aquel tipo patilludo no tenía ni idea de lo que había tenido en sus manos. En cambio, el gesto del tipo grande y grueso ante la mención de una receta le daba que pensar, pero fuese lo que fuese lo que supiera o lo que sospechase no hizo comentarios, sino que volvió a fijar su atención en la vitrina.

–Todo lo demás está aquí –comprobó Zrof–. Todo está en su sitio, nada más parece haber sido tocado… Y la vitrina está cerrada con llave.

–En efecto.

–¿Cuántas llaves hay? –Era Dívrid quien lo preguntaba.

–Dos. Una en la cámara de seguridad de un banco y otra en mi despacho, en un armario cerrado con otra llave que siempre llevo al cuello.

–¿Ha sido forzado ese armario?

–No. Y mi llave sigue en mi cuello.

–¿No hay copia de esa llave que llevas al cuello?

–Sí, en la cámara de seguridad del banco… Y nadie la ha sacado de allí.

–Pero han tenido que abrir la vitrina.

–En efecto, pero no tenemos el menor indicio sobre quien lo ha hecho ni cómo lo ha hecho. Por eso es tan importante que hable con tu esposo, dama Dívrid, porque poco antes de vuestra boda él me advirtió sobre el pergamino VII…

La sombra se removió cautamente por encima del marco de la ventana en busca de una posición en la que escuchar mejor. A él no le cabía duda sobre quien se había llevado el documento y cómo lo había obtenido sin forzar la vitrina, pero no podía imaginarse qué sabía aquel hombre sobre ellos.

Ajeno a su curiosidad, Zrof seguía dando vueltas a la vitrina.

–No tiene ni un arañazo, Zrof –aseguró Centenario–. Nada que delate que ha sido forzado…, salvo que falta el pergamino.

–¿Cuándo lo habéis descubierto?

–Esta mañana. Ayer, al cerrar, el pergamino estaba en su sitio… ¡Ah! Como lamento no haberte escuchado, Zrof.

El aludido dejó de observar la vitrina para volverse hacia Centenario.

–Vúguer, te mencioné todo lo que sé. Si te pareció poco es porque sé muy poco y no puedo aportar mucho más de lo que ya te dije, pero sí puedo darte una buena noticia: el papiro desaparecido es una falsificación.

–¿Qué? –jadeó Vúguer

–¿Cómo? –inquirió Dívrid.

–Zrof, te recuerdo que tú mismo ratificaste la autenticidad de ese papiro. Tu informe sigue en mi despacho. Comprobaste la composición y elaboración del papiro, la técnica de los colores, el estilo de los grafos, la…

–No me he olvidado, Vúguer. Lo que intento decir es que el auténtico papiro lo tengo yo. Cuando te conté mis locas sospechas y tú no quisiste escucharme, te dejé una falsificación.

–¡Una copia falsa!… –musitó sin aliento el señor Centenario–. ¿Estás seguro de eso?

–Desde luego, porque yo mismo elaboré esa copia.

–¿Dónde está, entonces, el papiro auténtico, Zrof? –le preguntó Dívrid.

–En nuestra casa, escondido dentro de un libro. Mañana te lo traeré, Vúguer, o ven con nosotros ahora y te lo daré, aunque… tal vez convendría que siga oculto mientras no se descubra al ladrón, porque quien tenga mi copia ya habrá advertido que es falsa, y podría volver a intentar hacerse con el auténtico.

«No te quepa la menor duda», pensó la sombra, y enseñó los dientes en una sonrisa peligrosa. Le caía bien el rellenito.

–Tú me diste una copia –farfullaba el señor Centenario, indeciso entre abrazar a su ayudante o enfadarse con él–, una copia…, y yo no me di cuenta.

–Aunque la hiciera yo, era una falsificación bastante buena –aseguró Zrof con modestia.

–Entonces, todavía podemos descifrar el alfabeto de los okoniros. ¡Ah, Zrof! Te daría dos besos si no fueras tan alto.

–Mejor no, Vúguer –sonrió Zrof.

–Podría intentar dárselos yo –sugirió con picardía la mujer a la vez que se recostaba sobre su marido, con las manos sobre su impecable camisa de seda.

Ruborizado, él atrapó las muñecas de Dívrid y las apartó de su cuerpo.

–Por favor, Zrof. Estáis recién casados. ¡Bésala! –lo regañó Vúguer.

–Lo haré, cuando estemos solos –consiguió articular.

«Bien dicho», pensó la sombra. Menuda lianta era la dulce esposa, dispuesta a demostrar su dominio sobre él a la menor ocasión.

Dentro de la sala, Dívrid suspiró con fingido pesar y dedicó a su esposo una preciosa sonrisa para hacerse perdonar la travesura. El rostro del hombre se animó de inmediato y, agachando la cabeza, besó las manos que todavía sujetaba.

–¿Tú sabías que alguien quería hacerse con ese manuscrito de los okoniros, sea lo que sea? –preguntó entonces Dívrid.

–No es eso, sino que he sabido de acontecimientos raros relacionados con lo poco que se conserva de los okoniros. Y pensé que, si había relación entre unos hechos y otros…

–¿Qué acontecimientos?

–Está desapareciendo de forma sistemática lo que tenemos de ellos. Empecé a sospechar cuando viajé a Kovarish para hacer una réplica de un cuchillo de hueso que tendría que haber estado en la biblioteca real.

–¿Un cuchillo en una biblioteca? –se asombró Dívrid.

–Un abrecartas, no un arma –explicó Vúguer.

–Sí, un abrecartas tallado con los hasta ahora indescifrables grafos de los okoniros. El caso es que el abrecartas había desaparecido, ni el menor rastro de él, pero indagando para intentar entender cómo había podido perderse aquel objeto, me contaron que pocas noches antes los guardias de la puerta dieron la alarma porque habían visto a alguien en el tejado. Una patrulla lo inspeccionó todo sin encontrar el menor indicio sospechoso y, como no se había forzado ninguna sala, ningún armario, ningún cajón, se pensó que había sido un error de los guardias y no se hizo inventario de existencias… Así que la desaparición del abrecartas no se descubrió hasta que yo lo solicité.

–Sí, esto me lo habías contado –confirmó Vúguer.

–Lo siguiente fue que, el día que tenía previsto regresar a Yodemar, el director de la biblioteca de Kovarish me mando un recado… De nuevo, habían visto intrusos, en este caso sobre el tejado de la pinacoteca, dos individuos a los que vieron saltar de forma prodigiosa de unos edificios a otros hasta perderse.

«Yo era uno de ellos», pensó la sombra agazapada en el exterior de la ventana. Persiguió al enviado del nigromante por medio Kovarish, pero se le escapó y, lo que era peor, se llevó con él lo que había ido a buscar a la pinacoteca. Sin embargo, con el abrecartas de hueso tuvo más fortuna y estaba en su poder. Empezaban a agarrotársele los brazos, se removió despacio hasta adoptar una posición menos incómoda sin dejar de prestar atención a las palabras de Zrof.

–¿Robaron algo en la pinacoteca? –preguntaba Dívrid en ese momento.

–Sí, una tablilla de madera policromada.

–Déjame adivinar: también era de los okoniros.

–En efecto. Y, una vez más, no se sabe cómo entraron ni cómo salieron, porque no se forzó ningún acceso.

–¿Por qué son tan importantes esos okoniros?

La pregunta de Dívrid iba dirigida a Vúguer, quien se encogió de hombros, desconcertado.

–No se sabe gran cosa de ellos, eran una casta guerrera de finales de la edad del bronce. Dedicaban su vida a adiestrarse para el combate, eran mercenarios eficaces y mortíferos, la leyenda dice que pactaban con seres demoníacos para vencer en las batallas. Lo más interesante es que elaboraron un código cifrado, el primer código cifrado de la historia. Pero eso es todo lo que conocemos.

–Hay más desapariciones inexplicables –continuó Zrof–. Charlando de intrusos sigilosos que hacen incursiones imposibles en lugares inexpugnables, el director de la biblioteca recordó que hace pocos meses alguien entró en el palacete de verano del rey.

–¡En el palacio del rey! –Se admiró Dívrid.

–Sí, la familia real sólo usa ese palacete en verano, así que el intruso no buscaba un magnicidio, pero se sabe que alguien entró porque dejó huellas… El director de la biblioteca tenía conocimiento del suceso porque los investigadores estamparon las huellas en tablillas de cera y se las hicieron llegar para que él, que además de bibliotecario es un excelente cazador, determinase a qué clase de animal pertenecían.

–¿Animal?

–Me enseñó las tablillas. Dijo que lo más parecido eran las huellas de lobo… pero aquello, lo que fuese, debía aproximarse al tamaño de un oso.

–¡Zrof! ¿Dices en serio que un animal con patas de lobo y el tamaño de un oso entró en un palacio del rey Loir, y que nadie lo vio?

–Eso me contó el bibliotecario de Kovarish –dijo con suavidad su marido–. Por supuesto, los alabarderos del rey registraron hasta el más recóndito rincón del palacio…

–Y… –animó Vúguer.

–No se echó nada en falta. Pero cuando dejé Kovarish, de regreso a Yodemar paré en el palacio de verano y pedí ver...

–¡Ah! No digas más, la piedra naranja –lo interrumpió Vúguer.

–¿Qué es la piedra naranja? –preguntó Dívrid.

–Es un anillo antiquísimo, de los okoniros, se supone, pero por lo demás no es excepcionalmente bello ni valioso: un aro de oro sin ninguna filigrana y un diamante con impurezas que le dan un tono anaranjado –le explicó Vúguer.

–¿Te enseñaron el anillo? –preguntó Dívrid a su esposo.

–No lo encontraron.

–Si recopilamos –resumió el señor Centenario sin dejar de dar vueltas–, se ha perdido una tablilla policromada, un abrecartas labrado y un anillo, y casi perdemos el manuscrito VII.

–Y la única relación entre esos objetos es que todos son de la misma época y todos tienen runas okoniras –añadió Zrof.

–¿Tenía runas el anillo?

–Sí, una inscripción en la parte interior del aro.

–Parece que alguien no quiere que descifremos ese alfabeto –concluyó Vúguer.

–¿No queda ningún otro objeto de la cultura okonira? –se interesó Dívrid.

El señor Centenario detuvo su paseo nervioso.

–Sí, unas cuantas pulseras de latón, un par de collares de cuentas de hueso, algunas vasijas de barro y un mural de piedra.

–De todo ello, sólo en el mural hay runas –dijo Zrof.

–Afortunadamente llevarse una pared no es fácil, pero comunicaré nuestras sospechas al comandante de los alabarderos –le aseguró Vúguer.

El señor Centenario se equivocaba. La sombra sabía que el nigromante era muy capaz de hacer desaparecer una pared si se lo proponía. Una vez más, se retorció como una lagartija, acomodando la postura para no perder de vista al matrimonio Alanegra. Tal vez fuese conveniente hacer una visita al señor Alanegra, alarmarlo un poco, darle alguna pista sobre su oponente o sobre la relación existente entre los distintos objetos desaparecidos.

Nov. 26, 2020, midnight 0 Report Embed Follow story
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Legendaria
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Mundo imaginario donde transcurren muchas de las historias que cuento. Read more about Legendaria.